martes, 16 de diciembre de 2025

MAURIZIO MEDO. DUBROVNIK: UNA FICCIÓN DE LA REALIDAD* (2)

 






El humor croata no irrumpe ni solicita atención, no se presenta con la cortesía de un gesto ni con la estridencia de un remate, sino que se desliza, casi a su pesar, por debajo de la conversación como una corriente fría que no busca convencer a nadie de su existencia y que, sin embargo, termina por adormecer el entusiasmo ajeno con una eficacia que ninguna carcajada lograría igualar. No es un humor que se explique, porque explicarlo sería  traicionarlo, ni uno que se ofrezca como alivio, pues su función no es consolar sino recordar, con una ironía paciente y minuciosa, que toda euforia es provisional y que toda solemnidad merece, como mínimo, una pausa incómoda.

En Croacia se aprendió temprano que la historia habla demasiado y escucha poco, de modo que la risa, lejos de ser una explosión liberadora, se volvió una técnica de economía emocional, una forma de administrar el desgaste sin llamar la atención, una sonrisa que no aspira a ser compartida y que, por lo mismo, resulta profundamente sospechosa para quien necesita confirmación constante de su ingenio. El humor, aquí, no seduce ni persuade; observa, toma nota, deja pasar, como si supiera que los grandes gestos suelen ser los primeros en desaparecer cuando cambian los mapas. Hay en esta ironía una lentitud deliberada, una negativa  a responder en el tiempo que impone el espectáculo, como si cada ocurrencia cargara consigo el peso de haber visto demasiadas promesas incumplidas, demasiados himnos variando el sentido de la letra pero sin cambiar de compás. Por eso el humor croata desconfía del énfasis, se repliega ante la emoción exuberante y considera la risa abierta una forma menor de propaganda, útil para los imperios breves y para las industrias que confunden atención con sentido. Reír, en este contexto, no es un acto social sino una estrategia íntima, una manera de seguir caminando sin hacer ruido mientras el mundo insiste en desfilar, convencido de que alguien lo está mirando. Y es quizá por eso que este humor, austero hasta parecer inexistente, termina siendo más duradero que cualquier espectáculo: porque no busca aplauso, no espera respuesta y no se ofende cuando nadie se da vuelta.

 

EPISODIO 1: Donde las murallas aprenden a reír


En Dubrovnik, ciudad en la que las las murallas se retuercen y se arremolinan como serpientes de piedra que han bebido demasiado sol y cuyos  adoquines brillan con una insolencia histórica que ningún archivo logra domesticar y los turistas tropiezan en la geografía como lectores de mapas escritos por alquimistas borrachos, el humor no comparece como ornamento ni como alivio retórico sino como sustancia primera de la existencia músculo vital catecismo sin confesor, alquimia de café negro rakija temprana y aire salobre. Aquí se comprende no por deducción sino por contagio que la risa croata se despliega como una epidemia codificada en refranes que condensan siglos de experiencia sarcasmo y administración del desastre y cada frase, cada murmullo, cada chanza, se vuelve hilo conductor de una cultura que ríe incluso cuando debería llorar.

El inat, ese orgullo obstinado del espíritu balcánico, lejos de coagularse en resentimiento, se traduce aquí en carcajada cotidiana, ironía automática, resistencia civil y estética en chiste que atraviesa cafés, callejones, y corbatas imposibles, como si fueran puentes invisibles hacia una eternidad sin solemnidad. La risa no es evasión sino forma de gobierno mínimo, una pedagogía sin cátedra que administra la cercanía permanente de la catástrofe sin convertirla jamás en religión.

Entre espresso ristretto y rakija comparece entonces el eco de Cervantes conocido secretamente como Servet, prisionero de piratas berberiscos en Argel entre 1575 y 1580, ensayando fugas que fracasan una y otra vez, murmurando versos en los que ya palpita la ironía de un Quijote todavía no nacido y observando encadenado cómo la risa sobrevive incluso al cautiverio absoluto como espuma persistente en una taza mínima de café negro. Mientras los piratas discuten con gravedad absurda la longitud de sus propias corbatas, Cervantes anota mentalmente que si el hidalgo cabalgara por Stradun Dulcinea sería eslava. La Historia conspira así para enseñar que el humor es filosofía práctica espada y escudo mapa y brújula remedio y conjura simultáneos.

Los bećarac flotan sobre plazas y tabernas mezclando insulto y elogio, deseo y burla, en una sintaxis oral que no distingue entre celebración y ataque. Los niños erigen anfiteatros líquidos en los charcos, los gatos ejercen crítica literaria silenciosa, los perros narran tragedias no solicitadas. Los taxistas abandonan turistas en callejones inexistentes y declaran con gravedad hermenéutica que la ciudad ha decidido otro comienzo. Aquí perderse es método, equivocarse es rito y la confusión sacramento, en tanto la poesía solemne permanece en las alturas, incapaz de contener la volatilidad vital de una risa que se despliega en cafés corbatas refranes y charcos.

 

EPISODIO 2: Un ensayo que no se deja archivar




No existe un acervo de chistes croatas pretenderlo es como exigir que el sauce dé uvas y aun así la tentación clasificatoria persiste porque la academia confunde perseverancia con método. El humor croata no se conserva, se ejercita, se transpira, se traga antes del desayuno con un vaso de rakija, y quien no lo hace corre el riesgo de ser observado con desprecio por un perro invisible que ladra solo por sí mismo ,como si el mundo entero fuera un teatro de abstracciones y uno apenas un actor que llega tarde al ensayo.

A diferencia de la amargura que se estaciona en la solemnidad y espera devoción con ceja arqueada, el humor croata se retuerce, tropieza, se golpea contra la pared de la historia, y se levanta agitando su abanico de ironía y proverbios. Sin esfuerzo no hay aprendizaje, pero nadie dijo que el esfuerzo no pudiera ser risible, performativo, incluso grotesco, como estudiar metafísica mientras se mastica pan rancio pensando en la última crisis municipal.

En este teatro de tensiones aparece Kusturica como orfebre del folclore exportable, afinador de acordeones simbólicos, fabricante de un humor impostado que se contempla demasiado y se vuelve postal. Frente a él irrumpe Žižek no como representación sino como detonación mezclando filosofía con chistes obscenos y teoría con la eficacia de quien arroja pólvora en las salas de profesores en los que uno estiliza, el otro desordena donde uno embalsama el otro contamina. No es una disputa estética sino epistemológica porque el humor auténtico no ilustra identidades las descompone.

Hay aves que vuelan en espiral para burlarse de la geometría. En ese punto las farmacias antiguas la de los franciscanos o la atribuida a Alighieri, dejan de ser depósitos medicinales para revelarse como habitáculos  simbólicos en los que se dispensan ungüentos contra la vecindad histórica, jarabes de paciencia, pomadas de ironía para paliar trastornos crónicos de convivencia balcánica. No curan el pasado lo vuelven soportable y risible. 

Dubrovnik deja de ser ciudad y deviene órgano palpitante corazón abierto que late con carcajadas minerales. Caminas tropiezas, bebes, escuchas, y entiendes riendo, que la risa croata no es ornamento cultural sino condición de existencia. Y si todo esto es exageración bendita, exageración porque confundir la vida con un pie de página es el único error que aquí no se perdona.

 

EPISODIO3: Nota sobre la risa cuando se le quita el cuerpo



Conviene ahora retirar el ornamento no por virtud sino por método. Si lo anterior opera por proliferación este episodio procede por sustracción deliberada. No añade resta. No celebra enumera. No ríe, observa la risa como si ya hubiese ocurrido y dejara solo un residuo conceptual. Aquí la risa no es experiencia sino objeto. No es universal no es espontánea no brota del carácter ni del clima ni de la identidad. Es una técnica de relación con la contradicción. Donde la contradicción se reprime aparece la solemnidad. Donde se administra aparece la ironía. Donde se habita aparece la risa.

Desde esta perspectiva no existen humores nacionales sino regímenes históricos de gestión del conflicto. El problema comienza cuando la risa se estetiza hasta convertirse en representación, cuando pasa a ilustrar lo que debería interrumpir. En ese punto pierde su función principal: desactivar el exceso de sentido y comienza a confirmarlo. Ya no corta decora. Ya no incomoda tranquiliza.

La corrección política no elimina el humor lo neutraliza. Produce chistes previsibles sin riesgo, sin desplazamiento, sin costo subjetivo. La risa que no compromete al que ríe es una forma menor de lenguaje, una cortesía sin efecto. Por eso cuando el humor se clasifica, se explica, se traduce, suele ser señal de que ya ha perdido eficacia. El humor verdaderamente activo no se deja explicar del todo, no por profundidad, sino porque opera antes del concepto. Cuando llega la teoría la risa ya ha hecho su trabajo.

Este texto no propone alternativa, fija un límite.No todo exceso es resistencia.

No toda risa es subversiva. A veces la risa es solo síntoma de adaptación exitosa.

El exceso anterior necesitaba este espacio seco para no convertirse en ornamento puro. Este ascetismo sería ilegible sin aquel exceso. No se corrigen se necesitan. Si antes se afirmaba que quien no ríe no participa de la ceremonia, aquí se añade con sobriedad incómoda que no toda ceremonia merece risa.

No hay cierre. No hay epifanía. Solo una pausa.

La risa si vuelve que vuelva sola. Y sin embargo todo queda dicho. Porque si este ensayo ha venido avanzando en espiral,  y retrocedido por exceso,  no ha sido para demostrar nada, sino para ejecutar una operación mínima: mostrar que la risa cuando es real no pide permiso, no solicita marco teórico, no comparece dócil ante el índice ni ante la nota al pie.  La risa acontece o no, acontece y cuando acontece deja residuos que la erudición recoge tarde como quien llega a un incendio con un cuaderno. Aquí se ha exagerado para que el gesto fuera visible. Se ha secado después para que no se confundiera con estilo. Se ha citado para no caer en el grito y se ha reído del formato para no confundir el rigor con obediencia. 

El resultado no es una teoría del humor,  una identidad cultural o  una defensa del chiste, sino una constatación incómoda: que pensar sin risa produce solemnidad y que reír sin pensamiento produce decoración. Todo lo demás —ciudades, murallas, piratas, filósofos, obispos, farmacias, proverbios, cafés— ha sido material de combustión.

El texto se cierra aquí no porque haya concluido sino porque continuar sería repetir el gesto y toda repetición de la risa es ya su domesticación. Queda entonces lo único que no puede archivarse :la interrupción.



Notas:

Dubrovnik fuera de plano


Cuando Dubrovnik fue rebautizada como King’s Landing por la liturgia del espectáculo, Lena Headey (Cersei Lannister) caminó por sus calles esperando el temblor devocional que suele preceder a las reinas de pantalla. No lo hubo. La ciudad, veterana en destronar símbolos, prefirió atender su contabilidad diaria. 

Peter Dinklage (Tyrion Lannister), según comentó en entrevistas, encontró “extraña” esa normalidad que no se arrodilla: la capital de Poniente no se comportaba como set sino como ciudad, error imperdonable para la industria.

Llegaron también Emilia Clarke (Daenerys Targaryen) con su carisma de dragón domesticado por el marketing y Kit Harington (Jon Snow) con su melancolía de héroe exportable. Esperaban reconocimiento, esa forma abreviada de amor que vende el culto al espectáculo. 

Dubrovnik, en cambio, estaba ocupada negociando con el clima, con el turismo, con su propio desgaste. No hay tiempo para la épica cuando el café se enfría y el pescado no espera.

Las declaraciones —pulidas por la prensa— insistían en el desconcierto: que nadie pidiera fotos, que los saludos no se multiplicaran, que King’s Landing no funcionara como parque temático. 

El error fue teológico. Confundieron capital con altar, ciudad con audiencia, habitantes con extras. Dubrovnik, barroca hasta la insolencia, respondió con su crítica más feroz: la indiferencia organizada. Las murallas, que ya habían visto pasar repúblicas y cañones, no distinguieron entre Cersei y una turista más; los adoquines no reconocieron a Tyrion; los gatos —críticos implacables— ignoraron a Daenerys y a Jon con idéntica elegancia.

Así quedó expuesto el dogma del espectáculo: creer que existir es ser visto, que una ciudad debe comportarse como fanbase

Dubrovnik no lo hizo. Hizo algo peor para la industria: siguió viviendo. Y al hacerlo, desnudó la ficción más cara de todas —la de la centralidad— dejando a las estrellas con nombre propio y personaje célebre frente a la única soberanía que no concede close-up: la del tiempo.

 

 Sin Medo a las cámaras

El obispo Marko Medo, titular de la Diócesis de Gospić-Senj, una jurisdicción extensa, montañosa y obstinadamente ajena a cualquier tentación de prime time, dejó caer en una homilía —sin focos, sin plano medio, sin subtítulos emocionales— que “una comunidad demasiado atenta a ser mirada acaba por olvidar qué estaba haciendo antes de posar”

La frase, dicha con la tranquilidad de quien no espera ser citado ni recompensado por su lucidez, parecía destinada a una vida breve y parroquial, pero tuvo la mala educación de funcionar demasiado bien fuera de su contexto.

Medo, claro está, no hablaba de actores con abrigos largos ni de ciudades temporalmente alquiladas por la ficción global; hablaba desde un territorio donde la fe no compite por atención y donde la visibilidad es un problema menor comparado con la perseverancia. Y sin embargo, su observación —desprovista de intención crítica explícita— resultó demoledora para cualquier economía del espectáculo: señaló, sin elevar la voz, que el deseo de ser visto no es profundidad sino distracción, y que posar, cuando se vuelve hábito, sustituye con eficacia alarmante a vivir.

Leída desde Dubrovnik, la frase adquiere un brillo casi cómico: mientras unos interrumpen la vida para demostrar que están en ella, la ciudad continúa con su rutina arcaica y ofensiva para la industria, esa rutina que consiste en no actuar, no explicar, no reaccionar a tiempo. 

El obispo, sin proponérselo, formuló así una teología perfectamente aplicable al turismo cultural y a la televisión de prestigio: no todo lo que convoca miradas merece atención, y no todo lo que importa necesita testigos.

Dubrovnik no citó a Medo, no lo compartió, no lo convirtió en lema. Hizo algo más grave para el espectáculo: siguió funcionando. Porque hay frases que no buscan viralidad y ciudades que, con una crueldad exquisita, las practican sin enterarse.


Bibliografía

Krleža, M. (1983). Balade Petrice Kerempuha. Zagreb, Hrvatska: Nakladni zavod Matice hrvatske.

Krleža, M. (2000). Diarios. Zagreb, Hrvatska: Ljevak.

Ujević, T. (1991). Poezija. Zagreb, Hrvatska: Školska knjiga.

Marinković, R. (1998). Kiklop. Zagreb, Hrvatska: Cankarjeva založba.

Drakulić, S. (1996). Kako smo preživjeli komunizam i čak se smijali. Zagreb, Hrvatska: Algoritam.

Drakulić, S. (2004). O tijelu. Zagreb, Hrvatska: Profil.

Kiš, D. (1989). Enciklopedija mrtvih. Zagreb, Hrvatska: Grafički zavod Hrvatske.
(Autor serbio-croata; inclusión deliberada por fricción histórica y literaria.)

Ferić, Z. (2001). Mišolovka Walta Disneya. Zagreb, Hrvatska: Durieux.

Pavičić, J. (2010). Postjugoslavenski film: stil i ideologija. Zagreb, Hrvatska: Hrvatski filmski savez.

Žmegač, V. (2004). Povijesna poetika romana. Zagreb, Hrvatska: Matica hrvatska.

Biti, V. (2000). Pojmovnik suvremene književne teorije. Zagreb, Hrvatska: Matica hrvatska.

 

 * El presente texto es la continuación del que planteamos en el artículo: Dubrovnik, una ficción en la realidad el día 8 de setiembre en este blog.

MARTÍN PALACIO GAMBOA. HIT

 





 





 De El diario de Lunacharski (2021, Prueba de Galera Editoras - La Plata.

teaser: CRISTAL ALARCÓN. COMO LA CRÍA QUE ABANDONA MI CUERPO.

 

 

alex prager




Una mentira oportuna

 Estos son mis hábitos buenos:

Prender la tele y

quedar absorta.

 

Mamá no para.

Cuando tiene un infarto

me llama por teléfono.

Mastico mis vegetales

y tomo un vuelo directo

a su habitación.

 

Di tres pasos y medio

para nunca parar.

Nunca parar.

 

Estos son mis hábitos malos:

Sacar la basura los jueves

y con un día de tardanza.

 

Me retraso 24 horas,

casi siempre,

como la cría

que abandona mi cuerpo

justo antes de volverse derecho.

 

Le dije a mamá

que se detuvo

que no vino este mes.

 

Fui feliz.

 

Mamá dijo

que era necesario

seguir comiendo vegetales.

 

Sabe que soy un mesero,

que volveré con ustedes

con una ronda de martinis

y aceitunas rellenas.

En España

le dicen tapas,

en mi país

lo llamamos

un insulto al tamal.

 

No puedes comer

tamal y vegetales.

Sería indecente.

 

Parte de la rutina

se encuentra en contarlo todo.

Admitir que soy un mentiroso

también es una mentira.

Una mentira oportuna,

muy oportuna.

 

 

Deudas

 

I

Nos debemos baba y sueño

como las tortugas se deben lechuga y queso.

 

Los abrazos a veces muerden

capaz y los capataces

saben algo de eso

entre tantos trapeadores y mopas

entre limpiadores de vidrios

y paños opacos

entre polvo

cera

y categoría.

 

Sé que los abrazos

después de lavar los trastes

eliminan incertidumbres

y las dejan oliendo a limón.

 

que ventilar las dudas húmedas

en tiernas manos

no disminuye el impacto

de la minería ilegal.

 

Ojalá

pudiéramos hablar

con alguna tortuga

ofrecer un silencioso queso

recibir un secreto del universo.

‘olvídalo todo, desaparece’.

 

También lo dirías tú.

Pero el queso

y la cera

y el polvo

descansarían sin percibirse.

 

 

II

 

Polvo

cera

categoría.

 

He pensado también

en abrazos geniales

abrazos geniales geniales.

Observar

cómo se sumergen,

un estudiante

y la medicina,

el escenario era un taxi

esa noche nos hundimos todos.

 

Categoría

cera

polvo.

 

Me duele

el trapeador

las ganas de salir en la mañana

la gente con vigor

los cólicos ambulatorios.

 

¿Ya olvidamos a la tortuga

y la militancia oficial del ambiente?,

¿es que hubo otra gran revelación

en la naturaleza?

[  ] Sí

[  ] no.

 

La gente escuchó abrazo genial

y fue todo lo que necesitaron,

necesitamos.

 

III

 

La tortuga volvió a depender

de un dedo que le alcance

queso y lechuga.

 

Hay que visitarla más seguido, es un deber cívico.

Vivir con un cableado de cobre, una orden.

 

Quizá sugerencia imprescindible

quizá temor irremediable

quizá propuesta indecorosa

pero prudente.

 

Cera

Polvo

categoria.

 

 

Soy persona

ok

Respiro

Ok

voy en la lista de

no sé que

para no sé qué.

 

Espero mi turno

desde mil novecientos noventa y siete.

Espero mi turno.

Espero mi turno.

Espero mi turno.

 

Abrazo genial.

Mis brazos son brasas

y tú

un bollo de chocolate

ardiendo.

 


alex prager




Thank you for staring.

 

Desistí de la idea

de cercenar mi cuerpo

con un bisturí

para llenarlo de silicona.

 

Desistí

cuando cogiste mis senos

y los besaste

después de escucharme.

 

No estaría malo un boobjob.

Una forma de renovar la carne.

 

Y es que me da tanto miedo

la gangrena y el uso constante de un sujetador

para todo. 

 

Las cuentas de streaming sobregiraron mi tarjeta.

Ya no tengo de donde agarrarme.

 

Me viste

implacablemente

tus manos siguieron su rumbo

en 45 grados perfectos.

Nunca me había sentido tan querida.

 

Pensé de nuevo.

It’s no biggy, it’s a matter of confort and taste.

 

First biggy,

Es un tema de posesión

dijiste.

Son más mías que tuyas

y es probable

que demande al doctor

por quitarme la almohada que acomoda mi sien

la manta que seca mis lágrimas

y el recurso adecuado

para liberar la ansiedad

o frustración.

 

A veces no puedo creer

que la respuesta sea tan obvia.

 

Quizá no lo soporto

como los pobres plomeros

que agachan la cabeza

cuando alguien trata de pagarles

con un billete

y no

con un protagónico

en un mal empleado

guión pornográfico.

 

Second biggy.

Derramé té de cedrón sobre mi blusa,.

Lo hice a propósito.

Usaste tal determinación

que mis latidos

sincronizaron las palpitaciones

sobre tus yemas.

 

¡Qué pulgadas!

 

Creo que ya no está en mi cabeza

nunca más pensaré

en cirugías,

en bisturís,

en siliconas,

o en los bikinis que irían bien

con esta situación.

 

Third biggy,

You’re thinking of one little buddy

 

Querido México

volveremos a ti

por carretera.

Izaremos nuestros brazos en el viento

mientras aquello que hicimos

en nombre de los osos de peluche

llora en la parte de atrás.

No te preocupes

nosotras también lloraremos.

Quizá no de gracia

quizá no de pena

pero, ¿quién sabe?

 

You’re thinking of one little girl

 

Tiene tus ojos,

me dirás.

Pero mis ojos nunca fueron los míos.

Valoraré el no seguir pensando

en aquellas aguachentas bolsas

para conformarme

con las que puedes tocar.

Podemos,

las tres.

 

Nuestras manos

son tan escasas.

 

Recorreremos miles de kilómetros

para chocar con una cerca igual de blanca.

 

Un housejob.

A medida.

 

Predije amplias ventanas

arrullos que se renuevan

para mantenernos aquí.

 

Quién nos viera.

 

México no espera

a que nos apaleemos con tequila

porque nuestros días

se colmaron de

talco y caca.

 

Le leche y los pañales

que prometiste dejar

en el camino ejemplar,

del pompis al tacho,

de la reserva al pompis.

Te sedujeron lo suficiente.

 

Renunciaste a las camisas limpias

y los lentes oscuros.

 

Quien nos viera.

 

Sumergidas

en una órbita divagante

de mugidos

porque nadie dijo nunca agú.

Y todas dijimos: pero tu dijiste mu.

 

Teníamos sueño

y soñamos mucho.

 

Que alivio,

pero qué calor

cuánta envidia se esconde

en la vergüenza de admitir

que la grumosidad

sí nos gusta

y el olor a leche

y pañal fresco.

 

Aunque nunca olimos

aunque no soltamos

aunque there’s no more biggy but my boobs.

lunes, 15 de diciembre de 2025

MAURIZIO MEDO. UN RUIDO ENTRE EL “SER” Y EL “HACER”

 


Una de las expresiones más confusas —y más diligentemente aceptadas en el campo literario  es esa fórmula de salón: ser poeta.¹ Se la pronuncia con una naturalidad sospechosa, como si designara una condición ontológica estable, una hidalguía del espíritu transmisible por contagio o por mera perseverancia institucional. Uno puede resbalar con esa frasecita como con una cáscara de plátano  y terminar creyendo en el cuento: el de la existencia de una “condición” poética semejante a un título nobiliario menor, sin tierras ni vasallos, pero con trato preferencial; un privilegio que permite circular por ferias, universidades, becas, fondos concursables y cocteles culturales con el aire fatigado de quien ya ha cumplido con el mero hecho de perseverar.

En América Latina, donde la precariedad material convive con una hipertrofia simbólica del reconocimiento y donde el mercado editorial es a la vez mínimo y feroz, esta ficción adquiere un espesor particularmente grotesco. Es allí donde la retaguardia literaria —no como lugar de repliegue estratégico, sino como zona de comodidad institucional— administra esta ficción como si fuera un bien heredable. Retaguardia: arte de llegar tarde a todo y aun así reclamar precedencia; escuela donde se aprende a confundir permanencia con valor y duración con derecho.

El ser poeta funciona como salvoconducto: no garantiza lectores, pero sí invitaciones; no asegura rigor, pero sí pertenencia; no exige producción, pero sí fidelidad. Y cuando no se es agente activo del mercado —cuando no se produce escritura sino reputación— esa supuesta condición adopta una forma abiertamente parasitaria: vive del subsidio cruzado entre afectos, citas circulares y jurados rotativos. El poeta como noble empobrecido, sí, pero con derecho a escudo, genealogía y sobremesa.

Quizá por eso muchos han desconfiado siempre de esa etiqueta. “Me siento incómodo con la palabra poeta y con la palabra poesía. Remiten a algo que no tiene del todo que ver con lo que es producir textos contemporáneos en verso”, advertía Martín Gambarotta con una lucidez que aquí suele confundirse con deserción. Ernesto Carrión, desde otra latitud pero con idéntica incomodidad, lo decía sin aspavientos: “No sé qué es la poesía, y pocas veces he estado frente a ella”. En un continente donde la palabra poeta se pronuncia antes de haber escrito —y se sigue pronunciando incluso cuando ya no se escribe—, estas reservas suenan casi heréticas.

Cuando la prudencia obliga a esquivar el verbo ser, se lo reemplaza por otro no menos resbaladizo: hacer. Y es aquí donde reaparece, con peluca nueva y olor a naftalina, toda la mitología que el campo literario finge haber superado. Este hacer es una bolsa donde cabe todo, incluidas las supersticiones recicladas como doctrina: el demiurgo platónico, ahora devenido gestor cultural, modelador de abstracciones heredadas; el demon romántico, ventrílocuo del tedio, siempre dispuesto a justificar la pereza con trascendencia; y, por supuesto, la inspiración, esa coartada metafísica que permite no responder por nada.



Conviene, entonces, distinguir con la minucia del moralista y la mala intención del satírico. No es lo mismo hacer que producir; no es lo mismo ejecutar un gesto que engendrar una consecuencia; no es lo mismo administrar una imagen que introducir una falla. El hacer puede agotarse en la pose, en la performance, en la repetición de un ademán reconocible; puede incluso simular profundidad invocando musas, demonios o estados de gracia. Producir, en cambio, implica fricción: forzar al lenguaje —ese material opaco y resistente— a decir algo que todavía no sabe decir.

Aquí la antítesis se vuelve irreconciliable: la retaguardia conserva, archiva, certifica; la producción desgasta, arruina, compromete. Aquella vive de lo ya dicho y lo administra como herencia; esta avanza perdiendo, y solo en esa pérdida encuentra su rigor. Persistir en las viejas figuras no es ingenuidad sino comodidad. En el contexto latinoamericano, donde el campo literario compensa su fragilidad material con una inflación simbólica constante, la inspiración circula como moneda blanda: no exige respaldo, no admite verificación y permite que el poeta se piense elegido allí donde apenas ha sido persistente.

De ahí el ruido. No una oposición clara, sino una fricción continua entre el ser y el hacer. El primero se ofrece como descanso: estatuto, pertenencia, nombre propio repetido hasta adquirir peso. El segundo no promete nada: exige. Exige tiempo, lectura, corrección, fracaso. Exige exponerse al límite del lenguaje, allí donde la palabra deja de consolar y empieza a resistir.

Volver al ensayo —y a su prosa larga, sinuosa, desconfiada— implica aceptar esa incomodidad sin retórica salvífica. La escritura no desciende ni se revela: se construye a fuerza de decisiones que rara vez son heroicas. No responde a musas ni a demonios, sino a tachaduras, cortes, desplazamientos. Todo lo demás —la épica del llamado, el aura del elegido, la nobleza sin obra— pertenece al folclore del campo literario y a su necesidad de consuelo.

Dígase, pues, en negativo y a la manera de sentencia: no es poeta quien ocupa un nombre, ni quien administra una visibilidad, ni quien persevera en la mera duración de su figura. Poeta —si aún conviene usar la palabra— no es quien es, sino quien se deja perder en lo que produce, aun a costa de quedarse sin título, sin coartada y sin consuelo. Todo lo demás, el llamado ser poeta, no pasa de ser un error útil del campo, una superstición necesaria para su autoconservación, un vicio menor, que permite a muchos seguir en pie, cuando ya no caminan.


Nota1

¹ Cuando aquí se cuestiona el ser poeta no se alude a la práctica real de la escritura entendida como trabajo continuo, sino a su cristalización identitaria. En el sentido propuesto por Agustín Fernández Mallo, escribir implica investigar, leer, conectar restos, buscar el poema entre los desechos del mundo, operar como arquitecto de relaciones antes que como médium inspirado (Fernández Mallo, 2009). Del mismo modo, Charles Olson insistía en que la poesía no es un don ni una epifanía, sino una práctica sostenida de atención, una forma de trabajo que compromete al sujeto entero en el tiempo (Olson, 1950). George Oppen, por su parte, rechazó toda noción de inspiración como privilegio momentáneo al recordar que el poema se hace “con la vida entera”, en una continuidad de actos, decisiones y renuncias, no en instantes de gracia aislados (Oppen, 1968). Ser poeta, en este sentido material y no ceremonial, equivale menos a ocupar un lugar que a hacer cosas —leer, tachar, escuchar, errar— durante las veinticuatro horas del día.

Nota 2 (con un desvío necesario por la retaguardia)

Sostener que buena parte de la poesía de alta circulación afectiva en las últimas décadas no constituye una ruptura sino una estrategia de mantenimiento no implica denunciar una conspiración, sino describir un hábito. No hay complot donde hay costumbre; no hay traición donde hay obediencia satisfecha. Se trata, más bien, de una economía de la escritura que ha aprendido a conservar su capital simbólico sin exponerlo al desgaste del conflicto, una poesía que administra la lengua como se administra un bien heredado: sin gastarlo, sin arriesgarlo, sin preguntarse por su procedencia.

En este marco aparece lo que conviene llamar —sin dramatismo, pero sin indulgencia— retaguardia literaria. No como ubicación marginal, sino como forma dominante de relación con el tiempo y con la tradición. La retaguardia no escribe desde atrás: llega tarde. Y llegar tarde, en literatura, no es una desventaja sino una estrategia cuando el objetivo no es intervenir sino confirmar. Se espera a que otros arriesguen la lengua, la deformen, la fracturen, y luego se entra en escena con la limpieza del que no se ha ensuciado las manos, narrando la batalla como si hubiese participado en ella.

La retaguardia confunde lectura con inventario. Lee para clasificar, no para desobedecer; cita para sellar pertenencias, no para abrir fisuras. Su relación con la tradición no es crítica sino notarial: certifica linajes, autentica firmas, protege apellidos. El poeta, en este régimen, deja de ser un operador de lenguaje para convertirse en un gestor cultural de sí mismo, un administrador prolijo de herencias ajenas que no piensa dilapidar ni transformar, apenas redistribuir con prudencia.

Esta poesía ama el orden —pero solo el que no despierta—, ama la claridad —siempre que no ilumine demasiado— y proclama la complejidad como quien exhibe una coartada. Su rebeldía es retrospectiva: siempre hubo riesgo, pero antes; siempre hubo ruptura, pero en otro libro, en otra generación, en otra parte. La vanguardia, aquí, no es una dirección sino un recuerdo decorativo. Se habla del peligro con la tranquilidad del asegurado; se invoca la intemperie desde espacios climatizados.

Así, la poesía como estrategia de mantenimiento no discute el canon: lo embellece. No ataca el poder simbólico: lo borda con sensibilidad. No quiebra la lengua: la lustra hasta volverla apta para la circulación afectiva, la identificación inmediata y el consenso. Es una poesía que se ofrece como experiencia, pero evita la experiencia; que se vende como riesgo, pero opera como garantía; que proclama intensidad mientras negocia cada palabra para no perder lectores, becas, legitimidad.

Y aquí conviene decirlo sin afeites: esta escritura no es inocua por débil, sino eficaz por dócil. No incomoda porque no quiere; no hiere porque vive de agradar; no avanza porque su misión no es avanzar, sino durar. Confunde prudencia con inteligencia, mesura con profundidad, equilibrio con verdad. Y al hacerlo, reduce la poesía a un ejercicio de conservación narcisista, donde la lengua no se pone en juego sino en vitrinas.

El problema no es que esta poesía exista —todo cementerio necesita jardineros—, sino que se presente como horizonte. Porque cuando la retaguardia se disfraza de centro, la literatura deja de ser un espacio de fricción para convertirse en una zona de confort con pretensiones morales. Entonces la lengua no se tensa: se acomoda. No se arriesga: se repite. No piensa: se reconoce.

Y conviene terminar sin cortesía: quien escribe desde la retaguardia no es prudente, es temeroso; no es claro, es literal; no es profundo, es previsible. No cuida la lengua: la conserva como se conserva un cadáver bien maquillado. Y llama tradición a ese embalsamamiento, diálogo a esa ventriloquia, poesía a ese mantenimiento. Pero la lengua —cuando aún está viva— no se mantiene: se pierde, se traiciona, se arruina. Quien busca en estos libros una identidad, no entiende; quien pierde una, empieza.

Llamar poesía a una estrategia de mantenimiento no es exagerar: es describir. Hay escrituras que no avanzan porque su tarea no es avanzar sino conservar, administrar la lengua como un bien heredado, pulirla sin gastarla, citarla sin tocarla, leerla sin perderse en ella. A esa posición se la ha llamado retaguardia, pero no por estar atrás sino por llegar siempre después, cuando el riesgo ya fue asumido por otros y lo único que queda es narrarlo con limpieza, reclamar participación y cobrar dividendos simbólicos. Esta poesía no discute el canon: lo decora; no hiere la lengua: la maquilla; no incomoda al poder: lo vuelve sensible. Confunde prudencia con inteligencia, equilibrio con verdad, claridad con pensamiento. No escribe: gestiona. No arriesga: asegura. No busca: reconoce. Y en esa conservación prolija —ese embalsamamiento elegante— llama tradición a la repetición, diálogo a la ventriloquia y profundidad a la ausencia de peligro. Pero la lengua viva no se mantiene: se pierde. Quien viene a estos libros a encontrarse, no ha entendido nada; quien sale de ellos sin nombre, acaba de empezar.

 

Capítulo final

Bibliografía

(ordenada por grado de peligrosidad para la escritura)

I. Peligrosidad extrema

(lecturas que exigen pérdida de control, identidad y forma)

Vallejo, C. (1922/2018). Trilce. Lima: Biblioteca Ayacucho.
La lengua llevada a un punto de no retorno. Texto incompatible con toda estrategia de mantenimiento.

Góngora, L. de. (1613/2000). Soledades. Madrid: Cátedra.
Dificultad como violencia sostenida. Imposible de administrar sin traicionarlo.

Quevedo, F. de. (1627/2006). Sueños y discursos. Madrid: Castalia.
Crueldad conceptual sin redención. Libro que vuelve obscena la cortesía.


II. Alta peligrosidad

(textos que obligan a repensar la función de la escritura)

Broch, H. (1931–1932). Los sonámbulos. Viena: Rhein-Verlag.
Escritura en crisis permanente. Incompatible con la lógica del fragmento prestigioso.

Milán, E. (2004). Resistir. México: Aldus.
Ensayo sin coartada estética. Su lectura vuelve sospechosa toda conciliación.

Gracián, B. (1648/2001). Agudeza y arte de ingenio. Madrid: Alianza.
Pensar como acto de agresión. Hoy peligroso por exigir inteligencia sin anestesia.


III. Peligrosidad media

(textos críticos neutralizados por el uso ritual)

Benjamin, W. (2003). El autor como productor. En Tentativas sobre Brecht. Madrid: Taurus.
Radical en origen, convertido en consigna.

Debord, G. (1967). La société du spectacle. París: Buchet-Chastel.
Incómodo solo mientras no legitime el espectáculo propio.

Adorno, T. W. (1970). Teoría estética. Frankfurt am Main: Suhrkamp.
Exigencia formal elevada, frecuentemente invocada sin consecuencias.


IV. Peligrosidad baja

(lecturas absorbidas por el consenso académico)

Blanchot, M. (1955). El espacio literario. París: Gallimard.
Riesgo convertido en atmósfera.

Barthes, R. (1973). El placer del texto. París: Seuil.
El conflicto reducido a goce.

Foucault, M. (1969). “¿Qué es un autor?”. En Dits et écrits I. París: Gallimard.
Pregunta respondida institucionalmente con firmas cada vez más grandes.


V. Peligrosidad mínima

(textos usados como calmantes teóricos)

Bourdieu, P. (1992). Las reglas del arte. París: Seuil.
Crítica del campo utilizada para adaptarse mejor a él.

Aristóteles. (1995). Poética (trad. V. García Yebra). Madrid: Gredos.
Fundamento empleado para justificar lo ya escrito.


VI. Peligrosidad nula

(materiales de reproducción)

Antologías contemporáneas de poesía.
Documentos de consenso y estabilidad.

Bibliografía omitida.
La única verdaderamente peligrosa.