En
esta conversación, la poeta neerlandesa Rozalie Hirs abre algunas reflexiones
sobre el poema, la experiencia, el ritmo, y la respiración. Autora de poemarios
como Locus (1998), Logos (2002), curvices and musicles
(2013), verdere bijzonderheden (2017), ecologica
(2023), entre otros, Hirs es una artista que explora en la relación entre
escritura, música y diversos soportes visuales. Los vínculos con el poema como
estructura que genera sentido, con varias vías para materializarlos, y con una
disposición rítmica para acoplarse de forma múltiple a la cultura, son el
contexto de este diálogo.
R:
Siempre me he sentido atraída por lo invisible, por lo oculto. Como muchos
poetas, tengo una tendencia natural hacia lo que escapa a la percepción
directa. Ya de niña me interesaban mucho las relaciones entre las personas —la
amistad, el amor, las corrientes invisibles que nos unen—. Hablaba sin cesar de
estas cosas con mis amigos. Más tarde me fascinó la psicología, y durante
muchos años llevé un diario de sueños como una forma de explorarme a mí misma y
también al otro. Al mismo tiempo, me dejé atraer por la astrología. Sé que no
es científica —yo misma estoy formada como científica— pero me atraía como un
tipo de folclore, un lenguaje mitológico a través del cual intentamos
comprendernos a nosotros mismos y nuestras relaciones. Hacía horóscopos para la
gente, no para predecir, sino como una manera de pensar en los patrones, en la
interconexión. También siento una profunda curiosidad por las ciencias
naturales. La geología, la evolución, la astronomía, todo eso me fascina. Por
supuesto, mi conocimiento es limitado, pero siento asombro ante la vastedad,
ante los órdenes ocultos que sostienen la existencia. Algunos lo llaman Dios;
yo no. Aunque crecí como católica y sigo vinculada al folclore de la creencia,
no puedo decir que crea en Dios ni en un salvador. Otros han sugerido que estoy
más cerca del budismo, y sí siento afinidad con la meditación, con la atención
a lo que no es inmediatamente visible.
Para
mí, la poesía es una forma de conocimiento, de investigar tanto el mundo como a
mí misma. Es un acto de descubrir lo que está debajo del hábito y de la
suposición. El lenguaje tiene aquí un papel central. A menudo olvidamos lo
extraordinario que es poder hablar, leer, escribir, que exista siquiera un
sistema así. Siento un profundo asombro por el lenguaje en sí. Cuando escribí Ecologica,
la preocupación por la crisis climática estaba muy presente. El libro nació
durante la pandemia, un tiempo en que todos nos volvimos hacia dentro. Para mí,
fue natural entonces reflexionar sobre la Tierra, sobre las especies al borde
de la extinción, sobre la fragilidad de los ecosistemas. Pero los ecosistemas
son también metáforas de nuestras redes humanas —amistades, comunidades,
interdependencias—. Nos alimentamos y somos alimentados por nuestros propios
ecosistemas humanos. Así que el libro está escrito desde la preocupación, pero
también desde el asombro. Celebra lo que sigue funcionando, lo que aún nos
sostiene.
En
el lenguaje también busco posibilidades. Quiero poner a prueba sus fronteras,
descubrir nuevos caminos sintácticos o gramaticales. Otros lo llaman
experimental, pero yo lo pienso más como exploratorio, como una forma de
investigación. Me gusta decir sí a lo que aún no entiendo, sí a
las nuevas estructuras. En ese sentido, soy una pequeña exploradora, y mi
territorio es en gran medida el lenguaje.
V: Convive
en ti este interés por la astrología, los diarios de sueños, el universo
oculto; pero también por el método científicos que proporciona conocimiento de
manera más estructurada. En medio de esa ambigüedad de las herramientas con las
que el poeta se mueve entre el mundo, ¿cuál es el lugar para la intuición?
R: La
intuición es central para mí. Incluso acuñé un término: sentir-pensar, o
pensar-sentir. Me gusta unirlos. No son opuestos, sino compañeros. La
gente suele tratarlos como contradicciones, pero yo no lo veo así.
Me
formé como ingeniera antes de atreverme a ser artista. Mis padres insistieron
en que encontrara una profesión que me garantizara independencia. Esa formación
agudizó mi mente analítica. Sin embargo, junto a ella, siempre he sido sensible
a las palabras, a sus texturas y resonancias. Para mí, la intuición surge
cuando el análisis y la sensibilidad convergen, cuando el pensamiento y el
sentimiento se entrelazan. Así es como me muevo por el mundo, y también como
escribo. Siento-pienso mi camino en el lenguaje, en las relaciones, en
los ecosistemas de significado. Es una especie de sensibilidad agudizada,
emparejada con el rigor. Ese equilibrio —no rechazar lo racional, sino
impregnarlo de sensación— es lo que significa para mí la intuición.
R: Es
interesante que uses la palabra energía. Rara vez hablo en esos
términos, pero creo que tienes razón. Cuando escribo, siento las palabras. Las
escucho. Sé cuándo algo está bien, cuándo resuena, y esa resonancia es, en
cierto sentido, energía. La energía siempre es temporal: fluye. Por eso la
escritura debe tener su corriente, su ritmo, su continuidad. Y ese flujo debe
devolver algo: a mí mientras escribo, y al lector mientras recibe el poema. Ese
regalo puede ser sustento, claridad, o incluso sanación. Prefiero trabajar de
esta manera, generando una corriente que nutra, en lugar de limitarme a
reflejar lo feo del mundo. Para mí, eso también es energía: una corriente que
ofrece, que sostiene, que sorprende con una nueva visión.
Y
lo que dices sobre la vibración es importante. Las palabras vibran entre sí, sintácticamente,
semánticamente, a través del sonido. El sonido es vibración literal, pero el
significado también lleva sus vibraciones. La poesía es el lugar donde estas
vibraciones convergen: sonido, sentido, ritmo. Y como la poesía siempre está
incrustada en la cultura, esas vibraciones también varían con la lengua, con la
historia, con los ancestros. Por ejemplo, tú creciste en el español —y no solo
en el español, sino en una variante sudamericana con sus propios acentos, su
propia pronunciación—. Yo, en cambio, provengo del neerlandés, con una herencia
poética distinta. Incluso si nuestras personalidades fueran idénticas, nuestra
poesía sería diferente, porque las vibraciones de nuestras lenguas son
distintas, modeladas por siglos de hablantes antes que nosotros. Recuerdo, por
ejemplo, cantar canciones de Mercedes Sosa en mi adolescencia. A mi hermano,
que vive en España desde hace décadas, le hacía gracia mi acento sudamericano.
Yo había aprendido esas canciones escuchando la voz de Sosa. Así que incluso mi
canto llevaba la huella de esa ecología lingüística. Cada palabra, cada
inflexión, resuena con la memoria de quienes las pronunciaron antes que
nosotros, nuestros ancestros, nuestros maestros, los cantantes de cuyas
canciones aprendimos. En ese sentido, la ecología del lenguaje no es solo
relacional en el presente, sino también histórica. Cada poema vibra con siglos
de voces.
R:
Para mí, todo comienza con la experiencia. La experiencia significa
sensibilidad: ver, oír, tocar, encontrarse con el otro. Toda nuestra
experiencia está mediada por los sentidos.
Cuando
escribo un poema, lo hago con la imaginación, pero el acto de escribir es en sí
mismo una experiencia en tiempo real. Algunas personas asumen que la poesía
es simplemente fantasía, pero yo no lo creo. La imaginación es una de las
facultades más poderosas de la mente. Nos permite resolver problemas,
comprender de otro modo, generar alegría en el descubrimiento. Escribir, para
mí, es una manera de extender la experiencia hacia nuevas formas, la curiosidad
me impulsa, y la poesía se convierte en una práctica de búsqueda de nuevas
experiencias.
En
la vida soy tranquila, no alguien que busque extremos. De joven me gustaba
salir a los
clubes a bailar, pero nunca me atrajeron los excesos. Prefiero el
trabajo silencioso, la amistad y la reflexión. Viajar me trae nuevos
encuentros, y gran parte de eso ocurre gracias a mi trabajo. Mis amigos son en
su mayoría artistas, así que nuestras conversaciones vuelven una y otra vez al
arte. Eso también forma parte de la experiencia que alimenta mi escritura.
R:
Leer es inmediato. Es como escuchar, o como tener una verdadera conversación.
Cuando un poema funciona, la conexión es instantánea. Claro, puede que se
necesite esfuerzo —a veces hay que descifrar un texto difícil— pero incluso ese
esfuerzo da alegría. La neurociencia ha demostrado que resolver algo, avanzar
hacia la comprensión, activa una sensación de recompensa en el cerebro. Pero en
el nivel más profundo, es fácil. Mi esposo siempre dice que una buena relación
es aquella que funciona de manera natural. Leer un poema es algo similar.
Cuando resuena, te atrae, te reconoces en su vibración. Esa inmediatez es una
experiencia en sí misma. No es simplemente decodificar, sino habitar el poema. Para
mí, leer a poetas sudamericanos en mi juventud fue precisamente eso. Sus
palabras me hablaban directamente, alimentaban mi imaginación, me traían mundos
nuevos. Por eso leemos: por esa nutrición, esa chispa, ese movimiento entre
nosotros y el poema. Leer no es pasivo. Es un intercambio activo, una vibración
mutua.
V: Esa dinámica está presente en el poema y su capacidad de producir significado —no solo a través de la semiosis, sino también mediante otras fuerzas. Generalmente decimos de un poema: ah, me conmovió, me habló. Pero en esos efectos no actúa solo el significado. En tu trabajo, por ejemplo, el ritmo parece central: no necesariamente como algo que signifique, sino como algo que genera fuerzas dentro del poema. ¿Cómo ves la relación entre significado y ritmo?
R: Es
una pregunta crucial. El ritmo y el sonido son fundamentales. Por supuesto, el
poema existe en la página como un objeto visible, y eso ya crea ritmo: la
longitud de los versos, los espacios en blanco, la forma misma de las palabras.
Ese es el ritmo visual del poema, que te invita a comenzar a leer. Luego, una vez que lees, el poema se despliega en el
tiempo. Se convierte en un flujo —de sonido, de sentido, de energía—. He pensado mucho en
esto, porque rara vez uso puntuación y mayúsculas en mi poesía.
Prefiero la continuidad, que las frases fluyan unas en otras, de modo que los
fragmentos correspondan hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Esto
permite interpretaciones simultáneas. Cuando se lee en voz alta, hay que elegir
dónde acentuar, dónde pausar, pero las otras posibilidades permanecen latentes,
capas múltiples disponibles para el lector silencioso. El arte reside en el
equilibrio entre la sorpresa y la expectativa. Un buen poema posee ritmo tanto
en el sonido como en el significado, y ofrece varias formas posibles de lectura
entre las que el lector puede elegir. Estas cualidades nos brindan la alegría
del asombro y del descubrimiento: del lenguaje, del mundo y de quienes somos.
A
esto lo llamo no solo ritmo del sonido, sino también ritmo del significado
—en neerlandés, betekenisritme. La idea me surgió en conversación con un
amigo compositor y poeta. Describe cómo el significado mismo puede latir,
alinearse o quebrarse. En mi trabajo, ciertos grupos de palabras pueden vincularse tanto
con lo que los precede como con lo que los sigue, lo que abre múltiples modos
de lectura y permite que varios significados coexistan
simultáneamente. Leer es siempre un acto de interpretación: colocamos una
puntuación (imaginaria), agrupamos las frases y tomamos decisiones. Al hacerlo,
damos forma activa al sentido. El ritmo del significado puede cambiar de repente,
interrumpir la continuidad o fracturar la expectativa. La poesía, creo, es un
juego entre expectativa y sorpresa. El ritmo es lo que sostiene ese juego. Se
genera una expectativa para que el lector escuche, pero también hay que
entregar sorpresa para que algo nuevo se revele. Demasiada sorpresa, y el
lector se retira; demasiada expectativa, y el poema se aplana. El arte está en
ese equilibrio, donde el ritmo se convierte a la vez en sonido y en sentido.
R: La
respiración es todo. La respiración es vida. Nuestras frases, nuestras melodías
del habla, todas emergen de la respiración porque solo podemos hablar dentro de
los ritmos de inhalación y exhalación. Cada uno de nosotros tiene una forma
única de respirar, moldeada por nuestro cuerpo, nuestra voz, incluso por las
cavidades de nuestra boca y nuestra cabeza. Y nuestra respiración también da
forma a nuestros lenguajes. Para mí, escribir sin puntuación significa que la
respiración precede al sentido. La respiración abre el camino, arrastra las
palabras hacia adelante. El ritmo del poema se vuelve corporal. La respiración
no es solo fisiológica, sino también semántica, da forma al pensamiento antes
de que la mente lo nombre.
R: Es
una pregunta profunda. Una partitura musical no es todavía música; solo se
convierte en música cuando se interpreta. Con la poesía, el poema escrito ya es
el poema, pero también se convierte en otra cosa cuando se recita. El lector,
entonces, es como el músico. Leer es interpretar. Por eso hablo del
empoderamiento del lector. Cuando lees, tomas innumerables decisiones: dónde
pausar, cómo dar voz a un verso, cómo inclinarse hacia un significado u otro.
Cada lector toca el poema de manera distinta, así como cada músico interpreta
una partitura. Así que sí, un poema puede entenderse como una partitura
musical. Las palabras en la página son invenciones extraordinarias —tecnologías
que damos por sentadas. Vemos palabras por todas partes en la vida diaria, en
pantallas y periódicos. Y, sin embargo, cuando volvemos a la página de un
poema, esas marcas se convierten en instrucciones para el ritmo, el sonido, la
respiración. El lector les da vida, las hace cantar.
Rozalie Hirs
ecológica (2023)
(selección)
TRADUCCIÓN DE Micaela van Muylem
[1]
entrégate como siempre y huele la nueva temporada
cuando la tierra desaparece de nuevo en el cielo
más oscuro
restituye la lengua en nombre de la última
pareja de grullas siberianas aún con vida
sus comas leerlas como decapitación meditativa
un rastreo de abejas empapadas de miel
o de gorgoritos de un ruiseñor como el rey
grávido de sentido arrojado delante de los ojos
una sombra se extiende hasta el texto o las
estrellas
un mundo entero fuera del paréntesis reunido
como un círculo de penumbra la última bandada
de palabras en riesgo develando poco a poco esta decisión
la semilla para plantar de veras un nuevo tiempo
que en libros sagrados capture la perdida pareja
[24]
arriba a otras formas en la tierra como nunca antes
de un modo inescrutable en lo alto una única luna
la siguiente noche se doblega en exuberante claridad
las raíces viven variaciones desnudas en lo
profundo
un sendero que bordea la deriva tan llena y duradera
que cada nube de polvo se acerca alada
aterriza inverosímil en un parking
la historia abraza figuras desde la equinácea púrpura
hasta el arbusto de mariposas en que un observador
se deja caer distraído para recoger lo que es
[25]
húndete ahí donde la pulpa sangre como hierba de
algodón
y vibren visibles las palabras de viento en sus variaciones el canto
consolidado arrojando fuera del nido revueltos
tesoros de hierba seca lejos de caminos trillados
sigue las hormigas por la estrecha página ya
ilegible
entrando al menos en la boca de una aún joven
cereza
para espolear impresiones y captar fenómenos
similares del otro lado de un abismo de millones
de elementos puestos en movimiento el rumor
inaudible
de las alas de los búhos lo que puede durar un
segundo
[32]
como el agua en su sitio intento tantear los bordes
de mi entorno
los confines sumergiéndome entre plantas flotantes
que perviven
desde el comienzo articular en una pita acuática de
sutura ceñida
que huye en sueños hacia el cuerpo cálido
presentimientos
en la marisma se funden los sauces con la oscuridad
incluso
una verde halconera suave y desdibujada en lo alto
recuerda
una mariposa bicolor y otra manto grande entre dos
mundos ahora
anidando en nuestra naturaleza silvestre tiemblan
las raíces desnudas
[33]
regresa a las entrañas del agua
si la rama aferra resuelta el junco marino y la espadaña
o la transparencia en todos los puntos de rocío
juntos revisa
las circunstancias que aduce una tortuga en los huevos desovados
otro mundo entre la arena y la sal crea un oasis
en que se abren paso unas gotas pintadas de luna
para identidades y espesura vulnerable a diario en
el mundo
revela lo salvaje la relación con nuestros
recuerdos
el terciopelo de zumbido ardiente y manos delicadas
y lentas
que cubren el ojo del mar con luz espléndida
aceptando las cosas como son sólo se estremece la
orilla
corta sus mágicos momentos para retornar a lo
ilegible



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