Mostrando entradas con la etiqueta Dioclesano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dioclesano. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de diciembre de 2025

LUCIANA HOVRAT. SPLIT : CUANDO SE HABITA LA HISTORIA

 


Este texto no defiende monumentos: defiende modos de habitar. El Palacio de Diocleciano aparece aquí no como una reliquia ni como una postal, sino como campo de fricción entre vida cotidiana, mercado turístico y abandono institucional. El ensayo que abre el conjunto diagnostica una forma de violencia urbana blanda —lenta, rentable, administrativamente tolerada— que convierte el patrimonio en superficie de extracción. La crónica que lo cierra devuelve ese diagnóstico al cuerpo: caminar, oler, recordar, cansarse.

En Transtierros nos interesa el patrimonio cuando deja de ser consenso. Cuando incomoda. Cuando se vuelve pregunta política y no orgullo municipal. Split no es un caso aislado, sino un síntoma: allí donde el pasado se gestiona como experiencia, la ciudad empieza a vaciarse de vida. Las comparaciones con Dubrovnik y Opatija no funcionan como modelos ideales, sino como evidencia de que el deterioro no es inevitable, sino decidido.

Publicamos este doble texto —ensayo y coda testimonial— como una intervención. No para cerrar el debate, sino para insistir en una idea básica y cada vez más erosionada: el patrimonio no se conserva separándolo de quienes lo viven. Se conserva —si se conserva— habitándolo, incluso mal, incluso en conflicto. El Palacio sigue siendo ciudad no por la protección que recibe, sino por la vida que todavía lo ocupa.


El Palacio de Diocleciano en Split constituye uno de los casos más complejos de patrimonio histórico habitado sometido a procesos contemporáneos de turistificación no regulada. Este ensayo analiza los daños materiales y simbólicos producidos por la conversión del espacio histórico en mercancía cultural, así como las fallas estructurales de los marcos legales de protección patrimonial. A través de una comparación con Dubrovnik y Opatija, se examinan modelos divergentes de gestión urbana. Finalmente, se propone una lectura crítica que reconoce en la persistencia del uso residencial una forma contradictoria pero decisiva de restitución del patrimonio a su función social originaria. El Palacio  no fue concebido como monumento sino como infraestructura vital. Residencia imperial primero, ciudad después, su transformación en tejido urbano habitado lo convirtió desde muy temprano en una anomalía histórica: un edificio de poder apropiado por la vida común. Durante siglos, esta condición híbrida —ni palacio ni barrio en sentido estricto— fue el principal mecanismo de su conservación. En el contexto del capitalismo turístico contemporáneo, sin embargo, esa misma condición se ha vuelto su mayor vulnerabilidad.

La turistificación del centro histórico de Split responde a un modelo de extracción simbólica. El patrimonio deja de entenderse como valor de uso social y pasa a operar como generador de experiencias consumibles. Como han señalado Ashworth y Tunbridge, la ciudad histórica convertida en producto turístico disuelve progresivamente la frontera entre conservación y espectáculo. En el caso de Split, esta disolución se manifiesta en daños materiales concretos: erosión acelerada de pavimentos romanos por sobrecarga peatonal, humedad persistente en sótanos, alteraciones no autorizadas de muros históricos para instalaciones contemporáneas, vibraciones estructurales producidas por una presión humana constante que excede la capacidad de carga del conjunto.

A este deterioro físico se suma un proceso menos visible pero más profundo: la tugurización patrimonial. La subdivisión intensiva de espacios históricos en unidades de alquiler turístico de corta duración produce una precarización del hábitat y una expulsión progresiva de residentes permanentes. El Palacio deja de organizarse como espacio doméstico y pasa a funcionar como infraestructura de tránsito. Esta forma de violencia urbana blanda —no espectacular, no disruptiva— opera mediante incentivos económicos, vacíos legales y una gobernanza patrimonial débil.

Aunque Croacia dispone de legislación formal de protección del patrimonio cultural, su aplicación en el caso de Split ha sido fragmentaria. Los planes de manejo existen, pero carecen de mecanismos coercitivos eficaces. La regulación del alquiler turístico es laxa y las sanciones resultan, en la práctica, irrelevantes frente a la rentabilidad del mercado. La gestión del patrimonio queda así delegada al sector privado bajo la ficción de que el turismo garantiza por sí mismo la conservación.

El contraste con Dubrovnik es revelador. Tras enfrentar una saturación turística crítica, la ciudad adoptó políticas restrictivas: control de aforos, limitación del ingreso de cruceros, reinversión directa de ingresos turísticos en conservación. Opatija, por su parte, ha sostenido un modelo de turismo de menor intensidad, apoyado en planificación urbana y preservación arquitectónica, evitando la conversión masiva del patrimonio en alojamiento informal. En ambos casos, la diferencia no es estética sino política: hubo decisiones explícitas orientadas a priorizar la habitabilidad y la integridad patrimonial.

Split permanece atrapada en una ambigüedad estructural. El Palacio de Diocleciano es simultáneamente protegido y expuesto, habitado y explotado, celebrado y erosionado. Sin embargo, esta contradicción no está exenta de potencia crítica. Siguiendo a Lefebvre, el espacio urbano solo existe plenamente cuando es producido socialmente. En este sentido, la persistencia —cada vez más precaria— de la vida residencial dentro del Palacio constituye una forma de resistencia a la museificación total.

El Palacio no sobrevive gracias a la política patrimonial, sino a la inercia de la vida. Esa vida, aunque amenazada, recuerda que el sentido profundo del conjunto nunca fue la contemplación distante, sino la convivencia múltiple. Entre ruina y refugio, el Palacio sigue siendo ciudad.

El amanecer en Split exuda siglos: sal incrustada en las piedras, pan tibio que sube desde cocinas invisibles, un murmullo de pasos superpuestos —los de ahora y los de entonces— que nunca termina de apagarse. Camino por el Peristilo como quien atraviesa un cuerpo cansado que todavía insiste en respirar. Las columnas del Palacio de Diocleciano me miran con una paciencia que no merezco. Yo también he aprendido a convivir con esta devastación amable, este desgaste sonriente que nadie quiere llamar destrucción. La mañana pesa como un objeto heredado que nadie sabe dónde guardar.

El aire es espeso. Se mezclan el mar, el detergente barato, el café industrial. Donde hubo patios domésticos hay menús plastificados; donde hubo sombra, wifi. El Palacio, pensado para alojar cuerpos, ha sido reconfigurado para alojar flujos. Cada grieta es un archivo. Cada humedad persistente en los sótanos narra una historia que nadie quiere escuchar. Me descubro riéndome de mi propio dolor, una risa seca, casi obscena, porque la indignación constante termina por volverse caricatura. La ciudad se disfraza de sí misma para sobrevivir.

Recuerdo no hace tanto tiempo, apenas unos años, cuando todavía era posible atravesar este espacio sin sentir que se violaba algo íntimo. Los niños jugaban entre columnas; los vecinos se reconocían por el sonido de los pasos. Hoy todo es tránsito breve, estancia mínima, olvido programado. Dubrovnik aparece como un espejo severo, cercado, controlado, consciente de su fragilidad. Opatija, más discreta, todavía respira. Split, en cambio, se abandona a la deriva como si el desgaste fuera el precio inevitable de existir en el mapa.

Y sin embargo —y esto lo admito con una mezcla incómoda de alivio y culpa— el Palacio no ha sido derrotado. Pese a la turistificación, pese a la tugurización, pese a la negligencia, el Palacio de Diocleciano ha vuelto a sus dueños legítimos. No al emperador, no a la postal, no al algoritmo, sino al pueblo que lo habita, lo adapta, lo desgasta y lo mantiene vivo. Su sentido nunca fue la monumentalidad aislada, sino la vida superpuesta, la domesticación del poder por la cotidianidad. La piedra aprende a ser casa.

Tal vez ahí resida la verdad más incómoda de todas: el Palacio sobrevive no como monumento puro, sino como cuerpo colectivo herido. Y mientras alguien siga viviendo aquí —tendiendo ropa entre muros imperiales, regando plantas sobre siglos— seguirá siendo ciudad.


Bibliografía

Ashworth, G. J., & Tunbridge, J. E. (2000). The tourist-historic city. Oxford: Pergamon.

Lefebvre, H. (1974). La production de l’espace. París: Anthropos.

Petrić, L. (2019). Tourism, governance and heritage management in historic cities: The case of Split. Tourism Review, 74(3), 515–529.

UNESCO. (2019). Managing tourism at World Heritage sites: Dubrovnik case study. Paris.