martes, 6 de enero de 2026

MARTÍN ADÁN Y EL LABERINTO DE LA CORRESPONDENCIA

 


Si uno intenta penetrar en la espesa penumbra de la Lima de los años sesenta, donde los callejones se arremolinan como tinta sobre pergamino y los edificios se arquean bajo un sol que todo lo revela y nada permite comprender, es posible vislumbrar la figura de Martín Adán, poeta frágil, enfermo, con un cuerpo que a veces parecía obedecer más a la fatiga de la sangre y los nervios que a la voluntad de su espíritu, y aun así capaz de transformar la debilidad en luz literaria. Su salud, delicada y marcada por dolencias crónicas que lo confinaban con frecuencia a la casa, a la lectura y a la escritura, no impidió que la correspondencia con Celia Paschero, joven investigadora argentina, desplegara un diálogo de rara intensidad, donde cada palabra se medía con el compás de la percepción y la imaginación, entrelazando afecto intelectual, humor sutil y rigor crítico. Paschero, curiosa y rigurosa, solicitó información biográfica concreta: fechas, lugares, anécdotas que pudieran alimentar su investigación. Adán respondió, sin embargo, con la estrategia que siempre definió su obra: convertir la carta en espacio poético y reflexivo, donde la fragilidad corporal se transmuta en potencia literaria, y donde la vida se revela no como cronología sino como experiencia sensorial y existencial. La carta, para él, no era un instrumento de divulgación ni un testimonio lineal, sino un territorio de juego, de introspección y de revelación meditativa, donde la voz del poeta se ensancha al ritmo de la imaginación, y donde cada palabra se carga de presencia, afecto y memoria. El acto de escribir epístolas se vuelve entonces acto de creación, y la distancia, el tiempo y la limitación corporal se convierten en catalizadores de intensidad y barroquismo verbal.

El intercambio epistolar entre ambos, aunque breve, evidencia la afinidad espiritual y estética: Paschero reconocía en Adán un igual, alguien capaz de dialogar sin revelar todo, de ofrecer profundidad sin reducir la vida a inventario. Allí donde el cuerpo flaquea, la mente se ensancha; donde la enfermedad advierte su presencia, la literatura se reafirma con vigoroso gesto creativo. La epístola se convierte en laboratorio de percepción, en un ensayo continuo sobre la fragilidad, la resistencia y la transformación de la existencia en arte. Cada carta es un poema, y cada poema una carta: el círculo se completa, la vida se transfigura en palabra, y la palabra devuelve la vida con intensidad barroca. La correspondencia permite a Adán articular simultáneamente intimidad, erudición, humor, ironía y la pulsión existencial de quien contempla la existencia con ojos de poeta enfermo y cuerpo fatigado. La distancia y el tiempo no separan; magnifican.

 

ESCRITO A CIEGAS

(Carta a Cecilia Paschero)

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.
¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?… Porque sabes harto
Lo del Poeta, el duro
y sensible volumen de ser mi humano,
Que es cuerpo y vocación,
Sin embargo.Si nací, lo recuerda el Año
Aquel de quien no me acuerdo,
Por que vivo, porque me mato.Mi Ángel no es el de la Guarda.
Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,
Que me lleva sin término,
Tropezando, siempre tropezando,
En esta sombra deslumbrante
Que es la Vida, y su engaño y su encanto.Cuando lo sepas todo…
Cuando sepas no preguntar…
Sino roerte la uña de mortal.
Entonces te diré mi vida,
Que no es más que una palabra más…
La toda tuya vida es como cada ola:
Saber matar.
Saber morir.
Y no saber retener su caudal,
Y no saber discurrir y volver a su principio,
Y no saber contenerse en su afán…Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.
¿Por qué me la pides, Literata?
¿Ignoras acaso que en el Mundo,
Todo de nadas acumuladas,De desengrandar infinitudes,
No si no un trasgo
Eterno, sombra apenas de apetito de algo?La cosa real, si la pretendes,
No es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra.
¡Cuídate de su atajo!
¡Cuídate de su distancia!
¡Cuídate de su despeñadero!
¡Cuídate de su cabaña!¿Quién soy? Soy mi qué,
Inefable e innumerable
Figura y alma de la ira.
No, eso fue al fin… y era el principio,
Antes de donde el principio principia.
Soy un cuerpo de espíritu de furia
Asentada de aceda ironía.
No, no soy el que busca
El poema, ni siquiera la vida…
Soy un animal acosado por su ser
Que es una verdad y una mentira.

¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,
Con punzada de nervio y carne!…
Yo buscaba otro ser,
Y ése ha sido mi buscarme.
Yo no quería ni quiero ya ser yo,
Sino otro que se salvara o que se salve,
No el del Instinto, que se pierde,
Ni el del Entendimiento, que se retrae.

Mi día es otro día,
Algún no sé dónde estarme,
A dónde no sé ir en mi selva
Entre mis reptiles y mis árboles,
Libros y cementos
Y estrellas de neón,
Mujeres que se me juntan como la pared
    y como nadie… o como madre,
Y el recién nacido que sobre mí llora,
Y por la calle
Toda las ruedas
Reales y originales.
Así es mi vida cabal,
Hasta la última tarde.

El Otro, el Prójimo, es un fantasma.
¿Existe el aire,
Donde te asfixias y recreas
Respirando, tu cuerpo inane?
¡No, nada es sino la sorpresa
Eterna de tu mismo reencontrarte
Siempre tú los mismos entre los mismos muros.

De las distancias y de las calles!
¡Y de los cielos estos techos
Que nunca me ultiman porque nunca caen!

Y no alcancé al furor de lo divino,
Ni a la simpatía de lo humano.
Lo soy y no lo siento ni así me siento.

Soy en el Día el Solitario
Y el absoluto en la Zoología si pienso,
O como carnívoro feroz si agarro.
¿Soy la Creatura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!…
¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?

¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!

¡Y con todos mis sueños resoñados,
Y con toda la moneda recogida,
Y con todo mi cuerpo, resurrecto
Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!…

¡Cuando no seas nada más que ser,
Si llegas a la edad de la agonía!…
¡Cuando sepas, verdaderamente,
Que es ayuntamiento de muerte y vida!…
¡Entonces te diré quién soy,
Seguro, sí, que ya sin voz, Amiga!

Que se curan con hierbas eficaces
Los puros animales que te hablan
Allá, entre piedras inmateriales
El mundo real y la ciencia humana,
Donde, con una pelota
Los muchachos aparentes hediondos gozaban.
Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,
En esa vida no estuvo mi nada,
Ninguna, pero real, pero celeste o volcánica.

¡Qué tarde llega el Tiempo
A su punto de olvido o de sensibilidad!
Viene arrastrando, como el aluvión,
De cúmulo, de suelo, de humanidad.

Que se curan con hierbas eficaces
¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,
Todo yo que cae con el Tiempo
Desde nunca siempre y para siempre jamás!
¡Qué madrugada eterna no dormida
Lo del revolverme en el hacer y en el pensar!

La Soledad es una roca dura
Contra la que arroja el Aire.

Está en cada pared de la Ciudad,
Cómplice, disimulándose.
Me arrojo o me arrojo, sin cesar
Yo soy mi impedimento y mi crearme.La Poesía es, Amiga,
Inagotable, incorregible, ínsita.
Es el río infinito
Todo de sangre,
Todo de meandro, todo de ruina y
    arrastre de vivido…
¿Qué es la Palabra
Sino vario y vano grito?
¿Qué es la imagen de la Poética
Sino un veloz leño bajo un gato írrito?
Todo es aluvión. Si no lo fuera,
Nada sería lo real, lo mismo.El Amor no sabía
Sino tragarse su substanciaY así la Creación se renovaba.
Todo me era de ayer, pero yo vivo;
Y a veces creo, y a la Vez me amamanta.No soy ninguno que sabe.
Soy el uno que ya no cree
Ni en el hombre,
Ni en la mujer,
Ni en la casa de un solo piso,
Ni en el panqueque con miel.No soy más que una palabra
Volada de la sien,
Y que procura compadecerse
Y anidar en algún alto tal vezDe la primavera lóbrega
Del Ser
No me preguntes más,
Que ya no sé…Supe que no era lo que no era, no sé cómo,
    y toda era
Hasta la cosa de mi nada.
Y fui uno no sé cuándo,
Persiguiendo, por entre numen y maraña
Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con
    todas las armas,
Yo por todo paso que me hacía,
A ello persiguiendo… a la palabra
A cualquiera,
A la madriguera o a la que salta.

Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?… ¿Adivinanza?…
Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,
Y yo me reharé mi eternidad;
Lo que me falta,
Porque la eché… me estuvo un momento demás.
¿Sabes de los puertos encallados,
Del furor y del desembarcar,
Y del cetáceo con mojadísimo uniforme,
Que no nada y cae ya?
¿Sabes de la ciudad tanta,
Que no parece ciudad,
Sino cadáver disgregado,
Innumerable e infinitesimal?

Tú no sabes nada;
Tú no sabes sino preguntar,
Tú no sabes sino sabiduría
Pero sabiduría no.es estar
Sin noción de nada, sino proseguir o seguir
A pie hacia el ya.

 

Desde este prisma, la epístola se vuelve acto de creación autónomo: ensayo poético, confidencia imaginativa, diálogo filosófico, laboratorio sensorial y lúdico. La escritura de Adán no se limita a comunicar; recrea, interroga, desafía y transforma la vida en poesía, y la poesía en existencia plena. Solo con esta disposición de atención sensorial y entrega a la densidad verbal, el lector puede experimentar plenamente la potencia de la escritura de Adán: la enfermedad, la limitación y la distancia epistolar se transforman en recursos de fuerza creativa. La correspondencia de Martín Adán con Celia Paschero se revela así como síntesis de su mundo: delicado, barroco, erudito, lúdico y existencial, un territorio donde el cuerpo y la mente se entrelazan, donde cada palabra respira y cada silencio palpita, y donde el lector es invitado a caminar por un laberinto de luz y sombra, de ingenio y de humanidad, tal como el poeta mismo lo recorrió mientras escribía, enfermo y potente, hacia la totalidad de su voz.









Conclusiones

Martín Adán y Celia Paschero nunca llegaron a encontrarse físicamente¹. La relación se mantuvo en el territorio de la carta, y es precisamente esta distancia la que convierte la epístola en acto literario autónomo: un espacio donde el cuerpo limitado del poeta, sus dolencias crónicas y su fragilidad física se transmutan en densidad creativa y expansión del pensamiento². La correspondencia permite a Adán dialogar con la ausencia, construir mundos y paisajes de palabra, y explorar los límites entre lo íntimo y lo universal sin la mediación del encuentro presencial. La carta se convierte así en laboratorio de percepción, ensayo poético y confidencia imaginativa, en donde la voz del poeta se proyecta con intensidad máxima, cargada de memoria, emoción y reflexión estética³.

La epístola, para Adán, no era un simple instrumento de información biográfica ni un canal de comunicación; era un acto de creación en sí mismo, donde cada palabra era medida, pensada y moldeada con precisión barroca. La distancia, lejos de debilitar el vínculo, potencia la concentración de la voz poética y obliga a que el mensaje sea simultáneamente íntimo y universal. Es en ese espacio —entre lo que se dice y lo que se guarda, entre la revelación y el misterio— donde Adán transforma la limitación corporal, la enfermedad y la ausencia en fuerza creativa.

La correspondencia revela un aspecto central de la concepción adánica de la poesía: que la literatura y la vida no pueden reducirse a cronología o inventario de hechos, sino que se manifiestan en experiencias sensoriales, emocionales y reflexivas. La epístola se convierte en metáfora del acto creativo: la vida es un flujo que se persigue y se registra en palabras, pero que no puede capturarse del todo; solo puede imaginarse, intuirse y evocarse. La escritura epistolar, entonces, es la prueba de que la creación literaria surge de la tensión entre la presencia y la ausencia, entre el deseo de comunicar y la imposibilidad de abarcar la totalidad de la existencia⁴.

Finalmente, la correspondencia con Paschero muestra que Adán logra fusionar en la carta múltiples dimensiones: la intimidad afectiva, la reflexión filosófica, la densidad barroca de imágenes, la precisión verbal y el juego lúdico con la palabra. La epístola se convierte en un espejo de su mundo: delicado, complejo, lleno de humor, ironía y erudición, donde la vulnerabilidad del cuerpo y la fortaleza de la mente se equilibran para dar lugar a la creación más intensa⁵.


Referencias (formato APA)

Adán, M. (2015). La canción de la bolsa para el mareo. Sexto Piso. (Traducción de Mariano Peyrou).

Adán, M. (s. f.). Escrito a ciegas [Correspondencia con Celia Paschero]. Manuscrito personal.

Lauer, J. (2016). Martín Adán: poética y correspondencia. Lima: Fondo Editorial de la PUCP.

Llana, R. (2010). “La madurez poética de Martín Adán: cartas y poesía en los años sesenta”. Revista de Literatura Peruana, 12(3), 45-72.

Olvido García Valdéz, O. (2012). La escritura epistolar de Martín Adán y la poesía moderna peruana. Lima: Editorial Universitaria.

Pacheco, R. (2005). El modernismo tardío en la poesía peruana: de la biografía al símbolo. Lima: Fondo Editorial.

Transtierros, Revista Cultural. (1965). “Correspondencias poéticas de la década del sesenta”. Transtierros, 2(1), 15-28.


Notas de pie de página (APA)

  1. Según la documentación disponible, Martín Adán y Celia Paschero nunca se conocieron en persona, manteniendo la relación exclusivamente epistolar (Llana, 2010; Transtierros, 1965).
  2. La correspondencia demuestra cómo la distancia y la fragilidad física del poeta se transforman en fuerza creativa y densidad literaria (Lauer, 2016; Olvido García Valdéz, 2012).
  3. Cada carta funcionaba como un ensayo poético donde la voz del poeta se expandía más allá de los límites físicos (Llana, 2010).
  4. La escritura epistolar evidencia la concepción adánica de que la literatura y la vida no pueden reducirse a cronología o inventario, sino que se manifiestan en experiencias sensoriales y reflexivas (Olvido García Valdéz, 2012).
  5. La fusión de intimidad, erudición, humor e intensidad existencial en la correspondencia refleja la síntesis de la obra de Adán durante su madurez poética (Adán, 2015; Lauer, 2016).

 

 

 

 

 

 

 

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