martes, 6 de enero de 2026

MAURIZIO MEDO. ¿DÓNDE ESTÁ EL PAÍS REALMENTE?. ESCUELA, NACIÓN Y FORMACIÓN LITERARIA EN ADÁN Y CHURATA

 

A Rodrigo Vera, al margen de Mostajo

Si uno mira con atención las aulas donde se formaron ciertas escrituras, el país no aparece: aparece la nación, aparece la forma, aparece el conflicto, pero el país —con su peso— falta. El colegio no se abandona como se abandona un edificio; se arrastra, con una cortesía involuntaria, en la manera de sostener una frase hasta el final, en la paciencia aprendida con que se deja que la claridad termine de decir lo que cree decir, en esa desconfianza educada hacia las explicaciones demasiado completas. Hay escuelas que instruyen y otras —más raras— que dejan un residuo: no una doctrina, sino una forma de atención que ya no sirve para obedecer sin pensar ni para desobedecer sin método. De ese residuo, que no figura en ningún reglamento ni en ningún himno, suelen nacer las escrituras que no buscan fundar un país, sino evitar fingir que ya lo tienen bajo los pies.¹

El colegio no se abandona: se cronifica. No se recuerda: se incorpora. Permanece como ritmo adquirido, como cadencia que se infiltra en la sintaxis y ordena —aun sin quererlo— la manera de mirar, de callar, de aceptar una frase antes de sospechar de ella. En dos aulas distintas, separadas por geografía y programa, pero contemporáneas en el calendario, se aprendió la misma lección torcida: que la nación podía enseñarse; que el país, en cambio, no llegaba nunca a entrar del todo.


Hacia 1915, cuando Lima ensayaba una modernización silenciosa y los reglamentos escolares insistían en la puntualidad, la corrección idiomática y la neutralidad del aula, el Colegio Alemán funcionaba ya como una máquina de forma. Horarios exactos, materias bien delimitadas, una lengua aprendida no para proclamar sino para ordenar la percepción. A la sazón, la nación se presentaba de suyo como fondo y no como mandato; así las cosas, aprender consistía menos en creer que en atender, valga decir, en sostener la forma hasta que su exceso revelara la nonada que ocultaba. Para 1921, mientras la ciudad celebraba el Centenario con desfiles, arcos efímeros y un país que se anunciaba a sí mismo en voz alta, en esas aulas la nación pasaba sin ruido, sin fervor, como pasan las cosas bien colocadas. El país celebraba afuera; adentro, la nación se volvía paisaje.

En una ocasión —mínima, casi innecesaria— corrigió una palabra que estaba bien. No el sentido: la inflexión. El profesor aceptó la corrección con un gesto leve, administrativo. El ejercicio siguió siendo correcto, pero ya no servía del todo. No fue un desacuerdo. Fue una precisión excesiva, de esas que dejan una frase impecable y, sin embargo, inútil.


En Puno, empero, desde la reforma educativa regional de 1909, la escuela se inscribía —sin ambages— en el proyecto republicano con claridad asaz programática. Para 1918, cuando los manuales de civismo y las ceremonias escolares se habían vuelto prácticas obligatorias, todo estaba dispuesto en tal guisa que la nación pareciera aprenderse de consuno: la historia cerrada en fechas ejemplares, el civismo repetido como ejercicio de voz, la lengua normada presentada de suyo como señal de pertenencia. El acto cívico ocurría a hora fija. La bandera se izaba con gesto aprendido. Se cantaba sin desorden. Luego, en el aula, la República proseguía como relato completo, necesario, cerrado.

El país, allí, no tenía suelo.

No obstante, ello, y a despecho de tan bien ordenado aparato, bastaba cerrar el libro para que quedara un resto. La claridad, impartida en demasía, no erraba por defecto sino por exceso; por ende, aquello que no cabía en la frase correcta —la vida vivida, el suelo inmediato, la experiencia no traducible— quedaba fuera, como una nonada que, precisamente por parecerlo, empezaba a pesar. La escuela enseñaba la República; el país, por ventura, ocurría en otra parte.

A la salida del colegio, el orden se disolvía en pocas cuadras. Bastaba alejarse del patio para habérselas con otro ritmo: lenguas no escritas, lealtades no enseñadas, una vida pública harto más espesa que la lección. La República —tan clara en el cuaderno— se volvía imprecisa en la calle. El país estaba allí, a la vista, pero no entraba al aula. No por falta de voluntad, sino porque hablaba en otra cadencia.

Colegio Peruano Alemán, 1917

Donde uno aprendía a callar para mirar mejor, los otros aprendían a callar porque algo no entraba. Donde uno copiaba con exactitud como quien confía en que el mundo, pasado al papel, se deja ordenar, los otros copiaban sabiendo que lo vivido se resistía. El mismo gesto producía efectos distintos y, sin embargo, equivalentes: en un caso, la nación se afinaba hasta volverse forma; en el otro, se cargaba hasta volverse problema. En ninguno, país.

Cuando se enseñaba historia, la fuga se hacía audible. En un aula, el pasado se ofrecía sin épica; en la otra, con fervor suficiente como para exigir lealtad. Ni la sobriedad ni el énfasis lograban producir suelo. En un caso, el pasado se volvía contemplación; en el otro, sospecha.

Nadie lo había pisado.

El recreo continuaba la lección por otros medios. En Lima, la pausa prolongaba el orden. En Puno, la pausa abría la conversación lateral. Dos modos de aprender lo mismo: que la escuela no agota lo que dice.

Fotografía antigua de un grupo de estudiantes del Colegio Nacional San Carlos de Puno, institución con historia desde 1825 y centro formativo de generaciones carolinas, en un registro que remite a mediados del siglo XX.


Hacia 1926, cuando comenzaron a circular en el sur publicaciones juveniles —hojas breves, revistas de combate, papeles que no pedían permiso—, y hacia 1928, cuando apareció La casa de cartón, el efecto ya era visible. La escuela había producido algo que no figuraba en su plan. Uno escribiría para detener la experiencia hasta volverla miniatura; los otros, para interrumpir el discurso y devolverle ruido. Dos desvíos distintos, una misma procedencia.

Por eso la correspondencia entre estas dos experiencias no es anecdótica. Es estructural. Dos colegios distintos, dos proyectos pedagógicos opuestos, un mismo resultado paradójico: sujetos que no internalizan la nación como dogma y que, precisamente por ello, no llegan a vivirla como país. Uno la convierte en forma; los otros, en problema. En ambos casos, la nación se piensa. En ninguno, se pisa.

El país no se aprende.
No cabe en un cuaderno ni se ordena en una frase.
Tiene peso.
Se pega a los zapatos, enlentece el paso, obliga a arrastrar algo que no se eligió.
En esas aulas hubo nación —mirada o discutida—, pero no hubo eso.
Por eso escribieron: no para fundarlo, sino para no fingir que ya lo tenían bajo los pies.


¹ Walter Benjamin, “El narrador”, en Iluminaciones, trad. Jesús Aguirre (Madrid: Taurus, 2008), 111–134; y Walter Benjamin, “Experiencia y pobreza”, en Discursos interrumpidos I, trad. Jesús Aguirre (Buenos Aires: Taurus, 2009).

² Hannah Arendt, “La crisis en la educación”, en Entre el pasado y el futuro, trad. Ana Poljak (Barcelona: Península, 1996).

³ Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza, trad. Emilio Tenti Fanfani (Barcelona: Laia, 1996).




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