Mostrando entradas con la etiqueta ROZALIE HIRS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ROZALIE HIRS. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de enero de 2026

VÍCTOR VIMOS. ROZALIE HIRS: EL RITMO DEL SIGNIFICADO

 


En esta conversación, la poeta neerlandesa Rozalie Hirs abre algunas reflexiones sobre el poema, la experiencia, el ritmo, y la respiración. Autora de poemarios como Locus (1998), Logos (2002), curvices and musicles (2013), verdere bijzonderheden (2017), ecologica (2023), entre otros, Hirs es una artista que explora en la relación entre escritura, música y diversos soportes visuales. Los vínculos con el poema como estructura que genera sentido, con varias vías para materializarlos, y con una disposición rítmica para acoplarse de forma múltiple a la cultura, son el contexto de este diálogo.

 

 V: En tu trabajo aparece con frecuencia una tensión entre lo visible y lo invisible, inscrita en el poema como relaciones que no están necesariamente presentes en las palabras. ¿Cómo puede la poesía traducir esas relaciones, que existen fuera del lenguaje, en palabras?

R: Siempre me he sentido atraída por lo invisible, por lo oculto. Como muchos poetas, tengo una tendencia natural hacia lo que escapa a la percepción directa. Ya de niña me interesaban mucho las relaciones entre las personas —la amistad, el amor, las corrientes invisibles que nos unen—. Hablaba sin cesar de estas cosas con mis amigos. Más tarde me fascinó la psicología, y durante muchos años llevé un diario de sueños como una forma de explorarme a mí misma y también al otro. Al mismo tiempo, me dejé atraer por la astrología. Sé que no es científica —yo misma estoy formada como científica— pero me atraía como un tipo de folclore, un lenguaje mitológico a través del cual intentamos comprendernos a nosotros mismos y nuestras relaciones. Hacía horóscopos para la gente, no para predecir, sino como una manera de pensar en los patrones, en la interconexión. También siento una profunda curiosidad por las ciencias naturales. La geología, la evolución, la astronomía, todo eso me fascina. Por supuesto, mi conocimiento es limitado, pero siento asombro ante la vastedad, ante los órdenes ocultos que sostienen la existencia. Algunos lo llaman Dios; yo no. Aunque crecí como católica y sigo vinculada al folclore de la creencia, no puedo decir que crea en Dios ni en un salvador. Otros han sugerido que estoy más cerca del budismo, y sí siento afinidad con la meditación, con la atención a lo que no es inmediatamente visible.

Para mí, la poesía es una forma de conocimiento, de investigar tanto el mundo como a mí misma. Es un acto de descubrir lo que está debajo del hábito y de la suposición. El lenguaje tiene aquí un papel central. A menudo olvidamos lo extraordinario que es poder hablar, leer, escribir, que exista siquiera un sistema así. Siento un profundo asombro por el lenguaje en sí. Cuando escribí Ecologica, la preocupación por la crisis climática estaba muy presente. El libro nació durante la pandemia, un tiempo en que todos nos volvimos hacia dentro. Para mí, fue natural entonces reflexionar sobre la Tierra, sobre las especies al borde de la extinción, sobre la fragilidad de los ecosistemas. Pero los ecosistemas son también metáforas de nuestras redes humanas —amistades, comunidades, interdependencias—. Nos alimentamos y somos alimentados por nuestros propios ecosistemas humanos. Así que el libro está escrito desde la preocupación, pero también desde el asombro. Celebra lo que sigue funcionando, lo que aún nos sostiene.

En el lenguaje también busco posibilidades. Quiero poner a prueba sus fronteras, descubrir nuevos caminos sintácticos o gramaticales. Otros lo llaman experimental, pero yo lo pienso más como exploratorio, como una forma de investigación. Me gusta decir a lo que aún no entiendo, a las nuevas estructuras. En ese sentido, soy una pequeña exploradora, y mi territorio es en gran medida el lenguaje.

 

V: Convive en ti este interés por la astrología, los diarios de sueños, el universo oculto; pero también por el método científicos que proporciona conocimiento de manera más estructurada. En medio de esa ambigüedad de las herramientas con las que el poeta se mueve entre el mundo, ¿cuál es el lugar para la intuición?

R: La intuición es central para mí. Incluso acuñé un término: sentir-pensar, o pensar-sentir. Me gusta unirlos. No son opuestos, sino compañeros. La gente suele tratarlos como contradicciones, pero yo no lo veo así.

Me formé como ingeniera antes de atreverme a ser artista. Mis padres insistieron en que encontrara una profesión que me garantizara independencia. Esa formación agudizó mi mente analítica. Sin embargo, junto a ella, siempre he sido sensible a las palabras, a sus texturas y resonancias. Para mí, la intuición surge cuando el análisis y la sensibilidad convergen, cuando el pensamiento y el sentimiento se entrelazan. Así es como me muevo por el mundo, y también como escribo. Siento-pienso mi camino en el lenguaje, en las relaciones, en los ecosistemas de significado. Es una especie de sensibilidad agudizada, emparejada con el rigor. Ese equilibrio —no rechazar lo racional, sino impregnarlo de sensación— es lo que significa para mí la intuición.

 V: El sentir-pensar encarnado en la materia permite ver, por ejemplo, la dimensión de la energía que atravieza la vida. En los poemas de Ecologíca (2023) describes la dinámica de formas vivas, de energías que circulan entre ellas. ¿Cómo miras la relación entre la ecología del lenguaje y la energía que anima a las palabras?

R: Es interesante que uses la palabra energía. Rara vez hablo en esos términos, pero creo que tienes razón. Cuando escribo, siento las palabras. Las escucho. Sé cuándo algo está bien, cuándo resuena, y esa resonancia es, en cierto sentido, energía. La energía siempre es temporal: fluye. Por eso la escritura debe tener su corriente, su ritmo, su continuidad. Y ese flujo debe devolver algo: a mí mientras escribo, y al lector mientras recibe el poema. Ese regalo puede ser sustento, claridad, o incluso sanación. Prefiero trabajar de esta manera, generando una corriente que nutra, en lugar de limitarme a reflejar lo feo del mundo. Para mí, eso también es energía: una corriente que ofrece, que sostiene, que sorprende con una nueva visión.

Y lo que dices sobre la vibración es importante. Las palabras vibran entre sí, sintácticamente, semánticamente, a través del sonido. El sonido es vibración literal, pero el significado también lleva sus vibraciones. La poesía es el lugar donde estas vibraciones convergen: sonido, sentido, ritmo. Y como la poesía siempre está incrustada en la cultura, esas vibraciones también varían con la lengua, con la historia, con los ancestros. Por ejemplo, tú creciste en el español —y no solo en el español, sino en una variante sudamericana con sus propios acentos, su propia pronunciación—. Yo, en cambio, provengo del neerlandés, con una herencia poética distinta. Incluso si nuestras personalidades fueran idénticas, nuestra poesía sería diferente, porque las vibraciones de nuestras lenguas son distintas, modeladas por siglos de hablantes antes que nosotros. Recuerdo, por ejemplo, cantar canciones de Mercedes Sosa en mi adolescencia. A mi hermano, que vive en España desde hace décadas, le hacía gracia mi acento sudamericano. Yo había aprendido esas canciones escuchando la voz de Sosa. Así que incluso mi canto llevaba la huella de esa ecología lingüística. Cada palabra, cada inflexión, resuena con la memoria de quienes las pronunciaron antes que nosotros, nuestros ancestros, nuestros maestros, los cantantes de cuyas canciones aprendimos. En ese sentido, la ecología del lenguaje no es solo relacional en el presente, sino también histórica. Cada poema vibra con siglos de voces.

 V: Quiero extender esto hacia la cuestión de la experiencia. Antes hablamos de la intuición, del sentir-pensar, del universo oculto. Todo eso puede ser una exploración muy personal. Pero cuando escribes un poema, ¿dónde entra tu propia experiencia? ¿Cómo usas la experiencia, junto con la creatividad, como parte de esta exploración continua al escribir?

R: Para mí, todo comienza con la experiencia. La experiencia significa sensibilidad: ver, oír, tocar, encontrarse con el otro. Toda nuestra experiencia está mediada por los sentidos.

Cuando escribo un poema, lo hago con la imaginación, pero el acto de escribir es en sí mismo una experiencia en tiempo real. Algunas personas asumen que la poesía es simplemente fantasía, pero yo no lo creo. La imaginación es una de las facultades más poderosas de la mente. Nos permite resolver problemas, comprender de otro modo, generar alegría en el descubrimiento. Escribir, para mí, es una manera de extender la experiencia hacia nuevas formas, la curiosidad me impulsa, y la poesía se convierte en una práctica de búsqueda de nuevas experiencias.

En la vida soy tranquila, no alguien que busque extremos. De joven me gustaba salir a los clubes a bailar, pero nunca me atrajeron los excesos. Prefiero el trabajo silencioso, la amistad y la reflexión. Viajar me trae nuevos encuentros, y gran parte de eso ocurre gracias a mi trabajo. Mis amigos son en su mayoría artistas, así que nuestras conversaciones vuelven una y otra vez al arte. Eso también forma parte de la experiencia que alimenta mi escritura.

 V: Otra experiencia es la de leer. A menudo pensamos que leer poesía significa decodificar signos o situarlos en un contexto cultural que los explica. Pero también está la práctica de leer como entrar en un estado: estar en el poema, estar despierto y receptivo. ¿Cómo ves el papel de la experiencia, y de la creatividad, al leer?

R: Leer es inmediato. Es como escuchar, o como tener una verdadera conversación. Cuando un poema funciona, la conexión es instantánea. Claro, puede que se necesite esfuerzo —a veces hay que descifrar un texto difícil— pero incluso ese esfuerzo da alegría. La neurociencia ha demostrado que resolver algo, avanzar hacia la comprensión, activa una sensación de recompensa en el cerebro. Pero en el nivel más profundo, es fácil. Mi esposo siempre dice que una buena relación es aquella que funciona de manera natural. Leer un poema es algo similar. Cuando resuena, te atrae, te reconoces en su vibración. Esa inmediatez es una experiencia en sí misma. No es simplemente decodificar, sino habitar el poema. Para mí, leer a poetas sudamericanos en mi juventud fue precisamente eso. Sus palabras me hablaban directamente, alimentaban mi imaginación, me traían mundos nuevos. Por eso leemos: por esa nutrición, esa chispa, ese movimiento entre nosotros y el poema. Leer no es pasivo. Es un intercambio activo, una vibración mutua.

 


V: Esa dinámica está presente en el poema y su capacidad de producir significado —no solo a través de la semiosis, sino también mediante otras fuerzas. Generalmente decimos de un poema: ah, me conmovió, me habló. Pero en esos efectos no actúa solo el significado. En tu trabajo, por ejemplo, el ritmo parece central: no necesariamente como algo que signifique, sino como algo que genera fuerzas dentro del poema. ¿Cómo ves la relación entre significado y ritmo?

R: Es una pregunta crucial. El ritmo y el sonido son fundamentales. Por supuesto, el poema existe en la página como un objeto visible, y eso ya crea ritmo: la longitud de los versos, los espacios en blanco, la forma misma de las palabras. Ese es el ritmo visual del poema, que te invita a comenzar a leer. Luego, una vez que lees, el poema se despliega en el tiempo. Se convierte en un flujo —de sonido, de sentido, de energía—. He pensado mucho en esto, porque rara vez uso puntuación y mayúsculas en mi poesía. Prefiero la continuidad, que las frases fluyan unas en otras, de modo que los fragmentos correspondan hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Esto permite interpretaciones simultáneas. Cuando se lee en voz alta, hay que elegir dónde acentuar, dónde pausar, pero las otras posibilidades permanecen latentes, capas múltiples disponibles para el lector silencioso. El arte reside en el equilibrio entre la sorpresa y la expectativa. Un buen poema posee ritmo tanto en el sonido como en el significado, y ofrece varias formas posibles de lectura entre las que el lector puede elegir. Estas cualidades nos brindan la alegría del asombro y del descubrimiento: del lenguaje, del mundo y de quienes somos.

A esto lo llamo no solo ritmo del sonido, sino también ritmo del significado —en neerlandés, betekenisritme. La idea me surgió en conversación con un amigo compositor y poeta. Describe cómo el significado mismo puede latir, alinearse o quebrarse. En mi trabajo, ciertos grupos de palabras pueden vincularse tanto con lo que los precede como con lo que los sigue, lo que abre múltiples modos de lectura y permite que varios significados coexistan simultáneamente. Leer es siempre un acto de interpretación: colocamos una puntuación (imaginaria), agrupamos las frases y tomamos decisiones. Al hacerlo, damos forma activa al sentido. El ritmo del significado puede cambiar de repente, interrumpir la continuidad o fracturar la expectativa. La poesía, creo, es un juego entre expectativa y sorpresa. El ritmo es lo que sostiene ese juego. Se genera una expectativa para que el lector escuche, pero también hay que entregar sorpresa para que algo nuevo se revele. Demasiada sorpresa, y el lector se retira; demasiada expectativa, y el poema se aplana. El arte está en ese equilibrio, donde el ritmo se convierte a la vez en sonido y en sentido.

 V: Eso me lleva a pensar en otro elemento estructural del poema: la respiración. Tú no usas puntuación en tus poemas, así que siento que es la respiración la que guía el movimiento a través de tus poemas.

R: La respiración es todo. La respiración es vida. Nuestras frases, nuestras melodías del habla, todas emergen de la respiración porque solo podemos hablar dentro de los ritmos de inhalación y exhalación. Cada uno de nosotros tiene una forma única de respirar, moldeada por nuestro cuerpo, nuestra voz, incluso por las cavidades de nuestra boca y nuestra cabeza. Y nuestra respiración también da forma a nuestros lenguajes. Para mí, escribir sin puntuación significa que la respiración precede al sentido. La respiración abre el camino, arrastra las palabras hacia adelante. El ritmo del poema se vuelve corporal. La respiración no es solo fisiológica, sino también semántica, da forma al pensamiento antes de que la mente lo nombre.

 V: Ese es un enlace posible para pensar en la relación entre el poema y la partitura musical. Antes describiste el poema como visual en la página, pero también como temporal en la lectura. Para mí, el poema en la página se parece a una notación: signos esperando ser sonados. ¿Cómo ves esta relación entre el poema y la partitura musical?

R: Es una pregunta profunda. Una partitura musical no es todavía música; solo se convierte en música cuando se interpreta. Con la poesía, el poema escrito ya es el poema, pero también se convierte en otra cosa cuando se recita. El lector, entonces, es como el músico. Leer es interpretar. Por eso hablo del empoderamiento del lector. Cuando lees, tomas innumerables decisiones: dónde pausar, cómo dar voz a un verso, cómo inclinarse hacia un significado u otro. Cada lector toca el poema de manera distinta, así como cada músico interpreta una partitura. Así que sí, un poema puede entenderse como una partitura musical. Las palabras en la página son invenciones extraordinarias —tecnologías que damos por sentadas. Vemos palabras por todas partes en la vida diaria, en pantallas y periódicos. Y, sin embargo, cuando volvemos a la página de un poema, esas marcas se convierten en instrucciones para el ritmo, el sonido, la respiración. El lector les da vida, las hace cantar.

 



 

Rozalie Hirs

ecológica (2023)

(selección)

 

TRADUCCIÓN DE Micaela van Muylem

 

 

[1]

 

entrégate como siempre y huele la nueva temporada

cuando la tierra desaparece de nuevo en el cielo más oscuro

 

restituye la lengua en nombre de la última

pareja de grullas siberianas aún con vida

 

sus comas leerlas como decapitación meditativa

un rastreo de abejas empapadas de miel

 

o de gorgoritos de un ruiseñor como el rey

grávido de sentido arrojado delante de los ojos

 

una sombra se extiende hasta el texto o las estrellas

un mundo entero fuera del paréntesis reunido

 

como un círculo de penumbra la última bandada
de palabras en riesgo develando poco a poco esta decisión

 

la semilla para plantar de veras un nuevo tiempo

que en libros sagrados capture la perdida pareja


 

[24]

 

arriba a otras formas en la tierra como nunca antes

de un modo inescrutable en lo alto una única luna

 

la siguiente noche se doblega en exuberante claridad

las raíces viven variaciones desnudas en lo profundo

 

un sendero que bordea la deriva tan llena y duradera

que cada nube de polvo se acerca alada

 

aterriza inverosímil en un parking
la historia abraza figuras desde la equinácea púrpura

 

hasta el arbusto de mariposas en que un observador

se deja caer distraído para recoger lo que es


 

[25]

 

húndete ahí donde la pulpa sangre como hierba de algodón
y vibren visibles las palabras de viento en sus variaciones el canto

 

consolidado arrojando fuera del nido revueltos

tesoros de hierba seca lejos de caminos trillados

 

sigue las hormigas por la estrecha página ya ilegible

entrando al menos en la boca de una aún joven cereza

 

para espolear impresiones y captar fenómenos

similares del otro lado de un abismo de millones

 

de elementos puestos en movimiento el rumor inaudible

de las alas de los búhos lo que puede durar un segundo


 

[32]

 

como el agua en su sitio intento tantear los bordes de mi entorno

los confines sumergiéndome entre plantas flotantes que perviven

 

desde el comienzo articular en una pita acuática de sutura ceñida

que huye en sueños hacia el cuerpo cálido presentimientos

 

en la marisma se funden los sauces con la oscuridad incluso

una verde halconera suave y desdibujada en lo alto recuerda

 

una mariposa bicolor y otra manto grande entre dos mundos ahora

anidando en nuestra naturaleza silvestre tiemblan las raíces desnudas


 

[33]

 

regresa a las entrañas del agua
si la rama aferra resuelta el junco marino y la espadaña

 

o la transparencia en todos los puntos de rocío juntos revisa
las circunstancias que aduce una tortuga en los huevos desovados

 

otro mundo entre la arena y la sal crea un oasis

en que se abren paso unas gotas pintadas de luna

 

para identidades y espesura vulnerable a diario en el mundo

revela lo salvaje la relación con nuestros recuerdos

 

el terciopelo de zumbido ardiente y manos delicadas y lentas

que cubren el ojo del mar con luz espléndida

 

aceptando las cosas como son sólo se estremece la orilla

corta sus mágicos momentos para retornar a lo ilegible





Víctor Vimos (Riobamba, Ecuador, 1985) Ha publicado, recientemente, Ácrata Alucinatoria. Variaciones peruanas (2025), Retórica del Amaranto (2024), y Acta de Fundación (2023). Hace una década lleva adelante la investigación Ritualidad y Poesía que se ha materializado en distintos soportes artísticos —visuales y escritos— y académicos. Cursa estudios de doctorado en The Ohio State University (EEUU)