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domingo, 18 de enero de 2026

ÁNGEL CERVIÑO. CONTRA ORALIDAD

 



"Musa", pintura de Ángel Cerviño



Los que me conocen ya saben lo poco que me gusta leer en público, supongo que se trata de algo no premeditado, intuitivo o visceral, que tendrá que ver con la timidez y la inseguridad, pero, claro, a lo largo de todos estos años he ido teorizando esa disposición, esa no-disposición, y ahora ya me veo armado de un corpus teórico que la sustenta. Allá va.

 

En primer lugar, mi escritura se organiza de forma muy visual. Me interesan las estrategias plásticas de ocupación de la página: esas líneas oscuras desplegándose sobre la superficie del papel. En no pocas ocasiones he decidido el aspecto tipográfico de un texto antes de escribir una sola línea. Las diferentes secciones de un libro suelo ‘verlas’ plásticamente configuradas antes de comenzar a trabajarlas. Obviamente todo esto desaparece en cualquier lectura pública.

 

Cuido mucho también los aspectos musicales y la sonoridad de la escritura, pero yo diría que esos valores sonoros se asientan siempre sobre un trazado visual, sobre una arquitectura previa.

 

Suelo utilizar una amplia y variada gama de signos gráficos y procedimientos constructivos que plantean serias dificultades a la lectura y la oralidad: guiones, asteriscos, barras diagonales, notas al pie, parlamentos —entrecomillados o no atribuidos a los diferentes personajes que pasaban por allí. ¿Cómo leer una nota al pie en un verso? ¿Se va a la nota en el momento en que aparece, interrumpiendo el discurrir del texto, o se lee el poema completo y al final se va a la nota explicando en qué punto exacto se encontraba la llamada? No sé cuál sería la peor solución, pero ninguna es buena.

 

Por otro lado, la performatividad, o la simple lectura en voz alta, añadiría a mis textos toda una serie de valores no previstos, ni buscados (y quizá tampoco deseados): la entonación, la dicción más o menos clara o arrastrada, un ritmo rápido o más pausado, énfasis y silencios, toses, tartamudeos, errores de lectura, carraspeos... Valores que pertenecen al lector (aunque sea yo mismo) y a su pericia o estado de ánimo, pero no al texto. Al menos, no al texto tal como fue concebido.

 

Otra interferencia grave la proporciona el hecho de que toda lectura pública de poemas es, antes que ninguna otra cosa, un acto social, una reunión de personas, con todos los juegos de representación y exhibición de roles que esto conlleva. Un entorno sonoro y social que no deja de añadir capas de significación sobre el texto, sepultándolo bajo estratos de gestos y carantoñas; obstáculos, todos ellos, que desaparecen en una lectura privada y silenciosa.

 

Aunque quizá el reparo más sólido que puedo poner a la lectura pública de un texto es la linealidad irreversible que se le impone. El lector no puede aquí detenerse en un punto clave, y volver atrás, a algún pasaje anterior que ahora resulta iluminado por los versos que le sucedieron, y volver a paladearlo a la luz de estas nuevas aportaciones que lo enriquecen, lo matizan o lo contradicen (un recurso que he utilizado con cierta frecuencia). Tampoco puede pararse un rato a disfrutar con más detenimiento y delectación de una imagen inesperada o, simplemente, mantenerse en el clima verbal de un fragmento que le toca de forma más directa, y reflexionar sobre lo que va leyendo, dejándose llevar por una marea de evocaciones no previstas, que requieren de un paso más lento y de una atención diversificada. Así leo, y así me gustaría que me leyeran.

 

Y no estará demás terminar citando a J. M. Ullán, con una frase que muchas veces me ha servido de baluarte o burladero: “... todos los esfuerzos previos de despersonalización se hacen añicos, tienes que reconstruir el conjunto como si se tratara de una cosa propia, que lo será, pero que no tendría que serlo hasta el punto de proclamarlo”.

(J. M. Ullán, “Eso de leer poemas”. Entrevista con Eloísa Otero)

 

En realidad, la cosa es muy sencilla, siempre que puedo elegir opto por la palabra desnuda que se cuela silenciosa en la mente del que lee sin mover los labios, generando allí su propia música, resonando en los archivos verbales del receptor. Imágenes acústicas posándose en nuestra mente, depositándose sobre cláusulas y conceptos como el polen que cubre los charcos. Así me gustaría presentar mis textos, sin otro aditamento.

REYNALDO JIMÉNEZ. LORENZO GARCÍA VEGA: SUITE PARA LA ESPERA.

 



Si hay alguien que siguió íntegro el mítico Curso Délfico propuesto por Lezama Lima —una serie de lecturas formadoras que empezaban apenitas con Lautréamont y Proust— ése fue Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, Matanzas, Cuba, 12 de noviembre de 1926 - Miami, 1 de junio de 2012). Lorenzo insistía en que no se consideraba poeta y había desarrollado un contundente rechazo y resistencia conciente al menor asomo de lirismo, que identificaba con el ocultamiento y la hipocresía. Digamos que Lorenzo tendía a destrozar toda metaforización y toda sublimación, para dar cabida a un balbuceo superior que buscaba desnudar la situación misma del escritor en su intemperie existencial, su situación atenta al mundo circundante y frente a sí: indagación de la pérdida y del malentendido, el quid salvaje de la risa, de generosidad implacable. Un desmontaje, diría él, siguiendo un poco la paradójica relativización en primera persona del autoprotagonista, que Lorenzo asociaba con sus lecturas tempranas del Krishnamurti y su “¿quién dice?”. En esto fundaba ese permiso radicalizado del anti-atajo, la contra-síntesis, la desmesura de un sinceramiento (como en Macedonio Fernández o Néstor Sánchez o Juan Emar, entre sus grandes admirados) capaz de generar su propio sentido del rigor. Una escritura al infinito, pero sin la menor consideración metafísica, por cierto, ni, mucho menos, un lineamiento según programa, sino al revés: escribía para desprogramarse, en el intento constante de una transparencia de variación, una traslucidez. Para Lorenzo, que padeció varios infartos en la última etapa de su vida, la escritura implicaba habitar el pálpito. Dada la compleja relación con su maestro Lezama y el grupo de la revista Orígenes, de cuyo consejo editor fue integrante y de los más activos (volvería a suceder, después, con su participación en otra revista histórica imprescindible: escandalar, que dirigía Octavio Armand en Nueva York, donde Lorenzo colaboró en cada número), su discrepancia con la subsiguiente construcción procerizada denominada origenismo devino materia insistente, nutriente, por capacidad de contradicción, de buena parte de su escritura, como en ese ajuste de cuentas que tituló Los años de Orígenes. Lorenzo renegaba de su primer libro, por ser “de prosa poética” (Suite para la espera (1948), publicado a sus 21 años de edad, con dibujos de Mariano) y por tener el sello de Orígenes, el aval y el estímulo franco y seguramente cariñoso de Lezama.


Aunque el libro desmiente las características formales, más bien conservadoras, de lo que sus colegas origenistas publican entonces y después (siempre quitando a Lezama, que orbitará en sí mismo) a Lorenzo, siempre cerca del espíritu patafísico-dadá-surreal (en este libro, ya evidente), le parecía, andando el tiempo, el típico “pecado de juventud” que más valdría olvidar. Pero en honor a la corriente de recíproca simpatía (me atrevo a llamarla amistad) que nos vinculó con logar8 (tal como firmaba Lorenzo sus correos eléctronicos, allá por el cambio de siglo, cuando compartimos tantas cosas) discrepé, yo también, con esa condena a la que sometía esta Suite para la espera. Libro que mantiene la frescura —en doble sentido: ligereza y desenfado— de una impronta única que inicia alucinando su viaje autoral, que el tiempo develará extenso, con atmósfera paravanguardista, es una pieza imprescindible a la hora de estudiar (y disfrutar) de su obrar expandido e intenso. No sólo cabe considerarlo antecedente de un estilo y menos aun una incipiencia, sino todo lo contrario: porque es un tremendo libro, en el sentido de su estésica apertura, la potencia informalescente que le cunde, la libertad de palabra, en fin, en plenitud de sus medios artesanales. En otras palabras: Lorenzo se la estaba inventando y este libro es un alto testimonio de esa revelación que abre camino (y sigue) y hace olas. 

Nota del editor:
Si obrara la casualidad con impensada fortuna y algunos de ustedes desearan acceder al libro de Lorenzo sólo tienen que escribir a delavoratorio@gmail.com y en unos días lo tendrán en vuestras manos.

sábado, 17 de enero de 2026

VÍCTOR VIMOS. ROZALIE HIRS: EL RITMO DEL SIGNIFICADO

 


En esta conversación, la poeta neerlandesa Rozalie Hirs abre algunas reflexiones sobre el poema, la experiencia, el ritmo, y la respiración. Autora de poemarios como Locus (1998), Logos (2002), curvices and musicles (2013), verdere bijzonderheden (2017), ecologica (2023), entre otros, Hirs es una artista que explora en la relación entre escritura, música y diversos soportes visuales. Los vínculos con el poema como estructura que genera sentido, con varias vías para materializarlos, y con una disposición rítmica para acoplarse de forma múltiple a la cultura, son el contexto de este diálogo.

 

 V: En tu trabajo aparece con frecuencia una tensión entre lo visible y lo invisible, inscrita en el poema como relaciones que no están necesariamente presentes en las palabras. ¿Cómo puede la poesía traducir esas relaciones, que existen fuera del lenguaje, en palabras?

R: Siempre me he sentido atraída por lo invisible, por lo oculto. Como muchos poetas, tengo una tendencia natural hacia lo que escapa a la percepción directa. Ya de niña me interesaban mucho las relaciones entre las personas —la amistad, el amor, las corrientes invisibles que nos unen—. Hablaba sin cesar de estas cosas con mis amigos. Más tarde me fascinó la psicología, y durante muchos años llevé un diario de sueños como una forma de explorarme a mí misma y también al otro. Al mismo tiempo, me dejé atraer por la astrología. Sé que no es científica —yo misma estoy formada como científica— pero me atraía como un tipo de folclore, un lenguaje mitológico a través del cual intentamos comprendernos a nosotros mismos y nuestras relaciones. Hacía horóscopos para la gente, no para predecir, sino como una manera de pensar en los patrones, en la interconexión. También siento una profunda curiosidad por las ciencias naturales. La geología, la evolución, la astronomía, todo eso me fascina. Por supuesto, mi conocimiento es limitado, pero siento asombro ante la vastedad, ante los órdenes ocultos que sostienen la existencia. Algunos lo llaman Dios; yo no. Aunque crecí como católica y sigo vinculada al folclore de la creencia, no puedo decir que crea en Dios ni en un salvador. Otros han sugerido que estoy más cerca del budismo, y sí siento afinidad con la meditación, con la atención a lo que no es inmediatamente visible.

Para mí, la poesía es una forma de conocimiento, de investigar tanto el mundo como a mí misma. Es un acto de descubrir lo que está debajo del hábito y de la suposición. El lenguaje tiene aquí un papel central. A menudo olvidamos lo extraordinario que es poder hablar, leer, escribir, que exista siquiera un sistema así. Siento un profundo asombro por el lenguaje en sí. Cuando escribí Ecologica, la preocupación por la crisis climática estaba muy presente. El libro nació durante la pandemia, un tiempo en que todos nos volvimos hacia dentro. Para mí, fue natural entonces reflexionar sobre la Tierra, sobre las especies al borde de la extinción, sobre la fragilidad de los ecosistemas. Pero los ecosistemas son también metáforas de nuestras redes humanas —amistades, comunidades, interdependencias—. Nos alimentamos y somos alimentados por nuestros propios ecosistemas humanos. Así que el libro está escrito desde la preocupación, pero también desde el asombro. Celebra lo que sigue funcionando, lo que aún nos sostiene.

En el lenguaje también busco posibilidades. Quiero poner a prueba sus fronteras, descubrir nuevos caminos sintácticos o gramaticales. Otros lo llaman experimental, pero yo lo pienso más como exploratorio, como una forma de investigación. Me gusta decir a lo que aún no entiendo, a las nuevas estructuras. En ese sentido, soy una pequeña exploradora, y mi territorio es en gran medida el lenguaje.

 

V: Convive en ti este interés por la astrología, los diarios de sueños, el universo oculto; pero también por el método científicos que proporciona conocimiento de manera más estructurada. En medio de esa ambigüedad de las herramientas con las que el poeta se mueve entre el mundo, ¿cuál es el lugar para la intuición?

R: La intuición es central para mí. Incluso acuñé un término: sentir-pensar, o pensar-sentir. Me gusta unirlos. No son opuestos, sino compañeros. La gente suele tratarlos como contradicciones, pero yo no lo veo así.

Me formé como ingeniera antes de atreverme a ser artista. Mis padres insistieron en que encontrara una profesión que me garantizara independencia. Esa formación agudizó mi mente analítica. Sin embargo, junto a ella, siempre he sido sensible a las palabras, a sus texturas y resonancias. Para mí, la intuición surge cuando el análisis y la sensibilidad convergen, cuando el pensamiento y el sentimiento se entrelazan. Así es como me muevo por el mundo, y también como escribo. Siento-pienso mi camino en el lenguaje, en las relaciones, en los ecosistemas de significado. Es una especie de sensibilidad agudizada, emparejada con el rigor. Ese equilibrio —no rechazar lo racional, sino impregnarlo de sensación— es lo que significa para mí la intuición.

 V: El sentir-pensar encarnado en la materia permite ver, por ejemplo, la dimensión de la energía que atravieza la vida. En los poemas de Ecologíca (2023) describes la dinámica de formas vivas, de energías que circulan entre ellas. ¿Cómo miras la relación entre la ecología del lenguaje y la energía que anima a las palabras?

R: Es interesante que uses la palabra energía. Rara vez hablo en esos términos, pero creo que tienes razón. Cuando escribo, siento las palabras. Las escucho. Sé cuándo algo está bien, cuándo resuena, y esa resonancia es, en cierto sentido, energía. La energía siempre es temporal: fluye. Por eso la escritura debe tener su corriente, su ritmo, su continuidad. Y ese flujo debe devolver algo: a mí mientras escribo, y al lector mientras recibe el poema. Ese regalo puede ser sustento, claridad, o incluso sanación. Prefiero trabajar de esta manera, generando una corriente que nutra, en lugar de limitarme a reflejar lo feo del mundo. Para mí, eso también es energía: una corriente que ofrece, que sostiene, que sorprende con una nueva visión.

Y lo que dices sobre la vibración es importante. Las palabras vibran entre sí, sintácticamente, semánticamente, a través del sonido. El sonido es vibración literal, pero el significado también lleva sus vibraciones. La poesía es el lugar donde estas vibraciones convergen: sonido, sentido, ritmo. Y como la poesía siempre está incrustada en la cultura, esas vibraciones también varían con la lengua, con la historia, con los ancestros. Por ejemplo, tú creciste en el español —y no solo en el español, sino en una variante sudamericana con sus propios acentos, su propia pronunciación—. Yo, en cambio, provengo del neerlandés, con una herencia poética distinta. Incluso si nuestras personalidades fueran idénticas, nuestra poesía sería diferente, porque las vibraciones de nuestras lenguas son distintas, modeladas por siglos de hablantes antes que nosotros. Recuerdo, por ejemplo, cantar canciones de Mercedes Sosa en mi adolescencia. A mi hermano, que vive en España desde hace décadas, le hacía gracia mi acento sudamericano. Yo había aprendido esas canciones escuchando la voz de Sosa. Así que incluso mi canto llevaba la huella de esa ecología lingüística. Cada palabra, cada inflexión, resuena con la memoria de quienes las pronunciaron antes que nosotros, nuestros ancestros, nuestros maestros, los cantantes de cuyas canciones aprendimos. En ese sentido, la ecología del lenguaje no es solo relacional en el presente, sino también histórica. Cada poema vibra con siglos de voces.

 V: Quiero extender esto hacia la cuestión de la experiencia. Antes hablamos de la intuición, del sentir-pensar, del universo oculto. Todo eso puede ser una exploración muy personal. Pero cuando escribes un poema, ¿dónde entra tu propia experiencia? ¿Cómo usas la experiencia, junto con la creatividad, como parte de esta exploración continua al escribir?

R: Para mí, todo comienza con la experiencia. La experiencia significa sensibilidad: ver, oír, tocar, encontrarse con el otro. Toda nuestra experiencia está mediada por los sentidos.

Cuando escribo un poema, lo hago con la imaginación, pero el acto de escribir es en sí mismo una experiencia en tiempo real. Algunas personas asumen que la poesía es simplemente fantasía, pero yo no lo creo. La imaginación es una de las facultades más poderosas de la mente. Nos permite resolver problemas, comprender de otro modo, generar alegría en el descubrimiento. Escribir, para mí, es una manera de extender la experiencia hacia nuevas formas, la curiosidad me impulsa, y la poesía se convierte en una práctica de búsqueda de nuevas experiencias.

En la vida soy tranquila, no alguien que busque extremos. De joven me gustaba salir a los clubes a bailar, pero nunca me atrajeron los excesos. Prefiero el trabajo silencioso, la amistad y la reflexión. Viajar me trae nuevos encuentros, y gran parte de eso ocurre gracias a mi trabajo. Mis amigos son en su mayoría artistas, así que nuestras conversaciones vuelven una y otra vez al arte. Eso también forma parte de la experiencia que alimenta mi escritura.

 V: Otra experiencia es la de leer. A menudo pensamos que leer poesía significa decodificar signos o situarlos en un contexto cultural que los explica. Pero también está la práctica de leer como entrar en un estado: estar en el poema, estar despierto y receptivo. ¿Cómo ves el papel de la experiencia, y de la creatividad, al leer?

R: Leer es inmediato. Es como escuchar, o como tener una verdadera conversación. Cuando un poema funciona, la conexión es instantánea. Claro, puede que se necesite esfuerzo —a veces hay que descifrar un texto difícil— pero incluso ese esfuerzo da alegría. La neurociencia ha demostrado que resolver algo, avanzar hacia la comprensión, activa una sensación de recompensa en el cerebro. Pero en el nivel más profundo, es fácil. Mi esposo siempre dice que una buena relación es aquella que funciona de manera natural. Leer un poema es algo similar. Cuando resuena, te atrae, te reconoces en su vibración. Esa inmediatez es una experiencia en sí misma. No es simplemente decodificar, sino habitar el poema. Para mí, leer a poetas sudamericanos en mi juventud fue precisamente eso. Sus palabras me hablaban directamente, alimentaban mi imaginación, me traían mundos nuevos. Por eso leemos: por esa nutrición, esa chispa, ese movimiento entre nosotros y el poema. Leer no es pasivo. Es un intercambio activo, una vibración mutua.

 


V: Esa dinámica está presente en el poema y su capacidad de producir significado —no solo a través de la semiosis, sino también mediante otras fuerzas. Generalmente decimos de un poema: ah, me conmovió, me habló. Pero en esos efectos no actúa solo el significado. En tu trabajo, por ejemplo, el ritmo parece central: no necesariamente como algo que signifique, sino como algo que genera fuerzas dentro del poema. ¿Cómo ves la relación entre significado y ritmo?

R: Es una pregunta crucial. El ritmo y el sonido son fundamentales. Por supuesto, el poema existe en la página como un objeto visible, y eso ya crea ritmo: la longitud de los versos, los espacios en blanco, la forma misma de las palabras. Ese es el ritmo visual del poema, que te invita a comenzar a leer. Luego, una vez que lees, el poema se despliega en el tiempo. Se convierte en un flujo —de sonido, de sentido, de energía—. He pensado mucho en esto, porque rara vez uso puntuación y mayúsculas en mi poesía. Prefiero la continuidad, que las frases fluyan unas en otras, de modo que los fragmentos correspondan hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Esto permite interpretaciones simultáneas. Cuando se lee en voz alta, hay que elegir dónde acentuar, dónde pausar, pero las otras posibilidades permanecen latentes, capas múltiples disponibles para el lector silencioso. El arte reside en el equilibrio entre la sorpresa y la expectativa. Un buen poema posee ritmo tanto en el sonido como en el significado, y ofrece varias formas posibles de lectura entre las que el lector puede elegir. Estas cualidades nos brindan la alegría del asombro y del descubrimiento: del lenguaje, del mundo y de quienes somos.

A esto lo llamo no solo ritmo del sonido, sino también ritmo del significado —en neerlandés, betekenisritme. La idea me surgió en conversación con un amigo compositor y poeta. Describe cómo el significado mismo puede latir, alinearse o quebrarse. En mi trabajo, ciertos grupos de palabras pueden vincularse tanto con lo que los precede como con lo que los sigue, lo que abre múltiples modos de lectura y permite que varios significados coexistan simultáneamente. Leer es siempre un acto de interpretación: colocamos una puntuación (imaginaria), agrupamos las frases y tomamos decisiones. Al hacerlo, damos forma activa al sentido. El ritmo del significado puede cambiar de repente, interrumpir la continuidad o fracturar la expectativa. La poesía, creo, es un juego entre expectativa y sorpresa. El ritmo es lo que sostiene ese juego. Se genera una expectativa para que el lector escuche, pero también hay que entregar sorpresa para que algo nuevo se revele. Demasiada sorpresa, y el lector se retira; demasiada expectativa, y el poema se aplana. El arte está en ese equilibrio, donde el ritmo se convierte a la vez en sonido y en sentido.

 V: Eso me lleva a pensar en otro elemento estructural del poema: la respiración. Tú no usas puntuación en tus poemas, así que siento que es la respiración la que guía el movimiento a través de tus poemas.

R: La respiración es todo. La respiración es vida. Nuestras frases, nuestras melodías del habla, todas emergen de la respiración porque solo podemos hablar dentro de los ritmos de inhalación y exhalación. Cada uno de nosotros tiene una forma única de respirar, moldeada por nuestro cuerpo, nuestra voz, incluso por las cavidades de nuestra boca y nuestra cabeza. Y nuestra respiración también da forma a nuestros lenguajes. Para mí, escribir sin puntuación significa que la respiración precede al sentido. La respiración abre el camino, arrastra las palabras hacia adelante. El ritmo del poema se vuelve corporal. La respiración no es solo fisiológica, sino también semántica, da forma al pensamiento antes de que la mente lo nombre.

 V: Ese es un enlace posible para pensar en la relación entre el poema y la partitura musical. Antes describiste el poema como visual en la página, pero también como temporal en la lectura. Para mí, el poema en la página se parece a una notación: signos esperando ser sonados. ¿Cómo ves esta relación entre el poema y la partitura musical?

R: Es una pregunta profunda. Una partitura musical no es todavía música; solo se convierte en música cuando se interpreta. Con la poesía, el poema escrito ya es el poema, pero también se convierte en otra cosa cuando se recita. El lector, entonces, es como el músico. Leer es interpretar. Por eso hablo del empoderamiento del lector. Cuando lees, tomas innumerables decisiones: dónde pausar, cómo dar voz a un verso, cómo inclinarse hacia un significado u otro. Cada lector toca el poema de manera distinta, así como cada músico interpreta una partitura. Así que sí, un poema puede entenderse como una partitura musical. Las palabras en la página son invenciones extraordinarias —tecnologías que damos por sentadas. Vemos palabras por todas partes en la vida diaria, en pantallas y periódicos. Y, sin embargo, cuando volvemos a la página de un poema, esas marcas se convierten en instrucciones para el ritmo, el sonido, la respiración. El lector les da vida, las hace cantar.

 



 

Rozalie Hirs

ecológica (2023)

(selección)

 

TRADUCCIÓN DE Micaela van Muylem

 

 

[1]

 

entrégate como siempre y huele la nueva temporada

cuando la tierra desaparece de nuevo en el cielo más oscuro

 

restituye la lengua en nombre de la última

pareja de grullas siberianas aún con vida

 

sus comas leerlas como decapitación meditativa

un rastreo de abejas empapadas de miel

 

o de gorgoritos de un ruiseñor como el rey

grávido de sentido arrojado delante de los ojos

 

una sombra se extiende hasta el texto o las estrellas

un mundo entero fuera del paréntesis reunido

 

como un círculo de penumbra la última bandada
de palabras en riesgo develando poco a poco esta decisión

 

la semilla para plantar de veras un nuevo tiempo

que en libros sagrados capture la perdida pareja


 

[24]

 

arriba a otras formas en la tierra como nunca antes

de un modo inescrutable en lo alto una única luna

 

la siguiente noche se doblega en exuberante claridad

las raíces viven variaciones desnudas en lo profundo

 

un sendero que bordea la deriva tan llena y duradera

que cada nube de polvo se acerca alada

 

aterriza inverosímil en un parking
la historia abraza figuras desde la equinácea púrpura

 

hasta el arbusto de mariposas en que un observador

se deja caer distraído para recoger lo que es


 

[25]

 

húndete ahí donde la pulpa sangre como hierba de algodón
y vibren visibles las palabras de viento en sus variaciones el canto

 

consolidado arrojando fuera del nido revueltos

tesoros de hierba seca lejos de caminos trillados

 

sigue las hormigas por la estrecha página ya ilegible

entrando al menos en la boca de una aún joven cereza

 

para espolear impresiones y captar fenómenos

similares del otro lado de un abismo de millones

 

de elementos puestos en movimiento el rumor inaudible

de las alas de los búhos lo que puede durar un segundo


 

[32]

 

como el agua en su sitio intento tantear los bordes de mi entorno

los confines sumergiéndome entre plantas flotantes que perviven

 

desde el comienzo articular en una pita acuática de sutura ceñida

que huye en sueños hacia el cuerpo cálido presentimientos

 

en la marisma se funden los sauces con la oscuridad incluso

una verde halconera suave y desdibujada en lo alto recuerda

 

una mariposa bicolor y otra manto grande entre dos mundos ahora

anidando en nuestra naturaleza silvestre tiemblan las raíces desnudas


 

[33]

 

regresa a las entrañas del agua
si la rama aferra resuelta el junco marino y la espadaña

 

o la transparencia en todos los puntos de rocío juntos revisa
las circunstancias que aduce una tortuga en los huevos desovados

 

otro mundo entre la arena y la sal crea un oasis

en que se abren paso unas gotas pintadas de luna

 

para identidades y espesura vulnerable a diario en el mundo

revela lo salvaje la relación con nuestros recuerdos

 

el terciopelo de zumbido ardiente y manos delicadas y lentas

que cubren el ojo del mar con luz espléndida

 

aceptando las cosas como son sólo se estremece la orilla

corta sus mágicos momentos para retornar a lo ilegible





Víctor Vimos (Riobamba, Ecuador, 1985) Ha publicado, recientemente, Ácrata Alucinatoria. Variaciones peruanas (2025), Retórica del Amaranto (2024), y Acta de Fundación (2023). Hace una década lleva adelante la investigación Ritualidad y Poesía que se ha materializado en distintos soportes artísticos —visuales y escritos— y académicos. Cursa estudios de doctorado en The Ohio State University (EEUU)

 

Teaser: MACARENA URZÚA OPAZO. DICCIONARIO DE ESTRELLAS Y COMETAS (INÉDITO)

 










De estrellas y otros cuerpos celestes

 

Las estrellas nacen, brillan y viajan tal como sobreviven

pierden poco a poco su esplendor en millones de años

 

Sepulcros errantes

cadáveres gélidos se desplazan por la noche

esperando su hora de destrucción

la que será

al mismo tiempo

su hora de resurrección

 

 

Volver al pasado a través de los nudos del paisaje

de la posición de las estrellas sus planos inclinados

incordios o metáforas

el encuadre de nuestros ojos redondos

tras la mira de un telescopio



Augurios y maravillas

 

 I

 

Colapsada de rayos de sol solo sé que las estrellas viejas estuvieron siempre aquí

 

 II

 

Una línea de falsos astros es un cometa sin nombre

 

 

Una larga fila especial de satélites

captan ondas que llegan

a tus manos en vibraciones

que se tejen en redes invisibles

 

 III

 

No importa mientras haya un poco de viento que Venus y Acuario se reúnan con Júpiter

hoy sopla el viento

hacia las ruinas de la estación solar

 

 IV

 Gracias al azar de las órbitas a veces

un meteorito

que ha vagado por miles de años

alcanza la materia diferenciada

de un protoplaneta

tan viejo como una galaxia

hallada hasta la fecha

a una distancia de 12.900 años luz

breve estallido celeste






 

 


















Sabemos que hay polvo donde una estrella reverbera

El azul de su anillo orbita

respira de ese polvo

o luz  

ante nuestros ojos

parece brillante y dorada

como nuestra existencia

y su equilibrio de gravedad

 

 

Sistema espectral

contar estrellas

con paciencia

luego vendrá la catalogación

 

Se ordenan de la más caliente a la más fría

cada noche nombra un sistema que

determina sus características espectrales

 

Cuerpos estelares a la luz

de la historia

más allá

 gravedad

y silencio del imaginario

tacto y visión

clasifica

una forma casi invisible

Diseños fractales emergen

 

My thought and stars, sisters, splinter into shards that tinkle to / the ground

and shine

MEI-MEI BERSSENGRUGGE, A TREATISE ON STARS

 

Diseños ocultos en las estrellas

una cosquilla estelar

si se cayera una al suelo

antes de ser un destello

fugaz

en las líneas de una mano

 

Suena

tintineo telúrico

brillan titilan las hermanas estrellas

pellizcan la superficie

caen al suelo y brillan

 

El tiempo no encierra la experiencia

ni la otorga al mirar el cielo circular

alguien desde abajo

desaparece

 

Oscura piedra lunar

 

Tímpano

 

 

Urano

En la luna se dibuja Urano

y los peces demandan dulzor

 

Juncos se debaten

sobre la soledad

o la simetría con que se posan

en sus ramas los insectos

 

El candor del verano trae

ya sabemos

olores de infancia y tierras quemadas

 

 

Que arda también la imaginación

y aquello que se deba

 

De Cartas espirituales (inéditos)

 

 Visiones insulares

 

Anota Mistral en su cuaderno de sueños mientras viaja por la isla de Cuba

que el cielo entero se le volvió una rueda con estrellas hechas radios

 
al centro flotaba ella

un cielo extraordinario

todo el cuajo estelar en relieve

y de una luz que siendo fuerte era suave

 

Cuerpo astral

El aire deviene en la sangre del cuerpo astral

algunos solitarios deambulan por las nubes

en sus trajes oscuros

 

Se activa un poder de signos intensos

luz apenas reflejada

en la superficie de cometas que desaparecen

 

Antes del gran silencio

 

El espíritu de esta palabra que se cierra

no es más que de la materia volatilizada

este silencio

el espíritu condensado

en la curvatura de un eclipse

 

Fantasma de otra tierra

 

Un fantasma de otra tierra

duerme a mitad de la sal

o del día o de la hora

nos abandona el ángel del día

en medio del camino

o en el salado

de los mare

 

Bella vibración

 en la letra

libro

lápiz

 guante

 mano

 

el axioma oculto

dice que toda materia se estremece

 

y se manifiesta en un estado de nada vibratoria

satori

cosmogonía de cofre secreto

 

Todo vibra

todo palpita

todo ritmo y rima

eclosión tranquila de las eras imaginarias

 

 Gran agente mágico

 

Transfusión de la luz

de la vida espiritual y divina

 

el pre del aire y efecto

de la luz astral

Akâsha

 

 

Solo cuando la semilla cae en la tierra

y muere

podrá producir fruto

 

la cabeza es la flor del cuerpo

 

Luz en el sendero

Entrarás en el seno de la luz

pero no tocarás nunca la llama

 

solo con silencio y búsqueda

anota Mistral con su lápiz azul

descifrar sólo será posible

para quien pueda leer

astralmente

 

El que quiera librarse de los lazos del karma

tiene que elevar su individualidad

desde la sombra a la luz

 

 












Annie Besant, Pláticas

 La palabra astral

los sabios resplandecerán

con el brillo del firmamento

con la luz del cielo

serán como las estrellas

grandiosos seres luminosos

que derramarán sus rayos de luz

y calor y fuerza a millares de vidas



Presencia material del tiempo

la biblioteca es la sombra

de un lápiz azul

 

Aurora dorada

Estela de racimos

montes salares

azules

son las pléyades en la noche de San Juan

la imagen se fija en un cúmulo de galaxias

 

Nebulosa trífida de la laguna

obtenidas por el ojo y la cámara de Vera Rubin

 

Inicia el año

el baile del solsticio

papas lavadas

constelaciones

ahí fulgura el futuro

en su cáscara de luz

color y craquelado

constelaciones de ojos

azules y dorados

auroras las pléyades en invierno

 

Los cuatro vientos

los espacios celestes

constelaciones negras

la llama negra celestial

 

Para sembrar

Guamán Poma sabe la importancia

del astrólogo-poeta

del ruedo del sol

la luna

estrellas y cometas

sentidos protoplanetarios

las lunas de Júpiter

 

Cartas espirituales

El viento Mistral

eco de la montaña

marcas azules

en la constelación

se dobla el cuerpo del hombre místico

 

Nombrada cada una

 costilla

la carne se corta

pedazo de estrella

se constela como un nervio

 

Se va un trozo y se duerme otro

al raspar el dia