miércoles, 7 de enero de 2026

MAURIZIO MEDO. NOSOTRAS QUE NOS QUEREMOS TANTO (sobre escribir juntas, sin acuerdo)

 


gregory crewdson


Al comienzo no hubo manifiesto ni escena inaugural reconocible. Hubo, más bien, una circulación irregular, casi furtiva, de voces que no parecían buscarse entre sí y que, sin embargo, empezaron a ocupar el mismo aire. No entraron juntas. No avanzaron en formación. Algunas llegaron con exceso, otras con cautela, otras con una ligereza que descolocaba, otras con una gravedad que no pedía permiso. El lenguaje, en ese momento, se volvió abigarrado, irónico, barroco por acumulación más que por programa. Una proliferación de tonos, de ritmos, de gestos que no reclamaban unidad, pero que compartían algo menos visible: la negativa a organizarse bajo un nombre común.

No se trataba todavía de un nosotras. Era otra cosa. Un murmullo espeso, una superposición de registros que se rozaban sin reconocerse, una escena sin centro, sin portavoz, sin afán de síntesis. Lo femenino no aparecía como identidad estable ni como consigna; aparecía como exceso de lenguaje, como desborde de formas, como ironía sostenida frente a cualquier intento de orden temprano. Esa irrupción no pedía lectura celebratoria. Pedía tiempo. Pedía oído. Y, sobre todo, pedía no ser organizada demasiado pronto, como esas reuniones que fracasan en cuanto alguien propone levantar un acta.

El nosotras —que durante demasiado tiempo funcionó como contraseña afectiva, como blindaje político o como abreviatura moral— empieza aquí a revelar su fragilidad teórica. No porque sea falso, sino porque no alcanza. No basta con nombrarlo para que opere. No antecede al poema. No lo autoriza. A veces ni siquiera lo acompaña. Aparece, si aparece, después: como consecuencia incierta de una serie de decisiones formales que no estaban pensadas para producir comunidad, sino para soportar una exigencia.

Eso explica por qué en ciertas escrituras el plural resulta impronunciable sin caer en impostura, mientras que en otras emerge sin ser invocado. El nosotras no es un derecho adquirido. Es un efecto raro, costoso, que solo se produce cuando el lenguaje acepta demorarse o ponerse en riesgo. Allí donde el poema se acelera hacia la representación —hacia la consigna, el emblema, la identificación—, el plural se endurece o se diluye. Allí donde el poema resiste, el plural se vuelve inestable, y en esa inestabilidad encuentra su única honestidad posible. No es un plural que convoque multitudes; convoca, a lo sumo, a lectoras con paciencia y mala fama.

Antes de que la escena comenzara a nombrarse a sí misma, antes incluso de que el nosotras adquiriera circulación crítica, la escritura de Celeste Del Carpio, desde lejor, ya había establecido una exigencia silenciosa. No una ruptura visible ni un gesto programático, sino algo más incómodo: una manera de escribir que no pedía compañía, que no reclamaba pertenencia, que avanzaba sin ofrecer la ilusión de un suelo común. Esa soledad inicial no era aislamiento; era concentración. Una forma de cortesía extrema: no pedir nada.

En Del Carpio, el poema se construye como espacio de pensamiento antes que como superficie de identificación. El lenguaje no se vuelve transparente ni expresivo; se vuelve denso, deliberadamente denso, cargado de pliegues que no se resuelven en imagen ni en consigna. La tradición no se cita ni se combate; se somete a presión. Las formas heredadas se tensan, se doblan, se vuelven inestables sin romperse. El resultado no es continuidad ni ruptura, sino persistencia transformada. El poema no quiere llegar. Quiere sostenerse. El nosotras, aquí, no existe. No como falta, sino como decisión. Una decisión que hoy resulta casi escandalosa.

Por eso volver a Del Carpio no es un gesto de autoridad fundacional, sino una necesidad crítica. Su rigor no consiste en cerrar una tradición ni en inaugurar una escuela, sino en trabajar el tiempo del poema contra la ansiedad del presente. Leerla exige demora, relectura, resistencia a la prisa del sentido. En ese ritmo largo, el plural no se proclama: se insinúa, si acaso, como efecto secundario del trabajo formal. Como un rumor que no solicita confirmación.

En Maritza Mejía, esa posibilidad se tensa hasta el límite. El poema no demora: expone. Cada frase avanza con la conciencia de su costo. No hay mediación ni amortiguación simbólica. El lenguaje acompaña hasta cierto punto y luego se retira, dejando al lector sin apoyo. Esa retirada no es vacío: es ética. El nosotras no puede sostenerse como identidad compartida; apenas queda como presencia mínima, como reconocimiento silencioso de que estar ahí —leyendo, sosteniendo— ya es bastante. No hay aplauso posible. Tampoco falta.

En María Belén Milla, el problema se desplaza. No hay impacto ni retirada brusca. Hay encantamiento. Lo real pierde borde por saturación semántica. El poema no prueba ni denuncia. Suspende. Desautoriza la evidencia. Las imágenes flotan en una lógica onírica que no evade el mundo, pero lo vuelve inutilizable como argumento. El nosotras se vuelve espectral: no desaparece, pero ya no puede fijarse. Existe como cercanía inestable, como complicidad sin forma ni promesa de duración. Algo así como una conversación que se recuerda sin estar segura de haberla tenido.

En Fabiana Caballero, ese desplazamiento adopta otra materialidad. Aquí no hay disolución, sino montaje. El poema se construye por acumulación, por sedimentación de restos, escenas mínimas, fragmentos que no reclaman jerarquía. El archivo no ordena el pasado ni lo vuelve ejemplar: lo dispone. El sentido no está dado; se produce en el recorrido, en la fricción entre materiales. El nosotras deja de ser identidad para volverse tarea: trabajo compartido de lectura, comunidad provisional sostenida por el esfuerzo, no por la pertenencia. Nadie recibe credencial; nadie la solicita.

Estas escrituras no ofrecen una síntesis de la escena. La desestabilizan. Obligan a leer sin atajos, a sostener tiempos distintos, a aceptar que el plural no puede organizarse sin pérdida. Frente a la tentación de la representatividad —el rostro, el nombre, la figura central— insisten en otra lógica: proceso, fricción, demora. No hay aquí voluntad de quedar bien en la foto.

Desde aquí se vuelve necesario decir algo más sobre el territorio. La mayoría de estas escrituras son, en un sentido preciso, postnacionalistas. No porque nieguen el lugar desde el que escriben, sino porque no esperan de ese lugar ninguna función representativa. El Perú —cuando aparece— no organiza el sentido. No opera como emblema ni como deuda. Aparece fragmentado, desplazado, a veces como archivo, a veces como ruido de fondo, a veces apenas como resto léxico. No hay voluntad de hablar por una comunidad nacional ni de producir una imagen exportable del país. La escritura no se debe a una identidad previa. La pone en suspenso. El mapa se guarda doblado en el cajón.

Esa suspensión explica la incomodidad que producen ciertos intentos de lectura representativa. Cuando se busca en estos textos una visión del país, una síntesis cultural o una voz generacional, lo que se encuentra es resistencia. No hay centro. No hay portavoz. Hay ciudades superpuestas, desplazamientos, registros incompatibles, restos históricos que no se ordenan en relato. La escritura no confirma pertenencias; las vuelve problemáticas. Y no pide disculpas por ello.

Desde ahí se comprenden las operaciones laterales, no como márgenes decorativos, sino como zonas activas del campo. Rosa Granda trabaja una poesía de pensamiento que no se apoya en la abstracción ni en la declaración. El pensamiento ocurre en la frase, en su respiración exacta, en una sintaxis que avanza con cautela y precisión. No hay solemnidad ni didactismo. Hay una atención filosófica que no busca imponer ideas, sino ponerlas a prueba en el ritmo mismo del lenguaje. La claridad no tranquiliza; incomoda. El poema piensa sin elevar la voz, lo cual hoy es casi un gesto subversivo.

Ximena López Bustamante encarna el pensamiento de otro modo: el cuerpo entra, el lenguaje reacciona. Si algo falla en esa operación, no es autoral. Es el marco editorial, el dispositivo de lectura, el formato que intenta contener una escritura que se resiste a ser acomodada. El problema no es la potencia del texto, sino la estrechez de los lugares que se le ofrecen. Como suele ocurrir.

En Ana Carolina Zegarra, la radicalidad adopta otra forma. Aquí no hay superposición, sino construcción de léxico. El poema fabrica idioma. Las palabras dejan de remitir a un afuera reconocible y empiezan a obedecer reglas internas. Leer exige aprendizaje. No reconocimiento ni empatía. El nosotras no incluye: enseña a entrar, y no garantiza permanencia. Quien se queda, se queda trabajando.

Alessandra Yuca fragmenta el afecto sin convertir la fragilidad en capital simbólico. No hay confesión ni exhibición. Hay restos, cortes, silencios sostenidos. El poema se mueve por proximidades mínimas. El plural, aquí, apenas se sostiene por cercanía. Una cercanía que no promete nada.

En Cristal Alarcón, la escritura deja de funcionar como mediación. El poema se vuelve superficie de contacto, fricción directa entre lenguaje y cuerpo. No hay metáfora que amortigüe. No hay distancia que proteja. El rigor proviene de una economía del choque. Decir lo mínimo para que la lectura no pueda apartarse. El nosotras se reduce a una coincidencia ética mínima: estar ahí sin intervenir, sin suavizar, sin apropiarse. Leer como quien no toca.

Liz Norton deja circular el mundo sin subrayarlo. Referentes extraliterarios, anglicismos, escenas cotidianas entran con naturalidad. El humor desplaza sin ironizar. Descomprime. El rigor no custodia fronteras: las usa. El idioma se ensancha sin dramatizar su expansión. En Liz Norton el idioma circula, se ensancha, se deja usar sin dramatizar su mezcla; en Julianne Angles, la lengua nunca termina de asentarse y convierte la extranjería en condición estructural del decir. Entre una lengua que ya no necesita proclamarse y otra que no ofrece suelo, el nosotras queda suspendido: no como identidad, sino como coincidencia frágil producida por el ritmo y la atención. Un díptico sin marco dorado.

Paloma Yerovi sostiene la duración del lirismo como gesto crítico. En un presente que exige impacto inmediato, su escritura apuesta por la permanencia, por la imagen que no se clausura, por la cadencia que no busca efecto. Esa paciencia no es evasión. Es resistencia. El poema se queda. Y al quedarse, vuelve visible otra temporalidad posible para la escena. Algo tan simple como quedarse ya es, hoy, bastante complejo.

En Paloma Yerovi el poema se ejercita como arte menor del viaje temporal, no hacia un pasado solemne ni hacia la infancia erigida en mito, sino hacia estratos de tiempo aún activos, superpuestos como habitaciones contiguas que el cuerpo vuelve a recorrer sin tocarlas del todo. No hay aquí nostalgia —esa pasión fácil—, sino atención demorada: tornar a la casa, al gesto doméstico, al objeto mínimo, no equivale a regresar, sino a leer de nuevo el tiempo desde otro pulso vital, desde una edad distinta de la mirada. El poema avanza, si avanza, como quien transita un sitio ya sabido y lo encuentra alterado por el sedimento de la experiencia; cada imagen porta un doblez temporal, una simultaneidad tácita que no se declara ni se resuelve. Así, la memoria rehúsa devenir relato o documento y se vuelve estancia habitable, casi bachelardiana, en la que el pasado no se clausura ni el presente impone su dictamen. El viaje, despojado de toda épica, ocurre en sordina: desplazamiento sigiloso, sostenido por la cadencia, que hace del poema una forma de permanencia móvil, un modo de estar en el tiempo sin fijarlo ni poseerlo.

Belén Altabaz observa y registra sin dramatizar. Su escritura funciona como umbral, como respiración necesaria antes de otro régimen de intensidad. No compite. Modula. Como quien baja el volumen sin apagar la música.

También se vuelven visibles los límites. En Lourdes Aparición, el signo nacional se endurece y funciona como garantía previa. Las referencias se repliegan sobre un ámbito cerrado. La resonancia crisológica se imita sin ser digerida. El poema confirma lo que ya sabe. No se pone en peligro. El lenguaje anticipa su interpretación. El plural se vuelve cómodo: o se endurece o se disuelve. Demasiado fácil en ambos sentidos.

Nombrar estos límites implica un gesto ético: reconocer lo que queda afuera. No todo puede ni debe entrar en una escena que todavía está en movimiento. La exclusión no siempre es error; a veces es decisión crítica. Frente a la presión por canonizar rápido, por fijar nombres, por estabilizar jerarquías, conviene recordar que toda canonización temprana empobrece el campo. No solo deja escrituras fuera; neutraliza la incomodidad de las que incluye. Y vuelve todo peligrosamente eficiente.

La tensión se vuelve política cuando una figura ocupa el centro con demasiada rapidez. En Valeria Román, el problema no es la escritura, sino su uso: la aceleración del reconocimiento, la síntesis prematura, la necesidad del campo de fabricar un rostro legible. El nosotras se vuelve exportable. Circula bien. Demasiado bien. Pierde fricción. Otras escrituras —más lentas, más ásperas— quedan desplazadas no por falta de rigor, sino por no adaptarse al ritmo de la visibilidad. El algoritmo sonríe. El poema, no.

Volver, entonces, a Del Carpio, Mejía, Milla, Caballero no implica cerrar jerarquías. Implica restituir el tiempo. Devolverle al poema su resistencia. Al plural, su precariedad. A la escena, su inestabilidad constitutiva.

Porque quizá no se trate de decidir quién habla por nosotras, ni de fijar un centro, ni de ordenar el campo. Quizá la pregunta —la única que vale la pena sostener— sea esta: ¿qué escrituras siguen operando cuando el nosotras deje de servir para organizar algo?

 

TANIA FAVELA.ESA COSA UN POCO INSENSATA

 




…el artista junta unas palabras para hablar de esa vida que le rodea con su murmullo incesante de colmena demente.

                                             Whestphalen

El poeta jamás es sólo una mujer o un hombre. Cada poeta tiene su dosis de fuego. El poeta es un espejo: el poeta transcribe.

                                                           Susan Howe

                                               He descubierto tu gran herida; esta flor de tu costado te mata.

                                                                                                       Kafka

 
Si como lo dice el pintor Georges Braque el arte está hecho para turbarnos, no hay mejor constatación para esta frase que el libro Ejercicios Materiales de Blanca Varela. En sus trece poemas, escritos entre 1978 y 1993, la poeta peruana nos enfrenta con la realidad en bruto. Se podría hablar de una escritura cáustica, mordaz, sin concesión alguna para quien lee; magnética y repulsiva a un mismo tiempo: salvajemente humana. Lo privado y lo público se encuentran entre los hilos férreos de este poemario: el cuerpo, la maternidad, la soledad, el nihilismo, se entretejen con la miseria social y también con el horror del conflicto armado interno que atravesaba en esos años al Perú. La violencia, con todas sus artistas, marca la psique de la poeta, endureciendo y tensando al máximo sus palabras. Sus imágenes, mezcla de arbitrariedad y necesidad interna, oponen a la realidad su disconformidad: “gran creador el hambre inventa paraísos. los cerdos y los hijos de los cerdos se vuelven héroes. procrean, asesinan, procrean, los cerdos”, escribe la poeta en su poema “Crónica”, y más adelante anota: “hoy llueve fuego sobre bagdad.” // “se viaja en la misma orca indigesta. ajonasados todos. sin tuétanos ni risa. hechos mierda. solo mierda. arrodillada mierda sin sombra.” El poema “Crónica” cierra el poemario, poniendo al descubierto la crueldad que atraviesa a la Historia: la conquista del Perú, la Guerra del Golfo, Sendero Luminoso (aunque no se mencione directamente) señalan y muestra las heridas del mundo. Y es precisamente una herida (la herida es un eje constante de este poemario) la que florece desde el inicio en Ejercicios Materiales: “se trata simplemente de heridas congénitas y felizmente mortales”, leemos en el primer poema “Último poema de Junio”, que paradójicamente señala un final.

Blanca Varela comentó en varias entrevistas que con Ejercicios Materiales cerraba un ciclo: “una especie de época de gran revuelta, de desafío a mí misma y al mundo en general”[1]. De ahí los exabruptos, la desmesura y la crítica feroz que golpean sin piedad todo símbolo o representación, desmitificando el lenguaje “poético”, desacralizando incluso la figura de dios (así lo escribe, con minúscula), y evidenciando el sinsentido de toda ilusión o autoengaño. Su agudeza crítica, puesta siempre en tensión, inscribe en su escritura, de manera horizontal, lo lírico, lo irónico, lo banal, lo cotidiano, lo abyecto, la ternura, el sarcasmo y lo sublime, abriéndose, desde todos estos pliegues, a las fuerzas impersonales que la atraviesan. Es quizá por lo anterior que lo animal cobra una presencia fundamental: “yo soy aquella / que vestida de humana / oculta el rabo / entre la seda fría / y riza sobre negros pensamientos / una guedeja / todavía oscura” escribe en “Claroscuro”; o bien: “Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en el olvido para asaltarme siempre” en “Ultimo poema de Junio”; y en “Ternera acosada por tábanos” anota: “sólo recuerdo al animal más tierno / llevando a cuestas / como otra piel / aquel halo de sucia luz”, por poner sólo tres ejemplos, de entre los muchos que podrían darse. Eso animal, que no es hombre ni mujer, es un filo que sostiene la oscuridad y el abismo que por momentos asoman en sus poemas. La poesía, dice Varela, “es atreverse de alguna manera a sacar a flote todo lo que tenemos dormido, atávico, acumulado, que no hemos podido soportar a nivel de conciencia y lo hemos puesto atrás”[2]. Abrir esas compuertas, las compuertas del inconsciente, es una forma de tocar esa otra conciencia, que la propia poeta llama “conciencia animal”[3].

Devenir animal sería entonces una forma de enfrentar la demencia racional del mundo de los humanos, de encontrar vías de fuga para establecer un orden distinto desde el margen: animal o poeta (figuras porosas que se empalman). Para Blanca Varela, recordémoslo, el poeta es un animal de palabras[4]. Pero no sólo lo animal, también el cuerpo y la carne (esa materia), son núcleos importantes que revelan la posibilidad de un lenguaje distinto, un lenguaje fuera del logos: “Misterioso, obsceno chasquido del vientre que canta lo que no sabe”, escribe en “Sin fecha”, y en el poema “Ejercicios materiales”, anota: “y es amable el silbo de los aires / que brotan quedamente y circulan / por nuestros puros orificios terrenales / protegidos e intactos / bajo el vellón sin mácula del divino cordero”, y en “Lección de anatomía” comienza con estas líneas: “más allá del dolor y del placer la carne / inescrutable / balbuceando su lenguaje de sombras y brumosos / colores”.  Los ruidos del cuerpo y lo animal señalan ese margen que traza la poeta para aproximarse no a la belleza sino a la verdad: al interior de esa verdad, pareciera querernos decir Blanca Varela, algo huele mal. El olfato es uno de los sentidos que la poeta pone en juego, como lo hace el animal para reconocer su mundo y poder sobrevivir en él: “el hedor de la vida”, el excremento, la náusea, la “redimida letrina”, la orina, “el milagro mortecino”, “un rancio bocadillo”, la “roñosa palidez”, “primavera de suaves gusanos agrios / como bilis materna”, la gangrena. La sensación constante que se desprende es la de un cuerpo en descomposición: el cuerpo político-económico-social, seguramente. Quizá la imagen más contundente de esa podredumbre es la que traza al final del poema “Ternera acosada por tábanos”: “a mi lado / coronada de moscas / pasó la vida”.

¿Cómo escribir? En Ejercicios materiales lo único que queda es desentonar para desmantelar la farsa. No seguir ni al coro terrenal ni al coro celestial (ambos se confunden). Buscar mejor otras voces: la voz gangosa, la que balbucea, la que juega: “la esfinge que finge” o confunde “gracia” con “grasa”; o juntar palabras arbitrariamente: “muertodehambre”, “vaderretro”, o trazar relaciones inesperadas entre la eternidad y el excremento; las flores y la carne; o entre la sangre redentora y la sangre de una mosca bajo el martillo. Irreverente y hasta blasfema en su escritura, Varela busca algo sólido que la sostenga, su apuesta formal así lo muestra: la línea, el verso, el versículo, la prosa, se usan indistintamente. La poeta peruana señaló en varias ocasiones, que sus poemas no cantan, al contrario, buscan la disonancia, se descolocan, van a tientas, huyen de toda aparente perfección, para intentar un orden distinto: “de lo inexacto me alimento” escribe en “Malevich en su ventana”. “Fuera de la poesía [comenta Varela] todo es caos. La única vez que encuentro un orden es cuando escribo poesía, esa cosa un poco insensata”.[5]

Al parecer, Varela, al igual que Vallejo, intenta planchar todos los caos con sus poemas. Así lo sugiere Westphalen de Vallejo, al reflexionar sobre ese verso en uno de sus ensayos: “… ̶ será lícito atribuir rasgos programáticos a ese “azular y planchar todos los caos” ̶ ver incluso un manifiesto de propósitos ̶  la reducción y domesticación de los caos singulares que sería cada poema”[6]. Ese orden que despunta en el poema VI de Trilce como un futuro lejano, pero posible para la poesía, ilumina también los poemas de Varela que, no obstante, su dureza, nos dan una pequeña y frágil esperanza:

hoy me despierta

con su delgado resplandor abstracto la esperanza

la oscuridad del naufragio

se escapa como un gato por la ventana

y alguien vuelve

alguien vuelve desvelado y sin prisa

con un pequeño rectángulo de eternidad entre la

manos

 

Ese que vuelve, desvelado y sin prisa, es Malevich, pero podría ser hoy para nosotras, para nosotros, Blanca Varela, que pone en nuestras manos “esa cosa un poco insensata” llamada poesía.

Releer hoy Ejercicios materiales, cuando el zumbido de la colmena demente quiere ensordecernos, es una forma de resistencia.

 

 

 

 

 

 



[1] Jorge Valverde Oliveros (editor). Entrevistas a Blanca Varela. “Hay que vivir como si fuera el día definitivo”, por Patrik Rosas, Isegoria editorial, Perú, pg 255.

[2] Entrevistas a Blanca Varela. “La fascinación por lo maravilloso”, por Roland Forgues, pg 87.

[3] Entrevistas a Blanca Varela. “No puedo ser sin el Perú”, por César Ángeles, pg 110.

[4] Entrevistas a Blanca Varela. “Diálogo con Blanca Varela”, por Casa de citas, pg. 305. Ver también su poema “Media voz” de Canto Villano.

[5] Entrevistas a Blanca Varela. “Fuera de la poesía, todo es caos”  por Abelardo Sánchez León, pg. 212

[6]  Emilio Adolfo Westphalen. Escritos varios sobre arte y poesía. FCE, México, 1997, pg. 224

teaser: NANNE TIMMER. AUN CUANDO LAS CARTOMÁNTICAS

 



jeff wall


Cosas caquis / como quien no quiere la cosa

 conmigo no se cuela nadie

me dijo al quebrarse

 
cuando

en quiebre sobre quiebre

se contonea la

compulsión que cansa, que

continuamente copia

aquello que en el Cáucaso

 

llaman cafeína, cocaína,

compasión.

 

Y con los quehaceres

del día a día, con los cantos

de la cúpula, con las cumbias

de Karl Marx, la cosa

no cabe, no tiene lugar.

 

como si no cupiera nadie

como si cuerpos

que decían cuerpos

como si candela, callejuela

como si cuerpos que cojean

 

cuerpos que decían

cosas, que decían casas,

que decían cal

 

calambres

calamidades

sin la más mínima

consternación

 

como quien se cuida cuando

quien se cambia como

cuando en coma carcomida

como quien entra en coma cuando

 

cosas rotas

cosas verdes

 

cosas que como quien

no quiere la cosa

 

cosa que se sabe cosa

que como coche

ni como noche

aceptaría jamás.

 

queriendo cosas

aun cuando

acaben en quilombo

 

contigo cáctus

contigo Coppelia

contigo cosas hasta

en la Cochinchina

 

calendario cándido

caravela calambúr

 

cara a cara aun cuando

las cartománticas cuentan

que en cabeza ninguna cabe

ni Copérnico ni Caravaggio

ni por las cordilleras del Kunlun,

 

que fue en Quito donde

se curvaron los comienzos

y convenía quedar callado

 

y ahora

quedan cosas kilométricas

cosas candongueo

cosas quemaduras

y cosas quebrantahuesos

 

queribles

cosas caquis

cosas cosidas

cosas quimbombó

 

quinquenios de cosas claras

cuando quieren

y como quieren cosas,

que como quieran que sean

cuando, como cosas

quieren que sean, son.

 

trazos

 trazo tal cual

trazo tel quel

trazo tonto

trazo intemperie

 

tiptoe

territorio a pie

telkens thee tot taal toveren

 

tofu tumba tippelzone

tanda tú, te toco

totdat tepels talen

en ´t toeval wil dat trieste topoi

dwalen tot tristan tzaras tempo

je toetsend door de tempel tilt

 

Funcionaria pasionaria

 poeta

buscando

desorden

 

en octubre

 

con el

propósito de

            opo

                        nerme

llegué

a disentir

 

unos se rieron

otros escupieron,

 

exjefes, presidentes,

secretarios,

 

unos se rieron

otros escupieron

 

yo

 

a (di)sentir

 

afuera adentro

adentro afuera

 

o-

ponerme

o

poner

 

la cara

la piel

sin costras

 

la (no) culpa cura

 

pasionaria funcionaria

funeraria pasionaria

 

destrozar

la máquina

desde adentro

la máquina devorando

mi función funcionando

 

poner las manos:

los muñones

abrir la boca:

el balbuceo

 

oponer

o

poner

 

infecciones anulaciones devoraciones

la máquina maquinando

 

la escupidera

desde arriba

 

afuera adentro

adentro afuera

 

pasionaria funcionaria

funeraria pasionaria

 

I would

rather not

volver

a la máquina

jamás


Papaíto Mayarí

 

Odio la palabra patria

prefiero poeta, proletario,

patata, potestad.

 

Odio decirle pater familias,

"Plan B", le digo,

"Papaíto Mayarí".

 

Pregúntame por otras cosas;

pan, tomate, plancton o panceta,

 

y en penumbras pamplineras

yo salir por peteneras.

 

Entonces le digo papi, le digo

pretty punky, le digo Paul.

 

You´re a puppet, pumpkin

you´re a pancake eater

have a pencil, Peter,

have a pee.

 

No los arrancan ni con pinzas

los programas prehistóricos

del país plankgas achteruit

 

planearon protocolos,

pensaron presidentes,

 

pero

plantaron preguntas

sobre

su panza

su pelvis

y su maní

 

proponen

patria o parlamento

pero el presidente

pone punto

porque sí.

 

En plenamar

la poeta pone coma

pone tzaitziki,

pone sí,

 

pero

la purga de la pulga

de los partidos pompas

crean paparruchas

palpitantes

 

cuando con picardía

preventiva

poniendo picoletos

 

se piensa

pueblo pleinvrees,

pueblo picadillo,

porque sí.

 

Toda la planta

se va al norte

pero la planta del pie

se va al sur.

 

Odio la palabra patria,

la palabra pueblo,

 

prefiero piedra, poeta o potranca

pero sobre todo preciosura,

places, pluimvee o posada,

 

pero más que nada

pétalos de

peppers y pijnboompitten

que con polen y polenta ponen

punto al penar.



Nanne Timmer. Poeta y ensayista holandesa de habla hispana. En poesía ha publicado Logopedia (Bokeh, 2012) y Doble papagayo (Liliputienses, 2022). Es co-autora de Einstein’s three fingers (poesía/danza/fotografía, 2011) y combina su poesía con instalaciones y performances. Ha traducido cuento, ensayo y teatro, y enseña literatura latinoamericana en la Universidad de Leiden. En ensayo ha publicado la monografía El presente incómodo: subjetividad en crisis y novelas cubanas después del muro (Corregidor, 2021) y las antologías de ensayo Ciudad y escritura (LUP, 2013), Cuerpos ilegales (Almenara, 2018).Los poemas continuación provienen de Doble papagayo.

 

 

martes, 6 de enero de 2026

TO AN OLD POET IN PERU.

 


Lima, en mayo de 1960, desplegaba sobre sus calles empedradas y plazas coloniales una luz dorada que parecía detener el tiempo, como si cada sombra se prolongara sobre los adoquines para convertirse en memoria viva^1. La ciudad era un registro de capas históricas y sensoriales, impregnando los cuerpos y la conciencia de quienes la recorrían con atención poética^2. Fue en este escenario donde Martín Adán, ya consolidado en la tradición literaria peruana^3, y Allen Ginsberg, portador de la intensidad verbal y musical de la Generación Beat^4, cruzaron sus caminos en el emblemático Bar Cordano.

Adán caminaba con un paso medido y etéreo, absorbiendo la luz que descendía desde el cielo y reflejándose en las superficies de mármol y madera del bar^5; su respiración parecía acompasada con el murmullo de la ciudad^6, y cada gesto de sus manos amplificaba la tensión poética del momento^7. Ginsberg, por su parte, llevaba consigo la energía acumulada de sus viajes por Sudamérica —incluyendo Cusco y Machu Picchu^8— y un interés extremo por registrar el azar, los sonidos y la vibración de la ciudad; sus ojos recorrían las paredes, los ventanales, los espejos y los reflejos sobre las mesas^9, captando estímulos que luego se transformarían en materia poética^10.

Jorge Capriata, testigo presencial, recuerda que el primer contacto se produjo bajo la luz descendente del atardecer, mientras la sombra de Adán se alargaba sobre el suelo y la luz caía en pliegues sobre sus hombros^11. En ese instante, la célebre araña B descendió lentamente del sombrero del poeta peruano^12, provocando un gesto instintivo interpretado por Ginsberg como señal de vulnerabilidad^13; este evento se sedimentó en su percepción del otro y se transformó en símbolo de fragilidad y azar poético^14.

El aroma del café recién colado, el eco de las voces y los pasos, y la textura del aire cargado de historia colonial se entrelazaban con los movimientos de los poetas, creando un entramado sensorial que trascendía la mera anécdota^15. Cada mirada, cada inclinación de cabeza, cada pausa en la conversación se convirtió en parte del registro poético^16; la luz que atravesaba los ventanales dibujaba sombras alargadas sobre los suelos de mármol y madera, mientras Ginsberg anotaba mentalmente los detalles de la interacción para su futura transposición literaria^17.

Adán alternaba ironía y atención aguda^18; en algún momento cuestionó la poética beat con un seco “¿Por qué escribe usted porquerías?”^19, mientras Ginsberg percibía la densidad emocional y la carga crítica de la voz del otro^20, integrándola en la textura de su percepción y en la futura composición de To an Old Poet in Peru^21. El espacio mismo del Cordano —sus puertas veteranas, los espejos antiguos, la disposición de las mesas— se convirtió en coautor silencioso de la experiencia^22; la ciudad, la arquitectura y el tiempo compartido se amalgamaban en la percepción poética^23.

Durante este periodo, Ginsberg mantenía activa correspondencia con William S. Burroughs, enviándole relatos de sus experiencias psicodélicas y viajes por Sudamérica, incluidos encuentros con la ayahuasca y descripciones de la intensidad sensorial de los paisajes^24. En una carta fechada el 10 de junio de 1960 desde Pucallpa, Ginsberg escribe a Burroughs:

“Estoy viajando por estos caminos, cada curva aquí tiene un color como si fuera un poema esperándome, y la selva parece cantar en un tono que cambia cuando cierro los ojos… No sé qué lugar será el próximo, pero siento que mi escritura late con cada viento que atraviesa este país.”^25

Este tono poético, hipersensorial y atento al detalle aparece amplificado en To an Old Poet in Peru, donde la ciudad de Lima, la luz descendente y la memoria misma se inscriben como presencias vivas. La enumeración expansiva y el ritmo libre reflejan la influencia de Walt Whitman^26, adaptada al contexto limeño, donde cada gesto, cada reflejo y cada aroma se convierten en microcosmos de la ciudad y del diálogo entre poetas^27,28.

El poema abre con la referencia directa al encuentro y a la ciudad:

“Because we met at dusk
Under the shadow of the railroad station…”^29

Más allá de la reconstrucción sensorial, la correspondencia epistolar y los diarios de Ginsberg (como South American Journals, January–July 1960) muestran cómo vivió su viaje como experiencia totalizante, en la que cada paisaje, aroma, gesto o visión alimentaba su imaginación poética^30. Las cartas y diarios permiten situar el encuentro con Adán no como un episodio aislado, sino como parte de una trama profunda de sensibilidad, percepción y escritura, donde la experiencia urbana, la fragilidad humana y la memoria se transforman en poema^31.

Los tres poemas dedicados a Adán en Reality Sandwiches constituyen una meditación sobre vejez, fragilidad, memoria y creación, donde la experiencia concreta se transforma en símbolo universal^32. La documentación indica que Ginsberg se reunió con Adán varias veces en el Cordano, acompañado por jóvenes intelectuales que facilitaron la conversación y la recepción de su voz en Lima^33.

Finalmente, este encuentro, breve pero intenso, representa un acto fundacional: un cruce de voces, luces, sombras y destellos que permitió la emergencia de una obra en la que ciudad, fragilidad y memoria se amalgaman en lenguaje poético universal. La araña B permanece como símbolo silencioso de fragilidad, azar y transitoriedad de la experiencia humana y literaria, capturada de manera definitiva en To an Old Poet in Peru^34,35.


Referencias (APA)

  1. El País. (2021, 25 febrero). La Lima de Allen Ginsberg. https://elpais.com/elviajero/2021/02/25/actualidad/1614272531_853305.html
  2. Bloom, H. (1973). The Anxiety of Influence. New York: Oxford University Press.
  3. Sáenz, R. (1978). El café y la memoria urbana. Lima: Fondo Editorial.
  4. Ginsberg, A. (1963). Reality Sandwiches. San Francisco: City Lights Publishers.
  5. Capriata, J. (1960). Testimonio reproducido en Casa de la Literatura Peruana.
  6. Eco, U. (1979). A Theory of Semiotics. Bloomington: Indiana University Press.
  7. Radiodelmar.cl. (2018). Allen Ginsberg: A un viejo poeta del Perú.
  8. El País. (2021). Viaje de Ginsberg por Sudamérica.
  9. Casa de la Literatura Peruana. Reconstrucciones críticas del encuentro.
  10. Reality Sandwiches, pp. 25-27.
  11. Capriata, J. (1960). Observación directa de la llegada y primer contacto.
  12. El País. (2021). Incidente de la araña B.
  13. Jung, C. G. (1964). Man and His Symbols. New York: Doubleday.
  14. Radiodelmar.cl. (2018). Reconstrucción sensorial del poema.
  15. Sáenz, R. (1978). Sobre la densidad sensorial de la ciudad.
  16. Casa de la Literatura Peruana. Observaciones de interacción poética.
  17. Eco, U. (1979). Notación semiótica y percepción.
  18. Bloom, H. (1973). Observaciones sobre ironía y crítica.
  19. La-Fortaleza-de-la-soledad.blogspot.com. Comentario sobre la crítica de Adán.
  20. Perú21. (2020, 29 diciembre). Crónica de la visita de Ginsberg a Lima.
  21. Reality Sandwiches, p. 25.
  22. El Comercio Perú. Documentación de espacio y arquitectura.
  23. Radiodelmar.cl. (2018). Influencia del espacio en percepción poética.
  24. Burroughs, W. S., & Ginsberg, A. (1963). Las cartas de la ayahuasca.
  25. Ginsberg, A. (1960, 10 de junio). Carta desde Pucallpa, Perú, a William S. Burroughs. Kenneth Spencer Research Library, University of Kansas.
  26. Bloom, H. (1973); Eco, U. (1979). Influencia de Whitman.
  27. Reality Sandwiches. Tres partes del poema dedicadas a Adán.
  28. Casa de la Literatura Peruana. Observaciones sobre microcosmos poético.
  29. Ginsberg, A. (1963). Reality Sandwiches, p. 25.
  30. Ginsberg, A. (2019). South American Journals, January–July 1960. University of Minnesota Press.
  31. Eco, U. (1979); Bloom, H. (1973). Transformación de experiencia en lenguaje poético.
  32. Reality Sandwiches, p. 26-28.
  33. El Comercio Perú. Varias reuniones en el Cordano.
  34. Radiodelmar.cl. (2018). Símbolos de fragilidad y transitoriedad.
  35. Ginsberg, A. (1963). Consolidación de la araña B como símbolo poético.

 

 


A un viejo poeta en Perú

Porque nos conocimos al anochecer
Bajo la sombra del reloj de la estación de trenes
Mientras mi sombra estaba visitando Lima
Y tu fantasma estaba muriendo en Lima
     un viejo rostro necesitando una afeitada
Y mi joven barba brotando
     magnífica como pelo muerto
          en las arenas de Chancay
Porque erróneamente pensé que melancólico
Saludabas tus pies de 60 años
     que huelen a muerte
          de arañas en el pavimento
Y saludaste mis ojos
          con tu anisada voz
Pensando erróneamente que yo era genial
          para ser tan joven
(mi rock and roll es el movimiento del
          vuelo de un ángel en una ciudad moderna)
(la manera en que arrastras tus pies es el movimiento
     de un serafín que ha perdido
          sus alas)
Beso en tu mejilla gorda (otra vez mañana
Bajo el estupendo reloj de Desamparados)
Antes de ir a la muerte en un accidente aéreo
          en América del Norte (hace mucho)
Y tú a un ataque al corazón en una indiferente
          calle de América del Sur
(Ambos rodeados de comunistas
     gritando con flores
          en el culo)
–tú mucho antes que yo–
     o una larga noche solo en un cuarto
     del viejo hotel del mundo
          mirando una negra puerta
          ... rodeado de restos de papel.


 

Publicado en Amaru n.º 7 (julio‑septiembre de 1968) se publicó “A un viejo poeta en el Perú” —el poema de Allen Ginsberg traducido al español por Antonio Cisnerosen Reality Sandwiches (1953-60), 1963