…el artista junta unas palabras para hablar de esa vida que le rodea con su
murmullo incesante de colmena demente.
Whestphalen
El poeta jamás es sólo una mujer o un hombre. Cada poeta tiene su dosis de
fuego. El poeta es un espejo: el poeta transcribe.
Susan Howe
He
descubierto tu gran herida; esta flor de tu costado te mata.
Kafka
Blanca Varela comentó en
varias entrevistas que con Ejercicios Materiales cerraba un ciclo: “una
especie de época de gran revuelta, de desafío a mí misma y al mundo en general”[1].
De ahí los
exabruptos, la desmesura y la crítica feroz que golpean sin piedad todo símbolo
o representación, desmitificando el lenguaje “poético”, desacralizando incluso
la figura de dios (así lo escribe, con minúscula), y evidenciando el sinsentido
de toda ilusión o autoengaño. Su agudeza crítica, puesta siempre en tensión,
inscribe en su escritura, de manera horizontal, lo lírico, lo irónico, lo
banal, lo cotidiano, lo abyecto, la ternura, el sarcasmo y lo sublime,
abriéndose, desde todos estos pliegues, a las fuerzas impersonales que la
atraviesan. Es quizá por lo anterior que lo animal cobra una presencia
fundamental: “yo soy aquella / que vestida de humana / oculta el rabo / entre
la seda fría / y riza sobre negros pensamientos / una guedeja / todavía oscura”
escribe en “Claroscuro”; o bien: “Dulce animal, tiernísima bestia que te
repliegas en el olvido para asaltarme siempre” en “Ultimo poema de Junio”; y en
“Ternera acosada por tábanos” anota: “sólo recuerdo al animal más tierno /
llevando a cuestas / como otra piel / aquel halo de sucia luz”, por poner sólo
tres ejemplos, de entre los muchos que podrían darse. Eso animal, que no es
hombre ni mujer, es un filo que sostiene la oscuridad y el abismo que por
momentos asoman en sus poemas. La poesía, dice Varela, “es atreverse de alguna
manera a sacar a flote todo lo que tenemos dormido, atávico, acumulado, que no
hemos podido soportar a nivel de conciencia y lo hemos puesto atrás”[2]. Abrir esas compuertas, las compuertas del inconsciente,
es una forma de tocar esa otra conciencia, que la propia poeta llama “conciencia
animal”[3].
Devenir
animal sería entonces una forma de enfrentar la demencia racional del mundo de
los humanos, de encontrar vías de fuga para establecer un orden distinto desde el
margen: animal o poeta (figuras porosas que se empalman). Para Blanca Varela,
recordémoslo, el poeta es un animal de palabras[4]. Pero no sólo lo animal, también el cuerpo y la carne
(esa materia), son núcleos importantes que revelan la posibilidad de un
lenguaje distinto, un lenguaje fuera del logos: “Misterioso, obsceno
chasquido del vientre que canta lo que no sabe”, escribe en “Sin fecha”, y en
el poema “Ejercicios materiales”, anota: “y es amable el silbo de los aires /
que brotan quedamente y circulan / por nuestros puros orificios terrenales /
protegidos e intactos / bajo el vellón sin mácula del divino cordero”, y en
“Lección de anatomía” comienza con estas líneas: “más allá del dolor y del
placer la carne / inescrutable / balbuceando su lenguaje de sombras y brumosos
/ colores”. Los ruidos del cuerpo y lo
animal señalan ese margen que traza la poeta para aproximarse no a la belleza
sino a la verdad: al interior de esa verdad, pareciera querernos decir Blanca
Varela, algo huele mal. El olfato es uno de los sentidos que la poeta pone en
juego, como lo hace el animal para reconocer su mundo y poder sobrevivir en él:
“el hedor de la vida”, el excremento, la náusea, la “redimida letrina”, la
orina, “el milagro mortecino”, “un rancio bocadillo”, la “roñosa palidez”,
“primavera de suaves gusanos agrios / como bilis materna”, la gangrena. La
sensación constante que se desprende es la de un cuerpo en descomposición: el
cuerpo político-económico-social, seguramente. Quizá la imagen más contundente
de esa podredumbre es la que traza al final del poema “Ternera acosada por
tábanos”: “a mi lado / coronada de moscas / pasó la vida”.
¿Cómo escribir? En Ejercicios materiales lo único
que queda es desentonar para desmantelar la farsa. No seguir ni al coro
terrenal ni al coro celestial (ambos se confunden). Buscar mejor otras voces:
la voz gangosa, la que balbucea, la que juega: “la esfinge que finge” o
confunde “gracia” con “grasa”; o juntar palabras arbitrariamente:
“muertodehambre”, “vaderretro”, o trazar relaciones inesperadas entre la
eternidad y el excremento; las flores y la carne; o entre la sangre redentora y
la sangre de una mosca bajo el martillo. Irreverente y hasta blasfema en su
escritura, Varela busca algo sólido que la sostenga, su apuesta formal así lo
muestra: la línea, el verso, el versículo, la prosa, se usan indistintamente. La
poeta peruana señaló en varias ocasiones, que sus poemas no cantan, al
contrario, buscan la disonancia, se descolocan, van a tientas, huyen de toda
aparente perfección, para intentar un orden distinto: “de lo inexacto me
alimento” escribe en “Malevich en su ventana”. “Fuera de la poesía [comenta
Varela] todo es caos. La única vez que encuentro un orden es cuando escribo
poesía, esa cosa un poco insensata”.[5]
Al parecer, Varela, al igual que Vallejo, intenta planchar
todos los caos con sus poemas. Así lo sugiere Westphalen de Vallejo, al
reflexionar sobre ese verso en uno de sus ensayos: “… ̶ será lícito atribuir
rasgos programáticos a ese “azular y planchar todos los caos” ̶ ver incluso un
manifiesto de propósitos ̶ la reducción
y domesticación de los caos singulares que sería cada poema”[6]. Ese orden que despunta en el poema VI de Trilce como
un futuro lejano, pero posible para la poesía, ilumina también los poemas de
Varela que, no obstante, su dureza, nos dan una pequeña y frágil esperanza:
hoy me despierta
con su delgado resplandor abstracto la esperanza
la oscuridad del naufragio
se escapa como un gato por la ventana
y alguien vuelve
sí
alguien vuelve desvelado y sin prisa
con un pequeño rectángulo de eternidad entre la
manos
Ese
que vuelve, desvelado y sin prisa, es Malevich, pero podría ser hoy para nosotras,
para nosotros, Blanca Varela, que pone en nuestras manos “esa cosa un poco
insensata” llamada poesía.
Releer
hoy Ejercicios materiales, cuando el zumbido de la colmena demente
quiere ensordecernos, es una forma de resistencia.
[1] Jorge Valverde Oliveros (editor). Entrevistas a Blanca Varela.
“Hay que vivir como si fuera el día definitivo”, por Patrik Rosas, Isegoria editorial,
Perú, pg 255.
[2] Entrevistas a Blanca Varela. “La fascinación por lo
maravilloso”, por Roland Forgues, pg 87.
[3] Entrevistas a Blanca Varela. “No puedo ser sin el Perú”, por
César Ángeles, pg 110.
[4] Entrevistas a Blanca Varela. “Diálogo con Blanca Varela”,
por Casa de citas, pg. 305. Ver también su poema “Media voz” de Canto Villano.
[5] Entrevistas a Blanca Varela. “Fuera de la poesía, todo es
caos” por Abelardo Sánchez León, pg. 212
[6] Emilio Adolfo Westphalen. Escritos
varios sobre arte y poesía. FCE, México, 1997, pg. 224
