lunes, 15 de diciembre de 2025

REYNALDO JIMÉNEZ . DESLEER, TRASLEER, CONTRALEER, ENLEERSE.

 

raymond rousell


Lo que sigue no podría ser sino una sarta de apreciaciones por parte de alguien que ha seguido, desde el extranjero, con interés de lector, el desenvolvimiento de la poesía publicada en el país donde nació, sin desconocer que este acompañamiento a distancia se ha visto sujeto a los avatares propios de la co-incomunicación impuesta entre Buenos Aires, donde resido, y el Perú. La mía es, sin quererlo, una intervención ambigua, pues si por una parte soy un observador parcial (debido a la distancia geográfica), por otra, y por razones de contemporaneidad en la práctica compartida, me siento implicado en lo que este libro trasunta al situarse problemáticamente en la mira de una cierta exigencia ética. Exigencia que infiero moción por una ética intrínseca a la creatividad, capaz de desestabilizar el conformismo de poéticas consagradas-para-exclusión-de-otras-variables, desde algunos medios teóricos académicos o especializados (sin dejar de mencionar la «indiferencia» mediática) como desde las ideas fijas, dadas como información preexistente, con que suele abordarse la experiencia poética.

Quisiera asumir a la poesía, ante todo, como una esencial disidencia al interior de los significados al uso, en relación a una continua pero siempre provisoria investigación del lenguaje y a la sensibilización instigadora de sus posibilidades connotativas. Entiendo que aun en la traslación de referencias reconocibles, temáticas, sentimentales o por vía de la descripción figurativa, y, sobre todo, en el recurso a los arrastres del habla (de las fablas), la poesía sólo necesita y exige precisión en el uso de la palabra, esto es, conciencia de las formas y su capacidad explícita o subliminal para transmitir, conmover, interrogar, presentar. Para mejor delinear este arranque: aprecio y me atrae el atravesamiento de lo connotativo más acá de cualquier autoexpresión (en el sentido del expansionismo monotemático de un Yo o un apriorístico Nosotros), siempre y cuando prevalezca la conciencia material, matérica, materializadora, de la palabra.


Me refiero a que concibo al poema, si hablamos de composición (concepto caro a Valéry), ahí donde se inscribe un para qué de la expresión: utilidad espiritual, en casi todo tiempo y lugar, de la poesía (poemas para algo, por algo, en el rango de la necesariedad (contundencia y sutileza): poemas para el nacimiento, para acunar al niño, para acompañar la muerte, para después de la muerte, para celebrar, para enamorar, para cuestionar a los poderosos, para el sexo, para acuñar un secreto, para destilar una clave, para informar acontecimientos, para cantar el origen, para recordar a los ancestros, para hablar con los animales, para hacer llover, para la libertad, para conjurar el miedo o la pérdida o atenuar el dolor, etc. Pues aludir a la connotación, aquí, no sería otra cosa que indicar la cuestión siempre urgente del sentido (de los alcances e influjos de la palabra, así como de la incorporación de lo indecible, de lo indecidible del silencio, que deviene presencia del sentido). Y, en todo caso, «entiendo» a la expresión poética abarcando la dimensión específicamente literaria, pero sin que ésta constituya su límite acondicionado para el cotejo confirmador (su puesta en marco, para tranquilidad de todo abordaje situado por encima o desde fuera de la experiencia poética en sí).

Experiencia poética: proceso, que no se agota en el poema, y que no desestima a la inspiración (de hecho la inspiración existe porque ciertos eventos poéticos resultan inspiradores, y es en esa transmisión de energía altamente condensada y continuamente retroalimentada por la sensibilidad, que cabe considerar los efectos conectivos de la entonación -dar un tono- de la poesía). Y el poema: no apenas el eslabón perdido, ya reubicado, en la cadena de los referentes, sino la abertura connotativa, amorosamente habitada por la expresión, atravesada por un doble movimiento: hacia la intimidad de la resonancia significativa, hacia el contacto con los signos compartidos vívidamente resignificados y enviados a la atención. Si no se debieran menospreciar las múltiples posibilidades de la poesía a riesgo de perderla también en su función social, ello se debe a su cualidad arcaica de tecnología espiritual, su participación y propagación de lo inspirador (lo creativo) entre las formas y las formalidades, su índole a la vez específica e incomparable. Pero porque se me reserva, sólo un momento, el privilegio de ser uno de los primeros lectores, en panorama de integridad documental, de los aportes de cada poeta-manifestante en su reunión como libro, también se me solicita, de algún modo, una primera observación del conjunto: donde los discursos chocan, se sacan chispas o se prescinden, puede plantearse un efecto paradójico de consonancia, en caso de que se me permita asimismo desviar, sólo un momento, el foco de lo debatido en dirección a lo que quizá realmente esté en crisis (en juego): no la poesía exactamente, su existencia-práctica en el mundo, sino los propios abordajes y perspectivas con que se encaran la interlocución y el intercambio de experiencias en (y manifestaciones con) la palabra.

Al inquirir, de base, por el sentido de la poesía, en el presente contexto por lo menos, no estamos sino revisando e interrogando una crisis más profunda, que de hecho es una crisis de percepción («crisis de paradigma» de la que la crítica, por justicia etimológica, no se exime) aunque con visos de alienación y violencia generalizados, también marcada por el vértigo de la voluntad de lucidez transformadora. Por el reconocimiento de las comunes zonas de opacidad, la reflexión se quiere más abarcante: para retomar la poesía en tanto participación de un proceso de transformación más amplio que la mera consideración estética (aunque sin evadirla, desde luego, situándola en primer plano). Así, recalco mi negativa a aceptar en el debate cierto elemento subyacente de corte localista, si no de trasfondo nacionalista, y asumo este rechazo acorde al espíritu de intercambio reflexivo, por «entender» que la poesía (ella misma disidencia en el seno de los significados rutinizados y obligatorios) no necesita ser rebajada a ese prejuicio, altamente violatorio del derecho de la libre circulación de las personas (aunque no de las ideas y menos aún las intuiciones), como es la noción de Frontera, no comentada siquiera por el conjunto de los documentos aquí presentados. Descreyendo de toda frontera (el trazado limítrofe: la primera reja del panóptico), incluyo la imposición de Identidad (sobre todo cuando ésta aparece revestida de un Nosotros, sea cual fuere su signo o su rango, siempre a la larga defensivo: nacional, generacional, grupal, etc.) en tanto dispositivo separatista, propiciador, no de la alteridad, sino de la misma violencia (la mutua irritación que impide el contacto y por lo tanto la escucha, es decir, en gran medida la interlocución) de la que surge, obligatorio y legitimador de subjetividades, ese Nosotros [1].

Preferiría optar, una vez más, por una vinculación en la conversa que no tendiese a neutralizar ninguna diferencia en favor de algún pro-medio (y entonces: no lo conciliatorio sino lo complementario, desde la constatación consciente de las respectivas incompletudes e inconclusiones), tomando cualquier límite por las astas de su potencia sumatoria, dadora de mezclas, a cambio de tanto voto de clausura en el feudalismo de los propios ademanes, fijados inevitablemente para instrumentar códigos de conducta (aduanas a la invención). Es así que, ante la propuesta de debate, insisto, me interesa resignificar esta intención, justamente desde su anhelo y contenido crítico, apelando a que la Crítica de las poéticas pueda, ella misma, ser reconsiderada también en tanto objeto de observación; en vez de la superposición de enunciaciones en disputa, enfrentadas por inconexas, por descuido de las conexiones más delicadas y complejas, para continuar con una ya demasiado alicaída pugna entre las estéticas. Es innegable el paralelismo entre frontera y «región estética», fundamentalismos ambos que la poesía simplemente no tiene cómo (ni por qué) conformar o confirmar, enfocada como suele en una precisa investigación de lo indeterminado e imprevisto, lo no producido ni inventariado, lo incondicionado y curativo por relacionante.


rafaelle claudio


Por la poesía respira el matiz extraordinario, de manera que aquélla asume la cotidianidad (y las palabras compartidas) en su continua «primera vez»; el acontecimiento (que, según Braque, «estalla con la luz del día»), aun cuando no clasificable fetiche literario, aviva, al devenir ineludible, mera conciencia en sí (enigma de la vida y de la atención que la enfoca). Apelación a la presencia porque acto de presencia, el poema no surge para proponer una opción (acuerdo o desacuerdo), pero tampoco integra el coro de los ajustes al Nuevo Orden Mundial ni obedece programáticamente, bajo comportamiento asignado, los decretos o dictámenes de ninguna hipótesis, glosa, interpretación o preceptiva. No es infrecuente, por esta vía, que una poética realmente «nueva» (en la medida en que se haga cargo sincrónicamente de las tradiciones a la vez que de su permanencia en lo desconocido, o sea el presente con su indeterminación) proponga otras maneras de leer (nuevas tal vez de tan antiguas). Las poéticas que no responden a una programática, no se dejan subestimar por los pactos de lectura al uso (incluyendo las neoconvenciones centradas en el supuesto de transgresión o las «historias de vida» con que suele promocionarse a los autores-personajes), tác(t)icamente acordados entre las partes interesadas en el mantenimiento exclusivo de unos patéticos prestigios, fundados en infinitas discriminaciones y prejuicios alimentados como sabuesos al interior del deseo, dentro del estado de cosas, de lo que hemos llamado, hasta ahora, Cultura.

No que la poesía venga a proponernos otro estado de cosas ni otro Estado, sino que sea capaz, en su rareza, en su excepcionalidad, de afinar la atención, atravesando el mundo/molde, permeándolo desde una incisión significante. Porque los significados, según preferíamos creer, no estaban ni están dispuestos idealmente para reemplazarlo y hablar en nombre del sentido, como si éste pudiera (o tuviera cómo) responder a un comportamiento predestinado por mandato (como verificación consoladora en un saber, por ejemplo).



Por lo antedicho es que me permito dudar de la existencia de esa entidad denominada «poesía peruana» (podría ser igualmente «poesía argentina»), como si se tratara de una entidad preexistente a la que en masa debieran adherir las insurgencias poéticas, algo así como una dirección forzosa para la más delicada libertad. Como si estuviésemos hablando (como si tomar la palabra no fuese ya perderla) desde una afirmación identitaria (sostenida ontológicamente por incólumes pilares de algún proyecto común diferenciado y afirmado desde el recorte violento de la división política o cualquier otra, a la vez que proyectándola moralmente hacia la consolidación confirmatoria de un Estado). La lengua-mater, en tal imaginario, supónese obligada a hacerse depositaria de una cosmovisión ya reglada ante la cual el hacedor de poemas debiera rendir cuenta hasta de aquellos actos más inexplicables (tales como la formación de un fraseo particularmente inquietante por su insignificancia). Cuando digo Estado (y estado de cosas, también: pacto de lectura) no evado la persistencia un tanto sombría de lo pretendidamente sólido (esa inexistencia, en la medida en que se escinda de lo poroso): lo prestigiado por los dominios del Conocimiento (mientras, por su parte, la poesía no sería un saber sino un devenir): lo certero y ya dispuesto como capital simbólico, a la defensiva o a la sombra de unos valores institucionales que, para ser, necesitan repetitivamente ser/hacerse enunciados (Patria, Cultura, Tradición, Revolución, Literatura). Y esta rara acción en el mundo (nada menos raro que el mundo ante «la suspensión de la incredulidad»), que sería la poesía, dispuesta nada más que a lo receptivo, es decir, a una donación de la energía en sus formas verbales u otras, no podría (ni tendría por qué) hacerse cargo de ningún «Nosotros», término defensivo (otra vez la estructura contingente ante la intemperie de origen) de aplicación las más veces totalitaria, por allanar y pretender confiscar el escándalo del resplandeciente enigma, que es la presencia insobornable.

Por lo tanto, resultan alentadores, en el conjunto documental, aquellos pasajes en los que alguno que otro autor recuerda esas palabras, ahora mágicas, pero sin duda cargadas, dardos de curare connotativo, conjuradoras per se de la fragmentación: asháninkas, shipibos, campas (como podríamos decir, por nuestra cuenta y riesgo: tupi-guaranís o hopis o mapuches…). Tales nombres son el recordatorio votivo de la desaparición, de la pretendida desaparición, de pueblos enteros, en todo sentido originales (y, con ello, la destrucción sistemática de cosmovisiones-otras, cuyo reconocimiento no podría sino enriquecer el contexto americano y posibilitar, desde ahí, algún futuro presente más generoso). Pero, así como el statu quo (proyección que un Nosotros no desmarca) suprime a pueblos enteros, así barre constantemente (desde la hipocritocracia de la masividad manipulada que a lo comunitario pretende reemplazar) con los derechos más íntimos y pulsionales del individuo, primera y última minoría (de continuo subestimada).

¿Y qué decir entonces y a la vista de semejante manipulación acerca de la compulsión de agrupar, ubicar, analizar, organizar los eventos poéticos (cuál sería su fundamento)?: como si la tarea básica del crítico o el estudioso fuese colmar un inventario, en vez de arrojarse él mismo a la corriente magnética, es decir, abrirse conscientemente la crisis, renunciar a su investidura formal y su aura razonable para prohijar la investigación ahora en sí mismo, en su propia circunstancia y condición, en comunión carnal con la esencial ignorancia, fuente del proceso creativo. De la misma manera en que el poeta (lector mallarmeano), al flexibilizar el lenguaje, está jugando con el fuego de su propia subjetividad, su conciencia de sí y sus vínculos, prefiero atisbar el panorama (para no asistir al panóptico) de esta confusión «americana» o «actual», donde y cuando la voluntad civilizatoria no ha dejado de mostrarse insaciable, hasta su degradación ¿final? como mercado y embrutecimiento de(s)preciador de la más ínfima conciencia recíproca.

raymond rousell


La lengua castellana que, habiendo sido la del conquistador enquistado en el inconsciente colectivo, puede seguir siendo intervenida, reafectivizada, curada por la expresión exploratoria hasta de sus llagas más subliminales, para dejarla reverberar con su luz mestiza (y esto hay que recalcarlo en lugares como el Perú o la Argentina, adonde se topa uno con discriminaciones interpersonales de toda índole, y adonde, desde el substrato de la experiencia compartida, filtran su insistencia corrosiva además de los rumores de los «vencidos» y «desaparecidos» de los últimos cinco siglos, los aportes de las inmigraciones europeas, asiáticas y africanas), su insaciable capacidad de asimilación antropofágica (hasta ¿por qué no? el sincretismo), arreciada desde luego por confluencias e influjos regionales para, desde ahí, la multiplicación de eventos tonales. Pero cuando digo tono en la escritura, también estoy pensando en el tono corporal, la actitud sensible en la lectura, que hace a la calidad de disponibilidad para la interlocución y, por lo tanto, la actitud relacionante, que va más allá (llega más acá) de las meras poses o posturas. Y estos arrastres astillados, incrustaciones móviles en la lengua, confluyen con el silenciamiento (elocuencia alterna, de pronto, en el poema) que no es el silencio activo sino lo reprimido hasta la sintaxis por la ley moralizada o la moral legitimada por la fuerza (incluso la moral de la contramoral igualmente estatuida en función de una misma violencia), lo que perdió la voz al serle negada la escucha, secuestrada ésta bajo la altisonante obediencia a los discursos mediáticos y la propaganda (y qué decir de los analfabetizados, al margen de las supuestas comprensiones y beneficios de la lectoescritura instrumentada por los poderes). Abierto hacia su esdrújula flexibilidad el arco de referencias, por su propia contundencia se envían tantas flechas en tantas direcciones, que se hace imposible fijar un único BLANCO; la evidencia es a todas luces plural. La riqueza de la poesía proviene de su condición de integradora de andariveles de lo real, desmintiendo de esta suerte a los detentadores del sentido, al detonarlo (palabra y silencio), sin reducirlo a mera representación de contenidos previamente clasificados («poéticos», «antipoéticos»); de ahí que no baste ajustarla al parámetro del género literario, al parecer estimable en cuanto atesoramiento de valores reflejantes del imaginario de una identidad equis. De manera que aquí estoy, con la identidad y la frontera en cada mano: ambas nociones siamesas; pero a la vez, creo que los bordes preconcebidos para la separación no son tan estables como se pretende, menos aún unilateralmente determinables, y que, en todo caso, lo que nos separa, de ser a ser, no deja de vincularnos.

Mientras el poema es una trama de relaciones, pues participa de la realidad orgánicamente, la reciprocidad, mutualidad solidaria de la alteridad (y no la institución «familia burguesa») sería la célula del intercambio social, partícula para el concierto más vasto, al requerir la entrega de la escucha, la receptividad, en atención tanto a necesidades y dimensiones compartidas como a la interioridad más intraducible y no por ello menos real. Pues la comunidad que se realiza en la experiencia poética no se reviste de lugar común, ya que siendo lo imprevisto su naturaleza no concede la menor seguridad o soporte al afán de dominación del sentido. Si el lenguaje dimana de los cuerpos, de los nervios, de los sentidos que son más de cinco; si la palabra orgánicamente nos atraviesa; si la escucha es la entrega (la palabra en sí un oído ancestral que inventa sentido al emanarlo), cabe, por contraste, atender el efecto de tanta represión en el lenguaje «comunicacional» (la misma premisa de legibilidad pretende injertarse a la poesía), destinado sólo a requerimientos utilitarios y al comercio, si no a esa especie de ronquidos defensivos, instalados en la repetición mecánica de fórmulas y muletillas, que impiden, ya que no el tomar distancias, la disensión al mandato desintegrador implicada en toda reflexión compartida. Por su parte, la formalidad del sobrepeso referencial (cada vez que se afirma una Identidad, trátese de un país, una patria o una generación: bajo la presión de hacer de la poesía lo que otros ya hicieron) convierte de plano cualquier signo libertario en mera consigna y lo confisca, lo arranca de la circulación transformadora aplicándole un cliché (adonde la subjetividad se suma al espectáculo general de la época, la rebeldía estipulada deviene rictus).

Cuando al fijarse el eje de la escritura en un contenidismo o contingencialismo a priori (poesía de la ciudad o de la provincia, poesía del cuerpo femenino, poesía homosexual, poesía de esta o aquella década, poesía de lo joven) la Identidad se torna explotadora de la materia verbal, a fin de socavarla en su libertad incondicional, para sonsacarle calculadamente unos contenidos bajo premisa o precepto, sin interés ni cuidado por la vitalidad en sí de esos materiales delicadísimos con que trata (no sobrepasando, así, en su pequeña escala y aun bajo su repertorio de gestos aceptadamente transgresores, la inercia devastadora con que la autodenominada civilización explota el planeta y somete a su delirio antropocéntrico los otros seres que lo habitan). El peligro de oscurantismo cool que pretendo señalar, liga con recordar una vez más cómo operan, en tanto imaginario adiestrado, nociones de cuño restrictivo, verdaderas imposiciones de la Cultura mayestática en su versión dominante, por detrás de ciertas premisas dadas, señales del allanamiento adiestrador del «pensar» (valorando en cambio a la poesía como un pensar alterno)[2].

Pero lo que me ocupa no es adjudicable a un demonizado coloquialismo (y sus variantes más o menos consecuentes a nivel de la sintaxis y el entronizamiento expansionista del referente) sino a una sumisión inculcada: escribir sobre y desde lo ya escrito, y sólo para mantener a la poesía en el estricto carril del informe entre especialistas o del remanido arte-de-culto (del mismo modo que se va al cine o se escucha música, muchas veces, sólo para «reconocer» lo que ya se había archivado en el inventario). Sin embargo la poesía en su calidad de proceso, con toda precisión nos desmiente, pone en movimiento lo que creíamos poseer y a lo que adjudicábamos el valor de la más alta o atinada certeza. La implantación del lugar común, transferido a la relación inmanente con la sintaxis, es decir a la articulación/invención del sentido (ahí donde se tantea la dinámica comunicativa o se instala una sintaxis que ponga orden en la relación), está resignando la praxis poética a un supuesto especular: entre una forma aplicada, según pautas y premisas promediadas por la época, y una realidad preconcebida, legitimadora de contenidos ponderadores, a su vez, de esa «real» realidad. ¿Acaso no son ampliamente políticas (en la vena de las micropolíticas del deseo: aportes activos para la transformación de la realidad social) la demolición de núcleos estáticos o enquistados en la sintaxis, o la recreación de palabras o formas condenadas al desuso (aquello que con ligereza suele tildarse de rebuscado o «retórico» pero que implica, de hecho, una entera vertiente de experiencia desechada)?

La posición del hacedor de poemas verbales, esencialmente un lector que intuye y «trae» a través de su particular relación con el lenguaje aquello que desea leer (aquello que lo desmiente, que lo cura momentáneamente de sostener la militancia de su identidad), a raíz del doble filo de la palabra, no puede sino ser incómoda, insegura, inestable: es él quien está entre paréntesis (lo cual no niega la posibilidad del goce estético o conceptual a otro nivel). La Identidad y sus definiciones entran en cuestión, porque lo que la poesía amplifica es la escucha que, desde luego, es cultivo de la(s) lengua(s), para lo cual se hace imprescindible seguir leyendo, seguir aprendiendo a leer. No acotar el proceso del poema con el supuesto de identidad, implica a la vez desmarcar el idealizado rol o manoseado rótulo de Poeta: llamamiento a continuar investigando qué significa ese hacer propio de la poesía, en éste como en cualquier espaciotiempo (pero sobre todo en éste). De manera que estamos, ahora, en la simultaneidad de una época conflictiva (en un mundo impredecible), en este continente (aunque casi sin contención), en lo abierto del sentido, tal como siempre se ha estado, supongo. Por esto es que quiero subrayar (ante los espejismos paralizantes de la época, la administración paranoica de la violencia y sus admoniciones económicas o bélicas sin perspectiva de construcción social, la abstracción financiera y los vericuetos legalizadores del poder autoritario, el rol de comodines del espectáculo, aceptado por gran parte de la autodenominada intelligentzia) la marca turbulenta, por apasionada, que impregna e interioriza estos valiosos testimonios de profesión de fe.

Turbulencia que hace a la época que nos toca (y que ojalá toquemos), que agita, con su background de contradicción, estas intervenciones cuya función más inmediata y básica pareciera la de promover y diseminar calor (no consuelo por la belleza sino belleza en lo intenso) y que menciono, para concluir, porque ella es señal inequívoca de honestidad: a su impulso variable, «el debate» deviene conversación multirradiada, registro orgánico y combinatorio a la vez que exposición pública de las subjetividades en juego (un paso al costado de cualquier inercia o indiferencia o especulación por reactivar la relación), simultáneas concepciones actualizadoras del intento y la meditación en la palabra. Tal vez porque en el vaivén entre receptividad e insurgencia, puedan situarse el desafío y el riesgo (en cuanto ampliación de la conciencia más acá de cualquier límite) que toda poética, siempre y todavía, merece corporizar.

 

 

1 «Se puede llamar alteridad al sentimiento de lo otro, esto es, de verse otro en uno mismo, de constatar en uno mismo el desastre, la mortificación o la alegría del otro. Ese término pasa a ser así lo opuesto de lo que significaba en el vocabulario existencial de Charles Baudelaire, esto es, el sentimiento de ser otro, diferente, aislado y hostil.» (Oswald de Andrade, «Un aspecto antropofágico de la cultura brasileña: el hombre cordial», en Escritos antropofágicos, col. Vereda Tropical, Ed. Corregidor, Buenos Aires, 2001, edición de Alejandra Laera y Gonzalo Aguilar.)

2 En todo caso, nunca estará agotada la denuncia contra la entera Cultura occidental, encarnada (occidentalmente) por Artaud que, sea dicho, nunca se propuso maldito en términos de personaje. El malditismo, tan aludido desde diversos ángulos en estas mismas páginas, ¿no será -en la medida de su pasividad figurativa, su incapacidad de participar en la gestación de una condición poética para la vida más allá de todo solipsismo- otro nicho conceptual destilado por y para el mantenimiento del status quo, como en otro tiempo la bohemia, para tornar inofensiva la profunda ofensa al sistema regio por parte de la sola, humildísima presencia de lo distinto, de lo que no calza en el ajuste social, y que rechaza por naturaleza cualquier designio de marginalidad o condición subterránea previstos para el artista «excéntrico», en realidad neutralizado por su carencia socioeconómica? Y en cuanto a la ya rutinaria insistencia en la poesía del «cuerpo femenino»: si el poeta es principalmente lector, alguien que escribe porque está en su escucha seguir aprendiendo a leer, entonces está muy clara su participación en lo femenino, ya no tópico condenado a marca legitimadora de una postura políticamente correcta, sino como lo receptivo, lo que se abre para recibir, lo que nutre en su donación y precisamente no recalca más la frontera entre hombres y mujeres (generalizados y neutralizados en sus especificidades deseantes, arrebatados de su condición de seres únicos cada cual).

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

¿LO QUE HAY ES LO QUE VES? (3) LUCIANA HORVART. COVERS SENTIMENTALES

 



Sostener que buena parte de la poesía española de alta circulación afectiva en la última década no constituye una ruptura sino una estrategia de mantenimiento puede parecer, a primera vista, un gesto innecesariamente suspicaz, incluso un exceso de celo crítico, una incomodidad que llega cuando el consenso ya ha sido firmado. Sin embargo, basta afinar el oído —no el corazón, siempre dispuesto a la empatía programada— para advertir que estamos ante un fenómeno reconocible, casi administrado: no una nueva poética, sino una serie de versiones, covers cuidadosamente producidos, afinados en estudio, optimizados para la reproducción, de una matriz ya canonizada. El repertorio es antiguo, el arreglo es contemporáneo y el objetivo es inequívoco: sostener la vigencia emocional, la respetabilidad estética y la circulación asegurada de la poesía de la experiencia o, con mayor precisión histórica, de aquel programa que en 1984 se presentó como La Otra sentimentalidad y que hoy circula sin comillas, sin manifiesto y, sobre todo, sin adversarios. Lo que antes fue una toma de posición ahora es una posición heredada.

El cover no niega el original: lo conserva, lo estabiliza, lo vuelve transferible. Amplía su público, sí, pero sobre todo refuerza su valor de reconocimiento. Esta lógica, trasladada sin fricción al campo literario, permite leer las escrituras de Elvira Sastre, Irene X, Irati Iturritza, Rosa Berbel y el conjunto variable reunido bajo el título programáticamente inocuo Poesía ante la incertidumbre como una operación de continuidad estilística más que de innovación estética. El yo sigue siendo reconocible, confesional, emocionalmente disponible; la experiencia cotidiana continúa funcionando como garantía de autenticidad; la escena urbana permanece como fondo moral homologable; el lector es interpelado no para poner en duda el lenguaje, sino para reconocerse en él y reafirmar su pertenencia. Nada de esto es casual. Todo responde a una poética que triunfó porque supo generar adhesión, producir identificación y consolidar prestigio afectivo sin exigir demasiado a cambio.

La diferencia actual no reside en el núcleo estético sino en el dispositivo de legitimación. Allí donde en los años ochenta hubo una disputa por el lugar del poema en la tradición, hoy hay una gestión eficiente de ese lugar. El poema ya no se arriesga a perder: acumula. No discute su posición: la reproduce. La circulación no es consecuencia del conflicto, sino su sustituto. El reconocimiento se obtiene por reiteración, por familiaridad, por correcta administración de expectativas. Así, el valor del poema deja de depender de lo que hace con el lenguaje y pasa a medirse por su capacidad de sostener una imagen, una firma, una voz estable y reconocible. No estamos ante una tradición viva sino ante una tradición rentable: una escritura que se mueve porque ya ha sido aceptada.

El verso funciona entonces como un organismo postmortem con excelente logística: se replica, se cita, se enseña, se exhibe, pero no transforma. No metaboliza mundo: conserva forma. Es una poética que no piensa porque no lo necesita; no interrumpe porque ya está integrada; no fracasa porque el fracaso ha sido excluido del circuito. No es que no haya riesgo: es que el riesgo ha sido externalizado.

La experiencia, categoría central de aquel programa, ha sufrido una mutación decisiva. Convertida en unidad de valor emocional, ya no necesita lenguaje sino validación. No se escribe para pensarla, se la presenta para confirmarla. La experiencia dejó de ser mediación y pasó a ser comprobante: algo que se exhibe para sostener una posición y no para interrogarla. A mayor transparencia afectiva, menor fricción semántica. El poema no se tensa: se alinea.

Antes el lenguaje mediaba; ahora amortigua. Antes tensaba la experiencia; ahora la suaviza. Antes producía mundo; ahora mantiene clima. La experiencia actual es experiencia sin exterioridad, sin espesor histórico, sin alteridad real: un yo en suspensión permanente, perfectamente adaptable a cualquier marco de reconocimiento. No hay afuera que incomode: hay circulación que confirma.

También se ha transformado la dimensión pedagógica. Donde hubo formación del lector —aprendizaje de la dificultad, del tropiezo, de la lectura lenta— hay entrenamiento en la identificación inmediata. El lector ideal ya no interpreta: valida. No se le pide que lea mejor, sino que reconozca más rápido. No es un defecto del sistema: es su mecanismo central. La poesía no forma criterio: consolida pertenencia.

La Otra sentimentalidad no desapareció: se institucionalizó. Conserva la forma del trayecto, pero ya no necesita desplazarse. Funciona por repetición, no por necesidad; por estabilidad, no por conflicto. Es una poética que sigue caminando, pero sobre suelo firme; que sigue hablando, pero dentro de un perímetro seguro. No está muerta: está asegurada.

No estamos ante una poética en crisis, sino ante una poética estabilizada. Cuando el poema ya no disputa su lugar, lo administra; cuando no arriesga pérdida, asegura circulación. El lenguaje deja de ser problema y pasa a ser garantía.

La experiencia, convertida en valor emocional reconocible, ya no se escribe para ser pensada sino para ser validada. El verso no interrumpe: confirma. No desajusta: consolida. Funciona.

Así, la tradición no se transmite: se reproduce. No camina: se conserva. Y en esa conservación eficiente el poema pierde mundo, pierde fricción, pierde incluso la posibilidad de fallar.

No es que la poesía se entienda demasiado bien.
Es que ya no hay nada en juego en ese entendimiento.

AUTORÍA / JULIETA VALERO

 

inger morath




In the mood for love

En algún lugar alguien está viajando furiosamente hacia ti
John Ashbery

 Iba a decirte No vengas

que conozco la trampa del paraíso: limbo, piedra y abandono.

Pero es tan incómodo estar vivo.

Este festín, defectuoso porque cursa, defectuoso porque termina.

Todo tiene el mismo cuerpo que la vida.
Todo está mal.

De modo que tú, ciego cometa que trabaja, compra
y algunas mañanas de festivo alcanza verdades… Ven.

Cuando la revuelta del encuentro amaine
y ames mi cuerpo y la forma de mis dientes
y el error de estas manos exactamente distintas a las que imaginabas

te conmueva como una revelación
te daré tres mentiras contra el frío

no debes tener miedo
no estás solo ni hay sentencia
desde hoy la catástrofe consiste en no salir a la vez.

 


Domingo. Resaca. El libre albedrío.

 Asumirse como océano donde pueden acontecer grandes olas

y bancos de peces en realidad muy solitarios.

El verde más sobrenatural lo perderá todo porque en definitiva el Sol es quien manda.

El ejercicio de la libertad no existe pero habrá que disimular

—un hallazgo que a menudo sucede en la compra, en el baño—.

Lo posible es entonces manejar el volumen o tiempo que convienen la exposición, el esponjado, la séptima dermis.

La resaca, por ejemplo, desviste la conciencia

y acontecen cosas así:

Desde mi ventana el vuelo del primer polen permite anticipar abril

y germino en la falda o infelicidad de esa mujer que carga niña, periódico, domingo.

Luego subo al tren que toda calle propone hacia el pasado

y concluyo que la desgracia fue siempre el descrédito del amor

tras lo cual queda el paso a la ternura, el resfriado, la finitud con su ausencia de liguero

Si no se aguanta la intensidad tres recados aseguran la poda de una vida.

Mucho más estimulante que el cuero, la cópula visible o anidar en la secretaria es saberse mortal y pretender compañía

Por mi parte prefiero negociar con la luz y recomiendo la elegancia como férula y techo.

Pero hay mil maneras de ponerle la letra a este crimen.

En algunas latitudes se limitan a bailar.

 


inger morath



Ítems para un tsunami

En el colmado de abajo aceptaron a mi planta trepadora a cambio de un kilo de arroz.

Mirando bullir el arroz engañé a la prisa y se quedó dormida junto a los trozos de hielo.

Ahora la palabra frío conserva su manantial y su Estalingrado pero designa también tus pies pequeños que me buscan cada noche.

Cada noche tú imitas a Boris Karloff y tomamos al monstruo por el niño. El cabo de la risa en nuestra almohada es el espejo donde la rutina se ve las arrugas y llora.

Algunas madrugadas hablamos de tener hijos sin la comadreja de las tropas que invaden. No es Navidad pero sé que nos preocupan verdaderamente los niños palestinos. Ningún reportaje escinde el material de sus casas del inventario de nuestro miedo.

Hay una cuenta que no me sale y eso me recuerda como hoja y aquel viento. Me refiero al tiempo que me queda atravesado por la pértiga de la felicidad. Tengo dudas con la densidad del aire aunque en los depósitos de lo que importa tu sonrisa es un número primo. De aquí a la eternidad. No sé más pero matemáticos bondadosos con grasa en el pelo se han sentado en su pupitre, descalzos y tristes, a balancear estos enigmas.

De lo escondido ya sólo me interesa cómo se las arreglará la esponja del amor para crecer más allá de la barrera de coral.

Sospecho que la belleza debe ser algo que se desparrama con tino. No vale la sustitución de materiales. Ese truco era un conejito blanco que huyó hacia los helechos de la adolescencia.

Desde que sé que envejezco con la certeza que se sabe una fresa en la boca me gustaría que cada vez que me cansa mi madre me creciera una demanda de amor con el perímetro de los días que sus manos han sido benéficas. Una caricia detrás de otra para que su círculo me extrajera esta imbecilidad lineal, la muela de la ingratitud sonando en la bandeja de lo inapelable.

Debes estar al llegar. Cuando eso ocurre Marguerite Yourcenar tiene un pensamiento obsceno y planea su regreso.

El regreso es el único movimiento posible y sin embargo choca siempre con la rótula de los emprendedores. De esto deduzco que los recién nacidos ya se están rehabilitando, que las estadísticas quedan pasteurizadas en las incubadoras.

Donde quiera que esté Praxíteles te mira satisfecho. Por mi parte, he roto con el miedo: lo hubiera perdido todo de no dar contigo. La mesa está puesta. Aunque sabes de mis limitaciones con las salsas y la Cábala, también tu ambición es sabia: una bolsa blanca que se mueve con el viento.

 

(Del libro Autoría. DVD Ediciones. Barcelona, 2010)

 

 

EMOTIONAL RESCUE:UN PAÍS MUNDANO. JOHN ASHBERY. TRAD. E INTRODUCCIÓN DE DANIEL AGUIRRE OTEIZA



John Ashbery publicó Un país mundano en 2007, a la edad de 80 años. Un año después su posición en el “canon” de la poesía estadounidense quedaba afianzada: su obra escrita hasta 1987 salía reunida en la prestigiosa Library of America. Con relación a Un país mundano, críticos como Stephen Burt, Helen Vendler, Sam Munson y el mismo Bryan Appleyard vienen a coincidir en dos puntos: Ashbery muestra unas facultades imaginativas plenas y una conciencia del paso del tiempo aún más aguda que de costumbre. En sus últimos poemas la percepción de la inminencia del fin, el sentimiento de pérdida, la atmósfera elegiaca y evocadora se modulan a un ritmo vivo y aun vertiginoso. “La sensación de lo inasible parece más apremiante”, sostiene Vendler. Los multitudinarios fenómenos a cuya representación ha de dirigir la mirada el lector se revelan ahora especialmente caducos y fugaces. Según Burt, la obra reciente de Ashbery, leída como poesía de senectud, es de una calidad equiparable a la del último Wallace Stevens. Con todo, se diría que Ashbery no busca en sus poemas el acabado formal que se advierte en los del autor de La roca. La riqueza verbal que presenta su nuevo libro estaría trazada en un mapa incompleto. En Un país mundano referencias, razonamientos, géneros, construcciones gramaticales y sintácticas se suceden y varían a tal velocidad que llegan a producir desorientación y ahogo: “¿Puedes verla, / su diferencia, distinguir entre medias tintas, / matices fugitivos, medir el nivel creciente / incluso cuando nos sofoca”. El lector puede advertir alusiones a mitos, cuentos o fábulas; reminiscencias de tradiciones orales como la canción infantil, el ripio, la adivinanza, la música pop; giros propios de la jerga académica, cinematográfica, política, publicitaria, cibernética o comercial; o guiños a la Biblia, Emerson, Wallace Stevens o T. S. Eliot. Por ejemplo: “La primavera es la más importante de las estaciones”. Con todo, hasta las referencias más reconocibles acaban perdiendo su lugar en la vorágine del tiempo consuntivo: “¿No te dijeron dónde te extraviaron, / en qué avenida, hendidura de la ciudad, / veloz y más veloz como el aliento?” Según Charles Bernstein (destacado valedor de la language poetry), Ashbery tiene costumbre de insertar conjunciones entre piezas de collage discrepantes. De este modo, sus poemas producen “la sensación espacial de una superposición y la sensación temporal de un pensamiento divagador”. En cambio, el “coloquialismo cordial” de Un país mundano suaviza las aristas de las transiciones sintácticas (“como rocas de la playa erosionadas por el tiempo”, añade Bernstein). Así, la corriente discursiva parece remansarse sin dejar por ello de avanzar caudalosamente: “la sospechada sorpresa / y su hermana, la cansada impaciencia, / marcan el flujo una vez que las compuertas / se han abierto un poco. Entonces pasa sin más, / con un horizonte improvisado sujeto a él”. Aunque en ocasiones pueda causar un efecto de sofoco, el flujo lingüístico se articula mediante el despliegue de una amplísima gama de tonos e inflexiones. Tarde o temprano prácticamente cualquier lector occidental puede sentirse “representado” como impaciente, desconcertado, afectuoso, reticente, sombrío, exuberante, alarmado, exaltado, desdeñoso, sarcástico… Vendler denomina este rasgo de la poesía de Ashbery “hospitalidad tonal”. Musical también: tonos e inflexiones se entretejen con una multiplicidad de ritmos de intensidades y timbres diversos. He aquí donde le cabe al lector dirigir la mirada. Según Vendler, Ashbery está convencido de que es capaz de “rescatar del metálico fragor del ruido contemporáneo los golpes de emoción y giros de lenguaje sentidos universalmente en que pueden reconocerse los lectores”. Esta hospitalidad respondería a la aspiración de articular un lenguaje “demótico” o coloquial que el propio poeta ha asociado a las Vistas democráticas de Walt Whitman. Ashbery toma estas “lecciones de variedad y libertad”, tan influyentes en la poesía estadounidense moderna, para descargarlas de certeza y didacticismo mediante apóstrofes entre paródicos y siniestros: “Me preguntas qué hago aquí. / ¿Esperas que de verdad lea esto? / Si así es, tengo una sorpresa para ti: / Se lo voy a leer a todos”. En el mapa de tales vistas, el poeta trataría tenazmente de “representar” incluso el trazado de los puntos de fuga, al servirse de una elocución tan heterogénea y alusiva que llega a teñirse de pathos: “‘Completamente decidido’, escribe uno una carta / a la calle, en el habla popular, esperando que un amigo / la encuentre, se la guarde y la analice”.1
(…)


Ashbery siempre ha mostrado interés en dirigir la mirada al presente: “El mañana es fácil, pero el hoy está inexplorado” dice en Autorretrato en un espejo convexo (poema en busca de un oyente invisible, según Vendler). En la medida en que el presente cobra velocidad en su poesía, cabría matizar este verso para adecuarlo a una posible definición de la obra reciente de Ashbery: “el mañana es difícil, pero el hoy está inexplorado”. Cuando se aproximan hoy y mañana, el mapa se queda corto o termina hecho tiras: crece lo inexplorado. De ahí que quepa leer “Canción a coro”, poema que cierra Un país mundano, como una invitación que extiende el poeta anciano a los poetas futuros para que continúen explorando: “Esos lugares que quedan sin plantar serán cultivados / por otro, por otros”. En la “atmósfera póstuma” que, al decir de Stephen Burt, se respira en estos poemas, el yo reconoce, “en ropa de calle”, en su “habla coloquial”, lo arduo que es representar un presente cada vez más perfecto, una acción presente que por el apremio del futuro se precipita hacia el pasado: “Tiene que ser difícil / si hasta aquí nos ha traído”. Desaparecen las transiciones, aumenta la erosión. Pero lo que más llama la atención del poema no es su facilidad o dificultad, sino que logre con todo traer al lector hasta aquí, que le haga señas y le invite a aproximarse y explorar: “Había poco que ver al principio; / luego, cuando se nos acostumbró la vista a la oscuridad, / logramos distinguir en un puente figuras / que nos hacían señas, como queriendo que nos acercáramos”. Se trata de una invitación a que dirijamos la mirada a la veloz corriente de un tiempo que, con independencia de cómo lo llamemos, huye: “Si / pasó en tiempo real, estuvo bien, y también estuvo / bien si fue en tiempo de novela”. Aquí cobraría sentido la “representación”. El mapa no promete nada más allá del vertiginoso presente que señala. Fuera del presente, la lectura se oscurece, porque “el momento en que damos media vuelta no tarda en convertirse en el banco de arena donde nuestro penoso esquife encalla”. Los poemas de Ashbery parecen evitar a toda costa dar media vuelta. Volver la mirada hacia los antiguos diagramas de flujo sirve para percatarse de que el presente también los ha invadido y arrastrado: “El flujo envolvente que intuimos / como tiempo tiene otros derechos sobre nuestro inventiva”. Tal vez por este motivo Un país mundano también puede verse, según Appleyard, como un país que es un mundo; un mundo propio dentro del mundo de fenómenos; una suerte de microcosmos mental, consustancialmente incognoscible, donde cada vuelta fuera otra vuelta al presente; cada representación, otra presentación. Como leemos en El doble sueño de la primavera, uno de los primeros libros de Ashbery: “Y parece que toda la fuerza / de la temperatura cósmica vive en forma de contactos / que ninguna intervención puede resolver, / ni siquiera la de un creador al volver a la / desolada escena de este primer experimento: este microcosmos”. Aunque el año que viene traiga la misma fruta, sólo la vemos una vez. Esta primavera ya se extravió; pero “está aquí aun cuando no lo está”. Las voces que pueblan el microcosmos de Ashbery parecen interpelar al lector como espectros que hablan desde otra orilla, desde un tiempo y un lugar extrañados: “Eras mortal, / así que ¿por qué no dijiste nada? No te cabe más que la base / de lo básico, amigo mío. Otro día veremos / que la ola se queda corta en la orilla del agua, / lo que a su vez justifica nuestras divagaciones: / Una vez existimos, ¿cierto?”. En “Remitido”, el yo enumera las consecuencias de su amor, tal vez tormento y salvación: “el sueño de verlo todo”. Por extraño que resulte el camino que nos indica, el mappemonde del poema constituiría una invitación a acercarnos a un lugar hecho de palabras, un lugar otro, otherworldly, dentro del mundo de fenómenos, desde donde aventurar una mirada a nuestra condición mortal. Un relumbrón rápido: este presente.

Daniel Aguirre Oteiza Cambridge, abril y mayo de 2009




El siguiente libro de poemas de John Ashbery, cuya publicación fue  prevista para diciembre de 2009 con el título de  Planisferio, el cual también fue traducido por Aguirre Oteiza. .





UN PAÍS MUNDANO

No la lisura, no los insensatos relojes de la plaza,

el olor del estiércol en el parterre municipal,

no los tejidos, la adusta burla del pajarito Piolín,

no las tropas frescas que necesitaban refrescarse. Si

pasó en tiempo real, estuvo bien, y también estuvo

bien si fue en tiempo de novela. Desde palacios y tugurios

el gran desfile inundó avenidas y pistas

y los campos de nabos se convirtieron en otra autopista.

Los caramelos de chocolate sobrantes fueron tirados a los pollos

y los gansos, que graznaron como auténticos demonios.

No hubo paz en el cuarto de baño, ni en el armario de la porcelana

ni en los bancos, adonde nadie vino a ingresar nada.

En resumen, aquella extensa tarde fue un infierno.

Al atardecer ya estaba todo de nuevo en calma. Colgaba del cielo

una luna creciente como un loro en su percha.

Al irse algún invitado sonreía y exclamaba: “¡Nos vemos en la iglesia!”

Porque la noche, como de costumbre, sabía lo que se hacía,

al brindar sueño para contrarrestar el gran despego que el día

de mañana sin duda traería de nuevo.

Mientras miraba los mudos escombros, me tuvo perplejo

una cosa: ¿Qué había ocurrido? ¿Y por qué?

Estábamos un día de rebeldía hasta el cuello

cuando de pronto la paz había sometido a las filas del infierno.

Pasa tan a menudo que el momento en que damos media vuelta no tarda

en convertirse en el banco de arena donde nuestro penoso esquife encalla.

Y así como están las olas ancladas al fondo del mar

debemos alcanzar los bajíos antes de que de un tajo nos deje Dios en libertad.

 

POR AHORA

Mucho se perdonará a quienes

no han caído en la cuenta de nada. Pero yo me pregunto,

¿tiene nuestra polémica un eje? Y si lo tiene,

¿quién se ocupa de iluminar? No es como si no me hubiera quedado,

apestando, en lo oscuro. Qué tiene este

desastre en particular que ver conmigo, sin duda 

se habrá preguntado más de uno. Y si él

o ella de pronto viera retrospectivamente

la condición de víctima de todos esos años, cómo el dolor

era tan reversible como el placer, ¿no se identificarían

con nada al vender ahora en tiendas las cornucopias

de las secciones de descuentos expuestas a la intemperie?

De la despensa y el pajar salen alucinantes 

patas blancas. Un modo de sentarse

se ha establecido, aunque son las mismas cosas

entre las que tanteábamos antes: juncos, antiguas partes

de lanchas motoras, huevas de arenque. Trajimos algo más:

alguna aclaración que, creímos, los meses

podrían disfrutar en su paulatino avance a través de los años:

“repentinas tomas de conciencia”, el significado de los sueños

y los viajes, y cómo las habitaciones de hotel

pueden llegar a ser el espacio significativo en el que siempre ha vivido uno.

Sólo es un jirón, en serio, un fragmento de vida

en el que nadie más parecía interesado. No es que se lo pueda uno llevar:

forma parte de la decoración, el baile, para siempre.

 








UNA ESPECIE DE FRESCO

Él tenía un hermano en Schenectady

pero de eso hace muchísimo tiempo. Actualmente, los cuervos

fichan en un reloj registrador, en una olvidada extensión de terreno

no muy lejos de los Adirondacks. Se mantienen en forma

y al corriente con listas de lo que han de hacer mañana:

graznar, arrepentirse del pasado por completo.

Eso engalana toda la ocasión

y les da energía de maneras que ni en sueños habrían imaginado.

Su tarde tenía una buena racha,

y, como con todo lo demás, se hartó de ella.

Ningún siniestro que tasar. Nada de rondar por oscuras callejas

a la espera de un sacerdote o la policía,

lo más probable, si fuera éste el final del año fiscal.

 



ABUNDANTE A LA ANTIGUA

Creo que lo que estoy diciendo es

no seas más veladamente agresivo

o intencionadamente vago de lo necesario

para zanjar la cuestión. En cuanto eso

pasa, puedes olvidar el contexto

y probar algún nuevo anticlímax, una severidad

nunca vista en ti hasta ahora. ¿Mandaron

a buscar noticias de ti? ¿Estuviste comunicativo

en tus respuestas? Hace tanto tiempo

ya, y aun así tiene sentido alguna parte, por ejemplo:

¿por qué estuvimos jodiendo en primer lugar?

Astutamente mirabas desde bastidores,

con un dedo en los labios, mientras el viejo actor

renqueaba con el papel que ha recitado de un tirón

tantas veces, sin siquiera pensar

si es tangencial al modo en que nosotros

nos arrastramos ahora. Estaban tantos tan equivocados

sobre prácticamente todo que apenas parece

tener importancia, y sin embargo algo la tiene,

si no sería todo muerte.

Arriba, en las nubes, estaban cantando

“Oh, prométeme” a los abedules, que respondían de igual modo.

En cierto modo se derramaban ríos por donde

habíamos estados sentados, y la brisa hacía como

que no notaba ninguna falta de modales, la luz también

fingía que nada iba mal, o que

todo iba a ir bien algún día.

Y, sí, estábamos borrachos de amor.

Vaya verano fue aquel.



 
EMOCIÓN DE UN ROMANCE

Es distinto si tienes algún hipo.

Todo es… Tantas manos alegres que compiten

por tu atención, una bufanda, una bocanada de hollín

o una sencilla ráfaga de silencio salida de una radio.

¿Qué pasa? Ya te enterarás,

con gran consternación, cuando, al final de una larga cola

en la cafetería, bandeja en mano, te digan que la verja cerró

tras la Segunda Guerra Mundial. Syracuse fue declarada capital

de una nación indispuesta, pero la directiva

tenía otras metas, ocultas. Proclamar a la lógica

víctima de la verdad era una.

La soledad de todos (y la consiguiente promiscuidad)

perfumaba los caminos de pueblos que teníamos por civilizados.

Te vi esperando un tranvía y apreté el paso.

Ay, eras sólo un niño con armadura. Ahora, cuando vuelan brindis

procaces por toda una mesa tan pulcramente puesta, resulta que las consecuencias

sólo son polvo, dolencia y senectud. Los gratos recuerdos

no son más que eso. Así que encauzo lo que sea

hacia mi contingencia, una veta de mercurio

que continúa reventando, más arriba, más oportuna

a cada oportunidad. Las faldas con corpiño, salpicadas de flores obsoletas,

que vuelven a llevarse en la ciudad, promueven un debate abierto.

 

HOJAS DE TÉ OTOÑALES

Por toda Europa se está registrando

un eclipse parcial: la sospechada sorpresa

y su hermana, la cansada impaciencia,

marcan el flujo una vez que las compuertas

se han abierto un poco. Entonces pasa sin más,

con un horizonte improvisado sujeto a él.

                                                  Por tanto,

yo pregunto qué tiene de especial esta hélice, si

es que hay algo que lo tenga. ¿Puedes verla,

su diferencia, distinguir entre medias tintas,

matices fugitivos, medir el nivel creciente

incluso cuando nos sofoca? Hubo un tiempo

en que todo parecía una fiesta, incluso el trabajo

antes de que echaran a los trabajadores para el resto del día.

Un auténtico cielo eran los sueños entonces, no sólo

imágenes enmarcadas para que el durmiente se instruyera

y, sí, gozara.

                           Conque si el mercurio se desploma

otra vez, como está previsto esta noche, ¿qué pedazo

de manta considerarás suficiente para la ocasión,

pavor o éxtasis, o sólo el deseo de que te tape?

Una ínfima fiebre se instala.

Éstos una vez fueron bailarines, con caras

y sentido del humor. Lo cual, desde luego, no era

demasiado pedir, y de ese modo ella pasó sonriendo,

de natural bondadoso hasta el fin. Las tartas que servían…

¿queda constancia de ellas? ¿O de las hojas acumuladas

en el hueco de un tocón, algo que uno

desearía haber incluido en los cálculos

incluso si no iba a ser nunca calculado,

o de una vela chica ante la aparente marea,

tirando hasta salir del puerto sempiterno, esta única vez?



*Los collages son de la autoría del propio John Ashbery