Esta sensibilidad que provoca la
luz, mis palabras transmutan hacia la orilla: un esbozo de ideas precarias,
imágenes sin completar. Lo que resuena está abriéndose en otra ciudad. Todo lo
que quiero crear está más allá o más acá, tan cerca y tan lejos de mis dedos
que hace un tiempo comenzaron a desaparecer.
Solo aguardan ciudades fuera del mapa,
una gota que cae en el barro
el fulgor de un cielo al atardecer
Merodeos que se repiten
como el eco desgastado de una montaña
que emite su presencia en murmullo
Para recordar es necesario detener las pisadas,
sostener el agua
donde las estrellas ocupen su lugar en el desierto
y se expanda su luz horizontal
Afuera el cuerpo se manifiesta como desborde
Lo que se dice se escapa, se suelta
El vértigo de un repliegue en los contornos de una piel abierta
Cómo surcar cuatro estaciones en el gesto de una
Pervive un sonido siniestro evocado en un cielo que avizora:
una voz que ya no suena ni se sueña, se desprende como aire incierto
El lenguaje de
la naturaleza se oculta, se cubre de gestos que nos recorren. Esos pájaros en
sus ramas se convierten en materia, en eclosiones hacia un ojo que no cierra.
El idioma de estas aves se traza en un rastro de árboles que sólo se revela con
una mirada próxima.
Hubo un espacio
donde habitó el agua [murmullos quietos]. Y soy ese escenario abierto, esa vena
que se consume. Soy herida, entramado de aguas servidas. Hubo un cuerpo que
desapareció, fisura entre palabras. Nada alberga a este temblor de
espinas, reaparece, confirma sus disparos de memoria, abandonos hacia una edad
desierta: hambre depositada de luz.
la palabra es un dibujo,
un gesto en tránsito
continuo
como la noche es luz
inestable en el cuerpo
que contempla signos que conciben el sueño
abro la letra como un molde que se quiebra
