lunes, 5 de enero de 2026

EDUARDO PADILLA. SCHEHEREZADE, NOVELISTA

    







   

Adolf Eichmann estrenó su autobiografía de 315 páginas

en Jerusalén; edición severa,

inflexible,

de un manuscrito original de

3,564 páginas

transcritas a partir de una grabación magnética,

según Arendt,

que observa

que a Eichmann

le hubiera encantado seguir

hablando  y componiendo

auto-ficciones

a lo largo de un juicio

que le concedió el honor

de batir los récords

de tiempo registrado por un solo alemán

bajo el más riguroso y publicitado

escrutinio.

Pero Eichmann, siendo honestos,

no era bueno,

i.e.,

su vida era extrañamente

aburrida

y su talento

no podía conducir

la atención del público

a través de las mil y una

noches didácticas

necesarias para

liberarlo.

 

Esto no significa, creo,

que la autoficción

sea una empresa abyecta

per se,

pero tal vez sugiere

que nuestras vidas

son más interesantes

antes de compartirlas.

 

A veces pienso en el tío Antonio que

-según mi madre-

pasó sus años

guardando sus uñas

(las que se cortaba

cada tercer día)

en una caja fuerte

y al final

murió y nadie sabía la

combinación de la caja

pero nadie tampoco

quiso averiguar.  

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