jueves, 22 de enero de 2026

EL LABORATORIO: CALEB MONCADA. TRANCERACIÓN PARA "RITUAL AGONÍA" DE LURY MAOJ





Saúl Leiter



Monasterio (pretérito, presente) se exime de pecados y de púbicas cóleras ¿Cuántas formas arrojadas al fuego, lo dolo tatuado en la ceniza, la cintura vendaval prohibida del jadeo cantábile? Monasterio alimenta la mentira y el nepente zurcido en ojos verdugos, de los que juzgan el color de la noche: para lo asqueroso la violencia sobre los cuerpos disfrazada de jaculatoria; e ingresar entre escalones, cristos crucificados, pastiches de lo divino no verosímil y ayas lejanas con baberos agrios, y ayes en boca de aves de fuego, y flacas hayas obstruyendo el camino a la cueva, la cueva, la ciudad, la ciudad, la no muralla… examinar los frasquitos repletos de amoxicilina que retienen los hedores de las vejaciones, los susurros, la inclemente mirada del yeso yo me imbuyo del rosal enjaulado, de triturar sus pétalos para que reposen en mis revueltas vísceras, libertar mis alveolos de la tea, elementos que en el aire tercian sobre gemidos y terrores (se ha negado el libro para el control del aire, San Cipriano) yo he visto los extramuros, mi sobria (ebria) pena: la existencia de la fiesta o la glorificación del exceso, lo anatema, la revocación de las sumas, los amperios sobre el ojo ciego; aquí, no se despega la nuca del coito de los cardos, las almohadas repletas de treponemas, los reinos del paso humoso destazados… porque en casa nadie halla la necesidad de la máscara, la banalidad del Diablo de presumir los cuernos frente al espejo, la imposibilidad masturbadora en la hora de las confesiones. Monasterio ¿libertad de andar dentro de las cercas? Ingresar al betún confundido con éxtasis. Apresa el lenguaje del alcohol, semen, hierro, pátina, desgarrada enagua el antebrazo entumecido; para elevarte ante mis ojos, desparejar el hueso, jugar con los nervios… aceleración, detención, equivocaciones entre diástoles y sístoles; las falanges se contraen, la lengua se mastica a sí misma catarsis para volvere a la posición fetal, nada se acostumbra al astro obscuro, rompo la placenta, añadidura de pliego que se niega al pincel. Y el vientre de mi madre, mi primera culpa: joderle el útero. La primera pulsión (la negación de Eros). La contaminación, Ego pienso Ego soy al momento de la lluvia en la ventana parkinsoniana. Las sombras como yeguas. El globo ocular que provoca vértigo a la viga, el artificio de la luz, SU SONIDO. Deuda con Maoj, cita: algunos de los muñecos se han hecho con furia, hilos improvisados; otros, delirio de anatomía, con delicadeza, los puercoespines: la carca de los cuerpos que llora, grita, reclama, declama ¿venganza, justicia, mirada?; dilo con una voz sarcástica. Todo como universo tántrico. Afuera, el encestar, las canicas, la pértiga, que delicia, la saliva escupida a los cielos (¿Panero?). 

 

SOY YO TU PROLE. Mis articulaciones resultan las suyas tratando de acoplarse a sus dobleces, sus contracturas, sus madores; el encuentro con lo deforme. Temo que nadie ha penetrado falotrado mis extremidades con tanto amor odio no delectación al beso del cristal en mi cuerpo, y confieso la pústula de lo contrahecho; ahora palpo vericuetos donde la tierra fue lisa, ahora introduzco mis pulgares en otras cavidades; ver para creer; el espejo son los ojos de otros que erran entre las calles y no apartan los tenebrios su canto cuando perciben mis pieles mal cosidas . Tus hijos tienen nombres de Ángel. Te defenderán de las pupilas con carnosidades. A mí me observan con desprecio, me turba. Todo ángel es terrible, toda belleza es igualmente terrible (Rilke). ¿Qué es belleza? Monasterio. Mi escolástico conocimiento, mi conocimiento medieval: «La belleza… es orden y proporción». La belleza monstruosa ¿La belleza monstruosa? ¡la belleza monstruosa! Belleza como caos, desproporción, aquello que causa horror: repetición… terribles ángeles. Terribles alas. Ícaro que cae, y vuelve a morder la axila excusando piojos.     

 

Olvidado el sol materno (pequeña contradicción psicoanalista, el astro mayor visto como símbolo femenino, símbolo de poder, como un miembro mutilado mascado por Cesar anárquico), obligación de pertenencia: rito, entre los rostros de estas creaciones, buscar el suyo sobre el lamento del corifeo, buscar sus labios y carillos palpitantes. Porque con toda ave el carrillón, la elección, lo irreconocible, lo muerto jurado al buitre. La espera, quizá, el solo deseo de negar el tiempo, lo que no se logra… mañana, mañana. Volverán con el carrillón, las aves, el parpadeo del oído. Pero todos los cuerpos femeninos se hallaban descuartizados, lo táctil es pecado, fácil que la lengua dibuje círculos en el seno y mate la sed; primaria la cabeza, el dictatorial ojo, y por ende el error, la garganta no contenta, el cuello solo para el ahorco, de nuevo, la ira, la erección. Porque no existe la santidad, la hipocresía de mi modorra que anda sin tremar las mareas. Lágrimas entre este ritual (que veo desde las cadenas) desfila a vista de la muchedumbre, podredumbre, como carnaval, es el carnaval, la rotura de los tabúes, la rabia contagiosa que se celebra, admiran lo que me está prohibido, MONASTERIO. Sor Inés, me lo dijo… Sor Inés, ilegible, mi brutalidad. Aquí justifico mi delirio: carnaval [...]fomento de la violencia y el desenfreno, inversión de lo establecido en el que lo malo se convierte en lo divertido y aceptado; es decir, la máscara se convierte en un signo de rebelión contra el orden, un símbolo de liberación frente a la represión del hombre (Martínez, Belén; 2023, p.12). […] el carnaval era el triunfo de una especie de liberación transitoria, más allá de la órbita de la concepción dominante, la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes. Se oponía a toda perpetuación, a todo perfeccionamiento y reglamentación, apuntaba a un porvenir aún incompleto. (Bajtin, 2003, p.19) He allí tu respuesta, aire. He ahí tu respuesta, viento. El trance. La utopía: Je ne suis pas une femme. ¿esto tampoco me pertenece, el ápice, el áspid, el bolo? Porque toda máscara es libertad, extrañamente la mayoría de muñecos femeninos (observe el útero cosido sobre la ropa blanca) carecen de cabeza, descuartizadas; su exclusión parece demostrar la repulsión falo céntrica hacia lo desconocido, peligroso, distinto; lo pavoroso se adentra en el ser con el acto del escisión o la carencia de (se interpreta aquí, como el espectro femenino del lenguaje que se repugna y se niega, este se subyace a la hipótesis: todo lenguaje es masculino). Lo salvaje contra lo civilizado. Lo excluido entonces, es aquello que procede de la madre (Suniga & Tonkonoff, 2012, p.5). Porque el sacrificio de lo materno me permite el lenguaje, porque asesinar a mi madre me permite hablar (ethos), pensar (logos), y solo el sufrimiento al rememorar el erótico acto, en clave Bataille, se transforma en emoción (pathos); por ello, mi segunda culpa esta máscara que me has dado, empotrada con miel ¿Alas, Ícaro…? me permite caminar por las calles, /no preso/ de la angustia de ser vapuleado por mis heridas, mi cuerpo, permanecer fuera de casa, del monasterio, mi cuerpo malo . La libertad obtenida con el vagido, el juego, el juego, ADICTO DOLOR.


                                                                                                                       Saúl Leiter



Monstruo observa a presa: la novia; transpiración marchita las rosas que /posee/ aquella (imagen semi descuartizada, la sangre que mana de las cavidades faciales reconstruye crimen, gangrena, sangre). Cuerpo encima de cuerpo. Poseer. Posesión. Posesión. Rosa Desposeída. Muchas manos que instauran la tristeza, compresiones en el torso, el peso del otro, del amo. Rio con gordos esquifes. Connotación sexual. El enmascarado (la bestia) conserva /identidad/, libertad de observación, libre de castigo (su bestia). Su demencia ante mí entre cigarros intensos o galaxias, su panorama ante mí entre fantasmas promiscuos o mantequilla, ante mí entre testigos mudos o cuchillos de gala, ante mí él o yo, ante mí la palabra o el silencio. Lo insignificante de mi presencia. Y sus ojos como albur Eielson, el pájaro invisible como radio de un círculo visible que no es un círculo. Brazos aprietan la cintura vendaval, triple desposesión: otro desposee otra, otra desposee ella, ella desposee rosa ¿y las marañas de cabello que se esparcen entre la cera del patíbulo, son retazos de lo mío, de lo que nunca fue mío? El parir catártico. La triada universal del Poema: hombre > mujer > poema: comida, igual cadena, igual acción, sexual (Verastegui, Ángel Novus = Ícaro que cae) La tragedia es: toda escritura es también prole (bastarda) producto consumo de violación… toda escritura es dar a luz; el parangón así: imagen conducto al abismo, la trema pierna, el yo, extradiegético, extradigestivo, imposibilitado de acción, solo reacción pasiva, contención, negación, depuración, llanto: su FALA-CIA ¡su falacia!, su existencia para manipulación, su juego, su carcajada




—de niños las plastilinas se transformaban en yoes superhéroes hasta que laceraran sus colores las manos sucias, las verdaderas manos de tanto conminar al vuelo, de surcar los invisibles astros de nuestras mentiras; entonces nos reconocíamos en ellos, en el desgaste, en lo incoloro, en la noche, en el ave; y crear, huir, era destruir, hacer amorfo algo; de niños, desechamos aquellos monstruos, pero supimos erectarnos o castrarnos, supimos del uso de la caca (Rimbaud), supimos de los demonios, de la basura, de la gasolina, de la rosa, de las cacofonías, monstruoso monasterio de monos — ; la usanza que provoca estimulación mental y corporal, ESPIRITUAL DOLOROSA, MEA CULPA, el terror que conmina al grito y el grito que obliga al /cuerpo/ a parir en los labios: pathos. Ello es mi tercera culpa quizá en los sueños la noche me encuentre en redención, y los pájaros que entone no carguen en sus picos tu sangre, no el gong
; la ficción de la salvación, la redención de la víctima o el mero acto periodístico, la descripción, no penetración en el acto violento, el ajeno plumón mascado entre los dientes, el no encuentro; el ebúrneo vicio, turbación, asombro, quiero retirarme del ritual… Y la andrógina progenie turistea la ciudad. La otredad. Para purificación o escritura, silencio o subrepticia sonrisa. No santidad, tricotomía distinta, sucia, algarabía de lo impúdico. ¡Qué asco! ¡Qué horror! ¡Alguien cuélguenos del ojo crepuscular! ¡Alguien sálvenos de estas mierdas! snÑSNwegipbwkssdkfnSLKGNKLwsaeg



 

Referencias bibliográficas

Bajtin, Mijail (2003). La cultura popular en la edad media y en el renacimiento. El contexto de Francois Rabelais. Alianza Editorial. Madrid, España. 

Cultura Unsa. [Cultural Unsa]. (31 de octubre del 2024). Te presentamos el 𝐜𝐚𝐭𝐚́𝐥𝐨𝐠𝐨 𝐯𝐢𝐫𝐭𝐮𝐚𝐥 de "𝐑𝐈𝐓𝐔𝐀𝐋 𝐀𝐆𝐎𝐍𝐈́𝐀" Exposición Individual, a cargo de 𝐋𝐮𝐫𝐲 𝐌𝐚𝐨𝐣. [Publicación]. Facebook. https://web.facebook.com/share/p/SjDqzx5mUJWydmMn/

Martínez Baena, Belén (2023). Máscaras ¿magia o anonimato? Análisis sociocultural de las máscaras en el ámbito audiovisual y virtual [Tesis de Grado]. Universidad de Sevilla. https://idus.us.es/bitstream/handle/11441/150536/PUB_MART%C3%8DNEZBAENA_TFG.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Natalia Suniga y Sergio Tonkonoff (2012). Lenguaje, Deseo y Sociedad. Los Aportes de Julia Kristeva. VII Jornadas de Sociología de la UNLP. Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, La Plata. https://www.aacademica.org/000-097/23

domingo, 18 de enero de 2026

ÁNGEL CERVIÑO. CONTRA ORALIDAD

 



"Musa", pintura de Ángel Cerviño



Los que me conocen ya saben lo poco que me gusta leer en público, supongo que se trata de algo no premeditado, intuitivo o visceral, que tendrá que ver con la timidez y la inseguridad, pero, claro, a lo largo de todos estos años he ido teorizando esa disposición, esa no-disposición, y ahora ya me veo armado de un corpus teórico que la sustenta. Allá va.

 

En primer lugar, mi escritura se organiza de forma muy visual. Me interesan las estrategias plásticas de ocupación de la página: esas líneas oscuras desplegándose sobre la superficie del papel. En no pocas ocasiones he decidido el aspecto tipográfico de un texto antes de escribir una sola línea. Las diferentes secciones de un libro suelo ‘verlas’ plásticamente configuradas antes de comenzar a trabajarlas. Obviamente todo esto desaparece en cualquier lectura pública.

 

Cuido mucho también los aspectos musicales y la sonoridad de la escritura, pero yo diría que esos valores sonoros se asientan siempre sobre un trazado visual, sobre una arquitectura previa.

 

Suelo utilizar una amplia y variada gama de signos gráficos y procedimientos constructivos que plantean serias dificultades a la lectura y la oralidad: guiones, asteriscos, barras diagonales, notas al pie, parlamentos —entrecomillados o no atribuidos a los diferentes personajes que pasaban por allí. ¿Cómo leer una nota al pie en un verso? ¿Se va a la nota en el momento en que aparece, interrumpiendo el discurrir del texto, o se lee el poema completo y al final se va a la nota explicando en qué punto exacto se encontraba la llamada? No sé cuál sería la peor solución, pero ninguna es buena.

 

Por otro lado, la performatividad, o la simple lectura en voz alta, añadiría a mis textos toda una serie de valores no previstos, ni buscados (y quizá tampoco deseados): la entonación, la dicción más o menos clara o arrastrada, un ritmo rápido o más pausado, énfasis y silencios, toses, tartamudeos, errores de lectura, carraspeos... Valores que pertenecen al lector (aunque sea yo mismo) y a su pericia o estado de ánimo, pero no al texto. Al menos, no al texto tal como fue concebido.

 

Otra interferencia grave la proporciona el hecho de que toda lectura pública de poemas es, antes que ninguna otra cosa, un acto social, una reunión de personas, con todos los juegos de representación y exhibición de roles que esto conlleva. Un entorno sonoro y social que no deja de añadir capas de significación sobre el texto, sepultándolo bajo estratos de gestos y carantoñas; obstáculos, todos ellos, que desaparecen en una lectura privada y silenciosa.

 

Aunque quizá el reparo más sólido que puedo poner a la lectura pública de un texto es la linealidad irreversible que se le impone. El lector no puede aquí detenerse en un punto clave, y volver atrás, a algún pasaje anterior que ahora resulta iluminado por los versos que le sucedieron, y volver a paladearlo a la luz de estas nuevas aportaciones que lo enriquecen, lo matizan o lo contradicen (un recurso que he utilizado con cierta frecuencia). Tampoco puede pararse un rato a disfrutar con más detenimiento y delectación de una imagen inesperada o, simplemente, mantenerse en el clima verbal de un fragmento que le toca de forma más directa, y reflexionar sobre lo que va leyendo, dejándose llevar por una marea de evocaciones no previstas, que requieren de un paso más lento y de una atención diversificada. Así leo, y así me gustaría que me leyeran.

 

Y no estará demás terminar citando a J. M. Ullán, con una frase que muchas veces me ha servido de baluarte o burladero: “... todos los esfuerzos previos de despersonalización se hacen añicos, tienes que reconstruir el conjunto como si se tratara de una cosa propia, que lo será, pero que no tendría que serlo hasta el punto de proclamarlo”.

(J. M. Ullán, “Eso de leer poemas”. Entrevista con Eloísa Otero)

 

En realidad, la cosa es muy sencilla, siempre que puedo elegir opto por la palabra desnuda que se cuela silenciosa en la mente del que lee sin mover los labios, generando allí su propia música, resonando en los archivos verbales del receptor. Imágenes acústicas posándose en nuestra mente, depositándose sobre cláusulas y conceptos como el polen que cubre los charcos. Así me gustaría presentar mis textos, sin otro aditamento.

MAURIZIO MEDO. "SERVET": UNA HIPÓTESIS DE LECTURA

 

Este texto no comienza con un hecho, sino con una fricción. No propone una corrección biográfica ni una hipótesis demostrable, sino una forma de lectura que acepta la inestabilidad como condición. Lo que sigue no busca fijar un itinerario ni certificar una presencia, sino hacer visible una experiencia previa a la escritura, allí donde la historia documentada ya no alcanza.

Servet no aparece como nombre alternativo ni como máscara, sino como síntoma de una identidad obligada a traducirse en territorios donde el nombre propio no garantiza pertenencia, sino exposición. no se invoca como prueba geográfica, sino como espacio operativo: lugar de tránsito, de mezcla, de aprendizaje ético, donde la experiencia no deja archivo, pero sí huella. No interesa demostrar que Cervantes estuvo allí, sino pensar qué tipo de formación hace posible una obra como el Quijote.

Dulcinea no será leída como ideal ni como alegoría. Aparece como problema y como resguardo: nombre necesario para proteger una experiencia que no puede atravesar intacta la escritura. No inaugura una ficción amorosa, sino que preserva una ética del cuidado sin apropiación, una presencia que no se deja reducir a relato ni a símbolo. En torno a ella se articula una noción de libertad aprendida en el tránsito, no como concepto abstracto, sino como límite no negociable.

Este ensayo no persigue la verificación, sino la verosimilitud profunda. Se apoya en la resonancia entre palabras, gestos y frases que reaparecen cuando la literatura reconoce algo que ya ha sido vivido. El método es deliberadamente impuro: lectura literaria, teoría crítica y atención al detalle mínimo conviven sin resolverse en síntesis. No se trata de cerrar el sentido, sino de mantenerlo abierto.

Al lector no se le pide adhesión, sino disposición. Leer aquí implica aceptar la demora, tolerar la opacidad y renunciar a la versión única. Lo que sigue no dice lo que fue; explora lo que insiste. Y solo desde esa insistencia —incómoda, lateral, no clausurable— puede empezar verdaderamente la lectura.

 


Toda literatura nace de una demora, pero no de una demora vacía o abstracta, sino de una demora cargada, saturada de experiencia no decantada, anterior al hecho fijado, anterior al archivo ordenado, anterior incluso al nombre propio que más tarde fingirá haber sido origen, centro y garantía. Antes de que la historia intervenga con su sintaxis rectilínea, con su impulso clasificatorio y su necesidad de clausura, existe una zona espesa donde lo posible ejerce una presión constante sobre lo real, como una materia aún sin solidificar que se resiste a adoptar forma definitiva. La literatura no corrige la historia ni la sustituye: la incomoda, la obliga a convivir con aquello que pudo haber sido y que, precisamente por no haber sido del todo, persiste como resto activo, como sedimento incómodo, como memoria sin archivo (Benjamin, 1940/2008).

Desde esa zona debe leerse lo que aquí se propone. No como reconstrucción factual ni como biografía encubierta, sino como hipótesis crítica, en el sentido más exigente del término: una forma de pensar lo literario no desde lo probado, sino desde lo verosímil vivido, desde la coherencia profunda de una experiencia que la documentación no alcanza, pero tampoco contradice.


Miguel de Cervantes fue también Servet. No como impostura ni como máscara estratégica, sino como expansión forzada de la identidad cuando el nombre propio deja de ser suficiente para contener el mundo. Servet no designa un alias elegido, sino una traducción impuesta, un ajuste precario del sujeto a un espacio donde las lenguas se rozan sin jerarquía, donde las voces se superponen sin resolverse, donde cada acto de nombrar es ya una negociación, una concesión, una pérdida parcial.

Nombrarse Servet no es ocultarse: es aceptar la inestabilidad del nombre como condición de supervivencia. En territorios de frontera —puertos, costas, ciudades de tránsito— el nombre no garantiza identidad; apenas permite circular. El nombre propio, lejos de fijar, se vuelve poroso, expuesto a la deformación fonética, a la traducción defectuosa, a la apropiación ajena. En ese contexto, el nombre deja de ser esencia para convertirse en función, en herramienta provisional para atravesar un mundo que no admite identidades puras ni filiaciones estables (Bajtín, 1981).

Antes de Argel —antes del cautiverio documentado, antes del hierro, antes de la experiencia disciplinaria que la historia ha sabido narrar— hubo otro encierro más difuso y quizá más decisivo: el encierro de la mezcla. Un encierro sin muros, sin guardianes, sin sistema, pero no menos exigente. La obligación de vivir entre lenguas que no se dominan del todo, entre códigos religiosos superpuestos, entre economías morales incompatibles, produce una forma de cautiverio distinta: no limita el cuerpo, sino que descentra la percepción.

Es en ese espacio previo donde Servet se forma, no como personaje biográfico, sino como condición de mirada.


En la costa adriática —donde el relieve cae abruptamente sobre el mar y la tierra parece no querer negociar con el agua— la identidad no se experimenta como pertenencia, sino como oscilación constante. Nada comparece como unidad estable; todo se ofrece como superposición fatigada. Las lenguas circulan como las mercancías, las creencias conviven sin fundirse, los nombres se dicen de varias maneras sin que ninguna logre imponerse definitivamente. Allí el yo no es raíz ni fundamento: es marea, retirada y retorno, presencia intermitente que no reclama origen ni destino.

Servet aprende ahí algo decisivo: que la identidad no se conserva intacta, sino que se administra en pérdida. Que ser otro no es traición, sino adaptación. Que la fidelidad absoluta a un solo nombre empobrece la mirada y la vuelve incapaz de leer un mundo múltiple.

En ese aprendizaje previo aparece ya, aunque todavía sin figura ni nombre, la noción de libertad que más tarde la escritura fijará. No como concepto jurídico ni como abstracción moral, sino como experiencia no negociable. En las bocas que decían Ulcinj sin necesidad de escribirlo, circulaba una advertencia breve y obstinada, repetida como se repiten las cosas que no admiten réplica: que la libertad no se vende, que no hay oro suficiente para justificar su pérdida. La frase no tenía autor. No se citaba. Se decía como se dicen las verdades aprendidas en el tránsito, en el cautiverio leve, en la precariedad cotidiana.

Mucho tiempo después, esa misma frase reaparecerá, casi intacta, en Don Quijote. No como invención literaria, sino como reconocimiento tardío. Como si la escritura, al llegar siempre después, solo pudiera recoger lo que ya había sido dicho en otra parte, en otra lengua, en otro borde del mundo. No prueba un itinerario; revela una experiencia compartida. No demuestra un paso geográfico; hace verosímil un aprendizaje ético.

Servet no inventa esa frase.

La trae consigo.

Y con ella trae una manera de leer el mundo que ya no admitirá una sola versión de la realidad.

En ese punto —todavía antes de Argel, todavía antes del relato heroico del cautiverio— comienza a gestarse la figura que más tarde será llamada Dulcinea. No como ideal, no como símbolo, no como invención poética, sino como presencia anterior al lenguaje literario, ligada al cuidado, al cuerpo y a la imposibilidad de archivo. Pero para llegar a ella es necesario detenerse un poco más en el lugar que la hizo posible: Ulcinj, nombre único y, aun así, insuficiente; nombre que orienta, pero no retiene.

Allí, donde el nombre nunca termina de coincidir consigo mismo, comienza realmente esta historia.




Ulcinj no era un origen; era un paso. Y, sin embargo, en ese carácter transitorio residía su fuerza formativa. Ciudad costera, puerto menor, borde más que centro, Ulcinj existía en un régimen de circulación constante donde nada —ni los nombres, ni las lenguas, ni las lealtades— podía aspirar a fijarse sin traicionarse. Era un lugar que no producía archivo, pero sí memoria; no acumulaba documentos, pero generaba experiencias reiteradas que se transmitían por contacto, por gesto, por repetición oral.

Allí la historia no se escribía: se atravesaba.

El mar no funcionaba como horizonte épico, sino como límite operativo. No abría hacia la aventura, sino hacia la necesidad. Mercancías, cautivos, rescates, rumores, lenguas rotas: todo llegaba y partía sin pedir permiso a una identidad estable. En ese espacio, la identidad no podía concebirse como pertenencia cerrada, sino como competencia relacional, como capacidad de moverse sin romperse del todo.

Servet se forma en ese régimen de tránsito. Aprende a leer antes de escribir, a escuchar antes de nombrar. Aprende que el mundo no se presenta como relato lineal, sino como superposición discontinua de escenas parciales, de voces incompletas, de sentidos que no coinciden. Esta experiencia no genera épica; genera atención. Y esa atención —más tarde— será decisiva.

Es en Ulcinj donde la noción de libertad se desprende definitivamente de la abstracción. No es derecho, ni ideal, ni horizonte político. Es condición mínima de dignidad, aprendida en negativo, en el roce constante con su pérdida posible. Por eso la frase circula allí como advertencia y no como consigna: que la libertad no se vende, que no hay oro suficiente para justificar su entrega. No se dice para convencer; se dice para recordar. La frase no pertenece a nadie porque pertenece a todos los que han aprendido su sentido sin necesidad de explicación.

En ese contexto aparece ella.

No llega como personaje. No entra en escena. No se presenta. Está.

Antes de ser Dulcinea —antes incluso de ser nombrable— es una figura del cuidado, y el cuidado aquí no es virtud ni vocación, sino práctica situada, respuesta concreta a una necesidad concreta. No hay idealización posible porque no hay distancia. El cuidado se ejerce sobre cuerpos reales, heridos, cansados, atravesados por la intemperie. Se ejerce sin relato.

Ella atiende al cautivo sin solemnidad ni compasión performativa. No dramatiza el dolor ni lo convierte en signo. Agua medida, alimento escaso, vendas mal cortadas que cumplen su función sin aspirar a perfección. El gesto es preciso, pero no delicado; eficaz, pero no sentimental. No pregunta por el pasado porque el pasado no sirve para curar una herida abierta. No promete un después porque el después no es su competencia.

En ese modo de estar hay una ética implícita que la literatura tardará en reconocer: ayudar no es interpretar.

Ella no traduce el dolor a lenguaje. No lo vuelve ejemplo ni enseñanza. Lo sostiene en su materialidad incómoda. Y es precisamente esa negativa a narrar lo que la vuelve insoportable para una conciencia que todavía busca sentido en el relato.

En Ulcinj, ese cuidado no sorprende. Es parte del régimen del lugar. Allí nadie espera que el sufrimiento produzca significado. Se espera, a lo sumo, que no destruya del todo al cuerpo que lo padece. La supervivencia no es heroica; es operativa.

Por eso ella no necesita nombre.

O mejor: por eso ningún nombre puede contenerla.

Cuando habla —poco, casi nunca— sus palabras llegan atravesadas por más de una lengua. No busca precisión; busca comprensión mínima. A veces una frase queda torcida, incompleta, mal traducida. Nadie la corrige. Esa incorrección no es un defecto, sino una marca de verdad: la señal de que lo dicho no aspira a clausurarse. La lengua aquí no ordena el mundo; apenas lo acompaña.


Servet observa. No como quien aprende una lección, sino como quien se ve desplazado. En la presencia de ella no hay cautiverio, y esa ausencia pesa más que cualquier cadena. Porque revela que el cautiverio no es solo una condición material, sino también una forma de relación con el otro. Ella no posee, no retiene, no exige. Cuida sin apropiarse. Y en esa economía mínima se abre una grieta decisiva.

Es ahí —no en la abstracción filosófica, no en la teología, no en el derecho— donde se gesta la idea de libertad que más tarde la escritura fijará con palabras mayores. La libertad como imposibilidad de ser reducido a precio. La libertad como aquello que no admite intercambio. La libertad como condición no negociable, aprendida en el gesto que cuida sin poseer.

Cuando más tarde sea necesario escribirla, el problema no será recordarla, sino no traicionarla. Convertirla en dama sería una vulgaridad. Convertirla en campesina, una reducción. Convertirla en alegoría, una violencia. La literatura necesitará inventar una solución que preserve la experiencia sin exponerla. Así nacerá Dulcinea: no como invención arbitraria, sino como nombre de resguardo, como operación literaria destinada a proteger un origen que no puede atravesar intacto la lengua de la escritura.

Dulcinea no oculta a la mujer de Ulcinj; la salva del archivo.

Por eso Dulcinea no tiene pueblo en los libros. No porque no lo tuviera, sino porque el pueblo —Ulcinj— no puede decirse sin perder su condición de borde, de tránsito, de lugar donde los nombres nunca coinciden consigo mismos. Decir Ulcinj es orientar; es también reducir. La literatura opta entonces por el desplazamiento: sacrifica la precisión geográfica para preservar la verdad experiencial.

Ella no entra en Argel.
Argel no sabría qué hacer con ella.

Porque Argel —y eso se hará evidente más tarde— exige nombres claros, funciones definidas, cuerpos administrables. El cuidado que no narra, la presencia que no se deja fijar, la libertad que no admite precio, no tienen lugar en un sistema que vive de la clasificación. Ulcinj, en cambio, vive de la fricción. De la mezcla. De la imposibilidad de cierre.

Cuando Servet abandona ese espacio —no como quien se va, sino como quien es desplazado— algo queda definitivamente incorporado a su manera de mirar. Ya no podrá creer en identidades puras. Ya no podrá aceptar relatos cerrados. Ya no podrá concebir la libertad como concepto abstracto. La llevará consigo como se llevan las frases que no tienen autor y que, por eso mismo, sobreviven.

Todo lo que vendrá después —Argel, España, la escritura— estará atravesado por esta experiencia previa. Pero para comprenderla no es necesario anticipar el cautiverio mayor. Basta con quedarse un poco más aquí, en Ulcinj, en este cuidado sin nombre, en esta libertad no negociable que la literatura, siempre tardía, intentará fijar sin destruir.

Argel no irrumpe: se impone. No aparece como escenario, sino como sistema. Frente a Ulcinj —ciudad de fricción, de tránsito, de nombres inestables— Argel se organiza como espacio de clausura, de jerarquía explícita, de administración minuciosa del tiempo y del cuerpo. No hay ambigüedad en su funcionamiento: todo debe ser legible, clasificable, intercambiable. Allí la identidad no oscila; se fija. Allí el nombre no traduce; encierra.

El paso a Argel no es un desplazamiento geográfico, sino un cambio de régimen. El cuerpo entra en una economía distinta, donde cada gesto adquiere valor de signo, donde el silencio es sospechoso, donde la demora se penaliza. El mar, que en Ulcinj funcionaba como borde operativo, aquí vigila. El aire pesa. El espacio se contrae en una sintaxis disciplinaria que no necesita exhibir violencia para ejercerla. La violencia se ha vuelto procedimiento (Foucault, 1975).

Servet llega con algo que Argel no reconoce: una experiencia previa de libertad no abstracta. No la libertad proclamada, sino la libertad no negociable, aprendida en el cuidado, en la mezcla, en el gesto que no admite precio. Esa experiencia no tiene lugar aquí. No puede integrarse. Por eso no desaparece: resiste.

Dulcinea no entra en Argel.
No porque no exista, sino porque Argel no tolera lo que no puede ser nombrado de una sola manera.

El cuidado sin relato, la presencia sin apropiación, la ayuda que no se traduce en deuda ni en mérito, carecen de función en un sistema que vive de la equivalencia. En Argel todo tiene precio: el cuerpo, el tiempo, la obediencia, incluso la esperanza. El rescate es la forma más explícita de esa lógica. Todo puede ser devuelto a cambio de algo. Todo, menos una cosa.

Y es entonces cuando la frase vuelve.

No como consigna heroica, no como gesto retórico, sino como último resto. Bajo presión, la advertencia aprendida en Ulcinj se formula con mayor claridad: que la libertad no se vende, que no hay oro suficiente para justificar su pérdida. En Argel la frase adquiere un filo nuevo, porque aquí todo se compra. Aquí todo se tasa. Decir que algo no tiene precio es introducir una falla en el sistema.

La frase no libera.
Pero protege.

Protege un núcleo de experiencia que no puede ser absorbido por la lógica del intercambio. Protege la memoria de un cuidado que no se compró ni se vendió. Protege, en último término, la posibilidad de no reducir el mundo a una sola versión administrable.

Argel enseña otras cosas. Enseña a medir el tiempo. A calcular el riesgo. A desconfiar de la épica. Enseña que la supervivencia no es heroica, sino estratégica. Pero no enseña a mirar. Eso ya estaba aprendido antes. Por eso el cautiverio, aunque severo, no logra clausurar la experiencia previa. La disciplina organiza el cuerpo; no logra capturar del todo la percepción.

Cuando llega la salida —siempre tardía, siempre insuficiente— no hay restitución. Se sale de Argel como se sale de una fiebre: con el cuerpo liberado y la percepción todavía condicionada, habituada a la vigilancia, entrenada en la sospecha. El mundo vuelve a abrirse, pero ya no es inocente. Tampoco lo era antes. La diferencia es que ahora esa no inocencia es consciente.

El trayecto no avanza: se repliega. El regreso no es retorno, sino reconocimiento. Ulcinj reaparece no como lugar físico necesariamente habitado de nuevo, sino como forma interiorizada. Como matriz de lectura. Como memoria operativa. Entre Argel y Ulcinj no hay contradicción, sino contraste. Argel fija lo que Ulcinj disolvía. Ulcinj disolvía lo que Argel fija. Entre ambos se produce una tensión que no se resuelve: se transporta.

Es en ese transporte donde Servet deja de ser nombre circunstancial para convertirse en condición estable. Ya no se trata solo de sobrevivir entre lenguas, sino de no aceptar una sola. De sostener la multiplicidad incluso cuando el sistema exige reducción. De mantener abierta la fisura.

Más tarde, cuando el tiempo ha hecho su trabajo de desgaste y de selección, aparece la piedra.

El monumento no llega como conclusión, sino como sedimento. No clausura una historia; la estabiliza lo justo para que pueda ser leída sin agotarse. La figura no proclama ni explica. Sostiene. El cuerpo esculpido, ligeramente inclinado, no expresa cansancio ni reverencia, sino atención prolongada, escucha detenida. El nombre grabado —Servet— se fija sin domesticarse y, al fijarse, se vuelve más extraño. No remite a una biografía; inscribe una experiencia (Nora, 1984).

La piedra no enseña. Interroga.

Interroga al que pasa sin saber quién fue. Al que fotografía sin leer. Al que lee sin creer del todo. En esa dispersión interpretativa el monumento no fracasa; cumple su función. No produce consenso. Produce desajuste.

Dulcinea no está allí.
Y, sin embargo, lo sostiene todo.

Está en la forma de inclinarse del cuerpo, que no domina ni se ofrece. Está en la negativa a la épica. Está en la resistencia a convertir la experiencia en mercancía simbólica. Está en la persistencia de una frase que se repite sin autor, que atraviesa lenguas y sistemas sin perder su filo: que la libertad no se vende.

El monumento no fija a Servet; lo deja disponible. Disponible para ser leído de nuevo, desde otro lugar, en otro tiempo, con otra lengua. Disponible para que la experiencia no se cierre en identidad, sino que se transforme en gesto.

Porque al final ni Argel ni Ulcinj bastan por sí solos. Lo decisivo ocurre en el entre. En la tensión no resuelta. En el paso que no concluye.

España vendrá después como un espacio paradójico, demasiado familiar para admitir fisuras sin incomodarse. Allí la pertenencia se da por supuesta. Allí el nombre se estabiliza. Allí Servet se vuelve innecesario como identidad, pero imprescindible como modo de lectura.

Y es ahí donde el texto se desplaza definitivamente hacia su cierre.

Al final, Servet no permanece como nombre ni como biografía plausible, sino como posición de lectura. Lo que la experiencia no pudo fijar como dato se estabiliza, por desplazamiento, como gesto. Servet es el lector que llega tarde —siempre tarde— a la escritura, pero no para confirmar lo sabido, sino para reconocer lo vivido en otra lengua, en otro registro, en otro tiempo.

Leer, para Servet, no es decodificar un sentido ya dado, sino sostener una tensión. La tensión entre Ulcinj y Argel, entre el cuidado y el sistema, entre la frase aprendida sin autor y su fijación literaria. Leer no consiste en cerrar, sino en mantener abierto aquello que el texto, por necesidad, tiende a clausurar. Por eso la lectura que aquí se propone no busca reconciliar los planos —histórico, biográfico, literario—, sino dejarlos coexistir sin resolución.



En esa coexistencia, Dulcinea ocupa un lugar decisivo. No como personaje romántico ni como ideal abstracto, sino como condición ética de la lectura. Leer desde Dulcinea implica aceptar que hay experiencias que no deben exponerse por completo, que hay orígenes que no sobreviven al traslado literal, que hay cuidados que se destruyen si se convierten en ejemplo. Dulcinea enseña a leer sin poseer, a comprender sin capturar, a nombrar sin agotar.

Por eso la frase vuelve una última vez, ya no como advertencia aprendida en el tránsito ni como sentencia sometida a la presión del cautiverio, sino como criterio de lectura: que la libertad no se vende. Leída así, la frase deja de ser lema y se convierte en método. La libertad del texto —su resistencia a una sola versión— no se compra con coherencia forzada ni se vende por la comodidad de una explicación definitiva. Se sostiene.

Cuando esa frase reaparece en Don Quijote de la Mancha, no inaugura un pensamiento; lo reconoce. La literatura llega tarde a la experiencia, pero tiene la capacidad de fijar su resonancia sin reducirla. No inventa la libertad: la inscribe. No crea a Dulcinea: la protege. No funda a Servet: lo convoca como lector.

Así, el Quijote puede leerse no solo como parodia de la épica o crítica de la ilusión, sino como texto atravesado por una ética aprendida en los márgenes: la ética del cuidado no narrativo, de la identidad no estable, de la libertad no negociable. En esa lectura, la locura no consiste en confundir la realidad con la ficción, sino en negar la pluralidad de lo real.

España, finalmente, aparece como el espacio donde todo tiende a estabilizarse: el nombre, la lengua, la pertenencia. Allí Servet ya no es necesario como identidad; lo es como gesto de lectura. Leer desde Servet implica resistir la tentación de la versión única, aceptar la demora, permitir que el texto conserve su zona opaca, su resto no asimilable.

Por eso este ensayo no concluye demostrando un itinerario ni cerrando una biografía alternativa. Concluye —si se permite el término— proponiendo una forma de leer. Leer a Cervantes desde Ulcinj sin convertir Ulcinj en prueba. Leer a Dulcinea sin devolverla al archivo. Leer la libertad no como tema, sino como condición del sentido.

Servet no escribe.
No firma.
Lee.

Y en ese gesto —atento, oblicuo, deliberadamente incompleto— la literatura recupera su potencia crítica más antigua: no decir lo que fue, sino hacer legible lo que sigue siendo.

 

Referencias

Bajtín, M. (1981). The dialogic imagination. University of Texas Press.

Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la filosofía de la historia (Obra original publicada en 1940). Itaca.

Blanchot, M. (1955). L’espace littéraire. Gallimard.

Foucault, M. (1975). Surveiller et punir. Gallimard.

Nora, P. (1984). Les lieux de mémoire. Gallimard.

 

 

REYNALDO JIMÉNEZ. LORENZO GARCÍA VEGA: SUITE PARA LA ESPERA.

 



Si hay alguien que siguió íntegro el mítico Curso Délfico propuesto por Lezama Lima —una serie de lecturas formadoras que empezaban apenitas con Lautréamont y Proust— ése fue Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, Matanzas, Cuba, 12 de noviembre de 1926 - Miami, 1 de junio de 2012). Lorenzo insistía en que no se consideraba poeta y había desarrollado un contundente rechazo y resistencia conciente al menor asomo de lirismo, que identificaba con el ocultamiento y la hipocresía. Digamos que Lorenzo tendía a destrozar toda metaforización y toda sublimación, para dar cabida a un balbuceo superior que buscaba desnudar la situación misma del escritor en su intemperie existencial, su situación atenta al mundo circundante y frente a sí: indagación de la pérdida y del malentendido, el quid salvaje de la risa, de generosidad implacable. Un desmontaje, diría él, siguiendo un poco la paradójica relativización en primera persona del autoprotagonista, que Lorenzo asociaba con sus lecturas tempranas del Krishnamurti y su “¿quién dice?”. En esto fundaba ese permiso radicalizado del anti-atajo, la contra-síntesis, la desmesura de un sinceramiento (como en Macedonio Fernández o Néstor Sánchez o Juan Emar, entre sus grandes admirados) capaz de generar su propio sentido del rigor. Una escritura al infinito, pero sin la menor consideración metafísica, por cierto, ni, mucho menos, un lineamiento según programa, sino al revés: escribía para desprogramarse, en el intento constante de una transparencia de variación, una traslucidez. Para Lorenzo, que padeció varios infartos en la última etapa de su vida, la escritura implicaba habitar el pálpito. Dada la compleja relación con su maestro Lezama y el grupo de la revista Orígenes, de cuyo consejo editor fue integrante y de los más activos (volvería a suceder, después, con su participación en otra revista histórica imprescindible: escandalar, que dirigía Octavio Armand en Nueva York, donde Lorenzo colaboró en cada número), su discrepancia con la subsiguiente construcción procerizada denominada origenismo devino materia insistente, nutriente, por capacidad de contradicción, de buena parte de su escritura, como en ese ajuste de cuentas que tituló Los años de Orígenes. Lorenzo renegaba de su primer libro, por ser “de prosa poética” (Suite para la espera (1948), publicado a sus 21 años de edad, con dibujos de Mariano) y por tener el sello de Orígenes, el aval y el estímulo franco y seguramente cariñoso de Lezama.


Aunque el libro desmiente las características formales, más bien conservadoras, de lo que sus colegas origenistas publican entonces y después (siempre quitando a Lezama, que orbitará en sí mismo) a Lorenzo, siempre cerca del espíritu patafísico-dadá-surreal (en este libro, ya evidente), le parecía, andando el tiempo, el típico “pecado de juventud” que más valdría olvidar. Pero en honor a la corriente de recíproca simpatía (me atrevo a llamarla amistad) que nos vinculó con logar8 (tal como firmaba Lorenzo sus correos eléctronicos, allá por el cambio de siglo, cuando compartimos tantas cosas) discrepé, yo también, con esa condena a la que sometía esta Suite para la espera. Libro que mantiene la frescura —en doble sentido: ligereza y desenfado— de una impronta única que inicia alucinando su viaje autoral, que el tiempo develará extenso, con atmósfera paravanguardista, es una pieza imprescindible a la hora de estudiar (y disfrutar) de su obrar expandido e intenso. No sólo cabe considerarlo antecedente de un estilo y menos aun una incipiencia, sino todo lo contrario: porque es un tremendo libro, en el sentido de su estésica apertura, la potencia informalescente que le cunde, la libertad de palabra, en fin, en plenitud de sus medios artesanales. En otras palabras: Lorenzo se la estaba inventando y este libro es un alto testimonio de esa revelación que abre camino (y sigue) y hace olas. 

Nota del editor:
Si obrara la casualidad con impensada fortuna y algunos de ustedes desearan acceder al libro de Lorenzo sólo tienen que escribir a delavoratorio@gmail.com y en unos días lo tendrán en vuestras manos.

sábado, 17 de enero de 2026

VÍCTOR VIMOS. ROZALIE HIRS: EL RITMO DEL SIGNIFICADO

 


En esta conversación, la poeta neerlandesa Rozalie Hirs abre algunas reflexiones sobre el poema, la experiencia, el ritmo, y la respiración. Autora de poemarios como Locus (1998), Logos (2002), curvices and musicles (2013), verdere bijzonderheden (2017), ecologica (2023), entre otros, Hirs es una artista que explora en la relación entre escritura, música y diversos soportes visuales. Los vínculos con el poema como estructura que genera sentido, con varias vías para materializarlos, y con una disposición rítmica para acoplarse de forma múltiple a la cultura, son el contexto de este diálogo.

 

 V: En tu trabajo aparece con frecuencia una tensión entre lo visible y lo invisible, inscrita en el poema como relaciones que no están necesariamente presentes en las palabras. ¿Cómo puede la poesía traducir esas relaciones, que existen fuera del lenguaje, en palabras?

R: Siempre me he sentido atraída por lo invisible, por lo oculto. Como muchos poetas, tengo una tendencia natural hacia lo que escapa a la percepción directa. Ya de niña me interesaban mucho las relaciones entre las personas —la amistad, el amor, las corrientes invisibles que nos unen—. Hablaba sin cesar de estas cosas con mis amigos. Más tarde me fascinó la psicología, y durante muchos años llevé un diario de sueños como una forma de explorarme a mí misma y también al otro. Al mismo tiempo, me dejé atraer por la astrología. Sé que no es científica —yo misma estoy formada como científica— pero me atraía como un tipo de folclore, un lenguaje mitológico a través del cual intentamos comprendernos a nosotros mismos y nuestras relaciones. Hacía horóscopos para la gente, no para predecir, sino como una manera de pensar en los patrones, en la interconexión. También siento una profunda curiosidad por las ciencias naturales. La geología, la evolución, la astronomía, todo eso me fascina. Por supuesto, mi conocimiento es limitado, pero siento asombro ante la vastedad, ante los órdenes ocultos que sostienen la existencia. Algunos lo llaman Dios; yo no. Aunque crecí como católica y sigo vinculada al folclore de la creencia, no puedo decir que crea en Dios ni en un salvador. Otros han sugerido que estoy más cerca del budismo, y sí siento afinidad con la meditación, con la atención a lo que no es inmediatamente visible.

Para mí, la poesía es una forma de conocimiento, de investigar tanto el mundo como a mí misma. Es un acto de descubrir lo que está debajo del hábito y de la suposición. El lenguaje tiene aquí un papel central. A menudo olvidamos lo extraordinario que es poder hablar, leer, escribir, que exista siquiera un sistema así. Siento un profundo asombro por el lenguaje en sí. Cuando escribí Ecologica, la preocupación por la crisis climática estaba muy presente. El libro nació durante la pandemia, un tiempo en que todos nos volvimos hacia dentro. Para mí, fue natural entonces reflexionar sobre la Tierra, sobre las especies al borde de la extinción, sobre la fragilidad de los ecosistemas. Pero los ecosistemas son también metáforas de nuestras redes humanas —amistades, comunidades, interdependencias—. Nos alimentamos y somos alimentados por nuestros propios ecosistemas humanos. Así que el libro está escrito desde la preocupación, pero también desde el asombro. Celebra lo que sigue funcionando, lo que aún nos sostiene.

En el lenguaje también busco posibilidades. Quiero poner a prueba sus fronteras, descubrir nuevos caminos sintácticos o gramaticales. Otros lo llaman experimental, pero yo lo pienso más como exploratorio, como una forma de investigación. Me gusta decir a lo que aún no entiendo, a las nuevas estructuras. En ese sentido, soy una pequeña exploradora, y mi territorio es en gran medida el lenguaje.

 

V: Convive en ti este interés por la astrología, los diarios de sueños, el universo oculto; pero también por el método científicos que proporciona conocimiento de manera más estructurada. En medio de esa ambigüedad de las herramientas con las que el poeta se mueve entre el mundo, ¿cuál es el lugar para la intuición?

R: La intuición es central para mí. Incluso acuñé un término: sentir-pensar, o pensar-sentir. Me gusta unirlos. No son opuestos, sino compañeros. La gente suele tratarlos como contradicciones, pero yo no lo veo así.

Me formé como ingeniera antes de atreverme a ser artista. Mis padres insistieron en que encontrara una profesión que me garantizara independencia. Esa formación agudizó mi mente analítica. Sin embargo, junto a ella, siempre he sido sensible a las palabras, a sus texturas y resonancias. Para mí, la intuición surge cuando el análisis y la sensibilidad convergen, cuando el pensamiento y el sentimiento se entrelazan. Así es como me muevo por el mundo, y también como escribo. Siento-pienso mi camino en el lenguaje, en las relaciones, en los ecosistemas de significado. Es una especie de sensibilidad agudizada, emparejada con el rigor. Ese equilibrio —no rechazar lo racional, sino impregnarlo de sensación— es lo que significa para mí la intuición.

 V: El sentir-pensar encarnado en la materia permite ver, por ejemplo, la dimensión de la energía que atravieza la vida. En los poemas de Ecologíca (2023) describes la dinámica de formas vivas, de energías que circulan entre ellas. ¿Cómo miras la relación entre la ecología del lenguaje y la energía que anima a las palabras?

R: Es interesante que uses la palabra energía. Rara vez hablo en esos términos, pero creo que tienes razón. Cuando escribo, siento las palabras. Las escucho. Sé cuándo algo está bien, cuándo resuena, y esa resonancia es, en cierto sentido, energía. La energía siempre es temporal: fluye. Por eso la escritura debe tener su corriente, su ritmo, su continuidad. Y ese flujo debe devolver algo: a mí mientras escribo, y al lector mientras recibe el poema. Ese regalo puede ser sustento, claridad, o incluso sanación. Prefiero trabajar de esta manera, generando una corriente que nutra, en lugar de limitarme a reflejar lo feo del mundo. Para mí, eso también es energía: una corriente que ofrece, que sostiene, que sorprende con una nueva visión.

Y lo que dices sobre la vibración es importante. Las palabras vibran entre sí, sintácticamente, semánticamente, a través del sonido. El sonido es vibración literal, pero el significado también lleva sus vibraciones. La poesía es el lugar donde estas vibraciones convergen: sonido, sentido, ritmo. Y como la poesía siempre está incrustada en la cultura, esas vibraciones también varían con la lengua, con la historia, con los ancestros. Por ejemplo, tú creciste en el español —y no solo en el español, sino en una variante sudamericana con sus propios acentos, su propia pronunciación—. Yo, en cambio, provengo del neerlandés, con una herencia poética distinta. Incluso si nuestras personalidades fueran idénticas, nuestra poesía sería diferente, porque las vibraciones de nuestras lenguas son distintas, modeladas por siglos de hablantes antes que nosotros. Recuerdo, por ejemplo, cantar canciones de Mercedes Sosa en mi adolescencia. A mi hermano, que vive en España desde hace décadas, le hacía gracia mi acento sudamericano. Yo había aprendido esas canciones escuchando la voz de Sosa. Así que incluso mi canto llevaba la huella de esa ecología lingüística. Cada palabra, cada inflexión, resuena con la memoria de quienes las pronunciaron antes que nosotros, nuestros ancestros, nuestros maestros, los cantantes de cuyas canciones aprendimos. En ese sentido, la ecología del lenguaje no es solo relacional en el presente, sino también histórica. Cada poema vibra con siglos de voces.

 V: Quiero extender esto hacia la cuestión de la experiencia. Antes hablamos de la intuición, del sentir-pensar, del universo oculto. Todo eso puede ser una exploración muy personal. Pero cuando escribes un poema, ¿dónde entra tu propia experiencia? ¿Cómo usas la experiencia, junto con la creatividad, como parte de esta exploración continua al escribir?

R: Para mí, todo comienza con la experiencia. La experiencia significa sensibilidad: ver, oír, tocar, encontrarse con el otro. Toda nuestra experiencia está mediada por los sentidos.

Cuando escribo un poema, lo hago con la imaginación, pero el acto de escribir es en sí mismo una experiencia en tiempo real. Algunas personas asumen que la poesía es simplemente fantasía, pero yo no lo creo. La imaginación es una de las facultades más poderosas de la mente. Nos permite resolver problemas, comprender de otro modo, generar alegría en el descubrimiento. Escribir, para mí, es una manera de extender la experiencia hacia nuevas formas, la curiosidad me impulsa, y la poesía se convierte en una práctica de búsqueda de nuevas experiencias.

En la vida soy tranquila, no alguien que busque extremos. De joven me gustaba salir a los clubes a bailar, pero nunca me atrajeron los excesos. Prefiero el trabajo silencioso, la amistad y la reflexión. Viajar me trae nuevos encuentros, y gran parte de eso ocurre gracias a mi trabajo. Mis amigos son en su mayoría artistas, así que nuestras conversaciones vuelven una y otra vez al arte. Eso también forma parte de la experiencia que alimenta mi escritura.

 V: Otra experiencia es la de leer. A menudo pensamos que leer poesía significa decodificar signos o situarlos en un contexto cultural que los explica. Pero también está la práctica de leer como entrar en un estado: estar en el poema, estar despierto y receptivo. ¿Cómo ves el papel de la experiencia, y de la creatividad, al leer?

R: Leer es inmediato. Es como escuchar, o como tener una verdadera conversación. Cuando un poema funciona, la conexión es instantánea. Claro, puede que se necesite esfuerzo —a veces hay que descifrar un texto difícil— pero incluso ese esfuerzo da alegría. La neurociencia ha demostrado que resolver algo, avanzar hacia la comprensión, activa una sensación de recompensa en el cerebro. Pero en el nivel más profundo, es fácil. Mi esposo siempre dice que una buena relación es aquella que funciona de manera natural. Leer un poema es algo similar. Cuando resuena, te atrae, te reconoces en su vibración. Esa inmediatez es una experiencia en sí misma. No es simplemente decodificar, sino habitar el poema. Para mí, leer a poetas sudamericanos en mi juventud fue precisamente eso. Sus palabras me hablaban directamente, alimentaban mi imaginación, me traían mundos nuevos. Por eso leemos: por esa nutrición, esa chispa, ese movimiento entre nosotros y el poema. Leer no es pasivo. Es un intercambio activo, una vibración mutua.

 


V: Esa dinámica está presente en el poema y su capacidad de producir significado —no solo a través de la semiosis, sino también mediante otras fuerzas. Generalmente decimos de un poema: ah, me conmovió, me habló. Pero en esos efectos no actúa solo el significado. En tu trabajo, por ejemplo, el ritmo parece central: no necesariamente como algo que signifique, sino como algo que genera fuerzas dentro del poema. ¿Cómo ves la relación entre significado y ritmo?

R: Es una pregunta crucial. El ritmo y el sonido son fundamentales. Por supuesto, el poema existe en la página como un objeto visible, y eso ya crea ritmo: la longitud de los versos, los espacios en blanco, la forma misma de las palabras. Ese es el ritmo visual del poema, que te invita a comenzar a leer. Luego, una vez que lees, el poema se despliega en el tiempo. Se convierte en un flujo —de sonido, de sentido, de energía—. He pensado mucho en esto, porque rara vez uso puntuación y mayúsculas en mi poesía. Prefiero la continuidad, que las frases fluyan unas en otras, de modo que los fragmentos correspondan hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Esto permite interpretaciones simultáneas. Cuando se lee en voz alta, hay que elegir dónde acentuar, dónde pausar, pero las otras posibilidades permanecen latentes, capas múltiples disponibles para el lector silencioso. El arte reside en el equilibrio entre la sorpresa y la expectativa. Un buen poema posee ritmo tanto en el sonido como en el significado, y ofrece varias formas posibles de lectura entre las que el lector puede elegir. Estas cualidades nos brindan la alegría del asombro y del descubrimiento: del lenguaje, del mundo y de quienes somos.

A esto lo llamo no solo ritmo del sonido, sino también ritmo del significado —en neerlandés, betekenisritme. La idea me surgió en conversación con un amigo compositor y poeta. Describe cómo el significado mismo puede latir, alinearse o quebrarse. En mi trabajo, ciertos grupos de palabras pueden vincularse tanto con lo que los precede como con lo que los sigue, lo que abre múltiples modos de lectura y permite que varios significados coexistan simultáneamente. Leer es siempre un acto de interpretación: colocamos una puntuación (imaginaria), agrupamos las frases y tomamos decisiones. Al hacerlo, damos forma activa al sentido. El ritmo del significado puede cambiar de repente, interrumpir la continuidad o fracturar la expectativa. La poesía, creo, es un juego entre expectativa y sorpresa. El ritmo es lo que sostiene ese juego. Se genera una expectativa para que el lector escuche, pero también hay que entregar sorpresa para que algo nuevo se revele. Demasiada sorpresa, y el lector se retira; demasiada expectativa, y el poema se aplana. El arte está en ese equilibrio, donde el ritmo se convierte a la vez en sonido y en sentido.

 V: Eso me lleva a pensar en otro elemento estructural del poema: la respiración. Tú no usas puntuación en tus poemas, así que siento que es la respiración la que guía el movimiento a través de tus poemas.

R: La respiración es todo. La respiración es vida. Nuestras frases, nuestras melodías del habla, todas emergen de la respiración porque solo podemos hablar dentro de los ritmos de inhalación y exhalación. Cada uno de nosotros tiene una forma única de respirar, moldeada por nuestro cuerpo, nuestra voz, incluso por las cavidades de nuestra boca y nuestra cabeza. Y nuestra respiración también da forma a nuestros lenguajes. Para mí, escribir sin puntuación significa que la respiración precede al sentido. La respiración abre el camino, arrastra las palabras hacia adelante. El ritmo del poema se vuelve corporal. La respiración no es solo fisiológica, sino también semántica, da forma al pensamiento antes de que la mente lo nombre.

 V: Ese es un enlace posible para pensar en la relación entre el poema y la partitura musical. Antes describiste el poema como visual en la página, pero también como temporal en la lectura. Para mí, el poema en la página se parece a una notación: signos esperando ser sonados. ¿Cómo ves esta relación entre el poema y la partitura musical?

R: Es una pregunta profunda. Una partitura musical no es todavía música; solo se convierte en música cuando se interpreta. Con la poesía, el poema escrito ya es el poema, pero también se convierte en otra cosa cuando se recita. El lector, entonces, es como el músico. Leer es interpretar. Por eso hablo del empoderamiento del lector. Cuando lees, tomas innumerables decisiones: dónde pausar, cómo dar voz a un verso, cómo inclinarse hacia un significado u otro. Cada lector toca el poema de manera distinta, así como cada músico interpreta una partitura. Así que sí, un poema puede entenderse como una partitura musical. Las palabras en la página son invenciones extraordinarias —tecnologías que damos por sentadas. Vemos palabras por todas partes en la vida diaria, en pantallas y periódicos. Y, sin embargo, cuando volvemos a la página de un poema, esas marcas se convierten en instrucciones para el ritmo, el sonido, la respiración. El lector les da vida, las hace cantar.

 



 

Rozalie Hirs

ecológica (2023)

(selección)

 

TRADUCCIÓN DE Micaela van Muylem

 

 

[1]

 

entrégate como siempre y huele la nueva temporada

cuando la tierra desaparece de nuevo en el cielo más oscuro

 

restituye la lengua en nombre de la última

pareja de grullas siberianas aún con vida

 

sus comas leerlas como decapitación meditativa

un rastreo de abejas empapadas de miel

 

o de gorgoritos de un ruiseñor como el rey

grávido de sentido arrojado delante de los ojos

 

una sombra se extiende hasta el texto o las estrellas

un mundo entero fuera del paréntesis reunido

 

como un círculo de penumbra la última bandada
de palabras en riesgo develando poco a poco esta decisión

 

la semilla para plantar de veras un nuevo tiempo

que en libros sagrados capture la perdida pareja


 

[24]

 

arriba a otras formas en la tierra como nunca antes

de un modo inescrutable en lo alto una única luna

 

la siguiente noche se doblega en exuberante claridad

las raíces viven variaciones desnudas en lo profundo

 

un sendero que bordea la deriva tan llena y duradera

que cada nube de polvo se acerca alada

 

aterriza inverosímil en un parking
la historia abraza figuras desde la equinácea púrpura

 

hasta el arbusto de mariposas en que un observador

se deja caer distraído para recoger lo que es


 

[25]

 

húndete ahí donde la pulpa sangre como hierba de algodón
y vibren visibles las palabras de viento en sus variaciones el canto

 

consolidado arrojando fuera del nido revueltos

tesoros de hierba seca lejos de caminos trillados

 

sigue las hormigas por la estrecha página ya ilegible

entrando al menos en la boca de una aún joven cereza

 

para espolear impresiones y captar fenómenos

similares del otro lado de un abismo de millones

 

de elementos puestos en movimiento el rumor inaudible

de las alas de los búhos lo que puede durar un segundo


 

[32]

 

como el agua en su sitio intento tantear los bordes de mi entorno

los confines sumergiéndome entre plantas flotantes que perviven

 

desde el comienzo articular en una pita acuática de sutura ceñida

que huye en sueños hacia el cuerpo cálido presentimientos

 

en la marisma se funden los sauces con la oscuridad incluso

una verde halconera suave y desdibujada en lo alto recuerda

 

una mariposa bicolor y otra manto grande entre dos mundos ahora

anidando en nuestra naturaleza silvestre tiemblan las raíces desnudas


 

[33]

 

regresa a las entrañas del agua
si la rama aferra resuelta el junco marino y la espadaña

 

o la transparencia en todos los puntos de rocío juntos revisa
las circunstancias que aduce una tortuga en los huevos desovados

 

otro mundo entre la arena y la sal crea un oasis

en que se abren paso unas gotas pintadas de luna

 

para identidades y espesura vulnerable a diario en el mundo

revela lo salvaje la relación con nuestros recuerdos

 

el terciopelo de zumbido ardiente y manos delicadas y lentas

que cubren el ojo del mar con luz espléndida

 

aceptando las cosas como son sólo se estremece la orilla

corta sus mágicos momentos para retornar a lo ilegible





Víctor Vimos (Riobamba, Ecuador, 1985) Ha publicado, recientemente, Ácrata Alucinatoria. Variaciones peruanas (2025), Retórica del Amaranto (2024), y Acta de Fundación (2023). Hace una década lleva adelante la investigación Ritualidad y Poesía que se ha materializado en distintos soportes artísticos —visuales y escritos— y académicos. Cursa estudios de doctorado en The Ohio State University (EEUU)