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domingo, 18 de enero de 2026

REYNALDO JIMÉNEZ. LORENZO GARCÍA VEGA: SUITE PARA LA ESPERA.

 



Si hay alguien que siguió íntegro el mítico Curso Délfico propuesto por Lezama Lima —una serie de lecturas formadoras que empezaban apenitas con Lautréamont y Proust— ése fue Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, Matanzas, Cuba, 12 de noviembre de 1926 - Miami, 1 de junio de 2012). Lorenzo insistía en que no se consideraba poeta y había desarrollado un contundente rechazo y resistencia conciente al menor asomo de lirismo, que identificaba con el ocultamiento y la hipocresía. Digamos que Lorenzo tendía a destrozar toda metaforización y toda sublimación, para dar cabida a un balbuceo superior que buscaba desnudar la situación misma del escritor en su intemperie existencial, su situación atenta al mundo circundante y frente a sí: indagación de la pérdida y del malentendido, el quid salvaje de la risa, de generosidad implacable. Un desmontaje, diría él, siguiendo un poco la paradójica relativización en primera persona del autoprotagonista, que Lorenzo asociaba con sus lecturas tempranas del Krishnamurti y su “¿quién dice?”. En esto fundaba ese permiso radicalizado del anti-atajo, la contra-síntesis, la desmesura de un sinceramiento (como en Macedonio Fernández o Néstor Sánchez o Juan Emar, entre sus grandes admirados) capaz de generar su propio sentido del rigor. Una escritura al infinito, pero sin la menor consideración metafísica, por cierto, ni, mucho menos, un lineamiento según programa, sino al revés: escribía para desprogramarse, en el intento constante de una transparencia de variación, una traslucidez. Para Lorenzo, que padeció varios infartos en la última etapa de su vida, la escritura implicaba habitar el pálpito. Dada la compleja relación con su maestro Lezama y el grupo de la revista Orígenes, de cuyo consejo editor fue integrante y de los más activos (volvería a suceder, después, con su participación en otra revista histórica imprescindible: escandalar, que dirigía Octavio Armand en Nueva York, donde Lorenzo colaboró en cada número), su discrepancia con la subsiguiente construcción procerizada denominada origenismo devino materia insistente, nutriente, por capacidad de contradicción, de buena parte de su escritura, como en ese ajuste de cuentas que tituló Los años de Orígenes. Lorenzo renegaba de su primer libro, por ser “de prosa poética” (Suite para la espera (1948), publicado a sus 21 años de edad, con dibujos de Mariano) y por tener el sello de Orígenes, el aval y el estímulo franco y seguramente cariñoso de Lezama.


Aunque el libro desmiente las características formales, más bien conservadoras, de lo que sus colegas origenistas publican entonces y después (siempre quitando a Lezama, que orbitará en sí mismo) a Lorenzo, siempre cerca del espíritu patafísico-dadá-surreal (en este libro, ya evidente), le parecía, andando el tiempo, el típico “pecado de juventud” que más valdría olvidar. Pero en honor a la corriente de recíproca simpatía (me atrevo a llamarla amistad) que nos vinculó con logar8 (tal como firmaba Lorenzo sus correos eléctronicos, allá por el cambio de siglo, cuando compartimos tantas cosas) discrepé, yo también, con esa condena a la que sometía esta Suite para la espera. Libro que mantiene la frescura —en doble sentido: ligereza y desenfado— de una impronta única que inicia alucinando su viaje autoral, que el tiempo develará extenso, con atmósfera paravanguardista, es una pieza imprescindible a la hora de estudiar (y disfrutar) de su obrar expandido e intenso. No sólo cabe considerarlo antecedente de un estilo y menos aun una incipiencia, sino todo lo contrario: porque es un tremendo libro, en el sentido de su estésica apertura, la potencia informalescente que le cunde, la libertad de palabra, en fin, en plenitud de sus medios artesanales. En otras palabras: Lorenzo se la estaba inventando y este libro es un alto testimonio de esa revelación que abre camino (y sigue) y hace olas. 

Nota del editor:
Si obrara la casualidad con impensada fortuna y algunos de ustedes desearan acceder al libro de Lorenzo sólo tienen que escribir a delavoratorio@gmail.com y en unos días lo tendrán en vuestras manos.

lunes, 15 de diciembre de 2025

REYNALDO JIMÉNEZ . DESLEER, TRASLEER, CONTRALEER, ENLEERSE.

 

raymond rousell


Lo que sigue no podría ser sino una sarta de apreciaciones por parte de alguien que ha seguido, desde el extranjero, con interés de lector, el desenvolvimiento de la poesía publicada en el país donde nació, sin desconocer que este acompañamiento a distancia se ha visto sujeto a los avatares propios de la co-incomunicación impuesta entre Buenos Aires, donde resido, y el Perú. La mía es, sin quererlo, una intervención ambigua, pues si por una parte soy un observador parcial (debido a la distancia geográfica), por otra, y por razones de contemporaneidad en la práctica compartida, me siento implicado en lo que este libro trasunta al situarse problemáticamente en la mira de una cierta exigencia ética. Exigencia que infiero moción por una ética intrínseca a la creatividad, capaz de desestabilizar el conformismo de poéticas consagradas-para-exclusión-de-otras-variables, desde algunos medios teóricos académicos o especializados (sin dejar de mencionar la «indiferencia» mediática) como desde las ideas fijas, dadas como información preexistente, con que suele abordarse la experiencia poética.

Quisiera asumir a la poesía, ante todo, como una esencial disidencia al interior de los significados al uso, en relación a una continua pero siempre provisoria investigación del lenguaje y a la sensibilización instigadora de sus posibilidades connotativas. Entiendo que aun en la traslación de referencias reconocibles, temáticas, sentimentales o por vía de la descripción figurativa, y, sobre todo, en el recurso a los arrastres del habla (de las fablas), la poesía sólo necesita y exige precisión en el uso de la palabra, esto es, conciencia de las formas y su capacidad explícita o subliminal para transmitir, conmover, interrogar, presentar. Para mejor delinear este arranque: aprecio y me atrae el atravesamiento de lo connotativo más acá de cualquier autoexpresión (en el sentido del expansionismo monotemático de un Yo o un apriorístico Nosotros), siempre y cuando prevalezca la conciencia material, matérica, materializadora, de la palabra.


Me refiero a que concibo al poema, si hablamos de composición (concepto caro a Valéry), ahí donde se inscribe un para qué de la expresión: utilidad espiritual, en casi todo tiempo y lugar, de la poesía (poemas para algo, por algo, en el rango de la necesariedad (contundencia y sutileza): poemas para el nacimiento, para acunar al niño, para acompañar la muerte, para después de la muerte, para celebrar, para enamorar, para cuestionar a los poderosos, para el sexo, para acuñar un secreto, para destilar una clave, para informar acontecimientos, para cantar el origen, para recordar a los ancestros, para hablar con los animales, para hacer llover, para la libertad, para conjurar el miedo o la pérdida o atenuar el dolor, etc. Pues aludir a la connotación, aquí, no sería otra cosa que indicar la cuestión siempre urgente del sentido (de los alcances e influjos de la palabra, así como de la incorporación de lo indecible, de lo indecidible del silencio, que deviene presencia del sentido). Y, en todo caso, «entiendo» a la expresión poética abarcando la dimensión específicamente literaria, pero sin que ésta constituya su límite acondicionado para el cotejo confirmador (su puesta en marco, para tranquilidad de todo abordaje situado por encima o desde fuera de la experiencia poética en sí).

Experiencia poética: proceso, que no se agota en el poema, y que no desestima a la inspiración (de hecho la inspiración existe porque ciertos eventos poéticos resultan inspiradores, y es en esa transmisión de energía altamente condensada y continuamente retroalimentada por la sensibilidad, que cabe considerar los efectos conectivos de la entonación -dar un tono- de la poesía). Y el poema: no apenas el eslabón perdido, ya reubicado, en la cadena de los referentes, sino la abertura connotativa, amorosamente habitada por la expresión, atravesada por un doble movimiento: hacia la intimidad de la resonancia significativa, hacia el contacto con los signos compartidos vívidamente resignificados y enviados a la atención. Si no se debieran menospreciar las múltiples posibilidades de la poesía a riesgo de perderla también en su función social, ello se debe a su cualidad arcaica de tecnología espiritual, su participación y propagación de lo inspirador (lo creativo) entre las formas y las formalidades, su índole a la vez específica e incomparable. Pero porque se me reserva, sólo un momento, el privilegio de ser uno de los primeros lectores, en panorama de integridad documental, de los aportes de cada poeta-manifestante en su reunión como libro, también se me solicita, de algún modo, una primera observación del conjunto: donde los discursos chocan, se sacan chispas o se prescinden, puede plantearse un efecto paradójico de consonancia, en caso de que se me permita asimismo desviar, sólo un momento, el foco de lo debatido en dirección a lo que quizá realmente esté en crisis (en juego): no la poesía exactamente, su existencia-práctica en el mundo, sino los propios abordajes y perspectivas con que se encaran la interlocución y el intercambio de experiencias en (y manifestaciones con) la palabra.

Al inquirir, de base, por el sentido de la poesía, en el presente contexto por lo menos, no estamos sino revisando e interrogando una crisis más profunda, que de hecho es una crisis de percepción («crisis de paradigma» de la que la crítica, por justicia etimológica, no se exime) aunque con visos de alienación y violencia generalizados, también marcada por el vértigo de la voluntad de lucidez transformadora. Por el reconocimiento de las comunes zonas de opacidad, la reflexión se quiere más abarcante: para retomar la poesía en tanto participación de un proceso de transformación más amplio que la mera consideración estética (aunque sin evadirla, desde luego, situándola en primer plano). Así, recalco mi negativa a aceptar en el debate cierto elemento subyacente de corte localista, si no de trasfondo nacionalista, y asumo este rechazo acorde al espíritu de intercambio reflexivo, por «entender» que la poesía (ella misma disidencia en el seno de los significados rutinizados y obligatorios) no necesita ser rebajada a ese prejuicio, altamente violatorio del derecho de la libre circulación de las personas (aunque no de las ideas y menos aún las intuiciones), como es la noción de Frontera, no comentada siquiera por el conjunto de los documentos aquí presentados. Descreyendo de toda frontera (el trazado limítrofe: la primera reja del panóptico), incluyo la imposición de Identidad (sobre todo cuando ésta aparece revestida de un Nosotros, sea cual fuere su signo o su rango, siempre a la larga defensivo: nacional, generacional, grupal, etc.) en tanto dispositivo separatista, propiciador, no de la alteridad, sino de la misma violencia (la mutua irritación que impide el contacto y por lo tanto la escucha, es decir, en gran medida la interlocución) de la que surge, obligatorio y legitimador de subjetividades, ese Nosotros [1].

Preferiría optar, una vez más, por una vinculación en la conversa que no tendiese a neutralizar ninguna diferencia en favor de algún pro-medio (y entonces: no lo conciliatorio sino lo complementario, desde la constatación consciente de las respectivas incompletudes e inconclusiones), tomando cualquier límite por las astas de su potencia sumatoria, dadora de mezclas, a cambio de tanto voto de clausura en el feudalismo de los propios ademanes, fijados inevitablemente para instrumentar códigos de conducta (aduanas a la invención). Es así que, ante la propuesta de debate, insisto, me interesa resignificar esta intención, justamente desde su anhelo y contenido crítico, apelando a que la Crítica de las poéticas pueda, ella misma, ser reconsiderada también en tanto objeto de observación; en vez de la superposición de enunciaciones en disputa, enfrentadas por inconexas, por descuido de las conexiones más delicadas y complejas, para continuar con una ya demasiado alicaída pugna entre las estéticas. Es innegable el paralelismo entre frontera y «región estética», fundamentalismos ambos que la poesía simplemente no tiene cómo (ni por qué) conformar o confirmar, enfocada como suele en una precisa investigación de lo indeterminado e imprevisto, lo no producido ni inventariado, lo incondicionado y curativo por relacionante.


rafaelle claudio


Por la poesía respira el matiz extraordinario, de manera que aquélla asume la cotidianidad (y las palabras compartidas) en su continua «primera vez»; el acontecimiento (que, según Braque, «estalla con la luz del día»), aun cuando no clasificable fetiche literario, aviva, al devenir ineludible, mera conciencia en sí (enigma de la vida y de la atención que la enfoca). Apelación a la presencia porque acto de presencia, el poema no surge para proponer una opción (acuerdo o desacuerdo), pero tampoco integra el coro de los ajustes al Nuevo Orden Mundial ni obedece programáticamente, bajo comportamiento asignado, los decretos o dictámenes de ninguna hipótesis, glosa, interpretación o preceptiva. No es infrecuente, por esta vía, que una poética realmente «nueva» (en la medida en que se haga cargo sincrónicamente de las tradiciones a la vez que de su permanencia en lo desconocido, o sea el presente con su indeterminación) proponga otras maneras de leer (nuevas tal vez de tan antiguas). Las poéticas que no responden a una programática, no se dejan subestimar por los pactos de lectura al uso (incluyendo las neoconvenciones centradas en el supuesto de transgresión o las «historias de vida» con que suele promocionarse a los autores-personajes), tác(t)icamente acordados entre las partes interesadas en el mantenimiento exclusivo de unos patéticos prestigios, fundados en infinitas discriminaciones y prejuicios alimentados como sabuesos al interior del deseo, dentro del estado de cosas, de lo que hemos llamado, hasta ahora, Cultura.

No que la poesía venga a proponernos otro estado de cosas ni otro Estado, sino que sea capaz, en su rareza, en su excepcionalidad, de afinar la atención, atravesando el mundo/molde, permeándolo desde una incisión significante. Porque los significados, según preferíamos creer, no estaban ni están dispuestos idealmente para reemplazarlo y hablar en nombre del sentido, como si éste pudiera (o tuviera cómo) responder a un comportamiento predestinado por mandato (como verificación consoladora en un saber, por ejemplo).



Por lo antedicho es que me permito dudar de la existencia de esa entidad denominada «poesía peruana» (podría ser igualmente «poesía argentina»), como si se tratara de una entidad preexistente a la que en masa debieran adherir las insurgencias poéticas, algo así como una dirección forzosa para la más delicada libertad. Como si estuviésemos hablando (como si tomar la palabra no fuese ya perderla) desde una afirmación identitaria (sostenida ontológicamente por incólumes pilares de algún proyecto común diferenciado y afirmado desde el recorte violento de la división política o cualquier otra, a la vez que proyectándola moralmente hacia la consolidación confirmatoria de un Estado). La lengua-mater, en tal imaginario, supónese obligada a hacerse depositaria de una cosmovisión ya reglada ante la cual el hacedor de poemas debiera rendir cuenta hasta de aquellos actos más inexplicables (tales como la formación de un fraseo particularmente inquietante por su insignificancia). Cuando digo Estado (y estado de cosas, también: pacto de lectura) no evado la persistencia un tanto sombría de lo pretendidamente sólido (esa inexistencia, en la medida en que se escinda de lo poroso): lo prestigiado por los dominios del Conocimiento (mientras, por su parte, la poesía no sería un saber sino un devenir): lo certero y ya dispuesto como capital simbólico, a la defensiva o a la sombra de unos valores institucionales que, para ser, necesitan repetitivamente ser/hacerse enunciados (Patria, Cultura, Tradición, Revolución, Literatura). Y esta rara acción en el mundo (nada menos raro que el mundo ante «la suspensión de la incredulidad»), que sería la poesía, dispuesta nada más que a lo receptivo, es decir, a una donación de la energía en sus formas verbales u otras, no podría (ni tendría por qué) hacerse cargo de ningún «Nosotros», término defensivo (otra vez la estructura contingente ante la intemperie de origen) de aplicación las más veces totalitaria, por allanar y pretender confiscar el escándalo del resplandeciente enigma, que es la presencia insobornable.

Por lo tanto, resultan alentadores, en el conjunto documental, aquellos pasajes en los que alguno que otro autor recuerda esas palabras, ahora mágicas, pero sin duda cargadas, dardos de curare connotativo, conjuradoras per se de la fragmentación: asháninkas, shipibos, campas (como podríamos decir, por nuestra cuenta y riesgo: tupi-guaranís o hopis o mapuches…). Tales nombres son el recordatorio votivo de la desaparición, de la pretendida desaparición, de pueblos enteros, en todo sentido originales (y, con ello, la destrucción sistemática de cosmovisiones-otras, cuyo reconocimiento no podría sino enriquecer el contexto americano y posibilitar, desde ahí, algún futuro presente más generoso). Pero, así como el statu quo (proyección que un Nosotros no desmarca) suprime a pueblos enteros, así barre constantemente (desde la hipocritocracia de la masividad manipulada que a lo comunitario pretende reemplazar) con los derechos más íntimos y pulsionales del individuo, primera y última minoría (de continuo subestimada).

¿Y qué decir entonces y a la vista de semejante manipulación acerca de la compulsión de agrupar, ubicar, analizar, organizar los eventos poéticos (cuál sería su fundamento)?: como si la tarea básica del crítico o el estudioso fuese colmar un inventario, en vez de arrojarse él mismo a la corriente magnética, es decir, abrirse conscientemente la crisis, renunciar a su investidura formal y su aura razonable para prohijar la investigación ahora en sí mismo, en su propia circunstancia y condición, en comunión carnal con la esencial ignorancia, fuente del proceso creativo. De la misma manera en que el poeta (lector mallarmeano), al flexibilizar el lenguaje, está jugando con el fuego de su propia subjetividad, su conciencia de sí y sus vínculos, prefiero atisbar el panorama (para no asistir al panóptico) de esta confusión «americana» o «actual», donde y cuando la voluntad civilizatoria no ha dejado de mostrarse insaciable, hasta su degradación ¿final? como mercado y embrutecimiento de(s)preciador de la más ínfima conciencia recíproca.

raymond rousell


La lengua castellana que, habiendo sido la del conquistador enquistado en el inconsciente colectivo, puede seguir siendo intervenida, reafectivizada, curada por la expresión exploratoria hasta de sus llagas más subliminales, para dejarla reverberar con su luz mestiza (y esto hay que recalcarlo en lugares como el Perú o la Argentina, adonde se topa uno con discriminaciones interpersonales de toda índole, y adonde, desde el substrato de la experiencia compartida, filtran su insistencia corrosiva además de los rumores de los «vencidos» y «desaparecidos» de los últimos cinco siglos, los aportes de las inmigraciones europeas, asiáticas y africanas), su insaciable capacidad de asimilación antropofágica (hasta ¿por qué no? el sincretismo), arreciada desde luego por confluencias e influjos regionales para, desde ahí, la multiplicación de eventos tonales. Pero cuando digo tono en la escritura, también estoy pensando en el tono corporal, la actitud sensible en la lectura, que hace a la calidad de disponibilidad para la interlocución y, por lo tanto, la actitud relacionante, que va más allá (llega más acá) de las meras poses o posturas. Y estos arrastres astillados, incrustaciones móviles en la lengua, confluyen con el silenciamiento (elocuencia alterna, de pronto, en el poema) que no es el silencio activo sino lo reprimido hasta la sintaxis por la ley moralizada o la moral legitimada por la fuerza (incluso la moral de la contramoral igualmente estatuida en función de una misma violencia), lo que perdió la voz al serle negada la escucha, secuestrada ésta bajo la altisonante obediencia a los discursos mediáticos y la propaganda (y qué decir de los analfabetizados, al margen de las supuestas comprensiones y beneficios de la lectoescritura instrumentada por los poderes). Abierto hacia su esdrújula flexibilidad el arco de referencias, por su propia contundencia se envían tantas flechas en tantas direcciones, que se hace imposible fijar un único BLANCO; la evidencia es a todas luces plural. La riqueza de la poesía proviene de su condición de integradora de andariveles de lo real, desmintiendo de esta suerte a los detentadores del sentido, al detonarlo (palabra y silencio), sin reducirlo a mera representación de contenidos previamente clasificados («poéticos», «antipoéticos»); de ahí que no baste ajustarla al parámetro del género literario, al parecer estimable en cuanto atesoramiento de valores reflejantes del imaginario de una identidad equis. De manera que aquí estoy, con la identidad y la frontera en cada mano: ambas nociones siamesas; pero a la vez, creo que los bordes preconcebidos para la separación no son tan estables como se pretende, menos aún unilateralmente determinables, y que, en todo caso, lo que nos separa, de ser a ser, no deja de vincularnos.

Mientras el poema es una trama de relaciones, pues participa de la realidad orgánicamente, la reciprocidad, mutualidad solidaria de la alteridad (y no la institución «familia burguesa») sería la célula del intercambio social, partícula para el concierto más vasto, al requerir la entrega de la escucha, la receptividad, en atención tanto a necesidades y dimensiones compartidas como a la interioridad más intraducible y no por ello menos real. Pues la comunidad que se realiza en la experiencia poética no se reviste de lugar común, ya que siendo lo imprevisto su naturaleza no concede la menor seguridad o soporte al afán de dominación del sentido. Si el lenguaje dimana de los cuerpos, de los nervios, de los sentidos que son más de cinco; si la palabra orgánicamente nos atraviesa; si la escucha es la entrega (la palabra en sí un oído ancestral que inventa sentido al emanarlo), cabe, por contraste, atender el efecto de tanta represión en el lenguaje «comunicacional» (la misma premisa de legibilidad pretende injertarse a la poesía), destinado sólo a requerimientos utilitarios y al comercio, si no a esa especie de ronquidos defensivos, instalados en la repetición mecánica de fórmulas y muletillas, que impiden, ya que no el tomar distancias, la disensión al mandato desintegrador implicada en toda reflexión compartida. Por su parte, la formalidad del sobrepeso referencial (cada vez que se afirma una Identidad, trátese de un país, una patria o una generación: bajo la presión de hacer de la poesía lo que otros ya hicieron) convierte de plano cualquier signo libertario en mera consigna y lo confisca, lo arranca de la circulación transformadora aplicándole un cliché (adonde la subjetividad se suma al espectáculo general de la época, la rebeldía estipulada deviene rictus).

Cuando al fijarse el eje de la escritura en un contenidismo o contingencialismo a priori (poesía de la ciudad o de la provincia, poesía del cuerpo femenino, poesía homosexual, poesía de esta o aquella década, poesía de lo joven) la Identidad se torna explotadora de la materia verbal, a fin de socavarla en su libertad incondicional, para sonsacarle calculadamente unos contenidos bajo premisa o precepto, sin interés ni cuidado por la vitalidad en sí de esos materiales delicadísimos con que trata (no sobrepasando, así, en su pequeña escala y aun bajo su repertorio de gestos aceptadamente transgresores, la inercia devastadora con que la autodenominada civilización explota el planeta y somete a su delirio antropocéntrico los otros seres que lo habitan). El peligro de oscurantismo cool que pretendo señalar, liga con recordar una vez más cómo operan, en tanto imaginario adiestrado, nociones de cuño restrictivo, verdaderas imposiciones de la Cultura mayestática en su versión dominante, por detrás de ciertas premisas dadas, señales del allanamiento adiestrador del «pensar» (valorando en cambio a la poesía como un pensar alterno)[2].

Pero lo que me ocupa no es adjudicable a un demonizado coloquialismo (y sus variantes más o menos consecuentes a nivel de la sintaxis y el entronizamiento expansionista del referente) sino a una sumisión inculcada: escribir sobre y desde lo ya escrito, y sólo para mantener a la poesía en el estricto carril del informe entre especialistas o del remanido arte-de-culto (del mismo modo que se va al cine o se escucha música, muchas veces, sólo para «reconocer» lo que ya se había archivado en el inventario). Sin embargo la poesía en su calidad de proceso, con toda precisión nos desmiente, pone en movimiento lo que creíamos poseer y a lo que adjudicábamos el valor de la más alta o atinada certeza. La implantación del lugar común, transferido a la relación inmanente con la sintaxis, es decir a la articulación/invención del sentido (ahí donde se tantea la dinámica comunicativa o se instala una sintaxis que ponga orden en la relación), está resignando la praxis poética a un supuesto especular: entre una forma aplicada, según pautas y premisas promediadas por la época, y una realidad preconcebida, legitimadora de contenidos ponderadores, a su vez, de esa «real» realidad. ¿Acaso no son ampliamente políticas (en la vena de las micropolíticas del deseo: aportes activos para la transformación de la realidad social) la demolición de núcleos estáticos o enquistados en la sintaxis, o la recreación de palabras o formas condenadas al desuso (aquello que con ligereza suele tildarse de rebuscado o «retórico» pero que implica, de hecho, una entera vertiente de experiencia desechada)?

La posición del hacedor de poemas verbales, esencialmente un lector que intuye y «trae» a través de su particular relación con el lenguaje aquello que desea leer (aquello que lo desmiente, que lo cura momentáneamente de sostener la militancia de su identidad), a raíz del doble filo de la palabra, no puede sino ser incómoda, insegura, inestable: es él quien está entre paréntesis (lo cual no niega la posibilidad del goce estético o conceptual a otro nivel). La Identidad y sus definiciones entran en cuestión, porque lo que la poesía amplifica es la escucha que, desde luego, es cultivo de la(s) lengua(s), para lo cual se hace imprescindible seguir leyendo, seguir aprendiendo a leer. No acotar el proceso del poema con el supuesto de identidad, implica a la vez desmarcar el idealizado rol o manoseado rótulo de Poeta: llamamiento a continuar investigando qué significa ese hacer propio de la poesía, en éste como en cualquier espaciotiempo (pero sobre todo en éste). De manera que estamos, ahora, en la simultaneidad de una época conflictiva (en un mundo impredecible), en este continente (aunque casi sin contención), en lo abierto del sentido, tal como siempre se ha estado, supongo. Por esto es que quiero subrayar (ante los espejismos paralizantes de la época, la administración paranoica de la violencia y sus admoniciones económicas o bélicas sin perspectiva de construcción social, la abstracción financiera y los vericuetos legalizadores del poder autoritario, el rol de comodines del espectáculo, aceptado por gran parte de la autodenominada intelligentzia) la marca turbulenta, por apasionada, que impregna e interioriza estos valiosos testimonios de profesión de fe.

Turbulencia que hace a la época que nos toca (y que ojalá toquemos), que agita, con su background de contradicción, estas intervenciones cuya función más inmediata y básica pareciera la de promover y diseminar calor (no consuelo por la belleza sino belleza en lo intenso) y que menciono, para concluir, porque ella es señal inequívoca de honestidad: a su impulso variable, «el debate» deviene conversación multirradiada, registro orgánico y combinatorio a la vez que exposición pública de las subjetividades en juego (un paso al costado de cualquier inercia o indiferencia o especulación por reactivar la relación), simultáneas concepciones actualizadoras del intento y la meditación en la palabra. Tal vez porque en el vaivén entre receptividad e insurgencia, puedan situarse el desafío y el riesgo (en cuanto ampliación de la conciencia más acá de cualquier límite) que toda poética, siempre y todavía, merece corporizar.

 

 

1 «Se puede llamar alteridad al sentimiento de lo otro, esto es, de verse otro en uno mismo, de constatar en uno mismo el desastre, la mortificación o la alegría del otro. Ese término pasa a ser así lo opuesto de lo que significaba en el vocabulario existencial de Charles Baudelaire, esto es, el sentimiento de ser otro, diferente, aislado y hostil.» (Oswald de Andrade, «Un aspecto antropofágico de la cultura brasileña: el hombre cordial», en Escritos antropofágicos, col. Vereda Tropical, Ed. Corregidor, Buenos Aires, 2001, edición de Alejandra Laera y Gonzalo Aguilar.)

2 En todo caso, nunca estará agotada la denuncia contra la entera Cultura occidental, encarnada (occidentalmente) por Artaud que, sea dicho, nunca se propuso maldito en términos de personaje. El malditismo, tan aludido desde diversos ángulos en estas mismas páginas, ¿no será -en la medida de su pasividad figurativa, su incapacidad de participar en la gestación de una condición poética para la vida más allá de todo solipsismo- otro nicho conceptual destilado por y para el mantenimiento del status quo, como en otro tiempo la bohemia, para tornar inofensiva la profunda ofensa al sistema regio por parte de la sola, humildísima presencia de lo distinto, de lo que no calza en el ajuste social, y que rechaza por naturaleza cualquier designio de marginalidad o condición subterránea previstos para el artista «excéntrico», en realidad neutralizado por su carencia socioeconómica? Y en cuanto a la ya rutinaria insistencia en la poesía del «cuerpo femenino»: si el poeta es principalmente lector, alguien que escribe porque está en su escucha seguir aprendiendo a leer, entonces está muy clara su participación en lo femenino, ya no tópico condenado a marca legitimadora de una postura políticamente correcta, sino como lo receptivo, lo que se abre para recibir, lo que nutre en su donación y precisamente no recalca más la frontera entre hombres y mujeres (generalizados y neutralizados en sus especificidades deseantes, arrebatados de su condición de seres únicos cada cual).

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

EPISODIO 1: ¿LO QUE HAY ES LO QUE VES? «GUATAMBÚ», MARIO ARTECA

 Guatambú es un libro que fue escrito por el argentino Mario Arteca (1960) en el año 2003. Así como hoy nos referimos a este título — sin duda emblemático— recordaremos otros editados a «principios de siglo» con el propósito de dilucidar cómo lo que, entonces, parecía alborear con la claridad  de un período promisorio —existen varios ejemplos de ello—devino en un régimen digitado por  la inmediatez ramplona  de la “poesía Instagramática” con la promesa de ser famosos mediante la escritura.
Salvo algunos aportes de Vicente Luis Mora, Martín Rodríguez Gaona y, eventualmente, de Cristina Rivera Garza, no he leído muchos debates sobre esto. No como tal vez lo exija este ¿cambio?.  Para ello en lugar de hablar de «lo que hay» —en su librería favorita—comenzaremos refiriéndonos a las escrituras, perdidas en el submundo de las ferias ambulantes, esperando ser descubiertas o, por qué no, reeditadas.
MM






L
a escritura del argentino Mario Arteca (1960) constituye una coartada contra el discurso, comprendido como estructura orgánica o ideológica. No hay tal. Y si lo hubiera, sería por contra-lógica; es decir, desde la propia negación del mismo. A través del cuadrado mallarmeano, y contra el ruido blanco de la página, yuxtapone paradoja y suspicacias, doxa y voz urbana; de pronto refiere, en otro evoca. El Yo del sujeto poético ora es una imagen pictórica, ora una idea, ora una insinuación, oscura o no, que alude a otros planos, siempre desde la alusión a otros planos. Coartada, dijimos. Agregamos ahora: “ensamblado”. Esta escritura es composicionalmente prismática. No hay tesis. Si la hubiera sería solo para liberarla de los determinismos que han sido puestos sobre ella, y casi al borde del pensamiento crítico: aquel que nos da el medio para pensar el mundo tal y como es (y como podría ser), pero, cuando el lector empieza a creer en este, basta una sola frase para tirarlo todo abajo.   
De acuerdo con José Kozer, la escritura de Arteca es concebida con tal rapidez que aparece como una continuidad deshaciendo la propia continuidad. Esta es una de las operaciones más características de Guatambú, un libro articulado en cincuenta y cinco zonas, pero que deben ser entendidas como una organicidad indivisible.
La performance de Arteca podría hacernos pensar en un “tiempo real”, en uno que transcurre conforme se va hablando, y que se recoge a través de una mímesis narrativa. Los flujos de pensamiento, las voces, las referencias fluyen y devienen, como en John Ashbery, sin aspavientos ni arbitrariedad. Connotan, al mismo tiempo, un plano real-mental, como se imbrican, tal si cada uno deviniera desde otra lengua. Mario Arteca es solo el lugar de cruce. Escapa a eso que él  llama
caídas retóricas de la sensiblería, las mismas que ocurren, incluso, en grandes poetas de nuestro continente. 
No es raro, entonces, rastrear en Guatambú influencias anglosajonas: Eliot, Pound, Hughes, o de las más recientes generaciones brasileñas: Paulo Leminski, Wilson Bueno. Tampoco es raro –por el contrario, es una de las bases de su discurso- el recurso ensayístico, la poética del poema, el apunte reflexivo que irrumpe y se integra al flujo expresivo. Expresión y reflexión: decisión de un decir que se expresa. Este proyecto, que atraviesa toda su obra hasta llegar a El pekinés (2011), aunque cada libro concentre en sí a una variante, hace de esta escritura una operación de desmontaje de lo real a través de la deriva. 
No hay estructura, no hay lírica, no hay estilo y, sin embargo, todo encaja perfectamente.
Maurizio Medo (en “País imaginario. Escrituras y transtextos. Poesía latinoamericana. 1960-1979).





“A Guatambú lo veo como un libro que funciona como un manual de escrituras a punto de dispersarse en varios fragmentos, que luego serán textos literarios autónomos.

Permanentemente pensaba en huir de cualquier etiqueta previsible… No se trata de un movimiento racional, pensado, calculado, sino del resultado de lo que mejor me salía hacer en ese momento.”

Mario Arteca.



Por distintas razones, este libro está dedicado al amor

y a la amistad de Esteban López Brusa, Reynaldo Jiménez,

Aníbal Cristobo, José Kozer y Víctor Sosa.

Sin ellos, este libro jamás hubiera visto la luz.

Y por una sola razón, este libro es para Fernanda y Olivia.

 




Guatambú: en guaraní: guata: caminar, viajar, funcionar; mbú: ?

1) m. amer. Árbol de excelente madera que se usa para adulterar la hierba mate: “¿Siempre nota a la primera el sabor del guatambú?”. Plural: guatambús, guatambúes. Tronco duro de los bosques del Paraguay. En Argentina existe la variedad “guatambú blanco”. Tiene gran flexibilidad y es muy codiciada en la zona del triple límite entre Argentina, Paraguay y Brasil. Arquitectos y urbanistas suelen trabajar con ella, sobre todo para amoblamiento de casas; 2) municipio del estado sureño de Santa Catarina, Brasil. Población: 4.707 habitantes. Ciudad esencialmente agrícola ganadera.

 

                    

1/

 

Más bien la oscuridad misma, y no sólo opaca

   a causa de su influjo. Todo es inquietante;

1999       o algo que luego podría aclararse tras

ponerlo de manifiesto. Ante sus ojos,

un alma abierta imposible de adivinar cualquier

acertijo. Es así: la señora iba pocas veces

a la cabaña; no siempre le llevaba comida a su hijo.

Las peras asadas en ceniza son lo mejor del mundo

-tallaba con navaja grandes rebanadas de pan negro;

también lonchas de sebo pellizcando el nervio

de un brasero. Para probar si ya estaban cocidas,

clavaban en ellas (batatas) y unos bastones

de lo más delgados; al retirarlas apenas debiera

registrarse la transpiración de un filamento. Allí

se despreció la regla, según la cual no hay que seguir

a todas partes a la persona que se adora. Atracción,

sumisión. Nada lo desvelaba sino una faceta

de su naturaleza. Era un largo caracol sin cáscara,

acercándose al fuego, contemplándose cómo

al primer contacto se encogía, vulnerable;

o una rata a la que empujan hacia un túnel,

entre carbones encendidos. Así el encanto

de una pequeña columna de humo entre

los árboles, y aquellos seres lanzando salivazos

a gran distancia, no pueden aun con él. Los

que hablaban, además eran gente lithuani. Pero

él no tenía miedo, tan sólo un júbilo que lo unía

para siempre jamás. Un lobo, en la linde del bosque:

negras jorobas echando campos bajo

1989       la ausencia de lugar. Es el mismo animal

quien voltea la cabeza en dirección

a una ventana. Al reparo, alguna vez tendrá sentido

probar. Aquel rectángulo cortado de luz atraía

seres menos inteligentes, cuando el viento

del deshielo soplaba desde el oeste, esquivando

concilios de dipolos rumbo a cada antena de radio.

Sigan filmando; reincidan en la escucha; apunten

esos nudos del sinónimo. ¿Cuál será el equivalente

a una escopeta colgada de un clavo? Cuál papá,

pariente mío de todos los sapos. Y: “¡Ay de mí,

que no puedo acabar de morir en esta hoguera!”,

decía Servet. Una heráldica de plumas de pato

zumbando en Basilea, Tubinga, Wittenberg,

Estrasburgo y Cracovia, por una diferencia

de ducados, sufriendo hasta la muerte. Una ciudad

flotante, una aglomeración de puntos oscuros

1940       entre el humo de las aguas y una bandada

de ánades; el bote tomó un nuevo impulso,

cortándole la huida hacia los juncos. Pero enseguida

perdieron el orden intercambiando gritos. Las mismas

raíces (napis) y las manchas de cieno bajo las matas,

le parecían ahora menos extraordinarias; ajeno

al meollo de partida, sonó el silbato y el aguamanil

desbordó en shampús, cera para pantorrilla en el vello

de la carne, tras los poros su lisura. Con el baño

concluido a la hora, a su señal, dechado del indicio

la criatura inunda su animal, ríe entre pies de apoyo,

casi desnuca, ameniza la velada, localiza el objeto

(mío, suyo), da tres pasos y lanza la cosquilla al padre;

alcanzará con ponerlo en autos, triscarle sus relieves,

sacarlo del apuro y del ganglio de la hora, entre tantas;

decirle con aproximación allí donde la tutela falta

a la cita, cuando memoriza su libreto,

kilómetros de fallas en los mohines aquellos.

Cosa bien retornable el sondeo, no soporta

mientras la visten. Candil y media luz a tientas,

a otra llaga brutal; el decomiso de unas prendas,

la velocidad del tinglado cuando escupe

1989       cielo y tierra: adolece la marca en el cinzano,

con un clima de aquellos: tiene temperatura.

Reza, ora entre abluciones, irrumpe modal, simétrica

ya entre la frase. Padre –nuestro-, siquiera estás

en la tierra, danos lo que puedas, ya fuere muy poco

a saber y en qué sitio o reino. Corroe en un tiempo

las hogueras, a sus costados las lonchas embebidas

en romero, azul de vinagre en la imantación

de unas órbitas, tomando de pronto el zumo

y su epicentro; y relojea luego la pasión

según su criterio, de acuerdo al impulso primero,

anómalo, respectivo hasta tanto otros sumen

mucho más por retracción, toda bicoca. Enciende

así sus indicios, fuera de esas trufas en manteca.

Observa, ponle atención a la galleta en dos

para su hija. Mirá la niña ahora, junto al apóstrofe

de su padre, cubriéndole cara y cabello

entre los dedos. Qué hace. Por qué no

quitarle mica por mica sus capas donde rebosa,

proveyendo el único momento unicelular del día,

y cada tanto ella, por igual número sus deposiciones.

Ese sonido no recuerda en absoluto voces que suelen

salir de una garganta, pero aún así aprendió a imitarlo.

Hasta él mismo se extrañó de poder hablar

1980       con ellos. Sí, hay una depresión del terreno

cubierta de alisios y en verano todo muda

en un lago. Las puntas de los alisios se recortaban

sobre un fondo de cielo color limón, con sus contornos

oscuros, mientras tenía ante sí un compacto de árboles

jóvenes. Allí donde el acceso era difícil, la tierra

se conservaba mojada; cada vez que alguna cosa sucedía,

desde un lugar le respondían desde tres o cuatro puntos

diferentes. Por encima de los árboles, una silueta

y luego otra. El hecho de que estuvieran volando allá

arriba no probaba nada aún. Atención: una sombra pasó

entre el cepillo de las brisas más jóvenes, se posó después

de un disparo y encontró aquello tendido de espaldas, vivo

aún, las garras erguidas en actitud de defensa. La piel,

disecada, conservará durante un tiempo el aspecto de éste

y no de otro ser, mientras no la destruya la polilla.

Quiso lanzar un reclamo, aunque sólo consiguió quedarse

ronco, cambiada ya la voz, nunca otra vez aquella señal

aguda (contrapicado) entre el maullido de un gato

y el silbido de la bala, haciendo centro. Lo único

que los justifica es la medida de sus proporciones;

cuando no se expresa aquello que no existe, de la misma

forma en que el Estado protege a sus animales

2001      de caza mediante leyes y a la nueva generación

por medio de verjas (G. Benn). Asbesto,

la inflación de la conducta; sucesión espontánea del páramo

en su dogma, las muñecas anuda hasta zamparlas del todo;

es un mundo para ella y así, incluso, con esa carga apenas

lo conoce. Pero insiste con él, se deja estar entre esos brazos

iguales a los suyos en la compensación de los detalles.

A escala dará lo mismo que él y ella sumen de a un coágulo

el ritmo del vareo, aúnen sus pies en el caldo de la noche,

cuando incurrir en ello supone el principio de toda atracción

tras largas emanaciones. Corrige, tacha la válvula paterna;

proviene del horror vacui cada despunte de sus ojos. Lo ve,

imprime los suyos saliente de un reflejo acercándose al apego

de una cámara. En la nueva toma ningún miembro del dúo

opina lo contrario. Hacen correr sus cilicios al amparo

de un efecto, un rebote. Al tiempo se refractan, salpican

milímetros de la piel que los une (si es para siempre, mejor)

pero sería demasiado, tamaña coincidencia; o bien le zumba

cualquier atisbo de un script en la cara, segura cosa entre ellos.  


 


2/

 

El lugar de observación sigue siendo el mismo:

               un cúmulo de ramas secas al filo de una hoguera

1973      ante el menor chispazo de cigarro, atalaya

               aún en plan de desprendimiento de la mirada

haciéndose visera por el fondo de la calle, y aunque

la luna irrumpa con su ojo de buey el muchacho continúa

observando. Así ninguna situación anticipa descanso

alguno para él. Además: los jefes duermen

en las cuchetas; tutelaje del daemon de una cama solar

y bajo un sueño en el que bien fornican al colimba de turno.

Así serán, lo fueron, y escaparon de nosotros. Un compás

de espera previo al seguro ataque, aquello tantas veces

un preanuncio se volverá topos de horror, dolencia,

cosa fibrilar en auténtico desgarro por el meollo

de los intestinos hacia la punta del colon, luego inevitable:

terror mundi, a lo Lowell en el Boston Common; alzan

la barbilla igual y en consonancia con la misión interfecta.

Uno de ellos recibirá la suma de todos los disparos,

reservorio de todo blanco móvil cuando no se trata

de aquellos quienes debieran aguardar el fin

de la descarga. La carne de cañón será puesta a punto,

dente, en otros mayores desprevenidos. La clase se preserva

y la elipse de muerte frena su rasguño final, a tiempo.

Así bien, piedra de toque, una estirpe

1974     que comprende, rezuma de importancia

dentro del esquema: el objeto de no verse

averiada. Igual los desmalezarán, con la azada puesta

en el límite del cogote en el instante de pasar a la cena

de despedida, sin amenaza, siempre anticipación.

El esófago será recuerdo en la pluma y otra vez

vigencia de cualquier notario, apostado frente

a esos cadáveres como pequeño ante el mecano.

Conteo previo, reuniendo evidencia entre los restos

sin oriente de los grandes hombres de la fundación,

su circuito arterial en el preciso diluir de la pesquisa.

El chico hace visera, las luces de la ciudad empaquetan

su resudación a chorros frente a la antesala: vendrán,

serán muchos, enviarán la molécula huidiza

de sus pasos y el miedo se tornará arroz al arrozal.

Roce; tendrá sus ojos. Piensa en tiempos en que la duda

entre hacer y deshacer cobraba un intersticio de tedio

y sólo eso; pero en este ahora confunde esa latencia

y promueve un grito destemplado –interior- en el seno

de la entraña cuyo apogeo se contrae alicaído,

y crea su mundo de imaginaria fuera de proyecciones

y ángulos de retardo, y conoce, y más allá avienta

cuándo será el ataque, el achique. Desde su lugar,

casi diez veces su presea de diez y nueve años, el halo

de los jacarandáes alcanza con martirizar el polen

ambiente y revolverlo en un saco de colonia,

diseminando estos menesteres. La vigilancia,

desde la fundación de su mundo cargó

contra un ejercicio sagrado. Desde ya, aquello

lo ignoraba; el muchacho contemplaba la posible

llegada del racimo de enemigos, su atención

parecía venirle de los tiempos donde sólo

observar con agudeza formaba parte de una heráldica

invisible, movida incluso por el afán de paternóster

en el recuento del día, y verificada por informes

a los altos mandos, horas más tarde. Un reporte, así.

               Esa es la exigencia, y el chico la cumple muy

1976        a su pesar. El escándalo, espanto provocado

               en cada roce de telaraña contra el manubrio

de una bicicleta, en pleno intento. La más leve brisa

vacila así entre el climaterio de la garita. Al tiempo

irá recordando, en busca de alejarse mente arriba

tamaña responsabilidad, una antigua canción

de sus años (que eran hasta el momento todos

los que había acumulado: diez y nueve). Las ramas

de pronto abrazando en un anillo de ceñir novios

-dentro de la garita- eran de laurel. Sea definitivo.

Saberlo después, la perspicacia de un aroma. Pero

no se anima en decirles nada sobre cuán repentino

perfume amanera la atmósfera, y en la sordidez

espartana todo el regimiento. Llegan más datos,

según se apunta, en el interior de un camuflaje;

el muchacho exhibe tres pies de cabeza hacia

los costados, igual si estuviese comprobando

esa orientación de la calzada. Raleas de peatón,

el posible ataque llega a la medianoche. Se trata

de un comando que días atrás consiguiera los añicos

de un jefe de policía, por interpósito artefacto debajo

de la cama, previo acierto. Un trabajo de hormiga

la inserción de la muchacha en el seno familiar

bajando hacia la siesta del jerarca, depositando

esos abastos, y él encima de la munición, próximo

a repartirse entre los suyos. De inmediato

una impresión refleja, y segura detonación. 


 

 

3/

 

Bombitas de noche, fungibles, calóricas -filisteas:

dan su punto en esos progresos del tranco;

2001       y de nuevo abiertas como barrigas de batracios

(auto, asfalto). Ponen lumbre en mi talante

decenas de bichos aumentando su ciego: un fino

en el callejón y hacia otro (uno) más recóndito. Allí,

diversos lamentos sueltan la lengua, desdicen y acomodan

una petición lista para servir. El bicherío, encandilado,

reconforta. Pies yendo del sigilo a la epilepsia, diezman

imprecaciones contra el muro, vencidos los terrores

del invierno (bien) y bien, ya incestuoso. Cosen así

la brea entre las muelas, digieren sin dilación

los remanentes de la fiesta; loas y asenso a la trituración.

De hinojos ahora alcanzan con detenerse y poner fin

a la sospecha del residuo. Es alimento, doble cocción

de los fluidos, inmanencia de los pies quitándolos del medio.

Las bombitas en su cóctel de mercurio, son paupérrimas

bajas de los zócalos; allí buscan, y encuentran

seguros quilates en sus reservas. Lo mismo se agravan,

enferman. Tener cuidado: en casos más graves, diplopía;

también hipotensión, reacciones cutáneas, depresión

respiratoria. Coma, raramente. Y apnea en el sueño,

miastenia severa, ausencia de estado anímico.

La continuidad de todo esto (los bichos no suponen

desperdicio) no debiera extenderse dos o tres meses.

Aunque en determinadas situaciones será necesario

alargar el período de tratamiento. Laboratorios Lwów.

Riapuzuk, widzenia, miasto dzienne. Después

emergen gruesas estacas negras cubiertas

de musgo, verdín en balanceo junto

1966       al movimiento de las aguas, donde antes

se conformara un puente en medio

de cercetas, modelo común y pequeño de palmípedos

lituanos. Y allí, formando pasarelas de mujeres en torno

a un fondo de canoas, pervive la exacción de un huerto

de manzanos, y las redes de los pescadores ahora cuelgan

como mármoles en aquellas estacas. A través suyo

un viento suave eriza la superficie del lago, estropeando

la fiesta durante un raro santiamén, mientras un grupo

de aves sobrevuela en círculos cada perímetro

de la helada. Cuando se trata de pájaros acuáticos

la espera tiene su recompensa: en una pata

encontramos un anillo y dentro de él, escritos, cifras,

signos de alguna estación científica en un país lejano.

Las aves hundiéndose contra el doblez de una hoja

oculta en la cabeza, estableciendo pausas en el aire,

ajenas al litigio.


 

 



4/

 

A partir de sí misma, la oscuridad se traslada al texto

y al tipo de letra, privada de sentido y luego

1965       vuelta gradual hacia el principio del grabado;

los epígrafes en bastardilla; nomparell:

el orden sencillo de las cosas, incluyendo en una suerte

de fiebre el concepto de las cosas reunido en el grabado.

Estaba escrito. Ríos de pronto vertiendo sangre;

una invasión repentina de anuros; la velocidad

de los mosquitos en su trampa de succión; el ganado

corrido por la apetencia de las moscas o cualquier plaga

social; de inmediato, granizo; langostas sobre el climax

del sorgo; más granizo y luego tres noches consecutivas

inclinando los ojos a la tierra; y todos los primerizos

expulsados de su faz, dando calibre a la commedia.

Lamentos se oyeron, porque no hubo casa

sin una persona muerta. Pues, obviemos ese pasaje:

quod erat demonstrandum. Mientras que los antiguos

asertos insistían en la objetividad de los hechos

exteriores, sin participación del espíritu humano,

1937       la de ellos repone esta dimensión por la presencia

del inconsciente (Durozoi-Lecherbonnier);

campo de exploración, azar, psiquismo. Y escogiendo

la observación médica como modelo de relación

con los hechos. De pronto, la iluminación:

ese navegante que descubre una nueva costa o el sabio

testigo de fenómenos desconocidos. Y claro, también

quien hace el trabajo sucio. Los tres abiertos

a un mundo que no ha dejado de existir;

la electricidad de un evento donde el suelo recoge

sus pies a mansalva, ya instalada cierta matriz

del escrúpulo afectivo; la vida en ceniza,

circuyendo marcas en la piel lejanas, inclusivas

al reintegro. Quid pro quo: raro isósceles abjurando

ya libre de un cuarto miembro, a pesar de la demanda.


 

 

5/

 

“En el Génesis hay un momento conmovedor 
en que Jacob dice: ‘Y he aquí el olor 
2001     de mi hijo como el de un campo 
               bendecido por Dios (Yahvé)’. Esa 
es Oli o mi Milonga o mi Susana: olerlas 
es el mayor recuerdo. Esa hija mayor, cada vez 
que nos visita y entra en casa, lo primero que hace 
es husmearme. Reímos, y aguardo. Gracias 
por tu discreta misión”. Y en fin, aquí están 
estos pocos: dará banquete leyéndolos. 
Mañana en la calle todo el día y si aquello 
llega irá a recogerlo a la oficina de correos, 
haciendo largas colas en la que serán 
dos pichoncitos, porque cada cola de diez tiene 
unos dos mil años de futilidad reunidos en carne 
ajena. Jijoja. Luego ruega no se queje: ya 
lo estarán viciando sus niñas en la casa. 
Que lo acompañan por unos días sin la cercana 
familia carnal. Si entiende lo hará con el mayor 
gusto. Sólo, please, la confirmación; y viene 
por el camino un libro no titulado Asunción. 
Con la edad surge el privilegio de verse solicitado 
por los amigos: ahora no pasa día 
2000      en que alguien no le pida una opinión, 
              y convertido de repente en una putilla 
doméstica, suele acceder. Pero a veces quien lo pide 
es la persona en sí, de primera intuición, alegato 
sucesivo de días y horas en transcurso. Y así 
escribirá alguna cosa, mientras sigue abonando 
trabajo sobre Eielson, o traducción portuguesa 
de Girondo, y después, sí, contará con ello. 
Agradece; inscribe loco entre los suyos. Darle 
a los pobres pibes de su país a leer doppio rarezas: 
“pobres chicos: no sabía que te encantaba 
envilecer a jóvenes estudiantes con lecturas 
malsanas. Espero sobrevivan el trance y dediquen 
todas sus fuerzas a la cibernética, que es el presente. 
El futuro somos tú y yo”. Así llama a juntar fuerzas, 
ya quedan pocos sitios alternos. Algo en Brasil, 
muy poco en México; en España casi nada o menos; 
la poesía está más muerta que la calaca deshuesada 
de sí misma. ¿Entonces, por dónde “conspirar”? 
Lecturas, donativos, dineros, golpe al mecenazgo, 
más compra de libros y promoción, etc. En fin, 
todo toma su tiempo –dice- y jura un día a esa hija 
suya (de otro) enseñará a bailar gaitas a lo cubano. 
¿Chi lo sá? Ruega cuidado, para después la promesa
de decir las veces necesarias amor en latín, 
-no en griego, cosa muy abstrusa-, bien en castellano, 
sí, pero sólo para que lo diga al oído de ese amigo suyo 
hasta su edad de siete años. Y que, además, verá fotos, 
tantas e iguales a lo posible. Intuye bien una familia 
idéntica a la suya, en amoroso orden libérrimo, 
comunidad. Bien: el poblado donde vive y defeca 
tiene una calle, más bien avenida, se toma el ascensor, 
se llega al piso 9, izquierda, izquierda, recto, se llega 
al número 2133, sumados, nueve: al abrir la puerta 
se encuentra a un hombre sonriente, tiene 
2001       en la mano un libro de aspecto sesentón, 
 tal y como el propio hombre; el libro está 
apenas rozado por las manos del hombre sesentón, 
claro que apenas, si es que acaba de llegar. 
Y el hombre tras la sonrisa revela salto, alegría, 
zapatetas, altura, se muestra eufórico, quién 
se lo iba a decir: un día tendría aquello en sus manos, 
y es tal su alegría que ya se confunde, no sabe, para qué 
saberlo, si tiene entre sus manos las Memorias 
de Ultratumba de René de Chateaubriand, enviado 
desde un país cambiado por su amigo, o si tiene 
entre sus manos a su amigo o las memorias 
de su amigo escritas por Chateaubriand, o quizás 
si el hombre al abrir el libro, que pronto llevará varios 
días leyendo se encuentra con que todas sus letras 
se han borrado y él tendrá que escribir las memorias 
de Chateaubriand con su nuevo seudónimo: 
el de su amigo. Aquél le ha traído la alegría, 
gracias mil: está en esa casa junto a los suyos, 
de uno en uno con los otros –y otras- damas chinas, 
todas comiéndose en respingos. Diagonal, tal vez 
ese costado, bajo omisión. Le sugiere hacerse 
de un ejemplar de esas memorias; aún tiene tiempo 
y es joven. “Qué bruto el papi del romanticismo 
francés”. Después otros: Willa Cather, 
2001      novelista (cuentista) usamericana: apenas 
hoy día se lee (volverá): es la madre 
de Hemingway, afín a Sherwood Anderson 
(otro olvidado): todos narradores de línea muy recta, 
cronológica, limpidez compleja dando gusto, siempre 
a un milímetro del melodrama pero no, no cae. 
Y su humanidad entonces se centuplica, 
porque se acercó a lo lacrimógeno, 
el nudo en la garganta, sin nudo ni moqueos. 
Y luego, ahora, eso sí, las cuentas 
llegan al buzón, infalibles; y se las paga lo mismo, 
para eso se incurrieron. Qué ganas de verlo. 
Yace Chateaubriand sobre una repisa que implica, 
entre sus rituales, “siguiente libro a leer”. 
Primero terminar la novela de la madre del viejo 
lobo, banquetazo (acto seguido): tiempo
al tiempo y todo se andará, faltaba más 
a estas alturas (bajuras) de su vida.

 

 
6/

 

Polska Rzceczpospolita: un escritor es un obrero

productivo. Ende, el modelo de explicación

1972      se reduce a un análisis de roles, límite

de los alcances; secuelas; la neutralidad

respecto a los problemas lleva al sometimiento:

material descriptivo (Löwenthal) de enorme

importancia. Una vida transcurre (Kolbe) entre Tieck

y Raabe, donde sólo se admite destreza en quien

prevalece sobre los recursos. Y con eso darle

a la afectación una muerte digna de ella.

Pues si la capuchina calada por el otoño

ofrece todo eso, el olor ha quedado en la palabra.

Así una yema de álamo, parásita y pegote. Después,

el musgo a instancias de un demo y verdes

en partículas; por ahí resbala también un ciclo

geométrico, los movimientos de cabezas

cuando alternan ritmos circadianos. Bien, aquello

se sostiene en vilo, toma huelgo, respira de nuevo;

una mano oscura colocando con distancia –práctica-

que se ve y practica de continuo su quehacer.

2001       Tiembla por él. Por su existencia y futuro,

alabado. Mantenerse frugal y remoto, bajo

refachimento final, de cabo a rabo y por la espiral

del rabo, de vuelta al cabo. Una alegría spinoziana,

surgida del deseo de la virtud, de la razón rigiendo

pulcra hacia la necesidad, conforme la naturaleza

o algo así. Le aguarda arduo camino: no lo dejarán

vivir, hasta aburrirse del gesto, en paz. Entonces

reunirán silencio bajo la luz de una lámpara,

fueran por igual número sus remociones.


 

 

7/

 

Los pueblos blancos se encuentran en el estadio final,

sin importar qué tipo de teorías fijen

1935      su decadencia. Esa fisión ya es palpable,

menos imposible: aquí rige la segunda ley

de la termodinámica y el nuevo poder está ahí, la mecha

en su sitio, sea consunción del átomo o espita de fuego,

desinteresado del mecanismo sólo porque produce,

contrario al raciocinio. Ya no se tiene realidad alguna,

ni posesión, ni cualidad del instinto: hay estómago vacío

en ese círculo de recelos del ciudadano de a pie.

Zôon Politikón. Hasta ahora no presenta batalla

en ninguna parte. Niágara para ahogarse en la bañera;

Constantino alocando clavos en la cruz del príncipe.

La paz en su cincha, embeleco, y ya antítesis, pase ahora

de largo. Blandengue, contenido, evitando así

1933      el peligro, algo de ello velada la pauperización.

               En eso el aislamiento resulta más evidente,

aunque (claro) siguiendo con él, más esmalte y barniz.

Del cernícalo duplica el grito en el cielo, entre cercetas,

ya sumando nuevas cifras a viejas intercesiones.

En resumidas: Kleist no vivió lo suficiente; nunca.

Drittes Reich for out. Nunca. Y así levantaron

su cabeza de puente en el Este, y tras ello,

de lo mejor evaporándose.



 


 



8/

 

Oblicuo, con besos; towering con seis pies

de silla que talla una madera y dura

1988       (rubia) de guatambú, en llamado Paraguay.

Ella tiene un aliño más de oro disponible

ante cualquier acabado natural; y ese modelo del grano,

con marcas pequeñas. Cierto. De vez en cuando

grandes, semejante a besos. Entonces la silla es mano,

frotada a un liso, final del lustre de satén (y otro rasgo

suyo: no siempre acaba sencillo como cristal). Él

asienta y posterior ante-como se encadenan con 5/16

cuerdas de cuero, sólida del diámetro u obtenga

por fin textura; los olores del cuero aquél,

1797       cuando se utiliza mejor la silla. Se siente

y huele. Preside: mostrando se piensa rey

de la serial. “Estamos desarrollando modelos de reina;

modelos de empeño”. Así su majestad ofrecerá pliegues

en el marco, y luego apenas ya delgado, más estrecho

que mayor, un rey. La silla de empeño, de alguna manera

será una cimiento de la parte posterior, del punto bajo.

Más tarde una especie de casa Wolfe (Rudolph

1921       Schindler, 1923), de pirámide invertida, ganará

toda inserción de mixtura en cócteles de hierro,

donde perfiles normales irán soldando a pie juntilla

una fila india de remaches, tras monteras de placas

y madera laminadas; o bien alerces.Tres o cuatro

protuberancias alares; apenas quedan muy pocas:

si se observa desde aquí ya todo está construido,

imágenes casi imposibles, excavándolas igual

un arqueólogo, con pala: a ver si rescatan cosa

alguna del paisaje, color marfil de homogenous.

Variedad de aplicaciones para muebles (diversos

elementos); adornando (las cocinas, almacenes; están

paradas); construcción (paredes, puertas, escaleras);

insolación: phonic y térmico empaquetando (plegable,

cuando reutiliza);  carretes de sirga disponibles en pies

y avanzando de a poco, a petición. Esas

1984      aplicaciones, ayuda del suelo, muebles,

montaje, material para techos, dicen algo

de su fibra regular: capa de 1,5 milímetros; 2200

x 1600 milímetros; 2440 x 1220 milímetros (talla).

 Aspidosperma polineuron. Árboles por agudos,

en más de un estrato. Y emergentes, si con ello

fuera necesario internarse en el remozo

de un combate. El gametofito se alimenta

en el megasporo, y las hojas liguladas, los tallos

polistélicos, ceden importancia ante cierta tecnología

flotante. Y bien: existe una alternativa (continua)

entre dos tipos de frondas: el primer grupo, aquellas

en blanco y negro, bajo un sistema abierto

y menudo, consiguen todo en un sólo punto conocido;

y el segundo, fuera siempre de secuencia cronológica,

igual, aunque en orden cerrado al dolo de los faustos.

De existir un mecanismo entre ellas, no siempre

sería bajo el reflujo de los amos.


 

 

9/

 

Paréntesis en la explotación: 800 mil hectáreas

aún restan de bosque nativo; cosa irracional

1995       lleva al hatajo hacia un camino sin retorno.

Rollotráfico. Servicio Forestal Nacional,

y demás popes de la frontera. Intervinieron camiones,

sacaron carga, varios transportes, amén. Cuando

se entraba a los aserraderos, se molestó a mucha gente,

y es así: todo se vuelve un borde seco tan activo.

Además, en Curitiba hay versión guatambú

paraguayo, segado en kilos como si fuera brasileño.

“El estado de Paraná no tiene más guatambú” (Folha).

Mientras la Ley 200 ata de manos y toma sanciones

anuales contra funcionarios y agrotóxicos. Cristo

Crucificado, en una sola pieza de guatambú,

1902       obra del tirolés Leo Moroder (Catedral

de La Plata). Tallado íntegro por él salvo

los brazos, con su cruz de roble de Eslavonia, ahora

reza, ora, absorbe su minúsculo don; será porra verbal

hacia todo costado e sitios. Poezji: vieja permuta

para demasiados epítomes. 


 






 

10/

 

Misa mayor por la mañana. Paseos, afternoon;

tocan piano a dos manos. Ellas

1965       y sus cananas bajo un sostén regio,

después de bruto entre las ropas. Levan

romanzas y más tarde vida concentrándose pálida

en sus sueños. Esa sala donde drena la oscuridad

a chorradas, quita ya la vista y todo sermón, cualquier

inmediata pastelería de flan chino, más copa de Larios.

Muy pocos domingos después, alguna de ellas se irán

yendo para siempre. Y la cena, tras pasar la cena,

y el trapo del polvo sobre aquellos tálamos de níquel,

donde ahora se recuestan con sus vestidos ajenos

a la moda, delante fotografías. Al cuarto de sus padres,

esa certeza plena de los guatambúes reunidos

1970      en un dosel de raso, junto a cobertores de piel

    leonada. La rara somnolencia de un padre

al afeitarse, niega de improviso todo fundamento.

También en ellas esa hoja de fígaro (stainless steel)

estará abriéndoles surcos día y noche, a la luz

de novísimos movimientos. Concédase así la pausa

en estos y otros enviones. Líbralas de ellas.

De la aerofagia, de próximos desgarros. Adluego,

niños de Maeterlink ya reposan lejos

1972       de los autores muertos, simples formas nunca

leídas, cachando los ojos en doble pestañeo.

Allí pensó, al sentarse a la mesa: con el luto

no se tiene gana de nada. A través de aparejos

vacíos de guante, la acetona yendo del relevo al relevo

de prueba, en su apareamiento de píxeles, y delante

suyo un frío sacudiendo cabezas, pies, ojos

en su sombra, enzimas, tanto como agua

y creolina, donde existieron apenas bienes raíces.


 

 

11/

 

Rescató esa imagen del olvido: el concilio acechando

la bocacalle en silencio mientras dos hombres

1965      apuntan al zaguán con una bandera blanca.

Aquella se destaca intensa bajo el polvo ocre,

sobre el blanco a la vez enlucido de las paredes.

Semeja encenderse todo cuando ondea, vibra en el aire,

en un efecto típico del espejismo. Asistencia en la alucinación,

al cabo de muchos años jamás vividos; los acordes

de “La Santa Espina”, el Jarama, descuentan la bandera

del panegírico ahora chusco, cegado, por amor a un Jehová

con lágrimas en los ojos. No era una bandera sino una capa

de brega. Se sirven un vaso de Fefiñanes, apurado a sorbos,

cuando entero filman la estampía, el regreso del novillo

a los cabestros y al sindicato único de mayorales. Boyeriza.

Trifulca en la camisa cuando se prende fuego hasta la hilada.

Un chico enmaroma la ristra en el cuello animal,

   mientras aquél entiende de desobediencias al hilo,

1966       girando sobre sí mismo al modo peonza. Tras

primeros estampidos, la bestia corrige su carrera

en medio del camino a las esquilas, con gran empaque,

y desaparece con otras desde cualquier campo visual.

Boinas, calzones de pana, mandiles y blusas, junto

a la sangre en la comisura del novillo; público elemental.

Intentan restañar la hemorragia, pero aquél sigue

con su agonía concéntrica, en sus trece, luego de arrancarle

la cola para el señorito de sombrero cordobés y cigarro habano.

Hermoso en agosto, el paisaje de la sierra de Yeste;

1963       la comarcal 3.212 serpentea en medio de los bosques

madereros, el agua azul del pantano de Fuensanta,

baja, bordea la orilla, regresa a escalar, detrás de los pinos

y el llano. En tanto, los alberos promedian esos espartizales,

a cubierto de la ruidosa ola turística; del cielo maná

en el perezoso país del verano, a pesar de los cien mil

vehículos vadeando la frontera del Perthus durante

el último fin de semana (de paso, requisas). Franceses,

belgas, suizos, alemanes, eslavos, se reunieron

para ventilarse como saurios en un bautismo de brebajes,

bajo consuelo a la generación de los suyos. Y chinos,

gitanos, sefardíes, siempre lejos del radio de apreciación,

fueron también prevenidos. Sikh de turbante azul,

sellando con su mano una que otra boca, y floja.

El recato civil en los Reinos Taifas; la madurez a costa

de indispensables errores. Por lo que Swedenborg se refiere

   a la afección; la tendencia del hombre es más

1848     abstracta: habrá un intercambio entre hombre

   y mujer, darwiniano: el trabajo científico

en el suave sobrepeso de las caderas: formando estribillo

con sus lamentaciones. Es así: “Para entender a Balzac

primero se debe volver a Swedenborg. Se empieza

con la Séraphita y se sigue con El amor conyugal”.