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miércoles, 31 de diciembre de 2025

APUNTES: WESTPHALEN, ARGUEDAS Y LA ÉTICA DEL OTRO

 


En el vértigo urbano digitalizado donde los ecos de la ciudad se confunden con notificaciones de Twitter y algoritmos de vigilancia social, la palabra se vuelve arma y sortilegio. Mientras tanto, un gato invisible parece debatir sobre la ética de los likes, y el aroma del café se mezcla con el del humo de cigarro y la ironía: si los fachos y progres fueran memes, la ciudad ya habría colapsado. Los postes de luz parpadean como LEDs de un timeline que nunca descansa, y cada sonrisa invisible se convierte en un signo de resistencia contra la teatralización de la moral. La amistad entre José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen se erige como acto de rebelión estética y ética, un desafío contra los pedestales de la norma y la domesticación de lo Otro.

No se escribe para absolver, sino para habitar la otredad, para jugar con ella, para reírse, aunque sea silenciosamente ante la tragicomedia de un país que no logra definirse a sí mismo y que ahora tropieza en filtros, likes y dashboards de moral. En esta intersección de cafés, cartas y tertulias, la ciudad no solo se observa a sí misma, sino que escruta cada gesto, cada comentario, cada suspiro. La ironía se desliza entre sombras de fachos encubiertos y progres de Instagram, y el lector se convierte en cómplice de un feed cultural donde la ética, la estética y la otredad se entrelazan.

Antes de la argumentación seria, los gags actúan como buffer: un reloj que da la hora exacta del absurdo, un gato que sabe demasiado, un aroma a café que denuncia más que cualquier editorial. Aquí, la amistad no se mide en likes ni en trending topics, sino en la capacidad de resistir la vigilancia, de sostener la otredad y de reír con discreción. Cada tertulia, cada carta, cada conversación improvisada es un testimonio de la complejidad del Otro y de la resistencia silenciosa frente al neovictorianismo moral que todo lo quiere medir y clasificar.

Estas digresiones preparan al lector para un en el que los fachos y progres son burdos espejismos, donde el caviar es una metáfora de controlismo populista y donde Westphalen y Arguedas, a través de sus cartas y encuentros, enseñan que la verdadera pureza es ética y estética, y que la amistad es el único antivirus contra la vigilancia algorítmica.


1. SUSPENSIÓN Y ALTERIDAD




“Por mi condición de descendiente reciente de familias de inmigrantes (de mis cuatro abuelos sólo mi abuela paterna había nacido en el Perú), me sentía como en cuarentena permanente, reo de no estar integrado y no compartir las tradiciones, mejor dicho, los prejuicios e intereses de las clases dominantes” (Westphalen, 1980, p. 103).

 El sentir de no pertenecer desarma el relato nacional, y la amistad surge como refugio en medio de la fragmentación identitaria, mientras los algoritmos sociales y los trending topics intentan predecir comportamientos. En tertulias en la Peña Pancho Fierro, Arguedas narraba historias de los Andes mientras Westphalen trazaba geometrías cromáticas en sus tablets imaginarias; un murmullo: “Si este mestizo supiera de pigmentos como Emilio…” (Escobar, 2005, p. 57). La ciudad se ríe a escondidas mientras el proyecto país se desploma, posteo tras posteo.

Han (2017, p. 9) advierte la expulsión sistemática de lo distinto; Westphalen y Arguedas resisten, no por heroicidad solemne, sino por la ligereza de la ironía y la complicidad, desafiando los dictados invisibles del neovictorianismo que exige corrección, vigilancia continua y moderación de contenido.


2. FACHOS, PROGRES Y VACIAMIENTO IDEOLÓGICO

Antonio Cisneros entre Westphalen (a la izquierda) y Arguedas



La dicotomía marrones-blancos y fachos-progres es un teatro de sombras en el que la política se reduce a performance y vigilancia moral, amplificada hoy por hashtags, timelines y bots de autocensura, donde el lenguaje del neovictorianismo establece las fronteras de lo permitido. Surge en gran medida del vaciamiento ideológico impuesto desde los tiempos del viejo fujimorato que convirtió la democracia en espectáculo y el debate en coreografía (Arendt, 2009, pp. 88–92). El país fracasa repetidamente: primero en los sueños republicanos, luego en la modernización, y ahora en la gamificación de la ética.

Pasolini (2005, pp. 31–40) señala que los progres, mientras se visten con la toga ética de la resistencia, replican lógicas fascistas disfrazadas de compasión, y que incluso la corrección ética se convierte en un instrumento de control. Hoy, los poser progres vigilan al Otro con precisión quirúrgica y la delicadeza de un algoritmo moral; los gestos sutiles son martillazos calibrados por métricas de engagement y censura silenciosa.

Bourdieu (2001, pp. 37–45) muestra cómo la distinción de clases y tonos se naturaliza; la parodia progresista no disuelve la pigmentocracia, solo la replica con más brillo y filtros de Instagram. Fachos y progres coexisten como hermanos siameses de la vigilancia simbólica, mientras la amistad auténtica, la de Westphalen y Arguedas, se mueve entre sonrisa invisible y juicio encubierto.


3. MEDIACIÓN CULTURAL: PEÑA PANCHO FIERRO Y SANTA BEATRIZ



La Peña Pancho Fierro

Fundada por Alicia y Celia Bustamante, la Peña Pancho Fierro era un espacio de auténtica resistencia ética, estética y social. Allí Westphalen y Arguedas practicaban la otredad y la amistad como ejercicios de supervivencia cultural, desafiando la presión del neovictorianismo de otrora, no del vigente, que dictaba cómo debía hablarse y cómo debía reírse, incluso en la interfaz de la vida diaria.

Los tertulianos —Westphalen, Arguedas, Xavier Abril, Moro— discutían poesía, política, música andina y filosofía, mientras el humo del cigarro y el aroma del café envolvían la sala y las conversaciones se transmitían como un feed vivo de ideas. Salazar Bondy recuerda: “El aire estaba cargado de humo, café y debates; y, sin embargo, risas leves surgían solo para quienes sabían que la broma apuntaba al absurdo moral de los fachos y progres” (Bondy, 1952, p. 12).

Santa Beatriz

Santa Beatriz, ya nos ocuparemos de lo que significó esta ínsula extraña, con sus calles estrechas y cafés dispersos, era un contrapunto urbano a la rigidez social limeña. Westphalen y Arguedas hallaban espacios de encuentro informal, lejos de la teatralización del caviar y de la vigilancia moral. Migrantes europeos, artistas, poetas y músicos se mezclaban con limeños creando un mosaico de alteridad, mientras la ciudad digital miraba de reojo desde pantallas, timelines y notifications.

Westphalen escribía: “Caminábamos entre vecinos que no sabían que los mirábamos con otros ojos, y, sin embargo, se dejaban ver tal como eran. Allí la amistad respira más que las categorías” (Westphalen, 1949, p. 47).

4.   CODA 



Fernando de Szyszlo y José María Arguedas en Puerto Supe


E
n un país donde los fachos se disfrazan de progres y los progres de inquisidores, la verdadera amistad es un bypass al firewall de la moral digital y analógica. Westphalen y Arguedas, como ocurrió también con Fernando de Szyszlo, nos  enseñaron que ser Otro no es un lujo estético, sino un upgrade de supervivencia ante feeds morales, timelines de juicio y likes que dictan obediencia ética. Cada tertulia, cada café, cada sonrisa invisible es un kernel de resistencia frente a la gamificación de la corrección política, donde los emojis, hashtags y algoritmos median la vigilancia y los filtros del juicio social.

El caviar y las bandejas brillantes no son más que algoritmos líquidos, dispositivos de control social que cuantifican el compromiso ideológico y el rango de pureza moral. La otredad se convierte en antivirus frente a la estandarización del afecto y la amistad, y el humor actúa como buffer entre la moral normativa y la acción estética. Reírse de uno mismo mientras todos miran es la única forma de actualizar la ética sin colapsar el sistema.

Así, la amistad auténtica es un protocolo invisible, una interfaz de complicidad que atraviesa pigmentos, clases y siglos; un código abierto que desafía la polarización marrón-blanca, fachos-progres, la teatralización digital de lo políticamente correcto y la vigilancia algorítmica. Westphalen y Arguedas nos recuerdan que la verdadera pureza no se vota ni se tuitea: se practica, se hackea, y se comparte con quienes saben descifrar la risa invisible detrás del feed de la vida. La otredad es el único upgrade que no caduca, la amistad es la contraseña que nunca expira y el humor la energía que mantiene vivo el sistema en ruinas.


BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS 

  • Arendt, H. (2009). Los orígenes del totalitarismo. Lima: Fondo Editorial PUCP.
  • Bourdieu, P. (2001). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Lima: Fondo Editorial PUCP.
  • Escobar, V. (1997). Testimonios sobre Santa Beatriz y las tertulias. Lima: Editorial Universitaria.
  • Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto. Lima: Ediciones Altazor.
  • Pasolini, P. (2005). El cadáver exquisito. Lima: Ediciones Altazor.
  • Salazar, I. (Ed.). (1980). José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen: En la patria universal de la poesía. HAL: https://hal.science/hal-03836709/document
  • Bondy, S. (1952). Recuerdos de la Peña Pancho Fierro. Lima: Fondo Editorial PUCP.
  • Archivos personales: Arguedas, J. M.; Westphalen, E. A.; Xavier Abril; Moro. Lima.

Notas APA (ejemplos de citas)

  1. Westphalen, E. A. (1948). Carta a José María Arguedas. Archivo Literario PUCP, Lima, pp. 47–48.
  2. Westphalen, E. A. (1949). Carta a Xavier Abril. Archivo Xavier Abril, Lima.
  3. Westphalen, E. A. (1950). Carta a Moro. Archivo Moro, Lima.
  4. Westphalen, E. A. (1980). Poetas en la Lima de los años treinta. En I. Salazar, José María Arguedas y Emilio Adolfo Westphalen: En la patria universal de la poesía. HAL: https://hal.science/hal-03836709/document, p. 103.