TERAPIA
1: OBITUARIO EN TERCERA PERSONA (ANTICIPACIÓN PRIMERA)
El pasado que nos rodea es más oscuro
que el futuro impelido en una rampa
improvisada con tablones sobre cada
momento transcurrido hasta librarnos
de todo lo que alguna vez fue.
La historia no tuvo tiempo para ser justa.
Maurizio Medo ha muerto. Lo maté en tercera
persona, libre de la errata facturada por insignes
humanistas castellanos. Sin nadie que abogue
por él dándome la contra. Ni envidiado ni envidioso
en el año XXIV de este siglo posthumano
«sin realidad» [en la Realidad]
Que su ausencia ahora sea un motivo.
Ensayemos un relato asimétrico en
el que los recuerdos reaparezcan
traducidos con el aura de esa cualidad
que interpreta los eventos como una
alteración del algoritmo que el Destino
había programado hasta que la vida,
con su narrativa apasionante,
aun cuando mengüe, vuelva a convertirse
en un evento inesperado.
Los
mil (y un) intentos fallidos para la composición
del obituario revelaron que, en sus diversas versiones,
las acciones de Medo significaron.
También para mí.
En el siglo XX los antiguos nos referíamos a ello como
algo que, para alguien, en algún momento, revelaba
un «sentido ético», aun en contra de las normas
teologales establecidas para la celebración
de un domingo bisiesto en función
de lo que una vez creímos verdadero.
Yo
solo quiero el presente.
Entrégamelo
con la emergencia de una premonición
por la que estarías dispuesta a morir al lado mío.
En el siglo XX lo llamábamos «promesa».
No
estoy evocando palabras aleatorias de la estrofa
de una antigua pavana en un ensayo paleográfico,
rescato solo las que son capaces de poner al mundo
en movimiento sin un Bitcoin o con una llamada
al infierno.
Medo no fue
alguien con el lustre que podría
evocar el monumento sobre el que cagan
las gaviotas que sobrevuelan el Parque Raimondi.
La fama es el sol de los
muertos. Es un efecto.
No significa, encandila inspirándose en sentimientos
tan íntimos que lo infinito se revela
como el estribillo que el niño perdido canta
buscando el camino a casa,
solo ante la oscuridad.
Tal vez por ello no
consigo cerrar el texto final
manteniendo la lógica exigida en una
secuencia
sinecdótica. No es por la falta de un gentilicio,
sí por la obscenidad que se esconde en la fábula
de un sucio tren de gitanos, ésa que no queremos leer,
pero por la que haríamos cualquier cosa con tal oír
y enterarnos de algo nuevo.
No, Medo
no volverá.
El futuro tendría que haber comenzado hace mucho tiempo.
Entonces ninguno de nuestros poetas lo sabía:
los más jóvenes rituaban lanzando las varillas de aquilea
con la idea de obtener un hexagrama promisorio.
La ciencia explica este
exceso de profecías como
una respuesta ante el temor que suscita el desenlace
de lo que se ignora. No se puede hacer de los miedos
una ideología. La fama sólo es para unos cuántos y llega
mucho después que se apagaron nuestras expectativas.
Quizá cuando las olvidamos sin saber
si alguna vez se cumplieron
o fueron brotes de ansiedad.
terapia 2. obituario bostoniano
(murió al menos tres veces en el mismo día)
El día en el que inventé a Maurizio
Medo
no fue en la vera opuesta del río. Fue en esta
misma ladera. Tuve miedo de su rostro
reflejado en el agua incitándome a
emprender juntos el viaje cuando, de
pronto, los árboles avanzaron
hacia el bosque. Y tuve miedo también
de ir hacia allá. Pero ese miedo ya había
estado aquí haciéndose oír.
Eran los pájaros. Son una revelación.
Su vuelo nos permite creer que, alguna
vez, hubo una montaña.
Hoy soy un bosque que habla. También
con
los fósiles en los que ese miedo pareció anunciarse
la tarde en la que Medo murió, al menos
tres veces en el mismo día. Conforme los árboles
continuaron avanzando hacia el corazón del bosque
como ciegas barcazas en medio de la oscuridad.
Isaías lo dijo bien:
cada hombre debe caminar
sobre su propio fuego.
No en teoría.
Como una presencia.
Quizá esta sea la clave de todo el
arte humilde que
se expresa a través del antiguo drama de tener
que resignarse a escribir como si tratara de
la traducción de algo nuevo.
Más tarde leeré lo que alguien escribió cuando
nosotros jugábamos a invocar la luz de
un falso solsticio de verano en medio
de una fría primavera.
Lo sé, me estoy perdiendo en otras
perspectivas.
El bosque está lejos.
Querría adoptar el pragmatismo
bostoniano
de Howe en un boceto que afirme:
La tierra se ha alejado/del sol y es
de noche.
Esta es una
Durante estos días la lluvia rumora
sin
demasiado eco. No como debería tal
si se trata de representar algo que signifique
un presagio.
La mujer del clima recomienda
quedarnos en casa.
«El tiempo no es un acontecimiento».
Se trata de un síntoma.
Nos confunde.
Tanto como la frase:
cuatro estaciones circulan
en torno a un año cuadrado.
Maggie Nelson nació en San Francisco
en 1973.
Carece del pragmatismo de Howe, al
menos
para referirse a los trastornos climáticos.
El
clima nunca podrá consolarnos.
Lo que ocurre en la tierra no puede
escribirse en el cielo.
Ambos disienten.
David LaChapelle
TERAPIA
3: INTENTO FALLIDO
Prometí escribir el próximo obituario como
una suerte de renovación de la última cláusula
en mi contrato de vida. Méndez acotó que tal
acción resultaba muy performativa, y lo peor
es que insistía en mantenme con vida
por un desmesurado amor a mí mismo.
Desistimos. Sugirió que, antes de redactar obituarios,
mejor faene ubérrimo en el arte del sudoku entrenado
por un antiguo Maestro de bonsái.


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