viernes, 10 de octubre de 2025

SU XIAOXIAO: UNA MELODÍA DE SAL LE ABRÍA EL CORAZÓN

 



No sé, en realidad, cuál es el nombre ¿real? de Su Xiaoxiao. Después de tantos años espíritus libres como el de ella pueden carecer de un nombre. Pero, sí,  conozco algunos datos de su vida no algoritmizable, Su no es un bot. Como la persona humanísima que es, hoy cuando las personas no pueden —aunque debieran perderse,  mientras se va diluyendo la poca humanidad que un día pudo haber en ellas, nació en Madrid en 1989 y luego de realizar sus estudios de filología hispánica y teoría de la literatura en la Universidad Complutense, marchó a París, ciudad en la que radica desde el año 2012. Cursó estudios de máster en literatura, edición y documentación. 


Sé también que alguna vez trabajó como profesora-documentalista, no sé si lo haga aún y que ha publicado los libros La casa de la ciénaga (Ártese quien pueda, 2015) y que participó en la Antología de poesía futura Voz Vértebra (Kokoro Libros, 2017). Sus poemas han aparecido en diversas publicaciones digitales y —esto va a modo de confesión personal y agradecida— colabora conmigo desde los anales de Transtierros. Aquí les comparto algo de su escritura. Ojalá la disfruten como yo.
MM


 

sol

 

pero ella estaba allí en el tejado
donde se estaba pegando toda la luz del
sol la inmensa fruta blanca 
deshaciéndose
fundiéndose en transparencia y lágrimas
estaba tan pequeña sus mejillas
como dos membrillos quemados
temiendo


el rayo blanco le iba vaciando las pupilas
y apenas podía ver nada pero tampoco
escabullirse
aquél era un lugar reseco humeante
crujían frágiles esqueletos de
pájaros desmenuzándose
sólo sobrevivían las rapaces
dando vueltas en torno al agujero luminoso
y abajo ella que apenas hacía sombra
entre las piedras del miedo
ella que apenas podía levantar la voz
para cantar y se le llenaba la música de
grietas los párpados tan finos


a lo lejos
una melodía de sal le abría el corazón

 


 

melancholia

 

 

caminaba despacio por la calle, alcanzada por una enfermedad sin nombre preciso, nada demasiado preocupante: sólo fiebre por oleadas, una gravedad pálida desprendiéndose de su frente y sus mejillas, y sobre todo, el sufrimiento por el espacio, por un exceso de perspectiva

 

hostigada por la sensación de pérdida descontrolada y por el hedor del aire amarillento, apresuró el paso, las escenas se agolparon en su cabeza; fue entonces cuando supo que en realidad no era nadie sino aquella mujer envuelta en vendas que aparece reclinada en medio de los espacios vacíos, una y otra vez, rodeada por arcos amenazantes como bocas abiertas, galerías desiertas, cuartos sombríos

 

a ella le gustaría

 

a)      despertar por una vez de ese sueño denso que ya dura milenios, donde merodean desconocidos con caras destrozadas

b)      dormir de verdad aunque fuera un segundo ese sueño vacío que sólo se alcanza dentro del agua, mecida por una respiración animal

 

 

su consciencia se ha reducido a la percepción de los lugares hostiles y del dolor al apretar los dientes, dentro de sus venas se acumulan en silencio los ríos oscuros, minerales muy pesados deshaciéndose, restos de frutas contaminadas

 

a pesar de todo pasa el día a la espera de un gesto tibio, quizás alguien va a acercarse con las manos abiertas, y los minutos se condensarán en una montaña de lanas donde esconder el rostro, y ya no más la lija del viento, las heladas lascas hendiéndose en la piel

 

 


dentro

 

I

 

me quedo sola todas las noches

cada vez que se va el sol

                                      ALGUIEN

viene me guarda dentro de una habitación sombría

dentro de un sótano o de un horno dentro de una cabina telefónica

donde estoy marcando números al azar

dentro de una hora dentro de una caja de un armario

de una jaulita oxidada dentro

 

 

II

 

ahora estoy dentro de una cabaña al oeste

con la cara vendada y tendida encima de una mesa

puedo oír en la punta de la lengua la nieve que cae fuera

la humedad me quema la nariz

y espero

 

intento a todas horas salir saber qué pasó allí no pude

ver nada pero me lamía  a veces la luz

de una bombilla parpadeando sobre

                                                                        

a veces ALGUIEN murmuraba palabras

anestesia amor hasta la náusea sudor de pájaro

patitas rotas asco y

radiaciones estaba flotando en la piscina

(espero)

por dentro escucho cómo lentamente crecen las plantas carnívoras

en mis entrañas

y los musgos poblándome milenios enteros

he perdido los ojos

imagino la insoportable extensión del techo casi puedo verla como

una silenciosa meseta sobre

                                                                        

seguramente surcada por una

GRIETA

finísima y cada vez más larga como el llanto de un bebé

dentro de una diminuta caja de cerillas

esa misma oscuridad en fuga

 

a veces escucho risas cristales rasgándose susurros desquiciados

dentro

fuera

 

las húmedas casas alineadas comen

niebla a orillas del río

por las calles la fría lengua del agua

humedece la noche el cuerpo

cansado de la niña de viento reposa

 

dentro

en la casa sombría respira

se llena y se vacía de sal aguarda

 

 

 

con los huesos abiertos

 

se le crispa el gesto en la penumbra su piel

como un pañuelo de seda finísima

arrugada por la angustia

aun desde su sangre crece la hierba y

los insectos parpadean como luces de colores

 

fuera hay un entramado de calles maltrechas escaleras

cada vez más altas subiendo

en el nudo de las horas la madrugada hasta alcanzar

esa zona de aire enrarecido

ese minuto de silencio endureciéndose y los labios de la niña

cada vez más fríos

el olor verde azulado del agua desde sus brazos

ondea

va reflejándose por la hilera de casas

también en las pupilas heridas en ese imperceptible

 

no

 

hojita tierna estremeciéndose

de ruegos

se le adelgaza la voz hasta la hebra del miedo

sus cabellos lo desbordan todo como una

planta oscura

 

de pronto los ojos abiertos el tirón de los huesos

al erguirse

camina sobre los vidrios

una ráfaga de viento abre la puerta

 

la niña sale a los cañaverales

 








lugares por donde pasé

 

1

 

las calles cercanas a la desembocadura, construidas entre la vegetación que rodea al río, es decir, puedes sentir al fondo la humedad la tierra fangosa, es como cuando uno participa en determinado tipo de conversaciones y siente el suelo ablandándose bajo las pies, esa precisa forma del desmoronamiento, y el calor fundiendo estructuras bajo la frente, así era caminar por esas calles blancas, relucientes de pobreza, los vestidos coloridos y el denso mapa de arrugas complicando el sistema surface-trous

nada se mueve allí salvo las salamandras, al cabo de un rato no consigo dominar las piernas y el sol se deshace como un alcohol espeso,

allí era imposible pronunciar determinadas palabras, el tono de la voz se hacía quedo, al despertar todo se reducía a un polvillo amarillento, persistente como un dolor de cabeza

 

2

 

después estaba el puerto, con sus sucias aguas estancadas, cerca de la fábrica de hielo, allí los hombres con bocas roídas por la sal cantaban a media voz en otras lenguas, o no, eran sólo palabras troceadas, frases descolgadas, como aquella vez el encuentro furtivo entre los barcos, la arena quemando y enseguida las algas mojadas nos entraban en los pulmones, todo lo que no alcanzábamos casi parecía estar al lado

cuando el mar va ganando terreno por dentro apenas hay dónde agarrarse, dijo, o algo así, sólo cambiar al ciclo de las mareas, su movimiento incesante llevando y trayendo lo poco que uno ha conseguido reunir sobre sí: caracolas resquebrajadas, el caparazón de un cangrejo, la débil raspa de un pez transparente

no encontré lo que fuera que buscaba, me fui de nuevo, los rumbos son producto del azar

los regresos, tristes accidentes

 

3

 

junto a los cañaverales, ya he hablado tanto sin éxito, allí la pequeña bestia gruñendo, nutriéndose de insectos, el pelo más que sucio de hierbas, plumas, apenas se le ve la cara, su voz gorgoteando sobre el cuadrante lunar y la esforzada conjunción arriba lo que mira largo rato en desconcierto después de haber acechado horas y horas o de haber huido sobre todo por el cariz descontrolado que toman los acontecimientos que suceden en Dentro/Fuera, eso que no se explica y se parece a un nudo hecho con rabia siempre en el mismo sitio, eclosiones, ranas, lagartijas, escolopendras, sucesión frenética de muerte y nacimiento

qué quedó de ella, qué encontraron, un montoncito de cáscaras acumuladas, su nido hecho con juncos en medio del cieno, piedras brillantes que a veces recogía, despojos, no tenía nada, carecía incluso del tramposo don de la palabra

 

 

 

sólo me rompo

 

 

(La casa de la ciénaga, 2015)

 

 

 

restos de polen

 

ante todo le

espanta lo que las palabras

pueden hacer

 

intenta esquivar las que más pesan las que

están llenas de voces las que

se enraízan guarda sólo las

vacías

el aire lo que apenas pasaba rozando

y se iba

los restos de polen adheridos

a la ropa

 

también el contexto lo que hay

alrededor de ese vacío lo que parecía inerte

pero se movía sin cesar hervía

 

y hacerlo más o menos

como un niño que

canta

sin oírse

sin terminar sus frases

 

 

 

 

eso

 

primero el burbujeo de los días, confundiéndose con las líneas de acero

el movimiento incesante o la parálisis: una diferencia

de potencial como un despeñadero

después llegaba el rechazo ante el acto de escribir de materializar

cualquier cosa por qué empeñarse

en extender esa capa de nata grasienta sobre las cosas algo

en realidad absurdo y desagradable sin más pretender con las palabras hacer

eso cuando las cosas

acontecen

solas

rítmicamente

en el silencio

eso cómo decirlo sólo hablando de cualquier otra cosa de algo ajeno

la gran pregunta era es posible evitarlo

es posible soportar los días masticando hojitas de menta

no escribir olvidar todo eso

vaciar

se

 

 

la ciudad vertedero

 

la ciudad generaba un entramado cada vez

más espeso

fluidos que se solidificaban

atravesábamos los hilos transparentes después

los hilos fríos

 

no pasaba nada en apariencia pero muy

pronto se sentía el

desnivel

una densidad de luz distinta para cada

estrato

 

 

 

 

residuos

 

caminaba anotando todos esos lugares cerrados, las repeticiones de números

los códigos perdidos

asumió el pesado deber de decir nada

sabía que se adentraba en una vía muerta pero cada vez aceleraba más el paso

pronto empezó a hablar lenguas incomprensibles

pero a nadie le fue dado el don de responder

 

residuos eso era lo único que teníamos

palabras deshechas flotando en una inestable red de

pausas y silencios

sin principio ni fin sin destinatario ni función

 

algo como una ciudad después de un bombardeo

 

 

 

 

galerías

 

en el interior de las células

la ausencia

se expande como un virus

en diminutos estallidos blancos

 

alguien

atraviesa los días sin abrir los ojos

lentamente excava galerías

bucea en el pulmón deshecho del invierno

 

a tientas

 

las húmedas paredes no aguantan

 

 

carta: huerto sellado

 

la carta que escribió mil veces porque las palabras

nunca

y porque en el sueño la voz había dicho /las que perduran

                                                                                     son las que no envías/

 

decía

:

de nuevo la luz dura poco es imposible hacer que las plantas

sobrevivan pero tampoco éramos capaces de deshacer-

nos de ellas entonces

comenzamos a experimentar con lo que queda

vigilando sus movimientos diurnos y nocturnos

compartimos terreno de juego con la putrefacción

estamos siempre atrapados en las zonas intermedias, sin nombre

allí donde la intensidad alcanza su cifra más alta

pero no es registrada

allí donde se averían los relojes los termómetros los aparatos electrónicos

 

era necesario este aislamiento para asegurar el juego más audaz y la observación atenta

tomo notas desde que despierto

sigo atentamente los cambios en la composición de las sustancias

las variaciones de estado

mantenemos la limpieza estricta y el silencio riguroso porque estamos a la espera

algo está a punto de ocurrir:

 

 

quería escribir una carta pero las voces dijeron                                                          no

no puedes abrir las ventanas cuando estás sola

podría resumirse así

:todo va bien, es sólo que no puedo/ mantener el hilo

 

todo lo dicho y todo lo no dicho tienen una única finalidad

: la creación de un itinerario rítmico -llanuras, cordilleras, mares abriéndose-

la dolorosa cartografía de las grietas del terreno y los pozos que tal vez

 

pero ahora

        estamos en el huerto sellado

poso mis dedos sobre tus labios

 

 







carta: inundaciones

 

te perdiste la semana de las inundaciones

imposibles cantidades de agua y algas han caído dentro de las casas

según me informó la vecina

la humedad -eso es cierto- estaba

por todas partes

ayer leí que los calamares y las sepias se están Multiplicando

en pleno cambio climático no imaginas todo

lo que se tragó el río y todo lo que vomitó

pero ahí Qué hay qué corazón qué bombea ahí detrás

qué es lo que está drenando un organismo sí debe ser al menos

todos vimos el burbujeo parecía que trataba de emerger

algo parecido a la metamorfosis de mi caligrafía no crees

una vez conocí a una chica que creía que podía cambiar

su personalidad si cambiaba su manera de escribir

funciona en los dos sentidos, decía

 

la estación de las lluvias se alarga como

un pasillo lleno de ecos y lagartos

una inexplicable floración muy-muy frágil casi transparente

recubre todo incluso las paredes del cuarto de baño

re-aparecieron los insectos se cortan las ondas que traen

la voz de la radio al final del día el silencio se vuelve

pesado lento y torpe se pierde entran los accidentes no funciona

más la tráquea fraccionada

creo que estoy retrocediendo a un estado antiguo

que alterna dos ocupaciones:

producir líquidos

sólo me hace falta

balancearme un poco estar sola escuchar el calor pálido dorado

del cielo de un azul cada vez más eléctrico que

suena / la otra opción

beber líquidos

cosa que he estado haciendo

en lugares cerrados por ejemplo en contexto

de estrés líquidos ardientes calman llama de

¿agua? o

en contexto festivo inútil tan inútil seguirás teniendo sed el Desierto

se instala en medio de la música mis ojos

y mi cuello rígido se quedan muy lejos cargan con el peso

de una tierra calcinada

 

dentro de mis últimos sueños un pulpo sí o no es éste el camino será por

el calor y la luz de los dispositivos electrónicos se volvía

espuma tenía un gusto ácido o salado que deshacía los dientes

oh no te asustes hoy no voy a hablarte de Dientes claro que

no

me he dado cuenta de que pasé los meses de frío incubando algo

que recién ahora se mueve escribo con gran dificultad

cuando leo todas esas cosas maravillosas me digo y tú qué esfuerzo enorme

para mantener esta ficción de la escritura

lo inexpresado se coagula dentro forma una isla poblada

por animales inimaginables y entonces trato sólo

de comunicarme con ellos no sale como lo esperaba

trato de apuntar algo todos esos sonidos diferentes

ritmos pero estoy deslumbrada

despierto y es lo más profundo del agua ahora hace mucho que el río

quedó atrás llegué sin querer a una fosa era porque estaba

tan oscuro no quedó más remedio que reptar

la arena del fondo es increíblemente fresca y suave

sí sí ahora avanzo y

 

pronto encontraré a los

peces

abisales, Lo siento,

me Perdí me Hundí demasiado

abajo se me abrieron

Branquias invisibles no puedo terminar con

Esto


(inéditos)


Fotografías de: Raffaele Claudio Rossiello


 

¿PRIMICIA?: RAÚL ZURITA: «LA POESÍA ESPAÑOLA PARA MÍ SE LLAMA ANTONIO GAMONEDA»

 


Esta entrevista debió aparecer en el libro Backstage. 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea (2017). Recuerdo que, en algún momento debí elegir entre su aparición o la crónica ZURITA la misma que inicialmente pensé en titularla Zurita; ácido en los ojos, tal como apareció en VALLEJO & CO[1]. Dado que, en determinado momento, decidí desaparecer todo lo publicado durante la primera etapa de Transtierros —cosas de croata— creo, me parece, que esta conversación con Zurita quedó suspendida en el aire, ¿tendría entonces que llamarla primicia
? No lo sé. La amistad no resiste ciertas categorías que funcionan sólo en el periodismo. 


Nos conocemos, y bien, hace una caterva de años –eso hace mucho más difícil el plantearte esta entrevista. Sin embargo, quisiera empezar con una confesión: una de las cosas que aprendí de ti fue la de “asumir” –no sé si utilizar el verbo “enfrentar”-el libro como una anécdota, la cual aparece en alguna parte del camino, tenemos que recorrerlo para sostener nuestra escritura. Ahora, con los años transcurridos, ¿qué cambió en lo que pudo escribir ese Zurita de «El sermón de la montaña», me parece recordar que fue en los 70, ¿a lo que escribe Raúl Zurita hoy?

Maurizio querido, me alegra retomar la conversación. “El sermón de la montaña” lo escribí en 1969, tenía 19 años, estudiaba ingeniería, aún Salvador Allende no era el presidente de Chile. Yo venía escribiendo desde el colegio y me importaba, me importaba cada vez más. Me desesperaba no lograr un tono, eso que se llama “una voz propia”, hoy creo que no hay nada que sea menos propio que la famosa voz propia, pero entonces eso me tenía muy angustiado. “El sermón de la montaña” fue lo que me liberó de esa angustia, pero por razones equivocadas, la voz propia es siempre una voz comunitaria, histórica, y en ese primer poema lo que hablaba era el presentimiento de la dictadura que vendría tres años después.

Con respecto a ese Zurita, tengo la sensación de que es un libro que toca una época y un mundo y que, a propósito de un atardecer, una noche y un amanecer, congrega todas las voces de quienes han visto un amanecer y vieron que ese amanecer era más oscuro que la noche. Son múltiples voces, pero le faltó una y por eso es un libro para siempre inconcluso: le faltó la voz de este tal Zurita. Pero es el precio insalvable de todo poema, en él habla todo, incluso lo no humano; el viento, el mar, la lluvia, menos la voz de quien escribe el poema. Si estuviera en Zurita la voz del que escribe, no sería un libro sino yo mismo. Es una paradoja, la vida es igual al poema sin ese poema.

¿Qué retos has debido enfrentar, cuáles resultaron los más difíciles, para sostener tu proyecto de escritura?

Lo más difícil no ha sido empezar ni terminar algo, me refiero a libros como Anteparaíso, INRI, La Vida Nueva, sino el naufragio que te espera en el medio, cuando ya te alejaste demasiado de la playa como para poder devolverte y estás muy lejos de la otra orilla para alcanzarla.

Creo que uno de los más complejos fue el surgido en tu relación con Chile, en cuanto a la recepción y significación de tu obra, por muchos años, es una impresión, me parece que tu obra hubiera sido silenciada por ciertos sectores críticos y, habría que decirlo, también en la falta de reconocimiento en el trabajo (el asalariado), entre otras cuestiones, ¿me equivoco?

Sí, fui marginado, silenciado, caricaturizado, tergiversado, ninguneado, y cientos de otros “ados”, lo usual cuando aparece en la bandada un pájaro con otro plumaje, no es más que eso y por favor no veas presunción en lo que digo, la bandada vuela con viento en contra, es pequeña y se concede a sí misma mucha más importancia de la que realmente tiene.

Ese “chaqueteo”, de alguna manera, siempre “utilizó”, quiso valerse, de Lihn, poeta que te abre las puertas de Editorial Universitaria, pero con quien, después, se generan una serie de desencuentros y tensiones –por diversas circunstancias. Finalmente, ¿te has reconciliado con la imagen que guardabas de Lihn?

Lihn hizo por mí lo que no hizo por ningún otro poeta joven, hizo que publicaran Purgatorio. Ese solo hecho desmiente las diferencias, ninguneos y tensiones que vinieron después. Mientras él decía que yo era bueno estuvo todo bien, el problema comenzó cuando lo empezaron a decir otros.  Una idiotez porque él era bastabte mayor que yo. Ahora me parece algo tan insignificante todo eso. Él me ayudó, después me odió, pero creo que yo también me hubiera odiado de verme, yo era jodido y él era un neurótico que esperaba que le rindiese pleitesía, pero yo no se la rendi porque no lo admiraba. Además, el primer deber moral de todo poeta joven es morder la mano que te da de comer. No, ese es un chiste mío. No me hagas caso, me estoy haciendo el malo, es que me acordé de Bolaño. Es un buen poeta Enrique Lihn, qué me costaba haberlo admirado.

Algunos historiadores podrían adjudicarle a Lihn el hecho de ser quien te descubrió. Yo no lo creo así. Más bien, estoy pensándolo ahora mientras escribo, creo que ese título podría corresponderle a Don Nicanor. ¿Has hablado con él después de haber recibido el Neruda?

No, no he hablado con Nicanor, es la persona más creativa e inteligente que yo he conocido en mi vida, va cumplir 102 años y baila mejor que todos nosotros. No lo voy a ver porque es demasiado joven para mí.

Cuando recibiste el Premio declaraste: "Recibo este premio con mi pensamiento puesto en los jóvenes". En buena parte de los años 2000, los poetas “jóvenes de aquel entonces”, se convirtieron en algunos de tus principales interlocutores, yo lo sé –otra cosa que pude aprender gracias a nuestra amistad fue confiar, antes que nadie en ellos. Pero pasó el tiempo, Raúl, y esos jóvenes ya no lo son tanto,  ¿continuaste manteniendo ese vínculo con los más chiquillos? ¿Por qué?

Porque están viendo. Hay dos nuevos poetas: Eugenio Castillo: Tachar donde dice Beatriz, Milagros Ábalos: Esto es, son notables. Fui a la presentación de Estos es, antes había ido a la presentación de Eugenio Castillo, son poetas que no leen, sino que recitan de memoria, como los rusos, son impresionantes, siempre he creído que la poesía debe resistir todos los niveles de lectura, desde el ojeo que le da un distraído lector en el estante de la librería, hasta la lectura a viva voz. En todos los niveles debe emocionar.

Respecto a los ya no tan jóvenes, ellos lo siguen siendo en la poesía; Héctor Hernández Montecinos es, después de Parra, la persona más pasmosamente creativa con la que me he topado y su obra a los 35 años es torrencial, inmensa. Él es una máquina textual donde todo nace, muere, se renueva.

Al frente, en la orilla opuesta, está Rafael Rubio, el reinventa la poesía del siglo de oro y hace del pasado de la poesía su futuro. Sus últimos libros , Luz rabiosa y Mala siembra son desmembradores, de una fuerza y potencia que hacen de él uno de los grandes poetas de hoy.

Hernández es lo más cercano a un genio y Rubio es lo más cercano a la perfección, un poeta de otro planeta.

¿Qué es mejor? ¿ser un genio o un poeta extraordinario? No lo sé, los conozco desde niños y los quiero a ambos. Pero me he referido solo a los chilenos y es reductor. En Latinoamérica ha emergido una nueva gran poesía.


Estoy recordando dos momentos. Hay uno en el cual conversando me dices: “yo soy un poeta visual”; en el otro, que se divide en dos escenas (una, cuando revisábamos la edición de El hábito elemental; otra, cuando discutíamos si publicar o no la imagen de Mapplethorpe  en Los países muertos) en la que reconoces: “no me gustan las fotografías en un libro de poemas”.

Entonces, me pregunto, ¿cómo diseñar la imagen desde tu perspectiva, que sí, estoy de acuerdo, podría ser la de un poeta visual?

No soy un poeta visual Maurizio. Amo a Augusto de Campos, y admiro lo que hace, pero yo no soy un concretista.  No lo soy porque no son concretos, si lo fueran sus poemas estarían instalados sobre las cumbres de Los Andes, no sobre la página de un libro. Una vez se lo quise decir a Haroldo de Campos, pero era alguien tan bondadoso y absolutamente amable y encantador que no se lo dije. Para qué.

En ese diseño estructurado lo que yo noto es una concepción de la poesía que se resiste a constituir un objeto puramente lingüístico, sino que, desde él, surgen una serie de vasos comunicantes, ora con las artes plásticas, ora con la música, ora con la cotidianidad y también con lo político –algo ineludible por tu biografía. ¿Eres consciente que tu poesía tiene mucho de la estructura propia de un assemblage?

De una instalación. Creo que eso es tal vez lo más cercano.

¿Podríamos decir lo “escrito en el papel” va más allá, mucho más allá de lo literario?

Sí.

Te lo pregunto pues esa fascinación por lo visual es algo que parece volver a reunirte con dos compañeros de generación, Juan Luis Martínez y (especialmente en los últimos años) con Diego Maquieira.

Los admiro a ambos, Juan Luis fue importantísimo para mí, pero ellos se confinan con la página del libro. Ya ves que la palabra “admirar” es importante para mí; puedo amar algo que no admiro, pero no puedo sino admirar todo lo que amo.

Últimamente estás viajando mucho, varios meses en Boston, antes Londres, hace poco Madrid, si hasta los 2000 todavía se podía notar una diferencia en las texturas de lo que se escribía en España respecto al Sur de América, o viceversa, lo cual cortaba de plana todo diálogo, ¿crees que esto cambió?, ¿empezamos a conversar, sé que es paradójico lo que diré, a pesar de habernos disputado el idioma?

La poesía española para mí se llama Antonio Gamoneda. Con él un buen poeta sudamericano se entiende perfectamente. Allí se encuentran las dos orillas del idioma. Ahora, si eres español y no te apellidas Gamoneda, y si eres sudamericano, pero no eres un buen poeta sudamericano, mejor no intentar cruzar entre esas dos orillas, naufragarás sin remedio.

La última vez que estuviste en España justo yo conversaba con el poeta Ángel Cerviño quien me dice: “justo estoy frente a Zurita, es muy nervioso, casi como un joven poeta”. Y eso es verdad, creo que algo que te caracteriza –y que nos hace medio parientes. Me refiero a esa ansiedad por construir, por eso me doy la licencia de preguntarte, aunque bien podrías decirme: “descansar un poco”, ¿qué se viene ahora?

Te decía que en Latinoamérica ha emergido una gran poesía, posiblemente la última gran poesía del mundo, porque en muchas partes la poesía ya ha muerto, pero nadie la lee, nadie la mira. Es irremediable porque en la repartición de papeles de la tragedia terminal de nuestro del tiempo, a la poesía le tocó el papel de Casandra, es decir, estar condenada a saberlo todo, a adivinarlo todo, sin que nadie le crea.

Te digo esto Maurizio querido porque de pronto pareciera que es tan inútil todo y quisiera descansar un poco, de verdad. Al menos, tener un ensayo de descanso antes de entrar a las ligas mayores, antes de entrar al descanso general.

 



[1] Visible en: https://www.vallejoandcompany.com/2014/03/06/zurita-acido-en-los-ojos/