Mostrando entradas con la etiqueta russell. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta russell. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de enero de 2026

APUNTES: YEAR AND YEARS: ¿ESTAMOS BIEN, TODAVÍA?

 




Hay una tristeza que se desliza por cada rendija, una humedad de tiempo y memoria que se introduce en la carne de lo cotidiano y en la conciencia de quienes observan sin poder intervenir, una tristeza que se expande como luz de neón en habitación oscura, como zumbido constante de drones que nadie recuerda haber encendido, mientras el mundo se desarma con la parsimonia de un reloj roto y la coreografía exacta de un universo que se burla de sí mismo, de nuestra insignificancia, de nuestras esperanzas de orden y estabilidad, y yo, pobre escriba condenado, me río de mí mismo mientras intento capturar con palabras lo inabarcable, como si la ironía pudiera levantar un muro contra el colapso, como si cada frase fuera un chaleco antibalas para la conciencia, inútil, claro, absolutamente inútil.

Las noticias, las notificaciones, los algoritmos que calculan nuestras vidas, las listas interminables de tareas, los tutoriales que prometen bienestar, los filtros que prometen felicidad: todo eso aparece como rituales grotescos, espectáculos de absurdo, combinando la crueldad de Gilliam, la precisión de Haneke y la sátira social que nos recuerda que somos los protagonistas de un sketch que nadie pidió y que nos están cobrando en cuotas. La mayoría postergada —nosotros— contemplamos, analizamos y diagnosticamos nuestras ansiedades a través de pantallas que prometen claridad y solo entregan vigilancia, rutinas, cifras y procedimientos que no sirven sino para recordarnos que cada gesto humano es parte de un sistema que nos excede y nos condensa al mismo tiempo, y yo me río de mí mismo por pensar que podría entenderlo.

Muriel Lyon se yergue en este paisaje como Yocasta contemporánea, abuela profética y testigo de lo inevitable, observando a sus hijos y nietos, el mundo que los rodea y los fragmentos de historia que se repiten sin pausa, registrando con una mezcla de ternura, culpa y cinismo, con la lucidez que hiere, cada signo de decadencia y cada indicio de catástrofe. Ve cómo los líderes autoritarios disfrazados de eficiencia avanzan, cómo los algoritmos deciden sobre la vida y la muerte cotidiana, cómo la crisis económica y social se multiplica y cómo la emergencia climática golpea sin tregua, cómo los desplazamientos forzados y la erosión de derechos fundamentales se convierten en paisaje normalizado, cómo la tecnología convierte la intimidad en exhibición, la vida en registro, el presente en archivo, y cómo todo esto se desarrolla ante nosotros con la paciencia de un depredador que sabe que no necesitamos advertencias, mientras yo me golpeo la frente y anoto: “qué estupidez pensar que los humanos tienen control”.

En medio de esta catástrofe que se desplaza como un insecto, el lenguaje de Ammons resuena como un eco fragmentario que atraviesa la conciencia de Muriel y la nuestra, recordando la acumulación y el azar de la existencia: “la basura / se derrama del camión / llevada por el viento a lo largo de la carretera / como un primer intento de crear un mundo”, un mundo que se ensambla de fragmentos, residuos y decisiones ajenas a nuestro control; “la carretera se extiende / sin fin / cubierta de lo que queda / del pensamiento de ayer”, como las calles de nuestra ciudad, como los días que se parecen unos a otros, como los algoritmos que deciden sobre nuestras vidas mientras seguimos registrando y midiendo, anotando rituales y gestos que nada detendrán, mientras yo agrego un comentario irreverente: “probablemente alguien en algún lugar esté usando esto como guía de supervivencia”.

El tiempo profano absoluto que describe Eliade se despliega en cada gesto, en cada notificación, en cada contrato que nadie lee; la disolución del centro que anticipa Guénon se refleja en nuestras vidas fragmentadas y en los valores que se desvanecen; la conciencia crítica que Zizek, Han y Fisher articulan se revela inútil frente a la inercia sistemática de lo inevitable; y los hombres huecos de Eliot caminan entre nosotros, rellenos de paja, conscientes de su vacío y de la imposibilidad de cambiar la trayectoria de un mundo que no tiene misericordia, que no espera, que avanza con la parsimonia del desastre anunciado, mientras yo me rio de la vana pretensión de la lucidez.

Todo esto se percibe como en un relato de Philip K. Dick: la realidad fragmentada, la identidad diluida, la certeza reemplazada por imágenes contradictorias y sistemas que parecen humanos pero que operan con lógica propia, indiferente a la moral, a la conciencia y a la historia. La percepción de Muriel se entrelaza con esta maquinaria intangible, donde la vigilancia no es externa sino interiorizada, donde cada recuerdo, cada gesto, cada decisión se convierte en un registro inevitable, un testimonio de lo que se ha vuelto inevitable y real, y yo me rio de mí mismo mientras intento describirlo sin que parezca desesperación pura, y probablemente fallo.

Cada fragmento de basura que Ammons observa se convierte aquí en metáfora de nuestras decisiones, nuestras rutinas y la infraestructura invisible que nos gobierna: “nada se pierde / solo se transforma / en aire, en sonido, en los ojos de un extraño”, como los días que Muriel observa, los movimientos políticos que registra, la información que circula y nos atraviesa, la memoria que construimos mientras somos testigos de lo inevitable y lo absurdo, mientras yo tomo nota y me río de la absurda pretensión de la narrativa.

Escribo desde la orilla de lo que ya ha comenzado a colapsar, desde la conciencia de que cada palabra es un acto de registro, un gesto irónico frente a la inevitabilidad, un guiño a los espectadores que miran sin ver y a los algoritmos que creen que nos gobiernan mientras nosotros seguimos midiendo, anotando y observando, mientras Muriel lo ve todo, advierte, murmura y registra, y mientras la realidad se despliega inexorable, hecha de fragmentos, basura, alertas, decisiones, presagios y humor negro que solo nosotros entendemos, como si la ficción se hubiera vuelto nuestro presente tangible y nosotros, a su vez, fuéramos los payasos que lloran y ríen al mismo tiempo.


Muriel Lyon: Yocasta y testigo de la catástrofe



Muriel Lyon no solo observa: habita la tragedia desde dentro. Cada palabra que pronuncia, cada silencio que deja, actúa como hilo conductor que nos guía por el colapso de su familia y, por extensión, de la humanidad. La voz de Muriel es Yocasta contemporánea, consciente de que su hijo y su mundo están destinados a sufrir las consecuencias de fuerzas que ella ya no controla. La abuela comenta, regaña, confiesa, y su voz se convierte en eco de todos los testigos postergados, la mayoría silenciosa que mira la vida consumida por la burocracia, el neofascismo y la vigilancia algorítmica.

“Nos prometieron un mañana brillante… y todo lo que tenemos son pantallas y formularios. Hasta los animales de mi nieto saben más de lo que debemos hacer que yo.” (Years and Years, 2019)

Muriel recuerda y predice. Sus monólogos se transforman en rituales de registro, donde la historia familiar se confunde con la historia de la catástrofe global, mientras su lenguaje se densifica, cargado de pausas, silencios y repeticiones. Su voz recuerda a Yocasta: conoce el destino y lo verbaliza con mezcla de amor, culpa y resignación.

“Cada decisión que tomamos… cada error que dejamos pasar… se multiplica… y ellos… los que vienen… ya saben lo que va a suceder… y nosotros… seguimos… revisando papeles… instrucciones… recetas… nada cambia… y todo continúa.” (Years and Years, 2019)

Aquí, la fragmentación del lenguaje refleja no locura, sino desesperación epistemológica: el lenguaje ya no puede contener la enormidad de lo que Muriel debe narrar. Es la tragedia de la conciencia en un mundo que ha perdido su centro (Guénon, 1927/2001), donde incluso el tiempo se ha convertido en un flujo profano absoluto (Eliade, 1959). La voz de Muriel, quebrada y repetitiva, es el registro de la precariedad de lo humano frente al transhumanismo y la administración totalitaria de la vida cotidiana.

“A veces… creo que no importa… que nada importa… y luego… veo la factura de la luz… y recuerdo… que todo sigue… como siempre… como siempre… y yo… todavía… contando… todavía… advirtiendo… como Yocasta… que nadie escucha.” (Years and Years, 2019)

Muriel, en su papel de Yocasta, se convierte en conciencia histórica, mediadora entre pasado y futuro, voz de la generación actual que observa la vida a través de pantallas y tutoriales digitales. Sus monólogos son archivos de la catástrofe, que registran la repetición de la tragedia en clave doméstica, familiar, política y social, mientras la mayoría postergada —nosotros— miramos sin intervenir, atrapados en la rutina de la vigilancia y la autooptimización (Han, 2017; Fisher, 2009).

“Nos dijeron que podíamos cambiar el mundo… y miren… seguimos aquí… haciendo listas… siguiendo procedimientos… tomando nota… mientras todo… colapsa… y ellos… que deberían escuchar… no escuchan… ¿y yo?… sigo siendo… madre… abuela… Yocasta… testigo… escribiendo…” (Years and Years, 2019)

Estos monólogos funcionan como hilo conductor del ensayo, vinculando las reflexiones filosóficas, históricas y cinematográficas con la experiencia íntima de Muriel. La abuela representa la conciencia de lo inevitable, mientras su voz fragmentada anticipa la degradación del lenguaje y la normalización de la distopía: la resignación y la lucidez coexistiendo en un tono menipeo-barroco, cruel y densamente trágico.


Muriel observa la catástrofe doméstica mientras el mundo entero se reorganiza bajo algoritmos, neofascismos suaves y la aceleración del transhumanismo. Fisher (2009) describe cómo la imaginación política desaparece, mientras Han (2017) explica cómo la autooptimización y la psicopolítica inducen obediencia sin coerción directa. Muriel, Yocasta de la distopía doméstica, articula esta catástrofe cotidiana:

“Ya no nos enseñan a ser humanos, nos enseñan a aprobar procedimientos.” (Years and Years, 2019)

El humor menipeo subraya la tragedia: cada gesto administrativo, cada rutina familiar, cada notificación digital, es parte de la catástrofe que Muriel registra sin poder revertir.

Hacia el final, su lenguaje se fragmenta y se convierte en ritmo, respiración, conciencia rota:

“Antes… creíamos… en un futuro… luego… nada… y todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
y aun así… seguimos… revisando formularios…
Todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… tenemos… instrucciones… para eso…” (Years and Years, 2019)

“Antes… creíamos… en un mañana… luego… nada… y todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
seguimos… seguimos… revisando… formularios… instrucciones…
todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… seguimos… registrando… la catástrofe…
y ustedes… mirando… buscando en IG… un oráculo…
diagnosticando… su ansiedad… mientras todo… colapsa…”


Epígrafe final: Locación, presencia y desaparición




Years and Years no espera ser encontrada en vitrinas pasajeras ni en catálogos que cambian como estaciones sin estación. La serie existe —como toda tragedia— donde las certezas se desvanecen. Aparece en pantallas que difunden lo cotidiano y lo abismal a la vez; en territorios donde el algoritmo decide qué es visible y qué no; en contratos de licencia que se renuevan o caducan sin aviso. Su presencia digital es un modo de aparición y de desaparición simultáneo: un destino acorde con nuestra época, en que lo efímero y lo permanente compiten sin tregua.

Si el cine clásico nos enseñó a pensar la catástrofe con clímax y ruptura —de Metropolis a Blade Runner—, Years and Years no se sitúa en ruptura sino en continuidad gradada. Gilliam (Brazil, 1985) vio el absurdo administrativo como pesadilla cómica; Godard (Alphaville, 1965) anticipó la deshumanización lingüística; Lynch (Eraserhead, 1977) exploró lo sin forma; Haneke (Caché, 2005) mostró la vigilancia como memoria rota; Villeneuve (Enemy, 2013) dramatizó la duplicación y la identidad fracturada; Bong Joon‑ho (Parasite, 2019) expuso la economía del resentimiento estructural.

Byung‑Chul Han nos recuerda que la autoridad moderna no reprime desde fuera, sino que exige optimización desde dentro, mientras Fisher denuncia que la imaginación política desaparece bajo la omnipresencia del “realismo capitalista” (Fisher, 2009; Han, 2017). La frase de Eliot —“Somos los hombres huecos, rellenos de paja” (1925)— es un diagnóstico existencial: la forma sin centro se multiplica, la tragedia doméstica es la tragedia colectiva, y la obra se manifiesta donde el espectador la encuentra, o deja de encontrarla.

El eco de lo inevitable.


Y así termina, aunque nada termina realmente. Muriel sigue en su casa, entre facturas, pantallas y recuerdos que se agolpan como escombros en un paisaje de desesperanza administrada. Su voz se fragmenta, repite, titubea; no por locura, sino porque el lenguaje ha dejado de servirle, porque ya no hay palabra capaz de contener la catástrofe de nuestro tiempo. Su monólogo —Yocasta entre algoritmos y postergación— es también el monólogo de la humanidad: la mayoría postergada, atrapada entre promesas incumplidas, notificaciones que dictan diagnóstico y las instrucciones interminables de una realidad que no perdona.

“Todo… continúa…
y yo… sigo… conteniendo… midiendo…
instrucciones… notificaciones…
diagnósticos… pantallas…
¿importa?… tal vez…
somos… todavía… hombres huecos…
rellenos… de… paja…” (Years and Years, 2019)

La coda se extiende más allá del registro doméstico: el eco se multiplica en los tiempos profanos de Eliade, en la disolución del centro que Guénon anticipó, en la psicopolítica de Han y en la imposibilidad de imaginar alternativas según Fisher. La tragedia no es futurista, no es remota: es presente continuo, cotidiano, domesticado, administrado, medido y normalizado. Muriel, nuestra Yocasta, sigue hablando mientras el mundo continúa su curso, indiferente, y nosotros seguimos observando: la distopía no nos llega en relámpagos, sino en ritmo constante de formularios, facturas y actualizaciones.

La risa menipea aún sobrevuela, no para aliviar, sino para subrayar la crueldad: lo absurdo no es la exageración, sino la exactitud de la predicción. Cada referencia cinematográfica —de Gilliam a Bong Joon-ho—, cada filósofo citado, cada frase fragmentada, es un espejo que devuelve la imagen de nuestra impotencia organizada y nuestra conciencia parcialmente despierta. Y así, la serie, Muriel, los algoritmos, los formularios y la mayoría postergada se funden en un solo paisaje: la distopía del presente, la trágica normalidad de un mundo donde los hombres huecos siguen siendo rellenos de paja, y seguirán contando, midiendo, registrando… mientras todo continúa.

Notas al pie y referencias

  1. Eliade, M. (1959). The Myth of the Eternal Return. Princeton University Press.
  2. Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.
  3. Benjamin, W. (1940/2003). Theses on the Philosophy of History. Schocken Books.
  4. Levinas, E. (1969). Totality and Infinity. Duquesne University Press.
  5. Guénon, R. (1927/2001; 1945/2004). The Crisis of the Modern World / The Reign of Quantity and the Signs of the Times. Sophia Perennis.
  6. Morris, D. (1969). The Naked Ape. London: Jonathan Cape.
  7. Harari, Y. N. (2016). Homo Deus: A Brief History of Tomorrow. Harper.
  8. Zizek, S. (2008). In Defense of Lost Causes. Verso.
  9. Gilliam, T. (Director). (1985). Brazil [Película].
  10. Eliot, T. S. (1925). The Hollow Men. Faber & Faber.
  11. Han, B.-C. (2017). Psychopolitics: Neoliberalism and New Technologies of Power. Verso.
  12. Fisher, M. (2009). Capitalist Realism: Is There No Alternative? Zero Books.
  13. Godard, J.-L. (1965). Alphaville [Película].
  14. Lynch, D. (1977). Eraserhead [Película].
  15. Haneke, M. (2005). Caché [Película].
  16. Villeneuve, D. (2013). Enemy [Película].
  17. Bong, J.-H. (2019). Parasite [Película].

Puedes usar el buscador de streaming JustWatch para verificar en tiempo real si la serie está en catálogos locales de Netflix, Max, Prime Video u otros servicios en tu región