Este texto no defiende monumentos: defiende
modos de habitar. El Palacio de Diocleciano aparece aquí no como una reliquia ni
como una postal, sino como campo de fricción entre vida cotidiana, mercado
turístico y abandono institucional. El ensayo que abre el conjunto diagnostica
una forma de violencia urbana blanda —lenta, rentable, administrativamente
tolerada— que convierte el patrimonio en superficie de extracción. La crónica
que lo cierra devuelve ese diagnóstico al cuerpo: caminar, oler, recordar,
cansarse.
En Transtierros nos interesa el
patrimonio cuando deja de ser consenso. Cuando incomoda. Cuando se vuelve
pregunta política y no orgullo municipal. Split no es un caso aislado, sino un
síntoma: allí donde el pasado se gestiona como experiencia, la ciudad empieza a
vaciarse de vida. Las comparaciones con Dubrovnik y Opatija no funcionan como
modelos ideales, sino como evidencia de que el deterioro no es inevitable, sino
decidido.
Publicamos este doble texto —ensayo y coda
testimonial— como una intervención. No para cerrar el debate, sino para
insistir en una idea básica y cada vez más erosionada: el patrimonio no se
conserva separándolo de quienes lo viven. Se conserva —si se conserva—
habitándolo, incluso mal, incluso en conflicto. El Palacio sigue siendo ciudad
no por la protección que recibe, sino por la vida que todavía lo ocupa.
El Palacio de Diocleciano en Split constituye
uno de los casos más complejos de patrimonio histórico habitado sometido a
procesos contemporáneos de turistificación no regulada. Este ensayo analiza los
daños materiales y simbólicos producidos por la conversión del espacio
histórico en mercancía cultural, así como las fallas estructurales de los
marcos legales de protección patrimonial. A través de una comparación con
Dubrovnik y Opatija, se examinan modelos divergentes de gestión urbana.
Finalmente, se propone una lectura crítica que reconoce en la persistencia del
uso residencial una forma contradictoria pero decisiva de restitución del
patrimonio a su función social originaria. El Palacio no fue concebido
como monumento sino como infraestructura vital. Residencia imperial primero,
ciudad después, su transformación en tejido urbano habitado lo convirtió desde
muy temprano en una anomalía histórica: un edificio de poder apropiado por la
vida común. Durante siglos, esta condición híbrida —ni palacio ni barrio en
sentido estricto— fue el principal mecanismo de su conservación. En el contexto
del capitalismo turístico contemporáneo, sin embargo, esa misma condición se ha
vuelto su mayor vulnerabilidad.
La turistificación del centro histórico de
Split responde a un modelo de extracción simbólica. El patrimonio deja de
entenderse como valor de uso social y pasa a operar como generador de
experiencias consumibles. Como han señalado Ashworth y Tunbridge, la ciudad
histórica convertida en producto turístico disuelve progresivamente la frontera
entre conservación y espectáculo. En el caso de Split, esta disolución se
manifiesta en daños materiales concretos: erosión acelerada de pavimentos
romanos por sobrecarga peatonal, humedad persistente en sótanos, alteraciones
no autorizadas de muros históricos para instalaciones contemporáneas,
vibraciones estructurales producidas por una presión humana constante que
excede la capacidad de carga del conjunto.
A este deterioro físico se suma un proceso menos visible pero más profundo: la tugurización patrimonial. La subdivisión intensiva de espacios históricos en unidades de alquiler turístico de corta duración produce una precarización del hábitat y una expulsión progresiva de residentes permanentes. El Palacio deja de organizarse como espacio doméstico y pasa a funcionar como infraestructura de tránsito. Esta forma de violencia urbana blanda —no espectacular, no disruptiva— opera mediante incentivos económicos, vacíos legales y una gobernanza patrimonial débil.
Aunque Croacia dispone de legislación formal
de protección del patrimonio cultural, su aplicación en el caso de Split ha
sido fragmentaria. Los planes de manejo existen, pero carecen de mecanismos
coercitivos eficaces. La regulación del alquiler turístico es laxa y las
sanciones resultan, en la práctica, irrelevantes frente a la rentabilidad del
mercado. La gestión del patrimonio queda así delegada al sector privado bajo la
ficción de que el turismo garantiza por sí mismo la conservación.
El contraste con Dubrovnik es revelador. Tras
enfrentar una saturación turística crítica, la ciudad adoptó políticas
restrictivas: control de aforos, limitación del ingreso de cruceros,
reinversión directa de ingresos turísticos en conservación. Opatija, por su
parte, ha sostenido un modelo de turismo de menor intensidad, apoyado en
planificación urbana y preservación arquitectónica, evitando la conversión
masiva del patrimonio en alojamiento informal. En ambos casos, la diferencia no
es estética sino política: hubo decisiones explícitas orientadas a priorizar la
habitabilidad y la integridad patrimonial.
Split permanece atrapada en una ambigüedad estructural. El Palacio de Diocleciano es simultáneamente protegido y expuesto, habitado y explotado, celebrado y erosionado. Sin embargo, esta contradicción no está exenta de potencia crítica. Siguiendo a Lefebvre, el espacio urbano solo existe plenamente cuando es producido socialmente. En este sentido, la persistencia —cada vez más precaria— de la vida residencial dentro del Palacio constituye una forma de resistencia a la museificación total.
El Palacio no sobrevive gracias a la política patrimonial, sino a la inercia de la vida. Esa vida, aunque amenazada, recuerda que el sentido profundo del conjunto nunca fue la contemplación distante, sino la convivencia múltiple. Entre ruina y refugio, el Palacio sigue siendo ciudad.
El amanecer en Split exuda siglos: sal incrustada en las piedras, pan tibio que sube desde cocinas invisibles, un murmullo de pasos superpuestos —los de ahora y los de entonces— que nunca termina de apagarse. Camino por el Peristilo como quien atraviesa un cuerpo cansado que todavía insiste en respirar. Las columnas del Palacio de Diocleciano me miran con una paciencia que no merezco. Yo también he aprendido a convivir con esta devastación amable, este desgaste sonriente que nadie quiere llamar destrucción. La mañana pesa como un objeto heredado que nadie sabe dónde guardar.
El aire es espeso. Se mezclan el mar, el detergente barato, el café industrial. Donde hubo patios domésticos hay menús plastificados; donde hubo sombra, wifi. El Palacio, pensado para alojar cuerpos, ha sido reconfigurado para alojar flujos. Cada grieta es un archivo. Cada humedad persistente en los sótanos narra una historia que nadie quiere escuchar. Me descubro riéndome de mi propio dolor, una risa seca, casi obscena, porque la indignación constante termina por volverse caricatura. La ciudad se disfraza de sí misma para sobrevivir.
Recuerdo no hace tanto tiempo, apenas unos años, cuando todavía era posible atravesar este espacio sin sentir que se violaba algo íntimo. Los niños jugaban entre columnas; los vecinos se reconocían por el sonido de los pasos. Hoy todo es tránsito breve, estancia mínima, olvido programado. Dubrovnik aparece como un espejo severo, cercado, controlado, consciente de su fragilidad. Opatija, más discreta, todavía respira. Split, en cambio, se abandona a la deriva como si el desgaste fuera el precio inevitable de existir en el mapa.
Y sin embargo —y esto lo admito con una mezcla incómoda de alivio y culpa— el Palacio no ha sido derrotado. Pese a la turistificación, pese a la tugurización, pese a la negligencia, el Palacio de Diocleciano ha vuelto a sus dueños legítimos. No al emperador, no a la postal, no al algoritmo, sino al pueblo que lo habita, lo adapta, lo desgasta y lo mantiene vivo. Su sentido nunca fue la monumentalidad aislada, sino la vida superpuesta, la domesticación del poder por la cotidianidad. La piedra aprende a ser casa.
Tal vez ahí resida la verdad más incómoda de todas: el Palacio sobrevive no como monumento puro, sino como cuerpo colectivo herido. Y mientras alguien siga viviendo aquí —tendiendo ropa entre muros imperiales, regando plantas sobre siglos— seguirá siendo ciudad.
Bibliografía
Ashworth, G. J., & Tunbridge, J. E. (2000). The tourist-historic city. Oxford: Pergamon.
Lefebvre, H. (1974). La production de l’espace. París: Anthropos.
Petrić, L. (2019). Tourism, governance and heritage management in historic cities: The case of Split. Tourism Review, 74(3), 515–529.
UNESCO. (2019). Managing tourism at World Heritage sites: Dubrovnik case study. Paris.



.webp)
No hay comentarios:
Publicar un comentario