Lo primera que quisiera destacar es el arte
de crear un buen título. Algo en lo cual Felipe Cussen tiene una vasta
experiencia como el gran artista pop y medieval que él es. Entre muchos otros
libros y discos podemos mencionar: ¿Por qué es bueno copiar cien veces una misma frase en el pizarrón?; Opinología; Poemas como partituras;
De cuando un flautista dulce se encontró con un libro de poesía neobarroca y
otras muchas cosas dignas de saberse; Quise grabar un disco de poesía sonora, pero me
salió música electrónica; No lo vi venir; The joy of rain; y uno de mis favoritos entre sus títulos y sus trabajos, su
disco Quick Faith). Este talento titulador,
esta vez es ratificado incluso (o casi) sin apelar a su habitual ironía y
sarcasmo. Y es que una poética es siempre relevante, porque no solo es el
manual, que en cierto modo este libro también lo es y muy valioso, sino que porque
la poética obliga explicar la intención profunda detrás de aquello postulado.
El sentido profundo y lo importante de la cruzada de muchos años de Felipe, y
lo importante que es para él intentar explicar qué es aquello que hace poesía a
la poesía, incluso y sobre todo en los límites más externos de sus pequeños
exoplanetas que dibujan órbitas cruzadas y viven tranquilos en el frío del
aburrimiento eterno, pero cuya presencia gravitacional no es menos cierta. Creo
que eso está presente en este libro hasta para quienes no conozcan
personalmente al autor y su trayectoria como artista e investigador.
Me parece fundamental la expansión de la
idea de repetición que propone Felipe. Repetir puede ser muchas cosas que
quizás a primera vista no lo parezcan literalmente. A modo de ejemplo. El valor
que ofrece el capítulo 5 “Calidad versus cantidad”, radica en hacernos notar
las semejanzas y distancias en cuanto a la repetición y la apropiación de dos
movimientos profundamente rupturistas de la poesía experimental, la poesía
concreta y el conceptualismo norteamericano, para comprender que cada
movimiento tiene búsquedas y recepciones distintas, y que frente a
procedimientos similares, su lectura puede ser muy divergente.
Destaco también el análisis de ciertos
procedimientos de Parra, entrando en el detalle de lo que este poeta hizo como
gesto rupturista desde su aparente simplismo y desparpajo. Cussen se salta por
completo las controversias sobre la figura de Parra, que tienden muchas veces
más a hablar de su trabajo desde aspectos más bien de la guerrilla literaria
que de lo que verdaderamente aportó. ”La potencia de sus operaciones no se basa
en la provocación, la parodia o el humor socarrón al que están acostumbrados
los fans de Parra, sino más bien en lo contrario. Su oferta es plana y escueta:
esto es lo que hay, nada más”, señala Cussen para comprender, por ejemplo, la
acumulación de frases hechas y lugares comunes puestos en un mismo poema,
trasladando tempranamente la tarea creativa al lector, algo que en las décadas
siguientes nos parece casi una obviedad.
Otro de los aspectos que Felipe releva,
quizás de los más importantes para él en este libro, es cómo la repetición y la
apropiación se han desarrollado a partir de la era digital. Y lo que más me
resuena de todos los casos que expone es el nítido corolario de que los medios
digitales no son una forma perfecta de repetición, sin embargo en nuestra
cotidianeidad solemos olvidarlo y dar
por hecho el copy paste como casi como una
verdad con fuerza probatoria. Esto es algo en lo que el autor abunda y se
detiene en el capítulo 7 sobre Juan Luis Martínez y Tan Lin.
En algunos capítulos podemos preguntarnos
qué tienen que ver los casos expuestos con el problema de la repetición. Como
en el capítulo 8, sobre el horror. Allí los casos a primera vista son casos de apropiación
que no son tan reiterativos como otros. Cabe preguntarse livianamente qué es
lo que allí se repite? Pero si entendemos la repetición no solo diacrónicamente,
sino que, de forma sincrónica como una acumulación, entonces el efecto es
distinto para comprender mejor quizás todo lo que repetimos como sociedad en el
día a día, en todo momento. Porque la repetición familiariza el horror, y de
pronto todo este ejercicio aparentemente falto de talento, algo tonto y
despreocupado, es políticamente mucho más frontal y potente que toda la
internacional panfletaria.
En el capítulo 10, sobre el trabajo de Karl
Holmqvist y Anne-James Chaton, Cussen señala que: “Los efectos que provocan a
nivel de percepción visual o
auditiva son, evidentemente, muy distintos de los que
provoca la lectura de un poema convencional. La insistencia y el rigor con que
han indagado en estas prácticas nos obliga a leer estos procedimientos más allá de
una mera provocación: nos obligan a replantear nuestras expectativas frente al
lenguaje.” Cito este pasaje, porque este es otro de los aspectos que el libro
releva y que permite ampliar y hacia donde se puede extender y proyectar más
aún la investigación. En las expectativas yace quizás el más importante efecto
o juego de la repetición. Vale preguntarse, ¿qué es lo que internalizamos como
lectores/auditores y cuán conscientes somos de esa internalización?
Porque como afirma Cussen respecto de los
casos de Holmqvist y Chaton, la estrategia está
centrada “precisamente en combatir al
enemigo con las mismas armas alienantes de la repetición. Aunque pueda parecer
irónico, paradójico o quizás inútil, los loops son su forma de resistir a
esta avalancha y provocar una liberación. La descontextualización y
desestructuración del lenguaje gastado mediante estas repeticiones les permite
ofrecerlos a sus lectores como si fueran palabras nuevas, que pueden
interpretar como deseen.”
Y es que lo que cambia es a veces solo
nuestra percepción en la medida que somos capaces de entregarnos a ese
aburrimiento desaburrido (o aburrimiento interesante que persigue Tan Lin) que
implica preocuparse más por el ambiente que por la cosa en sí, dar de baja las
expectativas sobre el lenguaje y sobre nuestra importancia como sujetos únicos
e irrepetibles. Ya que siempre hemos sabido que no lo somos, por mucho que nos
resistamos a ello.
En consecuencia, con todo lo dicho, hay un
sentido de riesgo en el libro mismo. Lo que se deja como tarea al lector no es
poco. Unir casos y puntos inconexos, terminar de tejerlos, darle sentido al
aburrimiento y a la saturación en la que vivimos. Porque la repetición nos
refriega en la cara los exasperantes lugares comunes de la poesía (y de nuestra
vida), como dice Duchamp o Tan Lin (¿importa a quién pertenecen las palabras?),
la condena de que siempre encontramos una pintura colgada en las paredes de
todo museo.
30 de abril de 2026, Nodo Tajamar,
Providencia, Santiago de Chile.
