1.
En
nuestros inicios, cuando aprendimos a leer, la escritura y la lectura se
hallaban firmemente imbricadas. Escribíamos leyendo; leíamos escribiendo. Pero
no éramos, todavía, en sentido estricto, lectores. Éramos aprendices cuya
impericia –la del ojo no adiestrado al
orden de las letras– representaba un obstáculo que buscábamos un día superar.
Pues no leíamos, deletreábamos. Nos ayudaban los dibujos, los colores, los
trabalenguas, las repeticiones. Luego, una vez adquirida la pericia literaria,
la lectura y la escritura progresivamente conquistaron espacios separados. Sin
exagerar mucho podríamos decir que comenzamos a leer de un modo cada vez más
adulto y profesional.
Sin
embargo, en los inicios de todo lector es posible hallar un acontecimiento que
lo define. Ricardo Piglia ha contado muchas veces que, en Adrogué, siendo un
niño, tomó alguno de los libros de su abuelo y se sentó a leer con el libro al
revés. Luego, alguien, se acercó amablemente a corregir la posición del libro.
La escena de un niño leyendo un libro al revés resume bien el modo en que
empezamos a formarnos como lectores. La historia de la lectura es una historia
de correcciones y de sucesivas indisciplinas. Cerrar un sentido, abrir otro,
intuir desde un lugar nuevo una dirección que nadie anticipaba es el
acontecimiento en el que se juega toda práctica de lectura, a condición de que
la entendamos como una práctica crítica.
A
mí, un poco por casualidad, me tocó encontrarme con el placer de leer en un
salón de clases. Sentado en la última carpeta del salón, mientras algún
profesor oficiaba el inicio de la inútil jornada escolar, yo leía las últimas
páginas de El túnel. Con el libro en
mi regazo, leí las últimas páginas de ese libro mientras todos guardaban
silencio y un profesor hablaba. Al levantar la vista, intuí que mucho de lo que
acababa de leer se me había escapado, pero, al mismo tiempo, experimenté en mí
una determinación nueva que me permitía, por primera vez, mandar a todos al
diablo: a esa horda de adolescentes que eran mis compañeros de clase. Pues un
lector es también alguien a quien le disgusta el mundo. Alguien que construye
su fortaleza con malentendidos, deseos, búsquedas y fracasos. Un lector es
alguien para quien la vida ha tomado la forma de una interrupción.
2
La
lectura es algo que a uno le sucede y no simplemente una tarea que alguien se
impone a sí mismo. ¿No hace falta una dosis de inspiración en todo acto de
lectura?, ¿no ocurre a veces que una frase o un fragmento visita de pronto
nuestra memoria y la ilumina? En su sentido positivo, la interrupción alude a
una disponibilidad, a un estar abierto a lo que pasa. Esa receptividad es tanto
de orden físico como intelectual y, por eso, constituye el lugar donde a menudo
se fragua un conflicto. La cita de George Perec que abre Interrupciones (2025) –una de mis favoritas de esta colección de
cincuenta y un escenas– puede ayudar a introducir este problema: “Un señor que
lee en la playa, ¿está en la playa para leer o lee porque está en la playa?
¿Acaso el frágil destino de Tristram Shandy le importa más que la insolación
que está por sufrir en las pantorrillas? ¿No conviene, en todo caso, interrogar
estos ámbitos de lectura? Leer no es sólo leer un texto, descifrar signos,
recorrer líneas, explorar páginas, atravesar un sentido; no es sólo la comunión
abstracta entre autor y lector, la boda mística de la Idea y el Oído. Es, al
mismo tiempo, el ruido del metro, o el bamboleo de un vagón de ferrocarril, o
el calor del sol en una playa y los niños que juegan un poco más lejos, o la
sensación del agua caliente en la bañera, o la espera del sueño”.
En
todo lector se consuma una suerte de retirada del mundo que es ilusoria y
provisional. Pues, si bien leemos con los ojos, todo el cuerpo se halla en la
búsqueda de la disposición necesaria para alcanzar la máxima concentración, por
lo que a la atención de la vista deberíamos añadirle –como sugiere Perec– la
insolación de la piel, el rumor de las olas, los asedios del cansancio y el
sueño, los ruidos intempestivos de la calle. En muchas de las escenas recogidas
en este libro se tensan los dos ámbitos que configuran la experiencia de la
interrupción: el adentro y el afuera implícitos en todo acto de lectura.
Las
interrupciones y las metáforas del adentro y el afuera son solidarias con la
distinción entre el intelecto que lee y el cuerpo sensible a las
interrupciones, con lo que se reproduce así un viejo esquematismo: “¿No ocurre
acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca puede distraer al
lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes
y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en se momento
entrase, digamos, su hermano y dijese algo? La noble labor del escritor se echa
a perder a causa de una mosca, un hermano o un teléfono. ¡Oh, malas
mosquitas!”. Las malas mosquitas de este fragmento de Ferdydurke, la legendaria novela de Gombrowicz, producen efectos impredecibles
en la experiencia de la lectura. Leer, como escribir, no es de modo exclusivo
una operación intelectual. Las malas mosquitas son el antídoto para el escritor
romántico y el recuerdo de que escribimos en red con toda clase de estímulos y
fuerzas. La experiencia de la belleza como instancia suprema del arte es
desplazada por otro tipo de conciencia crítica. Pensar la interrupción bajo el
modelo de las malas mosquitas es pensar la relación entre el intelecto y la
vida lejos de la subordinación del cuerpo a la mente. Lo que conlleva, en la
práctica, a la desactivación del régimen jerárquico de la letra, régimen que subsiste
al interior de las exhortaciones a favor de la lectura y que, por lo general, suelen
desgastarse en el reconocimiento de sus hipotéticos efectos civiles.
Una
lección equivalente es la del pasaje de Vallejo que recoge este libro en el que
la voz del texto alude a un gato que “intervino en un poema que yo escribía,
deteniendo con su pata mi pluma según el curso de mi escritura. Fue el gato
quien escribió el poema”. Aquí, el poeta no reniega de la interrupción, más
bien, la saluda y, al hacerlo, coloca en posición simétrica al que escribe con
el animal doméstico que detiene su pluma. La interrupción desplaza la autoría. Las
malas mosquitas de Gombrowicz y el gato de Vallejo encierran no solo una
poética, sino al mismo tiempo una ética y una política de la escritura. Ambos
se alejan por igual de la idea de genio o de la de autor como deicida –tal como
describió Vargas Llosa a García Márquez en su conocida investigación–, pues,
toda esa parafernalia del yo que presupone esta concepción –patriarcal y
romántica– puede derrumbarse inopinadamente con el vuelo de un insecto o la
intervención de un gato. Arte que tritura el aura –por decirlo a la manera de
Benjamin, a quien este libro tributa–, pero que insiste en hacer, con sus
pedazos, una experiencia nueva.
En
el ensayo que interrumpe el montaje de citas que constituyen este libro,
Braulio Paz considera que “no se trata, quizás, de superar la forma
interrumpida de recepción/producción del texto, sino de encontrar en esa forma
de alienación contemporánea “una nueva belleza””. Pues, se pregunta: “¿En qué
consiste esa “nueva belleza”? ¿Cuáles son los signos de esa “belleza” que
emerge del agotamiento de un formato discursivo que el desarrollo técnico
empujó a la obsolescencia? ¿Qué tipo de temporalidad le corresponde y qué clase
de estructura cognitiva es capaz de alojar?”. Sea cual fuere esa nueva belleza
que nos espera, tal vez le corresponda al lector de hoy adoptar lúcidamente algo
de su carácter de personaje anacrónico, si todavía puede exhibir algún valor la
falta de coincidencia plena con nuestra propia época. Y, así, ese lector sería
no solamente alguien que padece las interrupciones de la vida moderna, como la bautizó Baudelaire en sus orígenes, sino
alguien que parejamente es capaz de provocarlas.
3
El
gesto del lector que deletrea es un gesto amigo de la interrupción. Se trata de
un movimiento solidario al del lector salteado, para usar el nombre que acuñó
Macedonio Fernández. Volver a deletrear podría ser una buena forma de
desaprender nuestros hábitos de lectura. Interrupciones,
a través del cuidadoso montaje de las citas y el ensayo que lo componen, pone
en escena textos que buscan, a un mismo tiempo, ser leídos y ser mirados.
Porque ahí donde los textos se ponen a hacer gestos por medio de la disposición
del espacio y el juego tipográfico, es admisible suponer que los sustenta el
deseo de que el lector se predisponga a aprehender las letras antes incluso de
empezar con la decodificación de su contenido. El formato de periódico doblado
y la serie editorial a la que pertenece –Compactos para el estudio– tampoco son
casuales. Este libro aúna en su diseño la portabilidad del objeto y la
intención pedagógica o académica. Lo que me parece que revela el lugar que
aspira a ocupar en la escena editorial: el de poner a circular libros en primer
lugar por las ideas que podrían sugerir antes que por su incuestionado valor
literario.
¿Cómo
interpretar el hecho de que 2veces se
estrene con dos libros por los que no responde propiamente ningún autor? Titulares e Interrupciones son, sin duda, las primeras piezas de un proyecto
artístico de los que Diana Moncada y Santiago Vera son los principales
responsables. Y no es exagerado afirmar que 2veces
es la prolongación por otros medios de su proyecto poético individual. De
manera que habría que ver cómo se contaminan y entretejen con las propuestas
que todo nuevo texto ofrece. Porque, así como cambiamos después de escribir un
libro, es probable que algo no sea igual después de editarlo. Roberto Calasso,
el conocido editor italiano, ha señalado que “se podría definir a la edición
como un género literario híbrido, multimediático”. Solo que en el caso de 2veces habría que precisar que se trata,
quizás, de la edición como arte conceptual, lo que implica una alta conciencia
de las decisiones formales adoptadas para cada libro. En El nuevo arte de hacer libros, Ulises Carrión afirmaba que “El arte
viejo ignora la lectura/ El arte nuevo crea condiciones específicas de
lectura”. Creo que una preocupación semejante anima esta publicación.
Interrogarse por las condiciones en las que leemos al mismo tiempo que echar a
andar un proyecto editorial es una alta apuesta que, entre nosotros, resulta utópica
y necesaria. Y esto porque escribir libros y publicarlos, más allá de las
demandas económicas del presente, es una forma de hacer tangible aquél futuro que
secretamente anhelamos y del que algunos libros son su cumplida actualidad.


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