lunes, 11 de mayo de 2026

ENRIQUE WINTER: « AGRADEZCO PERTENECER A LA QUE QUIZÁS SEA LA ÚLTIMA GENERACIÓN QUE SE TOMÓ EL POEMA COMO ALGO DE VIDA O MUERTE»

 

Estuve releyendo el Backstage y sentí que faltaban conversaciones con algunos autores de la última «generación» que pudo creer en los «poemas» como cosa de vida o muerte. Winter lo dice bien. Y no sólo, había mucho por conversar como solemos hacerlo desde «principios de siglo» y, de seguro, queda mucha tela por cortar. Esto es sólo un avance o el recuerdo de esa otra conversación que retomamos con Enrique en cada encuentro, aquí y allá.




Yo me imagino, me ocurre a menudo, que toman alguna declaración que hice hace cinco, diez años, y termino preguntándome: ¿a propósito de qué habré dicho eso? Para que ello no te ocurra, cito. En abril del 16, en una entrevista con La Perrera (https://www.perrerarte.cl/enrique-winter-la-poesia-domesticada-no-vende-mucho-mas-que-la-salvaje/) señalas: «El escenario ha cambiado desde entonces, hasta las películas comerciales y ganadoras de los Óscar tienen complejidades narrativas y de imágenes mayores que buena parte de la poesía actual, por lo que no hay necesidad de hermetismo y menos del discurso directo propio de la publicidad». Traigo esta declaración no con el ánimo de incomodarte sino, porque, si a mí se me preguntara hoy, en el 26, mi perspectiva sobre cierto tipo de poesía —y tú lo sabes, hemos hablado sobre el tema— diría algo muy similar. Si «La poesía domesticada no vende mucho más que la salvaje», ¿cómo podríamos explicarnos que ese tipo de escritura se haya convertido en el que parece haberse «normalizado»? ¿Sientes que eso siempre fue así?

 

La poesía encuentra su cauce río abajo, lentamente entre la transparencia del agua y la opacidad de las piedras que la desvían. Podríamos hablar de lo domesticado y lo salvaje, o de otros binomios que sirvan para comunicar esta tensión que es más bien barrosa, los ímpetus están mezclados como en todas partes, pero aún más en los territorios que antes fueron colonias, puntos de encuentro violentos entre culturas diferentes.

            Me gusta recordar que Orfeo resistió la seducción de las bacantes como Ulises el canto de las sirenas: la poesía es una práctica que se quiere mirar a sí misma como insobornable. «La poesía no se vende», precisamente porque no se vende. En el momento en que pacta, pareciera dejar de ser poesía.

            Por eso y para responderte, quisiera detenerme en la dialéctica del amo y del esclavo, porque hay un pacto deseable y del que no escapan los poetas, el muy humano de querer ser reconocido por otros. Se suele creer que esto se obtiene a través de una escritura cuyo sentido es natural, obvio y según el uso general de las palabras, como el Código Civil pide que se entiendan las leyes. Pero cuando dos conciencias se encuentran, escritor y lector en este caso, ambas desean ser reconocidas. Si la poesía impone un sentido unívoco, no está reconociendo al lector. Este sí es un problema que se ha asentado en la última década, pues la mayoría de las series audiovisuales o de los mensajes de odio tampoco reconocen la conciencia del espectador y este ya no los analiza, sino que los consume.

            Respecto de las películas ganadoras de los Óscar, cada vez me impresionan más la iluminación, la edición, la fotografía, las actuaciones, ¡pero no el conflicto! Buenos contra malos de una manera pueril. No estará de más decir que esas fuerzas pugnan dentro de cada uno de nosotros y que la poesía puede escudriñar tal complejidad más allá del logro técnico de la imagen.


            La poesía domesticada y la salvaje aún venden poco en Chile o en Perú. Después de aquella entrevista, en los sonetos del ensayo Una poética por otros medios, propuse lo que tu pregunta pone en entredicho:

 

            Enchufemos el módem al poema

            errante, antes de que emerja aquí

            un mercado efectivo (como existe

            en Estados Unidos y en España)

 

            para la «poesía» que recorre

            de la A a la B sin distracciones, que

            se deja comprender como se entiende

            la narrativa comercial, sencilla

 

            y más directa que cualquier película

            taquillera, o denuncia sin imágenes

            lo que el documental hace mejor.


 

            Veía el peligro de esta normalización del poema como sentido común, a la manera de una emoción que confirma los prejuicios de quien lee. Ay, la calma que da leer a alguien que parece decir lo mismo que uno sin haberlo pensado. Pero también observo ese peligro en los demás ámbitos del entendimiento, ¿qué se le pide a un filósofo hoy sino autoayuda? ¿Al psicoanalista sino salud mental? Hay un adelgazamiento de la experiencia por la infantilización a la que la somete la tecnología. El deseo debe ser satisfecho inmediatamente por vía de la adicción. Ahí no queda espacio para el goce de la poesía, que por definición desordena el tablero. Soy optimista, sin embargo, porque el poema domesticado ahora lo produce la inteligencia artificial. Ambos operan copiando la suma de lugares comunes previos. Mientras que, con los poemas salvajes, por así llamarlos, la inteligencia artificial solo puede asombrarse y ayudar a corregirlos.


            Suena paradójico, pero mi experiencia es que, a mayor cultura lectora, mayor es el riesgo de que se propague una poesía anodina que no pide nada del lector. Poemas que hablan de la espiritualidad o de la belleza, en vez de hacerlas sentir, refugios fáciles ante «el mundanal ruïdo» en que se reproducen, aumentándolo. No generan la resistencia de la clase media educada ante la pornografía, los videojuegos o la sucesión infinita de videos caseros, porque aquellos clichés pretendidamente profundos vienen empacados en libros, que recuerdan a una práctica respetable. Yo no me opondría al respeto a la lectura, que es casi lo único que nos queda, más bien agradezco pertenecer a la que quizás sea la última generación que se tomó el poema como algo de vida o muerte. Sí intentaría recuperar el nicho para el pensamiento. En aquellos países donde nadie lee, en cambio, los diez loquitos que pensamos el lenguaje estamos a la par de otros diez que quieren sentirse acompañados y ya son suficientemente rebeldes para buscarlo en la letra también, así sea una cursilería.


            Lo otro que ha sucedido en la década que ha pasado desde aquella entrevista, y de forma única en la historia, es la propagación de las redes sociales que permiten explotar al máximo la necesidad de expresión humana, la que antes pasaba por el filtro de un editor para ser publicada como poesía confesional. Entonces, la poesía que simplifica la experiencia obtiene la atención a la que postula. Y la atención es la mayor mercancía del vértigo contemporáneo. Podría quejarme, pero me interesa más el fenómeno como una confirmación de la necesidad popular de vernos reflejados en las palabras, así sean de una canción. La juventud lee a quienes sufrieron por amor de una manera parecida y ojalá en el mismo barrio, también escucha a quienes quieren ser millonarios como ellos. Más que de la poesía, es una manifestación de la adolescencia alargada de hoy, que se moldeó en esta inmediatez. Por supuesto, aún en lo fabricado para el mercado se puede argumentar sobre la calidad. Sobran los ejemplos de referentes valiosos que han sido populares en el arte, en la música o en la literatura.

            Hemos vivido así una época extraña dentro de la relación ambivalente de la poesía con lo popular, Maurizio. Aunque nos separan diecisiete años de edad, creo que ambos crecimos con una poesía latinoamericana que por un lado debía burlar las censuras de las dictaduras, ya fuera minimizándose en el hermetismo o en el objetivismo, o eludiendo el sentido por exceso, en los distintos barrocos. Pero, por otro lado, existía una poesía de fácil entendimiento que se pensaba como resistencia a la violencia estatal. La urgencia del mensaje fue menor durante las delicadas democracias que la siguieron y se pudo reparar nuevamente en las formas. A eso me refería en la entrevista de La Perrera. Sabemos que las palabras no son solo signos con significado, y en la poesía expresan sobre todo ese movimiento de río del que te hablaba al comienzo, del cuerpo, de los afectos y de los sonidos.

            Por último, y quizás sea lo más importante, en los años que han pasado entre aquella entrevista y esta se han vuelto más visibles de lo que señalaba entonces una suma de identidades históricamente postergadas, desde los pueblos originarios a las minorías de género. También una poesía seca, a caballo entre el tratado de botánica o geografía. Ni qué decir otra poesía interesante que, a mi juicio, reproduce el desplazamiento vertical de los contenidos de las redes sociales, ofreciendo una imagen discontinua por verso. O un nuevo formalismo que invita rítmicamente al inconsciente. Todas estas tendencias arrastran sus propias maneras de decir, salvajes aun cuando puedan parecer domesticadas en un primer vistazo a su literalidad. Son, sin embargo, fuerzas rupturistas en el orden estructurado en que también puede caer la poesía o su socialización. Sus formas afectan de manera más honda y duradera, espero, que las papillas para bebés apelando a lectores que ya no saben que hubieran preferido masticar.

            En fin, dudo que ese destinatario se quede mucho más en el libro. Veo la misma crisis en la novela y hasta en la industria del cine. Retroceden todos hacia el nicho específico. No es el caso de la poesía, curiosamente, porque ya estaba hace rato en su propio nicho, adonde peregrinaban solo los esclavos que se habían liberado para gozar de los sentidos y de experiencias transformadoras, por pequeñas que fueran, o justamente porque son pequeñas. Como decía Kurt Vonnegut, «Escribe para complacer únicamente a una persona. Si abres la ventana para hacerle el amor al mundo, por así decir, a tu cuento le dará una neumonía».



R
ecientemente, a propósito de la obtención del premio Anna Seghers, dijiste: «La literatura es el mejor espacio para ponerse en el lugar del otro». Me parece interesante encontrar esto. Justo comentaba con Diego L. García una idea de Eduardo Milán que suscribo. Creo —decía Eduardo y ya ha pasado también casi una década de cuando lo dijo— «que nadie escribe sobre nadie porque a nadie le importa lo que el otro escribe».


Imagino que podría asaltarte la tentación de responderme diciendo: «si a nadie le importa lo que el otro escribe, ¿cómo podríamos explicarnos la razón de ser de este libro?». Pero, por las vidas que hemos compartido a través del tiempo, sé también que entiendes el sentido.

Me gustaría empezar por ahí, con la idea del otro —también el del hijo y de la experiencia migratoria— por la situación que hoy vives en Alemania —aquí recuerdo bien incluso el día que tomaste la decisión de partir—, sin hablar una palabra del idioma local. ¿Cuánto creció el mundo desde que, por así decirlo, «volviste a tus orígenes»?

 

Eduardo acierta respecto de quien escribe, pero yo respondí pensando en quien lee. Vivimos una época muy particular, en que país por país se van enfrentando mitades de la población que parecen irreconciliables, alimentadas por contenidos que las confirman en sus cosmovisiones y las enojan con quienes no las comparten. Ante el nivel de fanatismo agresivo que domina el espacio social, siento que la literatura puede al fin ser útil. Siempre invita a pensar como otro, incluso cuando estamos de acuerdo de antemano, porque en la literatura no está en juego tanto el contenido como la forma del pensamiento.


            Qué placer y que inquietud acompañar maneras que desafían las propias. Tomemos, por ejemplo, la declaración de Eduardo. No dice «no importa lo que el otro escribe», dice «a nadie le importa», dándole una entidad y una agencia a aquel que rechaza la escritura del otro. Tampoco dice que no se escriba, sino que «nadie escribe». Efectivamente:

 

            ¡Soy Nadie! ¿Quién eres tú?

            ¿Eres — Nadie — También tú?

            ¡Entonces ya somos dos!

            ¡No lo digas! — sabes — ¡nos desterrarían!

 

            ¡Qué deprimente — ser — Alguien!

            Qué común — como una Rana —

            repetir el nombre propio —

            todo el santo junio —

            ¡a un Pantano que te admira!

 


concluyó Emily Dickinson en las palabras en que la tradujimos. Esta falta de importancia de la poesía sigue siendo liberadora. Como lo es el feminismo para los hombres que ya no están obligados a ser los únicos proveedores. Además, es una fuente de rebeldía, ¿no? Un fragmento de uno de mis poemas inéditos quizás recorra un camino paralelo:


 

            y no rendirle

            cuentas a nadie es la razón

            para escribirlas.


 

            Estas nociones revelan la asimetría histórica de la poesía entre lo mucho que nos importa a quienes la cultivamos y lo poco que pareciera importarle al mundo. La experiencia del migrante radicaliza esta sensación, sobre todo si implica otra lengua que no se domina. Ahí nada de lo que uno diga importa ya, se vuelve de veras ininteligible. Los demás se expresan en un ruido blanco y deja de estar disponible el relato que constituye quien uno cree que es. La identidad es un camino, sí, pero sobre todo un cuento, y es demoledor dejar de ser quien se creía. Es la consecuencia de dejar de pertenecer a una sociedad, desde sus núcleos más pequeños a los de los colegas, el país o la lengua. Mi caso tiene la complejidad adicional de que se suponía que yo volvía a mis orígenes, como bien dices, ¿pero cómo se vuelve a un lugar donde nunca se estuvo?



            Cuando tu oficio es cualquier otro que el lenguaje, me imagino que se puede pensar en este de manera funcional y tarde o temprano se aprende. En mi caso, se ha encarnado dudar de todo, incluso ahora que sé alemán; creía que era inteligente y solo era elocuente. ¿No es la elocuencia el campo de la poesía? Ahora me doy cuenta que los días completos en museos de pueblos perdidos de este país, que es un bosque, así como los conciertos luego de conciertos buscaban en esos lenguajes, pictórico y musical, la comprensión y acogida que las palabras no podían darme. Algo se desnaturalizó entre la cabeza y la boca, la boca y la mano. Ahora incluso en castellano se me interpone la función sintáctica de la palabra. Esto no puede sino ser bueno para la poesía, me digo, pero no así para la persona en su entorno: cualquier conclusión a la que llego me parece sostenida sobre una cuerda floja.


            Quizás no sea más que el postergado arribo de la adultez; debería haberme pasado hace rato, pero ya no puede postergarse más cuando «el mundo es ancho y ajeno» y, sobre todo, indiferente. Damos por sentada la presencia de una comunidad hasta que ya no está ahí, pese a que he ahondado la relación con los escritores amigos repartidos por el mundo. Como si a ellos me hubiera acercado, que es lo que sucede respecto de cualquier cosa cuando se sale de Chile. La causa de mi desarraigo da cuenta de cómo el lenguaje no basta, entonces me he puesto a pensar en cómo puede escribirse una literatura en que los efectos antecedan a las causas. Me refiero menos a una trama en reversa como la de Martin Amis en Time's Arrow que a una poesía de celebración, una que asume el presente como causa de haber sobrevivido.


            En un contexto en el que cada palabra es el otro, en que lo propio también se vuelve otro hasta desaparecer, la corroboración del hijo es brutal. Es y no es uno, aparte del motivo para estar acá. El efecto soy yo, que aprendo de él. Está empezando a leer y tiemblo porque se acaba su relación exclusivamente oral con las palabras, esa música que le permitía corregirme la pronunciación sin que mediara la semejanza de las letras. En Chile llamamos «transmitir» a cuando los niños hablan por hablar. Es una delicia escuchar ese ejercicio poético que sucede en paralelo al juego que llevan a cabo sus manos. La asociación libre de sonidos e ideas sin pensar en el otro al que no le importan, ¡porque al niño no le importa el qué dirán! No seré el primero ni el último en vincular niñez y poesía. Acompañar su pensamiento es recordar el propio. El parecido es insoportable y, sin embargo, se soporta con rimas y juegos de palabras, con la levedad de lo que inventamos.


            Mi cotidiano sucede en tres idiomas que se contaminan entre sí, con la poesía como resistencia de cierta cadencia, como traducción del impacto. El mundo creció y yo me achiqué.



 

En las vidas en las que nos conocimos —me gusta la frase, da incluso para ser el título de una producción de Netflix—, siempre tuve la impresión de que tú abordas las exigencias que puede traer consigo un texto con la misma impresión que tendría el Hombre de las Cuevas de Altamira si oyera a nuestros contemporáneos hablar de «géneros literarios». Desde tu experiencia, ¿la exigencia de un género nos «subordina a un estilo»?, ¿cómo así?

 

Creo que el material dicta su forma, el problema es que lo hace susurrando y uno suele hablar más fuerte de lo que debería. Hay algún momento en la escritura en que se impone el silencio y el poema empieza a abrir su cauce hacia lo que quería decir, ¡sin perjuicio del autor! Recuérdame decirlo en la serie de Netflix que tenderá a resaltarnos como protagonistas, porque no sabrán cómo enfocar al lenguaje. Quizás sí al que habla por nosotros en los lugares comunes, pero no al que aparece una vez que contuvimos lo que ya estaba dicho mil veces.


            Josefina Ludmer escribió sobre la pérdida de autonomía del género literario en esta época. Como en Alemania sí existe un mercado lector, tienen que poner «Roman», novela, en la portada, para el mestizaje de formas a las que estamos acostumbrados. Tus libros, Maurizio, tienen escenas, personajes, trama. Son tan novelas como poesía experimental, por oposición al género como categoría comercial que determina un escaparate. Solo esa categoría lo subordina a un estilo, que es más bien su falta, el del relato que informa el tema sobre el cual la gente tendría una curiosidad momentánea.


            Valoro y cultivo toda clase de híbridos poéticos, pero a la vez creo en las reglas. Cuando constriñes un flujo, ya sea temática o formalmente —con el metro, por ejemplo—, ayudas a que una libertad prerracional se entrometa. Empiezas a perder el control, que es uno de los placeres que más le agradezco a la poesía. El poema era tuyo, pero ahora manda, como el hijo. También con él se pone mejor la cosa cuando le saca la vuelta a las reglas, desde dentro de ellas.

            Tu ejemplo me hace pensar en el desafío para Werner Herzog ante el centenar de pinturas hechas hace treinta mil años en las cuevas de Chauvet. ¿Cómo se canaliza esa historia? Él opta por comentar lo que los expertos van respondiendo y se permite largas tomas por los dibujos para que nosotros mismos nos vayamos emocionando. Más que en géneros yo creo en ciertas pulsiones entre contar y cantar. El ritmo tiene sus razones y estoy más satisfecho con las ideas que se me ocurrieron al pasar a verso Una poética por otros medios que con aquellas que tenía de antemano y provocaron el ensayo.


            «Muchas veces he pensado que la diferencia tal vez no sea de grado, sino de orden», escribió tu compatriota Eduardo Chirinos. «La prosa empieza siempre con alguna idea, a esa idea le siguen palabras, y a esas palabras —si tienen suerte— una música. La poesía, en cambio, empieza con una música, a esa música le siguen palabras, y a esas palabras una idea. Para algunos la idea es opcional». A mí me gustaría considerarme entre ellos. Creo que es una garantía, de doble filo, por cierto, haber escrito desde muy joven lo que me afectaba. Cargaba libretas llenas de notas que no iban a ninguna parte y que de allá volvían, como Rascacielos recorriendo en las voces de otros, justamente, lo que el previo Atar las naves denunciaba como un encierro en la música de una sola ciudad. Hay momentos en Rascacielos tanto más narrativos que en mi novela Las bolsas de basura, que es primero una respuesta a un poema de Marcela Parra y cuyo material de perros atropellados llamó al detalle con que lo relataría un taxidermista.

 

Hablar contigo del Otro va más allá de la circunstancia alemana. Yo agregaría «del Otro y su tradición». Tu caso es particular: en el 22 publicaste junto a Kozer el libro Variaciones de un día (Provincianos Editores), amén de ello has traducido a Bernstein considerando la amistad que se puso, y se pone, en juego, y hay más ejemplos de cómo pudiste vivir la experiencia de la alteridad —pero me da pereza inventariarlos. A lo que voy, Enrique, ¿el presente es otra galaxia con respecto a la tradición que representaban los autores con los que has «trabajado»? ¿Crees que las poéticas de antaño han perdido su vigencia? Si no fuera así —retomando el asunto de las poéticas domesticadas— ¿cómo nos explicamos su apogeo?

 

Como la música que antecede a la idea, tanto con Charles como con José fueron primero sus poemas que la amistad. A Kozer lo publicamos en Ediciones del Temple el 2007, la iniciativa fue de David Bustos. Yo recién me había mudado a Valparaíso, tenía veinticuatro años y no volví a verlo hasta el 2012, en una clase que él dio en Nueva York. Le hice una pregunta y me reconoció: «tú eres el chico de la editorial chilena, aún me deben cincuenta dólares». Espero que no sienta que el libro en conjunto generó una nueva deuda, porque surgió generosamente de su parte. Le comenté en broma que el embarazo me tenía como él, escribiendo poemas a diario, luego de años concentrado en la prosa investigativa de Sobre nosotros callaremos. Me pidió que se los fuera enviando y la mezcla con los suyos constituyó el antídoto para la pandemia, tanto en él que miraba su vida hacia atrás como en la de mi hijo que empezaba a vivirla. Llegué a describir el parto mientras buscaba el formato horizontal de mis poemas, especie de glosa para la verticalidad que ya había encontrado José, reescribiendo su obra desde allí.

            A veces recuerdo el proceso de traducción de Bernstein con incredulidad. Fueron solo dos quincenas del verano de 2013 en que me apropié de todos sus procedimientos, tratando de ser él en castellano. Cada tanto vuelve a suceder en mis talleres: una pregunta tras otra encuentra en sus citas la respuesta. Asumo que antes, cuando estaba trabajando en sus obras, lo que me brindaba era las preguntas. Es el caso de Aria Aber, que cotraduje con Catalina Ponce. Una poeta de ascendencia afgana, criada en Alemania y que escribe en Estados Unidos, tanto más parecida a quienes hoy me rodean en Colonia. Se acaba de ir a imprenta mi traducción de Lorine Niedecker, una objetivista de lo rural, un poco como lo que hizo con la vanguardia Vallejo, guardando las proporciones. La llevan a su entorno y la devuelven transfigurada.

            Efectivamente el presente me parece otra galaxia. Creo que la idea misma de tradición, como un devenir, se ha reducido a la pura actualidad. El aleph borgiano está aquí y toca escarbar entre los gestos de estos poetas la tierra que pueda dar algún fruto. Lo interesante es que ni el recuerdo ni el olvido son permanentes, cada tanto se dan las condiciones de legibilidad y después vuelven a perderse. Sofocles lo tenía claro:

 

            El tiempo continuo y sin medida

            saca a la luz las cosas ocultas y luego las encripta.

 

            Estos poetas ya se planteaban desde una ruptura con la tradición, la que a fuerza de repetirse genera su propia tradición de rupturas. No es un juego de palabras, sino la manera más efectiva de que la tradición mantenga su nivel, como argumentaba Clement Greenberg para el arte abstracto. Todo lo hecho alguna vez está disponible ahora, que la poesía se topa con callejones sin salida y se devuelve para intentarlo en el siguiente sin deshacerse de nada en su mochila, una mochila que imagino cada vez más liviana a medida que se carga de obras. Esa espontaneidad que llega luego de mucho trabajo.

            Lo que más observo son poéticas que en su momento de publicación no fueron del todo descifradas y que luego la época se encarga de adaptarse a ellas. Las sílabas sueltas de Soledad Fariña para que hablara el paisaje, las anécdotas de Rosabetty Muñoz para que lo hiciera el territorio. Desde orígenes más líricos o teóricos, Blanca Varela y Tamara Kamenszain respectivamente, llegaron a un pulimiento en que las cosas ya no intentaban más que ser ellas mismas en el poema. Qué me dices del lenguaje científico de Carlos Cociña, tanto más elocuente hoy que en los ochenta. Está lleno de estas reverberaciones.


            Derek Walcott, a quien no le domesticaron ni un pelo, solía reclamar su derecho antillano a escribir cantos épicos aunque en París estuvieran convencidos del posestructuralismo. Qué tengo que ver yo con eso, pareciera decir, y sirve para pensar la contemporaneidad, en que hay un apogeo de puntos de vista históricamente menos disponibles. Incluso el de la enamorada adolescente, por pensar en éxitos de ventas. Eso produce un desequilibrio interesante, porque lo domesticado en términos del lugar común del lenguaje, viene a influenciar las formas de la poesía tal como la inteligencia artificial, el algoritmo o el sinnúmero de nuevas fuentes informativas para el poema. Las estructuras de la narrativa de terror o de ciencia ficción se me aparecen ahora por todas partes. De estos engendros siempre surge algún detalle interesante, aunque no lo busquen conscientemente.


            Me gusta considerar que estos otros que mencionas entre quienes he traducido son en realidad mis maestros, a la manera medieval de entrar en sus talleres a desarrollar un oficio. Gracias por traerlos a esta conversación, porque el desarraigo me ha hecho pensar que no me arrimé a ningún árbol cuando debía, lo que me habría permitido pertenecer de la forma en que te respondía antes. Pero también hablaba de que Alemania es puro bosque. Tuve un par de maestros más en la poesía, con los talleres de Soledad Fariña a los dieciséis años y Floridor Pérez a los dieciocho, y en la narrativa con Sergio Chejfec a los treinta.

 

Siendo así —imagino que dirás que no, que no han perdido vigencia— ¿cómo rescatar aquello que en sí resultó indomesticable?

 

Lo que se rescata inevitablemente se domestica un poco. Si puedo enseñarlo, es porque ya tengo cómo interpretarlo en su circunstancia. Es como la pintura que entró al museo, pese a todo el placer de verla expuesta. Por más ayuda que reciba, al final el arte se salva solo, como los migrantes.

            ¿Qué es entonces lo que no se ha podido domesticar? ¡La poesía misma! Los maestros que te he nombrado, tú... y quizás yo, ahora que lo pienso, junto con quien haya leído esta entrevista hasta el final.

 


 

FRANCISCO CASADO: HABLAR YA POCO EXISTE

 



Todo por intentar descifrar las alas de una polilla

 

I

 

Hablamos a través de la pantalla

sin prisa ni orden

sobre quienes somos hasta ese momento

 

azul respondí de inmediato

a tu voz pidiendo saber en qué color

preferiría disolver los ojos

 

entonces apareció

el manto de luces

la noche y el silencio

 

II

 

Sobre el marco de la puerta

una polilla

volantazo justo para la conversación

 

pero, ¿cómo hacerte llegar su presencia?

todo lugar necesita indicaciones

para asegurar cómo volver

 

tristemente

las cámaras de los smartphones

todavía no alcanzan a la imaginación

 

pero, una imagen sorpresa

sugiere poco más

que cualquier palabra             cualquier voz

 

Desde que hay smartphones

IV

 

Terminaron las noches de oscuridad total

 

renunciaron las polillas 

a los marcos de puertas y ventanas

 

abandonaron delatar

la presencia de la muerte y el infortunio

 

ya no se aparean

mueren de hambre

 

todo por dedicar su vida entera

a la luz


 

Desde que hay chats

 

I

 

Entre notificaciones a coro

el canto de los gorriones

está más cerca

 

tras la pantalla resisten

quienes se dicen ser

(de) lo(s) que escriben

 

hablar ya poco existe

cuando todo se arregla con una nota de voz 

un mensaje y listo

 

yo ha dejado de ser otro

en su lugar dejó a cargo el

yo es ENVIAR / PUBLICAR

 

V

 

la palabra alimenta la voz

lamenta también

 

la voz alienta tan bien

como bien miente la palabra

 

la palabra cambia la voz

no lo que dice

 

toda idea escurre un delirio

con intención de provocar

 

toda revuelta comienza

con un destello silencioso

 

VI

 

24 meridianos de norte a sur

separados cada 15º

 

Cáncer, Ecuador y Capricornio

perpendicularmente

 

la soberanía de Estado

con base en ríos y cordilleras

 

el planeta entero reducido

al destello ubicuo de una notificación

 

Desde que hay relaciones a distancia

 


III

 

Andamos

en transformada

de coseno discreta (DTC)

tamiz de rostros | stickers | memes | fotos

su compactada energía de dominio | secuencia finita

de puntos | señal sinusoidal | frecuencia y amplitud

color | tono | textura | coeficiente justo

a través de la red

hasta su destino

prrrrr-prrrrrr

video

llamada

entrante

¿desea

contestar?

prrrrr-prrrrrr

invertir su dominio

como si estuviéramos frente a frente

 

Desde que hay chats

 

IV

 

Digo escucha esto

y acerco el micrófono hacia la bocina

escucha esto

y acerco el micrófono hacia los pájaros

escucha esto

y acerco el micrófono hacia el viento

escucha esto

y acerco el micrófono hacia la lluvia

escucha esto

y acerco el micrófono hacia la noche

escucha esto

y acerco el micrófono hacia mi garganta

escucha esto

y acerco el micrófono

hacia el cuchillo que raspa la fritura

escucha esto

y acerco el micrófono hacia a la polilla

sobre el marco de la puerta

escucha esto

y acerco el micrófono hacia los árboles

escucha esto

y acerco el micrófono hacia el sueño

escucha esto

y acerco el micrófono hacia el pecho

escucha esto

y acerco el micrófono hacia los párpados

escucha esto

y acerco el micrófono hacia el oído

dime si el mar está ahí

Desde que hay smartphones

 

I

 

Urge herir de muerte el calendario

estar frente a frente

hasta sentir estática entre los dedos

 

reafirmar que el mundo

es todavía demasiado grande

y que va en contra

de la naturaleza de las pantallas

 

urge tirar a la basura

toda la electrónica

volver hasta donde alcanza la vista

 

(entre risas)

no obstante, insisto

ningún tiempo es mejor que ahora

 

IV

 

De tallar tanto los ojos

cada pestaña termina

dedicada

a vernos pronto

y no

a la velocidad

de las pantallas

Todo por intentar descifrar las alas de una polilla

 

II

 

Una entomóloga

para el National Geographic

dijo sentir pena

por todas las polillas que

revoloteando la iluminación nocturna

han malgastado sus vidas

 

claramente

podríamos ser nosotros

pero al menos nuestro revolotear

caminando en círculos

amasando sábanas

apapacha la distancia


 

 

VI

 

Cada uno

detrás de su pantalla

 

con la polilla aferrada al paladar

lejos del néctar y las flores[D1] 

 

antes de cerrar sesión

tu risa confiesa lo ameno que ha sido nuestro chat

 

donde tus notas de voz

son el abrazo que siempre falta

 

y escribirte

es una forma provisional de besarte los ojos

 

 Poemas del libro En alas de la voz (2025), publicado por Buenos Aires Poetry.



relámpago fugaz de coladera

¿qué mano o luz proyectaría

tu figura al escenario cavernoso?

¿En qué perfil o sobrenombre

escondes el ardor de tu sonrisa?

¿Cuántos seguidores tienes?

¿Cuántas menciones?

¿Qué software craqueado

puede trocear los músculos de tu alma?

Y cuando llegan los likes

¿Qué temen los ojos?

¿Qué teme la boca?

¿Cuál fue la culpa?

¿Cuál su condena?

¿Qué depravación tienes en mente?

¿Cuál fue el baño?

¿Qué perfil se atrevió a responder un emoji de vómito?

Cuando los cometas arrastraron tu vestido

y limpiaron de sarro los azulejos

¿Sonrieíste por compromiso?

¿Zuckerberg?

Cucaracha cucarachita

relámpago fugaz de coladera

¿Qué mano o luz proyectaría

tu figura al escenario cavernoso?

 

Aquí dentro

todo puede colgarse

            toallas / papel higiénico

extensiones / llamadas

ropa mojada.

 

Aquí dentro e

l peso de los vellos deja ver cómo cuelgan

pechos / vientres

testículos / papadas

brazos / lóbulos.

 

Todo puede colgarse aquí dentro

hay espacio suficiente

incluso para los suicidas.

No saliste de casa

hasta que tiras la firma emergente,

como tampoco vacías el intestino

hasta que le pones seguro a la puerta.

 

Preocupa que las visitas encuentren

el baño limpio,

así como a las visitas no taparlo;

 

como a las mujeres

que nadie suba-y-baje el asiento.

como a los hombres

fallar el tiro.

 

Mientras se entrenan a los gatos

cagar dentro del inodoro,

los perros se cagan

a un costado de este.

 

De arquitectos / talón

fondo a la derecha

de plomeros / agosto.

 

De intendentes / cruz

fuera de servicio

de alimañas / paraíso.

 

Corazón delator;

San Juan Porcelanito

del gástrico apocalipsis.

 

Santuario

de la máxima confidencia

monógama.

 

fffllluuussshhh

los ideales revolucionarios

se fueron por el agu-jeee-rooo

fffllluuussshhh

el romanticismo

se fue por el agu-jeee-rooo

fffllluuussshhh

la política liberal moderada

se fue por el agu-jeee-rooo

fffllluuussshhh

los sistemas sociopolíticos

se fueron por el agu-jeee-rooo

fffllluuussshhh

Slavoj Žižek

no pudo irse por el agu-jeee-rooo

                                                                                   (hacía capitalismo).


 

En el baño

Agamenón recibió tres golpes vengativos

y su muerte se volvió tragedia.

En el baño

Aon mató a Eglón con una puñalada zurda

            y desencadenó una masacre.

En el baño

Jorge II de Gran Bretaña sufrió un desgarro de aorta

            y su muerte cambió la historia de la medicina moderna.

En el baño

Jean-Paul Marat fue apuñalado en la tina

y su muerte inició la Revolución Francesa

y se volvió un de los cuadros más reconocidos de Jaques-Luis David

En el baño

aprendieron al Tigre de Santa Julia

            y se hizo leyenda

y lo hicieron película

En el baño

de la estación Penn (NY), Louis I. Kahn murió de un infarto

            y su hijo hizo un documental

            y viajó por el mundo

            y descubrió la maestría arquitectónica de su padre

            y su segunda familia.

En el baño

Rubem Fonseca escribió sobre la copromancia en un cuento

y por suerte nunca se volvió tendencia.

En el baño

encontraron (respectivamente) los cuerpos de Elvis y Jim Morrison

            y solo a uno se le ha parodiado por ello.

En el baño

Junichiro Tanizaki

            elogió que la penumbra es el sitio perfecto donde meditar

            y está en lo cierto.

 

Poemas de la plaquette Flush (2023), publicado por Taller de imprenta Canciones Tristes Books & Printing.

 

 

Francisco Casado (1990, Ciudad de México). Arquitecto y escritor. Desde 2023 coordina Escrúpulos Editorial. Ha publicado Para mirar los pasos (2021), premio Don’t Read 2021; Flush (2023), Taller de imprenta Canciones Tristes. Books & Printing; Mira mamá sin WordArt (2023), Ediciones Awita de Chale; Antiguo Manifiesto para cisnes con miopía (2024), Periódico Poético y En alas de la voz (2025), Buenos Aires Poetry.