¿ERRANTE?
César
Moro era un tránsfuga por naturaleza, es cierto. Creo que nunca estuvo entre
sus planes permanecer quieto en algún lugar. Perteneció, tanto en Francia como
en México, a los grupos más avanzados de la cultura, pero a todos terminó
dándoles un portazo hasta que cometió, creo, el error final: volver al lugar de
origen, caer en la trampa de que el pájaro azul se había mantenido siempre
junto a la cuna de la infancia. Allí, como les sucedió a muchos otros que
volvieron con semejante ingenuidad, estaba presente la trampa que lo llevó a
tener una muerte gris después de haber llevado, a su modo, una vida rodeada de
esplendor.
No
creo que mi trabajo tenga que ver tanto con la errancia como con el desarraigo.
Al contrario, me parece que es una escritura que busca encontrar el lugar del
estancamiento con el que nunca he contado en la vida. Quizá por eso busca no
sólo manifestarse en sí misma, sino hacer asimismo evidente su razón de ser,
sus propias reglas, un contexto muchas veces autorrefencial, ya que en buena
medida únicamente depende de sí misma.
Siento que mientras más avanza esa escritura se carga de una suerte de
tiranía que tengo la sensación toma directo el camino perfecto hacia su propia
extinción. Se va a terminar destruyendo a sí misma, estoy seguro de ello. Será
algo que le acontecerá si es que esto ya no ha ocurrido en el instante preciso
de haber sido concebida.
LA
ESCRITURA EN SÍ MISMA
Creo
que lo que ha comenzado a realizar la escritura es a mostrar de forma impune y
casi obscena los elementos que la conforman. Se ha desvestido a sí misma, por
utilizar términos teatrales. Cada vez hace más evidente su cocina y su
trastienda. Y tengo la impresión que lo realiza de una manera que es
representativa de sí misma, no de un modelo exterior como el que puede ser
establecido por Bajtin o Hirschfeld. Es por eso también que es complicado
aplicarle acepciones como intertexto o incluso el manido término de
experimental para tratar de clasificar a una escritura semejante. Estoy
convencido de que se desplaza comiéndose a sí misma, como de alguna manera la
vida va devorando al autor de semejante escritura. Este proceso es más fácil de
apreciar cuando se recorren los tomos de las Obras Reunidas donde, en cierta
forma, se asiste a un proceso de desintegración que busca incluso no dejar
huellas de su posible existencia.
UN
LÍMITE EN SÍ MISMO Y SIN DISFRAZ
No
comprendo cuál puede ser la diferencia entre el disfraz de la escritura y, por
ejemplo, el disfraz de la vida que todos utilizamos para soportar -de la manera
que sea- un nuevo día. Y como no entiendo mucho la diferencia entre ambas trato
de poner límites entre lo que considero una y otra. Me esfuerzo cada mañana en
no ser escritor, salvo en el instante mismo de la escritura -momento en el cual
pretendo que no se cuele ni por asomo nada de vida cotidiana, que no aparezca
ningún tipo de contexto salvo el que marca la propia escritura.
El
escribir sin escribir es algo que siento posible de ser alcanzado, e incluso
pienso que debe ser el fin de cualquier escritura. Ser ejecutada más allá de sí
misma. Sin embargo, lo que no tengo muy claro es la manera de llevar adelante
un ejercicio de esta naturaleza. Intuyo ciertos rumbos, es cierto, cuando en
lugar de un lápiz y un papel, como se supone se lleva a cabo la escritura,
utilizo una cámara de fotos, de cine o a personas o animales vivos para hacerla
realidad. Pero no estoy seguro hasta qué punto estas acciones pueden ser
consideradas escritura o en qué medida colocar el límite entre lo que puede ser
escritura y no. Quizá, como señalas, apreciando las estructuras de determinada
obra. Entonces estaríamos frente a la idea de texto en su sentido más amplio y
no necesariamente en esta idea del escribir sin escribir que se me presenta
como un punto a alcanzar. Como si tuviera la necesidad de crearme una suerte de
espejismo para seguir adelante. .
Es
curioso cómo a pesar de la práctica de sistemas cerrados para ejercer la
escritura lo que busque sea conseguir un resultado que pueda ser asimilado,
comprendido, completado por el mayor número de personas posible. Sean estos
lectores, creadores, administradores de instituciones de carácter cultural como
lo sin las editoriales, los museos, las galerías, los teatros. En cierto
momento entendí que la muerte de esta escritura era inminente si continuaba
conversando de sistema cerrado a sistema cerrado. Si continuaba definiéndose a
sí misma sin necesidad de un otro como aval. Me parece que hacerla comunicable
-muchas veces de manera extrema- le ha permitido mantenerse en una especie de
estado gel antes de su extinción. Por alguna extraña razón me empecino en que
antes de que esto ocurra permanezcan todavía una serie de marcas en el papel.
Pero volviendo a la escritura en sí misma, ahora que utilizo el iPod Nano para
llevarla a cabo siento que escribo con el cuerpo. Con el vacío que deja el
cuerpo de un hombre de un brazo. De esta manera soy capaz de escribir en toda
ocasión. Incluso en las circunstancias más adversas la escritura continúa
funcionando como un presente continuo, sin necesidad ya casi de elementos
ajenos a mi cuerpo para que pueda quedar sellada dentro de su propia lealtad.
Pienso que de alguna manera con este sistema voy llegando al ideal japonés
presente en la idea del hombre poema, aquel que llevaba la espalda cargada de
símbolos como heridas sangrantes cuyos discípulos debían lamer mientras el maestro
continuaba con su ruta trazada. Un artefacto de escritura que ocupa el lugar
vacío de mi cuerpo. Como si ambos hubieran sido diseñados de tal modo como para
que la ausencia quedara abolida por la palabra sellada. Otro elemento más de
engaño pare hacerme creer no sólo que la palabra alguna vez existió sino que
continúa presente.
MM
