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lunes, 29 de diciembre de 2025

LUCÍA CARVALHO. ESCRITURAS LÍQUIDAS: LA LITERATURA EN LA ERA DE LA PROGRAMACIÓN Y LOS ENTORNOS DIGITALES

 


El concepto de escrituras líquidas nos permite pensar la literatura digital como una forma de textualidad que fluye entre medios y sistemas, en diálogo permanente con su entorno. Este concepto proviene del ensayo Narrativas en cristal líquido: cinco apuntes de la videoescritura de la filóloga hispánica Vega Sánchez Aparicio, docente de la Universidad de Salamanca. Vega parte del concepto de sociedad líquida de Zygmunt Bauman que caracteriza a la sociedad postmoderna por su ligereza, estado líquido. Esta ponencia propone pensar la escritura contemporánea desde su flexibilidad, inestabilidad y su capacidad de transformación.

En las últimas décadas, la literatura ha experimentado un proceso de expansión que desborda los límites del libro impreso. La masificación de las tecnologías digitales, la programación y los entornos interactivos han modificado no sólo los modos de lectura y escritura, sino también las concepciones mismas de autoría, textualidad y obra. En un contexto así, la noción de escritura líquida propone pensar la literatura como un sistema en flujo, en constante mutación, donde el texto se disuelve, se reconfigura y se vuelve permeable a otros lenguajes, medios y lógicas.

Este texto pertenece a una ponencia que compartí con los estudiantes de la Universidad Mayor de San Andrés en el marco de un encuentro sobre las complejidades de la inteligencia artificial en la comunicación y las artes literarias. Asimismo este texto tiene que ver con mi trabajo final de la Maestría de Escritura Creativa de la Universidad de Salamanca, en el que desarrollé la obra de escritura electrónica Niña Perro. Por lo que este texto pretende explorar las posibilidades que emergen cuando la literatura se encuentra con las herramientas digitales y la programación, tomando como puntos de referencia los trabajos de Ulises Carrión y Belén Gache, dos autores que, desde diferentes momentos históricos, reflexionan y experimentan con los límites de la escritura. Ambos conciben el acto de escribir como un proceso expandido, donde el lenguaje, el soporte y el lector forman parte de un mismo entramado dinámico.

Escrituras líquidas: del texto al flujo

En la era digital, el texto no es un objeto acabado, sino un proceso en continuo movimiento: se actualiza, se reversiona, se replica y se fragmenta en la red. Las obras dejan de ser unidades fijas para convertirse en sistemas de relaciones (hipervínculos, datos, interacciones) que se expanden más allá de su autoría original.

Esta liquidez también modifica la posición del lector. Ya no se trata de un receptor pasivo, sino de un usuario activo, un co-creador que ejecuta, “remixea” o completa la obra. El acto de lectura se transforma en una práctica performativa, pero también, en una experiencia inmersiva donde se mezclan la interpretación, la navegación y la experimentación.

En este sentido, la escritura líquida es también una escritura colectiva: una red de voces, códigos y gestos que circulan en un entorno interconectado. La literatura se convierte en un espacio de colaboración entre humanos y máquinas, entre el lenguaje humano y el computacional.

Ulises Carrión y la redefinición del libro

Ulises Carrión, artista y teórico mexicano, presentó en El arte nuevo de hacer libros (1975) una ruptura radical con la noción tradicional de literatura. Para Carrión, el libro no es un contenedor pasivo de palabras, sino una estructura espacial y temporal que el autor construye. Es decir, el sentido no está dado únicamente por el texto escrito, sino también por la organización del soporte, su disposición visual, su materialidad y su interacción con el lector.

Su propuesta anticipa una lectura “programática” del libro, es decir que el autor o la autora diseña una estructura que se activa en la experiencia de lectura. En ese sentido, la figura del escritor(a) se desplaza hacia la un rol de programador(a) o diseñador(a) de sistemas de sentido. Para Carrión, la literatura no escribe historias, sino que diseña relaciones; no produce textos, sino procesos.

Esta idea resulta central para comprender la literatura digital contemporánea. En los entornos digitales, el texto ya no es lineal ni cerrado, pues se comporta como un sistema interactivo donde cada lector ejecuta una versión posible de la obra. En este nuevo paradigma, el autor o la autora no dicta un mensaje unívoco, sino que genera un código abierto, un conjunto de instrucciones que pueden ser activadas, modificadas o expandidas.

Belén Gache y la escritura expandida

Décadas después, Belén Gache retoma y actualiza muchas de las intuiciones de Carrión desde el ámbito de la literatura digital y las narrativas electrónicas. En proyectos como Wordtoys o El libro del fin del mundo, Gache explora las intersecciones entre escritura, tecnología y visualidad, proponiendo experiencias literarias que integran texto, imagen, sonido y programación.

En sus obras, la palabra deja de ser un signo estático para convertirse en un objeto mutable y performativo. La escritura se vuelve un espacio de experimentación donde el código y el lenguaje natural conviven, se contaminan y se reescriben mutuamente. Gache define esta práctica como escritura expandida, entendida como un proceso de expansión del texto más allá de los límites de la página, hacia territorios visuales, digitales y participativos.

Desde esta perspectiva, el escritor contemporáneo no solo manipula palabras, sino también algoritmos, interfaces y datos. La programación se convierte en una extensión del lenguaje literario, y el código, como forma de escritura, contiene un potencial poético propio. La literatura digital, entonces, no imita la tecnología, sino que la habita y la resignifica.


Convergencias entre Gache y Carrión

Tanto Carrión como Gache cuestionan la noción de obra cerrada y la figura del autor como centro de sentido. Ambos conciben la literatura como un arte de la relación y del proceso. Sin embargo, mientras Carrión se movía todavía en el territorio del libro-objeto, Gache opera en el terreno del hipertexto y del entorno digital.

Lo que los une es una concepción postautorial y procesual de la escritura. En ambos casos, escribir implica diseñar un sistema que pueda ser recorrido, activado y resignificado por otros. La escritura ya no es un acto de posesión, sino de apertura.

Desde esta perspectiva, las escrituras líquidas no son una ruptura con la tradición, sino su continuidad expandida. Son el resultado de una larga genealogía de experimentación formal que va desde las vanguardias históricas hasta la literatura electrónica contemporánea.

Literatura, programación y pensamiento algorítmico

La incorporación de la programación en los procesos literarios no implica solo un cambio de herramientas, sino un cambio de paradigma. El pensamiento algorítmico introduce una lógica diferente en la creación: la escritura se estructura en base a bucles, condiciones, repeticiones y azar.

Esta transformación abre nuevas posibilidades estéticas. Los generadores automáticos de texto, las narrativas interactivas y los poemas visuales programados no reemplazan a la literatura tradicional, sino que la expanden. Permiten pensar el texto como un espacio dinámico donde la máquina participa en la producción del sentido.

En obras como las de Gache, el código no es un medio invisible sino un lenguaje visible, parte del discurso poético. De la misma forma, las reflexiones de Carrión sobre la estructura del libro se pueden releer hoy como una proto-poética de la programación literaria: su visión del libro como sistema anticipa el modelo del software literario, donde el texto funciona como un dispositivo ejecutable.

Conclusiones: hacia una poética de la fluidez

Al iniciar esta investigación en el 2019, tenía una perspectiva mucho más optimista respecto a las herramientas digitales y su relación con las artes, no solo literarias, sino plásticas. Sin embargo, los avances acelerados de la inteligencia artificial me preocupan, no por el posible “reemplazo” de humanos por máquinas sino por la fragilidad de la realidad. Nos encontramos en un proceso de entrenamiento para que nuestros cerebros puedan distinguir lo real de lo creado por inteligencia artificial. Aunque podríamos decir que vivimos en realidades distorsionadas y narrativas altamente manipuladas desde la masificación de los medios de comunicación,  en la era de la inteligencia artificial, los algoritmos generativos y los entornos inmersivos, la literatura enfrenta el desafío de reinventarse sin perder su dimensión simbólica. Las escrituras líquidas nos invitan a pensar la literatura como un proceso más que como un producto, como una práctica que integra lo humano y lo técnico, lo analógico y lo digital.

Ulises Carrión y Belén Gache, cada uno a su manera, anticipan y encarnan esta transformación. Las obras de ambos autores nos acompañan en el proceso de comprensión acerca del acto de escribir más allá de la producción de textos, sino pensarlo como una creación de experiencias de lectura y significación en movimiento.

Así, las herramientas digitales y la programación no deben ser vistas como una amenaza a la literatura, sino como su continuación natural en un nuevo medio. La escritura, en su estado líquido, se disuelve para volver a formarse: cambia de forma, pero no de esencia.

El desafío para escritores, críticos y lectores es aprender a navegar en este mar de signos, donde la palabra, el código y la imagen se entrelazan para generar nuevos modos de imaginar, narrar y habitar el mundo.

 

Referencias bibliográficas

 Bauman, Z. (s/f). Modernidad líquida.
Carrion, U. (s/f). El arte nuevo de hacer libros.
Gache, B. (s/f). ¿Qué es la poesía (para un robot)?
Sánchez Aparicio, V. (Ed.). (2015). Narrativas en cristal líquido: cinco apuntes de videoescritura.