Lo supimos: seremos derrotados,
como animales sin agua,
como pequeñas flores del ciruelo
ahogadas por la helada,
como labios temblorosos implorando una palabra
atontada entre brumas porque nunca se ha formado,
todo es más rico
que la pobre ley de la palabra,
¿A dónde va esa diferencia?
¿Dónde queda
lo que parece quedar?
Derrotados, como
tibiezas y filos del pasado,
los segmentos de fuego de vida de muerte porque
todo es muerte o casi
todo es
por la muerte
el recuerdo es
tregua entre puñaladas de muerte
que te habla de la muerte.
De ahí, la poesía, la cuna de su ardor.
Visto así,
nada es más serio
ni existe una salida, las puertas
han sido clausuradas: el recuerdo
no agota su cifra y solo llama
como un pájaro de canto que se afina
como babas del diablo
se apaga y se enciende como el iris
como las finales reverberaciones
del crepúsculo. Ese llamado se disuelve
en el calor de tu anhelo
todo en suma todo avisa
del calor de tu anhelo.
(Inédito)
es la nata del tiempo: da manteca
ese pensar.
nata tibia
planta recuerdos, resurrecciones,
da muertos vivos
con la cambiada
vida
del volver.
a ver. sería así:
un desayuno, pan con manteca,
un muerto a la vida
que no fue aquel vivo.
un silencio,
es después del silencio de la muerte
ese otro. pura espera, puro
preguntar
puro
ir de nuevo: da manteca
esa nata, ese pensarte,
el despiadado luto de ti
(Inédito)
MARTIN PARR
Los plátanos dejando caer sus hojas,
los brazos apenas moviendo
entre danzas emplumadas de brisa y de
gorriones,
calles semivacías, yermos humos fríos en la
tarde,
el sol
manchó las copas de los árboles
con la asombrada paleta de los impresionistas,
solo allá arriba se entregaba a ese vórtice el
pincel,
el suave delirio de los cromos pestañeaba
de una nota en otra:
supimos
que era dable pintar la luz
y solo así sentir el vaivén de los acordes
allí en la altura, nosotros más abajo
con las mariposas bajo el brazo
guardadas
de repente en el hueco de aquel plátano
que ya no está:
despegó
con su improvisada casita de las mariposas
por burlar la gravedad
y la seca cascada del tiempo
como antes
las pérfidas luces de la patrulla
y el espinazo del miedo.
(Inédito)
8
Sonaron las campanas del sesquicentenario. De cuando en el patio liceal
muy de repente
volaron casi todas las palomas
con sordera de alas menos tres
demoradas por destinos de piedras y procesos
de sus carnes ya pesadas, y nosotros
viendo todo lo otro
allí charlamos en voz baja suspendiendo
las alegres resonancias de gargantas
con sus nuevos graves y agudos de las voces,
frente al bosque de eucaliptus
entre silencios de goma negra tapizada de oídos y de ojos,
de cuando sin embargo los damascos maduraron en dulzores de miel
y los limones de la casa desafiaron los tamaños y los jugos
de los frutos de mercado, de cuando
las uvas de la parra eran sombra dulce con agujeros de solcito
en tardes y mañanas de todos los tiempos y también
de la eternidad.
Sonaron, y con ellas, las campanas, los sueños del amor. Entre los pinos
el viento daba seda a los temblores de lo bello,
las ramas del imaginar coloreando las pupilas
al descubrir cuánto podían las palabras
pintarse de otro modo, y que así, en las volutas del aliento,
en los rizos de la tinta, saltaban con sus vuelos,
como liebres queridas, sonata impensable
como en sueños de amor de amor soñado entre
pinos que no vuelven.
(de Sesquicentenario,
2017)
MARTIN PARR
De
carnada con tu zaino, la respiración del milico se revuelca
y se
revuelca, se hace el indio, se hace el puma, todo lo que es
se
hace. Quiebra despacito las carquejas, pero las quiebra,
con
paso de serpiente renga hasta que
se
disgrasia en tu puntazo y se ahoga
en el
remanso de tu poncho, fiero, como aguas feroces
corre
lo suyo hacia fuera, circula entonces
para
cualquier lado: borbotones, chijetazos
de lo
que ya no está.
En el
horizonte un cerro.
La
aurora, dijo el gringo, de sangrientas manos.
La
aurora entre los fuegos de las torres del petróleo.
El
flete trepa, con chasquidos de cascos, salpicaduras
hasta
que todo se ve, y es ahí
que
te ves: en la punta del cerro de vos,
Vos
te ves a Vos es el nombre nuevo
de la
ciudad. ¿Y quién cree
que
el gaucho le teme a la ciudad?
Sitiala,
buscá al infiel.
Lengüetazos
marrones de un río
allá abajo
a la derecha,
anfitrión
del
horizonte, tan baguala esa sangre fría, tan linfática, tan blanda
guillotina
de tiempo, temporoso barro
tan
sin nada
que
decir,
tan
matrero ese río, tan así vos vas vos ves vos vos
y
ellos que querrán pescarte, sitialos, que tendrán la tansa tensa,
sitialos,
que se habrán equivocado, sitialos, porque no se pesca
al
propio río.
Matrero
de vos y de mí,
sitialos,
sitiate, matrero.
El
guascazo de tu rebenque es menos ciego que todos ellos,
matrero.
Matrero,
matrero de mí, finalidad sin fin,
como
un aullido
cimarrón,
como
un aullido,
cimarrón
interminable
finalidad
sin
fin.
(de Matrero, 2004)
10
la turba luminosa succionada
del abismo bandada de crisálidas
en voluptuoso enjambre fulgurantes
pájaros tibios de viento pronuncian
y la muerte no tendrá señorío
y la turba estallada mariposa
viniendo en red de venas del relámpago
de membranas del corazón la rosa
florece al cielo y corta dos guirnaldas
que caen habitan todas tus cuencas
el cielo se hace flor avasallantes
guirnaldas de piel agua azul y armiño
chorro de viaje por su borde mudo
y la muerte no tendrá señorío
(de Amor de precipicio,
1996)
12
Papel de cosas
de papel
duele la tinta Mallarmé
realidad cuello cortado
al sol
de abril el mes cruel
con once hermanos
la especie humana no puede
soportar mucha realidad
dijo el pájaro
Mallarmé
en tu fin
está mi comienzo
(de Introducción al límite, 1993)
Geografías I
ves aquellas
le dan lomo y hocico al horizonte
el atavío el desparejo haz
de patas torpes le dan cuero
ves
y cuerno torcido de pregunta
en marcha en animal
en pisoteo
en alambrado se refriega tanta carne
al sol
llevan el camino de memoria en plena médula
por eso el otro día que comiste
el caracú apretado entre dos panes
estaba lleno de caminos
y si de pronto quedás de frente al animal
pero de frente ojo con ojo
y pensás morirá descuartizado por nosotros
se subirá una culpa glandular a tu garganta
y dirás para expulsarla es obvio
la vaca no comprende
los valores
solo el miedo sembrado
ancestral de todo lo que pisa
el miedo
menos en un caso si se observa
el desconcierto cuando anda
detenidamente
por su quiebre en los dos curatos
perturbados
se advierte la conciencia
irreductible esta vez sí
de la imposible cantidad de suelo
que está obligada a comer
perdida
entre las chircas
de los cinco estómagos
(de Detrás del ojo mudo, 1989)
Hebert
Benítez Pezzolano (Montevideo, 20 de junio de 1960) es un escritor, poeta,
ensayista, crítico literario e investigador uruguayo con una trayectoria
destacada en la academia y en la crítica de la literatura latinoamericana y
uruguaya. Benítez Pezzolano se ha desempeñado tanto como poeta como crítico y
ensayista.
En poesía ha publicado varios volúmenes, entre ellos: Detrás del
ojo mudo (1989), Introducción al límite (1993), Amor de
precipicio (1996), Matrero (2004) y Sesquicentenario (2017). En
diversas entrevistas y comentarios públicos, Benítez Pezzolano ha subrayado la
importancia de una tradición literaria que dialogue con el pasado y no sólo con
la producción inmediata de cada autor, así como la necesidad de una crítica que
no reduzca la literatura a agendas superficiales. Además de su actividad
académica, ha sido fundador y director de la revista Hermes Criollo, y
colaborador frecuente en publicaciones culturales como El País Cultural
y Cuadernos de Marcha.
Ha recibido en varias ocasiones el Premio
Nacional de Literatura de Uruguay, así como el Premio Bartolomé Hidalgo por su
contribución ensayística y poética. Benítez Pezzolano es frecuentemente valorado
por su rigor académico y su enfoque en zonas de la literatura que desafían la
mimesis tradicional, especialmente a través de estudios sobre autores como Marosa
di Giorgio, Felisberto Hernández o Lautréamont. Su enfoque suele integrar
métodos fenomenológicos, hermenéuticos y hasta psicoanalíticos para explorar
cómo ciertas escrituras “raras” reconfiguran la relación entre realidad,
escritura y subjetividad.



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