Roger Santiváñez (Piura, 1956) irrumpe en el contexto de la poesía peruana e hispanoamericana con una música distinta: las palabras se articulan en el interior del poema haciendo música con el silabeo, al mismo tiempo que van creando un ensamblaje inusual y coherente. Hay en su poesía un equilibrio entre lo semántico y lo sintáctico, prevaleciendo siempre la musicalidad de las palabras. Aquí no se trata de una música monocorde, sino de una múltiple expansión sonora. En sus primeros libros podíamos apreciar versos largos de corte narrativo, siempre controlando el exceso o la brevedad sin sentido. Recuerdo vívidamente el “Poema para Martin Adán” que saliera publicado en el suplemento “Imagen” del extinto diario la Prensa de Lima (mayo, 1977). Esa fue la primera vez que leía un poema de Roger Santiváñez.
Lo que llamó mi atención en esa oportunidad fue el control del verso largo y corto, combinados adecuadamente en el poema. Además de la simbología urbana, la degradación de la urbe limeña a través de una mirada aguda, y un atisbo erótico bien matizado. Por ahí, el poeta Martin Adán deambula ebrio de la soledad. La poesía de Roger Santivañez, desde entonces, ha venido trabajando espacios líricos complejos, y con una variedad temática que nos asombra. Entendió bien que el silencio es escribir, y que lo monótono produce sordera en el poema. La tarea del poeta no ha sido solo la creación obsesiva de un objeto verbal, sino sobre todo establecer una relación estrecha con la dimensión humana y sus membranas eróticas, entre otras temáticas. Precisamente, los poemas de Virgen de Guadalupe (Manofalsa Editores & Salto de Mata, 2025) se acercan más a una dimensión personal que exclusivamente del lenguaje. La eroticidad tanto de las palabras como de los hechos son la médula de este libro.
Siguiendo una clave de George Bataille, el erotismo se configura como uno de los aspectos de la vida interior del hombre. El hombre- dice Bataille- busca fuera un objeto del deseo, pero ese objeto responde a la interioridad del deseo. Teniendo en cuenta esta premisa, el libro responde a una textualidad interior trastocada en una saludable transgresión. El erotismo se acerca a la escritura, y al deleite de poseer tanto a la amada como al signo del poema: “Ligera silenciosa suspendida se agarra de mi/ Escritura porque quería escuchar esa madrugada/ Cuya luz apenas percibías me sacaba de onda…” (p. 13). El libro esta poblado de dulcificación y deleite entre tercetos que culminan siempre con la locución latina Laus Deo (Gloria a Dios). El título Virgen de Guadalupe nos puede llevar a un equívoco en tanto pareciera enunciar algo místico o de celebración religiosa, no obstante, está lleno de espumas, sensaciones, hervores, y humedales corpóreos.
Virgen de Guadalupe es un libro que posee infinidad de posibles acercamientos. Los poemas contienen un ritmo que nivela aquel canto dotado de complejidad y hermosura. En sus constelaciones se sienten ecos bien asimilados de Góngora, Lezama Lima, Martín Adán, como también la orfebrería de Néstor Perlongher, y la tradición mística traviesa. Encontramos fisuras frecuentes que equilibran el ritmo de los poemas, mientras surge el despliegue del fraseo preciso, es decir, el ritmo Santiváñez. Es en apariencia un ritmo dislocado que pesa como una perla. Aquí la poesía descubre otros campos semánticos, idilios nuevos ante la vastedad del erotismo, y la transgresión incurable de la pasión:
Espejo donde admiras tu belleza
& te tocas
Los cabellos derramados persuasiva
siempre
A la hora del amor consientes mi
boca
En la grieta que jamás se fatiga
Long Island, Diciembre, 2025
