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lunes, 11 de mayo de 2026

ENRIQUE WINTER: « AGRADEZCO PERTENECER A LA QUE QUIZÁS SEA LA ÚLTIMA GENERACIÓN QUE SE TOMÓ EL POEMA COMO ALGO DE VIDA O MUERTE»

 

Estuve releyendo el Backstage y sentí que faltaban conversaciones con algunos autores de la última «generación» que pudo creer en los «poemas» como cosa de vida o muerte. Winter lo dice bien. Y no sólo, había mucho por conversar como solemos hacerlo desde «principios de siglo» y, de seguro, queda mucha tela por cortar. Esto es sólo un avance o el recuerdo de esa otra conversación que retomamos con Enrique en cada encuentro, aquí y allá.




Yo me imagino, me ocurre a menudo, que toman alguna declaración que hice hace cinco, diez años, y termino preguntándome: ¿a propósito de qué habré dicho eso? Para que ello no te ocurra, cito. En abril del 16, en una entrevista con La Perrera (https://www.perrerarte.cl/enrique-winter-la-poesia-domesticada-no-vende-mucho-mas-que-la-salvaje/) señalas: «El escenario ha cambiado desde entonces, hasta las películas comerciales y ganadoras de los Óscar tienen complejidades narrativas y de imágenes mayores que buena parte de la poesía actual, por lo que no hay necesidad de hermetismo y menos del discurso directo propio de la publicidad». Traigo esta declaración no con el ánimo de incomodarte sino, porque, si a mí se me preguntara hoy, en el 26, mi perspectiva sobre cierto tipo de poesía —y tú lo sabes, hemos hablado sobre el tema— diría algo muy similar. Si «La poesía domesticada no vende mucho más que la salvaje», ¿cómo podríamos explicarnos que ese tipo de escritura se haya convertido en el que parece haberse «normalizado»? ¿Sientes que eso siempre fue así?

 

La poesía encuentra su cauce río abajo, lentamente entre la transparencia del agua y la opacidad de las piedras que la desvían. Podríamos hablar de lo domesticado y lo salvaje, o de otros binomios que sirvan para comunicar esta tensión que es más bien barrosa, los ímpetus están mezclados como en todas partes, pero aún más en los territorios que antes fueron colonias, puntos de encuentro violentos entre culturas diferentes.

            Me gusta recordar que Orfeo resistió la seducción de las bacantes como Ulises el canto de las sirenas: la poesía es una práctica que se quiere mirar a sí misma como insobornable. «La poesía no se vende», precisamente porque no se vende. En el momento en que pacta, pareciera dejar de ser poesía.

            Por eso y para responderte, quisiera detenerme en la dialéctica del amo y del esclavo, porque hay un pacto deseable y del que no escapan los poetas, el muy humano de querer ser reconocido por otros. Se suele creer que esto se obtiene a través de una escritura cuyo sentido es natural, obvio y según el uso general de las palabras, como el Código Civil pide que se entiendan las leyes. Pero cuando dos conciencias se encuentran, escritor y lector en este caso, ambas desean ser reconocidas. Si la poesía impone un sentido unívoco, no está reconociendo al lector. Este sí es un problema que se ha asentado en la última década, pues la mayoría de las series audiovisuales o de los mensajes de odio tampoco reconocen la conciencia del espectador y este ya no los analiza, sino que los consume.

            Respecto de las películas ganadoras de los Óscar, cada vez me impresionan más la iluminación, la edición, la fotografía, las actuaciones, ¡pero no el conflicto! Buenos contra malos de una manera pueril. No estará de más decir que esas fuerzas pugnan dentro de cada uno de nosotros y que la poesía puede escudriñar tal complejidad más allá del logro técnico de la imagen.


            La poesía domesticada y la salvaje aún venden poco en Chile o en Perú. Después de aquella entrevista, en los sonetos del ensayo Una poética por otros medios, propuse lo que tu pregunta pone en entredicho:

 

            Enchufemos el módem al poema

            errante, antes de que emerja aquí

            un mercado efectivo (como existe

            en Estados Unidos y en España)

 

            para la «poesía» que recorre

            de la A a la B sin distracciones, que

            se deja comprender como se entiende

            la narrativa comercial, sencilla

 

            y más directa que cualquier película

            taquillera, o denuncia sin imágenes

            lo que el documental hace mejor.


 

            Veía el peligro de esta normalización del poema como sentido común, a la manera de una emoción que confirma los prejuicios de quien lee. Ay, la calma que da leer a alguien que parece decir lo mismo que uno sin haberlo pensado. Pero también observo ese peligro en los demás ámbitos del entendimiento, ¿qué se le pide a un filósofo hoy sino autoayuda? ¿Al psicoanalista sino salud mental? Hay un adelgazamiento de la experiencia por la infantilización a la que la somete la tecnología. El deseo debe ser satisfecho inmediatamente por vía de la adicción. Ahí no queda espacio para el goce de la poesía, que por definición desordena el tablero. Soy optimista, sin embargo, porque el poema domesticado ahora lo produce la inteligencia artificial. Ambos operan copiando la suma de lugares comunes previos. Mientras que, con los poemas salvajes, por así llamarlos, la inteligencia artificial solo puede asombrarse y ayudar a corregirlos.


            Suena paradójico, pero mi experiencia es que, a mayor cultura lectora, mayor es el riesgo de que se propague una poesía anodina que no pide nada del lector. Poemas que hablan de la espiritualidad o de la belleza, en vez de hacerlas sentir, refugios fáciles ante «el mundanal ruïdo» en que se reproducen, aumentándolo. No generan la resistencia de la clase media educada ante la pornografía, los videojuegos o la sucesión infinita de videos caseros, porque aquellos clichés pretendidamente profundos vienen empacados en libros, que recuerdan a una práctica respetable. Yo no me opondría al respeto a la lectura, que es casi lo único que nos queda, más bien agradezco pertenecer a la que quizás sea la última generación que se tomó el poema como algo de vida o muerte. Sí intentaría recuperar el nicho para el pensamiento. En aquellos países donde nadie lee, en cambio, los diez loquitos que pensamos el lenguaje estamos a la par de otros diez que quieren sentirse acompañados y ya son suficientemente rebeldes para buscarlo en la letra también, así sea una cursilería.


            Lo otro que ha sucedido en la década que ha pasado desde aquella entrevista, y de forma única en la historia, es la propagación de las redes sociales que permiten explotar al máximo la necesidad de expresión humana, la que antes pasaba por el filtro de un editor para ser publicada como poesía confesional. Entonces, la poesía que simplifica la experiencia obtiene la atención a la que postula. Y la atención es la mayor mercancía del vértigo contemporáneo. Podría quejarme, pero me interesa más el fenómeno como una confirmación de la necesidad popular de vernos reflejados en las palabras, así sean de una canción. La juventud lee a quienes sufrieron por amor de una manera parecida y ojalá en el mismo barrio, también escucha a quienes quieren ser millonarios como ellos. Más que de la poesía, es una manifestación de la adolescencia alargada de hoy, que se moldeó en esta inmediatez. Por supuesto, aún en lo fabricado para el mercado se puede argumentar sobre la calidad. Sobran los ejemplos de referentes valiosos que han sido populares en el arte, en la música o en la literatura.

            Hemos vivido así una época extraña dentro de la relación ambivalente de la poesía con lo popular, Maurizio. Aunque nos separan diecisiete años de edad, creo que ambos crecimos con una poesía latinoamericana que por un lado debía burlar las censuras de las dictaduras, ya fuera minimizándose en el hermetismo o en el objetivismo, o eludiendo el sentido por exceso, en los distintos barrocos. Pero, por otro lado, existía una poesía de fácil entendimiento que se pensaba como resistencia a la violencia estatal. La urgencia del mensaje fue menor durante las delicadas democracias que la siguieron y se pudo reparar nuevamente en las formas. A eso me refería en la entrevista de La Perrera. Sabemos que las palabras no son solo signos con significado, y en la poesía expresan sobre todo ese movimiento de río del que te hablaba al comienzo, del cuerpo, de los afectos y de los sonidos.

            Por último, y quizás sea lo más importante, en los años que han pasado entre aquella entrevista y esta se han vuelto más visibles de lo que señalaba entonces una suma de identidades históricamente postergadas, desde los pueblos originarios a las minorías de género. También una poesía seca, a caballo entre el tratado de botánica o geografía. Ni qué decir otra poesía interesante que, a mi juicio, reproduce el desplazamiento vertical de los contenidos de las redes sociales, ofreciendo una imagen discontinua por verso. O un nuevo formalismo que invita rítmicamente al inconsciente. Todas estas tendencias arrastran sus propias maneras de decir, salvajes aun cuando puedan parecer domesticadas en un primer vistazo a su literalidad. Son, sin embargo, fuerzas rupturistas en el orden estructurado en que también puede caer la poesía o su socialización. Sus formas afectan de manera más honda y duradera, espero, que las papillas para bebés apelando a lectores que ya no saben que hubieran preferido masticar.

            En fin, dudo que ese destinatario se quede mucho más en el libro. Veo la misma crisis en la novela y hasta en la industria del cine. Retroceden todos hacia el nicho específico. No es el caso de la poesía, curiosamente, porque ya estaba hace rato en su propio nicho, adonde peregrinaban solo los esclavos que se habían liberado para gozar de los sentidos y de experiencias transformadoras, por pequeñas que fueran, o justamente porque son pequeñas. Como decía Kurt Vonnegut, «Escribe para complacer únicamente a una persona. Si abres la ventana para hacerle el amor al mundo, por así decir, a tu cuento le dará una neumonía».



R
ecientemente, a propósito de la obtención del premio Anna Seghers, dijiste: «La literatura es el mejor espacio para ponerse en el lugar del otro». Me parece interesante encontrar esto. Justo comentaba con Diego L. García una idea de Eduardo Milán que suscribo. Creo —decía Eduardo y ya ha pasado también casi una década de cuando lo dijo— «que nadie escribe sobre nadie porque a nadie le importa lo que el otro escribe».


Imagino que podría asaltarte la tentación de responderme diciendo: «si a nadie le importa lo que el otro escribe, ¿cómo podríamos explicarnos la razón de ser de este libro?». Pero, por las vidas que hemos compartido a través del tiempo, sé también que entiendes el sentido.

Me gustaría empezar por ahí, con la idea del otro —también el del hijo y de la experiencia migratoria— por la situación que hoy vives en Alemania —aquí recuerdo bien incluso el día que tomaste la decisión de partir—, sin hablar una palabra del idioma local. ¿Cuánto creció el mundo desde que, por así decirlo, «volviste a tus orígenes»?

 

Eduardo acierta respecto de quien escribe, pero yo respondí pensando en quien lee. Vivimos una época muy particular, en que país por país se van enfrentando mitades de la población que parecen irreconciliables, alimentadas por contenidos que las confirman en sus cosmovisiones y las enojan con quienes no las comparten. Ante el nivel de fanatismo agresivo que domina el espacio social, siento que la literatura puede al fin ser útil. Siempre invita a pensar como otro, incluso cuando estamos de acuerdo de antemano, porque en la literatura no está en juego tanto el contenido como la forma del pensamiento.


            Qué placer y que inquietud acompañar maneras que desafían las propias. Tomemos, por ejemplo, la declaración de Eduardo. No dice «no importa lo que el otro escribe», dice «a nadie le importa», dándole una entidad y una agencia a aquel que rechaza la escritura del otro. Tampoco dice que no se escriba, sino que «nadie escribe». Efectivamente:

 

            ¡Soy Nadie! ¿Quién eres tú?

            ¿Eres — Nadie — También tú?

            ¡Entonces ya somos dos!

            ¡No lo digas! — sabes — ¡nos desterrarían!

 

            ¡Qué deprimente — ser — Alguien!

            Qué común — como una Rana —

            repetir el nombre propio —

            todo el santo junio —

            ¡a un Pantano que te admira!

 


concluyó Emily Dickinson en las palabras en que la tradujimos. Esta falta de importancia de la poesía sigue siendo liberadora. Como lo es el feminismo para los hombres que ya no están obligados a ser los únicos proveedores. Además, es una fuente de rebeldía, ¿no? Un fragmento de uno de mis poemas inéditos quizás recorra un camino paralelo:


 

            y no rendirle

            cuentas a nadie es la razón

            para escribirlas.


 

            Estas nociones revelan la asimetría histórica de la poesía entre lo mucho que nos importa a quienes la cultivamos y lo poco que pareciera importarle al mundo. La experiencia del migrante radicaliza esta sensación, sobre todo si implica otra lengua que no se domina. Ahí nada de lo que uno diga importa ya, se vuelve de veras ininteligible. Los demás se expresan en un ruido blanco y deja de estar disponible el relato que constituye quien uno cree que es. La identidad es un camino, sí, pero sobre todo un cuento, y es demoledor dejar de ser quien se creía. Es la consecuencia de dejar de pertenecer a una sociedad, desde sus núcleos más pequeños a los de los colegas, el país o la lengua. Mi caso tiene la complejidad adicional de que se suponía que yo volvía a mis orígenes, como bien dices, ¿pero cómo se vuelve a un lugar donde nunca se estuvo?



            Cuando tu oficio es cualquier otro que el lenguaje, me imagino que se puede pensar en este de manera funcional y tarde o temprano se aprende. En mi caso, se ha encarnado dudar de todo, incluso ahora que sé alemán; creía que era inteligente y solo era elocuente. ¿No es la elocuencia el campo de la poesía? Ahora me doy cuenta que los días completos en museos de pueblos perdidos de este país, que es un bosque, así como los conciertos luego de conciertos buscaban en esos lenguajes, pictórico y musical, la comprensión y acogida que las palabras no podían darme. Algo se desnaturalizó entre la cabeza y la boca, la boca y la mano. Ahora incluso en castellano se me interpone la función sintáctica de la palabra. Esto no puede sino ser bueno para la poesía, me digo, pero no así para la persona en su entorno: cualquier conclusión a la que llego me parece sostenida sobre una cuerda floja.


            Quizás no sea más que el postergado arribo de la adultez; debería haberme pasado hace rato, pero ya no puede postergarse más cuando «el mundo es ancho y ajeno» y, sobre todo, indiferente. Damos por sentada la presencia de una comunidad hasta que ya no está ahí, pese a que he ahondado la relación con los escritores amigos repartidos por el mundo. Como si a ellos me hubiera acercado, que es lo que sucede respecto de cualquier cosa cuando se sale de Chile. La causa de mi desarraigo da cuenta de cómo el lenguaje no basta, entonces me he puesto a pensar en cómo puede escribirse una literatura en que los efectos antecedan a las causas. Me refiero menos a una trama en reversa como la de Martin Amis en Time's Arrow que a una poesía de celebración, una que asume el presente como causa de haber sobrevivido.


            En un contexto en el que cada palabra es el otro, en que lo propio también se vuelve otro hasta desaparecer, la corroboración del hijo es brutal. Es y no es uno, aparte del motivo para estar acá. El efecto soy yo, que aprendo de él. Está empezando a leer y tiemblo porque se acaba su relación exclusivamente oral con las palabras, esa música que le permitía corregirme la pronunciación sin que mediara la semejanza de las letras. En Chile llamamos «transmitir» a cuando los niños hablan por hablar. Es una delicia escuchar ese ejercicio poético que sucede en paralelo al juego que llevan a cabo sus manos. La asociación libre de sonidos e ideas sin pensar en el otro al que no le importan, ¡porque al niño no le importa el qué dirán! No seré el primero ni el último en vincular niñez y poesía. Acompañar su pensamiento es recordar el propio. El parecido es insoportable y, sin embargo, se soporta con rimas y juegos de palabras, con la levedad de lo que inventamos.


            Mi cotidiano sucede en tres idiomas que se contaminan entre sí, con la poesía como resistencia de cierta cadencia, como traducción del impacto. El mundo creció y yo me achiqué.



 

En las vidas en las que nos conocimos —me gusta la frase, da incluso para ser el título de una producción de Netflix—, siempre tuve la impresión de que tú abordas las exigencias que puede traer consigo un texto con la misma impresión que tendría el Hombre de las Cuevas de Altamira si oyera a nuestros contemporáneos hablar de «géneros literarios». Desde tu experiencia, ¿la exigencia de un género nos «subordina a un estilo»?, ¿cómo así?

 

Creo que el material dicta su forma, el problema es que lo hace susurrando y uno suele hablar más fuerte de lo que debería. Hay algún momento en la escritura en que se impone el silencio y el poema empieza a abrir su cauce hacia lo que quería decir, ¡sin perjuicio del autor! Recuérdame decirlo en la serie de Netflix que tenderá a resaltarnos como protagonistas, porque no sabrán cómo enfocar al lenguaje. Quizás sí al que habla por nosotros en los lugares comunes, pero no al que aparece una vez que contuvimos lo que ya estaba dicho mil veces.


            Josefina Ludmer escribió sobre la pérdida de autonomía del género literario en esta época. Como en Alemania sí existe un mercado lector, tienen que poner «Roman», novela, en la portada, para el mestizaje de formas a las que estamos acostumbrados. Tus libros, Maurizio, tienen escenas, personajes, trama. Son tan novelas como poesía experimental, por oposición al género como categoría comercial que determina un escaparate. Solo esa categoría lo subordina a un estilo, que es más bien su falta, el del relato que informa el tema sobre el cual la gente tendría una curiosidad momentánea.


            Valoro y cultivo toda clase de híbridos poéticos, pero a la vez creo en las reglas. Cuando constriñes un flujo, ya sea temática o formalmente —con el metro, por ejemplo—, ayudas a que una libertad prerracional se entrometa. Empiezas a perder el control, que es uno de los placeres que más le agradezco a la poesía. El poema era tuyo, pero ahora manda, como el hijo. También con él se pone mejor la cosa cuando le saca la vuelta a las reglas, desde dentro de ellas.

            Tu ejemplo me hace pensar en el desafío para Werner Herzog ante el centenar de pinturas hechas hace treinta mil años en las cuevas de Chauvet. ¿Cómo se canaliza esa historia? Él opta por comentar lo que los expertos van respondiendo y se permite largas tomas por los dibujos para que nosotros mismos nos vayamos emocionando. Más que en géneros yo creo en ciertas pulsiones entre contar y cantar. El ritmo tiene sus razones y estoy más satisfecho con las ideas que se me ocurrieron al pasar a verso Una poética por otros medios que con aquellas que tenía de antemano y provocaron el ensayo.


            «Muchas veces he pensado que la diferencia tal vez no sea de grado, sino de orden», escribió tu compatriota Eduardo Chirinos. «La prosa empieza siempre con alguna idea, a esa idea le siguen palabras, y a esas palabras —si tienen suerte— una música. La poesía, en cambio, empieza con una música, a esa música le siguen palabras, y a esas palabras una idea. Para algunos la idea es opcional». A mí me gustaría considerarme entre ellos. Creo que es una garantía, de doble filo, por cierto, haber escrito desde muy joven lo que me afectaba. Cargaba libretas llenas de notas que no iban a ninguna parte y que de allá volvían, como Rascacielos recorriendo en las voces de otros, justamente, lo que el previo Atar las naves denunciaba como un encierro en la música de una sola ciudad. Hay momentos en Rascacielos tanto más narrativos que en mi novela Las bolsas de basura, que es primero una respuesta a un poema de Marcela Parra y cuyo material de perros atropellados llamó al detalle con que lo relataría un taxidermista.

 

Hablar contigo del Otro va más allá de la circunstancia alemana. Yo agregaría «del Otro y su tradición». Tu caso es particular: en el 22 publicaste junto a Kozer el libro Variaciones de un día (Provincianos Editores), amén de ello has traducido a Bernstein considerando la amistad que se puso, y se pone, en juego, y hay más ejemplos de cómo pudiste vivir la experiencia de la alteridad —pero me da pereza inventariarlos. A lo que voy, Enrique, ¿el presente es otra galaxia con respecto a la tradición que representaban los autores con los que has «trabajado»? ¿Crees que las poéticas de antaño han perdido su vigencia? Si no fuera así —retomando el asunto de las poéticas domesticadas— ¿cómo nos explicamos su apogeo?

 

Como la música que antecede a la idea, tanto con Charles como con José fueron primero sus poemas que la amistad. A Kozer lo publicamos en Ediciones del Temple el 2007, la iniciativa fue de David Bustos. Yo recién me había mudado a Valparaíso, tenía veinticuatro años y no volví a verlo hasta el 2012, en una clase que él dio en Nueva York. Le hice una pregunta y me reconoció: «tú eres el chico de la editorial chilena, aún me deben cincuenta dólares». Espero que no sienta que el libro en conjunto generó una nueva deuda, porque surgió generosamente de su parte. Le comenté en broma que el embarazo me tenía como él, escribiendo poemas a diario, luego de años concentrado en la prosa investigativa de Sobre nosotros callaremos. Me pidió que se los fuera enviando y la mezcla con los suyos constituyó el antídoto para la pandemia, tanto en él que miraba su vida hacia atrás como en la de mi hijo que empezaba a vivirla. Llegué a describir el parto mientras buscaba el formato horizontal de mis poemas, especie de glosa para la verticalidad que ya había encontrado José, reescribiendo su obra desde allí.

            A veces recuerdo el proceso de traducción de Bernstein con incredulidad. Fueron solo dos quincenas del verano de 2013 en que me apropié de todos sus procedimientos, tratando de ser él en castellano. Cada tanto vuelve a suceder en mis talleres: una pregunta tras otra encuentra en sus citas la respuesta. Asumo que antes, cuando estaba trabajando en sus obras, lo que me brindaba era las preguntas. Es el caso de Aria Aber, que cotraduje con Catalina Ponce. Una poeta de ascendencia afgana, criada en Alemania y que escribe en Estados Unidos, tanto más parecida a quienes hoy me rodean en Colonia. Se acaba de ir a imprenta mi traducción de Lorine Niedecker, una objetivista de lo rural, un poco como lo que hizo con la vanguardia Vallejo, guardando las proporciones. La llevan a su entorno y la devuelven transfigurada.

            Efectivamente el presente me parece otra galaxia. Creo que la idea misma de tradición, como un devenir, se ha reducido a la pura actualidad. El aleph borgiano está aquí y toca escarbar entre los gestos de estos poetas la tierra que pueda dar algún fruto. Lo interesante es que ni el recuerdo ni el olvido son permanentes, cada tanto se dan las condiciones de legibilidad y después vuelven a perderse. Sofocles lo tenía claro:

 

            El tiempo continuo y sin medida

            saca a la luz las cosas ocultas y luego las encripta.

 

            Estos poetas ya se planteaban desde una ruptura con la tradición, la que a fuerza de repetirse genera su propia tradición de rupturas. No es un juego de palabras, sino la manera más efectiva de que la tradición mantenga su nivel, como argumentaba Clement Greenberg para el arte abstracto. Todo lo hecho alguna vez está disponible ahora, que la poesía se topa con callejones sin salida y se devuelve para intentarlo en el siguiente sin deshacerse de nada en su mochila, una mochila que imagino cada vez más liviana a medida que se carga de obras. Esa espontaneidad que llega luego de mucho trabajo.

            Lo que más observo son poéticas que en su momento de publicación no fueron del todo descifradas y que luego la época se encarga de adaptarse a ellas. Las sílabas sueltas de Soledad Fariña para que hablara el paisaje, las anécdotas de Rosabetty Muñoz para que lo hiciera el territorio. Desde orígenes más líricos o teóricos, Blanca Varela y Tamara Kamenszain respectivamente, llegaron a un pulimiento en que las cosas ya no intentaban más que ser ellas mismas en el poema. Qué me dices del lenguaje científico de Carlos Cociña, tanto más elocuente hoy que en los ochenta. Está lleno de estas reverberaciones.


            Derek Walcott, a quien no le domesticaron ni un pelo, solía reclamar su derecho antillano a escribir cantos épicos aunque en París estuvieran convencidos del posestructuralismo. Qué tengo que ver yo con eso, pareciera decir, y sirve para pensar la contemporaneidad, en que hay un apogeo de puntos de vista históricamente menos disponibles. Incluso el de la enamorada adolescente, por pensar en éxitos de ventas. Eso produce un desequilibrio interesante, porque lo domesticado en términos del lugar común del lenguaje, viene a influenciar las formas de la poesía tal como la inteligencia artificial, el algoritmo o el sinnúmero de nuevas fuentes informativas para el poema. Las estructuras de la narrativa de terror o de ciencia ficción se me aparecen ahora por todas partes. De estos engendros siempre surge algún detalle interesante, aunque no lo busquen conscientemente.


            Me gusta considerar que estos otros que mencionas entre quienes he traducido son en realidad mis maestros, a la manera medieval de entrar en sus talleres a desarrollar un oficio. Gracias por traerlos a esta conversación, porque el desarraigo me ha hecho pensar que no me arrimé a ningún árbol cuando debía, lo que me habría permitido pertenecer de la forma en que te respondía antes. Pero también hablaba de que Alemania es puro bosque. Tuve un par de maestros más en la poesía, con los talleres de Soledad Fariña a los dieciséis años y Floridor Pérez a los dieciocho, y en la narrativa con Sergio Chejfec a los treinta.

 

Siendo así —imagino que dirás que no, que no han perdido vigencia— ¿cómo rescatar aquello que en sí resultó indomesticable?

 

Lo que se rescata inevitablemente se domestica un poco. Si puedo enseñarlo, es porque ya tengo cómo interpretarlo en su circunstancia. Es como la pintura que entró al museo, pese a todo el placer de verla expuesta. Por más ayuda que reciba, al final el arte se salva solo, como los migrantes.

            ¿Qué es entonces lo que no se ha podido domesticar? ¡La poesía misma! Los maestros que te he nombrado, tú... y quizás yo, ahora que lo pienso, junto con quien haya leído esta entrevista hasta el final.

 


 

jueves, 30 de octubre de 2025

BACKSTAGE: VICTORIA GUERRERO: HAY QUE PENSAR LA POESÍA MÁS ALLÁ DE TÉRMINOS ESTÉTICOS. MAURIZIO MEDO

  


Leía el subtítulo en
Cuadernos de Quimioterapia titulado contra la poesía y esta “advertencia” me hizo retroceder por las páginas de tu obra poética hasta llegar a El mar, ese oscuro porvenir. ¿Cuánto de Victoria Guerrero se pone en juego?

En todo ese recorrido textual, mucho de mi yo está presente, de una tal “victoria guerrero”, que se ha ido haciendo, entretejiendo, a la medida de lo que se quiere decir, o, mejor dicho, lo que no se puede decir debido a las limitaciones del lenguaje. He hecho del cuerpo y de lo biográfico una textualidad que me es imprescindible para poder decir y construir una poética que vaya más allá de lo ya enunciado hasta ese momento dentro de la tradición, que no sé si lo he logrado, pero lo he intentado de corazón y con una cierta insatisfacción, que es casi con la que una nace en estas latitudes si se tiene un mínimo de conciencia de sí y de su entorno.

Como escribió Bernardo Soares –heterónimo del bien querido Pessoa y a quien cito en El mar…: “Para crear, me he destruido”.

De alguna manera, he diseccionado mi ser, porque entendí que solo incendiando la única posesión que tengo –mi cuerpo– podía construir un discurso poético, parapoético, metapoético –como quieras llamarlo– que podía ser usado como un arma de cuestionamiento, que, si bien en un principio fue meramente intuitivo, es obvio que ya en Ya nadie incendia el mundo no lo es.

Allí lo que hay es una gran alegoría de lo nacional, que L. F. Chueca ha leído bastante bien y que, por supuesto, he intentado reelaborarla desde una voz y un cuerpo femenino, desde aquellos cuerpos que han sido opacados constantemente.

Al mismo tiempo, la migración es una experiencia límite en muchos casos, más aún cuando, en este país, no existía para los miembros de nuestras generaciones ninguna expectativa de vida vivida sino era rozando con la muerte o la miseria de la sobrevivencia.

Todo eso también te lleva a extremar el lenguaje al punto que la vida misma entra, porque sientes que todo debe estar para poder darle un sentido a la reconstrucción de ese yo.

Es un mecanismo de doble vía: me expongo en el texto para poder reconstruirme en la vida.

El arte lo entiendo no en su función meramente estética, sino también política y de una mínima restitución simbólica de todo aquello que se nos demanda día a día. La poesía no sirve para nada, entendido esto, pasas al momento en que la poesía te da todo: caminos para enfrentarte, para aliviar, para hermanarte.

En la voz de aquella “vgp”, hay otros sujetos que están operando detrás de ella y quiero creer que, a su vez, cuando tengo el privilegio de que me lean, en ellos se está operando la misma disidencia y la misma hermandad, el mismo horror frente al poder y la lucha por una vida bien vivida.

¿La voluntad por construir la ficción desde la entraña (mientras se afirma y disuelve la biografía) podría ser el argumento del subtítulo contra la poesía?

Yo diría, más bien, que hay un hartazgo de poesía, en el sentido de que he llegado a palpar sus límites, debido a que la vida misma se nos presenta con tal violencia que seguir en pie de guerra, seguir hablando desde aquello que tú llamas “la entraña” ya no es posible, porque, en Cuadernos de quimioterapia, la guerra hay que pelearla en la vida misma, y la poesía es un lugar ya poco posible para entablar esa serie de disidencias. ¿La he jaqueado hasta el punto del bostezo?

Pero siempre “desde el piso de lo real” en donde las superficies son “reabsorbidas” a través de diferentes planos y niveles del habla.

He intentado expresar esta habla desde diversos niveles y, para ello, me he apropiado tanto de la técnica surrealista y del expresionismo como de citas y nombres que me ayudaran a construir el sentido de aquello que quería expresar.

Por allí escuché una crítica de que Berlin estaba lleno de citas y dónde estaba “mi poesía”, mi voz. Esto me provoca una media sonrisa, porque se trata de una estética del descubrimiento, pero no es un juego en el que expongo al lector a descubrir las citas –si las sabe, bien, puede ayudar; pero no es imprescindible–; me interesaba más lograr alcanzar el sentido, sin importar que fuera con palabras de otros, con lecturas mías, con prosa, con poesía, con una conversación callejera, etc.

Todo era material reciclable, los poetas los hacía míos en su sentido más personal y más amoroso: por fin, cada verso suyo era mío en mí, tal como siempre añoré.

De allí la construcción de estos niveles a los que aludes y, por supuesto, también estas ensoñaciones, que están emparentadas a cierto nivel de locura: la locura como parte de la vida –o de mi vida– y de la poesía.

En Cuadernos de quimioterapia, en la primera sección, Contra la poesía, escribes:

 

Estamos cansadas de tanta Poesía

Felizmente ya cerraste el pico

Ahora te haces pis

Te haces la valiente frente al público

Alguien tiene que decirlo y es verdad:

La poesía de mujeres es ridícula hasta el hartazgo

Telenovelesca como nuestras vidas

Dura penetrable penetrante

Los Poetas son melindrosos ante la poesía de mujeres

Sobre todo la que habla de penes y vaginas

¿Crees que, en determinado momento la ‘poesía de mujeres’, al menos en nuestro país, se banalizó hasta el punto de la ‘telenovela’, ¿por qué?

Lo que pienso es que lo que llamamos “poesía de mujeres” o el movimiento que dio paso a una voz femenina en la poesía peruana ha sido excesivamente criticado y, yo diría, casi repudiado por una buena parte de la crítica (la crítica en su sentido más amplio, no solo la especializada, sino de lectores en el pasado y aun en el presente: “los Poetas son melindrosos ante la poesía de mujeres”). Incluso, lo que ha logrado, a la larga, es unir a un grupo diferenciado de poetas que ahora casi nadie individualiza.

Obviamente, esto me toca en lo que me tiene que tocar: “he sido ungida como una niña” (CdQuimioterapia). Entonces, me incluyo también en la pregunta que planteas y en la cita misma. Es una pregunta sobre mi genealogía como escritora.

¿Pertenezco al grupo de la poesía escrita por mujeres?

En cierto sentido, sí y, en otro, no.

No puedo opinar sobre la poesía obviando el género del sujeto que escribe.

Me importan ciertas reivindicaciones desde el género y creo que a toda mujer deberían importarle y más en este país.

Esa también es otra lucha constante.

Así que preferí hacerla más explícita en este libro: ¿cuál es mi origen?, ¿con qué tradición conectarme?

Me conecto con Vallejo, con JRR, Apollinaire, y soy feliz, me emociono, verdaderamente, y luego leo a Ollé, a Eleonora Carrington, los diarios de Anaïs Nin, al primer Zurita, a Diego Maquieira, a Diamela, y me siento allí, estoy viva allí, con mis dudas y mi telenovela frente a una estética audaz, que intenta punzar un paradigma, que, en nuestro país, es altamente conservador.

Mi generación y las anteriores han –hemos– sido educadas para actuar como las heroínas de telenovelas, con llantos y cursilerías baratas, etc., y es una demanda que se nos hace y que se nos quita en determinados contextos.

Ahora, como mi generación llegó al mundo con la liberación de los años setenta, entonces, lo que hay en el mundo intelectual es esta disyuntiva constante entre ser una feminista educada –y que te miren con el rabillo del ojo– o creer en la pretendida igualdad entre el hombre y la mujer, pero cuando llegas a casa es donde las papas queman.

Es una cuestión bien compleja.

La escritura, el arte en general no puede eximirse de ese cuestionamiento.

En otro momento señalas: (Es verdad cada régimen posee su escritura) ¿Cómo sería el régimen poseído por tu escritura?

Esa frase es de Barthes y la cito porque me interesa indagar en el poder, es decir, cómo cada discurso de poder elige una escritura muy particular para transmitir, gobernar y controlar ámbitos políticos, estéticos e incluso muy privados, como los cuerpos mismos, y la manera en que los patologiza o los elimina cuando le son problemáticos.

En una fantasía megalómana de un régimen poseído por mi propia escritura, este sería un espacio liberado, despojado de tanta escritura insana y autoritaria (racismo, segregación, mezquindad, etc.), para dar paso a un régimen de la audacia creativa y la imperfección del cuestionador inteligente, apasionado.

Leí sobre las circunstancias que pudieron originar la idea para referirte a una quimioterapia (y toda la farmacopea que está alrededor de ella) pero no dejo de pensar que, al mismo tiempo cáncer y quimioterapia podrían estar constituyéndose en las metáforas-eje sobra las que giran el libro. Es decir, dos mascaradas dentro de esa poética que ‘testimonia sin metáforas’. ¿Te lo has planteado?

Hasta el momento no lo había pensado tan abiertamente, así como me lo planteas, pero un cierto camino hay, de hecho, en las citas que aluden directamente a esta demanda de “renovar la poesía” cuando sufre el embate de ese léxico farmacológico.

La poesía se muestra como un cuerpo abatido, que debe ser auscultado, irradiado, pero también le llevo su helado de chocolate, se lo come feliz y luego lo vomita. La poesía como una paciente enferma, un cuerpo femenino en crisis.

Esta idea me daba vueltas, pero es, a la vez, una gran y triste ironía, porque todo lo que implica el régimen con que se trata esta enfermedad constituye una real crueldad.

¿La poesía puede ser sometida a esta auscultación sin sufrir daños colaterales?

Creo que no, por eso prefiero el exceso o el silencio.

¿En nuestro país la “literatura” podría ser el cáncer de la poesía? Te lo pregunto en base a una conversación con Jerónimo Pimentel en la que declara: “La sensación que tengo como lector es que la poesía peruana está atrapada en su propia tradición y que no ha podido dar un salto cualitativo en por lo menos 40 años, cuando Hora Zero postula el poema integral”. Esto implica que para algunos creadores la poesía tal cual la entendemos es un espacio si bien libre, visitado y revisitado.

Si pensamos a la literatura en su sentido más tradicional y de inmanencia, sí.

Es un hecho que hay corsés que imposibilitan la ruptura, porque, particularmente en el Perú, hemos sido educados con el peso de la Tradición; por eso, más arriba te decía, que como escritora y como mujer es un papel que me cuestiona doblemente, pero también creo en las posibilidades de ese cuestionamiento, es decir, en la medida que nunca podremos pertenecer abiertamente, sin miramientos ni sospechas (ah, “es una poeta a tomar en cuenta”, “medio feminista”, “gorda, flaca, tonta”, etc.), al canon, es una ventaja de la que me he valido en los últimos diez años.

Me he sacudido del formalismo con que me eduqué en los años noventa, porque allí pesaba la tradición, la palabra exacta, etc. El canon es un referente más en la medida que me apropio de él en un sentido personal, de posesión de los versos y las palabras, es decir, para hacerlas mías, debo traficarlas. Pienso que es allí donde la poesía puede abrir una veta importante, un movimiento arriesgado en diálogo con otras tradiciones.

Hay que explorar otros lenguajes y otras tradiciones más allá de la cultura occidental, más allá de nuestra pequeñísima vida limensi.

Tampoco me gusta la idea de encasillar a un escritor en un “género literario”, eso me parece bastante conservador; a veces la situación te demanda otro tipo de escritura o escapar de un formato.

Por otro lado, creo que debemos dejar de pensar en términos solamente estéticos el por qué, desde mediados de los ochenta, la poesía peruana da vueltas sobre sí misma –si es que esta afirmación es válida, otros podrían decir que se trata de otro momento–.

Debemos pensar en términos políticos y económicos también, es decir, cómo la violencia y luego la dictadura fustigaron y estigmatizaron todo espacio de cultura hasta arrinconarla.

En ese camino, ¿por qué la crítica no se adaptó a los nuevos tiempos? No creo que sea la única tradición que esté en crisis. La posmodernidad, además, es un discurso que ha puesto en jaque muchas poéticas (y el arte en general), puesto que ya no es posible “matar al padre”.

Entonces, ¿cómo vas a refundar sobre aquello que no puedes matar, pero tampoco te identificas plenamente?

Solamente puedes hacerlo a partir de la exploración y la reconstrucción de cuerpos (textos) incompletos, mutilados, pero siempre deseantes.

Ojo, no digo que la escritura de una mujer sea una respuesta (no creo en purismos a partir del sexo, creo en el posicionamiento de los sujetos), lo que afirmo es que una escritura disidente sí lo puede ser.

 

 

 

viernes, 10 de octubre de 2025

¿PRIMICIA?: RAÚL ZURITA: «LA POESÍA ESPAÑOLA PARA MÍ SE LLAMA ANTONIO GAMONEDA»

 


Esta entrevista debió aparecer en el libro Backstage. 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea (2017). Recuerdo que, en algún momento debí elegir entre su aparición o la crónica ZURITA la misma que inicialmente pensé en titularla Zurita; ácido en los ojos, tal como apareció en VALLEJO & CO[1]. Dado que, en determinado momento, decidí desaparecer todo lo publicado durante la primera etapa de Transtierros —cosas de croata— creo, me parece, que esta conversación con Zurita quedó suspendida en el aire, ¿tendría entonces que llamarla primicia
? No lo sé. La amistad no resiste ciertas categorías que funcionan sólo en el periodismo. 


Nos conocemos, y bien, hace una caterva de años –eso hace mucho más difícil el plantearte esta entrevista. Sin embargo, quisiera empezar con una confesión: una de las cosas que aprendí de ti fue la de “asumir” –no sé si utilizar el verbo “enfrentar”-el libro como una anécdota, la cual aparece en alguna parte del camino, tenemos que recorrerlo para sostener nuestra escritura. Ahora, con los años transcurridos, ¿qué cambió en lo que pudo escribir ese Zurita de «El sermón de la montaña», me parece recordar que fue en los 70, ¿a lo que escribe Raúl Zurita hoy?

Maurizio querido, me alegra retomar la conversación. “El sermón de la montaña” lo escribí en 1969, tenía 19 años, estudiaba ingeniería, aún Salvador Allende no era el presidente de Chile. Yo venía escribiendo desde el colegio y me importaba, me importaba cada vez más. Me desesperaba no lograr un tono, eso que se llama “una voz propia”, hoy creo que no hay nada que sea menos propio que la famosa voz propia, pero entonces eso me tenía muy angustiado. “El sermón de la montaña” fue lo que me liberó de esa angustia, pero por razones equivocadas, la voz propia es siempre una voz comunitaria, histórica, y en ese primer poema lo que hablaba era el presentimiento de la dictadura que vendría tres años después.

Con respecto a ese Zurita, tengo la sensación de que es un libro que toca una época y un mundo y que, a propósito de un atardecer, una noche y un amanecer, congrega todas las voces de quienes han visto un amanecer y vieron que ese amanecer era más oscuro que la noche. Son múltiples voces, pero le faltó una y por eso es un libro para siempre inconcluso: le faltó la voz de este tal Zurita. Pero es el precio insalvable de todo poema, en él habla todo, incluso lo no humano; el viento, el mar, la lluvia, menos la voz de quien escribe el poema. Si estuviera en Zurita la voz del que escribe, no sería un libro sino yo mismo. Es una paradoja, la vida es igual al poema sin ese poema.

¿Qué retos has debido enfrentar, cuáles resultaron los más difíciles, para sostener tu proyecto de escritura?

Lo más difícil no ha sido empezar ni terminar algo, me refiero a libros como Anteparaíso, INRI, La Vida Nueva, sino el naufragio que te espera en el medio, cuando ya te alejaste demasiado de la playa como para poder devolverte y estás muy lejos de la otra orilla para alcanzarla.

Creo que uno de los más complejos fue el surgido en tu relación con Chile, en cuanto a la recepción y significación de tu obra, por muchos años, es una impresión, me parece que tu obra hubiera sido silenciada por ciertos sectores críticos y, habría que decirlo, también en la falta de reconocimiento en el trabajo (el asalariado), entre otras cuestiones, ¿me equivoco?

Sí, fui marginado, silenciado, caricaturizado, tergiversado, ninguneado, y cientos de otros “ados”, lo usual cuando aparece en la bandada un pájaro con otro plumaje, no es más que eso y por favor no veas presunción en lo que digo, la bandada vuela con viento en contra, es pequeña y se concede a sí misma mucha más importancia de la que realmente tiene.

Ese “chaqueteo”, de alguna manera, siempre “utilizó”, quiso valerse, de Lihn, poeta que te abre las puertas de Editorial Universitaria, pero con quien, después, se generan una serie de desencuentros y tensiones –por diversas circunstancias. Finalmente, ¿te has reconciliado con la imagen que guardabas de Lihn?

Lihn hizo por mí lo que no hizo por ningún otro poeta joven, hizo que publicaran Purgatorio. Ese solo hecho desmiente las diferencias, ninguneos y tensiones que vinieron después. Mientras él decía que yo era bueno estuvo todo bien, el problema comenzó cuando lo empezaron a decir otros.  Una idiotez porque él era bastabte mayor que yo. Ahora me parece algo tan insignificante todo eso. Él me ayudó, después me odió, pero creo que yo también me hubiera odiado de verme, yo era jodido y él era un neurótico que esperaba que le rindiese pleitesía, pero yo no se la rendi porque no lo admiraba. Además, el primer deber moral de todo poeta joven es morder la mano que te da de comer. No, ese es un chiste mío. No me hagas caso, me estoy haciendo el malo, es que me acordé de Bolaño. Es un buen poeta Enrique Lihn, qué me costaba haberlo admirado.

Algunos historiadores podrían adjudicarle a Lihn el hecho de ser quien te descubrió. Yo no lo creo así. Más bien, estoy pensándolo ahora mientras escribo, creo que ese título podría corresponderle a Don Nicanor. ¿Has hablado con él después de haber recibido el Neruda?

No, no he hablado con Nicanor, es la persona más creativa e inteligente que yo he conocido en mi vida, va cumplir 102 años y baila mejor que todos nosotros. No lo voy a ver porque es demasiado joven para mí.

Cuando recibiste el Premio declaraste: "Recibo este premio con mi pensamiento puesto en los jóvenes". En buena parte de los años 2000, los poetas “jóvenes de aquel entonces”, se convirtieron en algunos de tus principales interlocutores, yo lo sé –otra cosa que pude aprender gracias a nuestra amistad fue confiar, antes que nadie en ellos. Pero pasó el tiempo, Raúl, y esos jóvenes ya no lo son tanto,  ¿continuaste manteniendo ese vínculo con los más chiquillos? ¿Por qué?

Porque están viendo. Hay dos nuevos poetas: Eugenio Castillo: Tachar donde dice Beatriz, Milagros Ábalos: Esto es, son notables. Fui a la presentación de Estos es, antes había ido a la presentación de Eugenio Castillo, son poetas que no leen, sino que recitan de memoria, como los rusos, son impresionantes, siempre he creído que la poesía debe resistir todos los niveles de lectura, desde el ojeo que le da un distraído lector en el estante de la librería, hasta la lectura a viva voz. En todos los niveles debe emocionar.

Respecto a los ya no tan jóvenes, ellos lo siguen siendo en la poesía; Héctor Hernández Montecinos es, después de Parra, la persona más pasmosamente creativa con la que me he topado y su obra a los 35 años es torrencial, inmensa. Él es una máquina textual donde todo nace, muere, se renueva.

Al frente, en la orilla opuesta, está Rafael Rubio, el reinventa la poesía del siglo de oro y hace del pasado de la poesía su futuro. Sus últimos libros , Luz rabiosa y Mala siembra son desmembradores, de una fuerza y potencia que hacen de él uno de los grandes poetas de hoy.

Hernández es lo más cercano a un genio y Rubio es lo más cercano a la perfección, un poeta de otro planeta.

¿Qué es mejor? ¿ser un genio o un poeta extraordinario? No lo sé, los conozco desde niños y los quiero a ambos. Pero me he referido solo a los chilenos y es reductor. En Latinoamérica ha emergido una nueva gran poesía.


Estoy recordando dos momentos. Hay uno en el cual conversando me dices: “yo soy un poeta visual”; en el otro, que se divide en dos escenas (una, cuando revisábamos la edición de El hábito elemental; otra, cuando discutíamos si publicar o no la imagen de Mapplethorpe  en Los países muertos) en la que reconoces: “no me gustan las fotografías en un libro de poemas”.

Entonces, me pregunto, ¿cómo diseñar la imagen desde tu perspectiva, que sí, estoy de acuerdo, podría ser la de un poeta visual?

No soy un poeta visual Maurizio. Amo a Augusto de Campos, y admiro lo que hace, pero yo no soy un concretista.  No lo soy porque no son concretos, si lo fueran sus poemas estarían instalados sobre las cumbres de Los Andes, no sobre la página de un libro. Una vez se lo quise decir a Haroldo de Campos, pero era alguien tan bondadoso y absolutamente amable y encantador que no se lo dije. Para qué.

En ese diseño estructurado lo que yo noto es una concepción de la poesía que se resiste a constituir un objeto puramente lingüístico, sino que, desde él, surgen una serie de vasos comunicantes, ora con las artes plásticas, ora con la música, ora con la cotidianidad y también con lo político –algo ineludible por tu biografía. ¿Eres consciente que tu poesía tiene mucho de la estructura propia de un assemblage?

De una instalación. Creo que eso es tal vez lo más cercano.

¿Podríamos decir lo “escrito en el papel” va más allá, mucho más allá de lo literario?

Sí.

Te lo pregunto pues esa fascinación por lo visual es algo que parece volver a reunirte con dos compañeros de generación, Juan Luis Martínez y (especialmente en los últimos años) con Diego Maquieira.

Los admiro a ambos, Juan Luis fue importantísimo para mí, pero ellos se confinan con la página del libro. Ya ves que la palabra “admirar” es importante para mí; puedo amar algo que no admiro, pero no puedo sino admirar todo lo que amo.

Últimamente estás viajando mucho, varios meses en Boston, antes Londres, hace poco Madrid, si hasta los 2000 todavía se podía notar una diferencia en las texturas de lo que se escribía en España respecto al Sur de América, o viceversa, lo cual cortaba de plana todo diálogo, ¿crees que esto cambió?, ¿empezamos a conversar, sé que es paradójico lo que diré, a pesar de habernos disputado el idioma?

La poesía española para mí se llama Antonio Gamoneda. Con él un buen poeta sudamericano se entiende perfectamente. Allí se encuentran las dos orillas del idioma. Ahora, si eres español y no te apellidas Gamoneda, y si eres sudamericano, pero no eres un buen poeta sudamericano, mejor no intentar cruzar entre esas dos orillas, naufragarás sin remedio.

La última vez que estuviste en España justo yo conversaba con el poeta Ángel Cerviño quien me dice: “justo estoy frente a Zurita, es muy nervioso, casi como un joven poeta”. Y eso es verdad, creo que algo que te caracteriza –y que nos hace medio parientes. Me refiero a esa ansiedad por construir, por eso me doy la licencia de preguntarte, aunque bien podrías decirme: “descansar un poco”, ¿qué se viene ahora?

Te decía que en Latinoamérica ha emergido una gran poesía, posiblemente la última gran poesía del mundo, porque en muchas partes la poesía ya ha muerto, pero nadie la lee, nadie la mira. Es irremediable porque en la repartición de papeles de la tragedia terminal de nuestro del tiempo, a la poesía le tocó el papel de Casandra, es decir, estar condenada a saberlo todo, a adivinarlo todo, sin que nadie le crea.

Te digo esto Maurizio querido porque de pronto pareciera que es tan inútil todo y quisiera descansar un poco, de verdad. Al menos, tener un ensayo de descanso antes de entrar a las ligas mayores, antes de entrar al descanso general.

 



[1] Visible en: https://www.vallejoandcompany.com/2014/03/06/zurita-acido-en-los-ojos/