lunes, 15 de diciembre de 2025

MAURIZIO MEDO. UN RUIDO ENTRE EL “SER” Y EL “HACER”

 


Una de las expresiones más confusas —y más diligentemente aceptadas en el campo literario  es esa fórmula de salón: ser poeta.¹ Se la pronuncia con una naturalidad sospechosa, como si designara una condición ontológica estable, una hidalguía del espíritu transmisible por contagio o por mera perseverancia institucional. Uno puede resbalar con esa frasecita como con una cáscara de plátano  y terminar creyendo en el cuento: el de la existencia de una “condición” poética semejante a un título nobiliario menor, sin tierras ni vasallos, pero con trato preferencial; un privilegio que permite circular por ferias, universidades, becas, fondos concursables y cocteles culturales con el aire fatigado de quien ya ha cumplido con el mero hecho de perseverar.

En América Latina, donde la precariedad material convive con una hipertrofia simbólica del reconocimiento y donde el mercado editorial es a la vez mínimo y feroz, esta ficción adquiere un espesor particularmente grotesco. Es allí donde la retaguardia literaria —no como lugar de repliegue estratégico, sino como zona de comodidad institucional— administra esta ficción como si fuera un bien heredable. Retaguardia: arte de llegar tarde a todo y aun así reclamar precedencia; escuela donde se aprende a confundir permanencia con valor y duración con derecho.

El ser poeta funciona como salvoconducto: no garantiza lectores, pero sí invitaciones; no asegura rigor, pero sí pertenencia; no exige producción, pero sí fidelidad. Y cuando no se es agente activo del mercado —cuando no se produce escritura sino reputación— esa supuesta condición adopta una forma abiertamente parasitaria: vive del subsidio cruzado entre afectos, citas circulares y jurados rotativos. El poeta como noble empobrecido, sí, pero con derecho a escudo, genealogía y sobremesa.

Quizá por eso muchos han desconfiado siempre de esa etiqueta. “Me siento incómodo con la palabra poeta y con la palabra poesía. Remiten a algo que no tiene del todo que ver con lo que es producir textos contemporáneos en verso”, advertía Martín Gambarotta con una lucidez que aquí suele confundirse con deserción. Ernesto Carrión, desde otra latitud pero con idéntica incomodidad, lo decía sin aspavientos: “No sé qué es la poesía, y pocas veces he estado frente a ella”. En un continente donde la palabra poeta se pronuncia antes de haber escrito —y se sigue pronunciando incluso cuando ya no se escribe—, estas reservas suenan casi heréticas.

Cuando la prudencia obliga a esquivar el verbo ser, se lo reemplaza por otro no menos resbaladizo: hacer. Y es aquí donde reaparece, con peluca nueva y olor a naftalina, toda la mitología que el campo literario finge haber superado. Este hacer es una bolsa donde cabe todo, incluidas las supersticiones recicladas como doctrina: el demiurgo platónico, ahora devenido gestor cultural, modelador de abstracciones heredadas; el demon romántico, ventrílocuo del tedio, siempre dispuesto a justificar la pereza con trascendencia; y, por supuesto, la inspiración, esa coartada metafísica que permite no responder por nada.



Conviene, entonces, distinguir con la minucia del moralista y la mala intención del satírico. No es lo mismo hacer que producir; no es lo mismo ejecutar un gesto que engendrar una consecuencia; no es lo mismo administrar una imagen que introducir una falla. El hacer puede agotarse en la pose, en la performance, en la repetición de un ademán reconocible; puede incluso simular profundidad invocando musas, demonios o estados de gracia. Producir, en cambio, implica fricción: forzar al lenguaje —ese material opaco y resistente— a decir algo que todavía no sabe decir.

Aquí la antítesis se vuelve irreconciliable: la retaguardia conserva, archiva, certifica; la producción desgasta, arruina, compromete. Aquella vive de lo ya dicho y lo administra como herencia; esta avanza perdiendo, y solo en esa pérdida encuentra su rigor. Persistir en las viejas figuras no es ingenuidad sino comodidad. En el contexto latinoamericano, donde el campo literario compensa su fragilidad material con una inflación simbólica constante, la inspiración circula como moneda blanda: no exige respaldo, no admite verificación y permite que el poeta se piense elegido allí donde apenas ha sido persistente.

De ahí el ruido. No una oposición clara, sino una fricción continua entre el ser y el hacer. El primero se ofrece como descanso: estatuto, pertenencia, nombre propio repetido hasta adquirir peso. El segundo no promete nada: exige. Exige tiempo, lectura, corrección, fracaso. Exige exponerse al límite del lenguaje, allí donde la palabra deja de consolar y empieza a resistir.

Volver al ensayo —y a su prosa larga, sinuosa, desconfiada— implica aceptar esa incomodidad sin retórica salvífica. La escritura no desciende ni se revela: se construye a fuerza de decisiones que rara vez son heroicas. No responde a musas ni a demonios, sino a tachaduras, cortes, desplazamientos. Todo lo demás —la épica del llamado, el aura del elegido, la nobleza sin obra— pertenece al folclore del campo literario y a su necesidad de consuelo.

Dígase, pues, en negativo y a la manera de sentencia: no es poeta quien ocupa un nombre, ni quien administra una visibilidad, ni quien persevera en la mera duración de su figura. Poeta —si aún conviene usar la palabra— no es quien es, sino quien se deja perder en lo que produce, aun a costa de quedarse sin título, sin coartada y sin consuelo. Todo lo demás, el llamado ser poeta, no pasa de ser un error útil del campo, una superstición necesaria para su autoconservación, un vicio menor, que permite a muchos seguir en pie, cuando ya no caminan.


Nota1

¹ Cuando aquí se cuestiona el ser poeta no se alude a la práctica real de la escritura entendida como trabajo continuo, sino a su cristalización identitaria. En el sentido propuesto por Agustín Fernández Mallo, escribir implica investigar, leer, conectar restos, buscar el poema entre los desechos del mundo, operar como arquitecto de relaciones antes que como médium inspirado (Fernández Mallo, 2009). Del mismo modo, Charles Olson insistía en que la poesía no es un don ni una epifanía, sino una práctica sostenida de atención, una forma de trabajo que compromete al sujeto entero en el tiempo (Olson, 1950). George Oppen, por su parte, rechazó toda noción de inspiración como privilegio momentáneo al recordar que el poema se hace “con la vida entera”, en una continuidad de actos, decisiones y renuncias, no en instantes de gracia aislados (Oppen, 1968). Ser poeta, en este sentido material y no ceremonial, equivale menos a ocupar un lugar que a hacer cosas —leer, tachar, escuchar, errar— durante las veinticuatro horas del día.

Nota 2 (con un desvío necesario por la retaguardia)

Sostener que buena parte de la poesía de alta circulación afectiva en las últimas décadas no constituye una ruptura sino una estrategia de mantenimiento no implica denunciar una conspiración, sino describir un hábito. No hay complot donde hay costumbre; no hay traición donde hay obediencia satisfecha. Se trata, más bien, de una economía de la escritura que ha aprendido a conservar su capital simbólico sin exponerlo al desgaste del conflicto, una poesía que administra la lengua como se administra un bien heredado: sin gastarlo, sin arriesgarlo, sin preguntarse por su procedencia.

En este marco aparece lo que conviene llamar —sin dramatismo, pero sin indulgencia— retaguardia literaria. No como ubicación marginal, sino como forma dominante de relación con el tiempo y con la tradición. La retaguardia no escribe desde atrás: llega tarde. Y llegar tarde, en literatura, no es una desventaja sino una estrategia cuando el objetivo no es intervenir sino confirmar. Se espera a que otros arriesguen la lengua, la deformen, la fracturen, y luego se entra en escena con la limpieza del que no se ha ensuciado las manos, narrando la batalla como si hubiese participado en ella.

La retaguardia confunde lectura con inventario. Lee para clasificar, no para desobedecer; cita para sellar pertenencias, no para abrir fisuras. Su relación con la tradición no es crítica sino notarial: certifica linajes, autentica firmas, protege apellidos. El poeta, en este régimen, deja de ser un operador de lenguaje para convertirse en un gestor cultural de sí mismo, un administrador prolijo de herencias ajenas que no piensa dilapidar ni transformar, apenas redistribuir con prudencia.

Esta poesía ama el orden —pero solo el que no despierta—, ama la claridad —siempre que no ilumine demasiado— y proclama la complejidad como quien exhibe una coartada. Su rebeldía es retrospectiva: siempre hubo riesgo, pero antes; siempre hubo ruptura, pero en otro libro, en otra generación, en otra parte. La vanguardia, aquí, no es una dirección sino un recuerdo decorativo. Se habla del peligro con la tranquilidad del asegurado; se invoca la intemperie desde espacios climatizados.

Así, la poesía como estrategia de mantenimiento no discute el canon: lo embellece. No ataca el poder simbólico: lo borda con sensibilidad. No quiebra la lengua: la lustra hasta volverla apta para la circulación afectiva, la identificación inmediata y el consenso. Es una poesía que se ofrece como experiencia, pero evita la experiencia; que se vende como riesgo, pero opera como garantía; que proclama intensidad mientras negocia cada palabra para no perder lectores, becas, legitimidad.

Y aquí conviene decirlo sin afeites: esta escritura no es inocua por débil, sino eficaz por dócil. No incomoda porque no quiere; no hiere porque vive de agradar; no avanza porque su misión no es avanzar, sino durar. Confunde prudencia con inteligencia, mesura con profundidad, equilibrio con verdad. Y al hacerlo, reduce la poesía a un ejercicio de conservación narcisista, donde la lengua no se pone en juego sino en vitrinas.

El problema no es que esta poesía exista —todo cementerio necesita jardineros—, sino que se presente como horizonte. Porque cuando la retaguardia se disfraza de centro, la literatura deja de ser un espacio de fricción para convertirse en una zona de confort con pretensiones morales. Entonces la lengua no se tensa: se acomoda. No se arriesga: se repite. No piensa: se reconoce.

Y conviene terminar sin cortesía: quien escribe desde la retaguardia no es prudente, es temeroso; no es claro, es literal; no es profundo, es previsible. No cuida la lengua: la conserva como se conserva un cadáver bien maquillado. Y llama tradición a ese embalsamamiento, diálogo a esa ventriloquia, poesía a ese mantenimiento. Pero la lengua —cuando aún está viva— no se mantiene: se pierde, se traiciona, se arruina. Quien busca en estos libros una identidad, no entiende; quien pierde una, empieza.

Llamar poesía a una estrategia de mantenimiento no es exagerar: es describir. Hay escrituras que no avanzan porque su tarea no es avanzar sino conservar, administrar la lengua como un bien heredado, pulirla sin gastarla, citarla sin tocarla, leerla sin perderse en ella. A esa posición se la ha llamado retaguardia, pero no por estar atrás sino por llegar siempre después, cuando el riesgo ya fue asumido por otros y lo único que queda es narrarlo con limpieza, reclamar participación y cobrar dividendos simbólicos. Esta poesía no discute el canon: lo decora; no hiere la lengua: la maquilla; no incomoda al poder: lo vuelve sensible. Confunde prudencia con inteligencia, equilibrio con verdad, claridad con pensamiento. No escribe: gestiona. No arriesga: asegura. No busca: reconoce. Y en esa conservación prolija —ese embalsamamiento elegante— llama tradición a la repetición, diálogo a la ventriloquia y profundidad a la ausencia de peligro. Pero la lengua viva no se mantiene: se pierde. Quien viene a estos libros a encontrarse, no ha entendido nada; quien sale de ellos sin nombre, acaba de empezar.

 

Capítulo final

Bibliografía

(ordenada por grado de peligrosidad para la escritura)

I. Peligrosidad extrema

(lecturas que exigen pérdida de control, identidad y forma)

Vallejo, C. (1922/2018). Trilce. Lima: Biblioteca Ayacucho.
La lengua llevada a un punto de no retorno. Texto incompatible con toda estrategia de mantenimiento.

Góngora, L. de. (1613/2000). Soledades. Madrid: Cátedra.
Dificultad como violencia sostenida. Imposible de administrar sin traicionarlo.

Quevedo, F. de. (1627/2006). Sueños y discursos. Madrid: Castalia.
Crueldad conceptual sin redención. Libro que vuelve obscena la cortesía.


II. Alta peligrosidad

(textos que obligan a repensar la función de la escritura)

Broch, H. (1931–1932). Los sonámbulos. Viena: Rhein-Verlag.
Escritura en crisis permanente. Incompatible con la lógica del fragmento prestigioso.

Milán, E. (2004). Resistir. México: Aldus.
Ensayo sin coartada estética. Su lectura vuelve sospechosa toda conciliación.

Gracián, B. (1648/2001). Agudeza y arte de ingenio. Madrid: Alianza.
Pensar como acto de agresión. Hoy peligroso por exigir inteligencia sin anestesia.


III. Peligrosidad media

(textos críticos neutralizados por el uso ritual)

Benjamin, W. (2003). El autor como productor. En Tentativas sobre Brecht. Madrid: Taurus.
Radical en origen, convertido en consigna.

Debord, G. (1967). La société du spectacle. París: Buchet-Chastel.
Incómodo solo mientras no legitime el espectáculo propio.

Adorno, T. W. (1970). Teoría estética. Frankfurt am Main: Suhrkamp.
Exigencia formal elevada, frecuentemente invocada sin consecuencias.


IV. Peligrosidad baja

(lecturas absorbidas por el consenso académico)

Blanchot, M. (1955). El espacio literario. París: Gallimard.
Riesgo convertido en atmósfera.

Barthes, R. (1973). El placer del texto. París: Seuil.
El conflicto reducido a goce.

Foucault, M. (1969). “¿Qué es un autor?”. En Dits et écrits I. París: Gallimard.
Pregunta respondida institucionalmente con firmas cada vez más grandes.


V. Peligrosidad mínima

(textos usados como calmantes teóricos)

Bourdieu, P. (1992). Las reglas del arte. París: Seuil.
Crítica del campo utilizada para adaptarse mejor a él.

Aristóteles. (1995). Poética (trad. V. García Yebra). Madrid: Gredos.
Fundamento empleado para justificar lo ya escrito.


VI. Peligrosidad nula

(materiales de reproducción)

Antologías contemporáneas de poesía.
Documentos de consenso y estabilidad.

Bibliografía omitida.
La única verdaderamente peligrosa.

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