lunes, 4 de mayo de 2026

HUGO GOLA: ¿ES POSIBLE HACER UN TALLER DE POESÍA?

 




Me gusta empezar por una pregunta. Después de todo tan seguro no estoy. Este trabajo es una especie de buceo. Intento explicar algo que hice muchas veces y en distintos lugares. Siempre fui bastante reacio a considerar la poesía como un quehacer, una práctica en la que se pudiera participar o colaborar mediante la reflexión pública. Pensé más bien que era preferible alejar toda disposición analítico-crítica para atender en primer término los movimientos internos del alma de los que iniciaban su propia experiencia. Pero, ahora que miro hacia atrás e intento resumir y dar razones de un ejercicio que se mantuvo casi constante a lo largo de mi vida, descubro que si en realidad me resistí –y sigo haciéndolo– a considerar al poema como un objeto que se puede desmenuzar y desmontar con la ayuda de aparatos críticos, no he dejado de considerarlo nunca como un organismo vivo al que es posible observarlo, palparlo, oírlo respirar.

Recuerdo ahora el comienzo. Fue allá por el año 1954. Formamos en una lejana ciudad de mi país (Santa Fe, Argentina) un grupo de trabajo que se reunía cada quince días. Teníamos sólo la obligación de asistir regularmente y con un texto listo para su lectura. Un poema, un cuento, un ensayo. Éramos seis o siete amigos. Las sesiones duraban todo el día y las lecturas no se interrumpían sino por los breves intervalos dedicados a la comida (ya que la bebida no imponía ninguna interrupción). Los días de reunión eran inamovibles. No había festividad o compromiso privado que pudiera modificarlos. Las discusiones largas y acaloradas y no por la simple razón de que todos fuéramos jóvenes, sino porque teníamos ideas bastante diferentes sobre el mundo y la literatura. Desde entonces y en distintos lugares volví a repetir la misma experiencia: reunir a pocos amigos para compartir sentimientos comunes sobre la literatura sin importar demasiado cuáles eran las ideas que sobre ella tenían.

No soy profesor, aunque lleve más de veinte años dando clases. Obstinadamente me resistí a realizar lecturas sistemáticas para ocultar ante los demás las lagunas de mi propia formación. Preferí ignorar muchas cosas a conocerlas por deber. De esta manera, mis clases giraron siempre alrededor de los escritores que amo. Aun ahora este camino no me parece equivocado. Sigo pensando que el más alto placer de la lectura –en consecuencia el mayor beneficio– se obtiene cuando uno se aproxima al libro para extraer de él goce y energía.

Cualquier otra finalidad –aunque sea la aparentemente inobjetable de ampliar el conocimiento– mediatiza la lectura y reduce su posibilidad de libre apropiación.

Cuando empecé a dar clases sentí que no estaba preparado para hacerlo. Mis estudios universitarios nada tenían que ver con las letras. Pero no había demasiadas opciones. Este era un medio honesto para vivir y además alguna vez había comprobado que no estaba desprovisto de cierta capacidad de comunicación que considero indispensable para la enseñanza. Sin embargo, mi deficiente formación y una ausencia total de método me llenaban de temor. Después me dí cuenta que estas carencias no eran fundamentales. Mi ignorancia podía convertirse en una posibilidad de aprendizaje compartido. Sin duda yo sabía algunas cosas y amaba intensamente esas pocas cosas que sabía. Tal vez podría empezar compartiendo aquello que amaba. Y así empecé.

A medida que daba clases me iba dando cuenta que enseñar literatura en días y horas fijos constituía una dificultad insalvable. Es muy difícil crear el sortilegio de una representación teatral en la primera hora de la tarde, cuando el sopor de la siesta cae sobre el auditorio o en la última hora de la noche cuando todos estamos rendidos de fatiga. Claramente advertí que si dar clases podía ser –aunque mínimo– un acto de creación uno debía estar dispuesto interiormente para realizarlo. También sentí muchas veces que los lugares destinados al trabajo con la literatura eran los adecuados. Las aulas de las universidades –o de cualquier escuela– no predisponen sino a un trabajo rutinario. Los alumnos, en general, asisten a esos lugares para obtener títulos que los habiliten para actuar en una selva bastante despiadada.

Mi deseo de formar es probable que haya estado vinculado a la idea de resarcirse de la malversación que implica la enseñanza. No podía dejar de dictar clases en las condiciones que lo hacía –ése era mi medio de vida– ni tampoco podía abandonar a aquellos que estaban realmente interesados en compartir las búsquedas y los riesgos de la literatura. Si el aula me limitaba demasiado y el frecuente desinterés de los estudiantes me fatigaba no tenía más camino que buscar otro lugar en donde me pudiera mover con entera libertad. Así, me parece ahora, surgió siempre el taller. Más bien como una manera de resarcirme del desgaste que me provocaba la enseñanza.

Lo opuesto a un recinto universitario era una casa. Allí podría tener todo lo necesario: silencio, espacio, informalidad. Buscamos la que nos hiciera sentir mejor dispuestos.

Generalmente la encontramos. Un lugar adecuado constituye casi la mitad del éxito en el trabajo. Debo decir también que fue en México donde dimos con el mejor sitio. Enseguida hablaré de él.

No pasaré revista aquí a todos los talleres que he tenido. Sólo quiero referirme al último. Fue el más importante, funcionó durante tres años y allí la experiencia alcanzó un mayor nivel.



Quiero dar algunos datos sobre sus integrantes. Por de pronto su funcionamiento no dependió nunca de ninguna institución. Allí nunca nadie pagó nada. El núcleo básico –7 u 8–eran alumnos míos en la Universidad Iberoamericana. Un día ellos me propusieron formar un taller, y yo accedí. Puse como única condición que no se hiciera dentro de la Universidad. Como esa condición fue aceptada inmediatamente agregué otra (ellos tenían mucho entusiasmo y yo lo aproveché). Mi otra exigencia parecía una broma. Pronto se dieron cuenta de que no lo era. Alguien debía encargarse de llevar alguna botella de vino a cada reunión (y mejor sería cuando la marca ofreciera mayores garantías). Al principio sonrieron. No sabían bien qué tenía que ver el vino con un taller de poesía. Luego comprendieron que esa exigencia no era un capricho ni una desmesurada inclinación alcohólica. Advirtieron que el vino nada tenía que ver con ningún rito bohemio ni con un disimulado deseo de disminuir el ritmo de trabajo durante las reuniones. Más bien significaba lo contrario. Quería decir algo así: entramos en una zona distinta de la realidad y debemos limpiarnos y liberarnos de ciertos hábitos de pensamiento para acceder a otros niveles más sutiles y complejos. Es necesario alcanzar un grado mayor de libertad y reducir nuestras inhibiciones, ya que no es posible eliminarlas. Debo subrayar todavía que esta necesidad de ruptura se acentuaba todavía más en este caso por ser la mayoría de los integrantes del taller alumnos míos en la carrera de Letras. Era necesario entonces introducir una cuña lo suficientemente grande como para que sintieran la diferencia. De ninguna manera el taller debía parecerse a una clase. A propósito de esto quiero referirme a una anécdota que cuenta Borges. Un día, siendo éste profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Buenos Aires, les dijo a sus alumnos, cuando ya finalizaba el curso: “ahora, a los que realmente les guste la literatura, vengan a mi casa que ahí empezaremos a hablar en serio de lo que nos interesa”. La fractura que el taller debía introducir con relación a la clase era semejante.


No puedo dejar de hacer un paréntesis para mencionar, ligeramente es claro, las características del lugar donde nos reuníamos. Era una antigua casa ubicada en el casco viejo de Coyoacán. Entrábamos a ella por un portón de madera un tanto descuidado. Atravesábamos un jardín con árboles inmensos, jacarandas, perales, enredaderas, flores blancas y moradas, que por las noches despedían una fragancia suave. Retirada de la entrada estaba la casa. Entrábamos enseguida a una sala con una biblioteca alta cubierta con libros amorosamente elegidos por gente que amaba los libros. Pinturas, cerámicas, objetos de buen gusto. Los espacios eran altos e informales. Había sillones, sillas y almohadones desparramados por el suelo y una mesa baja, cuadrada, de una hermosa madera bien pulida. En ese espacio nos distribuíamos irregularmente, algunos sentados en las sillas y sillones, otros sobre la alfombra mullida, pero todos absolutamente cómodos y relajados. Podíamos concentrarnos porque estábamos a gusto y porque nuestro cuerpo también lo estaba. Ocupábamos un espacio y a partir de él organizábamos un ámbito; procurábamos una intimidad que hiciera posible el diálogo. Casi siempre se dio una atmósfera de libertad y placer que favorecían el trabajo. La competencia, naturalmente, quedaba fuera ya que el impulso dominante era la comunión.

Pero además –y este sí fue casual– en esa casa había vivido durante todos los años que permaneció en México, Luis Cernuda. Creo que el aura de su poesía contribuyó grandemente a dar el clima que necesitábamos.

Inicialmente el grupo me había propuesto la publicación de una revista. Yo rechacé la idea. Siempre me pareció que una revista podía aparecer cuando realmente existiera un grupo. Una publicación que sólo sirva para canalizar la impaciencia no ayuda a nadie. Desde entonces la norma que todos aceptaron fue más bien la contraria. Publicar tenía poca importancia, lo que importaba era trabajar. Este rechazo inicial estableció una especie de modalidad que luego todos aceptaron naturalmente: desentenderse de las apariencias, dejar de lado los juicios externos, desvelarse por comprender, por abarcar, por descubrir más.

Muchas veces en el taller hicimos referencia a Rilke y sus Cartas a un joven poeta eran leídas y citadas con frecuencia. El poeta sería más libre cuando más desconocido fuera. Insistimos en que la propia voz podía definirse mejor en el trabajo insistente y solitario de su propia intimidad. Un taller no podía ser sino el lugar natural en el cual la intimidad pudiera abrirse sin violencia. Las expectativas exteriores inhiben y los juicios de los demás salvo aquellos emitidos con un infinito respeto por la experiencia del otro– podían intimidar o acrecentar la frecuente inseguridad de los recién iniciados. La norma fue entonces: confiar en las virtudes del trabajo, tomar en cuenta el juicio honesto de los iguales, entregarse a una autenticidad que no se regía por preceptos sino que inducía a cada uno a ampliar el campo de su conciencia y de su libertad. Otro de los puntos de apoyo fue la puntualidad en la asistencia. Parece un detalle pero no lo es. Siempre entendí que si no éramos capaces de esta mínima disciplina, mucho menos lo seríamos de asumir el compromiso de la poesía que es total y para siempre.

¿Pero, cuál era la dinámica del taller? Al principio mi participación fue, naturalmente, mayor, pero a medida que aumentaba la confianza y el conocimiento entre nosotros creció también la intervención de todos. Se estableció como costumbre preparar varias copias de los textos que se iban a leer y, muchas veces, se repartieron estas copias entre los integrantes con suficiente antelación. Luego el autor leía su trabajo una, dos o tres veces. Después el texto solía ser leído por otro de los asistentes, hasta que por último era leído por mí. Todas las lecturas se hacían en voz alta y la repetíamos cuantas veces fuera necesario. De modo tal que nunca empezábamos a hablar del texto sin que previamente éste no hubiera sido leído cuatro, cinco o más veces. Enseguida empezaban las observaciones, algunas tímidas, imprecisas, más bien generales, otras minuciosas, detalladas, ajustándose a la materia del poema, a su lenguaje, sus imágenes, su tono. Muy pocas veces se emitía un juicio de valor. Siempre predominaba una consideración sobre los elementos que integraban el poema, el error o acierto con que eran utilizados los recursos, etcétera. El tono general de estas intervenciones era más bien de interrogación, de diálogo, de información. Hicimos lo posible por desterrar el acento crítico, la afirmación rotunda. Nadie se sintió nunca juzgado en estas reuniones.

No siempre se mantuvo el entusiasmo. Como toda empresa humana, hay períodos buenos y otros malos. En el taller hubo temporadas en que el interés declinaba, tal vez porque escaseaban los trabajos, tal vez porque éstos repetían modalidades y vicios ya señalados. En ese tiempo entonces mi papel tomaba mayor importancia. Nunca dejé de sentirme responsable de la dinámica de grupo. Quizá no sea ello lo adecuado, sin embargo los resultados fueron los esperados.

Desde el comienzo entendí que yo debía estimular no sólo la formación sino también la avidez y la inquietud de los demás. Sin empujarlos hacia una poética determinada, me esforcé por introducirlos en el conocimiento de un grupo de poetas que considero del mayor interés. Me refiero a Pound, Williams, Olson, Zukofsky, Creeley, Robert Duncan, Denise Levertov, Gary Snyder, etcétera. Con frecuencia leí sus poemas y algunas páginas en los que ellos hablaban de su propia poesía o de la poesía en general. Si nuestro objetivo era la poesía, me pareció que la puerta más adecuada para un ingreso a ella debía ser el buen conocimiento de este grupo de poetas, fundamentalmente. Dedicamos por ello varias reuniones al análisis de un texto básico en ese sentido, el ensayo de Charles Olson sobre El verso proyectivo. Pensaba que si este trabajo fue tan útil para los poetas norteamericanos jóvenes, tal vez también pudiera serlo para nosotros. Se hizo primero una lectura minuciosa, luego hubo exposiciones, discusiones, comentarios. Muchas veces a lo largo de los tres años volvimos a este texto, ejemplificamos con él, etcétera. No lo hacíamos de una manera dogmática, ni excluyendo otras reflexiones, sino que lo complementamos con otros enfoques que, como en el caso de Denise Levertov, lo flexibilizaban y lo hacían más fértil todavía.

A veces solíamos detenernos en la lectura de algún poema que por uno u otro motivo considerábamos importante. Tal fue el caso de Domination of Black de Wallace Stevens. Este poema fue sometido a diversos experimentos. Lo leímos primero en inglés, luego traducido al castellano, luego intentamos, nosotros, nuestras traducciones. De pronto nos sentimos atraídos por las infinitas posibilidades que el poema ofrecía. Sucumbimos a la magia de su música, al hipnotismo que origina su lectura. Está construido con una suma de movimientos envolventes que se apoyan sobre una palabra de significado igualmente giratorio “turning”, que también quiere decir dar vueltas, rotar, virar. Lo leímos muchas veces en su lengua original, en nuestras traducciones, en otras traducciones, hasta percibir con nitidez que se trataba de un cuerpo sonoro que obraba sobre nuestros sentidos a partir de su impacto sobre el oído. Considerar el poema principalmente como una articulación de sonido no fue cosa fácil. En las primeras reuniones predominó una especie de interpretación contenidista, pero poco a poco fuimos tomando en cuenta otros aspectos. Descubrimos que –y el poema de Stevens fue una prueba– como dice Basil Bunting, el sonido en un poema es ya significado, o que quizás el significado de un poema reside más que en ninguna otra parte en su articulación sonora. Ya no había dudas, al final, que la carne con que un poema estaba hecho debíamos rastrearla a partir de sus sonidos; por ello, todo poema, debía ser antes que nada escuchado; en este primer contacto comenzaba a dibujarse la textura, vale decir ese entrecruzamiento de tonos y de ritmos que nos revelan más significaciones que las que tienen que ver con la semántica.

Alguna vez –y con el ánimo de agudizar la percepción de estos aspectos– escuchamos la lectura grabada que hacían de sus poemas los propios autores. Dylan Thomas, Neruda, Ezra Pound, etcétera. En algunos casos apenas entendíamos lo que éstos leían –este fue el caso de Pound– pero ello no me importaba mayormente. Aprendimos que un poema puede ser escuchado casi como se escucha una música y Pound, en ese sentido, era un modelo ejemplar. Sólo se puede tener la experiencia completa de su poesía cuando ésta nos llega leída por su autor. En sus matices, en sus variaciones tonales, en sus silencios, en la carga profética de su timbre, se descubre con claridad lo que Pound quiere decir cuando sostiene que en un poema lo único que cuenta es la calidad de la emoción. Al oír su lectura descubrimos infinitas cosas que con frecuencia no habíamos advertido, preocupados como estábamos en destejer los múltiples significados que en otros aspectos también su poesía comporta. Otras afirmaciones de Pound también resultaban claras con su lectura, por ejemplo, aquella que dice que “el verso consiste en una constante y una variable” o aquella otra: “la prosodia consiste en la total articulación del sonido en una poema”. Pound evidentemente, no fue un poeta especulativo. Sus observaciones se nutren de los poemas, se apega a estos, así como un biólogo al comportamiento de una célula para extraer generalizaciones sobre su conducta.

En varias ocasiones mencioné de paso las traducciones que hacíamos en el taller. Quiero ahora, detenerme un poco en ello. La práctica de la traducción también fue bastante frecuente. En algunos casos se hacían estos ejercicios en el intervalo entre una reunión y otra. A veces también los intentábamos en el transcurso de una sesión. Generalmente se trataba de poemas breves, no demasiado complejos, Williams, Gary Snyder, etcétera. Cotejábamos luego las traducciones y en algunos casos las confrontábamos con las de estos mismos poemas ya publicadas. Igualmente solíamos analizar diversas traducciones de distintos autores, como fue el caso de algunos de los Cuartetos de Eliot en los que se compararon simultáneamente cuatro versiones. Estos ejercicios –los de comparación de trabajos ajenos, así como la realización de versiones propias– son muy útiles. Tener que encontrar en la lengua de uno las palabras que sirvan para reconstruir un poema escrito en otro idioma es un riesgo, si bien es cierto, que un riesgo menor al corrido por su autor. Me parece muy conveniente hacer este tipo de ejercicios con la mayor frecuencia. Permite un manejo diferente de un texto. No es lo mismo una lectura, por más minuciosa que ésta sea, que una versión. El cuidado que un traductor debe poner para que el poema respire en otra lengua, para que tenga una unidad tímbrica y rítmica, sólo puede ser realmente valorado cuando se tiene la responsabilidad de insuflarle vida a las palabras, de hacerlas vivir. En una traducción –por la distancia que el traductor toma de su objeto– pueden ir superándose muchas inhibiciones o carencias. Si en la escritura de un poema propio es difícil –por lo menos en los comienzos– incorporar todo aquel saber que permite un uso sensible del lenguaje – atención simultánea a sonoridades, ritmos, acentos, evocaciones, sensaciones, etcétera– y que siendo esenciales son, sin embargo, a veces, casi inaprensibles, en la reconstrucción de un texto ajeno es posible tomar más en cuenta todo ese caudal, usarlo, sin la presión que necesariamente gravita cuando se trata de un poema que uno está escribiendo. Suele suceder que en el poema que se traduce hay sonidos que derivan de aliteraciones o rimas internas. ¿cómo hacer para conservar estos efectos en la traducción? ¿cómo evitar que se pierda precisamente la sustancia más rica del poema original? A veces es posible conservar algunos de estos recursos, otras veces se los pierde inevitablemente. Sin embargo, la lectura hecha con el ánimo de traducir, demanda una atención especial. Se pueden o no verter a la otra lengua, el esfuerzo del traductor –primero por reconocerlos y luego por tratar de conservarlos–, requiere un descenso al plano de la materia, un trabajo con ella, puede así medir sus límites y conocer sus posibilidades. Para un taller el trabajo de traducción es básico. Quiero también incluir en esta reseña, algunas cuestiones que, aunque parezcan accesorias, para revistieron siempre una importancia capital. Me refiero a la dificultad de conciliar un hondo respeto por el ritmo personal de cada participante y el compromiso tácito de realizar trabajos para cada reunión. Insistí mucho en que no se debía escribir para el taller. No se podía violentar por ningún motivo el movimiento interior de cada uno, su necesidad de escritura o de silencio. Pero el taller era un centro que se alimentaba con el trabajo de los asistentes. Si no había qué leer, podía desdibujarse su existencia hasta desvanecerse. Tratamos de estimular –para evitar una escritura de compromiso, no necesaria– las anotaciones periódicas en cuadernos o libretas, para que el ejercicio de la expresión se volviera cotidiano. Registrar allí pensamientos, reflexiones, versos sueltos de poemas en elaboración, citas de libros o de conversaciones fugazmente oídas, etcétera. Es decir, todas aquellas cuestiones que acrecentaran la capacidad de observación, de escritura, de lectura. Un poeta no se apoya sólo en los escasos, y a veces espaciados momentos de inspiración, sino que debe prepararse para que esos instantes puedan ser más fértiles.

Mediante esta vuelta, favorecíamos la necesidad de trabajo, pero no violentábamos aquella espontaneidad que siempre debe ser respetada. Evitamos que se hiciera de la escritura simple ejercicio experimental. La experiencia importa y realmente deja huellas cuando se halla impulsada por un tipo de necesidad que nada tiene que ver con la acrobacia o la pirueta formal. Las grandes transformaciones de la literatura no nacieron nunca impulsadas por un afán de experimento, sino obedecieron a otro tipo de búsquedas humanas.

Muy pocas veces trabajamos en el taller utilizando la imitación. Sin embargo, ahora que pienso sobre los resultados me parece que debimos insistir más en esta práctica. Para poder imitar es necesario analizar muchos aspectos. Si nos proponemos imitar una pintura de Matisse o de Klee tendremos primero que observar minuciosamente qué características tienen sus formas, cómo están usados los colores, cómo relacionan los volúmenes, de qué manera colocan el color sobre la tela, qué tipo de colores utilizan, si trabajan con pincel, con espátula, o con cualquier otro instrumento, si mezclan los colores en la paleta o directamente sobre la tela, etcétera, para luego, cautelosamente, empezar la imitación de un cuadro determinado. Algo semejante sucede con la imitación de un poema. Los pintores suelen utilizar con frecuencia la imitación como una de las formas de su aprendizaje, los escritores, en cambio, son más remisos en el uso de ese procedimiento. No obstante ello, me parece ésta una gimnasia recomendable. Basta recordar las imitaciones que de los novelistas franceses del siglo XIX hizo Proust para reconocer su utilidad. Cuando trabajamos en la imitación de un poeta, nos vemos obligados a una cantidad de precisiones que generalmente no hacemos cuando simplemente leemos. bien que este ejercicio casi artesanal no tiene que ver con la creación propiamente dicha, pero, a pesar de ello, amplía la destreza en el manejo concreto de la lengua, permite una relación material con el cuerpo sonoro de un idioma. También, como la traducción, la imitación del estilo y las formas de un poeta predisponen a un mejor uso de los recursos necesarios para una buena escritura.

Hay algo que todavía no he mencionado y que considero de mucha importancia. Esto ya no tiene que ver con el método de trabajo ni tampoco con la puntualidad, sino con algo así como el ánimo o ánima o alma, que en definitiva vendría a ser lo mismo. ¿En qué consiste esto? Hablamos ya del espacio. Nos referimos también a la dinámica y al cumplimiento. Esbozamos algunos de los procedimientos usados. El alma sería más bien el tono afectivo dominante, el modo en que nuestra afectividad actúa, el grado de confianza y la buena disposición con que cada uno de los integrantes del taller percibe al otro, se relaciona con el otro. Es decir el espíritu predominante en la comunidad. Esto es tan importante que me animaría a afirmar que sin la suficiente carga afectiva aglutinante la batalla está perdida. Por más brillantes que puedan ser los participantes no se podrá trabajar sin una buena dosis de afectividad positiva. Si esta disposición se instala, el taller deja de ser una obligación para convertirse en una atracción. El lugar y el tiempo de reunión ejercerán un magnetismo real sobre el ánimo de los partícipes y las horas semanales dedicadas al trabajo de la poesía, una tonificación contra la dispersión del mundo.

Sé bien que todo lo dicho –a pesar de su importancia– es solamente el aspecto artesanal de una tarea que se nutre también –y principalmente– de otras fuentes. Sé igualmente que el viento de la poesía sopla donde quiere. Sin embargo, no descarto por ello las virtudes de un aprendizaje. Hay un trecho en el largo y complejo camino que una obra poética implica que puede ser recorrido con el auxilio de una buena guía. Algo parecido a lo que transmiten los maestros a sus discípulos en las disciplinas orientales o a la enseñanza que los pintores del Renacimiento impartían a aquellos aprendices que muchas veces se convirtieron en los ejecutantes de las grandes obras. Si bien en la poesía, en toda poesía, existe una zona oscura a la que no podemos descender con nuestros instrumentos rudimentarios, hay otra que sí podemos aprehender mediante una gimnasia adecuada. Allen Ginsberg llega a decir que con un buen uso de los recursos de la respiración podemos crear la suficiente paz en nuestro corazón como para que el impulso creador un momento nos inunde y entonces resulta irreprimible.

 

Publicado en Cuadernillo de taller y seminario 23, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Ediciones de la revista Punto de partida, marzo de 1982.


 

jueves, 22 de enero de 2026

EL LABORATORIO: CALEB MONCADA. TRANCERACIÓN PARA "RITUAL AGONÍA" DE LURY MAOJ





Saúl Leiter



Monasterio (pretérito, presente) se exime de pecados y de púbicas cóleras ¿Cuántas formas arrojadas al fuego, lo dolo tatuado en la ceniza, la cintura vendaval prohibida del jadeo cantábile? Monasterio alimenta la mentira y el nepente zurcido en ojos verdugos, de los que juzgan el color de la noche: para lo asqueroso la violencia sobre los cuerpos disfrazada de jaculatoria; e ingresar entre escalones, cristos crucificados, pastiches de lo divino no verosímil y ayas lejanas con baberos agrios, y ayes en boca de aves de fuego, y flacas hayas obstruyendo el camino a la cueva, la cueva, la ciudad, la ciudad, la no muralla… examinar los frasquitos repletos de amoxicilina que retienen los hedores de las vejaciones, los susurros, la inclemente mirada del yeso yo me imbuyo del rosal enjaulado, de triturar sus pétalos para que reposen en mis revueltas vísceras, libertar mis alveolos de la tea, elementos que en el aire tercian sobre gemidos y terrores (se ha negado el libro para el control del aire, San Cipriano) yo he visto los extramuros, mi sobria (ebria) pena: la existencia de la fiesta o la glorificación del exceso, lo anatema, la revocación de las sumas, los amperios sobre el ojo ciego; aquí, no se despega la nuca del coito de los cardos, las almohadas repletas de treponemas, los reinos del paso humoso destazados… porque en casa nadie halla la necesidad de la máscara, la banalidad del Diablo de presumir los cuernos frente al espejo, la imposibilidad masturbadora en la hora de las confesiones. Monasterio ¿libertad de andar dentro de las cercas? Ingresar al betún confundido con éxtasis. Apresa el lenguaje del alcohol, semen, hierro, pátina, desgarrada enagua el antebrazo entumecido; para elevarte ante mis ojos, desparejar el hueso, jugar con los nervios… aceleración, detención, equivocaciones entre diástoles y sístoles; las falanges se contraen, la lengua se mastica a sí misma catarsis para volvere a la posición fetal, nada se acostumbra al astro obscuro, rompo la placenta, añadidura de pliego que se niega al pincel. Y el vientre de mi madre, mi primera culpa: joderle el útero. La primera pulsión (la negación de Eros). La contaminación, Ego pienso Ego soy al momento de la lluvia en la ventana parkinsoniana. Las sombras como yeguas. El globo ocular que provoca vértigo a la viga, el artificio de la luz, SU SONIDO. Deuda con Maoj, cita: algunos de los muñecos se han hecho con furia, hilos improvisados; otros, delirio de anatomía, con delicadeza, los puercoespines: la carca de los cuerpos que llora, grita, reclama, declama ¿venganza, justicia, mirada?; dilo con una voz sarcástica. Todo como universo tántrico. Afuera, el encestar, las canicas, la pértiga, que delicia, la saliva escupida a los cielos (¿Panero?). 

 

SOY YO TU PROLE. Mis articulaciones resultan las suyas tratando de acoplarse a sus dobleces, sus contracturas, sus madores; el encuentro con lo deforme. Temo que nadie ha penetrado falotrado mis extremidades con tanto amor odio no delectación al beso del cristal en mi cuerpo, y confieso la pústula de lo contrahecho; ahora palpo vericuetos donde la tierra fue lisa, ahora introduzco mis pulgares en otras cavidades; ver para creer; el espejo son los ojos de otros que erran entre las calles y no apartan los tenebrios su canto cuando perciben mis pieles mal cosidas . Tus hijos tienen nombres de Ángel. Te defenderán de las pupilas con carnosidades. A mí me observan con desprecio, me turba. Todo ángel es terrible, toda belleza es igualmente terrible (Rilke). ¿Qué es belleza? Monasterio. Mi escolástico conocimiento, mi conocimiento medieval: «La belleza… es orden y proporción». La belleza monstruosa ¿La belleza monstruosa? ¡la belleza monstruosa! Belleza como caos, desproporción, aquello que causa horror: repetición… terribles ángeles. Terribles alas. Ícaro que cae, y vuelve a morder la axila excusando piojos.     

 

Olvidado el sol materno (pequeña contradicción psicoanalista, el astro mayor visto como símbolo femenino, símbolo de poder, como un miembro mutilado mascado por Cesar anárquico), obligación de pertenencia: rito, entre los rostros de estas creaciones, buscar el suyo sobre el lamento del corifeo, buscar sus labios y carillos palpitantes. Porque con toda ave el carrillón, la elección, lo irreconocible, lo muerto jurado al buitre. La espera, quizá, el solo deseo de negar el tiempo, lo que no se logra… mañana, mañana. Volverán con el carrillón, las aves, el parpadeo del oído. Pero todos los cuerpos femeninos se hallaban descuartizados, lo táctil es pecado, fácil que la lengua dibuje círculos en el seno y mate la sed; primaria la cabeza, el dictatorial ojo, y por ende el error, la garganta no contenta, el cuello solo para el ahorco, de nuevo, la ira, la erección. Porque no existe la santidad, la hipocresía de mi modorra que anda sin tremar las mareas. Lágrimas entre este ritual (que veo desde las cadenas) desfila a vista de la muchedumbre, podredumbre, como carnaval, es el carnaval, la rotura de los tabúes, la rabia contagiosa que se celebra, admiran lo que me está prohibido, MONASTERIO. Sor Inés, me lo dijo… Sor Inés, ilegible, mi brutalidad. Aquí justifico mi delirio: carnaval [...]fomento de la violencia y el desenfreno, inversión de lo establecido en el que lo malo se convierte en lo divertido y aceptado; es decir, la máscara se convierte en un signo de rebelión contra el orden, un símbolo de liberación frente a la represión del hombre (Martínez, Belén; 2023, p.12). […] el carnaval era el triunfo de una especie de liberación transitoria, más allá de la órbita de la concepción dominante, la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes. Se oponía a toda perpetuación, a todo perfeccionamiento y reglamentación, apuntaba a un porvenir aún incompleto. (Bajtin, 2003, p.19) He allí tu respuesta, aire. He ahí tu respuesta, viento. El trance. La utopía: Je ne suis pas une femme. ¿esto tampoco me pertenece, el ápice, el áspid, el bolo? Porque toda máscara es libertad, extrañamente la mayoría de muñecos femeninos (observe el útero cosido sobre la ropa blanca) carecen de cabeza, descuartizadas; su exclusión parece demostrar la repulsión falo céntrica hacia lo desconocido, peligroso, distinto; lo pavoroso se adentra en el ser con el acto del escisión o la carencia de (se interpreta aquí, como el espectro femenino del lenguaje que se repugna y se niega, este se subyace a la hipótesis: todo lenguaje es masculino). Lo salvaje contra lo civilizado. Lo excluido entonces, es aquello que procede de la madre (Suniga & Tonkonoff, 2012, p.5). Porque el sacrificio de lo materno me permite el lenguaje, porque asesinar a mi madre me permite hablar (ethos), pensar (logos), y solo el sufrimiento al rememorar el erótico acto, en clave Bataille, se transforma en emoción (pathos); por ello, mi segunda culpa esta máscara que me has dado, empotrada con miel ¿Alas, Ícaro…? me permite caminar por las calles, /no preso/ de la angustia de ser vapuleado por mis heridas, mi cuerpo, permanecer fuera de casa, del monasterio, mi cuerpo malo . La libertad obtenida con el vagido, el juego, el juego, ADICTO DOLOR.


                                                                                                                       Saúl Leiter



Monstruo observa a presa: la novia; transpiración marchita las rosas que /posee/ aquella (imagen semi descuartizada, la sangre que mana de las cavidades faciales reconstruye crimen, gangrena, sangre). Cuerpo encima de cuerpo. Poseer. Posesión. Posesión. Rosa Desposeída. Muchas manos que instauran la tristeza, compresiones en el torso, el peso del otro, del amo. Rio con gordos esquifes. Connotación sexual. El enmascarado (la bestia) conserva /identidad/, libertad de observación, libre de castigo (su bestia). Su demencia ante mí entre cigarros intensos o galaxias, su panorama ante mí entre fantasmas promiscuos o mantequilla, ante mí entre testigos mudos o cuchillos de gala, ante mí él o yo, ante mí la palabra o el silencio. Lo insignificante de mi presencia. Y sus ojos como albur Eielson, el pájaro invisible como radio de un círculo visible que no es un círculo. Brazos aprietan la cintura vendaval, triple desposesión: otro desposee otra, otra desposee ella, ella desposee rosa ¿y las marañas de cabello que se esparcen entre la cera del patíbulo, son retazos de lo mío, de lo que nunca fue mío? El parir catártico. La triada universal del Poema: hombre > mujer > poema: comida, igual cadena, igual acción, sexual (Verastegui, Ángel Novus = Ícaro que cae) La tragedia es: toda escritura es también prole (bastarda) producto consumo de violación… toda escritura es dar a luz; el parangón así: imagen conducto al abismo, la trema pierna, el yo, extradiegético, extradigestivo, imposibilitado de acción, solo reacción pasiva, contención, negación, depuración, llanto: su FALA-CIA ¡su falacia!, su existencia para manipulación, su juego, su carcajada




—de niños las plastilinas se transformaban en yoes superhéroes hasta que laceraran sus colores las manos sucias, las verdaderas manos de tanto conminar al vuelo, de surcar los invisibles astros de nuestras mentiras; entonces nos reconocíamos en ellos, en el desgaste, en lo incoloro, en la noche, en el ave; y crear, huir, era destruir, hacer amorfo algo; de niños, desechamos aquellos monstruos, pero supimos erectarnos o castrarnos, supimos del uso de la caca (Rimbaud), supimos de los demonios, de la basura, de la gasolina, de la rosa, de las cacofonías, monstruoso monasterio de monos — ; la usanza que provoca estimulación mental y corporal, ESPIRITUAL DOLOROSA, MEA CULPA, el terror que conmina al grito y el grito que obliga al /cuerpo/ a parir en los labios: pathos. Ello es mi tercera culpa quizá en los sueños la noche me encuentre en redención, y los pájaros que entone no carguen en sus picos tu sangre, no el gong
; la ficción de la salvación, la redención de la víctima o el mero acto periodístico, la descripción, no penetración en el acto violento, el ajeno plumón mascado entre los dientes, el no encuentro; el ebúrneo vicio, turbación, asombro, quiero retirarme del ritual… Y la andrógina progenie turistea la ciudad. La otredad. Para purificación o escritura, silencio o subrepticia sonrisa. No santidad, tricotomía distinta, sucia, algarabía de lo impúdico. ¡Qué asco! ¡Qué horror! ¡Alguien cuélguenos del ojo crepuscular! ¡Alguien sálvenos de estas mierdas! snÑSNwegipbwkssdkfnSLKGNKLwsaeg



 

Referencias bibliográficas

Bajtin, Mijail (2003). La cultura popular en la edad media y en el renacimiento. El contexto de Francois Rabelais. Alianza Editorial. Madrid, España. 

Cultura Unsa. [Cultural Unsa]. (31 de octubre del 2024). Te presentamos el 𝐜𝐚𝐭𝐚́𝐥𝐨𝐠𝐨 𝐯𝐢𝐫𝐭𝐮𝐚𝐥 de "𝐑𝐈𝐓𝐔𝐀𝐋 𝐀𝐆𝐎𝐍𝐈́𝐀" Exposición Individual, a cargo de 𝐋𝐮𝐫𝐲 𝐌𝐚𝐨𝐣. [Publicación]. Facebook. https://web.facebook.com/share/p/SjDqzx5mUJWydmMn/

Martínez Baena, Belén (2023). Máscaras ¿magia o anonimato? Análisis sociocultural de las máscaras en el ámbito audiovisual y virtual [Tesis de Grado]. Universidad de Sevilla. https://idus.us.es/bitstream/handle/11441/150536/PUB_MART%C3%8DNEZBAENA_TFG.pdf?sequence=1&isAllowed=y

Natalia Suniga y Sergio Tonkonoff (2012). Lenguaje, Deseo y Sociedad. Los Aportes de Julia Kristeva. VII Jornadas de Sociología de la UNLP. Departamento de Sociología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, La Plata. https://www.aacademica.org/000-097/23

domingo, 18 de enero de 2026

ÁNGEL CERVIÑO. CONTRA ORALIDAD

 



"Musa", pintura de Ángel Cerviño



Los que me conocen ya saben lo poco que me gusta leer en público, supongo que se trata de algo no premeditado, intuitivo o visceral, que tendrá que ver con la timidez y la inseguridad, pero, claro, a lo largo de todos estos años he ido teorizando esa disposición, esa no-disposición, y ahora ya me veo armado de un corpus teórico que la sustenta. Allá va.

 

En primer lugar, mi escritura se organiza de forma muy visual. Me interesan las estrategias plásticas de ocupación de la página: esas líneas oscuras desplegándose sobre la superficie del papel. En no pocas ocasiones he decidido el aspecto tipográfico de un texto antes de escribir una sola línea. Las diferentes secciones de un libro suelo ‘verlas’ plásticamente configuradas antes de comenzar a trabajarlas. Obviamente todo esto desaparece en cualquier lectura pública.

 

Cuido mucho también los aspectos musicales y la sonoridad de la escritura, pero yo diría que esos valores sonoros se asientan siempre sobre un trazado visual, sobre una arquitectura previa.

 

Suelo utilizar una amplia y variada gama de signos gráficos y procedimientos constructivos que plantean serias dificultades a la lectura y la oralidad: guiones, asteriscos, barras diagonales, notas al pie, parlamentos —entrecomillados o no atribuidos a los diferentes personajes que pasaban por allí. ¿Cómo leer una nota al pie en un verso? ¿Se va a la nota en el momento en que aparece, interrumpiendo el discurrir del texto, o se lee el poema completo y al final se va a la nota explicando en qué punto exacto se encontraba la llamada? No sé cuál sería la peor solución, pero ninguna es buena.

 

Por otro lado, la performatividad, o la simple lectura en voz alta, añadiría a mis textos toda una serie de valores no previstos, ni buscados (y quizá tampoco deseados): la entonación, la dicción más o menos clara o arrastrada, un ritmo rápido o más pausado, énfasis y silencios, toses, tartamudeos, errores de lectura, carraspeos... Valores que pertenecen al lector (aunque sea yo mismo) y a su pericia o estado de ánimo, pero no al texto. Al menos, no al texto tal como fue concebido.

 

Otra interferencia grave la proporciona el hecho de que toda lectura pública de poemas es, antes que ninguna otra cosa, un acto social, una reunión de personas, con todos los juegos de representación y exhibición de roles que esto conlleva. Un entorno sonoro y social que no deja de añadir capas de significación sobre el texto, sepultándolo bajo estratos de gestos y carantoñas; obstáculos, todos ellos, que desaparecen en una lectura privada y silenciosa.

 

Aunque quizá el reparo más sólido que puedo poner a la lectura pública de un texto es la linealidad irreversible que se le impone. El lector no puede aquí detenerse en un punto clave, y volver atrás, a algún pasaje anterior que ahora resulta iluminado por los versos que le sucedieron, y volver a paladearlo a la luz de estas nuevas aportaciones que lo enriquecen, lo matizan o lo contradicen (un recurso que he utilizado con cierta frecuencia). Tampoco puede pararse un rato a disfrutar con más detenimiento y delectación de una imagen inesperada o, simplemente, mantenerse en el clima verbal de un fragmento que le toca de forma más directa, y reflexionar sobre lo que va leyendo, dejándose llevar por una marea de evocaciones no previstas, que requieren de un paso más lento y de una atención diversificada. Así leo, y así me gustaría que me leyeran.

 

Y no estará demás terminar citando a J. M. Ullán, con una frase que muchas veces me ha servido de baluarte o burladero: “... todos los esfuerzos previos de despersonalización se hacen añicos, tienes que reconstruir el conjunto como si se tratara de una cosa propia, que lo será, pero que no tendría que serlo hasta el punto de proclamarlo”.

(J. M. Ullán, “Eso de leer poemas”. Entrevista con Eloísa Otero)

 

En realidad, la cosa es muy sencilla, siempre que puedo elegir opto por la palabra desnuda que se cuela silenciosa en la mente del que lee sin mover los labios, generando allí su propia música, resonando en los archivos verbales del receptor. Imágenes acústicas posándose en nuestra mente, depositándose sobre cláusulas y conceptos como el polen que cubre los charcos. Así me gustaría presentar mis textos, sin otro aditamento.

MAURIZIO MEDO. "SERVET": UNA HIPÓTESIS DE LECTURA

 

Este texto no comienza con un hecho, sino con una fricción. No propone una corrección biográfica ni una hipótesis demostrable, sino una forma de lectura que acepta la inestabilidad como condición. Lo que sigue no busca fijar un itinerario ni certificar una presencia, sino hacer visible una experiencia previa a la escritura, allí donde la historia documentada ya no alcanza.

Servet no aparece como nombre alternativo ni como máscara, sino como síntoma de una identidad obligada a traducirse en territorios donde el nombre propio no garantiza pertenencia, sino exposición. no se invoca como prueba geográfica, sino como espacio operativo: lugar de tránsito, de mezcla, de aprendizaje ético, donde la experiencia no deja archivo, pero sí huella. No interesa demostrar que Cervantes estuvo allí, sino pensar qué tipo de formación hace posible una obra como el Quijote.

Dulcinea no será leída como ideal ni como alegoría. Aparece como problema y como resguardo: nombre necesario para proteger una experiencia que no puede atravesar intacta la escritura. No inaugura una ficción amorosa, sino que preserva una ética del cuidado sin apropiación, una presencia que no se deja reducir a relato ni a símbolo. En torno a ella se articula una noción de libertad aprendida en el tránsito, no como concepto abstracto, sino como límite no negociable.

Este ensayo no persigue la verificación, sino la verosimilitud profunda. Se apoya en la resonancia entre palabras, gestos y frases que reaparecen cuando la literatura reconoce algo que ya ha sido vivido. El método es deliberadamente impuro: lectura literaria, teoría crítica y atención al detalle mínimo conviven sin resolverse en síntesis. No se trata de cerrar el sentido, sino de mantenerlo abierto.

Al lector no se le pide adhesión, sino disposición. Leer aquí implica aceptar la demora, tolerar la opacidad y renunciar a la versión única. Lo que sigue no dice lo que fue; explora lo que insiste. Y solo desde esa insistencia —incómoda, lateral, no clausurable— puede empezar verdaderamente la lectura.

 


Toda literatura nace de una demora, pero no de una demora vacía o abstracta, sino de una demora cargada, saturada de experiencia no decantada, anterior al hecho fijado, anterior al archivo ordenado, anterior incluso al nombre propio que más tarde fingirá haber sido origen, centro y garantía. Antes de que la historia intervenga con su sintaxis rectilínea, con su impulso clasificatorio y su necesidad de clausura, existe una zona espesa donde lo posible ejerce una presión constante sobre lo real, como una materia aún sin solidificar que se resiste a adoptar forma definitiva. La literatura no corrige la historia ni la sustituye: la incomoda, la obliga a convivir con aquello que pudo haber sido y que, precisamente por no haber sido del todo, persiste como resto activo, como sedimento incómodo, como memoria sin archivo (Benjamin, 1940/2008).

Desde esa zona debe leerse lo que aquí se propone. No como reconstrucción factual ni como biografía encubierta, sino como hipótesis crítica, en el sentido más exigente del término: una forma de pensar lo literario no desde lo probado, sino desde lo verosímil vivido, desde la coherencia profunda de una experiencia que la documentación no alcanza, pero tampoco contradice.


Miguel de Cervantes fue también Servet. No como impostura ni como máscara estratégica, sino como expansión forzada de la identidad cuando el nombre propio deja de ser suficiente para contener el mundo. Servet no designa un alias elegido, sino una traducción impuesta, un ajuste precario del sujeto a un espacio donde las lenguas se rozan sin jerarquía, donde las voces se superponen sin resolverse, donde cada acto de nombrar es ya una negociación, una concesión, una pérdida parcial.

Nombrarse Servet no es ocultarse: es aceptar la inestabilidad del nombre como condición de supervivencia. En territorios de frontera —puertos, costas, ciudades de tránsito— el nombre no garantiza identidad; apenas permite circular. El nombre propio, lejos de fijar, se vuelve poroso, expuesto a la deformación fonética, a la traducción defectuosa, a la apropiación ajena. En ese contexto, el nombre deja de ser esencia para convertirse en función, en herramienta provisional para atravesar un mundo que no admite identidades puras ni filiaciones estables (Bajtín, 1981).

Antes de Argel —antes del cautiverio documentado, antes del hierro, antes de la experiencia disciplinaria que la historia ha sabido narrar— hubo otro encierro más difuso y quizá más decisivo: el encierro de la mezcla. Un encierro sin muros, sin guardianes, sin sistema, pero no menos exigente. La obligación de vivir entre lenguas que no se dominan del todo, entre códigos religiosos superpuestos, entre economías morales incompatibles, produce una forma de cautiverio distinta: no limita el cuerpo, sino que descentra la percepción.

Es en ese espacio previo donde Servet se forma, no como personaje biográfico, sino como condición de mirada.


En la costa adriática —donde el relieve cae abruptamente sobre el mar y la tierra parece no querer negociar con el agua— la identidad no se experimenta como pertenencia, sino como oscilación constante. Nada comparece como unidad estable; todo se ofrece como superposición fatigada. Las lenguas circulan como las mercancías, las creencias conviven sin fundirse, los nombres se dicen de varias maneras sin que ninguna logre imponerse definitivamente. Allí el yo no es raíz ni fundamento: es marea, retirada y retorno, presencia intermitente que no reclama origen ni destino.

Servet aprende ahí algo decisivo: que la identidad no se conserva intacta, sino que se administra en pérdida. Que ser otro no es traición, sino adaptación. Que la fidelidad absoluta a un solo nombre empobrece la mirada y la vuelve incapaz de leer un mundo múltiple.

En ese aprendizaje previo aparece ya, aunque todavía sin figura ni nombre, la noción de libertad que más tarde la escritura fijará. No como concepto jurídico ni como abstracción moral, sino como experiencia no negociable. En las bocas que decían Ulcinj sin necesidad de escribirlo, circulaba una advertencia breve y obstinada, repetida como se repiten las cosas que no admiten réplica: que la libertad no se vende, que no hay oro suficiente para justificar su pérdida. La frase no tenía autor. No se citaba. Se decía como se dicen las verdades aprendidas en el tránsito, en el cautiverio leve, en la precariedad cotidiana.

Mucho tiempo después, esa misma frase reaparecerá, casi intacta, en Don Quijote. No como invención literaria, sino como reconocimiento tardío. Como si la escritura, al llegar siempre después, solo pudiera recoger lo que ya había sido dicho en otra parte, en otra lengua, en otro borde del mundo. No prueba un itinerario; revela una experiencia compartida. No demuestra un paso geográfico; hace verosímil un aprendizaje ético.

Servet no inventa esa frase.

La trae consigo.

Y con ella trae una manera de leer el mundo que ya no admitirá una sola versión de la realidad.

En ese punto —todavía antes de Argel, todavía antes del relato heroico del cautiverio— comienza a gestarse la figura que más tarde será llamada Dulcinea. No como ideal, no como símbolo, no como invención poética, sino como presencia anterior al lenguaje literario, ligada al cuidado, al cuerpo y a la imposibilidad de archivo. Pero para llegar a ella es necesario detenerse un poco más en el lugar que la hizo posible: Ulcinj, nombre único y, aun así, insuficiente; nombre que orienta, pero no retiene.

Allí, donde el nombre nunca termina de coincidir consigo mismo, comienza realmente esta historia.




Ulcinj no era un origen; era un paso. Y, sin embargo, en ese carácter transitorio residía su fuerza formativa. Ciudad costera, puerto menor, borde más que centro, Ulcinj existía en un régimen de circulación constante donde nada —ni los nombres, ni las lenguas, ni las lealtades— podía aspirar a fijarse sin traicionarse. Era un lugar que no producía archivo, pero sí memoria; no acumulaba documentos, pero generaba experiencias reiteradas que se transmitían por contacto, por gesto, por repetición oral.

Allí la historia no se escribía: se atravesaba.

El mar no funcionaba como horizonte épico, sino como límite operativo. No abría hacia la aventura, sino hacia la necesidad. Mercancías, cautivos, rescates, rumores, lenguas rotas: todo llegaba y partía sin pedir permiso a una identidad estable. En ese espacio, la identidad no podía concebirse como pertenencia cerrada, sino como competencia relacional, como capacidad de moverse sin romperse del todo.

Servet se forma en ese régimen de tránsito. Aprende a leer antes de escribir, a escuchar antes de nombrar. Aprende que el mundo no se presenta como relato lineal, sino como superposición discontinua de escenas parciales, de voces incompletas, de sentidos que no coinciden. Esta experiencia no genera épica; genera atención. Y esa atención —más tarde— será decisiva.

Es en Ulcinj donde la noción de libertad se desprende definitivamente de la abstracción. No es derecho, ni ideal, ni horizonte político. Es condición mínima de dignidad, aprendida en negativo, en el roce constante con su pérdida posible. Por eso la frase circula allí como advertencia y no como consigna: que la libertad no se vende, que no hay oro suficiente para justificar su entrega. No se dice para convencer; se dice para recordar. La frase no pertenece a nadie porque pertenece a todos los que han aprendido su sentido sin necesidad de explicación.

En ese contexto aparece ella.

No llega como personaje. No entra en escena. No se presenta. Está.

Antes de ser Dulcinea —antes incluso de ser nombrable— es una figura del cuidado, y el cuidado aquí no es virtud ni vocación, sino práctica situada, respuesta concreta a una necesidad concreta. No hay idealización posible porque no hay distancia. El cuidado se ejerce sobre cuerpos reales, heridos, cansados, atravesados por la intemperie. Se ejerce sin relato.

Ella atiende al cautivo sin solemnidad ni compasión performativa. No dramatiza el dolor ni lo convierte en signo. Agua medida, alimento escaso, vendas mal cortadas que cumplen su función sin aspirar a perfección. El gesto es preciso, pero no delicado; eficaz, pero no sentimental. No pregunta por el pasado porque el pasado no sirve para curar una herida abierta. No promete un después porque el después no es su competencia.

En ese modo de estar hay una ética implícita que la literatura tardará en reconocer: ayudar no es interpretar.

Ella no traduce el dolor a lenguaje. No lo vuelve ejemplo ni enseñanza. Lo sostiene en su materialidad incómoda. Y es precisamente esa negativa a narrar lo que la vuelve insoportable para una conciencia que todavía busca sentido en el relato.

En Ulcinj, ese cuidado no sorprende. Es parte del régimen del lugar. Allí nadie espera que el sufrimiento produzca significado. Se espera, a lo sumo, que no destruya del todo al cuerpo que lo padece. La supervivencia no es heroica; es operativa.

Por eso ella no necesita nombre.

O mejor: por eso ningún nombre puede contenerla.

Cuando habla —poco, casi nunca— sus palabras llegan atravesadas por más de una lengua. No busca precisión; busca comprensión mínima. A veces una frase queda torcida, incompleta, mal traducida. Nadie la corrige. Esa incorrección no es un defecto, sino una marca de verdad: la señal de que lo dicho no aspira a clausurarse. La lengua aquí no ordena el mundo; apenas lo acompaña.


Servet observa. No como quien aprende una lección, sino como quien se ve desplazado. En la presencia de ella no hay cautiverio, y esa ausencia pesa más que cualquier cadena. Porque revela que el cautiverio no es solo una condición material, sino también una forma de relación con el otro. Ella no posee, no retiene, no exige. Cuida sin apropiarse. Y en esa economía mínima se abre una grieta decisiva.

Es ahí —no en la abstracción filosófica, no en la teología, no en el derecho— donde se gesta la idea de libertad que más tarde la escritura fijará con palabras mayores. La libertad como imposibilidad de ser reducido a precio. La libertad como aquello que no admite intercambio. La libertad como condición no negociable, aprendida en el gesto que cuida sin poseer.

Cuando más tarde sea necesario escribirla, el problema no será recordarla, sino no traicionarla. Convertirla en dama sería una vulgaridad. Convertirla en campesina, una reducción. Convertirla en alegoría, una violencia. La literatura necesitará inventar una solución que preserve la experiencia sin exponerla. Así nacerá Dulcinea: no como invención arbitraria, sino como nombre de resguardo, como operación literaria destinada a proteger un origen que no puede atravesar intacto la lengua de la escritura.

Dulcinea no oculta a la mujer de Ulcinj; la salva del archivo.

Por eso Dulcinea no tiene pueblo en los libros. No porque no lo tuviera, sino porque el pueblo —Ulcinj— no puede decirse sin perder su condición de borde, de tránsito, de lugar donde los nombres nunca coinciden consigo mismos. Decir Ulcinj es orientar; es también reducir. La literatura opta entonces por el desplazamiento: sacrifica la precisión geográfica para preservar la verdad experiencial.

Ella no entra en Argel.
Argel no sabría qué hacer con ella.

Porque Argel —y eso se hará evidente más tarde— exige nombres claros, funciones definidas, cuerpos administrables. El cuidado que no narra, la presencia que no se deja fijar, la libertad que no admite precio, no tienen lugar en un sistema que vive de la clasificación. Ulcinj, en cambio, vive de la fricción. De la mezcla. De la imposibilidad de cierre.

Cuando Servet abandona ese espacio —no como quien se va, sino como quien es desplazado— algo queda definitivamente incorporado a su manera de mirar. Ya no podrá creer en identidades puras. Ya no podrá aceptar relatos cerrados. Ya no podrá concebir la libertad como concepto abstracto. La llevará consigo como se llevan las frases que no tienen autor y que, por eso mismo, sobreviven.

Todo lo que vendrá después —Argel, España, la escritura— estará atravesado por esta experiencia previa. Pero para comprenderla no es necesario anticipar el cautiverio mayor. Basta con quedarse un poco más aquí, en Ulcinj, en este cuidado sin nombre, en esta libertad no negociable que la literatura, siempre tardía, intentará fijar sin destruir.

Argel no irrumpe: se impone. No aparece como escenario, sino como sistema. Frente a Ulcinj —ciudad de fricción, de tránsito, de nombres inestables— Argel se organiza como espacio de clausura, de jerarquía explícita, de administración minuciosa del tiempo y del cuerpo. No hay ambigüedad en su funcionamiento: todo debe ser legible, clasificable, intercambiable. Allí la identidad no oscila; se fija. Allí el nombre no traduce; encierra.

El paso a Argel no es un desplazamiento geográfico, sino un cambio de régimen. El cuerpo entra en una economía distinta, donde cada gesto adquiere valor de signo, donde el silencio es sospechoso, donde la demora se penaliza. El mar, que en Ulcinj funcionaba como borde operativo, aquí vigila. El aire pesa. El espacio se contrae en una sintaxis disciplinaria que no necesita exhibir violencia para ejercerla. La violencia se ha vuelto procedimiento (Foucault, 1975).

Servet llega con algo que Argel no reconoce: una experiencia previa de libertad no abstracta. No la libertad proclamada, sino la libertad no negociable, aprendida en el cuidado, en la mezcla, en el gesto que no admite precio. Esa experiencia no tiene lugar aquí. No puede integrarse. Por eso no desaparece: resiste.

Dulcinea no entra en Argel.
No porque no exista, sino porque Argel no tolera lo que no puede ser nombrado de una sola manera.

El cuidado sin relato, la presencia sin apropiación, la ayuda que no se traduce en deuda ni en mérito, carecen de función en un sistema que vive de la equivalencia. En Argel todo tiene precio: el cuerpo, el tiempo, la obediencia, incluso la esperanza. El rescate es la forma más explícita de esa lógica. Todo puede ser devuelto a cambio de algo. Todo, menos una cosa.

Y es entonces cuando la frase vuelve.

No como consigna heroica, no como gesto retórico, sino como último resto. Bajo presión, la advertencia aprendida en Ulcinj se formula con mayor claridad: que la libertad no se vende, que no hay oro suficiente para justificar su pérdida. En Argel la frase adquiere un filo nuevo, porque aquí todo se compra. Aquí todo se tasa. Decir que algo no tiene precio es introducir una falla en el sistema.

La frase no libera.
Pero protege.

Protege un núcleo de experiencia que no puede ser absorbido por la lógica del intercambio. Protege la memoria de un cuidado que no se compró ni se vendió. Protege, en último término, la posibilidad de no reducir el mundo a una sola versión administrable.

Argel enseña otras cosas. Enseña a medir el tiempo. A calcular el riesgo. A desconfiar de la épica. Enseña que la supervivencia no es heroica, sino estratégica. Pero no enseña a mirar. Eso ya estaba aprendido antes. Por eso el cautiverio, aunque severo, no logra clausurar la experiencia previa. La disciplina organiza el cuerpo; no logra capturar del todo la percepción.

Cuando llega la salida —siempre tardía, siempre insuficiente— no hay restitución. Se sale de Argel como se sale de una fiebre: con el cuerpo liberado y la percepción todavía condicionada, habituada a la vigilancia, entrenada en la sospecha. El mundo vuelve a abrirse, pero ya no es inocente. Tampoco lo era antes. La diferencia es que ahora esa no inocencia es consciente.

El trayecto no avanza: se repliega. El regreso no es retorno, sino reconocimiento. Ulcinj reaparece no como lugar físico necesariamente habitado de nuevo, sino como forma interiorizada. Como matriz de lectura. Como memoria operativa. Entre Argel y Ulcinj no hay contradicción, sino contraste. Argel fija lo que Ulcinj disolvía. Ulcinj disolvía lo que Argel fija. Entre ambos se produce una tensión que no se resuelve: se transporta.

Es en ese transporte donde Servet deja de ser nombre circunstancial para convertirse en condición estable. Ya no se trata solo de sobrevivir entre lenguas, sino de no aceptar una sola. De sostener la multiplicidad incluso cuando el sistema exige reducción. De mantener abierta la fisura.

Más tarde, cuando el tiempo ha hecho su trabajo de desgaste y de selección, aparece la piedra.

El monumento no llega como conclusión, sino como sedimento. No clausura una historia; la estabiliza lo justo para que pueda ser leída sin agotarse. La figura no proclama ni explica. Sostiene. El cuerpo esculpido, ligeramente inclinado, no expresa cansancio ni reverencia, sino atención prolongada, escucha detenida. El nombre grabado —Servet— se fija sin domesticarse y, al fijarse, se vuelve más extraño. No remite a una biografía; inscribe una experiencia (Nora, 1984).

La piedra no enseña. Interroga.

Interroga al que pasa sin saber quién fue. Al que fotografía sin leer. Al que lee sin creer del todo. En esa dispersión interpretativa el monumento no fracasa; cumple su función. No produce consenso. Produce desajuste.

Dulcinea no está allí.
Y, sin embargo, lo sostiene todo.

Está en la forma de inclinarse del cuerpo, que no domina ni se ofrece. Está en la negativa a la épica. Está en la resistencia a convertir la experiencia en mercancía simbólica. Está en la persistencia de una frase que se repite sin autor, que atraviesa lenguas y sistemas sin perder su filo: que la libertad no se vende.

El monumento no fija a Servet; lo deja disponible. Disponible para ser leído de nuevo, desde otro lugar, en otro tiempo, con otra lengua. Disponible para que la experiencia no se cierre en identidad, sino que se transforme en gesto.

Porque al final ni Argel ni Ulcinj bastan por sí solos. Lo decisivo ocurre en el entre. En la tensión no resuelta. En el paso que no concluye.

España vendrá después como un espacio paradójico, demasiado familiar para admitir fisuras sin incomodarse. Allí la pertenencia se da por supuesta. Allí el nombre se estabiliza. Allí Servet se vuelve innecesario como identidad, pero imprescindible como modo de lectura.

Y es ahí donde el texto se desplaza definitivamente hacia su cierre.

Al final, Servet no permanece como nombre ni como biografía plausible, sino como posición de lectura. Lo que la experiencia no pudo fijar como dato se estabiliza, por desplazamiento, como gesto. Servet es el lector que llega tarde —siempre tarde— a la escritura, pero no para confirmar lo sabido, sino para reconocer lo vivido en otra lengua, en otro registro, en otro tiempo.

Leer, para Servet, no es decodificar un sentido ya dado, sino sostener una tensión. La tensión entre Ulcinj y Argel, entre el cuidado y el sistema, entre la frase aprendida sin autor y su fijación literaria. Leer no consiste en cerrar, sino en mantener abierto aquello que el texto, por necesidad, tiende a clausurar. Por eso la lectura que aquí se propone no busca reconciliar los planos —histórico, biográfico, literario—, sino dejarlos coexistir sin resolución.



En esa coexistencia, Dulcinea ocupa un lugar decisivo. No como personaje romántico ni como ideal abstracto, sino como condición ética de la lectura. Leer desde Dulcinea implica aceptar que hay experiencias que no deben exponerse por completo, que hay orígenes que no sobreviven al traslado literal, que hay cuidados que se destruyen si se convierten en ejemplo. Dulcinea enseña a leer sin poseer, a comprender sin capturar, a nombrar sin agotar.

Por eso la frase vuelve una última vez, ya no como advertencia aprendida en el tránsito ni como sentencia sometida a la presión del cautiverio, sino como criterio de lectura: que la libertad no se vende. Leída así, la frase deja de ser lema y se convierte en método. La libertad del texto —su resistencia a una sola versión— no se compra con coherencia forzada ni se vende por la comodidad de una explicación definitiva. Se sostiene.

Cuando esa frase reaparece en Don Quijote de la Mancha, no inaugura un pensamiento; lo reconoce. La literatura llega tarde a la experiencia, pero tiene la capacidad de fijar su resonancia sin reducirla. No inventa la libertad: la inscribe. No crea a Dulcinea: la protege. No funda a Servet: lo convoca como lector.

Así, el Quijote puede leerse no solo como parodia de la épica o crítica de la ilusión, sino como texto atravesado por una ética aprendida en los márgenes: la ética del cuidado no narrativo, de la identidad no estable, de la libertad no negociable. En esa lectura, la locura no consiste en confundir la realidad con la ficción, sino en negar la pluralidad de lo real.

España, finalmente, aparece como el espacio donde todo tiende a estabilizarse: el nombre, la lengua, la pertenencia. Allí Servet ya no es necesario como identidad; lo es como gesto de lectura. Leer desde Servet implica resistir la tentación de la versión única, aceptar la demora, permitir que el texto conserve su zona opaca, su resto no asimilable.

Por eso este ensayo no concluye demostrando un itinerario ni cerrando una biografía alternativa. Concluye —si se permite el término— proponiendo una forma de leer. Leer a Cervantes desde Ulcinj sin convertir Ulcinj en prueba. Leer a Dulcinea sin devolverla al archivo. Leer la libertad no como tema, sino como condición del sentido.

Servet no escribe.
No firma.
Lee.

Y en ese gesto —atento, oblicuo, deliberadamente incompleto— la literatura recupera su potencia crítica más antigua: no decir lo que fue, sino hacer legible lo que sigue siendo.

 

Referencias

Bajtín, M. (1981). The dialogic imagination. University of Texas Press.

Benjamin, W. (2008). Tesis sobre la filosofía de la historia (Obra original publicada en 1940). Itaca.

Blanchot, M. (1955). L’espace littéraire. Gallimard.

Foucault, M. (1975). Surveiller et punir. Gallimard.

Nora, P. (1984). Les lieux de mémoire. Gallimard.

 

 

REYNALDO JIMÉNEZ. LORENZO GARCÍA VEGA: SUITE PARA LA ESPERA.

 



Si hay alguien que siguió íntegro el mítico Curso Délfico propuesto por Lezama Lima —una serie de lecturas formadoras que empezaban apenitas con Lautréamont y Proust— ése fue Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, Matanzas, Cuba, 12 de noviembre de 1926 - Miami, 1 de junio de 2012). Lorenzo insistía en que no se consideraba poeta y había desarrollado un contundente rechazo y resistencia conciente al menor asomo de lirismo, que identificaba con el ocultamiento y la hipocresía. Digamos que Lorenzo tendía a destrozar toda metaforización y toda sublimación, para dar cabida a un balbuceo superior que buscaba desnudar la situación misma del escritor en su intemperie existencial, su situación atenta al mundo circundante y frente a sí: indagación de la pérdida y del malentendido, el quid salvaje de la risa, de generosidad implacable. Un desmontaje, diría él, siguiendo un poco la paradójica relativización en primera persona del autoprotagonista, que Lorenzo asociaba con sus lecturas tempranas del Krishnamurti y su “¿quién dice?”. En esto fundaba ese permiso radicalizado del anti-atajo, la contra-síntesis, la desmesura de un sinceramiento (como en Macedonio Fernández o Néstor Sánchez o Juan Emar, entre sus grandes admirados) capaz de generar su propio sentido del rigor. Una escritura al infinito, pero sin la menor consideración metafísica, por cierto, ni, mucho menos, un lineamiento según programa, sino al revés: escribía para desprogramarse, en el intento constante de una transparencia de variación, una traslucidez. Para Lorenzo, que padeció varios infartos en la última etapa de su vida, la escritura implicaba habitar el pálpito. Dada la compleja relación con su maestro Lezama y el grupo de la revista Orígenes, de cuyo consejo editor fue integrante y de los más activos (volvería a suceder, después, con su participación en otra revista histórica imprescindible: escandalar, que dirigía Octavio Armand en Nueva York, donde Lorenzo colaboró en cada número), su discrepancia con la subsiguiente construcción procerizada denominada origenismo devino materia insistente, nutriente, por capacidad de contradicción, de buena parte de su escritura, como en ese ajuste de cuentas que tituló Los años de Orígenes. Lorenzo renegaba de su primer libro, por ser “de prosa poética” (Suite para la espera (1948), publicado a sus 21 años de edad, con dibujos de Mariano) y por tener el sello de Orígenes, el aval y el estímulo franco y seguramente cariñoso de Lezama.


Aunque el libro desmiente las características formales, más bien conservadoras, de lo que sus colegas origenistas publican entonces y después (siempre quitando a Lezama, que orbitará en sí mismo) a Lorenzo, siempre cerca del espíritu patafísico-dadá-surreal (en este libro, ya evidente), le parecía, andando el tiempo, el típico “pecado de juventud” que más valdría olvidar. Pero en honor a la corriente de recíproca simpatía (me atrevo a llamarla amistad) que nos vinculó con logar8 (tal como firmaba Lorenzo sus correos eléctronicos, allá por el cambio de siglo, cuando compartimos tantas cosas) discrepé, yo también, con esa condena a la que sometía esta Suite para la espera. Libro que mantiene la frescura —en doble sentido: ligereza y desenfado— de una impronta única que inicia alucinando su viaje autoral, que el tiempo develará extenso, con atmósfera paravanguardista, es una pieza imprescindible a la hora de estudiar (y disfrutar) de su obrar expandido e intenso. No sólo cabe considerarlo antecedente de un estilo y menos aun una incipiencia, sino todo lo contrario: porque es un tremendo libro, en el sentido de su estésica apertura, la potencia informalescente que le cunde, la libertad de palabra, en fin, en plenitud de sus medios artesanales. En otras palabras: Lorenzo se la estaba inventando y este libro es un alto testimonio de esa revelación que abre camino (y sigue) y hace olas. 

Nota del editor:
Si obrara la casualidad con impensada fortuna y algunos de ustedes desearan acceder al libro de Lorenzo sólo tienen que escribir a delavoratorio@gmail.com y en unos días lo tendrán en vuestras manos.