El concepto de escrituras líquidas nos permite pensar
la literatura digital como una forma de textualidad que fluye entre medios y
sistemas, en diálogo permanente con su entorno. Este concepto proviene del
ensayo Narrativas en cristal líquido: cinco apuntes de la videoescritura de la
filóloga hispánica Vega Sánchez Aparicio, docente de la Universidad de
Salamanca. Vega parte del concepto de sociedad líquida de Zygmunt Bauman que
caracteriza a la sociedad postmoderna por su ligereza, estado líquido. Esta
ponencia propone pensar la escritura contemporánea desde su flexibilidad,
inestabilidad y su capacidad de transformación.
En las últimas décadas, la literatura ha experimentado un
proceso de expansión que desborda los límites del libro impreso. La
masificación de las tecnologías digitales, la programación y los entornos
interactivos han modificado no sólo los modos de lectura y escritura, sino
también las concepciones mismas de autoría, textualidad y obra. En un contexto
así, la noción de escritura líquida propone pensar la literatura como un
sistema en flujo, en constante mutación, donde el texto se disuelve, se
reconfigura y se vuelve permeable a otros lenguajes, medios y lógicas.
Este texto pertenece a una ponencia que compartí con los
estudiantes de la Universidad Mayor de San Andrés en el marco de un encuentro
sobre las complejidades de la inteligencia artificial en la comunicación y las
artes literarias. Asimismo este texto tiene que ver con mi trabajo final de la
Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Salamanca, en el que
desarrollé la obra de escritura electrónica Niña Perro. Por lo que este texto pretende
explorar las posibilidades que emergen cuando la literatura se encuentra con
las herramientas digitales y la programación, tomando como puntos de referencia
los trabajos de Ulises Carrión y Belén Gache, dos autores que,
desde diferentes momentos históricos, reflexionan y experimentan con los
límites de la escritura. Ambos conciben el acto de escribir como un proceso
expandido, donde el lenguaje, el soporte y el lector forman parte de un mismo
entramado dinámico.
Escrituras líquidas: del
texto al flujo
En la era digital, el texto no es un objeto acabado, sino un
proceso en continuo movimiento: se actualiza, se reversiona, se replica y se
fragmenta en la red. Las obras dejan de ser unidades fijas para convertirse en
sistemas de relaciones (hipervínculos, datos, interacciones) que se expanden
más allá de su autoría original.
Esta liquidez también modifica la posición del lector. Ya no
se trata de un receptor pasivo, sino de un usuario activo, un co-creador que
ejecuta, “remixea” o completa la obra. El acto de lectura se transforma en una
práctica performativa, pero también, en una experiencia inmersiva donde se
mezclan la interpretación, la navegación y la experimentación.
En este sentido, la escritura líquida es también una
escritura colectiva: una red de voces, códigos y gestos que circulan en un
entorno interconectado. La literatura se convierte en un espacio de
colaboración entre humanos y máquinas, entre el lenguaje humano y el
computacional.
Ulises Carrión y la
redefinición del libro
Ulises Carrión, artista y teórico mexicano, presentó en El arte nuevo de hacer
libros (1975) una ruptura radical con la noción
tradicional de literatura. Para Carrión, el libro no es un contenedor pasivo de
palabras, sino una estructura espacial y temporal que el autor construye. Es
decir, el sentido no está dado únicamente por el texto escrito, sino también
por la organización del soporte, su disposición visual, su materialidad y su
interacción con el lector.
Su propuesta anticipa una lectura “programática” del libro,
es decir que el autor o la autora diseña una estructura que se activa en la
experiencia de lectura. En ese sentido, la figura del escritor(a) se desplaza
hacia la un rol de programador(a) o diseñador(a) de sistemas de sentido. Para
Carrión, la literatura no escribe historias, sino que diseña relaciones; no
produce textos, sino procesos.
Esta idea resulta central para comprender la literatura
digital contemporánea. En los entornos digitales, el texto ya no es lineal ni
cerrado, pues se comporta como un sistema interactivo donde cada lector ejecuta
una versión posible de la obra. En este nuevo paradigma, el autor o la autora
no dicta un mensaje unívoco, sino que genera un código abierto, un conjunto de
instrucciones que pueden ser activadas, modificadas o expandidas.
Belén Gache y la
escritura expandida
Décadas después, Belén Gache retoma y actualiza muchas de
las intuiciones de Carrión desde el ámbito de la literatura digital y las
narrativas electrónicas. En proyectos como Wordtoys o El libro del fin del mundo, Gache explora las intersecciones
entre escritura, tecnología y visualidad, proponiendo experiencias literarias
que integran texto, imagen, sonido y programación.
En sus obras, la palabra deja de ser un signo estático para
convertirse en un objeto mutable y performativo. La escritura se vuelve un
espacio de experimentación donde el código y el lenguaje natural conviven, se
contaminan y se reescriben mutuamente. Gache define esta práctica como
escritura expandida, entendida como un proceso de expansión del texto más allá
de los límites de la página, hacia territorios visuales, digitales y
participativos.
Desde esta perspectiva, el escritor contemporáneo no solo manipula palabras, sino también algoritmos, interfaces y datos. La programación se convierte en una extensión del lenguaje literario, y el código, como forma de escritura, contiene un potencial poético propio. La literatura digital, entonces, no imita la tecnología, sino que la habita y la resignifica.
Convergencias entre
Gache y Carrión
Tanto Carrión como Gache cuestionan la noción de obra
cerrada y la figura del autor como centro de sentido. Ambos conciben la
literatura como un arte de la relación y del proceso. Sin embargo, mientras
Carrión se movía todavía en el territorio del libro-objeto, Gache opera en el
terreno del hipertexto y del entorno digital.
Lo que los une es una concepción postautorial y procesual de
la escritura. En ambos casos, escribir implica diseñar un sistema que pueda ser
recorrido, activado y resignificado por otros. La escritura ya no es un acto de
posesión, sino de apertura.
Desde esta perspectiva,
las escrituras líquidas no son una ruptura con la tradición, sino su
continuidad expandida. Son el resultado de una larga genealogía de
experimentación formal que va desde las vanguardias históricas hasta la
literatura electrónica contemporánea.
Literatura, programación
y pensamiento algorítmico
La incorporación de la programación en los procesos
literarios no implica solo un cambio de herramientas, sino un cambio de
paradigma. El pensamiento algorítmico introduce una lógica diferente en la
creación: la escritura se estructura en base a bucles, condiciones,
repeticiones y azar.
Esta transformación abre nuevas posibilidades estéticas. Los
generadores automáticos de texto, las narrativas interactivas y los poemas
visuales programados no reemplazan a la literatura tradicional, sino que la
expanden. Permiten pensar el texto como un espacio dinámico donde la máquina
participa en la producción del sentido.
En obras como las de Gache, el código no es un medio
invisible sino un lenguaje visible, parte del discurso poético. De la misma
forma, las reflexiones de Carrión sobre la estructura del libro se pueden
releer hoy como una proto-poética de la programación literaria: su visión del
libro como sistema anticipa el modelo del software literario, donde el texto
funciona como un dispositivo ejecutable.
Conclusiones: hacia una
poética de la fluidez
Al iniciar esta investigación en el 2019, tenía una
perspectiva mucho más optimista respecto a las herramientas digitales y su
relación con las artes, no solo literarias, sino plásticas. Sin embargo, los
avances acelerados de la inteligencia artificial me preocupan, no por el
posible “reemplazo” de humanos por máquinas sino por la fragilidad de la
realidad. Nos encontramos en un proceso de entrenamiento para que nuestros
cerebros puedan distinguir lo real de lo creado por inteligencia artificial.
Aunque podríamos decir que vivimos en realidades distorsionadas y narrativas
altamente manipuladas desde la masificación de los medios de comunicación, en la era de la inteligencia artificial, los
algoritmos generativos y los entornos inmersivos, la literatura enfrenta el
desafío de reinventarse sin perder su dimensión simbólica. Las escrituras
líquidas nos invitan a pensar la literatura como un proceso más que como un
producto, como una práctica que integra lo humano y lo técnico, lo analógico y
lo digital.
Ulises Carrión y Belén Gache, cada uno a su manera,
anticipan y encarnan esta transformación. Las obras de ambos autores nos
acompañan en el proceso de comprensión acerca del acto de escribir más allá de
la producción de textos, sino pensarlo como una creación de experiencias de
lectura y significación en movimiento.
Así, las herramientas digitales y la programación no deben
ser vistas como una amenaza a la literatura, sino como su continuación natural
en un nuevo medio. La escritura, en su estado líquido, se disuelve para volver
a formarse: cambia de forma, pero no de esencia.
El desafío para escritores, críticos y lectores es aprender
a navegar en este mar de signos, donde la palabra, el código y la imagen se
entrelazan para generar nuevos modos de imaginar, narrar y habitar el mundo.
Referencias
bibliográficas
Carrion, U. (s/f). El arte nuevo
de hacer libros.
Gache, B. (s/f). ¿Qué es la
poesía (para un robot)?
Sánchez Aparicio, V. (Ed.). (2015). Narrativas
en cristal líquido: cinco apuntes de videoescritura.

