Desde el inicio, el proyecto se vio tensionado
por una contradicción conocida: cuanto más se intentaba ajustar el trabajo a
los protocolos normativos —metodologías explícitas, marcos teóricos
estabilizados, introducciones justificatorias, declaraciones de intenciones—,
más se desplazaba la atención desde los textos hacia los dispositivos
encargados de validarlos. La experiencia mostraba con una claridad incómoda que
el exceso de forma no intensifica la lectura, sino que la sustituye por su
coreografía reglada². Allí donde se prometía claridad, emergía un espesor
burocrático que confundía rigor con proliferación de garantías, y pensamiento
con administración del pensamiento.
La abigarración de títulos, subtítulos,
epígrafes, notas y referencias comenzó a operar como una escenografía de la
reflexión: una arquitectura de andamiajes visibles que simulaba sostener algo
que ya no estaba allí. Introducciones desplegadas en arcos imposibles,
desarrollos metodológicos tensados como puentes suspendidos sobre abismos de
silencio, y esas notas que, reunidas, parecían convertirse en nodos de un
organismo que —seamos francos— no piensa, pero simula pensar mientras absorbe
la atención en la enumeración infinita de normas, numeraciones, subnumeraciones
y referencias³. El lector, atrapado en ese laberinto, no avanza: circula
obedientemente.
Este mecanismo no es exclusivo del ámbito
académico. La cultura contemporánea ha naturalizado la idea de que la
acumulación equivale a densidad y que la expansión es una forma de profundidad.
No es casual que ciertas narrativas seriales hayan convertido la proliferación
de tramas en un principio estructural, desplazando el sentido hacia una
continuidad sin resolución efectiva. Series como Game of Thrones (HBO,
2011–2019) o Vivir sin permiso no prometen cierre, sino persistencia del
sistema⁴. Algo análogo ocurre cuando el discurso crítico se organiza no para
pensar, sino para prolongarse, reproduciendo su propia lógica de funcionamiento
más allá de cualquier necesidad real de lectura.
Frente a este escenario, la decisión de
trabajar con apuntes, fragmentos, tentativas y registros incompletos no
respondió a una poética de la negligencia, sino a una ética de la atención. Se
asumió que el corpus no podía clausurarse sin violencia y que cualquier intento
de síntesis produciría más ruido metodológico que claridad crítica. En este
punto, experiencias editoriales como Medusario: muestra de poesía
latinoamericana (1996) y Pulir Huesos. Veintitrés poetas
latinoamericanos (2007) funcionaron como antecedentes decisivos:
compilaciones que renunciaron al blindaje normativo para confiar en la potencia
relacional de los textos y en la inteligencia —no tutelada— del lector⁵. La
antología de José Antonio Llera, La noche es un pájaro azul (2023),
mereció un elogio aparte: lejos de formar un canon alternativo, su disposición
de materiales y su resistencia a la síntesis autoritaria recordaban que la
poesía, a diferencia de la normatividad académica, sigue siendo un territorio
de remanentes brillantes y relaciones imprevisibles.
La normatividad, entendida como sistema de
garantías, mostró aquí su reverso disciplinario. Regular la forma implica
regular lo decible, lo pensable y, sobre todo, lo evaluable. La obsesión por el
marco, por la correcta disposición del aparato crítico, termina produciendo un
efecto paradójico: el texto es leído menos cuanto más se lo protege. Byung-Chul
Han ha descrito este fenómeno como una patologización del rendimiento, donde
toda experiencia debe justificar su productividad y toda escritura su utilidad inmediata⁶.
El resultado es un pensamiento exhausto, perfectamente organizado, incapaz de
desviarse sin sentirse culpable.
En este contexto, el fracaso dejó de aparecer
como un accidente y comenzó a operar como categoría estructural. Fracasa el
proyecto que no logra cerrarse; fracasa la antología que no agota su campo;
fracasa el ensayo que se resiste a convertirse en doctrina. Pero ese fracaso no
es un déficit moral ni una mala praxis: es el punto donde la experiencia se
sustrae a la lógica del rendimiento. Agamben ha señalado que el verdadero
fracaso no consiste en errar, sino en perder la experiencia misma⁷. Persistir
en el fragmento fue, entonces, una forma de resistencia y no una coartada. De
ese proceso apenas sobrevivieron remanentes de naufragio: notas, observaciones,
fichas, márgenes, glosas que no encontraron integración sistemática. No restos
heroicos ni ruinas románticas, sino materiales inconclusos, comparables a esas
líneas narrativas secundarias que Game of Thrones abandona
deliberadamente, recordando que el sistema no está diseñado para cerrar, sino
para perpetuarse⁸.
Aquí conviene detenerse en un punto decisivo: la falta de cierre como principio ético antes que estético. El cierre —síntesis, conclusión, clausura— no es una exigencia natural del sentido, sino una convención histórica asociada a regímenes de autoridad. Cerrar es decidir qué cuenta como concluido, qué puede archivarse, evaluarse y, finalmente, capitalizarse. La ética de la no clausura no se opone al rigor, sino a su fetichización; no rehúye la forma, sino que sospecha de su pretensión de totalidad. La apertura, en este sentido, no es un recurso estilístico ni un “final abierto” ornamental, sino un gesto de responsabilidad frente a aquello que no puede ser agotado sin violencia⁹.
Desde Benjamin, la constelación y el fragmento
no son procedimientos formales inocentes, sino respuestas éticas a una historia
que no puede cerrarse sin falsearse. Clausurar un archivo, una lectura o una
experiencia implica seleccionar un sentido dominante y relegar el resto al
estatuto de residuo mudo. La ética del no cierre asume, en cambio, que todo
pensamiento deja restos, zonas no resueltas, márgenes que resisten la síntesis.
No se trata de celebrar la incompletud como estilo, sino de reconocer que la experiencia
—poética, histórica, política— es estructuralmente excedente respecto de
cualquier marco que intente contenerla.
El ensayo, desde Montaigne, ofreció una salida
ambigua a estas tensiones. Al declarar que su materia es él mismo, Montaigne
inaugura una libertad formal decisiva, pero también funda una egolatría
metodológica: el yo como centro y medida del pensamiento. Buena parte de la
tradición ensayística heredó ese gesto sin interrogarlo, confundiendo
experiencia con autoridad. El ensayista se vuelve así una figura curiosamente
cercana a BoJack Horseman: hiperconsciente de sí, irónico hasta la saturación,
atrapado en un monólogo interminable que se confunde con lucidez¹⁰. La falta de
cierre, en este marco, no libera: encierra.
Frente a esa centralidad del yo, la tradición
crítica que va de Adorno a Blanchot propuso otra cosa: un pensamiento que no se
afirma, sino que se expone; una escritura que no se presenta como totalidad,
sino como constelación inestable. Para Adorno, el ensayo vale en la medida en
que no coincide consigo mismo, en que se permite errar sin devenir sistema¹¹.
Blanchot radicaliza este gesto al desplazar al autor hacia una zona donde el
sentido no se clausura y escribir es, literalmente, perder pie¹².
En esta misma línea debe leerse la antología
de José Antonio Llera, La noche es un pájaro azul (2023). Lejos de
proponerse como canon alternativo o cierre panorámico, funciona como
cartografía provisional, como disposición de materiales que rehúye la síntesis
autoritaria. Su gesto recuerda —en otro registro— a ciertas narrativas
contemporáneas como Mad Men, donde el sentido no se resuelve sino que se
suspende, aceptando que toda clausura es una convención más que una verdad¹³.
A esta escena se superpone hoy un nuevo
régimen de normatividad: el canon digital. Si el archivo tradicional aspiraba a
la clausura, el archivo digital aspira a la actualización perpetua. No cierra:
expira. Su ética no es la totalidad, sino la visibilidad; no la memoria, sino
la recurrencia. El canon ya no se impone como lista cerrada, sino como ranking
móvil, gobernado por métricas opacas que convierten la atención en unidad de
valor. Allí donde antes operaba la autoridad del experto, hoy actúa el algoritmo,
ese editor sin rostro que decide qué reaparece y qué se hunde en el fondo del
scroll¹⁴.
Este desplazamiento no elimina la
normatividad: la refina. El algoritmo no prescribe cómo escribir, pero
condiciona qué se vuelve legible. La visibilidad funciona como una nueva forma
de legitimación simbólica, tan eficaz como cualquier aparato crítico tradicional,
aunque infinitamente menos discutible. El “trending” reemplaza al canon con la
suavidad de una notificación.
En este contexto, el apunte —precario,
incompleto, local— se vuelve una forma de sabotaje mínimo. No porque escape al
sistema, sino porque no optimiza. El apunte no escala, no se resume bien, no
circula con eficiencia. Carece de promesa. Su temporalidad es asincrónica, su
lógica improductiva. Es, por definición, un mal dato.
Fracasar hoy es no coincidir con la interfaz.
La insistencia en el fragmento, en la nota, en el resto, se vuelve entonces una
forma de fricción ética frente a la economía de la atención. No se trata de
nostalgia por el libro ni de rechazo tecnofóbico, sino de una toma de posición:
escribir sin garantizar rendimiento, leer sin prometer resultados, editar sin
asegurar cierre. No cerrar no es prolongar indefinidamente el discurso —eso lo
hace el algoritmo con mayor eficiencia—, sino sustraerlo a la lógica de la
actualización obligatoria. No cerrar es aceptar que algo no será optimizado,
que quedará fuera de circulación intensiva, que exigirá una lectura no
asistida.
Desde esta perspectiva, los apuntes sobre poesía española que publicáramos, no funcionan como una metáfora melancólica o el inventario de un "fracaso", sino como descripción
operativa. El naufragio no es el fracaso del proyecto sino su condición de
posibilidad. Solo lo que no llega a puerto deja restos reutilizables. Solo lo
que no se integra del todo puede reaparecer bajo otras formas. El resto no es
lo que sobra: es lo que resiste la integración.
Este prefacio no explica ni justifica.
Registra.
No ordena: expone condiciones.
No cierra: deja restos.
Notas de
Caos Controlado
- La forma “reuniones de trabajo” evita deliberadamente la noción de
proyecto evaluable, financiable o indexable.
- La normatividad no organiza el pensamiento: organiza su circulación
y su legitimación.
- Benjamin describió este efecto en El libro de los pasajes:
el archivo que crece hasta volverse ilegible.
- Game of Thrones (HBO,
2011–2019); Vivir sin permiso (Telecinco, 2018–2020).
- Medusario (1996); Pulir Huesos (2007).
- Han, B.-C. (2010).
- Agamben, G. (1998).
- La falta de cierre como principio ético antes que estético.
- El no cierre como gesto de responsabilidad frente a lo no
asimilable; Hejinan, L. (2009).
- BoJack Horseman (Netflix, 2014–2020).
- Adorno, T. W. (1958/2003).
- Blanchot, M. (1955/1992).
- Mad Men (AMC, 2007–2015).
- El algoritmo como editor invisible y canon blando.
- Nota impropia, excesiva y deliberadamente redundante. Esta nota
existe para confirmar que el aparato crítico también naufraga. Si las
notas compiten con el cuerpo, si el prefacio parece exceder su función y
si el lector sospecha que nada ha quedado definitivamente cerrado,
entonces el texto ha alcanzado su coherencia formal.
- La inseguridad del autor frente a ciertos críticos españoles
contemporáneos se materializa en la cautela, sin declararlo
explícitamente.
Referencias
(APA)
Adorno, T. W. (2003). Notas sobre
literatura. Akal.
Agamben, G. (1998). Homo sacer I: El poder soberano y la nuda vida.
Pre-Textos.
Benjamin, W. (1982). El libro de los pasajes. Taurus.
Blanchot, M. (1992). El espacio literario. Paidós.
Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Herder.
Hejinan, L. (2009). El rechazo al cierre. Fondo de Cultura Académica.
Llera, J. A. (Ed.). (2023). La noche es un pájaro azul. Madrid: Temas de
Hoy.
Medusario: muestra de poesía latinoamericana. (1996). México: Fondo de
Cultura Económica.
Pulir Huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos. (2007). Barcelona:
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.







