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jueves, 1 de enero de 2026

CARLOS QUENAYA. INTERRUPCIONES O SOBRE EL ARTE DE LEER SALTEADO

 




Wolfang Tilmans

1.

En nuestros inicios, cuando aprendimos a leer, la escritura y la lectura se hallaban firmemente imbricadas. Escribíamos leyendo; leíamos escribiendo. Pero no éramos, todavía, en sentido estricto, lectores. Éramos aprendices cuya impericia  –la del ojo no adiestrado al orden de las letras– representaba un obstáculo que buscábamos un día superar. Pues no leíamos, deletreábamos. Nos ayudaban los dibujos, los colores, los trabalenguas, las repeticiones. Luego, una vez adquirida la pericia literaria, la lectura y la escritura progresivamente conquistaron espacios separados. Sin exagerar mucho podríamos decir que comenzamos a leer de un modo cada vez más adulto y profesional.

Sin embargo, en los inicios de todo lector es posible hallar un acontecimiento que lo define. Ricardo Piglia ha contado muchas veces que, en Adrogué, siendo un niño, tomó alguno de los libros de su abuelo y se sentó a leer con el libro al revés. Luego, alguien, se acercó amablemente a corregir la posición del libro. La escena de un niño leyendo un libro al revés resume bien el modo en que empezamos a formarnos como lectores. La historia de la lectura es una historia de correcciones y de sucesivas indisciplinas. Cerrar un sentido, abrir otro, intuir desde un lugar nuevo una dirección que nadie anticipaba es el acontecimiento en el que se juega toda práctica de lectura, a condición de que la entendamos como una práctica crítica.

A mí, un poco por casualidad, me tocó encontrarme con el placer de leer en un salón de clases. Sentado en la última carpeta del salón, mientras algún profesor oficiaba el inicio de la inútil jornada escolar, yo leía las últimas páginas de El túnel. Con el libro en mi regazo, leí las últimas páginas de ese libro mientras todos guardaban silencio y un profesor hablaba. Al levantar la vista, intuí que mucho de lo que acababa de leer se me había escapado, pero, al mismo tiempo, experimenté en mí una determinación nueva que me permitía, por primera vez, mandar a todos al diablo: a esa horda de adolescentes que eran mis compañeros de clase. Pues un lector es también alguien a quien le disgusta el mundo. Alguien que construye su fortaleza con malentendidos, deseos, búsquedas y fracasos. Un lector es alguien para quien la vida ha tomado la forma de una interrupción.    

 

                                                                                                                            Wolfang Tilmans

2

La lectura es algo que a uno le sucede y no simplemente una tarea que alguien se impone a sí mismo. ¿No hace falta una dosis de inspiración en todo acto de lectura?, ¿no ocurre a veces que una frase o un fragmento visita de pronto nuestra memoria y la ilumina? En su sentido positivo, la interrupción alude a una disponibilidad, a un estar abierto a lo que pasa. Esa receptividad es tanto de orden físico como intelectual y, por eso, constituye el lugar donde a menudo se fragua un conflicto. La cita de George Perec que abre Interrupciones (2025) –una de mis favoritas de esta colección de cincuenta y un escenas– puede ayudar a introducir este problema: “Un señor que lee en la playa, ¿está en la playa para leer o lee porque está en la playa? ¿Acaso el frágil destino de Tristram Shandy le importa más que la insolación que está por sufrir en las pantorrillas? ¿No conviene, en todo caso, interrogar estos ámbitos de lectura? Leer no es sólo leer un texto, descifrar signos, recorrer líneas, explorar páginas, atravesar un sentido; no es sólo la comunión abstracta entre autor y lector, la boda mística de la Idea y el Oído. Es, al mismo tiempo, el ruido del metro, o el bamboleo de un vagón de ferrocarril, o el calor del sol en una playa y los niños que juegan un poco más lejos, o la sensación del agua caliente en la bañera, o la espera del sueño”.

En todo lector se consuma una suerte de retirada del mundo que es ilusoria y provisional. Pues, si bien leemos con los ojos, todo el cuerpo se halla en la búsqueda de la disposición necesaria para alcanzar la máxima concentración, por lo que a la atención de la vista deberíamos añadirle –como sugiere Perec– la insolación de la piel, el rumor de las olas, los asedios del cansancio y el sueño, los ruidos intempestivos de la calle. En muchas de las escenas recogidas en este libro se tensan los dos ámbitos que configuran la experiencia de la interrupción: el adentro y el afuera implícitos en todo acto de lectura.

Las interrupciones y las metáforas del adentro y el afuera son solidarias con la distinción entre el intelecto que lee y el cuerpo sensible a las interrupciones, con lo que se reproduce así un viejo esquematismo: “¿No ocurre acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca puede distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en se momento entrase, digamos, su hermano y dijese algo? La noble labor del escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano o un teléfono. ¡Oh, malas mosquitas!”. Las malas mosquitas de este fragmento de Ferdydurke, la legendaria novela de Gombrowicz, producen efectos impredecibles en la experiencia de la lectura. Leer, como escribir, no es de modo exclusivo una operación intelectual. Las malas mosquitas son el antídoto para el escritor romántico y el recuerdo de que escribimos en red con toda clase de estímulos y fuerzas. La experiencia de la belleza como instancia suprema del arte es desplazada por otro tipo de conciencia crítica. Pensar la interrupción bajo el modelo de las malas mosquitas es pensar la relación entre el intelecto y la vida lejos de la subordinación del cuerpo a la mente. Lo que conlleva, en la práctica, a la desactivación del régimen jerárquico de la letra, régimen que subsiste al interior de las exhortaciones a favor de la lectura y que, por lo general, suelen desgastarse en el reconocimiento de sus hipotéticos efectos civiles.

                                                                                                                     Wolfang Tilmans


Una lección equivalente es la del pasaje de Vallejo que recoge este libro en el que la voz del texto alude a un gato que “intervino en un poema que yo escribía, deteniendo con su pata mi pluma según el curso de mi escritura. Fue el gato quien escribió el poema”. Aquí, el poeta no reniega de la interrupción, más bien, la saluda y, al hacerlo, coloca en posición simétrica al que escribe con el animal doméstico que detiene su pluma. La interrupción desplaza la autoría. Las malas mosquitas de Gombrowicz y el gato de Vallejo encierran no solo una poética, sino al mismo tiempo una ética y una política de la escritura. Ambos se alejan por igual de la idea de genio o de la de autor como deicida –tal como describió Vargas Llosa a García Márquez en su conocida investigación–, pues, toda esa parafernalia del yo que presupone esta concepción –patriarcal y romántica– puede derrumbarse inopinadamente con el vuelo de un insecto o la intervención de un gato. Arte que tritura el aura –por decirlo a la manera de Benjamin, a quien este libro tributa–, pero que insiste en hacer, con sus pedazos, una experiencia nueva. 

En el ensayo que interrumpe el montaje de citas que constituyen este libro, Braulio Paz considera que “no se trata, quizás, de superar la forma interrumpida de recepción/producción del texto, sino de encontrar en esa forma de alienación contemporánea “una nueva belleza””. Pues, se pregunta: “¿En qué consiste esa “nueva belleza”? ¿Cuáles son los signos de esa “belleza” que emerge del agotamiento de un formato discursivo que el desarrollo técnico empujó a la obsolescencia? ¿Qué tipo de temporalidad le corresponde y qué clase de estructura cognitiva es capaz de alojar?”. Sea cual fuere esa nueva belleza que nos espera, tal vez le corresponda al lector de hoy adoptar lúcidamente algo de su carácter de personaje anacrónico, si todavía puede exhibir algún valor la falta de coincidencia plena con nuestra propia época. Y, así, ese lector sería no solamente alguien que padece las interrupciones de la vida moderna, como la bautizó Baudelaire en sus orígenes, sino alguien que parejamente es capaz de provocarlas. 

 

3

El gesto del lector que deletrea es un gesto amigo de la interrupción. Se trata de un movimiento solidario al del lector salteado, para usar el nombre que acuñó Macedonio Fernández. Volver a deletrear podría ser una buena forma de desaprender nuestros hábitos de lectura. Interrupciones, a través del cuidadoso montaje de las citas y el ensayo que lo componen, pone en escena textos que buscan, a un mismo tiempo, ser leídos y ser mirados. Porque ahí donde los textos se ponen a hacer gestos por medio de la disposición del espacio y el juego tipográfico, es admisible suponer que los sustenta el deseo de que el lector se predisponga a aprehender las letras antes incluso de empezar con la decodificación de su contenido. El formato de periódico doblado y la serie editorial a la que pertenece –Compactos para el estudio– tampoco son casuales. Este libro aúna en su diseño la portabilidad del objeto y la intención pedagógica o académica. Lo que me parece que revela el lugar que aspira a ocupar en la escena editorial: el de poner a circular libros en primer lugar por las ideas que podrían sugerir antes que por su incuestionado valor literario.

¿Cómo interpretar el hecho de que 2veces se estrene con dos libros por los que no responde propiamente ningún autor? Titulares e Interrupciones son, sin duda, las primeras piezas de un proyecto artístico de los que Diana Moncada y Santiago Vera son los principales responsables. Y no es exagerado afirmar que 2veces es la prolongación por otros medios de su proyecto poético individual. De manera que habría que ver cómo se contaminan y entretejen con las propuestas que todo nuevo texto ofrece. Porque, así como cambiamos después de escribir un libro, es probable que algo no sea igual después de editarlo. Roberto Calasso, el conocido editor italiano, ha señalado que “se podría definir a la edición como un género literario híbrido, multimediático”. Solo que en el caso de 2veces habría que precisar que se trata, quizás, de la edición como arte conceptual, lo que implica una alta conciencia de las decisiones formales adoptadas para cada libro. En El nuevo arte de hacer libros, Ulises Carrión afirmaba que “El arte viejo ignora la lectura/ El arte nuevo crea condiciones específicas de lectura”. Creo que una preocupación semejante anima esta publicación. Interrogarse por las condiciones en las que leemos al mismo tiempo que echar a andar un proyecto editorial es una alta apuesta que, entre nosotros, resulta utópica y necesaria. Y esto porque escribir libros y publicarlos, más allá de las demandas económicas del presente, es una forma de hacer tangible aquél futuro que secretamente anhelamos y del que algunos libros son su cumplida actualidad.