Dan y los
animales dibujados (1971) es
una obra tardía de Martín Adán —seudónimo de Rafael de la Fuente
Benavides (1908–1985)— que representa uno de los experimentos más radicales
de la narrativa peruana del siglo XX. Este libro, fruto de décadas de reflexión
y experimentación formal, se ubica en la confluencia entre la prosa poética, la
novela introspectiva y la exploración sensorial de la percepción. Adán no busca
narrar acontecimientos lineales ni construir una trama convencional: su
proyecto literario consiste en transcribir la conciencia, los impulsos, la
memoria y la percepción física en lenguaje escrito, generando textos que
son a la vez laboratorios de la mente y del lenguaje.
En los
fragmentos que se presentan a continuación —“Trance de Poder” y “Mandolina
Monocorde”— se observan las características centrales de la obra: densidad
léxica, acumulación sintáctica, alternancia entre prosa y prosa poética, saltos
abruptos de línea, uso de neologismos y palabras en otros idiomas, así como un
ritmo interno que simula la cadencia del pensamiento. Estos textos reflejan la tensión
entre la introspección extrema del personaje y la percepción detallada del
mundo exterior, desde la intimidad de la habitación hasta el paisaje urbano y
natural de Barranco, en Lima.
La edición
actual respeta la estructura original de Adán, incluyendo la fragmentación, la
disposición visual irregular y los elementos tipográficos que contribuyen a la
musicalidad y al efecto sensorial del texto. El lector encontrará en estos
fragmentos una experiencia de lectura exigente, que demanda atención a
la sintaxis, al ritmo y a la acumulación de imágenes, así como al juego de
referencias científicas, literarias y sensoriales que atraviesan la obra.
TRANCE DE PODER
El Iluminado
pierde su alma en la impotencia de la acción, de sí mismo, del hecho, del
mundo. La antigua fuerza se desliza y huye, erizada, peluda, neutral y pesada
de una horrible seguridad, por los nervios fláccidos y gruesos como gatos que
se arrastran por las jarcias de los navíos, enfermos de una incurable nostalgia
de puerto. Espesos párpados me dio cerrados, estiran una piel donde se
transparentan bacilos, espiroquetas, gonococos, unidos uno a uno, en
superficiales venillas incoloras. Las manos, individuales, recorren el dorso de
los volúmenes, áspero y escabroso camino mural, donde lo rojo se funde en las
marmoraciones que cortan esmeraldas de artrópodo. Y el Iluminado no tiene otra
luz que la de sus ojos abiertos ni otro calor que el de su bata que le arropa;
su corazón, lo siente pesado, inútil: cobriza lámpara vacía. Ah, cuando su alma
emergía de él inquieta, ardiente y roja, y quemante llama…
La esposa
del Iluminado, con su cuarentena corta de años breves, no puede penetrar ese
drama ahogado. A más, para confesarlo todo: tiene un amante el canario. ¿Por
qué pedir la dicha? ¿La felicidad es un hombre que arde… apagado? Déjémosle a
sus pantuflas, con sus soberbios brazos. Ella mantiene la casa limpia y nueva,
la perpetuamente estrenada, ¡barriéndola, sacudiéndola! El Iluminado, sentado a
medias sobre su sillón, no se abandona más a sí mismo, a su yo verdadero. El
antiguo impulso vital está allí (lo palpa que le jalan de los pies en su peso
reconocido y no sus pies reumáticos). Pleno espectador, mas, ay, los instintos,
víctimas de su propia confusión, se lanzan con la cabeza baja en el oscuro
silencio: son ahora fantasmas omnipotentes, vengativos, burlones, de lámpara
vacía, de su corazón, del mundo. Querría ocio (todo en él se vuelve oscuro
silencio: profundo, metálico, raro), mas no puede. Querría sentir su pena, mas
no siente ninguna pena. El quiere, oh, sí, salir a la calle, franquear todas las
puertas, ulular, arrancarse los cabellos con ambas manos, arder, inflamarse,
llamear, quemarse, consumirse, desgarrar su chaqueta y su chaleco. Querría
todavía arder, amar, sin fin. ¡Qué roja llama, y qué ardor, qué llamear y
quemar y consumirse de locura! Impulsan al Iluminado los colapsos de su
corazón, los calambres que rozan su cuero cabelludo, el calor y el frío de su
carne y de sus huesos, por el principio y fundamento de su corazón oxidado.
—¡Eh,
vosotros todos, venid y comprobadme! Muerto está el fuego y la llama, pues ¿qué
soy sino la necesidad misma de fuego, la intención de llama, auténtico fuego y
auténtica llama? Yo que nací y viví para arder, elevarme y consumirme siempre,
estoy frío, sentado e íntegro junto a mi gorda esposa. Miradme aquí, vosotros
todos, sabedme aquí miserable con todas las miserias, sin desear nada de mi
alma, de mi llama. Compadecedme todos, lloradme todos, constante y humano.
¡Movedme, arrastradme, heridme, matadme al fin! ¡Devolvedme el fuego que han
tenido vuestras manos fulgurante y que, sin embargo, no os enciende! Hice mal
en abandonaros un alma, una llama, que no os sirve de nada. ¡Eh! ¿qué me
importáis vosotros…? ¡Devolvedme mi alma, mi llama! Se han apagado entre
vuestros abrazos viles. —¡Si! Dejad, pues, que surja un nuevo fuego, un alma
nueva en mí: frotadme contra la tierra, como se frota la yesca contra el
pedernal, y el aire elevará mi yo de llama. Me siento pronto a todo dolor, a
toda vida. ¡Escuchadme!: ich, tú, él, mesa, Wirrklickheit es happiness, merde,
merde, merde.
Toda la
habitación del Iluminado —siete cuartos y un amplio vestíbulo— se llena del
inmenso, intenso, denso nonsense de sus palabras. Los ecos se despiertan
roncos, antifónicos y distintos; soplos acústicos, globos de gas infantiles que
estallan, se derriban y retuercen sus gusanillos de caucho apenas tocan los
cielorrasos ardientes. Él, el Iluminado, doctor en Ciencias Físicas, Naturales
y Matemáticas, quizá Premio Nobel, despliega su bata sobre la faz anterior y
desnuda de su cuerpo. He aquí su vientre, inflado y desnudo, su pene azul y
pequeño, sus testículos flácidos, sus piernas peludas, lívidas marmoraciones
callosas sobre los tobillos. El corazón adentro no es todavía sino un músculo
cualquiera, nada más que un músculo cualquiera.
La esposa y
la casa se aturden a la voz. Y el Iluminado se ha vuelto perfectamente loco.
Todo, sin embargo, está en el mejor de los órdenes posibles; todo, según toda
la calle, resuena. Bendita sea la llama de sombra que inflama al esposo. El
canario, sobre una pata, las plumas erizadas en su garganta gozosa, gorjea y
gorjea…
MANDOLINA MONOCORDE
Se empina,
se ladea la isla, boyante; se sostiene sobre un metro de orilla, en el más
vertical equilibrio; manifiesta el lado secreto del asentamiento o de la
flotación, taraceado de calamares y caracoles; se le desploman rocas azules de
las cimas, que exasperan, exaltan la blanca efervescencia del mar. Al reflotar,
al reasentarse, ¿qué de asperjes, de cabezas de tramboyos, de honduras, de
nudos, de chasqueos de lengua con paladar…! Licuado, el sol, que la nube cala,
o por el flanco corre y en el aire cae, goterones unos de frenesí, otros de
cera, otros de miel.
Sabed qué es
un día en Barranco: el esfuerzo de un cholo que sube un volquete por el talud
del ferrocarril; un viejecito decente, todo ceño, mostacho, mentón, cigarrillo
en boquilla, que, ante el sol poniente, no alcanza a soltar un regüeldo; una
mirada que lleva toda la bárbara tristeza de una pared de roja luñidura, donde
percute, con huella de impacto, la música de la banda militar; una coyuntura de
solitarias calles que habrán previamente pintado nuestros ojos de los colores
preferidos, o una calle al óleo, toda brillo y sombra, teoría de inmuebles y
espolios; una blanca pared que tan bien ensambla con el cielo al fondo, blanca
pared que acaba de traspasar un vuelo de alomas negrales, blanca pared en que
nunca nada tiene sombra; jardín-eucaliptos de hoja lineal; saúcos de hoja
lustrada; fresnos de hoja lela; ficus de hoja de piel de la planta del pie;
raros árboles de hoja de humo o que no se ve; y apenas se oye; algo más que una
percepción; un giro de alma.
Sobre todo,
un día en Barranco es una tetera sobre una mesa: un fresco pintado en una
entreventana, una paloma silenciosa de la cual toda cabezada, todo paso, todo
gesto conspira a esclarecer el pavón de la pluma. Aquí, vivir es contener el
aliento, medir el tiempo en la intensidad de lo mínimo, en la vibración
imperceptible de la materia, en la palpitación oculta del día.
Notas
1. Contexto histórico y literario:
o La obra se inserta en la literatura
peruana de posguerra, caracterizada por la exploración de nuevas formas
narrativas y poéticas.
o Martín Adán retoma elementos del
modernismo, el vanguardismo y la narrativa introspectiva, proyectando la
experimentación formal hacia límites inéditos en la prosa peruana.
o Influencias externas incluyen
surrealismo y flujo de conciencia, adaptados a la sensibilidad urbana y local
de Lima, particularmente Barranco.
2. Innovación formal:
o Fragmentación y saltos de línea
reproducen la cadencia del pensamiento y la tensión perceptiva.
o Neologismos, términos científicos y
expresiones en otros idiomas amplían la percepción semántica y sonora,
desafiando la lectura lineal.
o Repeticiones y acumulaciones
verbales generan musicalidad interna, reflejando los ritmos de la conciencia y
emoción del personaje.
3. Fusión de lo íntimo y lo externo:
o “Trance de Poder” concentra
introspección extrema y conflicto existencial.
o “Mandolina Monocorde” expande la
percepción hacia Barranco y el entorno urbano y natural, integrando objetos,
paisajes y movimientos en la conciencia del observador.
o Ambos textos muestran la intención
de fusionar experiencia subjetiva y realidad sensorial, expandiendo la
conciencia literaria.
4. Importancia tipográfica y visual:
o La disposición fragmentaria,
paréntesis, saltos de línea y neologismos son parte integral del efecto de
ritmo y tensión narrativa.
o La tipografía y los espacios
refuerzan la musicalidad y la percepción sensorial del lector, generando un
flujo continuo de conciencia.
5. Recepción y legado:
o Inicialmente percibida como difícil
y radical, la obra se consolidó como texto fundamental de la literatura peruana
contemporánea.
o Influenció a escritores posteriores
en la prosa poética, la experimentación formal y la exploración de la
conciencia y percepción sensorial.
o Su importancia histórica radica en haber
ampliado los límites del lenguaje narrativo y anticipado tendencias
modernas de experimentación literaria en América Latina.
6. Recomendaciones para estudio
académico:
o Analizar neologismos y términos
científicos en relación con la percepción del protagonista.
o Observar fragmentación y saltos de
línea como elementos estructurales, no meramente visuales.
o Considerar la obra como laboratorio
literario de percepción, ritmo y lenguaje, donde cada elemento textual
contribuye a la experiencia estética y cognitiva del lector.

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