Hay una tristeza que se desliza por cada rendija, una humedad de tiempo y memoria que se introduce en la carne de lo cotidiano y en la conciencia de quienes observan sin poder intervenir, una tristeza que se expande como luz de neón en habitación oscura, como zumbido constante de drones que nadie recuerda haber encendido, mientras el mundo se desarma con la parsimonia de un reloj roto y la coreografía exacta de un universo que se burla de sí mismo, de nuestra insignificancia, de nuestras esperanzas de orden y estabilidad, y yo, pobre escriba condenado, me río de mí mismo mientras intento capturar con palabras lo inabarcable, como si la ironía pudiera levantar un muro contra el colapso, como si cada frase fuera un chaleco antibalas para la conciencia, inútil, claro, absolutamente inútil.
Las noticias,
las notificaciones, los algoritmos que calculan nuestras vidas, las listas
interminables de tareas, los tutoriales que prometen bienestar, los filtros que
prometen felicidad: todo eso aparece como rituales grotescos, espectáculos de
absurdo, combinando la crueldad de Gilliam, la precisión de Haneke y la sátira
social que nos recuerda que somos los protagonistas de un sketch que nadie
pidió y que nos están cobrando en cuotas. La mayoría postergada —nosotros—
contemplamos, analizamos y diagnosticamos nuestras ansiedades a través de
pantallas que prometen claridad y solo entregan vigilancia, rutinas, cifras y
procedimientos que no sirven sino para recordarnos que cada gesto humano es
parte de un sistema que nos excede y nos condensa al mismo tiempo, y yo me río
de mí mismo por pensar que podría entenderlo.
Muriel Lyon se
yergue en este paisaje como Yocasta contemporánea, abuela profética y testigo de
lo inevitable, observando a sus hijos y nietos, el mundo que
los rodea y los fragmentos de historia que se repiten sin pausa, registrando
con una mezcla de ternura, culpa y cinismo, con la lucidez que hiere, cada
signo de decadencia y cada indicio de catástrofe. Ve cómo los líderes
autoritarios disfrazados de eficiencia avanzan, cómo los algoritmos deciden
sobre la vida y la muerte cotidiana, cómo la crisis económica y social se
multiplica y cómo la emergencia climática golpea sin tregua, cómo los
desplazamientos forzados y la erosión de derechos fundamentales se convierten
en paisaje normalizado, cómo la tecnología convierte la intimidad en
exhibición, la vida en registro, el presente en archivo, y cómo todo esto se
desarrolla ante nosotros con la paciencia de un depredador que sabe que no
necesitamos advertencias, mientras yo me golpeo la frente y anoto: “qué
estupidez pensar que los humanos tienen control”.
En medio de esta
catástrofe que se desplaza como un insecto, el lenguaje de Ammons resuena como
un eco fragmentario que atraviesa la conciencia de Muriel y la nuestra,
recordando la acumulación y el azar de la existencia: “la basura / se derrama del
camión / llevada por el viento a lo largo de la carretera / como un primer
intento de crear un mundo”, un mundo que se ensambla de
fragmentos, residuos y decisiones ajenas a nuestro control; “la carretera se
extiende / sin fin / cubierta de lo que queda / del pensamiento de ayer”,
como las calles de nuestra ciudad, como los días que se parecen unos a otros,
como los algoritmos que deciden sobre nuestras vidas mientras seguimos
registrando y midiendo, anotando rituales y gestos que nada detendrán, mientras
yo agrego un comentario irreverente: “probablemente alguien en algún lugar esté
usando esto como guía de supervivencia”.
El tiempo
profano absoluto que describe Eliade se despliega en cada gesto, en cada
notificación, en cada contrato que nadie lee; la disolución del centro que
anticipa Guénon se refleja en nuestras vidas fragmentadas y en los valores que
se desvanecen; la conciencia crítica que Zizek, Han y Fisher articulan se
revela inútil frente a la inercia sistemática de lo inevitable; y los hombres
huecos de Eliot caminan entre nosotros, rellenos de paja, conscientes de su
vacío y de la imposibilidad de cambiar la trayectoria de un mundo que no tiene
misericordia, que no espera, que avanza con la parsimonia del desastre
anunciado, mientras yo me rio de la vana pretensión de la lucidez.
Todo esto se
percibe como en un relato de Philip K. Dick: la realidad fragmentada, la
identidad diluida, la certeza reemplazada por imágenes contradictorias y
sistemas que parecen humanos pero que operan con lógica propia, indiferente a
la moral, a la conciencia y a la historia. La percepción de Muriel se entrelaza
con esta maquinaria intangible, donde la vigilancia no es externa sino
interiorizada, donde cada recuerdo, cada gesto, cada decisión se convierte en
un registro inevitable, un testimonio de lo que se ha vuelto inevitable y real,
y yo me rio de mí mismo mientras intento describirlo sin que parezca
desesperación pura, y probablemente fallo.
Cada fragmento
de basura que Ammons observa se convierte aquí en metáfora de nuestras
decisiones, nuestras rutinas y la infraestructura invisible que nos gobierna: “nada se pierde /
solo se transforma / en aire, en sonido, en los ojos de un extraño”,
como los días que Muriel observa, los movimientos políticos que registra, la
información que circula y nos atraviesa, la memoria que construimos mientras
somos testigos de lo inevitable y lo absurdo, mientras yo tomo nota y me río de
la absurda pretensión de la narrativa.
Escribo desde la
orilla de lo que ya ha comenzado a colapsar, desde la conciencia de que cada
palabra es un acto de registro, un gesto irónico frente a la inevitabilidad, un
guiño a los espectadores que miran sin ver y a los algoritmos que creen que nos
gobiernan mientras nosotros seguimos midiendo, anotando y observando, mientras
Muriel lo ve todo, advierte, murmura y registra, y mientras la realidad se
despliega inexorable, hecha de fragmentos, basura, alertas, decisiones,
presagios y humor negro que solo nosotros entendemos, como si la ficción se hubiera
vuelto nuestro presente tangible y nosotros, a su vez, fuéramos los payasos que
lloran y ríen al mismo tiempo.
Muriel
Lyon: Yocasta y testigo de la catástrofe
Muriel Lyon no solo observa: habita la
tragedia desde dentro. Cada palabra que pronuncia, cada silencio que deja,
actúa como hilo conductor que nos guía por el colapso de su familia y, por
extensión, de la humanidad. La voz de Muriel es Yocasta contemporánea,
consciente de que su hijo y su mundo están destinados a sufrir las
consecuencias de fuerzas que ella ya no controla. La abuela comenta, regaña,
confiesa, y su voz se convierte en eco de todos los testigos postergados, la
mayoría silenciosa que mira la vida consumida por la burocracia, el neofascismo
y la vigilancia algorítmica.
“Nos prometieron un mañana brillante… y todo
lo que tenemos son pantallas y formularios. Hasta los animales de mi nieto
saben más de lo que debemos hacer que yo.” (Years and Years, 2019)
Muriel recuerda y predice. Sus monólogos se
transforman en rituales de registro, donde la historia familiar se confunde con
la historia de la catástrofe global, mientras su lenguaje se densifica, cargado
de pausas, silencios y repeticiones. Su voz recuerda a Yocasta: conoce el
destino y lo verbaliza con mezcla de amor, culpa y resignación.
“Cada decisión que tomamos… cada error que
dejamos pasar… se multiplica… y ellos… los que vienen… ya saben lo que va a
suceder… y nosotros… seguimos… revisando papeles… instrucciones… recetas… nada
cambia… y todo continúa.” (Years and Years, 2019)
Aquí, la fragmentación del lenguaje refleja no
locura, sino desesperación epistemológica: el lenguaje ya no puede contener la
enormidad de lo que Muriel debe narrar. Es la tragedia de la conciencia en un
mundo que ha perdido su centro (Guénon, 1927/2001), donde incluso el tiempo se
ha convertido en un flujo profano absoluto (Eliade, 1959). La voz de Muriel,
quebrada y repetitiva, es el registro de la precariedad de lo humano frente al
transhumanismo y la administración totalitaria de la vida cotidiana.
“A veces… creo que no importa… que nada
importa… y luego… veo la factura de la luz… y recuerdo… que todo sigue… como
siempre… como siempre… y yo… todavía… contando… todavía… advirtiendo… como
Yocasta… que nadie escucha.” (Years and Years, 2019)
Muriel, en su papel de Yocasta, se convierte
en conciencia histórica, mediadora entre pasado y futuro, voz de la generación
actual que observa la vida a través de pantallas y tutoriales digitales. Sus
monólogos son archivos de la catástrofe, que registran la repetición de la
tragedia en clave doméstica, familiar, política y social, mientras la mayoría
postergada —nosotros— miramos sin intervenir, atrapados en la rutina de la
vigilancia y la autooptimización (Han, 2017; Fisher, 2009).
“Nos dijeron que podíamos cambiar el mundo… y
miren… seguimos aquí… haciendo listas… siguiendo procedimientos… tomando nota…
mientras todo… colapsa… y ellos… que deberían escuchar… no escuchan… ¿y yo?…
sigo siendo… madre… abuela… Yocasta… testigo… escribiendo…” (Years and Years,
2019)
Estos monólogos funcionan como hilo conductor
del ensayo, vinculando las reflexiones filosóficas, históricas y
cinematográficas con la experiencia íntima de Muriel. La abuela representa la conciencia
de lo inevitable, mientras su voz fragmentada anticipa la degradación del
lenguaje y la normalización de la distopía: la resignación y la lucidez
coexistiendo en un tono menipeo-barroco, cruel y densamente trágico.
Muriel observa la catástrofe doméstica mientras el mundo entero se reorganiza bajo algoritmos, neofascismos suaves y la aceleración del transhumanismo. Fisher (2009) describe cómo la imaginación política desaparece, mientras Han (2017) explica cómo la autooptimización y la psicopolítica inducen obediencia sin coerción directa. Muriel, Yocasta de la distopía doméstica, articula esta catástrofe cotidiana:
“Ya no nos enseñan a ser humanos, nos enseñan
a aprobar procedimientos.” (Years and Years, 2019)
El humor menipeo subraya la tragedia: cada
gesto administrativo, cada rutina familiar, cada notificación digital, es parte
de la catástrofe que Muriel registra sin poder revertir.
Hacia el final, su lenguaje se fragmenta y se
convierte en ritmo, respiración, conciencia rota:
“Antes… creíamos… en un futuro… luego… nada… y
todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
y aun así… seguimos… revisando formularios…
Todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… tenemos… instrucciones… para eso…” (Years and Years, 2019)
“Antes… creíamos… en un mañana… luego… nada… y
todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
seguimos… seguimos… revisando… formularios… instrucciones…
todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… seguimos… registrando… la catástrofe…
y ustedes… mirando… buscando en IG… un oráculo…
diagnosticando… su ansiedad… mientras todo… colapsa…”
Epígrafe
final: Locación, presencia y desaparición
Years and Years no espera ser encontrada en vitrinas pasajeras ni en catálogos que
cambian como estaciones sin estación. La serie existe —como toda tragedia— donde
las certezas se desvanecen. Aparece en pantallas que difunden lo cotidiano y lo
abismal a la vez; en territorios donde el algoritmo decide qué es visible y qué
no; en contratos de licencia que se renuevan o caducan sin aviso. Su presencia
digital es un modo de aparición y de desaparición simultáneo: un destino acorde
con nuestra época, en que lo efímero y lo permanente compiten sin tregua.
Si el cine clásico nos enseñó a pensar la
catástrofe con clímax y ruptura —de Metropolis a Blade Runner—, Years
and Years no se sitúa en ruptura sino en continuidad gradada. Gilliam (Brazil,
1985) vio el absurdo administrativo como pesadilla cómica; Godard (Alphaville,
1965) anticipó la deshumanización lingüística; Lynch (Eraserhead, 1977)
exploró lo sin forma; Haneke (Caché, 2005) mostró la vigilancia como
memoria rota; Villeneuve (Enemy, 2013) dramatizó la duplicación y la
identidad fracturada; Bong Joon‑ho (Parasite, 2019) expuso la economía
del resentimiento estructural.
Byung‑Chul Han nos recuerda que la autoridad
moderna no reprime desde fuera, sino que exige optimización desde dentro,
mientras Fisher denuncia que la imaginación política desaparece bajo la
omnipresencia del “realismo capitalista” (Fisher, 2009; Han, 2017). La frase de
Eliot —“Somos los hombres huecos, rellenos de paja” (1925)— es un diagnóstico
existencial: la forma sin centro se multiplica, la tragedia doméstica es la
tragedia colectiva, y la obra se manifiesta donde el espectador la encuentra, o
deja de encontrarla.
El eco de lo inevitable.
Y así termina, aunque nada termina realmente.
Muriel sigue en su casa, entre facturas, pantallas y recuerdos que se agolpan
como escombros en un paisaje de desesperanza administrada. Su voz se fragmenta,
repite, titubea; no por locura, sino porque el lenguaje ha dejado de servirle,
porque ya no hay palabra capaz de contener la catástrofe de nuestro tiempo. Su
monólogo —Yocasta entre algoritmos y postergación— es también el monólogo de la
humanidad: la mayoría postergada, atrapada entre promesas incumplidas,
notificaciones que dictan diagnóstico y las instrucciones interminables de una
realidad que no perdona.
“Todo… continúa…
y yo… sigo… conteniendo… midiendo…
instrucciones… notificaciones…
diagnósticos… pantallas…
¿importa?… tal vez…
somos… todavía… hombres huecos…
rellenos… de… paja…” (Years and Years, 2019)
La coda se extiende más allá del registro
doméstico: el eco se multiplica en los tiempos profanos de Eliade, en la
disolución del centro que Guénon anticipó, en la psicopolítica de Han y en la
imposibilidad de imaginar alternativas según Fisher. La tragedia no es
futurista, no es remota: es presente continuo, cotidiano, domesticado,
administrado, medido y normalizado. Muriel, nuestra Yocasta, sigue hablando
mientras el mundo continúa su curso, indiferente, y nosotros seguimos
observando: la distopía no nos llega en relámpagos, sino en ritmo constante de
formularios, facturas y actualizaciones.
La risa menipea aún sobrevuela, no para aliviar, sino para subrayar la crueldad: lo absurdo no es la exageración, sino la exactitud de la predicción. Cada referencia cinematográfica —de Gilliam a Bong Joon-ho—, cada filósofo citado, cada frase fragmentada, es un espejo que devuelve la imagen de nuestra impotencia organizada y nuestra conciencia parcialmente despierta. Y así, la serie, Muriel, los algoritmos, los formularios y la mayoría postergada se funden en un solo paisaje: la distopía del presente, la trágica normalidad de un mundo donde los hombres huecos siguen siendo rellenos de paja, y seguirán contando, midiendo, registrando… mientras todo continúa.
Notas al
pie y referencias
- Eliade, M. (1959). The
Myth of the Eternal Return. Princeton
University Press.
- Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of
Chicago Press.
- Benjamin, W.
(1940/2003). Theses on the Philosophy of History. Schocken Books.
- Levinas, E. (1969). Totality and Infinity. Duquesne
University Press.
- Guénon, R. (1927/2001; 1945/2004). The Crisis of the Modern
World / The Reign of Quantity and the Signs of the Times.
Sophia Perennis.
- Morris, D. (1969). The
Naked Ape. London: Jonathan Cape.
- Harari, Y. N. (2016). Homo Deus: A Brief History of Tomorrow.
Harper.
- Zizek, S. (2008). In Defense of Lost Causes. Verso.
- Gilliam, T. (Director). (1985). Brazil [Película].
- Eliot, T. S. (1925).
The Hollow Men. Faber
& Faber.
- Han, B.-C. (2017). Psychopolitics:
Neoliberalism and New Technologies of Power. Verso.
- Fisher, M. (2009). Capitalist Realism: Is There No Alternative?
Zero Books.
- Godard, J.-L. (1965). Alphaville [Película].
- Lynch, D. (1977). Eraserhead [Película].
- Haneke, M. (2005). Caché [Película].
- Villeneuve, D. (2013). Enemy [Película].
- Bong, J.-H. (2019). Parasite [Película].





