Lo que
sigue no podría ser sino una sarta de apreciaciones por parte de alguien que ha
seguido, desde el extranjero, con interés de lector, el desenvolvimiento de la
poesía publicada en el país donde nació, sin desconocer que este acompañamiento
a distancia se ha visto sujeto a los avatares propios de la co-incomunicación
impuesta entre Buenos Aires, donde resido, y el Perú. La mía es, sin quererlo,
una intervención ambigua, pues si por una parte soy un observador parcial
(debido a la distancia geográfica), por otra, y por razones de contemporaneidad
en la práctica compartida, me siento implicado en lo que este libro trasunta al
situarse problemáticamente en la mira de una cierta exigencia ética. Exigencia
que infiero moción por una ética intrínseca a la creatividad, capaz de
desestabilizar el conformismo de poéticas
consagradas-para-exclusión-de-otras-variables, desde algunos medios teóricos
académicos o especializados (sin dejar de mencionar la «indiferencia»
mediática) como desde las ideas fijas, dadas como información preexistente, con
que suele abordarse la experiencia poética.
Quisiera
asumir a la poesía, ante todo, como una esencial disidencia al interior de los
significados al uso, en relación a una continua pero siempre provisoria
investigación del lenguaje y a la sensibilización instigadora de sus
posibilidades connotativas. Entiendo que aun en la traslación de referencias
reconocibles, temáticas, sentimentales o por vía de la descripción figurativa,
y, sobre todo, en el recurso a los arrastres del habla (de las fablas), la
poesía sólo necesita y exige precisión en el uso de la palabra, esto es,
conciencia de las formas y su capacidad explícita o subliminal para transmitir,
conmover, interrogar, presentar. Para mejor delinear este arranque: aprecio y
me atrae el atravesamiento de lo connotativo más acá de cualquier autoexpresión
(en el sentido del expansionismo monotemático de un Yo o un apriorístico
Nosotros), siempre y cuando prevalezca la conciencia material, matérica,
materializadora, de la palabra.
Me refiero a que concibo al poema, si hablamos de composición (concepto caro a Valéry), ahí donde se inscribe un para qué de la expresión: utilidad espiritual, en casi todo tiempo y lugar, de la poesía (poemas para algo, por algo, en el rango de la necesariedad (contundencia y sutileza): poemas para el nacimiento, para acunar al niño, para acompañar la muerte, para después de la muerte, para celebrar, para enamorar, para cuestionar a los poderosos, para el sexo, para acuñar un secreto, para destilar una clave, para informar acontecimientos, para cantar el origen, para recordar a los ancestros, para hablar con los animales, para hacer llover, para la libertad, para conjurar el miedo o la pérdida o atenuar el dolor, etc. Pues aludir a la connotación, aquí, no sería otra cosa que indicar la cuestión siempre urgente del sentido (de los alcances e influjos de la palabra, así como de la incorporación de lo indecible, de lo indecidible del silencio, que deviene presencia del sentido). Y, en todo caso, «entiendo» a la expresión poética abarcando la dimensión específicamente literaria, pero sin que ésta constituya su límite acondicionado para el cotejo confirmador (su puesta en marco, para tranquilidad de todo abordaje situado por encima o desde fuera de la experiencia poética en sí).
Experiencia
poética: proceso, que no se agota en el poema, y que no desestima a la
inspiración (de hecho la inspiración existe porque ciertos eventos poéticos
resultan inspiradores, y es en esa transmisión de energía altamente condensada
y continuamente retroalimentada por la sensibilidad, que cabe considerar los
efectos conectivos de la entonación -dar un tono- de la poesía). Y el poema: no
apenas el eslabón perdido, ya reubicado, en la cadena de los referentes, sino
la abertura connotativa, amorosamente habitada por la expresión, atravesada por
un doble movimiento: hacia la intimidad de la resonancia significativa, hacia
el contacto con los signos compartidos vívidamente resignificados y enviados a
la atención. Si no se debieran menospreciar las múltiples posibilidades de la
poesía a riesgo de perderla también en su función social, ello se debe a su
cualidad arcaica de tecnología espiritual, su participación y propagación de lo
inspirador (lo creativo) entre las formas y las formalidades, su índole a la
vez específica e incomparable. Pero porque se me reserva, sólo un momento, el
privilegio de ser uno de los primeros lectores, en panorama de integridad
documental, de los aportes de cada poeta-manifestante en su reunión como libro,
también se me solicita, de algún modo, una primera observación del conjunto:
donde los discursos chocan, se sacan chispas o se prescinden, puede plantearse
un efecto paradójico de consonancia, en caso de que se me permita asimismo
desviar, sólo un momento, el foco de lo debatido en dirección a lo que quizá
realmente esté en crisis (en juego): no la poesía exactamente, su
existencia-práctica en el mundo, sino los propios abordajes y perspectivas con
que se encaran la interlocución y el intercambio de experiencias en (y
manifestaciones con) la palabra.
Al
inquirir, de base, por el sentido de la poesía, en el presente contexto por lo
menos, no estamos sino revisando e interrogando una crisis más profunda, que de
hecho es una crisis de percepción («crisis de paradigma» de la que la crítica,
por justicia etimológica, no se exime) aunque con visos de alienación y
violencia generalizados, también marcada por el vértigo de la voluntad de
lucidez transformadora. Por el reconocimiento de las comunes zonas de opacidad,
la reflexión se quiere más abarcante: para retomar la poesía en tanto
participación de un proceso de transformación más amplio que la mera
consideración estética (aunque sin evadirla, desde luego, situándola en primer
plano). Así, recalco mi negativa a aceptar en el debate cierto elemento
subyacente de corte localista, si no de trasfondo nacionalista, y asumo este
rechazo acorde al espíritu de intercambio reflexivo, por «entender» que la
poesía (ella misma disidencia en el seno de los significados rutinizados y
obligatorios) no necesita ser rebajada a ese prejuicio, altamente violatorio
del derecho de la libre circulación de las personas (aunque no de las ideas y
menos aún las intuiciones), como es la noción de Frontera, no comentada
siquiera por el conjunto de los documentos aquí presentados. Descreyendo de
toda frontera (el trazado limítrofe: la primera reja del panóptico), incluyo la
imposición de Identidad (sobre todo cuando ésta aparece revestida de un
Nosotros, sea cual fuere su signo o su rango, siempre a la larga defensivo:
nacional, generacional, grupal, etc.) en tanto dispositivo separatista,
propiciador, no de la alteridad, sino de la misma violencia (la mutua
irritación que impide el contacto y por lo tanto la escucha, es decir, en gran
medida la interlocución) de la que surge, obligatorio y legitimador de
subjetividades, ese Nosotros [1].
Preferiría
optar, una vez más, por una vinculación en la conversa que no tendiese a
neutralizar ninguna diferencia en favor de algún pro-medio (y entonces: no lo
conciliatorio sino lo complementario, desde la constatación consciente de las
respectivas incompletudes e inconclusiones), tomando cualquier límite por las
astas de su potencia sumatoria, dadora de mezclas, a cambio de tanto voto de
clausura en el feudalismo de los propios ademanes, fijados inevitablemente para
instrumentar códigos de conducta (aduanas a la invención). Es así que, ante la
propuesta de debate, insisto, me interesa resignificar esta intención,
justamente desde su anhelo y contenido crítico, apelando a que la Crítica de
las poéticas pueda, ella misma, ser reconsiderada también en tanto objeto de
observación; en vez de la superposición de enunciaciones en disputa,
enfrentadas por inconexas, por descuido de las conexiones más delicadas y
complejas, para continuar con una ya demasiado alicaída pugna entre las
estéticas. Es innegable el paralelismo entre frontera y «región estética»,
fundamentalismos ambos que la poesía simplemente no tiene cómo (ni por qué)
conformar o confirmar, enfocada como suele en una precisa investigación de lo
indeterminado e imprevisto, lo no producido ni inventariado, lo incondicionado
y curativo por relacionante.
No que la
poesía venga a proponernos otro estado de cosas ni otro Estado, sino que sea
capaz, en su rareza, en su excepcionalidad, de afinar la atención, atravesando
el mundo/molde, permeándolo desde una incisión significante. Porque los
significados, según preferíamos creer, no estaban ni están dispuestos
idealmente para reemplazarlo y hablar en nombre del sentido, como si éste
pudiera (o tuviera cómo) responder a un comportamiento predestinado por mandato
(como verificación consoladora en un saber, por ejemplo).
Por lo
antedicho es que me permito dudar de la existencia de esa entidad denominada
«poesía peruana» (podría ser igualmente «poesía argentina»), como si se tratara
de una entidad preexistente a la que en masa debieran adherir las insurgencias
poéticas, algo así como una dirección forzosa para la más delicada libertad.
Como si estuviésemos hablando (como si tomar la palabra no fuese ya perderla)
desde una afirmación identitaria (sostenida ontológicamente por incólumes
pilares de algún proyecto común diferenciado y afirmado desde el recorte
violento de la división política o cualquier otra, a la vez que proyectándola
moralmente hacia la consolidación confirmatoria de un Estado). La lengua-mater,
en tal imaginario, supónese obligada a hacerse depositaria de una cosmovisión
ya reglada ante la cual el hacedor de poemas debiera rendir cuenta hasta de
aquellos actos más inexplicables (tales como la formación de un fraseo
particularmente inquietante por su insignificancia). Cuando digo Estado (y
estado de cosas, también: pacto de lectura) no evado la persistencia un tanto
sombría de lo pretendidamente sólido (esa inexistencia, en la medida en que se
escinda de lo poroso): lo prestigiado por los dominios del Conocimiento
(mientras, por su parte, la poesía no sería un saber sino un devenir): lo
certero y ya dispuesto como capital simbólico, a la defensiva o a la sombra de
unos valores institucionales que, para ser, necesitan repetitivamente
ser/hacerse enunciados (Patria, Cultura, Tradición, Revolución, Literatura). Y
esta rara acción en el mundo (nada menos raro que el mundo ante «la suspensión
de la incredulidad»), que sería la poesía, dispuesta nada más que a lo
receptivo, es decir, a una donación de la energía en sus formas verbales u
otras, no podría (ni tendría por qué) hacerse cargo de ningún «Nosotros»,
término defensivo (otra vez la estructura contingente ante la intemperie de
origen) de aplicación las más veces totalitaria, por allanar y pretender
confiscar el escándalo del resplandeciente enigma, que es la presencia
insobornable.
Por lo
tanto, resultan alentadores, en el conjunto documental, aquellos pasajes en los
que alguno que otro autor recuerda esas palabras, ahora mágicas, pero sin duda
cargadas, dardos de curare connotativo, conjuradoras per se de la fragmentación:
asháninkas, shipibos, campas (como podríamos decir, por nuestra cuenta y
riesgo: tupi-guaranís o hopis o mapuches…). Tales nombres son el recordatorio
votivo de la desaparición, de la pretendida desaparición, de pueblos enteros,
en todo sentido originales (y, con ello, la destrucción sistemática de
cosmovisiones-otras, cuyo reconocimiento no podría sino enriquecer el contexto
americano y posibilitar, desde ahí, algún futuro presente más generoso). Pero,
así como el statu quo (proyección que un Nosotros no desmarca) suprime a
pueblos enteros, así barre constantemente (desde la hipocritocracia de la
masividad manipulada que a lo comunitario pretende reemplazar) con los derechos
más íntimos y pulsionales del individuo, primera y última minoría (de continuo
subestimada).
¿Y qué
decir entonces y a la vista de semejante manipulación acerca de la compulsión
de agrupar, ubicar, analizar, organizar los eventos poéticos (cuál sería su
fundamento)?: como si la tarea básica del crítico o el estudioso fuese colmar
un inventario, en vez de arrojarse él mismo a la corriente magnética, es decir,
abrirse conscientemente la crisis, renunciar a su investidura formal y su aura
razonable para prohijar la investigación ahora en sí mismo, en su propia
circunstancia y condición, en comunión carnal con la esencial ignorancia,
fuente del proceso creativo. De la misma manera en que el poeta (lector
mallarmeano), al flexibilizar el lenguaje, está jugando con el fuego de su
propia subjetividad, su conciencia de sí y sus vínculos, prefiero atisbar el
panorama (para no asistir al panóptico) de esta confusión «americana» o
«actual», donde y cuando la voluntad civilizatoria no ha dejado de mostrarse
insaciable, hasta su degradación ¿final? como mercado y embrutecimiento
de(s)preciador de la más ínfima conciencia recíproca.
Mientras
el poema es una trama de relaciones, pues participa de la realidad
orgánicamente, la reciprocidad, mutualidad solidaria de la alteridad (y no la
institución «familia burguesa») sería la célula del intercambio social,
partícula para el concierto más vasto, al requerir la entrega de la escucha, la
receptividad, en atención tanto a necesidades y dimensiones compartidas como a
la interioridad más intraducible y no por ello menos real. Pues la comunidad
que se realiza en la experiencia poética no se reviste de lugar común, ya que
siendo lo imprevisto su naturaleza no concede la menor seguridad o soporte al
afán de dominación del sentido. Si el lenguaje dimana de los cuerpos, de los
nervios, de los sentidos que son más de cinco; si la palabra orgánicamente nos
atraviesa; si la escucha es la entrega (la palabra en sí un oído ancestral que
inventa sentido al emanarlo), cabe, por contraste, atender el efecto de tanta
represión en el lenguaje «comunicacional» (la misma premisa de legibilidad
pretende injertarse a la poesía), destinado sólo a requerimientos utilitarios y
al comercio, si no a esa especie de ronquidos defensivos, instalados en la
repetición mecánica de fórmulas y muletillas, que impiden, ya que no el tomar
distancias, la disensión al mandato desintegrador implicada en toda reflexión
compartida. Por su parte, la formalidad del sobrepeso referencial (cada vez que
se afirma una Identidad, trátese de un país, una patria o una generación: bajo
la presión de hacer de la poesía lo que otros ya hicieron) convierte de plano
cualquier signo libertario en mera consigna y lo confisca, lo arranca de la
circulación transformadora aplicándole un cliché (adonde la subjetividad se
suma al espectáculo general de la época, la rebeldía estipulada deviene
rictus).
Cuando al
fijarse el eje de la escritura en un contenidismo o contingencialismo a priori
(poesía de la ciudad o de la provincia, poesía del cuerpo femenino, poesía
homosexual, poesía de esta o aquella década, poesía de lo joven) la Identidad
se torna explotadora de la materia verbal, a fin de socavarla en su libertad
incondicional, para sonsacarle calculadamente unos contenidos bajo premisa o
precepto, sin interés ni cuidado por la vitalidad en sí de esos materiales
delicadísimos con que trata (no sobrepasando, así, en su pequeña escala y aun
bajo su repertorio de gestos aceptadamente transgresores, la inercia
devastadora con que la autodenominada civilización explota el planeta y somete
a su delirio antropocéntrico los otros seres que lo habitan). El peligro de
oscurantismo cool que pretendo señalar, liga con recordar una vez más cómo
operan, en tanto imaginario adiestrado, nociones de cuño restrictivo,
verdaderas imposiciones de la Cultura mayestática en su versión dominante, por
detrás de ciertas premisas dadas, señales del allanamiento adiestrador del
«pensar» (valorando en cambio a la poesía como un pensar alterno)[2].
Pero lo
que me ocupa no es adjudicable a un demonizado coloquialismo (y sus variantes
más o menos consecuentes a nivel de la sintaxis y el entronizamiento
expansionista del referente) sino a una sumisión inculcada: escribir sobre y
desde lo ya escrito, y sólo para mantener a la poesía en el estricto carril del
informe entre especialistas o del remanido arte-de-culto (del mismo modo que se
va al cine o se escucha música, muchas veces, sólo para «reconocer» lo que ya
se había archivado en el inventario). Sin embargo la poesía en su calidad de
proceso, con toda precisión nos desmiente, pone en movimiento lo que creíamos
poseer y a lo que adjudicábamos el valor de la más alta o atinada certeza. La
implantación del lugar común, transferido a la relación inmanente con la
sintaxis, es decir a la articulación/invención del sentido (ahí donde se tantea
la dinámica comunicativa o se instala una sintaxis que ponga orden en la
relación), está resignando la praxis poética a un supuesto especular: entre una
forma aplicada, según pautas y premisas promediadas por la época, y una
realidad preconcebida, legitimadora de contenidos ponderadores, a su vez, de
esa «real» realidad. ¿Acaso no son ampliamente políticas (en la vena de las
micropolíticas del deseo: aportes activos para la transformación de la realidad
social) la demolición de núcleos estáticos o enquistados en la sintaxis, o la
recreación de palabras o formas condenadas al desuso (aquello que con ligereza
suele tildarse de rebuscado o «retórico» pero que implica, de hecho, una entera
vertiente de experiencia desechada)?
La
posición del hacedor de poemas verbales, esencialmente un lector que intuye y
«trae» a través de su particular relación con el lenguaje aquello que desea
leer (aquello que lo desmiente, que lo cura momentáneamente de sostener la
militancia de su identidad), a raíz del doble filo de la palabra, no puede sino
ser incómoda, insegura, inestable: es él quien está entre paréntesis (lo cual
no niega la posibilidad del goce estético o conceptual a otro nivel). La
Identidad y sus definiciones entran en cuestión, porque lo que la poesía
amplifica es la escucha que, desde luego, es cultivo de la(s) lengua(s), para
lo cual se hace imprescindible seguir leyendo, seguir aprendiendo a leer. No
acotar el proceso del poema con el supuesto de identidad, implica a la vez desmarcar
el idealizado rol o manoseado rótulo de Poeta: llamamiento a continuar
investigando qué significa ese hacer propio de la poesía, en éste como en
cualquier espaciotiempo (pero sobre todo en éste). De manera que estamos,
ahora, en la simultaneidad de una época conflictiva (en un mundo impredecible),
en este continente (aunque casi sin contención), en lo abierto del sentido, tal
como siempre se ha estado, supongo. Por esto es que quiero subrayar (ante los
espejismos paralizantes de la época, la administración paranoica de la
violencia y sus admoniciones económicas o bélicas sin perspectiva de
construcción social, la abstracción financiera y los vericuetos legalizadores
del poder autoritario, el rol de comodines del espectáculo, aceptado por gran
parte de la autodenominada intelligentzia) la marca turbulenta, por apasionada,
que impregna e interioriza estos valiosos testimonios de profesión de fe.
Turbulencia
que hace a la época que nos toca (y que ojalá toquemos), que agita, con su
background de contradicción, estas intervenciones cuya función más inmediata y
básica pareciera la de promover y diseminar calor (no consuelo por la belleza
sino belleza en lo intenso) y que menciono, para concluir, porque ella es señal
inequívoca de honestidad: a su impulso variable, «el debate» deviene
conversación multirradiada, registro orgánico y combinatorio a la vez que
exposición pública de las subjetividades en juego (un paso al costado de
cualquier inercia o indiferencia o especulación por reactivar la relación),
simultáneas concepciones actualizadoras del intento y la meditación en la
palabra. Tal vez porque en el vaivén entre receptividad e insurgencia, puedan
situarse el desafío y el riesgo (en cuanto ampliación de la conciencia más acá
de cualquier límite) que toda poética, siempre y todavía, merece corporizar.
1 «Se
puede llamar alteridad al sentimiento de lo otro, esto es, de verse otro en uno
mismo, de constatar en uno mismo el desastre, la mortificación o la alegría del
otro. Ese término pasa a ser así lo opuesto de lo que significaba en el
vocabulario existencial de Charles Baudelaire, esto es, el sentimiento de ser
otro, diferente, aislado y hostil.» (Oswald de Andrade, «Un aspecto
antropofágico de la cultura brasileña: el hombre cordial», en Escritos
antropofágicos, col. Vereda Tropical, Ed. Corregidor, Buenos Aires, 2001,
edición de Alejandra Laera y Gonzalo Aguilar.)
2 En todo
caso, nunca estará agotada la denuncia contra la entera Cultura occidental,
encarnada (occidentalmente) por Artaud que, sea dicho, nunca se propuso maldito
en términos de personaje. El malditismo, tan aludido desde diversos ángulos en
estas mismas páginas, ¿no será -en la medida de su pasividad figurativa, su
incapacidad de participar en la gestación de una condición poética para la vida
más allá de todo solipsismo- otro nicho conceptual destilado por y para el
mantenimiento del status quo, como en otro tiempo la bohemia, para tornar
inofensiva la profunda ofensa al sistema regio por parte de la sola,
humildísima presencia de lo distinto, de lo que no calza en el ajuste social, y
que rechaza por naturaleza cualquier designio de marginalidad o condición
subterránea previstos para el artista «excéntrico», en realidad neutralizado
por su carencia socioeconómica? Y en cuanto a la ya rutinaria insistencia en la
poesía del «cuerpo femenino»: si el poeta es principalmente lector, alguien que
escribe porque está en su escucha seguir aprendiendo a leer, entonces está muy
clara su participación en lo femenino, ya no tópico condenado a marca
legitimadora de una postura políticamente correcta, sino como lo receptivo, lo
que se abre para recibir, lo que nutre en su donación y precisamente no recalca
más la frontera entre hombres y mujeres (generalizados y neutralizados en sus
especificidades deseantes, arrebatados de su condición de seres únicos cada
cual).




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