Al pensar en la
gran canción popular de la segunda mitad del siglo XX, hay nombres que
inevitablemente vienen a la mente: Bob Dylan, Leonard Cohen, Johnny Cash y, si
vamos un poco más allá, quizá aparezca sobre la mesa el nombre de Lou Reed. Sin
embargo, a mi parecer, existen figuras que no aparecen con la frecuencia que
deberían, figuras con las que la historia mantiene aún cabos sueltos y una de
esas es Tom Waits.
Tom Waits ha
llevado la canción popular hasta los límites de la realidad, quebrantando
incluso las convenciones mismas de lo que una canción debe narrar y de cómo
debe hacerlo. Desde baladas jazz de carácter urbano, que retratan la decadencia
moral y material de la ciudad que lo vio formarse, hasta disolverse como parte
de su propio universo felliniano de circo, cabaret y surrealismo, Waits ha
estado siempre atravesado por una necesidad de frenesí creativo que lo ha
conducido a realizar discos que dialogan con el cine, el teatro, la publicidad
y las historias de bares.
Resulta pertinente
establecer una separación de etapas dentro de su carrera. Por un lado, existió
el baladista beatnik que retrataba a los personajes marginales de Los Ángeles.
Este primer Waits, fuertemente influenciado por el cine noir y la literatura norteamericana
de su tiempo, explora los distintos géneros propios del folclore de su país.
Folk, country, blues y jazz conviven a lo largo de sus cuatro primeros discos.
Nos encontramos ante canciones situacionales que invitan al oyente a emitir sus
propios veredictos o a extraer sus propias conclusiones, del mismo modo en que
podría suceder frente a una pintura de Edward Hopper o en uno de los cuentos de
Raymond Carver. Waits aplica magistralmente una fórmula ya transitada por los
artistas antes citados, pero la desplaza hacia el territorio de la canción
popular con una sensibilidad más ambigua, narrativa y profundamente teatral.
Ya bien entrada la
década de los ochenta, Tom Waits da un giro radical en su sonoridad, llevando
su ambición creativa más allá de los instrumentos musicales que, en un inicio,
dieron forma a su obra. Influenciado por Harry Partch, Waits comienza a hacer música
a partir de sonidos que no provienen de instrumentos convencionales, sino de la
vida misma. Incorpora grabaciones de máquinas industriales, sillas arrastradas
por el suelo y golpeteos de cristales, desplazando el eje de la composición
hacia una escucha ampliada de lo cotidiano.
Waits otorga voz a
esa cotidianidad y la impregna de un carácter artístico. El gesto de Waits
recuerda al de Duchamp en tanto desplazamiento de lo cotidiano al campo del
arte. Sin embargo, mientras el ready-made duchampiano busca la desactivación
del afecto, Waits opera en sentido inverso: inscribe el ruido en el cuerpo, la
narración y la experiencia social. No se trata únicamente de una búsqueda
estética: cada sonido arrastra un trasfondo simbólico, una carga expresiva que
se camufla entre los elementos del día a día. De este modo, los metales
industriales percutidos con martillos no funcionan solo como recursos sonoros,
sino como parte de una escenificación más amplia, donde la precariedad del
obrero —figura recurrente en la obra de Waits— encuentra una forma de hacerse
audible.
Tom Waits admite
sin conflicto no tener hits y ser un artista difícil, y lo hace sin pedir
disculpas: las cosas son como son. No responde a parámetros comerciales, no
persigue estadios llenos ni la repetición constante en la radio. Desde 1973,
Waits emprendió una búsqueda que no ha cesado: una exploración obstinada de los
márgenes, donde el ruido se vuelve lenguaje, el cuerpo deja oír su cansancio y
la canción popular se resiste a ser cómoda. En esa negativa a complacer, en esa
fidelidad a lo torcido, reside la vigencia de su obra.
