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viernes, 2 de enero de 2026

NICK CAVE. LA CANCIÓN DE LA BOLSA PARA EL MAREO. TRAD. MARIANO PEYROU

 



Nick Cave, nacido en 1957 en Warracknabeal, Australia, es ese espécimen de músico que parece haber nacido con un cuaderno de poemas en una mano y un cuchillo metafórico en la otra, listo para desgarrar el alma del mundo con voz grave y teatralidad shakesperiana; líder de los Bad Seeds, su obra transita entre el gospel demoníaco, el noir literario y la épica trágica, como si Edgar Allan Poe hubiera decidido encarnar en un hombre que canta sobre amores perdidos, asesinatos simbólicos y crímenes de conciencia, todo mientras se pasea con chaqueta negra y sombrero de elegancia apocalíptica; Cave no es solo músico sino un arquitecto de atmósferas, un demiurgo que combina la violencia del blues con la solemnidad de los himnos cristianos, recordándonos que la melancolía puede ser católica y el desamor un sacramento laico. Su talento literario no se queda en la lírica: The Death of Bunny Munro y And the Ass Saw the Angel revelan a un narrador que entiende la Biblia, el noir estadounidense y la literatura gótica como un brunch dominical en el Infierno, servido con sarcasmo y té negro; y si su nombre aparece ligado a colaboraciones cinematográficas con Iain Softley o John Hillcoat, es porque Cave entiende que la imagen y el sonido son extensiones de su verbo oscuro, una mise en abyme de la tragedia moderna, donde cada acorde parece ensayar el Juicio Final y cada palabra canta como si el propio Dante hubiera decidido tocar bajo un neón en Brighton. Socarrón, teatral y siempre al filo entre lo solemne y lo ridículo, Cave nos recuerda que la elegancia oscura es una forma de resistencia y que la poesía puede sangrar con glamour mientras el mundo sigue caminando como si nada; y allí está él, con su piano, su voz cavernosa y su lirismo apocalíptico, como un alquimista de la desesperación que hace del dolor un espectáculo elegante, y de la literatura y la música, un templo donde lo trágico y lo sublime se dan la mano en un vals eterno.

A continuación les presentamos unos textos del libro La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015), traducidos por Mariano Peyrou aquel curioso y venerable artífice de palabras que parece haber aprendido el arte de la poesía entre cafés humeantes, libros apilados en torres tambaleantes y papeles arrugados como pergaminos de alquimista olvidado un demiurgo que no se limita a trasladar vocablos sino que resucita la música secreta del texto la cadencia huidiza los silencios que se escapan entre signos y que el autor original dejó como migajas de pan para lectores perspicaces mientras lanza su ironía afectuosa a quienes piensan que traducir es oficio de monótonos escribas Peyrou combina erudición picardía y afecto esa mezcla rara en  la tradición literaria se pasea de la mano con guiños socarrones y donde cada línea traducida es acto de respeto juego y amor por la lengua porque sabe y lo hace saber con sutil desenfado que traducir no es transponer palabras sino acariciar custodiar y volver a nacer cada poema en otra lengua acto de devoción que exige escucha intuición y valor y así en este libro se deja entrever que el traductor es también lector y poeta capaz de guiar al lector por los vericuetos de lo dicho y lo sugerido de lo musical y lo silencioso y hacerlo con la sonrisa de quien conoce los secretos de la lengua la reverencia de quien ama los textos y el aplomo de quien sabe que la poesía manejada con cuidado y picardía es territorio tanto de juego como de afecto profundo donde la palabra puede ser daga abrazo y guiño simultáneamente y donde Peyrou con su talento y paciencia convierte cada poema en pequeño milagro de vida sonido y memoria asegurando que los versos lleguen intactos al lector y que el corazón además de la mente se deje seducir y sorprender y uno no puede menos que rendir homenaje a su labor porque si los poemas sobreviven si respiran hoy en la lengua de Cervantes y en los oídos de nuevos lectores es gracias a su celo amoroso su erudición socarrona y su afecto profundo hacia la palabra y el arte que nos recuerda que traducir es acto heroico y lúdico a la vez y que Mariano Peyrou merece que su nombre se pronuncie con admiración y una sonrisa cómplice cada vez que alguien lea y se deje hechizar por estos versos traducidos.






KANSAS CITY – MISSOURI

Soy un sistema nervioso que se alimenta de risas y fantasmas.
Los fantasmas aúllan a través de las palabras haciéndolas armonizar.
No tenía idea de que podía haber saboreado tu dulce aliento por última vez,
y cuando en casa pienso en ti, noto
en el pecho la breve expansión de un anhelo preocupado,
mientras cruzamos el límite estatal hacia Missouri
y estacionamos el autocar junto a la carretera y desembarcamos,
y en la pausada oscuridad llegamos a la pradera con su hierba baja
que nos roza el vientre como serpientes.

Representamos la matanza del bisonte por parte de William “Buffalo Bill” Cody,
y después la guerra contra los indios, incluida la Batalla de Coon Creek.
Y esa noche, en el Intercontinental de Kansas City,
trato de llamarte por el cable transatlántico de comunicaciones,
pero el teléfono se limita a sonar y a rimar,
así que dejo un mensaje oscuro y espectral
en nuestro contestador. Dice:

Eres el escultural bisonte que hay en la pradera de mi ausencia.
Eres la tristeza de Squanto al regresar a su hogar.
Eres la lágrima derramada en la manga de cuero sin curtir.
Levanta el teléfono.
Levanta el teléfono.
Yo soy la joroba despellejada que pinta la pradera de rojo.
Yo soy el tipo de las moscas. Yo soy el que se muere.
Yo soy el hombre que va de gira y se esconde.
Yo soy el que se casó y huyó.
Contesta el teléfono.
Contesta el teléfono.
Yo soy el muerto.

Después me tomo una pastilla y me meto en la cama.

 

*

Bajo las sábanas, me pongo la bolsa para el mareo al lado de la oreja y la agito. Oigo el tintineo de los símbolos de las nueve musas: la tablilla para escribir, el pergamino, la flauta, las flechas del amor, la máscara trágica, el arpa, la lira, la máscara cómica, el globo celeste y la brújula.

Oigo la sangre caliente de mi cuello que impregna la autopista mientras llamo a casa y tú no contestas.

Oigo el corazón terrible del niño apuntando hacia el tren que se acerca a toda velocidad.

Oigo a gente sin sangre susurrando, compadeciendo y conspirando. Reconozco las voces; son de colaboradores de un pasado lejano.

Mis nueve musas duermen tranquilas, sobre mi pecho, pues han concluido su trabajo de hoy.

Regulo mi respiración mientras los ángeles con las alas desplegadas me llevan.

En mi sueño, me transportan a través de un paisaje onírico norteamericano, delicado y violeta, una panorámica de solución y resolución, donde lo mejor que podemos hacer se nos revela sin ningún esfuerzo.

 

MILWAUKEE – WISCONSIN

 A la mañana siguiente vamos en el autocar hasta Milwaukee,

donde si no eres alemán es que eres polaco.
Al menos eso es lo que nos dice el tipo del restaurante Mader’s
mientras nos trae un pretzel grande como una cabeza humana cortada.

Después, en una noche lluviosa, corremos hasta el Hotel Intercontinental
con los chalecos antibalas de plástico azul puestos encima de la cabeza,
paso junto a los cazadores de autógrafos y ante el espejo del baño canto:

Cuando me pongo esta máscara, todas las chicas gritan.
En cambio, cuando me pongo esta otra, se ríen.
Cuando llego a Milwaukee con una pinta de nata,
meten la cabeza debajo de las sábanas.

Preparo cuidadosamente un engrudo en un recipiente y me pinto el pelo de negro,
de modo que cae como el ala de un cuervo, oscuro y brillante,
sobre mi frente, que tiene varios pisos. Me acerco y observo
los confusos cultivos circulares de mis ojos. En el derecho,
sobre lo azul, hay una pequeña decoloración marrón, y los blancos
están empezando a amarillear. Tengo una mancha en la sien izquierda.
Una araña vascular en la ventana derecha de la nariz. La luz del baño es brutal.
Cambio la posición de la cara para dejar de parecerme
A Kim Jong-un y empezar a parecerme un poco a Johnny Cash,
o a algún otro. ¡Espera! ¡Un minuto! ¡Ahí está! ¡Así!

*

En un estudio de Malibú, Johnny Cash se sentó y tocó una canción. Estaba parcialmente ciego y apenas podía caminar. Yo estaba allí. Vi a un hombre enfermo agarrar su instrumento y ponerse bien.

Por desgracia, también he visto lo contrario. Agarrar, agarrar, agarrar. He visto a hombres que estaban bien agarrar sus instrumentos y ponerse enfermos.

 

*

Resistir la necesidad de crear.
Resistir la creencia en el absurdo.
Resistir mediante la provocación.
Resistir mediante la enfermedad y la tristeza.
Resistir mediante la masturbación.
Resistir gracias a los libros de autoayuda.
Resistir gracias a hacer cosas por los demás.
Resistir gracias a compararse con los demás.
Resistir a través de la opiniones de los demás.

Éstos son Los nueve tormentos del desarrollo. Viven en la sangre y en la piel y en los nervios. Están tan presentes en nuestros progresos, y resultan tan catastróficos para ellos, como un tren fuera de control que avanzara tronando hacia nosotros mientras nos quedamos paralizados de miedo en las vías.

Las entrañas supurantes de mi bolsa para el mareo diseminan barras y estrellas
sobre el suelo de serrín de los Estados Unidos. Pero ¡escucha!
¿Qué es ese dulce aliento que noto en la oreja?
Son las musas y Johnny Cash que nos van soplando mientras avanzamos.




MINNEAPOLIS – MINNESOTA

Estoy vomitando los mejillones y el pretzel de Milwaukee en un callejón
detrás del Teatro Estatal de Minneapolis (Minnesota).
Minneapolis, con sus razonables pasarelas peatonales que te protegen de las inclemencias del tiempo,
y el Teatro Estatal, una versión libre del estilo renacentista italiano,
con su proscenio restaurado curvándose treinta metros por encima del escenario,
comprado por Live Nation en el año 2000
y vendido a Key Entertainment en el 2008.

Llegamos pronto, pero nos dan ganas de vomitar y salimos tarde.
Las muestras de cariño del púbico son asombrosas. “¡Mira!”.
¡Los cuerpos de la gente se están convirtiendo en pilotes de hormigón!
¡Sus brazos se extienden como las ramas letales de árboles a medio talar!
¡La música viene retumbando hacia nosotros por las vías!
Hemos vadeado a través de la sangre del búfalo
y de los guerreos cheyennes para estar con ustedes esta noche. “¡Mira!”.
Los pilotes de hormigón se están convirtiendo en columnas de luz.
Estoy como un perro despellejado sobre mis patas traseras y muestro
una amplia franja de piel húmeda y rosada. “¡Salten!”, digo,
sujetando torpemente mi bolsita de vómito. “¡Salten, cabronas!”.
Y todas las columnas de luz se agarran de la mano y, una por una, saltan dentro.

*

Esa noche, tarde, en el Grand Hotel, en el centro de Minneapolis,
agarro Las canciones del sueño, de John Berryman,
como un ladrón experto. Ralentizo el pulso de mi corazón
y pego la oreja a las dieciocho vías
de versos oscuros y vibrantes. Las tripas me rugen como un tren.
Lenta, pacientemente, voy apagando los interruptores y, aterrorizado
y cómodo, todo el mundo se desmorona. Bostezo.

Entonces sueño que voy hasta el puente de Washington Avenue,
donde el poeta debatió entre la sutil diferencia entre
volar y caer con la orilla, hermosa y cubierta de hierba, que tenía abajo.
Tienes que dar el primer paso tú solo;
un ángel fraudulento con unas alas de papel pegadas a la espalda, como una vela,
dijo: ¡tienes que dar el primer paso tú solo1 ¡Y, por la tanto, también el último!
Después empujó a John Berryman por encima de la barandilla.

Y mientras el poeta , que quedó como un acordeón, se ahogaba en la hierba,
Llego al cuarto verso de “La canción del sueño 54” como un tren fuera de control:
“Me apoyo en la costosa cama y pienso en mi mujer”
y me despierto con una urgencia, con una necesidad imperiosa
y llamo, llamo, llamo a mi mujer. “¡No saltes! ¡Por Dios! ¡Cariño, no saltes! ¡Levanta el teléfono!”.
Mientras, recuerdo, en los escalones de nuestra casa,
su mirada al despedirme, húmeda, inestable, que decía ay, ay, ay,
no te vayas. No vayas. Quédate en casa.

*

La canción de la bolsa para el mareo es las sobras.
La canción de la bolsa para el mareo es las peladuras.
La canción de la bolsa para el mareo es las virutas.
La canción de la bolsa para el mareo es los últimos vestigios.
La canción de la bolsa para el mareo es la bilis y las tripas.
La canción de la bolsa para el mareo es los restos y los residuos.
La canción de la bolsa para el mareo es la escoria y lo devuelto.
La canción de la bolsa para el mareo es la hez en el fondo del barril.
La canción de la bolsa para el mareo es lo rechazado, vomitado.

Para poder seguir avanzando y mañana saltar de otra manera.

 

 

 

La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015)

miércoles, 10 de diciembre de 2025

PRIMICIA: JUAN ANDRÉS GARCÍA ROMÁN. BIOLOGÍA DE LOS WINGDINGS

 



gregory crewdson



Azul nervioso Encargo del diario – “Son manantiales”El botón del pánico – Soplo inocente – Paz perpetua – Escritura disolvente – Garrapiñada – “I love you” – Man Vector SVG Icon (23) - SVG Repo, el homúnculo – “abba” – Titanic  Tenebrina – Manantial de Sant Hilari


No se está quieto el mar, me pone nervioso; el azul nervioso. Vista desde el mar, o visto el mar desde ella, la casa tiene el contorno de una cara y en el reparto me han tocado sus ojos; se los he abierto, los postigos, sólo un parpadeo, y los he vuelto a cerrar.

 

¿Las persianas de la Casa del Terror tienen el funcionamiento anélido de los esfínteres?


“Pero el zumbido del mar, sí”, me he explicado al teléfono. Eso sí, porque ocupa el tiempo, aunque no se le vea, como cuando la anécdota se pierde, pero se queda el dicho. Un día no nevará, no habrá nieve en toda la Tierra y, aun así, se dirá “efecto bola de nieve”.

 

Es una beca literaria que me ha sacado del piso de mi madre, en Granada, donde ahora vivo -odio los alquileres y el sueldo no me da para comprar-. Durante la cena, a un chiste le siguen, primero, una carcajada y luego, un silencio sepulcral.

 

Mi padre tenía un archivo mental con todo lo que le hacía gracia y se lo traía al presente cada vez que le apetecía reír, o cuando le contaban un chiste, porque sabía que no lo iba a pillar: él se echaba unas risas y nadie notaba la diferencia.


 

gregory crewdson



Más tarde, de madrugada, le vuelvo a abrir un ojo a la casa. La noche no desfigura la línea del horizonte; me la quedo mirando un rato y me acuesto sin deshacer la maleta.

 

Me aconseja mi terapeuta que tome notas, que lo que tengo que hacer este mes no es olvidar las memorias, sino recolocarlas. Como en la residencia también nos han encargado unas entradas de diario, he decidido entregar los mismos deberes.

 

Comienzo mis paseos, igual que siempre, a ultimísima hora de la tarde, inyectando tiempo al día en sus horas más bajas, un dopaje.

 

Los dos roces nerviosos del apósito etílico antes del pinchazo. Siempre dos, a veces tres. Si son cuatro, ¡trébol de cuatro hojas!

 

Supe que vendría aquí una tarde, la única tarde de lluvia en todo el otoño, una lluvia caliente, pesada, sobre la costra del nuevo desierto.

 

Tienen un “botón del pánico” asociado a una alarma por un cable bajo tierra. Han cubierto ese botón con el fondo recortado de una botella de plástico para evitar que se accione por accidente, como ya pasó una vez. El apaño, ¿un anticonceptivo?, genera todo un juego de seducción e inhibición. Miro el botón que no es rojo, pero que en mi cabeza sí es rojo.

 

Al regresar del paseo, casi a oscuras, distingo una ambulancia que aguarda frente una verja. Se la abren, ceremoniosamente. Conducen con cautela, las luces apagadas, el ruido de trituración de las piedrecillas bajo los neumáticos. Intentan que no se maree o fatigue alguien que viaja tumbado en su interior, el dueño o dueña del xanadú de al lado. Los efectos del traqueteo en quien sea: ojos apretados, bocanada de reflujo. Me pasa eso con los poemas que no termino. Ahora tengo esa imagen y no sé qué hacer: el gusano de seda lleva días traga que traga morera y está reventón; el niño, antes ilusionado, le ha tomado asco, quiere prenderle fuego a la caja.

 

Por eso no escribo. Cuando la metáfora está crecida, lista para ilustrar el caso, se zampa el caso. Es la escritura disolvente.

 

Planta suculenta, de hojas carnosas. En estas primeras noches frescas, su tacto es como dedos de los muertos.

 

Miro por la ventana, hoy sí. Cada célula o cuadrícula del paisaje está en movimiento.

 



gregory crewdson




Luego he bajado a recoger la ropa de la secadora. Una manga de la sudadera sale metida para dentro, una carterista; la carterista quiere robarme mi viejo soplo en el corazón. Recuerdo, de chico, la solemnidad de mi madre informando -“Le han detectado un soplo inocente”- y mi pecho lleno de una sustancia untosa: ventosas con cables azules y rojos coronadas por un pezón de metal.

 

Un cuello vuelto, la cabeza como un lirio en los días del colegio. Estar muy triste.

 

Cuando mi madre estaba en el hospital por su ictus en el cerebelo, decía ver “tallos de flores” o “chorros de flores” que se movían del suelo al techo o del techo al suelo. Eran rojos; hacía el gesto de atraparlos con las manos. 

 

“Manantiales”, decía también: “Son manantiales”.

 

Aún no alcancé a ver ningún animal salvaje a excepción de unas palomas comunes, aves que yo no diría dignas de un bosque; han escapado del truco de un mago o lanzador de cuchillos.

 

Los rostros de Washington, Jefferson, Lincoln o Roosevelt en el Monte Rushmore. Por cierto, que “rush”, mejor dicho, “rash”, significa urticaria. Es sólo el principio: la comezón de la naturaleza volviéndose conciencia, que decía Schelling. Todas las cimas de la Tierra formarán bustos de prohombres; en el fondo de los océanos ya burbujea el magma, puchero de bruja o acné.

 

Última hora de la tarde, la sombra de la abuela: “¡¡Pero qué grande está, adónde va a llegar la sombra de este niño!!”

 





gregory crewdson



Mi dormitorio ocupa la torre de la casa, de ahí que deambule la expresión “torre de marfil”. Como desaconsejan beber del grifo, se da cierto trasiego hasta la maquinita de agua de la cocina: “Manantial de Sant Hilari”. Subo las escaleras hasta mi cuarto, una mano en el pasamanos y la otra sosteniendo en el aire una historiada botella, ¿un conde? Por cierto, el conde fue a dar la luz en el botón del pánico, pero el apaño de plástico cumplió su cometido.

 

No deseo narrar mi vida, sino azuzar unas contra otras las palabras que la dicen, colisionar sus átomos y extraer una energía nuclear; no mi personalidad: mi espectro. Describir mi mente. Ésta es mi mente.

 

Mi hermano, no sé dónde, hace mucho tiempo: “Desde aquí, en días claros, se ve África”. En días claros, veías África y si te ponías de puntillas, la Antártida.

 

Hemos salido esta tarde a comprar medicinas y una bombilla. Es bonito y elegíaco este Palafrugell invernal. Por la calle de los comercios, varios niños felices con ese tipo de zapatillas que se iluminan al pisar. Las marcas caras no fabrican zapatillas con luces, pero una guerra mundial entre zapatillas con luces y zapatillas de marca la ganarían las zapatillas con luces. Por cierto, qué bueno el Third World Anthem de Jack DeJohnette.

 

La perra de la casa se llama Ploma, pluma en catalán, pero en castellano suena a plomo. De hecho, el animal tiene el color del plomo y eso genera un contraste muy estético, quizás intencional, con su juguete, un rombo naranja. Lo deposita junto a la mesa, quiere que alguien se lo lance, pero está todo babeado. Luego, comienza la conversación sobre libros y el almuerzo, la masticación, como le dice Michaël Ranft en De masticatione mortuorum in tumbae. Cuando terminamos, el rombo naranja está seco, en el mismo lugar: pobre Ploma.

 

Querría sacar el tema de Gaza, pero para qué; mi buenismo es feo. Me limito a postear fotos terribles en Instagram, la red social que empleo entre intermitencias. Si un día adviniera eso que Kant denominó Paz Perpetua, lo haría precedido de un relámpago, y seguido de un trueno. El milagro, yo creo en el milagro.

 

Días de viento endemoniado: la Tramontana. Un día leí algo sobre los efectos específicos del foehn en la conducta. Un viento que, cuando sopla, empuja a los ladrones como velas de un barco hasta el delito.

 

De nuevo, última hora de la tarde. Una mujer y su hijo mirando la puesta de sol; sus sombras caen como un ovillo al suelo, la sombra del hijo “cabe” la sombra de la mujer: aún no la dio a luz.

 

A veces me salta un relumbrón en el campo visual del ojo izquierdo. Un relámpago. Quizás es, ya, la Paz Perpetua.

 

Esta mañana me he despertado porque he sentido que me soplaban en la cara.

 

Merodea un vampiro tímido. Sus colmillos van dejando una señal como de enchufito en las sábanas, la almohada, el colchón: nunca en el cuello o la carne de nadie, y menos de una dama.  

 

¿Que qué es esto? Un diario íntimo, qué otra cosa podría ser. Pero algunos sentimientos requieren, para su expresión, la fundación de mundos. Visiones que son misiones, provincias de las misiones.

 

Miro el azul nervioso: al final, la casa se ha quedado con un ojo abierto y otro cerrado. ¿Dónde se represa la escritura autobiográfica? Si se dibuja una grieta sobre el fraguado de cemento, alguien tendrá que leer, en un castigo inquisitorial, todas mis nimiedades: villas y cultivos arrasados por mi grafomanía. Pero aún conservo el tapón, guardo bajo la manga el as de la escritura disolvente.

 

Imaginar la salud desde “la otra orilla” es buen remedio para la hipocondría: “Ya no me sale sangre, gracias a Dios”. Los fantasmitas se ponen en fila, a cada uno le da la madre su cucharada de Tenebrina.

 

Fin de semana y visita relámpago a Madrid para presentar Carocas, una plaquette. Por todos lados, banderas rojo y gualda y voces contra la “amnistía” al procés. Los españoles más españoles tienen cara de ahorcado, ancho el occipital, la barbilla estrecha y, en la boca, igual que una garrapiñada, la palabra “cojones”.

 

Acababan de lavar la gran bandera; el olor a detergente por todo el bulevar.

 

A veces, suministro una información importante seguida de una chifladura. También en Instagram los selfies están barajados entre mares, cielos, montañas y algún comodín. Vídeo de un perro que dice claramente “I love you”.

 

Se podría fabricar un poema con un verso bueno y otro malo, uno bueno y otro malo, según el esquema “abab”, o “abba”.

 


gregory crewdson

Los peces como ojos pintados en el mar, pintados al modo de las mujeres en los setenta. Mi madre tenía un colorete con brillo de pescado.

 

 

De repente, se dibuja una mancha blanca en el horizonte y se va aproximando a lo largo de la tarde. Amarran el Titanic con el hilo de una bolsita de té.

 

Mi madre se mudó con sus hermanas al salir del hospital. Mi asueto está por terminarse; pronto volveré al piso que ahora habito solo. La presencia de un gato sólo rasguña la soledad; la de una cucaracha la dimensiona.

 

En dos o tres noches de insomnio me he deslizado descalzo a la cocina y me he dado un atracón. La panificadora eucarística, el tempo del lavavajillas, la lavadora que termina su programa con un alegre soniquete -¡el mismo que en casa de Kay!-, los colores de los pilotitos leds variados como peces potenciales -naranja, verde, azul-. Todo está listo para la mañana que yo pasaré durmiendo. Un cuerpo dormido junto a su cuerpo, el ancla del sonámbulo, el ancla que no tiene.

 

Nadie me ama. Soy libre.

 

En lo sucesivo y debido a que las recientes efusiones amenazan con resquebrajar la presa autobiográfica, la palabra yo será sustituida por Man Vector SVG Icon (23) - SVG Repo. Siempre quise adoptar un homúnculo.

 

El rayo láser, ¿una flor del futuro?

 

Las hojas otoñales de un mundo “A” caen anualmente sobre otro mundo “B”. Todos los años lo cubren, pese a que el mundo “B” en sí mismo es un desierto.

 

Proyectamos muchas sombras, no una sola; perros que paseamos sin cadena. A veces se generan celeras entre mis sombras; a la sombra nítida que “vive” sobre paredes blancas le hace bullying el resto del clan, le dicen “la del chalé”: Camí del Xalets, ahí es donde está la casa, ¿estaba?, frente al azul nervioso.

 

En el transcurso de estos treinta días, cambió y se sofisticó el logo de las garrafas que alimentan la máquina del agua. Las letras azules de “Manantial de Sant Hilari” vienen ahora sobre un fondo blanco y orladas de amarillo. Notable es que eso a Man Vector SVG Icon (23) - SVG Repo le parezca notable.

 

Man Vector SVG Icon (23) - SVG Repo le cierra los ojos a la casa, tropieza con la maleta cargada por las escaleras, lanza un brazo, pulsa el botón del pánico con la mente.


 

En Mecina IV – “Gurr, gurr” – Síndrome del controlador – La Protosensación – Yoga Iyengar – Quien tiene un grifo que gotea tiene un amigo – Dados de regeneración – “Método Melbourne” – Requeté – “La rabia de la expresión” – “¡¡Hemos tenido gemelooos!!” –  Toque de corneta – Dos pavos – ¡Adiós, DNI!

 

 

gregory crewdson

 

Se dio un Big Bang en el espacio y lo echaron en la Sala Pléroma o en el Cine Conciencia. ¿O un Big Bang de la conciencia dio cuerda, para no aburrirse, a un Big Bang en el espacio? ¿Y los dos Big Bangs cayeron al lenguaje autobiográfico? El huevo, la gallina y la pistola y…

 

Enrique, el dueño de la copistería, me pregunta si me interesa una fotocopiadora grande, Canon, que le sobra. Nadie tiene un aparato así en casa, pero justo por eso. Al final es un robot, tovarish de R2D2. Encima puede grapar, y las fotocopiadoras ponen las grapas muy bien.

 

Realidad crea conciencia y conciencia crea realidad, siempre en presente. ¿Una serpiente en forma de equis? ¿Un radiador? No hay muchos misterios: un solo misterio.

 

Dos gusanos que se encuentran dentro de una manzana se dicen: “Gurr, gurr”.

 

Alguien en HelloTalk: “¿Cómo dormiste?” Yo: “No he dormido, sólo he dado vueltas en la cama”. Alguien: “Oh, pues acuesta (sic) pronto hoy. ¿Qué te pasa?, ¿qué pensabas?, ¿¿pensaste??” Yo: “Todo, eso es lo malo, lo he pensado TODO”.

 

Cada una de las variables que aquí me han traído y de aquí me van a llevar, interacciones pasadas, futuras o hipotéticas; lo que vendrá y lo que no, pero también cuentas, números, mecanismos, por ejemplo el portal de Laura y la manivela que se abría girándola a la derecha, el infinito. A veces me digo: soy el único insomne de la Tierra, en este instante la conciencia no tiene más generadores que mi cerebro; si me quedo dormido, el espejo se raja.

 

Los restos de aquella imaginación del mundo o alma del mundo de los románticos, pero desahuciados: puros juegos mentales y un síndrome del controlador. Para saber si dos llaves son la misma, no las coloco una encima de la otra manualmente; las observo una a una, las memorizo y determino si lo son.

 

“Un paso al lado para dar un paso al frente”, “un paso atrás para dar dos adelante”, “un paso pequeño para un hombre, pero grande para la humanidad”, etc. En el yoga Iyengar usan ladrillos, ganchos, cuerdas, pesas. ¡Y Kafka! Qué mal describe Kafka los gestos humanos, los movimientos… Siempre quise confeccionar un manual de gimnasia con los gestos más ortopédicos de K. y de sus colegas.

 

Sigue goteando el grifo. Quien tiene un grifo que gotea tiene un tesoro.

 

La imagen u holograma de la luna reproducida y precipitándose millones o billones de veces: una tormenta, granizadas plasmático-electrónicas.

 

He buscado usuarios de Alaska en HelloTalk y les he escrito. Sin respuesta.


 

gregory crewdson



Hay días de músicas y días de himnos. ¿Yo seré uno de esos locos que andan por la calle y se suben al autobús con un radiocasete al hombro? En mi caso, la radio roja.

 

En algunas grabaciones históricas al aire libre, cuando se hace el silencio, se oye el viento. Es un viento de hace un siglo en la Tierra, un fósil. Hoy alcanzamos el Ocaso de los dioses en mi Festival de Bayreuth unipersonal. No existe en todo el mundo un teatro de la ópera con una sola silla. No lo mandaron construir Luis II de Baviera ni el danzarín Luis XIV.

 

De bebé tenía un pijama de cochecitos y, si me sentía solo, los cochecitos se echaban todos a andar como cucarachas cuando se enciende la luz.

 

Todas las sensaciones tienen puntos de encuentro, remanecen de la Protosensación. ¿Y las sensaciones negativas se derivaron de las positivas, por degeneración, por perversión?

 

¿Quien tiene un grifo que gotea tiene un amigo?

 

En uno de mis poemas favoritos, Hafiz sirve el vino e invita a una ronda a toda la Tierra. Aquella noche, en la taberna, hubo lío.

 

“Tú serás mi señora, / tu casa será mi casa, en tu tumba quiero ser enterrado. / Así, me entrego a ti en el tiempo y en lo eterno”, le dice Mandryka a Arabella, y luego Arabella a Mandryka: “Tú serás mi señor… tu casa… en mi tumba…”

 

El milagro es contrarreformista; Dios efectúa la reforma, la hace por ti, que no has sido capaz, que eres un impotente. Del gimnasio del milagro salen los cuerpos fofos, amarillos, como de cuadro de Rivera.

 

Salgo a correr; cielo raso excepto por dos nubes que tienen, respectivamente, la forma de un corredor y la de un perro grande que lo observa. En ese momento, miro un lado y veo -antes no había caído en su cuenta- a Trucha en el arcén, junto a la finca del vecino. Lo juro.

 

La casa y el cerebro, de Edward Bulwer-Lytton, una de las mayores ficciones góticas; el cerebro como pinchadiscos de valses espectrales.

 

He leído que en Alaska hay un millón de ríos; ¿será Alaska la lavandería de mis sensaciones, mi operación espiritual? Cuando estén lavadas, ¿qué saldrá a la luz como un rubí?

 

Azucena, una amiga, solía decirle a Man Vector SVG Icon (23) - SVG Repo: “Tienes mucha capacidad para reinventarte”.  Cthulhu, Yoga, Galadriel, Sauron, Darth Vader: las criaturas más poderosas de los juegos de rol, héroes o villanos, se curaban solas con unos “dados de regeneración” que lanzaban cada turno y restaban a los puntos de daño. Cuando el combate acababa, se hacían a un lado, se sentaban en la raíz de un árbol y seguían sumando esos dados hasta que volvían a su ser. Shub-Niggurath tiraba un número ∞ de “dados de regeneración”.

 

gregory crewdson


Ansiolítico, de ansia y lithos-piedra: piedra de la ansiedad o piedra del miedo. Las cajas de Serenade, la pastilla de mi abuela para la “efervescencia”, como ella le decía, tenían dibujada una luna. Una vez le pintamos esa luna a una caja de Aspirina infantil. 

 

Los caquis verdes caen en la azotea; suenan como pasos. Pasos verdes. Sapos.

 

Frankenstein se calienta las manos doblemente heladas en la lumbre de su amigo el ermitaño. Luego se marcha al Ártico, al hielo futurista, lejos, lo más lejos posible del concepto de apego, del cuidado.

 

Me voy a Alaska, como un desahuciado que se paga la clínica de Navarra o de Houston. ¿Cruzará el avión sobre New Hampshire, el lago Baboosic, la cuchara? Sí, ¿se reflejará el avión en la cuchara de Carnation Circle?

 

Las babosas de la hora de las babosas, en Alemania, cruzaban cada noche una autopista.

 

Ojalá se levantara una niebla densa, más densa que el mundo.

 

En Arsénico por compasión, el sicario amenaza toda la película con emplear el “Método Melbourne” en su siguiente víctima, con el consiguiente repelús del secuaz. Nunca se explica en qué consiste el método.

 

El atuendo de Man Vector SVG Icon (23) - SVG Repo suele consistir en una pieza de color y otra negra, pero con tanto ajetreo, la logística falla; si una lavadora tarda en ponerse, se agota el color y Man Vector SVG Icon (23) - SVG Repo viste todo de negro: un ninja. No practica ningún arte marcial y aun así, al pasar delante de un espejo, se mira y se pone en guardia, una mano delante de la otra, dibujando una x.



 

gregory crewdson



Para el suicida, tener ganas de vivir es ridículo, ni triste ni pesado; al suicida le parece que vivir es ridículo y que los que viven hacen el ridículo.

 

Me duele mucho el cuello y voy a darme un masaje. Si me restriego las palmas de las manos a toda velocidad, como el viejo de Karate Kid, huelo mi propia piel quemada.

 

Las moscas comprueban si estás vivo o ya te has muerto. Lo comprueban y vuelan a otro vivo o a otro muerto. Son el Censo. Si uno deja de oxearse las moscas, es que está muerto.

 

“Viiivan san Marcoh y san Cayetaaano, que en nuehtro pueeeblo tieeenen su altaaar”. Del silencio, que está podrido, de sus efluvios de fuego fatuo, emerge cualquier cosa. Del lenguaje.

 

La ciencia del siglo XVIII aún creía que la descomposición de un cuerpo humano resultaba por sí misma en vidas nuevas: “Incluso ratones enteros, y perfectamente sanos”. ¿Cadáver o piñata?

 

A lo mejor, igual que Richard Strauss tendía al vals, yo, después de todas mis aristas y extremaunciones, delicadeza y vulgaridad, tiendo a ese coro de viejas al que se suma siempre la voz muerta de la tata. Tal vez yo rinda mi progresismo de baratija a una ideología carlista o requeté, tal vez soy la flor de ese cactus que nadie espera, pero que los muertos sí esperan, la última flor, desubicada, de la desesperación de mi familia. Y tal vez eso que se esperaba de mí, que los muertos esperaban de mí, pesa tanto como lo demás.

 

Si yo me echara a llorar, acabaría dando puñetazos a las paredes, arañando el suelo. Pero después, me quedaría a gusto, me desnudaría y bajaría al huerto a escuchar a un mirlo, un mirlo², un mirlo³.

 

gregory crewdson


Francis Ponge lo llamó “la rabia de la expresión”. ¡Vaya fórmula! Cuando la expresión se “impregna” de la rabia y el pathos va de la psique a sus creaciones lingüísticas. ¿O es que esas creaciones ya nacen infestadas, como aquellos pobres bebés con el sida de sus padres?

 


El coche mirando a la niebla con los faros delanteros, los rostros que emergen de la gravilla de una foto borrosa, la veta de mármol que llega carcajeándose al suelo del salón, el caniche mirándose en el espejo, la pulsación del faro marítimo, el ritmo sanguíneo del helicóptero, los morteros que disparan entre náuseas o espasmos. La expresión atraviesa los rostros, aunque tiene su origen antes de los rostros, mucho antes de Adán y Evan, en la sopa primigenia, ¡no, antes!, en la roca, en el fuego, antes del fuego.

 

Antes del fuego no hay nada. ¡Sí, la dualidad! Dos pavos, uno enfrente del otro, idénticos uno al otro. Lo decía Calasso.

 

“¡¡Hemos tenido gemelooos!!, grita uno de los cazatormentas cuando el tornado que perseguían se parte en dos.

 

Sueño que las horas tienen 100 minutos. Sueño que el pulgar está en el sitio del meñique y el meñique en el del pulgar.

 

Toca una corneta.

 

“Tu madre ha vuelto al piso” “¿¡Qué!?, ¿y por qué?, ¿es que habéis discutido?” “…” “¿!Pero cómo va a quedarse sola, tita!? ¿Y yo qué hago?” “Tú déjala que haga su vida. Si ella se va, es porque ve que puede”. “Ya, pero es que no puede”.

 

Así que estoy en Mecina y me siento culpable - libre - culpable; un péndulo. ¿Tres pavos? Un trébol de cuatro hojas.

 

Un día viajábamos a Cape Cod. Nos salieron al paso, desde una espesura, tres pavos, y Kay tuvo que pisar el freno in extremis: “I hate them! I hate turkeys!” “Poor guys, they just...” “They are so mean!!”

 

Noches tristes y día alegre, de Fernández de Lizardi.

 

Qué cansancio de mundo físico, pero también qué cansancio de mundo espiritual.

 

Me tomo 1 pastilla de Orfidal, 2 pastillas, 1/2 más, y luego otra. El zapatero te coloca unas alzas para que estés más cerca de las estrellas.

 

Dos gusanos que se encuentran dentro de un hombre se dicen: “¡Hombre, hombre!”

 

He salido al huerto cuando anochecía. No me he quitado la vida, me he quitado la ropa y los zapatos, he pisado la tierra -¿la Tierra?- mullida y negra con los pies descalzos y he echado a la lumbre mi carné de identidad. Ahora que no soy nadie, el mirlo canta para mí solo.