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viernes, 2 de enero de 2026

NICK CAVE. LA CANCIÓN DE LA BOLSA PARA EL MAREO. TRAD. MARIANO PEYROU

 



Nick Cave, nacido en 1957 en Warracknabeal, Australia, es ese espécimen de músico que parece haber nacido con un cuaderno de poemas en una mano y un cuchillo metafórico en la otra, listo para desgarrar el alma del mundo con voz grave y teatralidad shakesperiana; líder de los Bad Seeds, su obra transita entre el gospel demoníaco, el noir literario y la épica trágica, como si Edgar Allan Poe hubiera decidido encarnar en un hombre que canta sobre amores perdidos, asesinatos simbólicos y crímenes de conciencia, todo mientras se pasea con chaqueta negra y sombrero de elegancia apocalíptica; Cave no es solo músico sino un arquitecto de atmósferas, un demiurgo que combina la violencia del blues con la solemnidad de los himnos cristianos, recordándonos que la melancolía puede ser católica y el desamor un sacramento laico. Su talento literario no se queda en la lírica: The Death of Bunny Munro y And the Ass Saw the Angel revelan a un narrador que entiende la Biblia, el noir estadounidense y la literatura gótica como un brunch dominical en el Infierno, servido con sarcasmo y té negro; y si su nombre aparece ligado a colaboraciones cinematográficas con Iain Softley o John Hillcoat, es porque Cave entiende que la imagen y el sonido son extensiones de su verbo oscuro, una mise en abyme de la tragedia moderna, donde cada acorde parece ensayar el Juicio Final y cada palabra canta como si el propio Dante hubiera decidido tocar bajo un neón en Brighton. Socarrón, teatral y siempre al filo entre lo solemne y lo ridículo, Cave nos recuerda que la elegancia oscura es una forma de resistencia y que la poesía puede sangrar con glamour mientras el mundo sigue caminando como si nada; y allí está él, con su piano, su voz cavernosa y su lirismo apocalíptico, como un alquimista de la desesperación que hace del dolor un espectáculo elegante, y de la literatura y la música, un templo donde lo trágico y lo sublime se dan la mano en un vals eterno.

A continuación les presentamos unos textos del libro La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015), traducidos por Mariano Peyrou aquel curioso y venerable artífice de palabras que parece haber aprendido el arte de la poesía entre cafés humeantes, libros apilados en torres tambaleantes y papeles arrugados como pergaminos de alquimista olvidado un demiurgo que no se limita a trasladar vocablos sino que resucita la música secreta del texto la cadencia huidiza los silencios que se escapan entre signos y que el autor original dejó como migajas de pan para lectores perspicaces mientras lanza su ironía afectuosa a quienes piensan que traducir es oficio de monótonos escribas Peyrou combina erudición picardía y afecto esa mezcla rara en  la tradición literaria se pasea de la mano con guiños socarrones y donde cada línea traducida es acto de respeto juego y amor por la lengua porque sabe y lo hace saber con sutil desenfado que traducir no es transponer palabras sino acariciar custodiar y volver a nacer cada poema en otra lengua acto de devoción que exige escucha intuición y valor y así en este libro se deja entrever que el traductor es también lector y poeta capaz de guiar al lector por los vericuetos de lo dicho y lo sugerido de lo musical y lo silencioso y hacerlo con la sonrisa de quien conoce los secretos de la lengua la reverencia de quien ama los textos y el aplomo de quien sabe que la poesía manejada con cuidado y picardía es territorio tanto de juego como de afecto profundo donde la palabra puede ser daga abrazo y guiño simultáneamente y donde Peyrou con su talento y paciencia convierte cada poema en pequeño milagro de vida sonido y memoria asegurando que los versos lleguen intactos al lector y que el corazón además de la mente se deje seducir y sorprender y uno no puede menos que rendir homenaje a su labor porque si los poemas sobreviven si respiran hoy en la lengua de Cervantes y en los oídos de nuevos lectores es gracias a su celo amoroso su erudición socarrona y su afecto profundo hacia la palabra y el arte que nos recuerda que traducir es acto heroico y lúdico a la vez y que Mariano Peyrou merece que su nombre se pronuncie con admiración y una sonrisa cómplice cada vez que alguien lea y se deje hechizar por estos versos traducidos.






KANSAS CITY – MISSOURI

Soy un sistema nervioso que se alimenta de risas y fantasmas.
Los fantasmas aúllan a través de las palabras haciéndolas armonizar.
No tenía idea de que podía haber saboreado tu dulce aliento por última vez,
y cuando en casa pienso en ti, noto
en el pecho la breve expansión de un anhelo preocupado,
mientras cruzamos el límite estatal hacia Missouri
y estacionamos el autocar junto a la carretera y desembarcamos,
y en la pausada oscuridad llegamos a la pradera con su hierba baja
que nos roza el vientre como serpientes.

Representamos la matanza del bisonte por parte de William “Buffalo Bill” Cody,
y después la guerra contra los indios, incluida la Batalla de Coon Creek.
Y esa noche, en el Intercontinental de Kansas City,
trato de llamarte por el cable transatlántico de comunicaciones,
pero el teléfono se limita a sonar y a rimar,
así que dejo un mensaje oscuro y espectral
en nuestro contestador. Dice:

Eres el escultural bisonte que hay en la pradera de mi ausencia.
Eres la tristeza de Squanto al regresar a su hogar.
Eres la lágrima derramada en la manga de cuero sin curtir.
Levanta el teléfono.
Levanta el teléfono.
Yo soy la joroba despellejada que pinta la pradera de rojo.
Yo soy el tipo de las moscas. Yo soy el que se muere.
Yo soy el hombre que va de gira y se esconde.
Yo soy el que se casó y huyó.
Contesta el teléfono.
Contesta el teléfono.
Yo soy el muerto.

Después me tomo una pastilla y me meto en la cama.

 

*

Bajo las sábanas, me pongo la bolsa para el mareo al lado de la oreja y la agito. Oigo el tintineo de los símbolos de las nueve musas: la tablilla para escribir, el pergamino, la flauta, las flechas del amor, la máscara trágica, el arpa, la lira, la máscara cómica, el globo celeste y la brújula.

Oigo la sangre caliente de mi cuello que impregna la autopista mientras llamo a casa y tú no contestas.

Oigo el corazón terrible del niño apuntando hacia el tren que se acerca a toda velocidad.

Oigo a gente sin sangre susurrando, compadeciendo y conspirando. Reconozco las voces; son de colaboradores de un pasado lejano.

Mis nueve musas duermen tranquilas, sobre mi pecho, pues han concluido su trabajo de hoy.

Regulo mi respiración mientras los ángeles con las alas desplegadas me llevan.

En mi sueño, me transportan a través de un paisaje onírico norteamericano, delicado y violeta, una panorámica de solución y resolución, donde lo mejor que podemos hacer se nos revela sin ningún esfuerzo.

 

MILWAUKEE – WISCONSIN

 A la mañana siguiente vamos en el autocar hasta Milwaukee,

donde si no eres alemán es que eres polaco.
Al menos eso es lo que nos dice el tipo del restaurante Mader’s
mientras nos trae un pretzel grande como una cabeza humana cortada.

Después, en una noche lluviosa, corremos hasta el Hotel Intercontinental
con los chalecos antibalas de plástico azul puestos encima de la cabeza,
paso junto a los cazadores de autógrafos y ante el espejo del baño canto:

Cuando me pongo esta máscara, todas las chicas gritan.
En cambio, cuando me pongo esta otra, se ríen.
Cuando llego a Milwaukee con una pinta de nata,
meten la cabeza debajo de las sábanas.

Preparo cuidadosamente un engrudo en un recipiente y me pinto el pelo de negro,
de modo que cae como el ala de un cuervo, oscuro y brillante,
sobre mi frente, que tiene varios pisos. Me acerco y observo
los confusos cultivos circulares de mis ojos. En el derecho,
sobre lo azul, hay una pequeña decoloración marrón, y los blancos
están empezando a amarillear. Tengo una mancha en la sien izquierda.
Una araña vascular en la ventana derecha de la nariz. La luz del baño es brutal.
Cambio la posición de la cara para dejar de parecerme
A Kim Jong-un y empezar a parecerme un poco a Johnny Cash,
o a algún otro. ¡Espera! ¡Un minuto! ¡Ahí está! ¡Así!

*

En un estudio de Malibú, Johnny Cash se sentó y tocó una canción. Estaba parcialmente ciego y apenas podía caminar. Yo estaba allí. Vi a un hombre enfermo agarrar su instrumento y ponerse bien.

Por desgracia, también he visto lo contrario. Agarrar, agarrar, agarrar. He visto a hombres que estaban bien agarrar sus instrumentos y ponerse enfermos.

 

*

Resistir la necesidad de crear.
Resistir la creencia en el absurdo.
Resistir mediante la provocación.
Resistir mediante la enfermedad y la tristeza.
Resistir mediante la masturbación.
Resistir gracias a los libros de autoayuda.
Resistir gracias a hacer cosas por los demás.
Resistir gracias a compararse con los demás.
Resistir a través de la opiniones de los demás.

Éstos son Los nueve tormentos del desarrollo. Viven en la sangre y en la piel y en los nervios. Están tan presentes en nuestros progresos, y resultan tan catastróficos para ellos, como un tren fuera de control que avanzara tronando hacia nosotros mientras nos quedamos paralizados de miedo en las vías.

Las entrañas supurantes de mi bolsa para el mareo diseminan barras y estrellas
sobre el suelo de serrín de los Estados Unidos. Pero ¡escucha!
¿Qué es ese dulce aliento que noto en la oreja?
Son las musas y Johnny Cash que nos van soplando mientras avanzamos.




MINNEAPOLIS – MINNESOTA

Estoy vomitando los mejillones y el pretzel de Milwaukee en un callejón
detrás del Teatro Estatal de Minneapolis (Minnesota).
Minneapolis, con sus razonables pasarelas peatonales que te protegen de las inclemencias del tiempo,
y el Teatro Estatal, una versión libre del estilo renacentista italiano,
con su proscenio restaurado curvándose treinta metros por encima del escenario,
comprado por Live Nation en el año 2000
y vendido a Key Entertainment en el 2008.

Llegamos pronto, pero nos dan ganas de vomitar y salimos tarde.
Las muestras de cariño del púbico son asombrosas. “¡Mira!”.
¡Los cuerpos de la gente se están convirtiendo en pilotes de hormigón!
¡Sus brazos se extienden como las ramas letales de árboles a medio talar!
¡La música viene retumbando hacia nosotros por las vías!
Hemos vadeado a través de la sangre del búfalo
y de los guerreos cheyennes para estar con ustedes esta noche. “¡Mira!”.
Los pilotes de hormigón se están convirtiendo en columnas de luz.
Estoy como un perro despellejado sobre mis patas traseras y muestro
una amplia franja de piel húmeda y rosada. “¡Salten!”, digo,
sujetando torpemente mi bolsita de vómito. “¡Salten, cabronas!”.
Y todas las columnas de luz se agarran de la mano y, una por una, saltan dentro.

*

Esa noche, tarde, en el Grand Hotel, en el centro de Minneapolis,
agarro Las canciones del sueño, de John Berryman,
como un ladrón experto. Ralentizo el pulso de mi corazón
y pego la oreja a las dieciocho vías
de versos oscuros y vibrantes. Las tripas me rugen como un tren.
Lenta, pacientemente, voy apagando los interruptores y, aterrorizado
y cómodo, todo el mundo se desmorona. Bostezo.

Entonces sueño que voy hasta el puente de Washington Avenue,
donde el poeta debatió entre la sutil diferencia entre
volar y caer con la orilla, hermosa y cubierta de hierba, que tenía abajo.
Tienes que dar el primer paso tú solo;
un ángel fraudulento con unas alas de papel pegadas a la espalda, como una vela,
dijo: ¡tienes que dar el primer paso tú solo1 ¡Y, por la tanto, también el último!
Después empujó a John Berryman por encima de la barandilla.

Y mientras el poeta , que quedó como un acordeón, se ahogaba en la hierba,
Llego al cuarto verso de “La canción del sueño 54” como un tren fuera de control:
“Me apoyo en la costosa cama y pienso en mi mujer”
y me despierto con una urgencia, con una necesidad imperiosa
y llamo, llamo, llamo a mi mujer. “¡No saltes! ¡Por Dios! ¡Cariño, no saltes! ¡Levanta el teléfono!”.
Mientras, recuerdo, en los escalones de nuestra casa,
su mirada al despedirme, húmeda, inestable, que decía ay, ay, ay,
no te vayas. No vayas. Quédate en casa.

*

La canción de la bolsa para el mareo es las sobras.
La canción de la bolsa para el mareo es las peladuras.
La canción de la bolsa para el mareo es las virutas.
La canción de la bolsa para el mareo es los últimos vestigios.
La canción de la bolsa para el mareo es la bilis y las tripas.
La canción de la bolsa para el mareo es los restos y los residuos.
La canción de la bolsa para el mareo es la escoria y lo devuelto.
La canción de la bolsa para el mareo es la hez en el fondo del barril.
La canción de la bolsa para el mareo es lo rechazado, vomitado.

Para poder seguir avanzando y mañana saltar de otra manera.

 

 

 

La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015)

martes, 14 de octubre de 2025

PRIMICIA: MICHAEL DRANSFIELD. TODO, DE PRONTO, COMO NUNCA ANTES. TRAD. HERNÁN BRAVO VARELA


Michael John Pender Dransfield (Sydney, 1948–1973) fue un astro incendiado en la bóveda australiana: cuya palabra se abrasó en su propio resplandor. Hijo de la retórica inglesa y de la contracultura lisérgica, convirtió el poema en alquimia del cuerpo y del verbo, donde cada imagen respiraba como un metal en combustión. En
The Inspector of Tides y Drug Poems, la sustancia se hizo teología, el delirio método, la disolución una forma de conocimiento. Murió joven, víctima del exceso de ver, dejando una voz suspendida entre el sacramento y la toxicología. Redescubierto en el siglo XXI, su poesía reverbera hoy como un evangelio químico de la modernidad.

En el ámbito hispano, el poeta mexicano Hernán Bravo Varela con fervor filológico tradujo especialmente para Transtierros algunos de sus poemas  confirmando a Dransfield como una de las más altas iluminaciones del siglo breve. 









Las inteligencias y los despachos más secretos de un extraño país

 

cuando piensan

que nadie está escuchando

cantan las máquinas

 

de noche

cuando camino sin poder dormir

las oigo

 

sobre todo

a las plantas de refrigeración

que susurran y traquetean en su propia

lengua mecánica

 

ya despiertos

miramos fijamente en el café

no hay nada que decir

 

allá afuera los

pájaros del mundo

encuentran algo sobre

qué cantar



Girasoles, Arles

 

Todo, de pronto, como nunca antes, se hace realidad.

Debería advertirse desde el comienzo, eres impaciente,

vastos movimientos veloces de las manos, barridos de color,

difuminados, la velocidad doliente de la carestía, arranca

con una sola imagen luego extiéndela hasta ocupar la vista.

Es tan simple al principio, la exuberancia de lo que se expresa.

Puedes hablar con manos no hace falta

abrir la boca. Pero dentro de un mes o en la estación

que viene ardes camino a la fragmentación

todas las cosas se repiten todas

estallan en colores increíbles y no puedes al fin

ni pronunciar un solo pensamiento o describir durante tu trayecto el aroma

del campo.

Los tonos y texturas permanecen tan sólo es tu repentina

imposibilidad para comunicarlo. De manera que lanzas

contra ti un ataque con armas luminosas... teorías y relatos de épocas

doradas... reyes locos, esos fueron los tiempos de una transición así.

Y tú, Vincent van Gogh, ¿qué tienes que decir

que se rebele contra el gran incendio del sol

o reproduzca un girasol distinto? Pero ya todo ha muerto.

Estás en los museos ahora, nos informan

de tu oreja perdida, del color amarillo

que pintabas... ya todo son fantasmas.

 



La tierra de las papas

 

Al rey Pedro

 

En el palacio duerme tu familia

todos han muerto ya y han sido envueltos

en ropas blancas dentro de estuches de cristal

 

todo es imposible

o fue prohibido

 

una pantalla gris nos muestra al dictador y a los civiles

que intercambian saludos en la calle y el palco,

desesperadamente, como si no hubiera lenguaje




En la tierra

 

me despierta el dolor y me alzo entonces

como una extraña luna mi cabeza

llena de mierda     a la deriva.

hasta llegar a una ventana        llueve

todo el día sin excepciones

tiemblo y los caballos tiemblan pacientemente

en pie bajo la lluvia

 

incluso un cielo azul sería tan peligroso

como astronave oscura cuando

tuvimos siete años de sequía y matamos animales

a tiros por amor a ellos

 

los problemas metafísicos no logran

seducirme   no hay primavera

ni verano aquí       ninguno desde que los árboles

fueron talados y las tribus

diezmadas   esto trajo a la tierra mala suerte

 

nunca sabremos lo que le dijeron

a sus hijos pero seguramente fue

poesía







Isaías (Lucas 3:4)

 

Mejor morirse de hambre,

ser nada, disolverse

de forma significativa en un punto de luz

tan diminuto como la estrella más lejana, ser

solo una voz en vastas multitudes;

así como, al estar entre el gentío, detectamos

a uno que habla muy bajo, que apenas se le oye,

y todas sus palabras son poemas, y todas sus verdades,

filosofías. O menos: hablar al interior,

no hacer declaraciones, rechazar cualquier título,

ser tan real como es real un esqueleto;

huesos que ya no visten carne alguna; ascetismo.

Igual que Milarepa, quien tomaba una sopa hecha de ortigas

y cantaba sus himnos a los bandidos que pasaban,

reducido, en esencia, a un puntito de luz.

 


Carta a la gente sobre los pelícanos

 

me levanté temprano

preocupado por un

oscuro tema

 

decidí

comenzar una nueva escuela de poesía

 

algo relacionado con la temperatura

 

me acordé sin embargo del pelícano

blanco americano

 

los de su especie viven en

la isla anacapa

a ochenta kilómetros de california

 

no parecían correr algún tipo de riesgo

 

la contaminación

los alcanzó

ponen

huevos curiosos

 

sólo cuatro de cada

seiscientos

no se rompieron al ponerse

 

a los peces los envenena el mar

de manera que focas y pelícanos que

comen peces

también están envenenados

 

pensando en mis

poemas diferentes sin riesgo

que no ayudan en nada

tomé la decisión

de ayudar a los animales

 

estás matándolos

la gente de tu casa

le jala al baño y echa la muerte al mar

 

tiene más relación con

el comercio y los gobiernos

 

por eso no comenzaré con mi

revolución poética

 

en su lugar prefiero una

escuela de química reconstructiva

 

enseñarle a volar a los pelícanos

de mocba a washington

a volar alto

a arrojar huevos bomba

 

 

Selección y versión al español de Hernán Bravo Varela

[Material seleccionado de Michael Dransfield, Collected Poems

(Rodney Hall, ed.), St. Lucia, Universidad de Queensland, 1987]