lunes, 15 de diciembre de 2025

DANIEL FREIDEMBERG. POESÍA CONTRA POEMA. LO INAFERRABLE Y LO INCOMPLETO EN JUAN GELMAN

 

gregory crewdson


No es exactamente lo mismo 
hacer poesía que escribir poemas, o al menos es posible advertir que no siempre esas expresiones son intercambiables, incluso en los usos más habituales que se les da. Un poema, se supone, es el objeto verbal que permite concretar el arte de la poesía, por lo tanto “poesía” sería algo por lo cual un poema alcanza a ser eso, “poema”, y no cualquier otra cosa hecha con palabras. Se lo podría entender como la relación entre una pura idea platónica y su imperfecta manifestación material, pero aquí intento ocuparme de una cuestión bastante más concreta y que suele presentarse en la práctica. Un ejemplo: Proust, en un artículo sobre Baudelaire, lo considera «el poeta más grande del siglo XIX», e inmediatamente aclara: «no quiero decir con ello que, si hubiera que elegir el más bello poema del siglo XIX, habría que buscarlo en Baudelaire»[1]. El mayor poeta puede serlo aun cuando no haya producido los más bellos poemas, y los más bellos poemas pueden no haber sido escritos por el mayor poeta. ¿Qué otra cosa distingue a un gran poeta, entonces, que no sea haber escrito los más bellos poemas? ¿Qué se está diciendo entonces cuando se habla hacer gran poesía y qué cuando se dice escribir bellos poemas?

Aun cuando Proust no fundamenta su afirmación, el interrogante que abre le permite pensar a Baudelaire, como siguiendo la detección de una falla o una irrupción difícil de precisar pero operante: existiría algo que habita los poemas y los atraviesa como un valor excedente, pero relativamente independiente de la concreción de la obra. ¿Qué es? Una respuesta, probablemente la que primero viene a la mente, tiene que ver con entender a “la poesía” como un tipo de experiencia -eso que se suele llamar «experiencia poética»- que se da a veces en la vida, y que los poemas, se supone, recogerían o reproducirían o imitarían. Otra respuesta, que también responde a una concepción bastante usual, considera que “poesía” o “poeticidad” es una cualidad que a veces pueden tener ciertas cosas, tanto un texto como un paisaje o una película: un paisaje que conmueve por su armonía y sugerencia, por ejemplo, o una película de discurrir moroso y con el énfasis puesto más en los detalles que en la historia. Pero es probable que no fuera en esos sentidos que Proust encaraba la cuestión, sino que la instalaba en un plano bastante más literario: hablar de “poesía” sería hablar de escritura, en tanto decir “poema” implica estar pensando menos en “escritura” que en “composición”.

“Poesía” entonces sería la escritura misma, entendida como una fuerza que no puede sino pelear por sus derechos frente a la dimensión «compositiva» del texto: la idea de “composición”, vinculada a la de la existencia de un cierto orden, se opone por principio a la de “fuerza”. Cuando se le señala, en una entrevista de 1992, que «desde hace unos años, usted parece escribir en contra de la idea del poema como un objeto acabado», Juan Gelman responde: «lo que pasa es que los poemas son una cosa y otra la poesía. Que, desde luego, se traduce en la escritura de poemas, pero el material que usa es la palabra, y la palabra es una cosa que está rodeada de silencio. La interrelación de las palabras puede ser infinita, la relación entre dos palabras deja a un lado millones de relaciones y esa elección se hace de una manera no voy a decir ciega pero sí una manera que no depende de la voluntad. No es que uno diga ‘bueno, al lado de este sustantivo voy a poner un adjetivo bonito’: uno necesita agotar una obsesión expresándola y es la obsesión la que dicta los ayuntamientos»[2]. Gelman, se diría, está describiendo ahí el modo en que a él se le presenta la tensión entre las demandas de la escritura y el arte de componer poemas, y tal vez su obra entera pueda ser vista como la cambiante serie de alternativas que un autor fue encontrando para moverse entre esas gravitaciones.

La suposición en que se basa este artículo es que en algún momento de su trayectoria Gelman hizo una elección: ya no dedicarse a escribir buenos poemas sino lanzarse a hacer poesía, como si una relativa renuncia a lo primero se le hubiera presentado como una condición para llevar adelante lo segundo. No porque se lo haya planteado exactamente en esos términos: es algo que puede advertirse a medida que se avanza en la lectura de su vasta obra, tal como ha venido desarrollándose. Y que, aplicado a modo de hipótesis en el cotejo con los textos, no sólo funciona bien sino además parece en buena medida explicar ciertos profundos cambios que va sufriendo esa obra y abrir una perspectiva de lectura en la que la importancia y la riqueza de esa obra crecen mucho.

No es, por supuesto, que los textos que integran cualquier libro de Gelman no puedan ser considerados poemas, sino que en algún momento de su historia como poeta se quebró un cierto equilibrio inestable entre la escritura y la composición. Lezama Lima habla de la poesía como una posibilidad creativa que da existencia real a cuerpos que vienen del espíritu y se hacen visibles en el poema. Siendo ambos términos desde ese punto de vista inseparables, esa tensa interdependencia habría sido reformulada en Gelman: si se conviene en que la poesía crea el poema (que sin ese plus o esa fuerza no pasaría de ser una sucesión de hileras de letras) y que el poema manifiesta con su existencia la poesía, que de lo contrario sería apenas un concepto, una intención o una pura vaguedad, ya ese modo de contenerse mutuamente indica que hay -o qué es, sino, contenerse– una oposición de fuerzas, un malestar, una tendencia a deshacerse mutuamente que constituye la relación poesía-poema no menos que la mutua necesidad. El poema como estructura, como aspiración a cerrarse y ser algo completo, tiende inevitablemente a acotar la poesía, la poesía a desprenderse de la sujeción al poema. En Gelman se habría concretado una resolución inusual de una correlación que habitualmente se da por natural, al establecer una relativa independización de la escritura poética del soporte del género (suponiendo que «poema» sea un género literario) o un desdibujamiento o debilitamiento del soporte: su reducción, a veces, a puro soporte, casi incapaz de imponer algo a la escritura, de condicionarla.

«¿Y si en vez de leer poemas leo poesía?», es la fórmula que, en tanto lector de Gelman, me permitió en determinado momento encarar ciertos interrogantes que me presentaba, casi a modo de obstáculos, su obra, y continuar la lectura, con un interés tan fuerte como el que me había movido antes pero basado en otros motivos. La historia de cómo fui acercándome a esa respuesta, a esa clave si se quiere, empieza con la primera edición argentina de Cólera buey, en 1971[3], y alcanza su más alto grado de tensión con Anunciaciones, de 1988, uno de los libros más exasperados de Gelman y seguramente un libro exasperante, no sólo en un primer acercamiento[4]. Por qué y para qué, por ejemplo, las sucesiones de breves oraciones encerradas entre signos de exclamación, y por qué y para qué el ametrallamiento ininterrumpido de imágenes notoriamente artificiosas, identificables con el más conocido arsenal de procedimientos instaurado por las vanguardias: resabios creacionistas como «y a la altura de la tierra están cavando un horizonte / de frío«, descarados vallejismos («¡es muy verdad que hay un abuelo roto/ en cada día desdichado!«), combinaciones según la mecánica del delirio surrealista («el que busca el tucán extremista/ pace en mares mordidos por los náufragos/ del barrio que la pérdida dora/ así pasaba ella en su reno de miel«): todo un muestrario de lo que en momentos de publicarse el libro resultaba ya improcedente para muchos, no sólo porque la moda a esa altura de los años ochenta desacreditaba toda escritura sustentada en el efecto metafórico (en la poesía argentina, al menos), sino porque el recurso de la imagen hecha de encuentros sorprendentes se había vuelto efectivamente un lugar común, demasiado común y fatigado en todos los sentidos de ambos adjetivos.

gregory crewdson

Lo sorprendente en un poeta siempre renovador e inconforme como Gelman, es que, más que internarse en un riesgoso terreno desconocido, en Anunciaciones parecía estar aceptando acríticamente una facilidad, como ganado por un exceso de confianza en la inmediatez de “lo que se le ocurre”. Pero ¿y si esa fuera precisamente la osadía? ¿No puede haber acaso riesgo en la apuesta a la inmediatez de la ocurrencia? Gelman, no mucho antes, había señalado el papel que en su escritura tienen las obsesiones y lo había descripto como una obediencia a «ese sonido en la oreja que te lleva a escribir»[5]. Suponiendo que no se refería a la inspiración, a las musas ni al Espíritu Santo, sino a las fuerzas de la lengua con todas las vibraciones y todos los sedimentos espirituales que esas fuerzas comprometen en su arrastre, sería factible ver en Anunciaciones la decisión de trabajar lo que se impone como «sonido en la oreja», aquello que quiere abrirse paso al margen de las elecciones y el gusto, y darle espacio en la letra y ponerlo en marcha para ver qué tiene de riqueza y así tomar energía de su potencia de irrupción.

Algo en la propia crispación de la empresa escritural de Anunciaciones, algo en su demasía de mostración, está ya reclamando del lector un posicionamiento diferente, obligándolo a redefinirse como lector. Gelman no sólo no estaría evitando la artificiosidad de las imágenes sino, por el contrario, la estaría resaltando, denunciando gozosamente su carácter de lenguaje «figurado». Se trataría, dicho de otro modo, de convertir los «no se puede» o los «ya no se puede» en «por qué no», con toda la potencia reveladora que ese gesto tiene a veces, cuando lo que se daba por agotado y por cosa juzgada deja de pronto de estarlo. Llevada así a un primer plano la materialidad del artificio verbal, se podría a partir de ahí notar cómo este gesto era parte de una operación escrituraria más vasta, y leer, tanto como las palabras o más que ellas, la insistencia misma de escritura, a la vez que se descubre la riqueza de significación encerrada en las imágenes, por más gastado que esté su mecanismo de articulación, o precisamente porque lo está. Tal vez, y entre otras cosas, como un explícito acto de toma de conciencia (posmoderno si se quiere, y más seguramente barroco) de una generalizada sensación de que, en grandes líneas, ya todo se inventó.

Lo que importa es que, además, aplicada retrospectivamente, esta perspectiva de lectura pone a la vista el proceso por el cual la poesía de Gelman fue independizándose de una lógica del «decir» o el «hacer» para entrar en una del «estar diciendo» y el «estar haciendo», si se quiere desde un comienzo (Violín y otras cuestiones, 1956) pero con el peso de lo definitorio a partir de Cólera buey, el quinto libro. Presentado como una compilación de «restos de nueve libros» escritos entre 1962 y 1968, es en Cólera buey donde los modos de hacer poesía de Gelman empiezan no sólo a extremarse sino además a descalabrarse, a probarse y a relativizarse a sí mismos con una soltura y una temeridad tales como difícilmente antes se haya visto dentro del cuerpo de una obra en la literatura argentina, tanto por lo que tiene de ruptura -y sería una ruptura radical- como de continuidad, como si hubiera sido la necesidad de prolongar algunos aspectos de su producción poética anterior la que forzó el abandono de otros (o su destrucción). Más aun que los gustos, las preferencias, las elecciones de estilo o las obsesiones temáticas, lo que parece entrar en crisis en Gelman entonces son los criterios de valor que orientaban hasta entonces el trabajo con la poesía y la lectura de poesía. Puede decirse que en Cólera buey Gelman pasa a integrar cierta categoría de poetas que no sólo aportan a la poesía una marca singular sino la redefinen como concepción de la escritura o como alternativa de lectura. Siendo, en ese sentido, un libro fundacional, es significativo que al mismo tiempo, si se lo considera exclusivamente como conjunto de poemas, sea uno de los libros menos logrados de su autor.

De hecho, no hay muchos poemas, entre los casi ciento cincuenta de Cólera buey, que sean particularmente recordables (no al menos tanto como lo eran los de Velorio del solo o Gotán, que lo precedieron, o como más adelante lo serían algunos de Relaciones). Esto se debe, tal vez, a que, en vez de inscribirse dentro de la tradición universal de la poesía entendida como “escritura de poemas”, estos textos están ya empezando a ser concebidos como condensaciones de un incierto intento escritural que puede asumir formas diversas e inesperadas: más que poemas, muchos textos de Cólera buey parecen simples muestras de juego verbal, apuntes casuales o frases sueltas. Sobre todo en la comparación con los cuatro libros anteriores, algo que resalta es una sensación de descuido indolente o insolente, y no sólo por el debilitamiento de la estructura del poema que se advierte y el desvanecimiento de su tensión interna, sino también en la elección del léxico y de la retórica. Palabras como «crepitar», «dulce», «oro» o «sol», que en libros anteriores resplandecían como hallazgos cargados de significación y ocupaban un lugar incanjeable en el sentido total del texto, ahora se reiteran como comodines, y eso de ahí en adelante será un rasgo característico de Gelman, al parecer decidido a dar cada vez menos importancia a la exigencia de ser “original”.

Del mismo modo, la aparición del efecto de interrupción en Cólera buey (muchas veces el poema se corta imprevistamente, frustra al lector que esperaba que se defina una idea o una sensación) no tendría que ver tanto con una calculada operación de reticencia como con una burla a la creencia de que es posible alguna completud. Se diría que el acabado deja de ser un valor por una razón casi ideológica de rechazo a la fetichización de la obra: dejar de temer que el poema parezca haber sido abandonado en cualquier parte, ya no aspirar a que termine de conformar una imagen, una idea o un movimiento rítmico, parece responder a la idea de que en general ya no tiene mucha importancia dónde termina algo o dónde comienza, tal vez por entender que el fin y el comienzo son convenciones tan relativas como cualquier otra.

Empieza a dar la impresión, en ese libro, de que Gelman no se toma en serio a la literatura, y en cierto modo es así, pero no tomar las cosas en serio no es desentenderse de ellas y sí puede ser hacerse cargo jubilosa y hasta amorosamente de la vasta disponibilidad que las cosas tienen cuando no están sacralizadas[6]. De lo que Gelman se estaría desentendiendo es de la composición, para dejar paso a la escritura. Estaría poniendo el acento del trabajo poético en otra parte, e incluyendo dentro de ese trabajo la desconstrucción poética de las condiciones de escritura, como quien asume un poderoso impulso ideológico para transformarlo en potencia creativa, acaso porque para él la escritura, en tanto «sonido en la oreja» o fuerza de la lengua, ya no puede concebirse -a riesgo de esterilizarse en la autocomplacencia- sin asumirse en gran medida como acto de crítica de sus propios dispositivos y sus propias operaciones.


gregory crewdson

Un poema, según Octavio Paz, «es un organismo verbal que contiene, suscita o emite poesía»[7], en tanto para William Carlos Williams consiste en un «pequeño universo en sí», o bien una «máquina pequeña (o grande) hecha de palabras» en la que «no puede haber parte alguna, como en cualquier otra máquina, que sobre»[8]. Esa concepción, la del poema como organismo autónomo o como mecanismo organizado para producir algo, es la que Gelman abandona. Claro que, tratándose de escritura, y más aun de escritura de poesía, el abandono no pasa de ser una aspiración: siempre, se haga lo que se haga, cada parte de un texto será insustituible dentro de la relación creada por el texto mismo, y es perfectamente posible, si se lo intenta, leer cualquier texto de cualquier etapa de Gelman o de cualquier otro autor como «organismo», «universo» o «máquina», hallando en él redes de relaciones internas y una razón que las organiza, pero una cosa es ejercer las posibilidades de encontrar lo que un texto siempre tiene de organicidad y otra es la organicidad como utopía que orienta la escritura del texto o la lectura. Lo que hace Gelman es cambiar la dirección del intento. Como si diera por sentado, precisamente, que siempre habrá alguna organicidad y alguna autonomía, inevitablemente, y entonces pudiera ocuparse de otra cosa. ¿Qué? Mantener la palabra en vilo.

En vez de poemas, o en sus poemas, lo que Gelman se dedica a producir entonces es, podría decirse, “actos de escritura”, ante todo atentos al despliegue de su propia fuerza sonora y semántica. A eso parece referirse cuando, en la misma entrevista del 92 habla de «la inaferrabilidad de la poesía», entendiendo que escribir es parte de una búsqueda de la que los poemas serían insatisfactorios tramos e indicios a la vez[9]. Visto desde la literatura, sin embargo, lo que cuenta, lo que merece atención, no puede ser la búsqueda misma sino sus marcas, los textos, en tanto para el ojo lector un recorrido sólo puede existir en sus huellas. Y las huellas son, en este caso, la frase musical, el trazo escriturario, su ir haciéndose y deshaciéndose en Gelman, no sólo de libro en libro y de poema en poema sino en el interior de cada uno, desde un principio ya cargado de su propia destrucción como única forma de mantener viva su capacidad de emerger y desatarse, su renuencia a la fijación del sentido.

Se trata, si se quiere, de una ideología de la escritura y no sólo de la escritura, que ya en 1924 había sido enunciada por César Vallejo (y Vallejo es, evidentemente, el maestro del que más parece haber aprendido Gelman): «Un hecho terminado, así fuese la muerte de Jesús o el descubrimiento de América, implicará siempre una etapa para la sensibilidad; un hecho en marcha, así fuese la compra de un pan en el mercado o el paso de un automóvil por la calle, implicará siempre una sugestión generosa y fecunda, encinta de todo lo probable. Esto que es así en la vida, también lo es en el arte. Más todavía. El fin del arte es elevar la vida, acentuando su naturaleza de eterno borrador»[10].

Si esa fuera la cuestión, puede entenderse que el poema se haya vuelto para Gelman una restricción improductiva. Sin restricciones no hay escritura (escribir es buscar soluciones ante las restricciones formales o de cualquier otro tipo, que de ese modo se vuelven incitaciones), pero las restricciones en algún momento agotan su potencia, dejan de ser desafío para convertirse en pura fórmula limitadora: Gelman parece haber descubierto al mismo tiempo ese agotamiento y la imperiosidad del «sonido en la oreja» -y es probable que ambos descubrimientos sean uno solo-, y en un acto quizá menos audaz que necesario, menos respondiendo a una apuesta que a una suerte de resignación o de sabiduría, entra a otro terreno. No a una mayor libertad sino a una sujeción a otras leyes, otros tropismos. Tampoco a una ausencia de organicidad, en el sentido de razón organizativa, sino a la que resulta de la gravitación que empieza a tener el trazo, a las necesidades íntimas del trazo. Si la forma «poema» dejó de funcionar como efectivo continente de la escritura, ese rol lo juega ahora lo que podría llamarse «el trazo», que sería, por definirlo de algún modo, una unidad de irrupción. No ya tanto la escritura como inscripción sino más como grafo o trazo, con todo lo que eso tiene de dinamismo e inacabamiento, a semejanza de cierta pintura confiada precisamente a la consistencia de las marcas concretas, materiales, de la acción de la mano que se mueve empuñando un pincel o una espátula: la densidad y la textura de esas marcas, la temeridad del ademán que aparece haberlas originado, su definición, sus sutilezas, sus vacilaciones, sus ambigüedades.


gregory crewdson

De ahí que en la extensa obra de Gelman se puedan dar tanto el poema largo o muy largo como el poema breve o brevísimo, el verso libre tanto como el soneto, el versículo, el poema en prosa y el poema dramático. El poema sería simplemente el lugar por donde pasa el verdadero continente de la escritura, el trazo, y a partir de Cólera buey las múltiples y contradictorias alternativas que representa la sucesión de libros de Gelman pueden verse como modos de presentación del trazo escritural según lo reclame «el sonido en la oreja», no sin algunos retornos a conformaciones poemáticas más orgánicas (Relaciones y Com/posiciones, por ejemplo) y más desembozadamente sobre todo en dos momentos: como una suerte de «corriente de conciencia» hecha de pura fluencia y acumulación de trazos, o como si un solo trazo gigantesco ocupara todo un libro, en Carta a mi madre (1976) y como la abierta presentación del trazo abandonado a sí mismo, virtualmente libre de todo soporte, en Salarios del impío, de 1992, un libro que, más que por poemas, parece compuesto por ráfagas sueltas de voz, emisiones de frases desasidas, el texto como el símil de la estela o de la línea de humo[11]. De lo que se trata siempre es de mantener las fuerzas de la lengua en vilo, un temblor de la palabra o un temblor que pone en movimiento a las palabras y las deja vibrando para, como olvidándolas inmediatamente, dar paso a otra emergencia de palabras. No sólo el inacabamiento entonces se vuelve un rasgo de esta poesía sino la funda. Lo inacabado tanto en el sentido de “incompleto” o “interrumpido”, como en el de “producto no pulido”, “artefacto cuyo funcionamiento (o cuyo aspecto) no se terminó de ajustar”.

Incompletamente es el título de un libro que Gelman publicó en 1997, y la razón del título aparece en el poema de la página 31, donde un pájaro “se desampara en su vuelo” y “es lo que no es todavía”, lo que “va de la conciencia al mundo”: ese pájaro, termina diciendo el poema, “canta incompletamente”, y es imposible no ver metaforizada en el ave a la propia poesía[12]. La poesía, parece estar diciendo Gelman, canta incompletamente, porque es el lenguaje que “no cierra”, que nunca termina de significar y por eso no se agota -en contraste con los lenguajes “completos” de la servilidad, el utilitarismo, la dominación o simplemente la comunicación, entendida como un circuito completo y sin fallas-, una cuestión a la que también había aludido cuando, en el reportaje de 1992, recurrió a una definición de “poesía” que retomó en otras ocasiones: “palabra que dice lo que calla y calla lo que dice”[13]. “Incompletitud” o “inacabamiento”, entonces, para designar a aquello que no se cerró, que parece no haber agotado todo lo que podía dar y de ese peso de lo no logrado, esa fuerza de la insatisfacción, toma en parte su poder.

En lo puramente técnico, puede verse, por ejemplo, cómo, en Notas, los poemas de Gelman no finalizan estrictamente sino parecen haber sido abandonados al concluir un verso como podrían haberlo hecho en cualquier otro[14]. El poema no concluye (tampoco ha crecido ni ha tenido un desarrollo), más bien se interrumpe (curiosamente, Notas fue incluido en un volumen cuyo autor tituló Interrupciones), y esa sensación de que “podría haber seguido” produce un efecto de reverberación y un aura de latencias. Pero más allá de la eficacia de ese procedimiento -y sobre todo- es interesante la importancia que tiene en Gelman lo inacabado en el sentido de producto no pulido, artefacto que no se terminó de ajustar, que saca partido de esa falla a la vez que presenta y aprovecha los rastros de las operaciones de su proceso de producción.

Acerca de «el tema de lo no acabado, o la sensación de no acabado, como factor importante de una obra de arte», en un reportaje de 1997 Gelman comparaba dos versiones que hizo Miguel Angel de La Pietá: la de la catedral de San Pedro, «que es perfectamente apolínea, terminada», y la de Florencia, «que Miguel Angel no terminó, y [que] me conmovió muchísimo más. No creo que porque el escultor fuera más viejo y experto: hay algo más, no sé bien qué. Todo lo que sugiere la piedra que sobra me parece extraordinario»[15]. Ahora bien: si hay piedra que sobra, eso implica que hay aspectos de la figura representada que faltan y han quedado como inmersos en la materia pétrea. Y requieren, por lo tanto, ser imaginados, son pura ausencia o posibilidad. Por otra parte, y no en segundo lugar, la presencia de la piedra no terminada de trabajar es la recordación de que La Pietá no es carne sino piedra, y piedra trabajada y presente en la escultura como testimonio concreto, significante, de un trabajo. La incorporación a la obra del trabajo que la produjo como una de las dimensiones más significativas de la propia obra se relaciona, por un lado, con el gesto brechtiano de impedir todo ilusionismo, todo fetichismo y toda idealización, recordando que el arte es trabajo y que la obra es materia, e impidiendo toda identificación cándida de la representación con lo representado, pero además tiene que ver, en Gelman, con una actitud de exploración de las posibilidades creativas que ofrece la propia resistencia de la materia con que se trabaja, en este caso la lengua, incluido en ella el conjunto de saberes sobre la lengua de los que dispone el poeta.


El carácter intelectual y humorístico que Borges encuentra en el barroco, en tanto «estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura»[16] es aplicable a la poesía de Gelman a partir de cierto punto en que empezará a repetirse con la desenvoltura de quien se atreve a citarse por descreer de la originalidad, o, más aun, a plagiarse, como quien reconoce que, al menos en ese plano, no puede avanzar más. Un arte es para Borges barroco cuando «exhibe y dilapida sus medios». Lejos de resultar un estado terminal, esa extrema conciencia se vuelve para Gelman una veta a explotar. Si, así como se habla de una autoconciencia del cine en Godard, hay una autoconciencia de la poesía en Gelman, no necesariamente esto alude a una poesía referida a sí misma como tema -pero también lo es en ese sentido- sino al ejercicio productivo de la desilusión y a la transmutación de las limitaciones en riqueza, a un procesamiento de los propios límites que, al reconocer esa pesada resistencia, extrae precisamente de ahí una de sus principales corrientes de energía.

No es que mucho de esto no estuviera ya en los primeros libros de Gelman, particularmente en Gotán, el cuarto, donde hacen su entrada corrosiva e iluminadora el humor, el juego y el distanciamiento (y, por lo tanto, la refractariedad al sentido preciso y el adensamiento y la indeterminación resultantes de la conflictividad irresuelta de sentidos), pero no sólo allí los poemas tenían todavía principio y final definidos, no sólo cada uno aparecía organizado como para conformar una gran imagen y subsumir cada uno de sus efectos en un efecto englobador, sino además, en la tradición fundada por el simbolismo y sólo parcialmente revisada por las vanguardias, el poema daba la impresión de estar inscripto en una empresa trascendente, algo así como una captura de secretos de la existencia, y en grandes líneas persistía la concepción de la poesía como actividad espiritual, no sólo literaria, de descubrimiento asombrado y registro de relaciones un tanto extraordinarias entre las cosas o entre el hombre y las cosas[17].

Si se entiende por “ficción literaria” la articulación de textos cuya experiencia de lectura pueda ser un sucedáneo de la experiencia vital (es decir, que importen ante todo por la imaginaria experiencia vital que en el ánimo del lector produce la escritura), todavía los poemas de Gotán parecen ser un poco más ficción que escritura, o, mejor dicho, en ellos parece más pesar una dimensión del hecho literario que la otra (y mucho más, sin duda, en los tres libros anteriores). La capacidad de ficción y la concepción de la poesía como acceso a una realidad que la excede es lo que parece haberse agotado a partir de Cólera buey, y no es que Gelman ya no tenga nada que decir, porque las viejas cuestiones del amor, de la crítica político-social y de los misterios de la vida volverán insistentemente, pero ahora como parte del denso material existencial convocado por la escritura y que la escritura en su hacerse remueve. Ya no parece haber delante de la escritura nada que al reclamarla la organice, pero no sólo persiste el impulso de escribir sino hasta parece fortalecerse, al ya no responder a otra cosa que a su propia necesidad de ejecución.

Escribir, de Cólera buey en adelante, va a ser emprender algo que no se sabe qué es ni para qué, un empezar de cero y hacer algo que sólo se conocerá al estar hecho, pero tampoco es un empezar de cero absoluto, porque, como a cualquier otro escritor, le resultaría imposible a Gelman borrar las marcas que en su saber escritural había dejado una ya importante trayectoria en la poesía, ni despojarse de todo un patrimonio técnico y cultural cuya negación sería una negación de sí mismo. Dado que el cero es imposible, entonces, no quedaría otra alternativa que asumir lo que se tiene y escribir a la vez a pesar de eso y con eso, porque probablemente lo que ante todo se perdió haya sido la inocencia. «Hurra por fin ninguno es inocente», anuncia un poema de Cólera buey. Se trata, para seguir, de hacerse cargo de lo que se tiene o se es, y todo lo que se haga de ahí en adelante será eso: hacerse cargo.

Abocado a una práctica que se demitifica a sí misma para mantenerse en pie, Gelman parece decir «cuidado, estas no son más que palabras» y hacer de la escritura un recordatorio de que la escritura es materia, para hacer destellar todas las capacidades que la materia tiene y todo lo que eso involucra en tanto toda materia es materia involucrada, mucho más si se trata de materia verbal. Desaparecidas la fe en las palabras y el culto de las palabras, lo que pasará a importar es lo que hace con ellas la lengua, ese insistente reclamo de despliegue. Eso será entonces lo que se podrá leer: no tanto poemas como poesía, actitudes de la escritura. Leer a Gelman será asistir al juego de la puesta en juego de la lengua, lo que no puede nunca menos que poner en juego mucho más que la lengua, como ocurre cada vez que la lengua se desata.

 

 

[1] Marcel Proust, «A propósito de Baudelaire», en Crónicas, Buenos Aires, Adiax, 1978; traducción de José R. Falbo.

[2] Daniel Freidemberg, «Juan Gelman: La poesía es lenguaje calcinado», entrevista publicada en Cultura y Nación, suplemento del diario Clarín, Buenos Aires, 20 de agosto de 1992.

[3] Juan Gelman, Cólera buey, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1971.

[4] Juan Gelman, Anunciaciones, Madrid, Visor, 1988.

[5] Javier Cófreces y Miguel Gaya, «La belleza es subversiva», entrevista publicada en el diario Página/12, Buenos Aires, 28 de abril de 1988.

[6] La semejanza de este gesto con el de la “antipoesía” de Nicanor Parra difícilmente provenga de que Gelman hubiera leído a Parra o Parra a Gelman. Seguramente, sí, por cuestiones “de época”, hubo en ambos una misma necesidad de salir de la concepción de la poesía como experiencia espiritual superior o particularmente intensa, del lirismo extremo y de una figura de poeta “sabio” o “vidente”. Es también lo que en la Argentina un poco antes había empezado a ocurrir, de un modo aun más radical, en la obra de otro poeta escasamente vinculado por ese entonces a Gelman: Leónidas Lamborghini.

[7] Octavio Paz, El arco y la lira., México, Fondo de Cultura Económica, 1956. El poema, dice Paz en otro tramo de ese libro, «se ofrece como un círculo o una esfera: algo que se cierra sobre sí mismo, universo autosuficiente y en el cual el fin es también un principio que vuelve, se repite y se recrea».

[8] William Carlos Williams, «Fragmentos sobre poética», en Poemas, textos, entrevistas, Puebla, Universidad Autónoma de Puebla, 1987. Traducción de Martha Block.

[9] Sorprendentemente, Gelman ya había tratado y definido esa cuestión en el breve poemita casi en broma, muy citado posteriormente por sus antólogos, que a modo de epígrafe precede a los poemas de su primer libro: “¡Quién pudiera agarrarte por la cola/ magiafantasmanieblapoesía!/ ¡Acostarse contigo una vez sola/ y después sepultar esta manía!/ ¡Quién pudiera agarrarte por la cola!«. En Violín y otras cuestiones, Buenos Aires, Gleizer, 1956. Luego, Gelman reunió este libro y los tres siguientes, El juego en que andamos (1959), Velorio del solo (1961) y Gotán (1962), bajo el título común de Gotán, Buenos Aires, Seix Barral, 1996.

[10] César Vallejo, «Salón de otoño», en Escritos en prosa, selección de Claudia Caisso, Buenos Aires, Losada, 1994.

[11] Juan Gelman, Carta a mi madre, Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1989. Juan Gelman, Salarios del impío, Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1992.

[12] Juan Gelman, Incompletamente, Buenos Aires, Seix Barral, 1997.

[13] Poco antes la misma fórmula había sido manifestada por el español José Angel Valente, un poeta que durante fines de los 70 y principios de los 80, estuvo muy próximo a Gelman, con quien comparte cierto interés en la poesía de los místicos que desde esa época empieza a ser decisiva en la obra del argentino. Ignoro a quién de los dos pertenece la frase, o si a los dos por coincidencia o si ambos la tomaron de un tercero.

[14] Incluido en Juan Gelman, Interrupciones I, Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1988.

[15] Daniel Freidemberg, «La belleza es una especie de escándalo», entrevista publicada por el «El País Cultural», suplemento del diario El País, Montevideo, 17 de octubre de 1997.

[16] Jorge Luis Borges, «Prólogo a la edición de 1964» de Historia universal de la infamia (1935), incluido en Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1974.

[17] Juan Gelman, Gotán, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1962.

 

 

REYNALDO JIMÉNEZ . DESLEER, TRASLEER, CONTRALEER, ENLEERSE.

 

raymond rousell


Lo que sigue no podría ser sino una sarta de apreciaciones por parte de alguien que ha seguido, desde el extranjero, con interés de lector, el desenvolvimiento de la poesía publicada en el país donde nació, sin desconocer que este acompañamiento a distancia se ha visto sujeto a los avatares propios de la co-incomunicación impuesta entre Buenos Aires, donde resido, y el Perú. La mía es, sin quererlo, una intervención ambigua, pues si por una parte soy un observador parcial (debido a la distancia geográfica), por otra, y por razones de contemporaneidad en la práctica compartida, me siento implicado en lo que este libro trasunta al situarse problemáticamente en la mira de una cierta exigencia ética. Exigencia que infiero moción por una ética intrínseca a la creatividad, capaz de desestabilizar el conformismo de poéticas consagradas-para-exclusión-de-otras-variables, desde algunos medios teóricos académicos o especializados (sin dejar de mencionar la «indiferencia» mediática) como desde las ideas fijas, dadas como información preexistente, con que suele abordarse la experiencia poética.

Quisiera asumir a la poesía, ante todo, como una esencial disidencia al interior de los significados al uso, en relación a una continua pero siempre provisoria investigación del lenguaje y a la sensibilización instigadora de sus posibilidades connotativas. Entiendo que aun en la traslación de referencias reconocibles, temáticas, sentimentales o por vía de la descripción figurativa, y, sobre todo, en el recurso a los arrastres del habla (de las fablas), la poesía sólo necesita y exige precisión en el uso de la palabra, esto es, conciencia de las formas y su capacidad explícita o subliminal para transmitir, conmover, interrogar, presentar. Para mejor delinear este arranque: aprecio y me atrae el atravesamiento de lo connotativo más acá de cualquier autoexpresión (en el sentido del expansionismo monotemático de un Yo o un apriorístico Nosotros), siempre y cuando prevalezca la conciencia material, matérica, materializadora, de la palabra.


Me refiero a que concibo al poema, si hablamos de composición (concepto caro a Valéry), ahí donde se inscribe un para qué de la expresión: utilidad espiritual, en casi todo tiempo y lugar, de la poesía (poemas para algo, por algo, en el rango de la necesariedad (contundencia y sutileza): poemas para el nacimiento, para acunar al niño, para acompañar la muerte, para después de la muerte, para celebrar, para enamorar, para cuestionar a los poderosos, para el sexo, para acuñar un secreto, para destilar una clave, para informar acontecimientos, para cantar el origen, para recordar a los ancestros, para hablar con los animales, para hacer llover, para la libertad, para conjurar el miedo o la pérdida o atenuar el dolor, etc. Pues aludir a la connotación, aquí, no sería otra cosa que indicar la cuestión siempre urgente del sentido (de los alcances e influjos de la palabra, así como de la incorporación de lo indecible, de lo indecidible del silencio, que deviene presencia del sentido). Y, en todo caso, «entiendo» a la expresión poética abarcando la dimensión específicamente literaria, pero sin que ésta constituya su límite acondicionado para el cotejo confirmador (su puesta en marco, para tranquilidad de todo abordaje situado por encima o desde fuera de la experiencia poética en sí).

Experiencia poética: proceso, que no se agota en el poema, y que no desestima a la inspiración (de hecho la inspiración existe porque ciertos eventos poéticos resultan inspiradores, y es en esa transmisión de energía altamente condensada y continuamente retroalimentada por la sensibilidad, que cabe considerar los efectos conectivos de la entonación -dar un tono- de la poesía). Y el poema: no apenas el eslabón perdido, ya reubicado, en la cadena de los referentes, sino la abertura connotativa, amorosamente habitada por la expresión, atravesada por un doble movimiento: hacia la intimidad de la resonancia significativa, hacia el contacto con los signos compartidos vívidamente resignificados y enviados a la atención. Si no se debieran menospreciar las múltiples posibilidades de la poesía a riesgo de perderla también en su función social, ello se debe a su cualidad arcaica de tecnología espiritual, su participación y propagación de lo inspirador (lo creativo) entre las formas y las formalidades, su índole a la vez específica e incomparable. Pero porque se me reserva, sólo un momento, el privilegio de ser uno de los primeros lectores, en panorama de integridad documental, de los aportes de cada poeta-manifestante en su reunión como libro, también se me solicita, de algún modo, una primera observación del conjunto: donde los discursos chocan, se sacan chispas o se prescinden, puede plantearse un efecto paradójico de consonancia, en caso de que se me permita asimismo desviar, sólo un momento, el foco de lo debatido en dirección a lo que quizá realmente esté en crisis (en juego): no la poesía exactamente, su existencia-práctica en el mundo, sino los propios abordajes y perspectivas con que se encaran la interlocución y el intercambio de experiencias en (y manifestaciones con) la palabra.

Al inquirir, de base, por el sentido de la poesía, en el presente contexto por lo menos, no estamos sino revisando e interrogando una crisis más profunda, que de hecho es una crisis de percepción («crisis de paradigma» de la que la crítica, por justicia etimológica, no se exime) aunque con visos de alienación y violencia generalizados, también marcada por el vértigo de la voluntad de lucidez transformadora. Por el reconocimiento de las comunes zonas de opacidad, la reflexión se quiere más abarcante: para retomar la poesía en tanto participación de un proceso de transformación más amplio que la mera consideración estética (aunque sin evadirla, desde luego, situándola en primer plano). Así, recalco mi negativa a aceptar en el debate cierto elemento subyacente de corte localista, si no de trasfondo nacionalista, y asumo este rechazo acorde al espíritu de intercambio reflexivo, por «entender» que la poesía (ella misma disidencia en el seno de los significados rutinizados y obligatorios) no necesita ser rebajada a ese prejuicio, altamente violatorio del derecho de la libre circulación de las personas (aunque no de las ideas y menos aún las intuiciones), como es la noción de Frontera, no comentada siquiera por el conjunto de los documentos aquí presentados. Descreyendo de toda frontera (el trazado limítrofe: la primera reja del panóptico), incluyo la imposición de Identidad (sobre todo cuando ésta aparece revestida de un Nosotros, sea cual fuere su signo o su rango, siempre a la larga defensivo: nacional, generacional, grupal, etc.) en tanto dispositivo separatista, propiciador, no de la alteridad, sino de la misma violencia (la mutua irritación que impide el contacto y por lo tanto la escucha, es decir, en gran medida la interlocución) de la que surge, obligatorio y legitimador de subjetividades, ese Nosotros [1].

Preferiría optar, una vez más, por una vinculación en la conversa que no tendiese a neutralizar ninguna diferencia en favor de algún pro-medio (y entonces: no lo conciliatorio sino lo complementario, desde la constatación consciente de las respectivas incompletudes e inconclusiones), tomando cualquier límite por las astas de su potencia sumatoria, dadora de mezclas, a cambio de tanto voto de clausura en el feudalismo de los propios ademanes, fijados inevitablemente para instrumentar códigos de conducta (aduanas a la invención). Es así que, ante la propuesta de debate, insisto, me interesa resignificar esta intención, justamente desde su anhelo y contenido crítico, apelando a que la Crítica de las poéticas pueda, ella misma, ser reconsiderada también en tanto objeto de observación; en vez de la superposición de enunciaciones en disputa, enfrentadas por inconexas, por descuido de las conexiones más delicadas y complejas, para continuar con una ya demasiado alicaída pugna entre las estéticas. Es innegable el paralelismo entre frontera y «región estética», fundamentalismos ambos que la poesía simplemente no tiene cómo (ni por qué) conformar o confirmar, enfocada como suele en una precisa investigación de lo indeterminado e imprevisto, lo no producido ni inventariado, lo incondicionado y curativo por relacionante.


rafaelle claudio


Por la poesía respira el matiz extraordinario, de manera que aquélla asume la cotidianidad (y las palabras compartidas) en su continua «primera vez»; el acontecimiento (que, según Braque, «estalla con la luz del día»), aun cuando no clasificable fetiche literario, aviva, al devenir ineludible, mera conciencia en sí (enigma de la vida y de la atención que la enfoca). Apelación a la presencia porque acto de presencia, el poema no surge para proponer una opción (acuerdo o desacuerdo), pero tampoco integra el coro de los ajustes al Nuevo Orden Mundial ni obedece programáticamente, bajo comportamiento asignado, los decretos o dictámenes de ninguna hipótesis, glosa, interpretación o preceptiva. No es infrecuente, por esta vía, que una poética realmente «nueva» (en la medida en que se haga cargo sincrónicamente de las tradiciones a la vez que de su permanencia en lo desconocido, o sea el presente con su indeterminación) proponga otras maneras de leer (nuevas tal vez de tan antiguas). Las poéticas que no responden a una programática, no se dejan subestimar por los pactos de lectura al uso (incluyendo las neoconvenciones centradas en el supuesto de transgresión o las «historias de vida» con que suele promocionarse a los autores-personajes), tác(t)icamente acordados entre las partes interesadas en el mantenimiento exclusivo de unos patéticos prestigios, fundados en infinitas discriminaciones y prejuicios alimentados como sabuesos al interior del deseo, dentro del estado de cosas, de lo que hemos llamado, hasta ahora, Cultura.

No que la poesía venga a proponernos otro estado de cosas ni otro Estado, sino que sea capaz, en su rareza, en su excepcionalidad, de afinar la atención, atravesando el mundo/molde, permeándolo desde una incisión significante. Porque los significados, según preferíamos creer, no estaban ni están dispuestos idealmente para reemplazarlo y hablar en nombre del sentido, como si éste pudiera (o tuviera cómo) responder a un comportamiento predestinado por mandato (como verificación consoladora en un saber, por ejemplo).



Por lo antedicho es que me permito dudar de la existencia de esa entidad denominada «poesía peruana» (podría ser igualmente «poesía argentina»), como si se tratara de una entidad preexistente a la que en masa debieran adherir las insurgencias poéticas, algo así como una dirección forzosa para la más delicada libertad. Como si estuviésemos hablando (como si tomar la palabra no fuese ya perderla) desde una afirmación identitaria (sostenida ontológicamente por incólumes pilares de algún proyecto común diferenciado y afirmado desde el recorte violento de la división política o cualquier otra, a la vez que proyectándola moralmente hacia la consolidación confirmatoria de un Estado). La lengua-mater, en tal imaginario, supónese obligada a hacerse depositaria de una cosmovisión ya reglada ante la cual el hacedor de poemas debiera rendir cuenta hasta de aquellos actos más inexplicables (tales como la formación de un fraseo particularmente inquietante por su insignificancia). Cuando digo Estado (y estado de cosas, también: pacto de lectura) no evado la persistencia un tanto sombría de lo pretendidamente sólido (esa inexistencia, en la medida en que se escinda de lo poroso): lo prestigiado por los dominios del Conocimiento (mientras, por su parte, la poesía no sería un saber sino un devenir): lo certero y ya dispuesto como capital simbólico, a la defensiva o a la sombra de unos valores institucionales que, para ser, necesitan repetitivamente ser/hacerse enunciados (Patria, Cultura, Tradición, Revolución, Literatura). Y esta rara acción en el mundo (nada menos raro que el mundo ante «la suspensión de la incredulidad»), que sería la poesía, dispuesta nada más que a lo receptivo, es decir, a una donación de la energía en sus formas verbales u otras, no podría (ni tendría por qué) hacerse cargo de ningún «Nosotros», término defensivo (otra vez la estructura contingente ante la intemperie de origen) de aplicación las más veces totalitaria, por allanar y pretender confiscar el escándalo del resplandeciente enigma, que es la presencia insobornable.

Por lo tanto, resultan alentadores, en el conjunto documental, aquellos pasajes en los que alguno que otro autor recuerda esas palabras, ahora mágicas, pero sin duda cargadas, dardos de curare connotativo, conjuradoras per se de la fragmentación: asháninkas, shipibos, campas (como podríamos decir, por nuestra cuenta y riesgo: tupi-guaranís o hopis o mapuches…). Tales nombres son el recordatorio votivo de la desaparición, de la pretendida desaparición, de pueblos enteros, en todo sentido originales (y, con ello, la destrucción sistemática de cosmovisiones-otras, cuyo reconocimiento no podría sino enriquecer el contexto americano y posibilitar, desde ahí, algún futuro presente más generoso). Pero, así como el statu quo (proyección que un Nosotros no desmarca) suprime a pueblos enteros, así barre constantemente (desde la hipocritocracia de la masividad manipulada que a lo comunitario pretende reemplazar) con los derechos más íntimos y pulsionales del individuo, primera y última minoría (de continuo subestimada).

¿Y qué decir entonces y a la vista de semejante manipulación acerca de la compulsión de agrupar, ubicar, analizar, organizar los eventos poéticos (cuál sería su fundamento)?: como si la tarea básica del crítico o el estudioso fuese colmar un inventario, en vez de arrojarse él mismo a la corriente magnética, es decir, abrirse conscientemente la crisis, renunciar a su investidura formal y su aura razonable para prohijar la investigación ahora en sí mismo, en su propia circunstancia y condición, en comunión carnal con la esencial ignorancia, fuente del proceso creativo. De la misma manera en que el poeta (lector mallarmeano), al flexibilizar el lenguaje, está jugando con el fuego de su propia subjetividad, su conciencia de sí y sus vínculos, prefiero atisbar el panorama (para no asistir al panóptico) de esta confusión «americana» o «actual», donde y cuando la voluntad civilizatoria no ha dejado de mostrarse insaciable, hasta su degradación ¿final? como mercado y embrutecimiento de(s)preciador de la más ínfima conciencia recíproca.

raymond rousell


La lengua castellana que, habiendo sido la del conquistador enquistado en el inconsciente colectivo, puede seguir siendo intervenida, reafectivizada, curada por la expresión exploratoria hasta de sus llagas más subliminales, para dejarla reverberar con su luz mestiza (y esto hay que recalcarlo en lugares como el Perú o la Argentina, adonde se topa uno con discriminaciones interpersonales de toda índole, y adonde, desde el substrato de la experiencia compartida, filtran su insistencia corrosiva además de los rumores de los «vencidos» y «desaparecidos» de los últimos cinco siglos, los aportes de las inmigraciones europeas, asiáticas y africanas), su insaciable capacidad de asimilación antropofágica (hasta ¿por qué no? el sincretismo), arreciada desde luego por confluencias e influjos regionales para, desde ahí, la multiplicación de eventos tonales. Pero cuando digo tono en la escritura, también estoy pensando en el tono corporal, la actitud sensible en la lectura, que hace a la calidad de disponibilidad para la interlocución y, por lo tanto, la actitud relacionante, que va más allá (llega más acá) de las meras poses o posturas. Y estos arrastres astillados, incrustaciones móviles en la lengua, confluyen con el silenciamiento (elocuencia alterna, de pronto, en el poema) que no es el silencio activo sino lo reprimido hasta la sintaxis por la ley moralizada o la moral legitimada por la fuerza (incluso la moral de la contramoral igualmente estatuida en función de una misma violencia), lo que perdió la voz al serle negada la escucha, secuestrada ésta bajo la altisonante obediencia a los discursos mediáticos y la propaganda (y qué decir de los analfabetizados, al margen de las supuestas comprensiones y beneficios de la lectoescritura instrumentada por los poderes). Abierto hacia su esdrújula flexibilidad el arco de referencias, por su propia contundencia se envían tantas flechas en tantas direcciones, que se hace imposible fijar un único BLANCO; la evidencia es a todas luces plural. La riqueza de la poesía proviene de su condición de integradora de andariveles de lo real, desmintiendo de esta suerte a los detentadores del sentido, al detonarlo (palabra y silencio), sin reducirlo a mera representación de contenidos previamente clasificados («poéticos», «antipoéticos»); de ahí que no baste ajustarla al parámetro del género literario, al parecer estimable en cuanto atesoramiento de valores reflejantes del imaginario de una identidad equis. De manera que aquí estoy, con la identidad y la frontera en cada mano: ambas nociones siamesas; pero a la vez, creo que los bordes preconcebidos para la separación no son tan estables como se pretende, menos aún unilateralmente determinables, y que, en todo caso, lo que nos separa, de ser a ser, no deja de vincularnos.

Mientras el poema es una trama de relaciones, pues participa de la realidad orgánicamente, la reciprocidad, mutualidad solidaria de la alteridad (y no la institución «familia burguesa») sería la célula del intercambio social, partícula para el concierto más vasto, al requerir la entrega de la escucha, la receptividad, en atención tanto a necesidades y dimensiones compartidas como a la interioridad más intraducible y no por ello menos real. Pues la comunidad que se realiza en la experiencia poética no se reviste de lugar común, ya que siendo lo imprevisto su naturaleza no concede la menor seguridad o soporte al afán de dominación del sentido. Si el lenguaje dimana de los cuerpos, de los nervios, de los sentidos que son más de cinco; si la palabra orgánicamente nos atraviesa; si la escucha es la entrega (la palabra en sí un oído ancestral que inventa sentido al emanarlo), cabe, por contraste, atender el efecto de tanta represión en el lenguaje «comunicacional» (la misma premisa de legibilidad pretende injertarse a la poesía), destinado sólo a requerimientos utilitarios y al comercio, si no a esa especie de ronquidos defensivos, instalados en la repetición mecánica de fórmulas y muletillas, que impiden, ya que no el tomar distancias, la disensión al mandato desintegrador implicada en toda reflexión compartida. Por su parte, la formalidad del sobrepeso referencial (cada vez que se afirma una Identidad, trátese de un país, una patria o una generación: bajo la presión de hacer de la poesía lo que otros ya hicieron) convierte de plano cualquier signo libertario en mera consigna y lo confisca, lo arranca de la circulación transformadora aplicándole un cliché (adonde la subjetividad se suma al espectáculo general de la época, la rebeldía estipulada deviene rictus).

Cuando al fijarse el eje de la escritura en un contenidismo o contingencialismo a priori (poesía de la ciudad o de la provincia, poesía del cuerpo femenino, poesía homosexual, poesía de esta o aquella década, poesía de lo joven) la Identidad se torna explotadora de la materia verbal, a fin de socavarla en su libertad incondicional, para sonsacarle calculadamente unos contenidos bajo premisa o precepto, sin interés ni cuidado por la vitalidad en sí de esos materiales delicadísimos con que trata (no sobrepasando, así, en su pequeña escala y aun bajo su repertorio de gestos aceptadamente transgresores, la inercia devastadora con que la autodenominada civilización explota el planeta y somete a su delirio antropocéntrico los otros seres que lo habitan). El peligro de oscurantismo cool que pretendo señalar, liga con recordar una vez más cómo operan, en tanto imaginario adiestrado, nociones de cuño restrictivo, verdaderas imposiciones de la Cultura mayestática en su versión dominante, por detrás de ciertas premisas dadas, señales del allanamiento adiestrador del «pensar» (valorando en cambio a la poesía como un pensar alterno)[2].

Pero lo que me ocupa no es adjudicable a un demonizado coloquialismo (y sus variantes más o menos consecuentes a nivel de la sintaxis y el entronizamiento expansionista del referente) sino a una sumisión inculcada: escribir sobre y desde lo ya escrito, y sólo para mantener a la poesía en el estricto carril del informe entre especialistas o del remanido arte-de-culto (del mismo modo que se va al cine o se escucha música, muchas veces, sólo para «reconocer» lo que ya se había archivado en el inventario). Sin embargo la poesía en su calidad de proceso, con toda precisión nos desmiente, pone en movimiento lo que creíamos poseer y a lo que adjudicábamos el valor de la más alta o atinada certeza. La implantación del lugar común, transferido a la relación inmanente con la sintaxis, es decir a la articulación/invención del sentido (ahí donde se tantea la dinámica comunicativa o se instala una sintaxis que ponga orden en la relación), está resignando la praxis poética a un supuesto especular: entre una forma aplicada, según pautas y premisas promediadas por la época, y una realidad preconcebida, legitimadora de contenidos ponderadores, a su vez, de esa «real» realidad. ¿Acaso no son ampliamente políticas (en la vena de las micropolíticas del deseo: aportes activos para la transformación de la realidad social) la demolición de núcleos estáticos o enquistados en la sintaxis, o la recreación de palabras o formas condenadas al desuso (aquello que con ligereza suele tildarse de rebuscado o «retórico» pero que implica, de hecho, una entera vertiente de experiencia desechada)?

La posición del hacedor de poemas verbales, esencialmente un lector que intuye y «trae» a través de su particular relación con el lenguaje aquello que desea leer (aquello que lo desmiente, que lo cura momentáneamente de sostener la militancia de su identidad), a raíz del doble filo de la palabra, no puede sino ser incómoda, insegura, inestable: es él quien está entre paréntesis (lo cual no niega la posibilidad del goce estético o conceptual a otro nivel). La Identidad y sus definiciones entran en cuestión, porque lo que la poesía amplifica es la escucha que, desde luego, es cultivo de la(s) lengua(s), para lo cual se hace imprescindible seguir leyendo, seguir aprendiendo a leer. No acotar el proceso del poema con el supuesto de identidad, implica a la vez desmarcar el idealizado rol o manoseado rótulo de Poeta: llamamiento a continuar investigando qué significa ese hacer propio de la poesía, en éste como en cualquier espaciotiempo (pero sobre todo en éste). De manera que estamos, ahora, en la simultaneidad de una época conflictiva (en un mundo impredecible), en este continente (aunque casi sin contención), en lo abierto del sentido, tal como siempre se ha estado, supongo. Por esto es que quiero subrayar (ante los espejismos paralizantes de la época, la administración paranoica de la violencia y sus admoniciones económicas o bélicas sin perspectiva de construcción social, la abstracción financiera y los vericuetos legalizadores del poder autoritario, el rol de comodines del espectáculo, aceptado por gran parte de la autodenominada intelligentzia) la marca turbulenta, por apasionada, que impregna e interioriza estos valiosos testimonios de profesión de fe.

Turbulencia que hace a la época que nos toca (y que ojalá toquemos), que agita, con su background de contradicción, estas intervenciones cuya función más inmediata y básica pareciera la de promover y diseminar calor (no consuelo por la belleza sino belleza en lo intenso) y que menciono, para concluir, porque ella es señal inequívoca de honestidad: a su impulso variable, «el debate» deviene conversación multirradiada, registro orgánico y combinatorio a la vez que exposición pública de las subjetividades en juego (un paso al costado de cualquier inercia o indiferencia o especulación por reactivar la relación), simultáneas concepciones actualizadoras del intento y la meditación en la palabra. Tal vez porque en el vaivén entre receptividad e insurgencia, puedan situarse el desafío y el riesgo (en cuanto ampliación de la conciencia más acá de cualquier límite) que toda poética, siempre y todavía, merece corporizar.

 

 

1 «Se puede llamar alteridad al sentimiento de lo otro, esto es, de verse otro en uno mismo, de constatar en uno mismo el desastre, la mortificación o la alegría del otro. Ese término pasa a ser así lo opuesto de lo que significaba en el vocabulario existencial de Charles Baudelaire, esto es, el sentimiento de ser otro, diferente, aislado y hostil.» (Oswald de Andrade, «Un aspecto antropofágico de la cultura brasileña: el hombre cordial», en Escritos antropofágicos, col. Vereda Tropical, Ed. Corregidor, Buenos Aires, 2001, edición de Alejandra Laera y Gonzalo Aguilar.)

2 En todo caso, nunca estará agotada la denuncia contra la entera Cultura occidental, encarnada (occidentalmente) por Artaud que, sea dicho, nunca se propuso maldito en términos de personaje. El malditismo, tan aludido desde diversos ángulos en estas mismas páginas, ¿no será -en la medida de su pasividad figurativa, su incapacidad de participar en la gestación de una condición poética para la vida más allá de todo solipsismo- otro nicho conceptual destilado por y para el mantenimiento del status quo, como en otro tiempo la bohemia, para tornar inofensiva la profunda ofensa al sistema regio por parte de la sola, humildísima presencia de lo distinto, de lo que no calza en el ajuste social, y que rechaza por naturaleza cualquier designio de marginalidad o condición subterránea previstos para el artista «excéntrico», en realidad neutralizado por su carencia socioeconómica? Y en cuanto a la ya rutinaria insistencia en la poesía del «cuerpo femenino»: si el poeta es principalmente lector, alguien que escribe porque está en su escucha seguir aprendiendo a leer, entonces está muy clara su participación en lo femenino, ya no tópico condenado a marca legitimadora de una postura políticamente correcta, sino como lo receptivo, lo que se abre para recibir, lo que nutre en su donación y precisamente no recalca más la frontera entre hombres y mujeres (generalizados y neutralizados en sus especificidades deseantes, arrebatados de su condición de seres únicos cada cual).

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

¿LO QUE HAY ES LO QUE VES? (3) LUCIANA HORVART. COVERS SENTIMENTALES

 



Sostener que buena parte de la poesía española de alta circulación afectiva en la última década no constituye una ruptura sino una estrategia de mantenimiento puede parecer, a primera vista, un gesto innecesariamente suspicaz, incluso un exceso de celo crítico, una incomodidad que llega cuando el consenso ya ha sido firmado. Sin embargo, basta afinar el oído —no el corazón, siempre dispuesto a la empatía programada— para advertir que estamos ante un fenómeno reconocible, casi administrado: no una nueva poética, sino una serie de versiones, covers cuidadosamente producidos, afinados en estudio, optimizados para la reproducción, de una matriz ya canonizada. El repertorio es antiguo, el arreglo es contemporáneo y el objetivo es inequívoco: sostener la vigencia emocional, la respetabilidad estética y la circulación asegurada de la poesía de la experiencia o, con mayor precisión histórica, de aquel programa que en 1984 se presentó como La Otra sentimentalidad y que hoy circula sin comillas, sin manifiesto y, sobre todo, sin adversarios. Lo que antes fue una toma de posición ahora es una posición heredada.

El cover no niega el original: lo conserva, lo estabiliza, lo vuelve transferible. Amplía su público, sí, pero sobre todo refuerza su valor de reconocimiento. Esta lógica, trasladada sin fricción al campo literario, permite leer las escrituras de Elvira Sastre, Irene X, Irati Iturritza, Rosa Berbel y el conjunto variable reunido bajo el título programáticamente inocuo Poesía ante la incertidumbre como una operación de continuidad estilística más que de innovación estética. El yo sigue siendo reconocible, confesional, emocionalmente disponible; la experiencia cotidiana continúa funcionando como garantía de autenticidad; la escena urbana permanece como fondo moral homologable; el lector es interpelado no para poner en duda el lenguaje, sino para reconocerse en él y reafirmar su pertenencia. Nada de esto es casual. Todo responde a una poética que triunfó porque supo generar adhesión, producir identificación y consolidar prestigio afectivo sin exigir demasiado a cambio.

La diferencia actual no reside en el núcleo estético sino en el dispositivo de legitimación. Allí donde en los años ochenta hubo una disputa por el lugar del poema en la tradición, hoy hay una gestión eficiente de ese lugar. El poema ya no se arriesga a perder: acumula. No discute su posición: la reproduce. La circulación no es consecuencia del conflicto, sino su sustituto. El reconocimiento se obtiene por reiteración, por familiaridad, por correcta administración de expectativas. Así, el valor del poema deja de depender de lo que hace con el lenguaje y pasa a medirse por su capacidad de sostener una imagen, una firma, una voz estable y reconocible. No estamos ante una tradición viva sino ante una tradición rentable: una escritura que se mueve porque ya ha sido aceptada.

El verso funciona entonces como un organismo postmortem con excelente logística: se replica, se cita, se enseña, se exhibe, pero no transforma. No metaboliza mundo: conserva forma. Es una poética que no piensa porque no lo necesita; no interrumpe porque ya está integrada; no fracasa porque el fracaso ha sido excluido del circuito. No es que no haya riesgo: es que el riesgo ha sido externalizado.

La experiencia, categoría central de aquel programa, ha sufrido una mutación decisiva. Convertida en unidad de valor emocional, ya no necesita lenguaje sino validación. No se escribe para pensarla, se la presenta para confirmarla. La experiencia dejó de ser mediación y pasó a ser comprobante: algo que se exhibe para sostener una posición y no para interrogarla. A mayor transparencia afectiva, menor fricción semántica. El poema no se tensa: se alinea.

Antes el lenguaje mediaba; ahora amortigua. Antes tensaba la experiencia; ahora la suaviza. Antes producía mundo; ahora mantiene clima. La experiencia actual es experiencia sin exterioridad, sin espesor histórico, sin alteridad real: un yo en suspensión permanente, perfectamente adaptable a cualquier marco de reconocimiento. No hay afuera que incomode: hay circulación que confirma.

También se ha transformado la dimensión pedagógica. Donde hubo formación del lector —aprendizaje de la dificultad, del tropiezo, de la lectura lenta— hay entrenamiento en la identificación inmediata. El lector ideal ya no interpreta: valida. No se le pide que lea mejor, sino que reconozca más rápido. No es un defecto del sistema: es su mecanismo central. La poesía no forma criterio: consolida pertenencia.

La Otra sentimentalidad no desapareció: se institucionalizó. Conserva la forma del trayecto, pero ya no necesita desplazarse. Funciona por repetición, no por necesidad; por estabilidad, no por conflicto. Es una poética que sigue caminando, pero sobre suelo firme; que sigue hablando, pero dentro de un perímetro seguro. No está muerta: está asegurada.

No estamos ante una poética en crisis, sino ante una poética estabilizada. Cuando el poema ya no disputa su lugar, lo administra; cuando no arriesga pérdida, asegura circulación. El lenguaje deja de ser problema y pasa a ser garantía.

La experiencia, convertida en valor emocional reconocible, ya no se escribe para ser pensada sino para ser validada. El verso no interrumpe: confirma. No desajusta: consolida. Funciona.

Así, la tradición no se transmite: se reproduce. No camina: se conserva. Y en esa conservación eficiente el poema pierde mundo, pierde fricción, pierde incluso la posibilidad de fallar.

No es que la poesía se entienda demasiado bien.
Es que ya no hay nada en juego en ese entendimiento.

AUTORÍA / JULIETA VALERO

 

inger morath




In the mood for love

En algún lugar alguien está viajando furiosamente hacia ti
John Ashbery

 Iba a decirte No vengas

que conozco la trampa del paraíso: limbo, piedra y abandono.

Pero es tan incómodo estar vivo.

Este festín, defectuoso porque cursa, defectuoso porque termina.

Todo tiene el mismo cuerpo que la vida.
Todo está mal.

De modo que tú, ciego cometa que trabaja, compra
y algunas mañanas de festivo alcanza verdades… Ven.

Cuando la revuelta del encuentro amaine
y ames mi cuerpo y la forma de mis dientes
y el error de estas manos exactamente distintas a las que imaginabas

te conmueva como una revelación
te daré tres mentiras contra el frío

no debes tener miedo
no estás solo ni hay sentencia
desde hoy la catástrofe consiste en no salir a la vez.

 


Domingo. Resaca. El libre albedrío.

 Asumirse como océano donde pueden acontecer grandes olas

y bancos de peces en realidad muy solitarios.

El verde más sobrenatural lo perderá todo porque en definitiva el Sol es quien manda.

El ejercicio de la libertad no existe pero habrá que disimular

—un hallazgo que a menudo sucede en la compra, en el baño—.

Lo posible es entonces manejar el volumen o tiempo que convienen la exposición, el esponjado, la séptima dermis.

La resaca, por ejemplo, desviste la conciencia

y acontecen cosas así:

Desde mi ventana el vuelo del primer polen permite anticipar abril

y germino en la falda o infelicidad de esa mujer que carga niña, periódico, domingo.

Luego subo al tren que toda calle propone hacia el pasado

y concluyo que la desgracia fue siempre el descrédito del amor

tras lo cual queda el paso a la ternura, el resfriado, la finitud con su ausencia de liguero

Si no se aguanta la intensidad tres recados aseguran la poda de una vida.

Mucho más estimulante que el cuero, la cópula visible o anidar en la secretaria es saberse mortal y pretender compañía

Por mi parte prefiero negociar con la luz y recomiendo la elegancia como férula y techo.

Pero hay mil maneras de ponerle la letra a este crimen.

En algunas latitudes se limitan a bailar.

 


inger morath



Ítems para un tsunami

En el colmado de abajo aceptaron a mi planta trepadora a cambio de un kilo de arroz.

Mirando bullir el arroz engañé a la prisa y se quedó dormida junto a los trozos de hielo.

Ahora la palabra frío conserva su manantial y su Estalingrado pero designa también tus pies pequeños que me buscan cada noche.

Cada noche tú imitas a Boris Karloff y tomamos al monstruo por el niño. El cabo de la risa en nuestra almohada es el espejo donde la rutina se ve las arrugas y llora.

Algunas madrugadas hablamos de tener hijos sin la comadreja de las tropas que invaden. No es Navidad pero sé que nos preocupan verdaderamente los niños palestinos. Ningún reportaje escinde el material de sus casas del inventario de nuestro miedo.

Hay una cuenta que no me sale y eso me recuerda como hoja y aquel viento. Me refiero al tiempo que me queda atravesado por la pértiga de la felicidad. Tengo dudas con la densidad del aire aunque en los depósitos de lo que importa tu sonrisa es un número primo. De aquí a la eternidad. No sé más pero matemáticos bondadosos con grasa en el pelo se han sentado en su pupitre, descalzos y tristes, a balancear estos enigmas.

De lo escondido ya sólo me interesa cómo se las arreglará la esponja del amor para crecer más allá de la barrera de coral.

Sospecho que la belleza debe ser algo que se desparrama con tino. No vale la sustitución de materiales. Ese truco era un conejito blanco que huyó hacia los helechos de la adolescencia.

Desde que sé que envejezco con la certeza que se sabe una fresa en la boca me gustaría que cada vez que me cansa mi madre me creciera una demanda de amor con el perímetro de los días que sus manos han sido benéficas. Una caricia detrás de otra para que su círculo me extrajera esta imbecilidad lineal, la muela de la ingratitud sonando en la bandeja de lo inapelable.

Debes estar al llegar. Cuando eso ocurre Marguerite Yourcenar tiene un pensamiento obsceno y planea su regreso.

El regreso es el único movimiento posible y sin embargo choca siempre con la rótula de los emprendedores. De esto deduzco que los recién nacidos ya se están rehabilitando, que las estadísticas quedan pasteurizadas en las incubadoras.

Donde quiera que esté Praxíteles te mira satisfecho. Por mi parte, he roto con el miedo: lo hubiera perdido todo de no dar contigo. La mesa está puesta. Aunque sabes de mis limitaciones con las salsas y la Cábala, también tu ambición es sabia: una bolsa blanca que se mueve con el viento.

 

(Del libro Autoría. DVD Ediciones. Barcelona, 2010)