Adolf Eichmann
estrenó su autobiografía de 315 páginas
en Jerusalén;
edición severa,
inflexible,
de un
manuscrito original de
3,564 páginas
transcritas a
partir de una grabación magnética,
según Arendt,
que observa
que a Eichmann
le hubiera
encantado seguir
hablando y componiendo
auto-ficciones
a lo largo de
un juicio
que le
concedió el honor
de batir los
récords
de tiempo
registrado por un solo alemán
bajo el más
riguroso y publicitado
escrutinio.
Pero Eichmann,
siendo honestos,
no era bueno,
i.e.,
su vida era
extrañamente
aburrida
y su talento
no podía
conducir
la atención
del público
a través de
las mil y una
noches
didácticas
necesarias
para
liberarlo.
Esto no
significa, creo,
que la
autoficción
sea una
empresa abyecta
per se,
pero tal vez
sugiere
que nuestras
vidas
son más
interesantes
antes de
compartirlas.
A veces pienso
en el tío Antonio que
-según mi
madre-
pasó sus años
guardando sus
uñas
(las que se
cortaba
cada tercer
día)
en una caja
fuerte
y al final
murió y nadie
sabía la
combinación de
la caja
pero nadie
tampoco
quiso
averiguar.
