En blanco —o en lo que ahí sigue— algo
continúa cuando ya no toca, y no termina de pararse; el ¿narrador?, el ¿poeta?,
no decide del todo si conduce o si llega después, y en esa vacilación —que no
se corrige ni llega a decirse del todo— se instala algo que no busca resolverse
ni volverse forma, como si seguir fuera ya suficiente, o peor, como si no
hubiera otra opción que seguir incluso cuando ese seguir ya no tiene por qué.
No es eso. Tampoco. O no así. Tampoco.
Es otra cosa: una manera de sostener el
movimiento sin concederle una forma que lo estabilice, de dejar que el texto
continúe sin convertir esa continuidad en programa, como si el propio gesto de
no cerrar hubiera dejado de ser una estrategia para convertirse en condición,
algo que ocurre incluso cuando ya no debería hacerlo.
El silencio dentro del cerebro, mientras
procesamos el lenguaje.
Ahí eso vuelve, pero sin marco, sin aparato
que lo vuelva reconocible como problema: el lenguaje ocurre, se sostiene
mientras se desgasta, como si decir ya no fuera del todo decir, como si cada
frase llegara con un leve retraso o con un exceso que no se ajusta, que no se
corrige, que se queda operando sin terminar de estabilizarse. Y sin embargo
encaja. Demasiado. Y ese encaje —esa precisión que no se declara— empieza a
resultar sospechoso, pero no deja de funcionar, como si incluso el desajuste
estuviera ya previsto, como si la fricción formara parte de algo que sigue
funcionando sin decir cómo.
No es precisión. O no del todo. Tampoco
desajuste. Más bien ajustar. Aunque tampoco.
La consigna —Escriba algo inteligente sobre
el silencio— empuja, pero no organiza; insiste, pero no conduce a ningún
punto donde esa insistencia pueda resolverse, como un «chiste» que no termina
de fijarse como tal y que, sin embargo, sigue funcionando, obligando a producir
allí donde la producción empieza a sonar redundante. El ¿poeta? —Mora—, dije,
rodea, desplaza, no responde del todo, y en ese rodeo no hay expansión sino
mantenimiento: no se trata de abrir el texto, sino de impedir que cierre, de
sostener un estado en el que cada frase parece necesitar la siguiente no para
completarse, sino para no detenerse.
Ese seguir ya estaba antes —en la forma breve,
en el fragmento—, pero aquí cambia de régimen: deja de ser apertura y pasa a
ser continuidad sin garantía, como si cada unidad fuera insuficiente y, al
mismo tiempo, excesiva, demasiado ajustada a su propio efecto. Y ahí aparece
una incomodidad que no se resuelve: no que el texto no funcione, sino que
funcione demasiado bien, sin fallar donde debería, y precisamente por eso, por
momentos, se deja aceptar demasiado rápido.
Lo no dicho a tiempo, la réplica mascada, la
respuesta entre los dientes.
Aquí el silencio no se tematiza, se ejerce: es
presión, es algo que se queda mal colocado, que no termina de salir, que se
mantiene en una zona intermedia donde no puede resolverse ni desaparecer.
Funciona. Y no. No del todo. Pero ahí sigue.
El texto no se vuelve más complejo: la
simplificación deja de servir. No es una sustitución. Tampoco. O no así.
El interior del higo maduro. La gravedad
cósmica. El enfado de nube.
Nada se organiza del todo, pero tampoco se
pierde; lo íntimo y lo remoto conviven sin jerarquía, no como mezcla sino como
suspensión de la necesidad de ordenar, como si el texto hubiera decidido —o
hubiera llegado— a un punto donde esa decisión ya no importa. El ¿narrador? no
corrige ese gesto. Lo deja. Y ese dejar no es pasividad: es una forma de
insistencia que no necesita justificarse.
El silencio de la familia en el pasillo del
hospital.
Aquí el texto corta sin preparar el corte, lo
deja caer sin integrarlo del todo en lo anterior, y lo que aparece no se vuelve
funcional dentro del conjunto, no se explica, no se absorbe. Queda ahí, como
algo que sigue cuando ya no toca, como una presencia que no encuentra su lugar
pero tampoco se retira.
El existir ligado a un discurso es en realidad
inconsciencia.
La frase parece querer fijarse, pero no se
sostiene el tiempo suficiente; aparece, incomoda, se retira sin desaparecer del
todo, como si el texto evitara convertirse en aquello que podría ordenar lo que
está haciendo.
Cuando permaneces en silencio, lejos de los
signos y ajeno al discurso, vives en el mundo.
Aquí hay una promesa —o la forma de una
promesa— que no se cumple ni se desactiva, que permanece como un enunciado que
no encuentra dónde instalarse, que no termina de integrarse ni de desaparecer,
como si su función fuera precisamente esa: quedar en suspensión.
El silencio colectivo es negro, abrumador como
una tormenta de sables.
El lenguaje se acerca al exceso, pero no entra
del todo; se mantiene en el borde, sin empujar más allá, como si ese límite
fuera suficiente, como si no hiciera falta intensificarlo para que siga
operando.
Nada calla tan bien como los dioses.
Se queda. No cierra. Y en ese no cierre
empieza a hacerse visible otra cosa: que el texto no se limita a explorar el
silencio, sino que lo sustituye, que sigue hablando allí donde parecía querer
detenerse, que insiste incluso cuando la insistencia ha perdido su
justificación.
Y ahí aparece —Mora ahí—, sin subrayarse, lo
que quizá más interesa: que todo esto no solo se sostiene, sino que por
momentos se vuelve convincente demasiado rápido, y aun así uno sigue, no del
todo en contra.
Y eso sigue. Y uno también.
Porque al final no queda el silencio.
Queda esto.
Esto que sigue.

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