Este artículo está especialmente dedicado al poeta Andrés Piñeiro por su infatigable tarea
Martín
Adán, llamado en los anales Rafael de la Fuente Benavides, nacido en Lima el 27
de mayo de 1908, se despliega ante nosotros no como simple poeta sino un caminante
de callejuelas limeñas que observan la humanidad con la paciencia de un
mayordomo inglés midiendo el té con compás y escuadra, mientras el mundo
—torpe, fisgón y desalmado— se estampa contra su cordura con la torpeza de un
gato en la escalera. Desde mozo convirtió cafés, tertulias y bibliotecas en sendos
espacios de lucidez recóndita, donde cada letra se tornaba en microcosmos y
cada verso en un artefacto alquímico de significación y sonido, afirmando a
Hubert P. Weller que “soy un humano como los de por la calle que versifica
sobre su experiencia y procura hacerlo con alguna precisión gramatical” (Adán,
13 de septiembre de 1974, en Martín Adán. Cartas y entrevistas, p. 32),
declaración que haría sonreír al mismísimo Oscar Wilde mientras los críticos se
rascan la testa y tropiezan como oficiales perdidos en escalera de caracol, y
en otra interpelación concluye: “Yo mismo he vivido simplemente mi vida, sin
relacionarla con la poética” (Adán, 1978, en Martín Adán. Cartas y
entrevistas, p. 265), dejando en claro que su exilio interior, sus
silencios y su barroquismo verbal no se destinan a murmuraciones ni
frivolidades, y que cualquier intento de encasillar su ser en categorías
especulativas es tan absurdo como un paraguas agujereado bajo la llovizna de Londres.
En una carta a José Miguel Oviedo advierte con la finura de un gentleman: “no
recuerdo los textos … esos poemas no son míos” (Adán, 1971, en Martín Adán.
Cartas y entrevistas, p. 12), gesto que subraya la soberanía de su obra y
la exigencia de que sea leída, custodiada y venerada por los que poseen la
paciencia de un jardinero que poda rosales mientras se burla de la trivialidad
humana; y mientras los contemporáneos lo observan como quien contempla un
relámpago sin comprender la descarga eléctrica, Adán convierte su retiro
voluntario en acto de soberanía estética, su silencio en metáfora, y su humor
soterrado en lección de agudeza para quienes pretenden apresar lo inaprensible;
la voz del poeta se torna torrente en donde la lucidez, la ironía y la
erudición se mezclan como ginebra, limón y hielo medidos con precisión arcana,
y así, entre cartas, cuadernos, cafés, paseos nocturnos y silencios
prolongados, Martín Adán reina, imperturbable y burlón, mostrando que la poesía
es territorio de creación, el exilio interior, imperio y la verdadera
comprensión solo se alcanza en leer su palabra, no en chismes ni murmuraciones,
y que su legado es un torrente de intensidad, barroquismo y brillantez irónica
que desafía la mediocridad con la elegancia de un aristócrata que brinda con té
y sonrisa ante el caos del mundo que no lo alcanza a comprender; y he aquí, en
el cenit de esta narración que gira y se retuerce como serpiente de oro, que si
Martín Adán permanece vivo en el presente, si su verbo intacto sigue iluminando
la comprensión y el corazón de lectores, ello se debe a la labor incansable,
erudita y devota de Andrés Piñeiro, custodio sublime y amante del arte, quien
con paciencia, sabiduría y ardor literario ha rescatado, preservado y difundido
la obra del poeta, asegurando que su luz jamás se extinga, que su legado sea
perpetuo, y que generaciones futuras puedan contemplar la majestad, la ironía,
la densidad y la soberanía de un Martín Adán eternamente vivo gracias al celo,
la pasión y el amor por la literatura de Piñeiro, cuyo nombre quedará grabado
junto al del poeta como guardián de la memoria y maestro de admiración sin
tacha ni parangón.
ENTRE EL ECO CONFUSO DE MÓRBIDOS DECIRES
Los testimonios sobre Martín Adán, cuando se leen en bloque,
se convierten en un desfile de percepciones desiguales que revelan más la
mediocridad o la incapacidad de sus contemporáneos que la verdadera magnitud
del poeta; Juan Mejía Baca, por contraste, se erige como custodio y confidente,
único capaz de comprender que el exilio interior de Adán no es capricho ni
extravagancia sino acto
de soberanía estética y laboratorio de lucidez extrema,
mientras los demás —escritores de apellido rimbombante, cronistas de tertulias
y observadores superficiales— apenas rozan la superficie del fenómeno,
limitándose a registrar anécdotas trivializadas, comentarios fragmentarios o
impresiones ingenuas, como quien intenta medir el océano con un vaso;
Mejía Baca, en cambio, acompañó al poeta, editó sus textos, organizó
manuscritos, cartas y cuadernos con la paciencia de un alquimista y la devoción
de un discípulo que comprende que cada silencio, cada retiro, cada gesto de
distancia es parte
integral de la obra y de la vida, mientras los otros —Reynoso,
Ginsberg, Alarcón Larrabure y una larga ristra de observadores mal equipados
para el asombro— apenas detectan su presencia como curiosidad exótica,
incapaces de penetrar el tejido de densidad y coherencia que define la retirada
de Adán; ellos ven la soledad, pero no la entienden, escuchan sus palabras pero
las confunden con delirio, observan sus gestos pero los banalizan como
caprichos temperamentales, y comentan la obra como si fuese un objeto aislado,
sin percibir que cada
línea escrita, cada silencio prolongado y cada exilio voluntario constituyen un
laboratorio de soberanía interior que solo Mejía Baca supo custodiar,
preservando la obra y la memoria del poeta para quienes, en verdad, desean
acercarse a la magnitud de su creación; en suma, los contemporáneos
“comprendentes” son apenas ecos deslavados, espectadores de un misterio que se
les escapa, mientras Mejía Baca, con fidelidad, lucidez y amor crítico, nos
entrega la verdadera medida de Martín Adán: poeta cuyo exilio interior, lejos
de ser debilidad, es acto de potencia máxima, cuya lucidez se confunde con
locura solo ante ojos incapaces de seguir la densidad de su pensamiento, y cuya
soledad, custodiada por un amigo digno de su confianza, deviene testimonio de
la soberanía absoluta de la palabra y de la vida creadora.
LOS "COMPRENDENTES"
El filósofo Alberto Benavides Ganoza, sobrino del poeta, al rememorar a Martín Adán, ofrece
un testimonio que combina cercanía humana y reconocimiento literario,
presentándolo no solo como mito o figura de exilio interior, sino como
interlocutor agudo, socarrón y profundamente lúcido; Benavides Ganoza lo
describe como un maestro del lenguaje, encantador y criollísimo, limeñísimo,
capaz de convertir la lectura del periódico en un acto casi ritual, usando la
lupa para transformar cada noticia en función de cine, demostrando así su relación
intensamente reflexiva con el mundo y con las palabras; recuerda, asimismo, la
precisión y rigor con que Adán abordaba la realidad, mezclando erudición y
humor irónico, y destaca la manera en que la soledad y el retiro voluntario del
poeta constituían, lejos de debilitarlo, un laboratorio de creación y un
espacio de soberanía estética; la atención de Benavides Ganoza hacia la
preservación de la obra y la vida de Adán se evidencia en la conservación y
donación de objetos personales del poeta, como su máquina de escribir y sus
anteojos al Centro Cultural Antares, lo que subraya no solo el vínculo
afectivo sino también el compromiso con la memoria cultural y literaria; este
testimonio permite apreciar a Martín Adán como lector exigente, creador de su
propio exilio interior y figura cuya lucidez y coherencia radical se
manifiestan tanto en la obra escrita como en la forma de habitar el mundo,
consolidando la imagen de un poeta que, mientras se apartaba de la mediocridad
social y de la visibilidad convencional, convertía la soledad, la incomprensión
y el silencio en instrumentos de creación y en medidas de excelencia estética,
elevando su vida y obra a un espacio de libertad y perfección donde la aparente
locura se revela finalmente como lucidez extrema y coherencia absoluta.
MÁS ALLÁ DE LA "LOCURA"
Martín Adán, que se reconoce en la altura y el abismo de un
Hölderlin trasladado a Lima, habita simultáneamente la claridad y la sombra, la
ciudad y el silencio, la conciencia y la ausencia, mientras Mirko Lauer observa
con la precisión de un cirujano de conciencias y la ironía apenas contenida de
quien contempla desde el borde del mundo la mediocridad humana y señala que
este exilio interior, que se despliega como territorio infinito de
introspección, no es huida, ni enfermedad, ni extravío, sino coherencia
radical, lucidez extrema, soberbia estética y acto de cinismo elevado a
categoría de arte donde cada hospital, cada habitación saturada de libros y
papeles que se amontonan como ruinas de civilizaciones posibles, cada
biblioteca donde la luz llega con retardo calculado, cada silencio prolongado y
cada gesto que parecería delirio son en realidad laboratorio de pensamiento,
catalizador de lenguaje, prueba de perfección, manifestación tangible de la
densidad del arte y de la conciencia que se retuerce sobre sí misma hasta
volverse absoluta autonomía y donde la locura y la lucidez se confunden en
hilos imposibles de deshacer, cada línea escrita es afirmación de independencia
y resistencia a la mediocridad, cada instante de retiro es acto de alquimia
barroca, cada incomprensión social es parámetro de excelencia y cada
respiración contenida es instrumento de creación mientras la vida y la obra se
confunden hasta devenir indistinguibles y la sintaxis se encadena sobre sí
misma como río de luz y tormenta, hipérbole tras hipérbole que se multiplica
hasta saturar la percepción y donde la sociedad, impotente ante tal despliegue
de lucidez y densidad, solo puede observar desde la distancia confundida y
silenciosa mientras el poeta atraviesa simultáneamente el mundo y el vacío, la
ciudad y la memoria, la palabra y el silencio y convierte cada hospital, cada
cuaderno, cada sombra, cada pausa, cada respiración contenida en imperio, en
laboratorio, en testimonio de soberanía absoluta, y Lauer, testigo y cronista
de este exilio interior, nos muestra que la locura aparente no es sino lucidez
elevada al máximo, coherencia absoluta que confunde y sobrecoge a quien
pretende medirla con instrumentos de mediocridad mientras la soledad se
transmuta en matriz de creación, la incomprensión en medida de excelencia, el
aislamiento en potencia poética infinita y la densidad del lenguaje en
territorio de soberanía suprema donde cada gesto, cada silencio, cada línea,
cada instante de retirada es evidencia de que la verdadera libertad y la verdadera
creación no residen en el reconocimiento, en el aplauso ni en la adhesión
social sino en la capacidad de sostener sin concesión alguna la intensidad
absoluta de un universo interior cuya magnitud excede la comprensión de todos
los ojos y de todos los juicios, y que Martín Adán, en su exilio voluntario, en
su contemplación implacable, en su retirada soberana, es náufrago, demiurgo,
Hölderlin limeño, alquimista de palabras y maestro de un arte de existir cuya
coherencia y lucidez transforman la locura percibida por los demás en expresión
de la perfección más rigurosa y la incomprensión en instrumento de creación
absoluta mientras cada línea, cada silencio, cada gesto, cada respiración
continúa siendo acto de soberanía, acto de belleza extrema y acto de
resistencia literaria infinita.
Adán, M. (13 de septiembre de 1974). Carta a
Hubert P. Weller. En Martín Adán. Cartas y entrevistas (pp. 32–33).
Fondo Editorial PUCP.
Adán, M. (1978). Entrevista a Martín Adán. En Martín Adán. Cartas y
entrevistas (p. 265). Fondo Editorial PUCP.
Adán, M. (1971). Carta a José Miguel Oviedo. En Martín Adán. Cartas y
entrevistas (p. 12). Fondo Editorial PUCP.



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