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lunes, 5 de enero de 2026

ROM FRESCHI . TAMARA KAMENSZAIN Y EL NEOBORROSO: UN CHISTE LITERAL

 


foto de Ludy Villanueva




La trayectoria de Tamara Kamenszain atraviesa diferentes agrupaciones y generaciones de escritores y se constituye en enlace de redes (Maíz y Fernandez Bravo; 2009, Maíz, 2011) que actúan tanto en la tradición argentina como en la latinoamericana. Allegada a la revista Literal, protagonista de la flexión rioplatense del neobarroco, el neobarroso, y punta de flecha de las reflexiones del siglo XXI en torno a las literaturas sin metáfora (Kamenszain, 2008) y/o postautónomas (Ludmer, 2021), lo cierto es que al proponer el término “neoborroso” (2013), Kamenszain enlaza, de manera humorística, un recorrido que la mantiene conectada con variadas redes a nivel nacional y continental, al tiempo que produce una diferencia que la vuelve vinculable con otras generaciones. De esa manera, consolida nuevas conexiones y se recorta en un “cuarto propio” como “poeta-crítica” que postula la continuidad de la tradición a través de la ruptura.  Me interesa hacer un recorrido por la trayectoria de Kamenzsain a través de las propuestas de las distintas agrupaciones y redes con las que establece contacto para, a través de una “explicación del chiste” (Masotta, 2008; Kristeva, 2005) “neoborroso”, dar con una posición de irreverencia que conjuga tradiciones que se piensan por separado.

 
Lo borroso

Este escrito surge en el marco de los intereses de distintos proyectos de investigación en el ámbito académico, que se combinan con mis inquietudes previas como poeta, y lectora y que me llevaron a singularizar desde distintos aspectos la figura y la obra de Tamara Kamenzsain como una presencia recurrente a la vez que cambiante en los últimos cincuenta años de literatura argentina y latinoamericana.

Esa recurrencia y esa variación se deben, en gran medida, a una multiplicidad de roles asumidos por Tamara Kamenszain en el trabajo con la literatura, que van más allá de un género literario o incluso de la escritura misma, y que van configurando un determinado espacio, con un determinado acervo dentro del reparto de lo sensible (Rancière, 2009). Kamenzsain ha formado parte de grupos de, en sus palabras, amigos escritores, en torno a la revista Literal, fue llamada y se autodenominaba neobarroca, a la hora de escribir literatura y eso implica el rol dual de poeta-crítica, pero también ha realizado trabajos en otras posiciones que ofrece la institución literaria, como son la tarea de bibliotecaria, la realización de entrevistas y reseñas periodísticas, la lectura de originales como consultora en editoriales, la gestión de espacios culturales como el C. C. Rojas, la coordinación de Talleres de Poesía o Escritura Creativa particulares y en diferentes instituciones, tanto en Argentina como en el exterior, la docencia universitaria tanto de teoría e historia literaria como de escritura creativa, labor que incluye la creación y participación en la Licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes. A eso podemos sumar el enlace “literal” con Héctor Libertella, (Freschi, 2025) (y la maternidad también literal en relación a Mauro Libertella). Esa multiplicidad la posiciona como una figura de enlace y conexión entre redes de muy diferente índole.

En su escritura propiamente dicha, es notable una construcción elástica de los géneros literarios que lleva a una indiferenciación entre ellos, en cuanto a que, si bien la leemos mayormente como poeta, ensayista y crítica literaria, también ha escrito novela y autobiografía, pero sobre todo, en cada uno de esos géneros, ha mezclado todos los otros produciendo tensiones en la enunciación literaria y sus polos de ficción y testimonio. (Hamburger, 1995)

 En ese punto de cruce entre un lugar de enunciación múltiple y una diversidad de roles dentro de la institución literaria, podríamos pensar que Tamara Kamenszain se encuentra habilitada a tomar varias o incluso todas las direcciones a la vez. Me interesa entonces pensar su lugar de enunciación y su posición en la literatura argentina – y también la latinoamericana. Para ello, me serviré como punto de partida de una de sus invenciones: el vocablo “neoborroso”.  La palabra, que fue evolucionando a la vista de los lectores- indiferenciados también entre amigos, alumnos, íntimos y éxtimos-  puede volverse metáfora a la vez que proyección de la propia carrera y poética de Kamenzsain.

De acuerdo a su relato en una entrevista realizada por Enrique Foffani en 2010, el término surge como respuesta del momento a una pregunta sobre el neobarroco en una mesa de lectura en un festival de Ecuador. Más tarde, en la promoción de su poesía reunida, en 2013 aparece el titular: “Kamenszain: <Quiero transitar hacia el neoborroso>” (Toledo, 2013). Ya en 2016, el término resulta parte de uno de sus artículos académicos, y queda convertido en “concepto” que permite pensar la obra de una generación posterior.

Entonces, surge en un contexto latinoamericano: Ecuador, y el neobarroco. Es notable en cuanto que, en algunas discusiones meramente argentinas, el barroco y el neobarroco son temas perimidos (Díaz, 2021; Freschi, 2025), mientras que fuera de Argentina las discusiones hallan continuidades de distinta índole. Esto sería material para otro trabajo. Con todo, es posible señalar que marca desde el surgimiento del término una diferencia de contextos en los que el vocablo opera: uno latinoamericano, en el que el debate y la escritura neobarroca continúan teniendo vigencia y otro argentino en el que esas discusiones y prácticas se hallan invisibilizadas o se consideran obsoletas, en tanto no son retomadas por los espacios académicos, incluso hasta el punto en el que parecen darse por terminadas con el propio Perlongher (Freschi, 2025).  En ese punto, la respuesta de Tamara consigue por un lado, señalar lo perimido de la discusión, pero sin cortar del todo su propia relación con el neobarroco. La expresión reúne dos pájaros de un tiro.


El chiste

La palabra “neoborroso” puede describirse como compuesta del prefijo “neo” y el adjetivo “borroso”. Sin embargo, está claro que su sentido no se limita a la unión de los significados que aporta cada significante, sino que debe interpretarse en el contexto de las discusiones ya mencionadas sobre el neobarroco. Es entonces cuando puede pensarse como un chiste, de acuerdo a la reflexión de Freud, puesto que actúa en un contexto que le ofrece, como mínimo, una otra interpretación. En el espacio de una sola palabra, se condensa y ahorran una serie de explicaciones si uno se halla en el marco del contexto compartido al que alude la expresión.

 Es que el término resulta una variación del término “neobarroco”, pero además del “neobarroso” consignado por Perlongher, el cual resulta el modelo para comprender el gesto de Kamenszain. Los dos, tanto Perlongher como Kamenzsain, emplean la técnica de composición de un chiste que Freud describe como “condensación con formación de sustitutivo”, es decir, una mezcla de palabras que resulta una palabra mixta en la que además se cambia un sonido y que necesita un contexto particular para ser comprendida. (Freud, 1996, p.1036)

De acuerdo con Freud (1996, p.1167) el chiste produce placer, y este placer es vivido como un ahorro que se extrae de la “actividad anímica, un placer que se había perdido precisamente a causa del desarrollo de esta actividad, pues la euforia que tendemos a alcanzar por estos caminos no es otra cosa que el estado de ánimo de una época de nuestra vida en la que podiamos llevar a cabo nuestra labor psíquica con muy escaso gasto: esto es, el estado de ánimo de nuestra infancia, en la que no conocíamos lo cómico, no éramos capaces del chiste y no necesitábamos del humor para sentirnos felices en la vida”.

De esta cita,  me interesa pensar el cambio etario, cronológico, en la producción de sentido, y el placer ligado al humor, que es una producción pero es vivida como un ahorro. En el lugar – o los lugares – de enunciación que condensa o combina  Tamara Kamenszain hay una producción de sentido humorística ligada a la línea  Literal- Neobarroso- Neoborroso, que es además una línea temporal, cronológica en la historia literaria nacional y en la de Kamenzsain misma.


A continuación me centraré en algunas reflexiones más sobre el chiste provenientes de otros teóricos del psicoanálisis cercanos a Kamenszain y que considero pueden ser útiles a la hora de pensar su lugar de enunciación.

En primer lugar, Oscar Masotta, publicado y referido con frecuencia en el entorno de Literal. He mencionado aquí la frase “matar dos pájaros de un tiro” en un intento por unir aquello que, de acuerdo con Masotta, en la lógica del discurso, funciona al modo de los teros: “ponen el grito en un lugar y los huevos en otro” (Masotta, 1991. p. 45). En su visión del psicoanálisis, Masotta refiere a una política del tero, esto es, un funcionamiento del lenguaje en el que “la palabra revela su semejanza fundamental con el chiste. La función de las palabras por donde las palabras revelan su capacidad de remitir no a lo que quieren decir sino a otra cosa. Hay en la palabra para el psicoanálisis un operador “tero”. No hay que buscar en ellas lo que ellas significan sino otra cosa.” (Massotta, 1991, p. 45)

En esta operación de referir a un contexto otro, propia del discurso, y del chiste, Masotta propone, con una operación también de humor, una diferencia de contextos, que están separados pero que se unen a través de la palabra. Así el lenguaje es capaz de traer a la superficie manifiesta del lenguaje, contenidos ocultos en la profundidad latente del inconsciente, que en su contraste, resultan una “confesión”. En Masotta, las pulsiones sexuales y sus divisiones, entre varones y mujeres, o masculinas y femeninas resultan equivalentes como formas de relación con un solo objeto teórico: el falo y una misma falta de éste.

De esta manera, las jerarquías entre ámbitos, dimensiones, géneros, estructuras, roles, lenguajes, etc. esto es, las jerarquías en general, se ven en un estado de transgresión: es el contraste y la fricción lo que produce el chiste, en un universo ilimitado de contextos, sean banales, o altamente consagradores.

Otra posición cercana a Kamenzsain es la de Julia Kristeva. En su primera visita a Buenos Aires, Julia Kristeva ofreció una conferencia sobre la Pasión Materna. Kamenszain da cuenta de esta visita (2020), además de otras lecturas que hace sobre ella. En esa conferencia, Kristeva comenta aquello que llama la “pasión materna”.

En relación a la subjetividad materna, Kristeva (2005) observa una inestabilidad de la relación yo-Otro que produce graduaciones muy variadas entre polos muy amplios de exaltación-depresión, o proyección-identificación con distintas presentaciones, estadíos y tensiones que se suceden desde el embarazo, el parto y vuelven a experimentarse al recursar la infancia con le niñe.

De esta manera, la pasión o función materna, para Kristeva, resulta tan estructurante de la subjetividad de le niñe como la función paterna. Será la madre la encargada de estructurar, con el cambio y su posibilidad, el sentido de la temporalidad en le niñe, y la adquisición del lenguaje.

Kristeva otorga la transmisión de la cultura a la pasión materna, y hace uso de la reflexion de Freud sobre el chiste. Kristeva observa que quien cuenta un chiste, no solamente sabe el efecto que tiene, sino que sabe construirlo, y su atención se concentra en el espectador, quien debe captar el significado oculto del chiste. De esa manera, como quien cuenta un chiste, son las madres quienes transmiten los sentidos de la cultura para que sean descubiertos por le niñe sin explicación previa, y sobre todo, sin forzar los propios sentidos sobre le niñe.

En ese acto de transmitir los sentidos sociales, de manera chistosa y didáctica y sin anticipar el final, Kristeva observa una sublimacion de la pasión materna que permite a les niñes crear su propio lenguaje. En esa sublimación, hay un desapasionamiento que torna la pasión en una broma y consigue transmitir, igual que el adn, las claves de la cultura.

Me parece muy claro que Tamara Kamenszain es consciente de su lugar en las culturas argentina y latinoamericana,  lugar que está además tamizado por el espacio que esas culturas les han dado y les dan a las mujeres, es decir, a las poetas- poetisas (del neobarroco- neobarroso o no), tanto en el contexto argentino, como en el latinoamericano y el occidental.

Su respuesta, en clave de humor, tiene el valor de reunir sin mencionarlos una serie de sentidos que marcan la diferencia de los contextos, les da lugar, para luego dejarnos ver la construcción de un cuarto propio[1]. Que no los mencione, no implica que no sean escuchados, al contrario, desde una tradición Literal, el modus operandi de Tamara Kamenszain resuena de lleno en la irreverencia, en la intriga y el humor.

Por un lado, se hace parte del neobarroco al avanzar en la denominación a partir de un juego fónico con el lenguaje frecuente en esa red – ella menciona primeramente a Perlongher y el neobarroso, y posteriormente alude al New Barranco, enunciado por Cucurto (Kamenzsain, 2016, pp.601-602) pero podríamos pensar otras, desde lo latinoamericano, lo neoberraco (Sarduy, Castañón), o lo neo-no-barroco o el barrococó (Espina). Por otro lado, al instalar lo borroso, se sitúa en una zona de indeterminación aún mayor que la que ofrecería lo barroso del neobarroso, puesto que tanto el neobarroco como el neobarroso tendrían un desgaste que los convertiría en cristalizaciones:

 

“… con el Neoborroso se trata de borrar lo ya cristalizado, ahora podemos pasar a otra cosa, es como una vuelta de página: lo que una vez fue útil, ahora ya no lo es más.” (Entrevistada por Foffani, 2010)

 

A diferencia de lo barroco y lo barroso, que aluden a cosas materiales – perlas, barro – el neoborroso anula, borra esa materialidad, parece tornarse puramente conceptual. El neoborroso propone un estado de indeterminación y una acción “borradora”, garante de un futuro posible.

 

En esa garantía de futuro, opera un lugar de enunciación en perpetua transición, que además es fiel solo a la transición. Cuando hay dureza y cristalización, la lengua borra lo anterior con un fluido. Ahí el chiste, el desapasionamiento materno, de acuerdo a Kristeva. Que es además neobarroso, cuya lengua poética se despliega en juegos de palabras.

 

Kamenszain admite no haber comprendido originalmente el gesto de Perlongher:

“… nosotros, sus compañeros de ruta, no teníamos la capacidad de vislumbrar. Es por eso tal vez que leímos el paso con el que él avanzó desde el neobarroco al neobarroso, más como ejemplo de un extraordinario malabarismo lingüístico que como un verdadero gesto crítico” (Kamenszain, 2016, p.600)

Así como “lo que empezó como poesía / tuvo que terminar como novela” (Kamenszain, 2021, p.15) parece que lo que comenzó como un chiste o “malabarismo lingüístico” puede devenir herramienta crítica. Kamenszain enlaza vida y poesía, ficción y testimonio, chiste y crítica a través de un movimiento temporal que permite hallar entre lo binario un punto de indiferenciación (o indiferencia, diría Aira) borroso. 


Lo singular como tradición

Con la palabra “neoborroso”, entonces, más que dos, Kamenzsain mata varios pájaros de un mismo tiro, entra y sale del neobarroco y del neobarroso, con un término propio que le da un lugar de singularidad. A su vez, inventa un concepto, asunto de la Filosofía (Deleuze- Guattari, 1997), concretando una vez más una posición entre la literatura y la filosofía que la ha caracterizado, que podemos pensar que también la singulariza en tanto su género: poetisa-crítica. Se suma así el debate sobre la palabra “poetisa”, que Kamenszain (2021) parece revivir como un anacronismo - esto es también un cambio de contexto -, y esa reflexión sobre la historicidad de las palabra, que puede pensarse en primera instancia como otro chiste, o gesto de provocación,  resulta que la mete de lleno – o la devuelve pero esta vez con su propio espacio e independencia simbólica - a una tradición de irreverencia argentina.  

Esa tradición, en su trayectoria personal, podemos verla desde sus inicios con su cercanía a la revista Literal. (Freschi, 2025) Desde su número 1, la revista propone la intriga como modo de participación, cuestión que instala en cinco puntos al inicio de la publicación y un ensayo breve al final. Allí se lee, entre otras cosas:

“La insistencia de ciertos juegos de palabras es literatura, como lo comprende cualquiera que sepa escuchar un chiste”  Literal nro. 1: una intriga

Y también:

“Montada como intriga literal, el juego donde el texto teórico podrá ser portador de la ficción, y de la reflexión semiótica y tejerá la trama de poema.” Literal nro.1, La intriga

 

Entre estas nociones de intriga, juego, reflexión semiótica, teoría, ficción y poema, la práctica literaria se acerca a una producción para la escucha del chiste. Es decir, a un tipo de comprensión y transmisión particulares de la cultura.

 


 

Bibliografía

 Deleuze G., Guattari, F, (1997) ¿Qué es la filosofía? Barcelona, Anagrama

Díaz, V. (2021). “neobarroco, neo-barroco”. En Beatriz Colombi

(coord.). Diccionario de términos críticos de la literatura y cultura en

América Latina, Buenos Aires, Clacso pp.353-364.

Fernández, N (2020) Ensayos críticos. Violencia y políticaen la literatura argentina. Tradición, canon y reescrituras. Córdoba, Alción

Foffani, E. (2010) “La extraña familia” Entrevista a Tamara Kamenszain, Radar Libros, Página 12, 24 de octubre

Freud, S (1996) “El chiste y su relación con el inconciente” en Obras Completas, Madrid, ed. Biblioteca Nueva, Tomo I pp.1029-1167

Freschi, R (2025) “Un enlace Literal en el neobarroso rioplatenseen Narodowski, Patricio   4tas. Jornadas de Investigación / UNAJ : investigaciones interdisciplinarias en el territorio en el actual contexto pp.517-528 disponible en: https://rid.unaj.edu.ar/handle/123456789/3375.2

----- (2025) “La red visible de Medusario: conexiones analógicas para la emergencia de la Muestra”  en Freschi R y Schnirmajer A. Compiladoras Redes culturales en América Latina (siglos XIX a XXI) Algunos entramados continentales: modernismo, neobarroco y desbordes, UNAJ, pp.93-144

disponible en https://rid.unaj.edu.ar/server/api/core/bitstreams/62810ed5-170a-4166-af0e-26e028e76620/content

-----(2024) “Muchas versiones / en una única escena sobre Tamar(a) y Kamenszain”, en plebellanube iimxxiv, disponible en https://plebellanube.wordpress.com/wp-content/uploads/2024/07/tamara-y-kamenszain-x-freschi.pdf

----- (2023) “Narratología transgenérica: un enlace entre poesía e historia. dictadura y posdictadura argentina en dos poemas de perlongher y thénon”, Revista de Investigación Narrativa, Universidad de Mar del Plata, RAIN, Vol. 3, Nº6, Julio-Diciembre , ISSN 2718-751 pp. 145-162

García G. et al. (2011) Literal, edición facsímil, Bs. As. Biblioteca Nacional

Hamburger K. (1995) La lógica de la literatura, Madrid, Visor

Kamenszain, T. (1996)  “Epílogo” a Medusario, muestra de poesía latinoamericana, Echavarren, Kozer, Sefamí, compiladores, México, Fondo de Cultura Económica

----- (2000) Historias de amor (y otros ensayos sobre poesía), Paidós, Bs. As..

----- (2012) La novela de la poesía, obra reunida, Bs. As. Adriana Hidalgo

----- (2016) Un intimidad inofensiva: los que escriben con lo que hay, Bs. As. Eterna Cadencia

----- (2016) “NEOBARROCO, NEOBARROSO, NEOBORROSO: Derivas de la sucesión perlongheriana en la poesía argentina actual”, BHS 93.6 UNA pp.599-608

----- (2018) El libro de Tamar, Bs. As. Eterna Cadencia

----- (2020) Libros Chiquitos, Bs. As. Ampersand

----- (2021) Chicas en tiempos suspendidos, Bs. As. Eterna Cadencia.

Kristeva, J. (2005) “Maternity today”, Colloque Gypsy V Vendredi 21 et samedi 22 octobre 2005-10-28 Rêves de femmes, disponible en www.kristeva.fr

Libertella, Héctor, (2002) compilador Literal 1973-1977, Bs. As. Santiago Arcos Editor.

----- (2006) La arquitectura del fantasma. Autobiografía. Bs. As.Santiago Arcos Editor.

Masotta, O. (1991) Lecciones de introducción al psicoanálisis, México, Gedisa

-----(2008) Lecturas de psicoanálisis. Freud, Lacan, Bs. As. Paidós

Rancière, J (2009) El reparto de lo sensible, Santiago de Chile, LOM

Toledo F. G. (2013) “Kamenszain: <Quiero transitar hacia el neoborroso>”, Diario Uno, 11 de Octubre.

 



[1] En el punto del humor, cabe destacar que Kamenszain no puede leerlo del todo en el neobarroco, podemos pensar por su contexto latinoamericano, y sí en el neobarroso, al que circunscribe a Perlongher como autor argentino. Lo reconoce de manera más tardía, y por eso quizás lo adjudica mejor a una generación siguiente, viendo humor únicamente en algunos poetas, sin salir ya del contexto argentino. En el caso de Cucurto, por ejemplo, Kamenszain asocia el gesto de leer el neobarroco como un sketch televisivo, o en el caso de Laguna, realizar un poema sobre una toallita femenina como algo banal y abyecto a la vez, como herencia de Perlongher en clave “neoborrosa”. En futuros trabajos cabría pensar que esas características- y otras - ligadas a Perlongher pueden adjudicarse a varios poetas neobarrocos y también a otros posteriores justamente porque la influencia y herencia de Perlongher resulta mucho más amplia de lo que ha sido leída hasta ahora. Por otro lado, también es necesario mencionar que esas características también han sido pensadas dentro de la categoría generacional de los 90, exclusiva del contexto critico argentino, con las contradicciones que allí se encuentren. Quizás sea momento de pensar las relaciones de la escritura de Perlongher con un arco mayor de las variantes de escritura de los 90 y posteriores, y con un marco que le restituya los vínculos con el neobarroso como práctica rioplatense y el neobarroco como movimiento continental. Un buen punto de partida es el modo en que Nancy Fernández (2020, pp. 189-191) analiza la polémica objetivismo- neobarroco en Argentina como una instalación del objetivismo como generación en pugna a partir de un recorte del neobarroco que, entre otras cosas, lo desliga de las relaciones con generaciones anteriores (como la de Literal) y del contexto latinoamericano (Freschi, 2025).

miércoles, 8 de octubre de 2025

TAMARA KAMENSZAIN. EL LIBRO DE TAMAR


MATA RATA

Al poco tiempo de conocernos, impulsados por un deseo de él de buscar nuevos horizontes (sobre todo laborales) nos habíamos ido por un año a vivir a Nueva York. Y fue ahí donde me enfrenté por primera vez con una rata. A decir verdad, era un ratón, pero mi fobia extrema a esos animales no distinguía, y me temo que sigue sin distinguir, entre un ejemplar casi de juguete y un verdadero roedor adulto. Corría 1975 y nos habían prestado un departamento destartalado en pleno Greenwich Village. Allí mi ex, en un claro acto de amor, tomó una escoba y mató al bichito –en criollo tranquilizador “la laucha”– que me tenía espantada. Mientras un mini-cadáver se estrellaba en la esquina de Mc Dougall y Bleecker, nuestra relación se fortalecía. Hacer algo para que el otro nos quiera, se me aparece, ahora que la evoco, como una intervención valiente: había que dejar de esgrimir argumentos inteligentes que fascinaran a nuestro interlocutor literario y pasar al acto esgrimiendo una escoba.

Seguramente mi ex al escribir “Tamar”, además de combinar con gracia bolsones semánticos que solo yo puedo llegar tal vez a desentrañar (en ese sentido parece tratarse más de un mensaje velado que de un poema propiamente dicho), sin ninguna duda también había evocado aquella escena de amor neoyorquino.

Lo que ya no pudo fue llevarla a cabo por segunda vez. Aunque, seguramente, como me lo muestra a todas luces esta nueva lectura que hago quince años después, hubiera querido hacerlo. ¡Si hasta dibujó la rama que en este caso sustituiría a la escoba! Y no se trata de un dibujo más, como aquellos entrañables bocetos de Eduardo Stupía que muchas veces acompañaron las ficciones que él escribía. En vez de la juvenil escoba de alquiler temporario, ahora lo que realmente se necesitaba era una rama arrancada del propio hogar. Una de las tantas que había en el patio-jardín de la casa donde habíamos convivido con nuestros hijos durante tantos años y de cuyas vicisitudes cotidianas yo había quedado a cargo. Parece ser que había que atar la rama para matar a la rata mientras en ese mismo acto se mataba una tara y se rearmaba la trama del amor. ¿Pero quién lo tenía que hacer? Por ahora creo entender que el hablante del poema “Tamar” parece estar dirigiéndose a sí mismo en un urgente imperativo donde hasta se impone, bajo signos de admiración, la tarea a todas luces imposible de arar el mar.

En fin, mientras voy descifrando el mensaje anagramático por esta vía, todo parece empezar a aclararse, pero, en aquel momento, todo era oscuridad.

Cuando él se fue, las noches se me complicaron. En la soledad de la cama matrimonial, una serie de ruidos extraños que antes nunca había percibido empezaron a emerger del techo y de las paredes como si hubieran estado desde siempre agazapados en el adn de la casa esperando esa oportunidad para hacerse presentes.
Después de varias noches en vela con el oído aguzado, diagnostiqué “ratas” usando la palabra que despertaba todos los decibeles de mi fobia. Así fue como al poco tiempo de que la separación se hubiera consumado, entré en pánico y desesperación, mientras a mis amigas les hacía gracia que me tomara tan en serio el merodeo de un animal que permanecía agazapado –más miedoso él que yo, decían ellas– en el techo. En ese sentido parece ser (me doy cuenta recién ahora) que el único que pescó algo de mi sentimiento de miedo y desamparo fue mi exmarido. Una de las pocas veces que conversamos telefónicamente en esos días por algún asunto relacionado con nuestros hijos, le comenté que en la casa había ratas. No me acuerdo qué me contestó, pero a los pocos días deslizó la hoja A4 debajo de la puerta.

ARMA TRAMA

 Lo de los roedores se solucionó relativamente rápido con una gata que me traje del Botánico y una nueva analista que interpretó todo lo que cabía interpretar hasta matar mi propia tara.

 Nunca le comenté nada a mi ex acerca de “Tamar” porque, como decía, el papel quedó olvidado en el fon do de un cajón. No sé si él esperaba alguna respuesta, tal vez no. En todo caso, ¿qué podría haberle respondido? ¿Correspondía una devolución literaria, de esas que solíamos propinarnos mutuamente cuando el otro terminaba un texto? De hecho, así había empezado nuestra relación. Cuando nos conocimos, por la mediación de amigos celestinos, yo estaba terminando de escribir mi primer libro mientras él ya era un consagrado precoz que a los 27 años portaba la cucarda de dos premios literarios importantes (el Paidós y el Monte Ávila).

Cuando le comenté que no lograba darle un orden a la suma de textos que conformarían mi libro, como arma de seducción él se ofreció rápidamente a ayudarme. Así fue como inauguramos un trabajo en colaboración que mantuvimos durante años. Antes de entregar un original a la editorial esperábamos las sugerencias del otro. Mi ex mantuvo esa costumbre incluso más allá de nuestra separación. Yo, en cambio, unos años antes  de ese acontecimiento, necesité liberarme del ojo crítico de él para entender mejor cuáles eran mis propias limitaciones y preferí que leyera mis libros después de publicados. (Según mi analista de ese entonces, liberarme de esas críticas fue un paso para liberar mis propios escritos de algunas ataduras retóricas de las que yo misma me quejaba).

Eran épocas en las que la costumbre de concurrir a un taller literario todavía no estaba naturalizada. De hecho, nuestra generación los empezó a implementar tímidamente como un medio de supervivencia, pero con la secreta convicción de que se trataba de algo un tanto espurio. Como el enemigo por entonces eran para nosotros los “temas”, los “referentes”, los “contenidos”, resultaba difícil sortearlos si uno quería a la vez trasmitir alguna enseñanza de escritura. Yo, por ejemplo, escribí en 1977 un texto en el que publicitaba mi “laboratorio de escritura” abriendo paraguas de antemano: ofrecía, usando la metáfora del laboratorio, lo que yo creía era una opción más cool, una especie de intermedio entre el grupo de estudios (formato que sí valorábamos en ese entonces) y el taller literario.

Pretendía, no sé bien de qué manera, pasar información teórica al mismo tiempo que daba a los participantes una devolución de lo que producían. Se ve que quería preservarme de tener que meter mano en esos “contenidos” comunicables que latían en el corazón de los escritos ajenos. Mi coraza era la teoría y quería parecerme más a Masotta con sus exitosos grupos de estudios que a algún escritor norteamericano enseñando en el writing program de una universidad. Por ese entonces yo llamaba con desprecio “pragmatismo norteamericano” a una práctica que con los años entendí hasta qué punto servía para interrumpir de cuajo el malsano solipsismo que suele atacar a los escritores.

 Ahora bien, como nosotros mismos no concurríamos a talleres (de hecho, tampoco los había) pero la necesidad de mostrar lo que escribíamos y recibir alguna devolución se nos imponía como a cualquier mortal, lo hacíamos dentro del círculo cerrado del grupo, sin la mediación de alguien con más experiencia y menos intereses creados. También había otra opción: transformar a la pareja en un taller literario. Eso hicimos durante años mi ex y yo con resultados disímiles.

Otros también parecen haberlo hecho. Ricardo Piglia, en sus Diarios, se queja de que Josefina Ludmer, quien por entonces era su pareja, le hubiera criticado un texto después de publicado: “Con Iris, antes de dormir, extraña sensación cuando ella me critica (cuando ya no hay arreglo) ‘El fin del viaje’. Lo peor es que tiene razón, todo relato se puede mejorar. Me afirmo, sin embargo, en el entusiasmo de Saer por el cuento, sobre el que me escribe una carta muy generosa”. Aquí Josefina –cuyo nombre completo es Iris Josefina Ludmer– aparece como Iris. Según la situación que narre, Piglia juega con esa duplicidad aludiendo a “Josefina L.” como alguien que es parte del mundillo literario, o a “Iris” cuando se refiere a la intimidad de la pareja.



Entre esos dos personajes de la ficción autobiográfica, es Iris quien critica, “cuando ya no hay arreglo”, dejando en su interlocutor “una extraña sensación” que lo lleva a ampararse en el afecto y la generosidad del amigo.

 En la vereda opuesta Ted Hughes, en Birthday Letters, libro de poemas enteramente referido a su relación amorosa con Sylvia Plath, narra cómo criticó, en una revista universitaria, un poema de Plath antes de conocerla, con el fin secreto de seducirla: “más para alcanzarte/ que para reprocharte, más para establecer contacto/ a través de la ajetreada astronomía/ del balancín de los estudios superiores/ o la socialización, a un nivel más bajo, que para corregirte/ con nuestros arcaicos principios preparamos/ un ataque, una mutilación, riéndonos”. Es posible que, como Hughes, también Iris haya querido, a su manera, poner a funcionar una maquinaria crítica como arma de seducción. En este caso esa maquinaria –que Ricardo Piglia siempre admiró tanto– le pertenecía a Josefina L. Sin embargo, parece ser que por fuera de la literatura, en la intimidad de la pareja que él invoca en sus Diarios, Piglia necesitaba contar, para armar la trama del amor, más con la dama del nombre secreto que con la escritora del nombre público.

 De todos modos, ya sea con Iris o con Josefina, ya sea con Tamara o con Tamar, hacer del tallerismo en pareja una instancia del amor no es tarea sencilla. “Ya no hay arreglo”, afirma Piglia casi como diciendo, lacanianamente, que “no hay relación sexual”. Porque una absoluta empatía con el texto que escribe nuestro partenaire supondría escribirlo nosotros y eso parece imposible: un desfasaje temporal nos separa siempre de lo que quisiéramos que coincida. O el texto ya estaba publicado cuando la pareja todavía no se había constituido (como en el caso Plath-Hughes) o el texto se publicó cuando la pareja se estaba consolidando (como en el caso Ludmer-Piglia) o, como en mi caso, un libro no publicado, pero sí terminado se volvió publicable gracias a la gestión de quien en realidad lo que buscaba era candidatearse para el amor.

 Sea como sea, nunca la relación tallerismo-amor aparece como simétrica o, como pide Piglia –que sí encuentra esa cualidad en el amigo–, absolutamente generosa. En este sentido, cabría preguntarse qué es lo que esperamos, en el tiempo presente de la relación, que el otro escriba si lo comparamos con lo que escribimos nosotros. ¿Queremos que se parezca a lo nuestro para así quedarnos tranquilos de que vamos por la senda correcta? ¿O preferimos que se diferencie radicalmente para que no interfiera con nuestros proyectos personales? Mi experiencia me demuestra que, a pesar de las buenas intenciones, parece imposible que no se cuelen inestabilidades momentáneas de todo tipo y, sobre todo, ese malsano intento de querer leer entre líneas para comprobar si el texto del otro dice algo sobre nosotros.

Se me dirá que algo similar estoy buscando yo ahora en “Tamar”. Sin embargo, acá la situación parece revertirse. Por primera vez un texto de mi ex, aun estando dedicado a Marta Marat, está realmente dedicado a mí. La dedicatoria “a Tamara Kamenszain” en el libro Cavernícolas es una marca más en la historia literaria de ese libro que les pertenece por entero a sus lectores. En cambio “Tamar” viene cerrado con una contraseña de cinco letras que solo yo conozco. En ese sentido, estaríamos ante un texto que no pide ser leído en los tiempos reales de un taller matrimonial. No cabe duda de que cuando él deslizó la hoja A4 debajo de mi puerta no pretendía recibir de mí una devolución literaria. De hecho, nunca sabré qué pretendía realmente porque ninguno de los dos sacó jamás el tema. Ahora, pasados tantos años y con la mediación de su muerte, una temporalidad póstuma me encuentra en la necesidad de digitar la contraseña y abrir ese inédito, porque si “Tamar” era para mí, tengo que ser yo quien lo publique sin que él se entere.

Cuando nosotros nos leíamos mutuamente, solíamos propinarnos críticas del tipo “esto tiene buen ritmo” o “acá repetís palabras” o “esto suena muy borgeano”, haciéndonos siempre los desinteresados respecto de los secretos escondidos detrás de la trama del texto, esos en los que habita la otra trama: la del amor. Ahora estoy ante una experiencia opuesta. Me estoy esforzando por entrar en los secretos (¿“bolsones semánticos”?) que hicieron de nosotros no solo una pareja de escritores sino, sobre todo, una pareja como cualquier otra. A ver si, pensándolo de esa manera, me resulta más fácil desclasificar este archivo y abrirlo al público

 

En: El libro de Tamar
ETERNA CADENCIA, mayo, 2018