jueves, 1 de enero de 2026

APUNTES: YEAR AND YEARS: ¿ESTAMOS BIEN, TODAVÍA?

 




Hay una tristeza que se desliza por cada rendija, una humedad de tiempo y memoria que se introduce en la carne de lo cotidiano y en la conciencia de quienes observan sin poder intervenir, una tristeza que se expande como luz de neón en habitación oscura, como zumbido constante de drones que nadie recuerda haber encendido, mientras el mundo se desarma con la parsimonia de un reloj roto y la coreografía exacta de un universo que se burla de sí mismo, de nuestra insignificancia, de nuestras esperanzas de orden y estabilidad, y yo, pobre escriba condenado, me río de mí mismo mientras intento capturar con palabras lo inabarcable, como si la ironía pudiera levantar un muro contra el colapso, como si cada frase fuera un chaleco antibalas para la conciencia, inútil, claro, absolutamente inútil.

Las noticias, las notificaciones, los algoritmos que calculan nuestras vidas, las listas interminables de tareas, los tutoriales que prometen bienestar, los filtros que prometen felicidad: todo eso aparece como rituales grotescos, espectáculos de absurdo, combinando la crueldad de Gilliam, la precisión de Haneke y la sátira social que nos recuerda que somos los protagonistas de un sketch que nadie pidió y que nos están cobrando en cuotas. La mayoría postergada —nosotros— contemplamos, analizamos y diagnosticamos nuestras ansiedades a través de pantallas que prometen claridad y solo entregan vigilancia, rutinas, cifras y procedimientos que no sirven sino para recordarnos que cada gesto humano es parte de un sistema que nos excede y nos condensa al mismo tiempo, y yo me río de mí mismo por pensar que podría entenderlo.

Muriel Lyon se yergue en este paisaje como Yocasta contemporánea, abuela profética y testigo de lo inevitable, observando a sus hijos y nietos, el mundo que los rodea y los fragmentos de historia que se repiten sin pausa, registrando con una mezcla de ternura, culpa y cinismo, con la lucidez que hiere, cada signo de decadencia y cada indicio de catástrofe. Ve cómo los líderes autoritarios disfrazados de eficiencia avanzan, cómo los algoritmos deciden sobre la vida y la muerte cotidiana, cómo la crisis económica y social se multiplica y cómo la emergencia climática golpea sin tregua, cómo los desplazamientos forzados y la erosión de derechos fundamentales se convierten en paisaje normalizado, cómo la tecnología convierte la intimidad en exhibición, la vida en registro, el presente en archivo, y cómo todo esto se desarrolla ante nosotros con la paciencia de un depredador que sabe que no necesitamos advertencias, mientras yo me golpeo la frente y anoto: “qué estupidez pensar que los humanos tienen control”.

En medio de esta catástrofe que se desplaza como un insecto, el lenguaje de Ammons resuena como un eco fragmentario que atraviesa la conciencia de Muriel y la nuestra, recordando la acumulación y el azar de la existencia: “la basura / se derrama del camión / llevada por el viento a lo largo de la carretera / como un primer intento de crear un mundo”, un mundo que se ensambla de fragmentos, residuos y decisiones ajenas a nuestro control; “la carretera se extiende / sin fin / cubierta de lo que queda / del pensamiento de ayer”, como las calles de nuestra ciudad, como los días que se parecen unos a otros, como los algoritmos que deciden sobre nuestras vidas mientras seguimos registrando y midiendo, anotando rituales y gestos que nada detendrán, mientras yo agrego un comentario irreverente: “probablemente alguien en algún lugar esté usando esto como guía de supervivencia”.

El tiempo profano absoluto que describe Eliade se despliega en cada gesto, en cada notificación, en cada contrato que nadie lee; la disolución del centro que anticipa Guénon se refleja en nuestras vidas fragmentadas y en los valores que se desvanecen; la conciencia crítica que Zizek, Han y Fisher articulan se revela inútil frente a la inercia sistemática de lo inevitable; y los hombres huecos de Eliot caminan entre nosotros, rellenos de paja, conscientes de su vacío y de la imposibilidad de cambiar la trayectoria de un mundo que no tiene misericordia, que no espera, que avanza con la parsimonia del desastre anunciado, mientras yo me rio de la vana pretensión de la lucidez.

Todo esto se percibe como en un relato de Philip K. Dick: la realidad fragmentada, la identidad diluida, la certeza reemplazada por imágenes contradictorias y sistemas que parecen humanos pero que operan con lógica propia, indiferente a la moral, a la conciencia y a la historia. La percepción de Muriel se entrelaza con esta maquinaria intangible, donde la vigilancia no es externa sino interiorizada, donde cada recuerdo, cada gesto, cada decisión se convierte en un registro inevitable, un testimonio de lo que se ha vuelto inevitable y real, y yo me rio de mí mismo mientras intento describirlo sin que parezca desesperación pura, y probablemente fallo.

Cada fragmento de basura que Ammons observa se convierte aquí en metáfora de nuestras decisiones, nuestras rutinas y la infraestructura invisible que nos gobierna: “nada se pierde / solo se transforma / en aire, en sonido, en los ojos de un extraño”, como los días que Muriel observa, los movimientos políticos que registra, la información que circula y nos atraviesa, la memoria que construimos mientras somos testigos de lo inevitable y lo absurdo, mientras yo tomo nota y me río de la absurda pretensión de la narrativa.

Escribo desde la orilla de lo que ya ha comenzado a colapsar, desde la conciencia de que cada palabra es un acto de registro, un gesto irónico frente a la inevitabilidad, un guiño a los espectadores que miran sin ver y a los algoritmos que creen que nos gobiernan mientras nosotros seguimos midiendo, anotando y observando, mientras Muriel lo ve todo, advierte, murmura y registra, y mientras la realidad se despliega inexorable, hecha de fragmentos, basura, alertas, decisiones, presagios y humor negro que solo nosotros entendemos, como si la ficción se hubiera vuelto nuestro presente tangible y nosotros, a su vez, fuéramos los payasos que lloran y ríen al mismo tiempo.


Muriel Lyon: Yocasta y testigo de la catástrofe



Muriel Lyon no solo observa: habita la tragedia desde dentro. Cada palabra que pronuncia, cada silencio que deja, actúa como hilo conductor que nos guía por el colapso de su familia y, por extensión, de la humanidad. La voz de Muriel es Yocasta contemporánea, consciente de que su hijo y su mundo están destinados a sufrir las consecuencias de fuerzas que ella ya no controla. La abuela comenta, regaña, confiesa, y su voz se convierte en eco de todos los testigos postergados, la mayoría silenciosa que mira la vida consumida por la burocracia, el neofascismo y la vigilancia algorítmica.

“Nos prometieron un mañana brillante… y todo lo que tenemos son pantallas y formularios. Hasta los animales de mi nieto saben más de lo que debemos hacer que yo.” (Years and Years, 2019)

Muriel recuerda y predice. Sus monólogos se transforman en rituales de registro, donde la historia familiar se confunde con la historia de la catástrofe global, mientras su lenguaje se densifica, cargado de pausas, silencios y repeticiones. Su voz recuerda a Yocasta: conoce el destino y lo verbaliza con mezcla de amor, culpa y resignación.

“Cada decisión que tomamos… cada error que dejamos pasar… se multiplica… y ellos… los que vienen… ya saben lo que va a suceder… y nosotros… seguimos… revisando papeles… instrucciones… recetas… nada cambia… y todo continúa.” (Years and Years, 2019)

Aquí, la fragmentación del lenguaje refleja no locura, sino desesperación epistemológica: el lenguaje ya no puede contener la enormidad de lo que Muriel debe narrar. Es la tragedia de la conciencia en un mundo que ha perdido su centro (Guénon, 1927/2001), donde incluso el tiempo se ha convertido en un flujo profano absoluto (Eliade, 1959). La voz de Muriel, quebrada y repetitiva, es el registro de la precariedad de lo humano frente al transhumanismo y la administración totalitaria de la vida cotidiana.

“A veces… creo que no importa… que nada importa… y luego… veo la factura de la luz… y recuerdo… que todo sigue… como siempre… como siempre… y yo… todavía… contando… todavía… advirtiendo… como Yocasta… que nadie escucha.” (Years and Years, 2019)

Muriel, en su papel de Yocasta, se convierte en conciencia histórica, mediadora entre pasado y futuro, voz de la generación actual que observa la vida a través de pantallas y tutoriales digitales. Sus monólogos son archivos de la catástrofe, que registran la repetición de la tragedia en clave doméstica, familiar, política y social, mientras la mayoría postergada —nosotros— miramos sin intervenir, atrapados en la rutina de la vigilancia y la autooptimización (Han, 2017; Fisher, 2009).

“Nos dijeron que podíamos cambiar el mundo… y miren… seguimos aquí… haciendo listas… siguiendo procedimientos… tomando nota… mientras todo… colapsa… y ellos… que deberían escuchar… no escuchan… ¿y yo?… sigo siendo… madre… abuela… Yocasta… testigo… escribiendo…” (Years and Years, 2019)

Estos monólogos funcionan como hilo conductor del ensayo, vinculando las reflexiones filosóficas, históricas y cinematográficas con la experiencia íntima de Muriel. La abuela representa la conciencia de lo inevitable, mientras su voz fragmentada anticipa la degradación del lenguaje y la normalización de la distopía: la resignación y la lucidez coexistiendo en un tono menipeo-barroco, cruel y densamente trágico.


Muriel observa la catástrofe doméstica mientras el mundo entero se reorganiza bajo algoritmos, neofascismos suaves y la aceleración del transhumanismo. Fisher (2009) describe cómo la imaginación política desaparece, mientras Han (2017) explica cómo la autooptimización y la psicopolítica inducen obediencia sin coerción directa. Muriel, Yocasta de la distopía doméstica, articula esta catástrofe cotidiana:

“Ya no nos enseñan a ser humanos, nos enseñan a aprobar procedimientos.” (Years and Years, 2019)

El humor menipeo subraya la tragedia: cada gesto administrativo, cada rutina familiar, cada notificación digital, es parte de la catástrofe que Muriel registra sin poder revertir.

Hacia el final, su lenguaje se fragmenta y se convierte en ritmo, respiración, conciencia rota:

“Antes… creíamos… en un futuro… luego… nada… y todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
y aun así… seguimos… revisando formularios…
Todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… tenemos… instrucciones… para eso…” (Years and Years, 2019)

“Antes… creíamos… en un mañana… luego… nada… y todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
seguimos… seguimos… revisando… formularios… instrucciones…
todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… seguimos… registrando… la catástrofe…
y ustedes… mirando… buscando en IG… un oráculo…
diagnosticando… su ansiedad… mientras todo… colapsa…”


Epígrafe final: Locación, presencia y desaparición




Years and Years no espera ser encontrada en vitrinas pasajeras ni en catálogos que cambian como estaciones sin estación. La serie existe —como toda tragedia— donde las certezas se desvanecen. Aparece en pantallas que difunden lo cotidiano y lo abismal a la vez; en territorios donde el algoritmo decide qué es visible y qué no; en contratos de licencia que se renuevan o caducan sin aviso. Su presencia digital es un modo de aparición y de desaparición simultáneo: un destino acorde con nuestra época, en que lo efímero y lo permanente compiten sin tregua.

Si el cine clásico nos enseñó a pensar la catástrofe con clímax y ruptura —de Metropolis a Blade Runner—, Years and Years no se sitúa en ruptura sino en continuidad gradada. Gilliam (Brazil, 1985) vio el absurdo administrativo como pesadilla cómica; Godard (Alphaville, 1965) anticipó la deshumanización lingüística; Lynch (Eraserhead, 1977) exploró lo sin forma; Haneke (Caché, 2005) mostró la vigilancia como memoria rota; Villeneuve (Enemy, 2013) dramatizó la duplicación y la identidad fracturada; Bong Joon‑ho (Parasite, 2019) expuso la economía del resentimiento estructural.

Byung‑Chul Han nos recuerda que la autoridad moderna no reprime desde fuera, sino que exige optimización desde dentro, mientras Fisher denuncia que la imaginación política desaparece bajo la omnipresencia del “realismo capitalista” (Fisher, 2009; Han, 2017). La frase de Eliot —“Somos los hombres huecos, rellenos de paja” (1925)— es un diagnóstico existencial: la forma sin centro se multiplica, la tragedia doméstica es la tragedia colectiva, y la obra se manifiesta donde el espectador la encuentra, o deja de encontrarla.

El eco de lo inevitable.


Y así termina, aunque nada termina realmente. Muriel sigue en su casa, entre facturas, pantallas y recuerdos que se agolpan como escombros en un paisaje de desesperanza administrada. Su voz se fragmenta, repite, titubea; no por locura, sino porque el lenguaje ha dejado de servirle, porque ya no hay palabra capaz de contener la catástrofe de nuestro tiempo. Su monólogo —Yocasta entre algoritmos y postergación— es también el monólogo de la humanidad: la mayoría postergada, atrapada entre promesas incumplidas, notificaciones que dictan diagnóstico y las instrucciones interminables de una realidad que no perdona.

“Todo… continúa…
y yo… sigo… conteniendo… midiendo…
instrucciones… notificaciones…
diagnósticos… pantallas…
¿importa?… tal vez…
somos… todavía… hombres huecos…
rellenos… de… paja…” (Years and Years, 2019)

La coda se extiende más allá del registro doméstico: el eco se multiplica en los tiempos profanos de Eliade, en la disolución del centro que Guénon anticipó, en la psicopolítica de Han y en la imposibilidad de imaginar alternativas según Fisher. La tragedia no es futurista, no es remota: es presente continuo, cotidiano, domesticado, administrado, medido y normalizado. Muriel, nuestra Yocasta, sigue hablando mientras el mundo continúa su curso, indiferente, y nosotros seguimos observando: la distopía no nos llega en relámpagos, sino en ritmo constante de formularios, facturas y actualizaciones.

La risa menipea aún sobrevuela, no para aliviar, sino para subrayar la crueldad: lo absurdo no es la exageración, sino la exactitud de la predicción. Cada referencia cinematográfica —de Gilliam a Bong Joon-ho—, cada filósofo citado, cada frase fragmentada, es un espejo que devuelve la imagen de nuestra impotencia organizada y nuestra conciencia parcialmente despierta. Y así, la serie, Muriel, los algoritmos, los formularios y la mayoría postergada se funden en un solo paisaje: la distopía del presente, la trágica normalidad de un mundo donde los hombres huecos siguen siendo rellenos de paja, y seguirán contando, midiendo, registrando… mientras todo continúa.

Notas al pie y referencias

  1. Eliade, M. (1959). The Myth of the Eternal Return. Princeton University Press.
  2. Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.
  3. Benjamin, W. (1940/2003). Theses on the Philosophy of History. Schocken Books.
  4. Levinas, E. (1969). Totality and Infinity. Duquesne University Press.
  5. Guénon, R. (1927/2001; 1945/2004). The Crisis of the Modern World / The Reign of Quantity and the Signs of the Times. Sophia Perennis.
  6. Morris, D. (1969). The Naked Ape. London: Jonathan Cape.
  7. Harari, Y. N. (2016). Homo Deus: A Brief History of Tomorrow. Harper.
  8. Zizek, S. (2008). In Defense of Lost Causes. Verso.
  9. Gilliam, T. (Director). (1985). Brazil [Película].
  10. Eliot, T. S. (1925). The Hollow Men. Faber & Faber.
  11. Han, B.-C. (2017). Psychopolitics: Neoliberalism and New Technologies of Power. Verso.
  12. Fisher, M. (2009). Capitalist Realism: Is There No Alternative? Zero Books.
  13. Godard, J.-L. (1965). Alphaville [Película].
  14. Lynch, D. (1977). Eraserhead [Película].
  15. Haneke, M. (2005). Caché [Película].
  16. Villeneuve, D. (2013). Enemy [Película].
  17. Bong, J.-H. (2019). Parasite [Película].

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DEB LEAVIS. EL FANTASMA DE FORREST THOMSON

 




The Ghost of Forrest‑Thomson


  In Lima her name falls like shrapnel,
   verbal gunpowder that tears and drags,
    Forrest‑Thomson wounds, conspires, flays,

“the very gesture that demands execution” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 22)

  each line resists any reading,
   form is act, a living weapon, torch in the fog,

“the word is pain. The word is tearing” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 49)

  river, fire, carnival of shrapnel,
   trains pierce submerged clocks,
    pianos under water sound their shadow,
     invisible cats ring bells,

“the text has no author, only effects of author” (Barthes, 1977, p. 48)

  mirrors vomit rotting reflections,
   the city becomes a set of Buñuel and Tarkovsky,
    Lynch and Carpentier wrinkle reality, undo it,
     each device turns autonomous, heretical,

“each poem is a battlefield where legibility resists” (Perloff, 1987, p. 81)

  Collins, Plath, Sexton seek domesticable emotion,
   Prynne diverges, syntax and tone taut,
    Forrest‑Thomson makes each line a baroque carnage,

“radicality disarms any attempt at representation” (Stillman, 1992, p. 103)

  explosion of artifice that drags and devours,
   the city vibrates like liquid corrosive carnival,
    Cullen never grasped the ferocious density,
     his stiff, conformist academy ignored living writing,

“form is inseparable from content: language rebels” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 46)

  each word strikes, each pause wounds,
   PJ Harvey and Tom Waits converse with the lines,
    music and poetry cross bodies and air,
     Forrest‑Thomson traverses centuries and continents,

“language rebels and pierces us” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 46)

  invisible to the market, inviolable,
   ghost of shrapnel that cannot be tamed,
    each artifice is explosion, carnival, war,
     name that resounds, impossible to sell,

“the word is an act that defies all domestication” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 53)

  unadaptable, immortal, absolute art,
   Forrest‑Thomson, ghost, shrapnel, crown,
    density wounds, burns, pierces, drags,
     and the Academy moans without grasping her force,
      each artifice strikes, each line devours,
       name resonating in total invisibility,
        impossible art, ghost‑shrapnel inviolable,
         Forrest‑Thomson cannot be sold, cannot adapt, cannot be forgotten,
          and her voice resounds in the page’s carnage,
           her supreme act is invisibility as crown,
            final explosion, liquid carnival, poetic war,
             immortal name that traverses bodies, centuries, air,
              market and conformist readers moan before incomprehensibility,

“the act of writing is always a violence against complacency” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 57)
“there is no poem without risk, rupture, and tearing” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 61)
“each artifice is resistance, each form a challenge” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 64)






APA Citations 


  Forrest‑Thomson,
   faithful book,
  Poetic Artifice,
   cruel look,

  Barthes, in image
   and text,
  Image‑Music‑Text,
   context next,

  Perloff guides us,
   indeterminate,
  Rimbaud to Cage,
   mapped route, deliberate,

  Stillman explains
   her form and pain,
  Essays teaching
   rigorous gain,

  Cullen never
   saw her depth,
  conformist critics,
   empty breadth,

  Tom Waits and Harvey
   in faithful dialogue,
  Buñuel and Tarkovsky,
   cinematic epilogue,

  Lynch and Carpenteir
   deform real,
  Kingdom of This World,
   banal appeal,

  Forrest‑Thomson,
   ghost that never dies,
  Unadaptable,
   invisible, market denies.

 



El fantasma de Forrest-Thomson 

  En Lima su nombre cae como metralla,
  pólvora verbal que destripa y arrastra,
  Forrest‑Thomson hiere, conspira, despelleja,

“el gesto mismo que exige ser ejecutado” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 22)

  cada verso resiste toda lectura,
  la forma es acto, arma viva, antorcha en la bruma,

“la palabra es dolor. La palabra es desgarro” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 49)

  río, incendio, carnaval de metralla,
  trenes atraviesan relojes sumidos,
  pianos bajo el agua tañen su sombra,
  gatos invisibles repican campanas,

“el texto no tiene autor, sino efectos de autor” (Barthes, 1977, p. 48)

  espejos vomitan reflejos podridos,
  la ciudad se vuelve set de Buñuel y Tarkovski,
  Lynch y Carpenteir arrugan lo real, lo deshacen,
  cada artificio se vuelve acto autónomo y hereje,

“cada poema es un campo de batalla donde la legibilidad se resiste” (Perloff, 1987, p. 81)

  Collins, Plath y Sexton buscan emoción domesticable,
  Prynne diverge, tono y sintaxis tensos,
  Forrest‑Thomson convierte cada línea en carnicería barroca,

“la radicalidad desarma cualquier intento de representación” (Stillman, 1992, p. 103)

  explosión de artificio que arrastra y devora,
  la ciudad vibra como carnaval líquido y corrosivo,
  Cullen jamás comprendió la densidad feroz,
  su academia rígida y adocenada ignoró la escritura viva,

“la forma es inseparable del contenido: el lenguaje se rebela” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 46)

  cada palabra golpea, cada pausa hiere,
  PJ Harvey y Tom Waits dialogan con los versos,
  la música y la poesía cruzan cuerpos y aire,
  Forrest‑Thomson atraviesa siglos y continentes,

“el lenguaje se rebela y nos atraviesa” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 46)

  invisible para el mercado, inviolable,
  fantasma de metralla que no se domestica,
  cada artificio es explosión, carnaval, guerra,
  nombre que retumba, imposible de vender,

“la palabra es un acto que desafía toda domesticación” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 53)

  inadaptable, inmortal, arte absoluto,
  Forrest‑Thomson, fantasma, metralla y corona,
  la densidad hiere, quema, atraviesa, arrastra,
  y la Academia gime sin comprender su fuerza,
  cada artificio golpea, cada verso devora,
  nombre que resuena en la invisibilidad total,
  arte imposible, fantasma metralla inviolable,
  Forrest‑Thomson no se vende, no se adapta, no se olvida,
  y su voz retumba en la carnicería de la página,
  su acto supremo es la invisibilidad como corona,
  explosión final, carnaval líquido, guerra poética,
  nombre inmortal que atraviesa cuerpos, siglos y aire,
  mercado y lectores adocenados gimen ante la inaccesibilidad,

“el acto de escribir es siempre una violencia contra la complacencia” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 57)
“no hay poema si no hay riesgo, ruptura y desgarro” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 61)
“cada artificio es una resistencia, cada forma un desafío” (Forrest‑Thomson, 1978, p. 64)







Citas APA 

Forrest‑Thomson, libro fiel,
Poetic Artifice, arte cruel,
Barthes, en imagen y texto,
Image-Music-Text, perfecto contexto.

Perloff nos guía, indeterminada,
Rimbaud a Cage, ruta trazada,
Stillman explica su forma y dolor,
Ensayos que enseñan su rigor.

Cullen nunca vio la densidad,
crítica adocenada, mediocridad,
Tom Waits y Harvey en diálogo fiel,
Buñuel y Tarkovski, cine en la piel.

Lynch y Carpenteir deforman lo real,
Reino de este mundo, lo banal se va,
Forrest‑Thomson, fantasma que no muere,
Inadaptable, invisible, nadie lo quiere.

 

CARLOS QUENAYA. INTERRUPCIONES O SOBRE EL ARTE DE LEER SALTEADO

 




Wolfang Tilmans

1.

En nuestros inicios, cuando aprendimos a leer, la escritura y la lectura se hallaban firmemente imbricadas. Escribíamos leyendo; leíamos escribiendo. Pero no éramos, todavía, en sentido estricto, lectores. Éramos aprendices cuya impericia  –la del ojo no adiestrado al orden de las letras– representaba un obstáculo que buscábamos un día superar. Pues no leíamos, deletreábamos. Nos ayudaban los dibujos, los colores, los trabalenguas, las repeticiones. Luego, una vez adquirida la pericia literaria, la lectura y la escritura progresivamente conquistaron espacios separados. Sin exagerar mucho podríamos decir que comenzamos a leer de un modo cada vez más adulto y profesional.

Sin embargo, en los inicios de todo lector es posible hallar un acontecimiento que lo define. Ricardo Piglia ha contado muchas veces que, en Adrogué, siendo un niño, tomó alguno de los libros de su abuelo y se sentó a leer con el libro al revés. Luego, alguien, se acercó amablemente a corregir la posición del libro. La escena de un niño leyendo un libro al revés resume bien el modo en que empezamos a formarnos como lectores. La historia de la lectura es una historia de correcciones y de sucesivas indisciplinas. Cerrar un sentido, abrir otro, intuir desde un lugar nuevo una dirección que nadie anticipaba es el acontecimiento en el que se juega toda práctica de lectura, a condición de que la entendamos como una práctica crítica.

A mí, un poco por casualidad, me tocó encontrarme con el placer de leer en un salón de clases. Sentado en la última carpeta del salón, mientras algún profesor oficiaba el inicio de la inútil jornada escolar, yo leía las últimas páginas de El túnel. Con el libro en mi regazo, leí las últimas páginas de ese libro mientras todos guardaban silencio y un profesor hablaba. Al levantar la vista, intuí que mucho de lo que acababa de leer se me había escapado, pero, al mismo tiempo, experimenté en mí una determinación nueva que me permitía, por primera vez, mandar a todos al diablo: a esa horda de adolescentes que eran mis compañeros de clase. Pues un lector es también alguien a quien le disgusta el mundo. Alguien que construye su fortaleza con malentendidos, deseos, búsquedas y fracasos. Un lector es alguien para quien la vida ha tomado la forma de una interrupción.    

 

                                                                                                                            Wolfang Tilmans

2

La lectura es algo que a uno le sucede y no simplemente una tarea que alguien se impone a sí mismo. ¿No hace falta una dosis de inspiración en todo acto de lectura?, ¿no ocurre a veces que una frase o un fragmento visita de pronto nuestra memoria y la ilumina? En su sentido positivo, la interrupción alude a una disponibilidad, a un estar abierto a lo que pasa. Esa receptividad es tanto de orden físico como intelectual y, por eso, constituye el lugar donde a menudo se fragua un conflicto. La cita de George Perec que abre Interrupciones (2025) –una de mis favoritas de esta colección de cincuenta y un escenas– puede ayudar a introducir este problema: “Un señor que lee en la playa, ¿está en la playa para leer o lee porque está en la playa? ¿Acaso el frágil destino de Tristram Shandy le importa más que la insolación que está por sufrir en las pantorrillas? ¿No conviene, en todo caso, interrogar estos ámbitos de lectura? Leer no es sólo leer un texto, descifrar signos, recorrer líneas, explorar páginas, atravesar un sentido; no es sólo la comunión abstracta entre autor y lector, la boda mística de la Idea y el Oído. Es, al mismo tiempo, el ruido del metro, o el bamboleo de un vagón de ferrocarril, o el calor del sol en una playa y los niños que juegan un poco más lejos, o la sensación del agua caliente en la bañera, o la espera del sueño”.

En todo lector se consuma una suerte de retirada del mundo que es ilusoria y provisional. Pues, si bien leemos con los ojos, todo el cuerpo se halla en la búsqueda de la disposición necesaria para alcanzar la máxima concentración, por lo que a la atención de la vista deberíamos añadirle –como sugiere Perec– la insolación de la piel, el rumor de las olas, los asedios del cansancio y el sueño, los ruidos intempestivos de la calle. En muchas de las escenas recogidas en este libro se tensan los dos ámbitos que configuran la experiencia de la interrupción: el adentro y el afuera implícitos en todo acto de lectura.

Las interrupciones y las metáforas del adentro y el afuera son solidarias con la distinción entre el intelecto que lee y el cuerpo sensible a las interrupciones, con lo que se reproduce así un viejo esquematismo: “¿No ocurre acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca puede distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en se momento entrase, digamos, su hermano y dijese algo? La noble labor del escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano o un teléfono. ¡Oh, malas mosquitas!”. Las malas mosquitas de este fragmento de Ferdydurke, la legendaria novela de Gombrowicz, producen efectos impredecibles en la experiencia de la lectura. Leer, como escribir, no es de modo exclusivo una operación intelectual. Las malas mosquitas son el antídoto para el escritor romántico y el recuerdo de que escribimos en red con toda clase de estímulos y fuerzas. La experiencia de la belleza como instancia suprema del arte es desplazada por otro tipo de conciencia crítica. Pensar la interrupción bajo el modelo de las malas mosquitas es pensar la relación entre el intelecto y la vida lejos de la subordinación del cuerpo a la mente. Lo que conlleva, en la práctica, a la desactivación del régimen jerárquico de la letra, régimen que subsiste al interior de las exhortaciones a favor de la lectura y que, por lo general, suelen desgastarse en el reconocimiento de sus hipotéticos efectos civiles.

                                                                                                                     Wolfang Tilmans


Una lección equivalente es la del pasaje de Vallejo que recoge este libro en el que la voz del texto alude a un gato que “intervino en un poema que yo escribía, deteniendo con su pata mi pluma según el curso de mi escritura. Fue el gato quien escribió el poema”. Aquí, el poeta no reniega de la interrupción, más bien, la saluda y, al hacerlo, coloca en posición simétrica al que escribe con el animal doméstico que detiene su pluma. La interrupción desplaza la autoría. Las malas mosquitas de Gombrowicz y el gato de Vallejo encierran no solo una poética, sino al mismo tiempo una ética y una política de la escritura. Ambos se alejan por igual de la idea de genio o de la de autor como deicida –tal como describió Vargas Llosa a García Márquez en su conocida investigación–, pues, toda esa parafernalia del yo que presupone esta concepción –patriarcal y romántica– puede derrumbarse inopinadamente con el vuelo de un insecto o la intervención de un gato. Arte que tritura el aura –por decirlo a la manera de Benjamin, a quien este libro tributa–, pero que insiste en hacer, con sus pedazos, una experiencia nueva. 

En el ensayo que interrumpe el montaje de citas que constituyen este libro, Braulio Paz considera que “no se trata, quizás, de superar la forma interrumpida de recepción/producción del texto, sino de encontrar en esa forma de alienación contemporánea “una nueva belleza””. Pues, se pregunta: “¿En qué consiste esa “nueva belleza”? ¿Cuáles son los signos de esa “belleza” que emerge del agotamiento de un formato discursivo que el desarrollo técnico empujó a la obsolescencia? ¿Qué tipo de temporalidad le corresponde y qué clase de estructura cognitiva es capaz de alojar?”. Sea cual fuere esa nueva belleza que nos espera, tal vez le corresponda al lector de hoy adoptar lúcidamente algo de su carácter de personaje anacrónico, si todavía puede exhibir algún valor la falta de coincidencia plena con nuestra propia época. Y, así, ese lector sería no solamente alguien que padece las interrupciones de la vida moderna, como la bautizó Baudelaire en sus orígenes, sino alguien que parejamente es capaz de provocarlas. 

 

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El gesto del lector que deletrea es un gesto amigo de la interrupción. Se trata de un movimiento solidario al del lector salteado, para usar el nombre que acuñó Macedonio Fernández. Volver a deletrear podría ser una buena forma de desaprender nuestros hábitos de lectura. Interrupciones, a través del cuidadoso montaje de las citas y el ensayo que lo componen, pone en escena textos que buscan, a un mismo tiempo, ser leídos y ser mirados. Porque ahí donde los textos se ponen a hacer gestos por medio de la disposición del espacio y el juego tipográfico, es admisible suponer que los sustenta el deseo de que el lector se predisponga a aprehender las letras antes incluso de empezar con la decodificación de su contenido. El formato de periódico doblado y la serie editorial a la que pertenece –Compactos para el estudio– tampoco son casuales. Este libro aúna en su diseño la portabilidad del objeto y la intención pedagógica o académica. Lo que me parece que revela el lugar que aspira a ocupar en la escena editorial: el de poner a circular libros en primer lugar por las ideas que podrían sugerir antes que por su incuestionado valor literario.

¿Cómo interpretar el hecho de que 2veces se estrene con dos libros por los que no responde propiamente ningún autor? Titulares e Interrupciones son, sin duda, las primeras piezas de un proyecto artístico de los que Diana Moncada y Santiago Vera son los principales responsables. Y no es exagerado afirmar que 2veces es la prolongación por otros medios de su proyecto poético individual. De manera que habría que ver cómo se contaminan y entretejen con las propuestas que todo nuevo texto ofrece. Porque, así como cambiamos después de escribir un libro, es probable que algo no sea igual después de editarlo. Roberto Calasso, el conocido editor italiano, ha señalado que “se podría definir a la edición como un género literario híbrido, multimediático”. Solo que en el caso de 2veces habría que precisar que se trata, quizás, de la edición como arte conceptual, lo que implica una alta conciencia de las decisiones formales adoptadas para cada libro. En El nuevo arte de hacer libros, Ulises Carrión afirmaba que “El arte viejo ignora la lectura/ El arte nuevo crea condiciones específicas de lectura”. Creo que una preocupación semejante anima esta publicación. Interrogarse por las condiciones en las que leemos al mismo tiempo que echar a andar un proyecto editorial es una alta apuesta que, entre nosotros, resulta utópica y necesaria. Y esto porque escribir libros y publicarlos, más allá de las demandas económicas del presente, es una forma de hacer tangible aquél futuro que secretamente anhelamos y del que algunos libros son su cumplida actualidad.