sábado, 25 de octubre de 2025

JOSÉ ANTONIO LLERA. TANATOGRAFÍA

 




La muerte realiza un rapidísimo montaje de nuestra vida: o sea, selecciona sus momentos verdaderamente significativos […] y los ordena sucesivamente, haciendo de nuestro presente, infinito, inestable e incierto, y por lo tanto, lingüísticamente no descriptible, un pasado claro, estable, cierto […]. Solo gracias a la muerte nuestra vida sirve para explicarnos
.
Pier Paolo Pasolini

 

III

¿Dónde está la memoria? ¿En qué cuadra duerme?

¿La memoria significa recordar una fotografía,

o esa imagen impresa es lo único que queda del pasado, cuando se hundió la memoria sin dejar otras señales? Estoy en el patio de una casa adornada de plantas

—yedra, hortensias, magnolios—, y llevo pantalones amarillos que atraen a las abejas asesinas.

Mi cara es la de un púber, sin rastro de bocio,

corto de estatura en comparación con otros compañeros. Desde el borde de la fachada, los observo.

¿Elegí yo ese lugar, el borde que toca el marco de la fotografía? Me daban asco las lombrices y el codillo.

En la cuadra, Luis quiso hacer espiritismo con una Biblia y unas tijeras, de repente. “¿No habéis visto que se han movido?”, decía abriendo mucho los ojos para poner a prueba nuestra incredulidad.

Hice la primera comunión a los ocho años: una cruz dorada colgando en el pecho

y mi flequillo del color de la cruz.

El cura me pidió que le dijera un pecado

y la cruz se puso negra porque yo no sabía,

y el flequillo se puso negro porque yo no sabía y me lavé las manos en la sombra húmeda.

Siento que vomito el pasado con sus aparejos. Lo vivido está en coma, en el jergón de al lado,

en círculos borrosos que miden la edad de los abetos. A también me habría gustado, como hizo Eneas, sacar a mi padre en hombros del incendio, arrancarle la perla turbia de aquel ictus.

Sin embargo, camino solo.

¿Quién portará mi peso hasta desfallecer?

 

Resuenan en el valle disparos de postas.

Los buitres acechan detrás de los almendros

los viejos osarios y las ingles que dejan asomar el vello.

La verdad se encerró en esta torre y todos orinamos en su escudilla.

En mi castillo interior reconozco la pureza

del tomillo y la manteca, discuto con mis ballesteros y canta la tórtola en una cavidad que ignoro.

Fresas blancas en las alacenas de la muerte.

 

¿Qué clase de derrota preparó para nosotros esta somnolencia que nos aletarga ahora?

En mi familia abundaron los fingidores:

un tío materno sostuvo delante de muchos parroquianos que había matado un gallo de veinte kilos,

insistiendo para que le creyeran.

Nunca me enseñaron a jugar al ajedrez, ni yo quise aprenderlo por mi cuenta.

Se me daban mejor la invención o la tristeza.

Los amigos formaron un grupo de seguidores

de Anne Rice, barro y peonías en los portales de Belén, Suzanne Vega en la Plaza Mayor cantando “Luka”, cervezas de sabor a frambuesa, luces de neón

en el prostíbulo de la calle Parras, frecuentado por quintos y tullidos.

En Paleografía leíamos los viejos testamentos escritos en letra gótica, sin intuir aún

por qué había que testar si todo sabía a albahaca, si la piedra se deshacía no por el mal del tiempo, sino por piedad y complacencia al tacto.

Escritura automática en una vieja Olivetti, desnudos en un camping de Blanes.

Siempre amanecíamos en las cocinas, fregando la loza de madrugada,

empapando de maicena nuestras celebraciones, tránsfugas desbocados a petición de las muchachas que hablaban de Marx y Freud mientras bebían licor de hierbas o absenta apócrifa.

Nunca creímos que alguien pudiera romperse un hueso.

es ist Zeit… es ist Zeit…

Espío mis propios rituales, me sumerjo en mi biografía, me adentro en sus empastes, hurgo en sus escondrijos. La revancha se cubre las manos de amoniaco,

gañán que no entiende modales, atusa mis temores: “Los surcos no se pisan, hijo”, me advertía mi padre.

¿Cómo no me iba a refugiar en las ciudades

si no sabía andar por el campo ni cuidar los surcos? Aquella claridad que descendía del cielo me pareció solo parte de un decorado teatral.

¿Cuáles serían mis otras moradas de aquel tiempo?

(Si hoy ha muerto Paolo Rossi, héroe del Mundial del 82, entonces yo también soy mortal).

 

Fui a buscar la belleza en los tejados escapando de la polio. Me apretó

en sus manos rudas Rafael, que no era un arcángel, sino que colocaba huesos y cobraba la voluntad (estampas pías, olor a cremas analgésicas).

Fui a buscar la belleza en los tejados

y subí por la escalera que llevaba al desván.

En la terraza, escalé hasta la antena

y desde allí toqué adrede los cables de alta tensión.

Fluía la electricidad y mis ojos gravitaron en las corrientes tumefactas. Anochecía.

Luego dijeron: “Cosas de críos, qué barbaridad, casi lo mata la corriente, a quién se le ocurre.

Ninguno tiene una idea buena”. Un cable era la vida; dos la muerte,

pero amaba rozar el aguijón del alacrán y no tuve miedo.

También estuve cerca de la muerte años más tarde.

Me hicieron una resonancia magnética

y me inyectaron una solución yodada en vena. Al instante sentí que me ahogaba.

Por suerte, todo pasó en unos segundos

y, mientras el médico observaba las circunvalaciones de mi cerebro por el monitor, yo me puse a pensar en Walt Whitman para confundirlo.

 

El frescor del légamo en las acequias,

la preparación de las semillas de eucalipto

para las cerbatanas —cuanto más dañinas mejor— y el dibujo a tiza de un triángulo en el suelo.

Aprendí a purificar mi voluntad en los juegos callejeros. Aprendí a usar los codos y también a rendirme a tiempo, a no quejarme si el dolor me doblaba por la mitad.

Aunque nuestros padres nos alejaban de la muerte para que no nos ahogara el insomnio o la obsesión,

conocíamos los clavos que coronan la ruina y la vergüenza.

 En casa repetía mi padre: “El miedo guarda la viña”. Pero no era miedo.

Perder era la forma que teníamos de madrugar

aún más al día siguiente, de medir las proteínas en la sangre. Mientras tensábamos los arcos —varas de morera arrancadas de los semilleros— nos deslumbraba el sol.

Esa era la yesca que animaba nuestra infancia.

Otras veces el cuerpo entraba por las gateras

y me decía desde dentro: “Ven conmigo, ven a la culpa”. Pero yo no quería ver las leznas clavadas en el barro.

El día en que me picaron las avispas

en brazos de mi abuela, el sol olía a gasolina. Llovía marrón detrás de las paredes de la casa.

En la calle Los Mártires los pajares abrían de madrugada para calentar la indolencia de los albañiles.

“Tengo ganas de volver a verte”, me dijo la tórtola. Así era nuestra forma de querernos todos, saltando de avispero en avispero.

 

No es olvido, ni tampoco desafección.

La ropa de nuestra vida la han tendido al aire y otras manos distintas de las nuestras la orean para solaz de las alimañas y las bestias.

Repleta al fin de costurones, la acercamos a la piel y con ella se confunde.

Darle la vuelta es solo una posibilidad de cobardes. Más difícil fue aprender a montar en bicicleta porque teníamos que aceptar que la quietud

alimenta la caída y solo la velocidad se apiada del cuerpo. Ya no volveremos a buscar la belleza en los tejados.

 

 

 

VIII

 

Sobre la mesa de snooker, Ronnie O’Sullivan bosteza y le gana la partida a Barry Hawkins.

En la apertura del grupo de bolas rojas,

siempre existe un punto de azar, y de poco sirven los conocimientos de geometría o aritmética.

El espacio se curva, la gravedad se impone ciegamente.

Vivir es trasnochar en esa certeza, traficar

con números marchitos, no asustarse si la bola blanca se dirige inevitablemente a la tronera.

El árbitro anuncia la falta y limpia la bola. Los focos hacen sudar.

No hay público. Nadie aplaude.

 

Los jugadores tiran piedras contra el cielo y el cielo se las devuelve.

Todo maquina contra todo: la leña contra el bosque, la legaña contra el ojo, el mioma de Dios

contra el músculo y sus fibras más delicadas. Salgo a correr y me persiguen los acróbatas,

los filatélicos, y todo me sale a pagar en los andenes, y todo me certifica el óbito, su talega de ayer,

la bota mordida por Van Gogh, el desorejado.

Estoy por preguntar: “¿De quién son estos pellejos?”.

Nadie me responde y por eso me entrego al juego defensivo: rozo la bola roja

y llevo la blanca hacia arriba, pegada a la banda. Es turno del otro jugador, que bebe un sorbo,

se levanta derecho hacia la mesa y me mira fijamente, contrariado.

 

Ni Escila ni Caribdis. Ni Moloch ni Nosferatu. Los monstruos eran otros.

Las clínicas cerraron y abrieron sucursales.

Con el látigo de Cristo se hicieron pelucas postizas. La carne se puso a temblar en las culatas del espíritu.

Solo un hombre pequeño se dedicaba a cuidar huesos, ejercitando la fascinación y las pústulas.

Más allá, los reclinatorios de las hamburgueserías.

El vendedor de los grandes almacenes explicaba a su clienta: “Si sopla por este orificio, el bibelot

se pone en marcha y recita canciones de la guerra”. (Dijiste: “Hay tiempos en los que toca escupir

y otros en los que toca tragar culebras”).



 





X

 Simone Weil necesitó de la pobreza y la tisis

para aproximarse al pleno significado de la gracia.

No quieras entender siempre, no tengas ese afán de sentido en medio de cada axila. “Vas para atrás, como los cangrejos”,

te reprendía la maestra en el aula, que olía a falsa resurrección.

Fuiste incapaz de memorizar el credo

de puro insolente, por pura rabia contenida. Retrocede al verde de los chopos, a las paperas, incluso al misterio de las ortigas

que no picaban si aguantabas la respiración.

Que todas tus averiguaciones duren solo una tarde y sean sobre alfombras sucias de pisadas.

¿No ves que tu gato te observa sin querer comprenderte?

“Lesson learned, wish me luck”, escribió Kurt Cobain.

Estoy dispuesto a encerrarme en las cabañas igual que un telegrafista que aún no sabe

que la guerra terminó hace un siglo y continúa mandando mensajes cifrados a sus mandos.

Este es el momento de máxima lucidez:

pensar en las casas encantadas donde decapitan turistas, ir bordeando la acequia sin mojarse los pies

y decir muchas veces seguidas las palabras del pan.

Ahora, el rayo de mi conciencia es un vaho rojo, se presenta en forma de retales y hábitos dañinos, menstrúa, me enseña a mi padre

—septiembre de 2009—

hemipléjico en una cama de hospital a causa del ictus, lo mismo que si hubiera estado cosechando sorgo,

y yo recluido en los lavabos, desolado, aspirando el tabaco de las enfermeras que se encerraban para fumar lejos de la supervisora,

lejos de las cánulas y las insinuaciones del internista. En la mesilla, dentaduras y juanetes.

La enfermera me preguntó:

“¿Has tropezado mucho en esta vida?

¿Te han untado poco con la miel de los pezones?”. Mi conciencia no se doma, aunque debiera sentarse a firmar sus armisticios.

A veces nos ocurre lo que a Filoctetes,

solo en una isla, arrastrando la herida que apesta, rechazado incluso por las hienas y los buitres.

¿Con quién vamos entonces a repartir

los beneficios de la usura sobre el tiempo? “Castiga siempre a los henchidos en su saber”, me dijo la enfermera mirando el termómetro. Yo metía los dedos en la boca de mi padre, toqué sus dientes negros por el Winston.

Y viajé yo solo hasta ese hueco, y allí estaba

la luz enamorada, comprendiendo el lujo del vacío,
sus molares firmes e indefensos.

Luego le pregunté a mi padre, que tenía los ojos cerrados: “
¿Qué harías tú si la memoria fuese una liebre muerta?”.

 

 

XI

 

La espondilitis anquilosante es una enfermedad reumática.

Simponi 50 mg. Leer el prospecto antes de usarlo.

Solution for injection. (Caducidad: 01-2022).

Naturalmente, nunca reviso el prospecto

antes de ponerme la inyección en el recto femoral de la pierna izquierda. Mejor fijo la mirada

en el libro egipcio de los muertos:

“¡Tú eres puro! ¡Tú eres puro!

Te han lavado la parte delantera de tu Cuerpo con agua de manantial.

Perfumada con incienso y purificada con salitre tienes tu espalda.

Todo tu cuerpo ha sido lavado con leche de vaca Hap, con cerveza de la diosa Tennmit y con salitre.

Ha sido borrado todo el mal que tenías”.

 

Ahora lo comprendo: escribir es también

inyectarse venenos, propagar nuestras calamidades. (Ya lo dijo Alejandra Pizarnik en su diario:

“La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura”).

Renuncio a la introspección si la hierba danza, si puedo salir a ver a las abubillas en los parques,

renuncio a escribir doscientos ochenta caracteres si admiro a Basho o Kobayashi.

No te extrañe lo abyecto: también bebes en su mano. Toma la espátula y rasca, ráscalo.

Cuando me preguntaste qué hice todo este tiempo en que anduve perdido en las ciudades,

te respondí que descansé en la sembradura de los merenderos. Recorría las ermitas entibiando el agua para los recién nacidos, arreglaba vallados para volver a derribarlos.

Ese era el pacto: esperar hasta que llegaran

las primeras nieves, escribir con sangre de Gorgona.

¿Quién me pondrá plata dentro de la pierna?

¿Quién sabe todavía lo que puede un cuerpo? El único botín es una amapola de humo.

Arthur Cravan, desde México, le dijo por carta a Mina Loy: “La vida es atroz”.

Vi a los mejores plusmarquistas de mi generación encerrarse en moteles sórdidos y dejar mensajes de despedida, como el que pudo escribir

el saltador de longitud Yago Lamela.

Vi temblar de hambre incluso a los linces, retractarse del sermón a los predicadores.

 

Pese a todo, pese a que la partida se ha puesto difícil (hay muchas bolas rojas pegadas a la banda),

solo necesitas una falta del adversario para forzar el desempate.

 

y XII

 

Por eso tuve que morir

en el cuarto de las puertas pintadas, por eso tuve que amar lo que bizquea, para comenzar todo de nuevo.

 






 

 JOSÉ ANTONIO LLERA (Badajoz, 1971) es profesor titular de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado seis libros de poesía: Preludio a la inmersión (1999), El monólogo de Homero (2007), El síndrome de Diógenes (2009), Transporte de animales vivos (2013), El hombre al que le zumban los oídos (2021) y Tanatografía (2022, Premio Leonor de Poesía). En 2017 obtuvo el XXIII Premio Café Bretón por el dietario Cuidados paliativos, que tiene su continuación en Estatuas sin ojos (2023). Recientemente, ha aparecido su primera novela: Una danza con los pies atados. Entre sus monografías académicas destacan: El humor en la obra de Julio Camba (2004); Los poemas de cementerio de Luis Cernuda (2007); Rostros de la locura: Cervantes, Goya, Wiseman (2012); Lorca en Nueva York: una poética del grito (2013); y Vanguardismo y memoria: la poesía de Miguel Labordeta (2017, Premio Internacional Gerardo Diego de Investigación Literaria).


Las fotografías son de Nan Goldin

 

 

 

 

 

 

 

 

LUCÍA RIVAROLA. KILROY Y LA PARANOIA DEL ALGORITMO

 


Resulta cada vez más evidente que la llamada “cultura digital” no es un estadio evolutivo de la historia humana sino, como diría Zižek, su bucle histérico: la repetición acelerada del trauma bajo el disfraz de novedad. Si el siglo XXI tiene una fe, no es la fe religiosa ni la del progreso ilustrado, sino una fe posmoderna en la autonomía del dato, ese fetiche contemporáneo que Yuval Noah Harari convierte en credo antropológico. En Homo Deus (2016), Harari sostiene con la solemnidad de un sacerdote sin ironía que el ser humano ha sido superado por los algoritmos, que el yo es una ficción narrativa obsoleta, que los “data” sabrán decidir mejor que nosotros lo que deseamos, sentimos o pensamos. Su visión —una suerte de transhumanismo pasteurizado— ignora, sin embargo, lo que Zižek llamaría “el resto real”: aquello que no puede ser digitalizado sin dejar una mancha, la obstinación analógica de lo humano.

Harari confunde la descripción del capitalismo de plataformas con una profecía. Lo que él llama “la nueva religión del dataísmo” no es una mutación ontológica, sino la más reciente intensificación del dispositivo mercantil. Su entusiasmo por la inteligencia artificial no difiere mucho de la fascinación teológica por la omnisciencia divina: “El algoritmo sabe”, como antes se decía “Dios proveerá”. En el fondo, Harari no predice el futuro: lo canoniza. Zižek, en cambio, en The Parallax View (2006), nos recuerda que el verdadero acontecimiento no es lo que cambia la realidad sino el desplazamiento en nuestra mirada: lo digital no sustituye lo analógico, lo recodifica. No asistimos a una “nueva era”, sino a la expansión tautológica de la vieja lógica instrumental, la que convierte toda experiencia en dato, toda afectividad en estadística, toda memoria en archivo replicable.




La presunta “novedad” de la cultura digital —su inmediatez, su hiperconectividad, su aparente volatilidad— responde, en verdad, a un arcaísmo emocional: la necesidad humana de inscribir una presencia efímera en el mundo. Y ahí, en el origen de toda esta farsa luminosa, aparece Kilroy was here. A mediados del siglo XX, ese grafiti minimalista, esa caricatura de una nariz asomando sobre una línea, recorrió los muros de medio planeta, funcionando como el primer meme global. James J. Kilroy, inspector de soldaduras, había escrito su nombre sobre las planchas metálicas revisadas; los soldados lo imitaron hasta convertirlo en icono universal. Richard Dawkins (1976) acuñaría después el término meme para describir las unidades culturales que se propagan por imitación, pero Kilroy lo había experimentado en estado puro: sin teoría, sin red, sin interfaz. Fue la red social analógica, la inmediatez prehistórica del mensaje viral.

Walter Benjamin ya había advertido que “toda tecnología de reproducción acarrea una transformación de la experiencia” (La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, 1936), pero lo que Harari no percibe —o decide no percibir— es que esa transformación no anula la experiencia, la repite bajo otra textura. Kilroy was here condensaba, en plena guerra, el deseo de dejar huella, de resistir a la aniquilación simbólica; los memes de hoy, aunque saturados de ironía y conectividad, repiten el mismo gesto, pero degradado por la estadística: su circulación ya no es acto de supervivencia, sino de consumo.

Zižek, en Living in the End Times (2010), dice que el capitalismo tardío ha logrado un prodigio teológico: transformar la abstracción en sustancia. El dinero, el crédito, el dato: todos fingen ser inmateriales pero dependen de la infraestructura más física imaginable. La “nube” —esa invención poética de Silicon Valley— no es una metáfora espiritual, sino una ficción de clase. Son kilómetros de servidores encendidos en desiertos energéticos, obreros minando litio en el altiplano para que el teléfono pueda simular liviandad. Lo digital es la última forma del fetichismo materialista: el deseo de eliminar el peso del mundo sustituyéndolo por una estética de la transparencia.


Por eso, más que una evolución, lo digital es una transducción de lo analógico: una transferencia imperfecta que conserva la vieja lógica de la huella pero con pretensiones de inmaterialidad. La risa del emoji —esa lágrima azul sobre una cara amarilla que finge universalidad— no es más que la reducción pictográfica del gesto humano. Roland Barthes lo habría llamado “la mitología del signo total”: el intento de reemplazar la ambigüedad de la emoción por la claridad del ícono (Mitologías, 1957). Cada vez que enviamos un emoji, reeditamos el gesto de Kilroy: afirmamos “yo estuve aquí”, pero ahora sin cuerpo, sin tiempo, sin responsabilidad.

La autoproclamada “cultura digital” se ufana de haber abolido al mediador, de haber democratizado la producción simbólica, pero lo que realmente ha hecho es suprimir toda noción de curaduría. En el reino del scroll infinito, nadie filtra, nadie jerarquiza, nadie interrumpe. La promesa de libertad creativa se traduce en dispersión atencional. El algoritmo no selecciona por criterio estético ni por densidad conceptual, sino por permanencia ocular: gana el que grita más tiempo. Donde antes existía el editor, el crítico o el curador —esas figuras molestas que hacían de la cultura una conversación y no una estampida—, hoy hay un código que contabiliza pulsaciones. La mediación se ha automatizado, y por tanto, se ha vuelto invisible.

Harari celebraría esta descentralización como la democratización definitiva del conocimiento; Zižek la vería, con su habitual sarcasmo, como el colapso de la sublimación simbólica: el punto en que la cultura deja de organizar el deseo para limitarse a producir dopamina. “El problema del mundo digital —dice Zižek en Disparities (2016)— no es la pérdida del sentido, sino su sobreproducción trivial.” Cada sujeto conectado se cree un emisor soberano, cuando en realidad repite el gesto reflejo de la máquina que lo traduce. La originalidad se sustituye por la reacción, la profundidad por la disponibilidad. El resultado es una cultura sin memoria, sin jerarquías, sin reposo: una avalancha de signos huérfanos que se destruyen en el mismo instante en que aparecen.


Si el museo era el templo de la modernidad, la red es su ruina: un archivo sin paredes donde todo se confunde con todo. Kilroy, al menos, necesitaba un muro real; hoy los muros son virtuales y, paradójicamente, más opacos. La “novedad digital” consiste en haber eliminado el tiempo del juicio, ese intervalo entre ver y comprender. Nada se cura porque nada perdura. Lo que Harari anuncia como “la inteligencia de los datos” es, en realidad, la inteligencia del descuido: un archivo que se escribe solo y se borra solo, una historia que se produce sin testigos. Zižek, de nuevo, tendría la última palabra: “La catástrofe no es que las máquinas piensen, sino que ya no pensemos nosotros.”

Harari imagina un mundo donde los algoritmos superan al hombre; Zižek, en cambio, ve en ello la confirmación de su estupidez. El sujeto contemporáneo, dice, es un “idiota gozoso”, un esclavo que celebra su esclavitud porque la ha delegado en una interfaz (The Courage of Hopelessness, 2017). Harari interpreta la digitalización del yo como el final de la historia; Zižek la interpreta como su síntoma. No hemos llegado al futuro: estamos repitiendo, a mayor escala, el mismo impulso que llevaba a los soldados a escribir Kilroy was here en las ruinas. Solo que ahora lo hacemos en el muro luminoso del smartphone, sin barro, sin guerra, sin alma, pero con la misma desesperación.

El error de Harari —su ingenuidad neoliberal disfrazada de profecía— consiste en creer que la data sustituirá al deseo. Pero el deseo, como enseña el psicoanálisis, no se borra: se desplaza, se codifica, se disfraza. Lo digital no elimina lo analógico: lo convierte en su espectro. Kilroy sigue aquí, asomado entre las rendijas del algoritmo, sonriendo con sarcasmo mientras Harari explica, por enésima vez, que el hombre ha sido superado. Tal vez lo único que fue realmente superado es la capacidad de entender la ironía.



Referencias
Barthes, R. (1957). Mitologías. Éditions du Seuil.
Benjamin, W. (1936). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
Dawkins, R. (1976). The Selfish Gene. Oxford University Press.
Eco, U. (1984). La estructura ausente: Introducción a la semiótica. Lumen.
Harari, Y. N. (2016). Homo Deus: A Brief History of Tomorrow. HarperCollins.
Shifman, L. (2013). Memes in Digital Culture. MIT Press.
Zižek, S. (2006). The Parallax View. MIT Press.
Zižek, S. (2010). Living in the End Times. Verso.
Zižek, S. (2016). Disparities. Bloomsbury.
Zižek, S. (2017). The Courage of Hopelessness. Allen Lane.

 

Lucía F. Rivarola (Buenos Aires, 1987) es investigadora independiente, ensayista y crítica cultural. Se formó en Letras en la Universidad de Buenos Aires y amplió estudios en filosofía contemporánea y teoría de los medios en la Universidad de La Sorbonne Nouvelle, París III. Su trabajo articula pensamiento crítico, estética y tecnología, con un énfasis particular en las formas de traducción entre lo analógico y lo digital. Trabaja de manera autónoma, fuera de las estructuras universitarias formales, defendiendo una práctica ensayística que combina rigor teórico, humor negro y escritura de combate. Colabora esporádicamente con colectivos de crítica experimental y laboratorios de arte digital en Argentina, México y España. Actualmente prepara el volumen Restos de pantalla: arqueología del presente digital, donde expone su tesis central: que la llamada “nueva cultura” no es sino una curaduría del descuido, una civilización sin memoria que archiva todo para olvidar mejor., R. (1976). The Selfish Gene. Oxford University Press.


LOLA NIETO. EL MISTERIO RINDE AL PENSAMIENTO














el fruto del gingko
aplastado desprende 

un olor nauseabundo
con los ojos cerrados 

mientras camino no
digo los nombres

para despertar
del otro lado sin 

tortugas en el estanque
algo se deslinda 

desconozco su fórmula
nenúfares que flotan 

marchitos solo es preciso
esperar la realidad 

acontece sin que sea 
contemplada nada 

separa campos de arroz
de cementerios

si las carpas se hunden
un pico une pétalos 

de camelia por
debajo del cuervo 

escribir mientras duermo
me doy por satisfecha 









si me tapo los oídos con los índices
escucho un rumor 

¿cuál es la naturaleza de ese espacio?
el misterio rinde al pensamiento

silencio y sonido
dos veces de dos modos

eso que mora cuando la mente se duerme
por un momento y eclosiona

¿cuál es la naturaleza de la sílaba anudada
que nada en el interior del huevo

y que ni bien quiero tocar
se disuelve?






Ilustración de Ikigai Matsuri


JULIO PRIETO. 6 MÍNIMOS

                                                                                                                         fotografía de martin parr



Dibujo

Hoy comprendí algo del sistema fotográfico-punitivo. Salí a dar una vuelta con Hélio, el dibujante. Paseando por el parque me explicaba cómo funciona la producción del espacio en las pesadillas. Los paisajes abiertos, de suaves colinas, se traducen en puertas. A modo de ilustración, nos encaminamos a una. Las cumbres se aborrascan, la pradera se ahonda disponiéndose a la aparición del fantasma. Hay uno detrás de mí. Es un hombre-palo de unos ocho metros de altura. Va botando una bola de fuego (cuidado, dice Hélio, es un gendarme baloncestista). Lo seguimos a una distancia prudencial. Desde una altura sin consuelo va lanzando su esférico amasijo de imágenes. Instintivamente tiendo a alejarme de la bola de luz ensordecedora, pero cuanto más rezagado voy quedando, más cerca y con más furia rebota el fuego en su imagen. Hay una relación que no acabo de comprender entre el deseo de huir y el aumento de tamaño de la imagen. Cuanto más te aproximas, menos se siente, dice Hélio. Despierto al acercarme


Sabor

Hay que leer, ya es hora. Para ello ha de pasarse la lengua por los renglones formigáceos que desfilan marcialmente por los rincones de la casa. Es difícil encontrar el ángulo bueno, uno casi se desnuca intentando dar con la línea exacta. La cuestión es cómo permanecer en ese intervalo: las hormigas son ácidas, tienen sentido. Lo que no se puede decir de los otros habitantes de la casa, de los que nunca se habla. El sinsentido es lo que ya se sabe cuando alguien se acerca a hablar, lo que es tan dulce que no se puede nombrar cuando con furiosa quietud nos mira y casi sin sentir empieza a soltar la lenta lengua



Gramática

Condenada frase relativa. La frase ha de unir y unir es lo último que hacía, atascada en infernal viruta de repeticiones sin alcance. Era ese sueño al que siempre habíamos querido llegar y al que de pronto llegamos para siempre. Lo que importaba era la y, no el es. Hipótesis corrupta que se relacionaba con un agudo dolor en la mano izquierda. La lógica pervertida de la frase sin fin era como ese doloroso coágulo en el hueso, entre el músculo y el nervio de la región metacarpiana: nunca dejaría de llegar a sí, y así nunca dejaría llegar otra cosa. Al despertar tuve una conciencia casi física de esa relación, pero dudé: ¿la pesadilla de la frase produjo el doloroso coágulo, o fue el único dolor que yo era lo que soñó la subordinación sin fin? ¿Era yo un abyecto hormigueo en la punta doliente del idioma, o el sueño encarnizado de una gramática rota?


Errata ferroviaria

“Prohibido bajar a la vida”



Errata telefónica

“Ámame cuando puedas”



Errata inaudita o fílmica

“El sonido nos escucha”


Errata hermenéutica

“El mundo fue interrogado sin saber que era mudo”



Traducciones del sueco

                                          A Andrea Castro


Los escritores marionetas deberán esquivar el tanque silbador de bibliometrías



*

–Oye su españanda dicha luego

–Con gusto para el verde valle de tales

–Y ahorra sueño para el presente olvido danzante


*

A tigrar hasta el lodo. HASTA LA ARGOLLA! Ya ocho arrostra. Que lo diga Iván. De la crónica calcárea sólo sales tú


*

Bakunin abre su litera. Para cavar sueño entre canes lamina hematomas y dice sí a los ciclistas, para más pavor a labia tan fiera do duele y borras la luz a debida distancia. Puede que jadee aún. Escucha la hiel! De la garúa en la gracia que yace te guarece


*

¿Era hombre de hallar o de ella era hombre?


V. O. S.

(diálogo a tres voces para damas enmascaradas)


V: Eh vos!
O: Ah de la voz!
S: De las voces me encargo yo.
V: Dejate de macanas y dacá el Daprisal.
O: Siempre pensando en lo mismo.
S: A mí dos de Desbutal.
V: Nobilísma dama! Excelsa y libérrima, por más que subtitulada.
O: Dexedrina Spansulé! Parnate Liseen! Somatin Halopidal!
S: Divinas palabras! Hubieran podido salvarme...
V: Y más que suficientes títulos. Oh tú, hada asomada y farmacopeica!
O: Abre la palabrera, hable en su palafrén.
S: Deprisa, frenética, el Daprisal.
V: Brutal, et tu, el Desbutal.
O: Actemín, Poper, Amil Nitrito! Parobes, Artane, Secobarbitol!
S: Vamos, que quiere empezar la frase.
V: Otra vez? Yo exit, & you?
O: Qué dolor de cabeza... Ya tartamudea.
S: La extra tra tracción de... La última para el camino: llévame! Salud   

y vámonos. (Exeunt.)








viernes, 24 de octubre de 2025

BACKSTAGE: MARY JO BANG: «ESCRIBIR UN POEMA ES SIMILAR A JUGAR UN JUEGO DE PALABRAS»

 

Pepe Herrero

Mary Jo Bang nació en 1946, en algún punto intermedio entre Missouri y el sarcasmo. Antes de ser poeta, estudió sociología (porque siempre hay que entender de qué están hechos los otros antes de escribir sobre uno mismo) y fotografía (para aprender a encuadrar los desastres). Desde entonces no ha dejado de componer una filmografía del duelo, de la cultura pop y de la ironía académica: versos que parecen salidos de un museo conceptual donde los cuadros hablan con voz de stand-up filosófico.


Su primer libro, Apology for Want (1997), ganó el Katherine Bakeless Nason Prize y suena como si Sylvia Plath hubiera pasado por terapia y luego se burlara de ella misma. Después vino Louise in Love (2001), una historia de amor tan inteligente que da miedo; The Downstream Extremity of the Isle of Swans (2001), donde el romanticismo se hunde con elegancia; y The Eye Like a Strange Balloon (2004), un homenaje a la pintura que demuestra que también los cuadros pueden sufrir crisis existenciales. Con Elegy (2007) —National Book Critics Circle Award— convirtió la tristeza en un deporte de alto rendimiento: un libro que hace llorar y, al mismo tiempo, te explica por qué estás llorando. Luego The Bride of E (2009) y The Last Two Seconds (2015) afinaron su maquinaria irónica, mientras A Doll for Throwing (2017) sacó a pasear la Bauhaus para probar que los poemas también pueden tener arquitectura moderna. Su más reciente, A Film in Which I Play Everyone (2023), confirma lo que ya sabíamos: Mary Jo Bang actúa todos los papeles de su vida —la víctima, el crítico, el muerto y el que sirve el vino— sin perder la compostura ni el delineador. Y luego está su obsesión por Dante. Inferno (2012), Purgatorio (2021) y el inminente Paradiso (2025, Graywolf Press) demuestran que el florentino puede sobrevivir al siglo XXI con referencias a The Simpsons, selfies y ansiedad posdigital. Dante sale ileso; nosotros, no tanto. Además, tradujo Colonies of Paradise (2022) de Matthias Göritz y, con Yuki Tanaka, A Kiss for the Absolute (2024) de Shūzō Takiguchi: dos ejercicios de ventriloquia lírica donde el lenguaje cambia de acento y de humor como quien cambia de canal.

Profesora en la Washington University in St. Louis, excoeditora de Boston Review (1995–2005), Bang ha coleccionado premios con la misma naturalidad con que otros pierden llaves: Guggenheim, Hodder Fellowship (Princeton), Berlin Prize, Pushcart, Discovery/The Nation y un par de aplausos silenciosos de lectores que aún no saben que la están citando. Leerla es como asistir a una clase magistral impartida por alguien que ha saboteado el proyector a propósito: brillante, incómoda, risueña, devastadora. Su poesía funciona como espejo distorsionado donde el yo se ve hermoso justo antes de derretirse. Si Dante se atrevió a entrar en el infierno, Mary Jo Bang se instaló ahí, puso luces de neón, y escribió un poema mientras servía cócteles.

 

La entrevista que leerán a continuación fue un anticipo de la publicación de la antología El claroscuro del pingüino, publicada en España por la editorial Kriller 71: un escenario donde el pensamiento, la ironía y el deseo vuelven a encontrarse bajo el mismo foco azul.



Mary Jo, ¿cuál sería el punto en el que lo real y la representación se separan en el poema?

 

No sé si es posible localizar el punto exacto en donde lo “real”, y la “representación” poética de lo real, se separan. E incluso después de la separación, no sé si alguno se desvanece. Una forma de pensar en el poema es como si fuera un calco de la defunción cerebral única de una persona —así como un electroencefalograma es un registro de los impulsos eléctricos de las neuronas del cerebro, pero en este caso, se utilizan palabras para registrar los pensamientos generados por esas corrientes eléctricas.

 

Que se constituyen en otra realidad…

 

Al novelista Tom Perrota una vez le preguntaron en una entrevista: “Si pudiera salir a tomar una copa con uno de sus personajes, ¿con quién sería?” Perrota respondió que la pregunta le parecía graciosa porque podía ir a tomar una copa con cualquiera de sus personajes en cualquier momento que quisiera. Esa es la diferencia entre el escritor y el lector. Cada uno tiene una relación diferente con lo que está en la página. El lector no puede ir a ninguna parte con los personajes del escritor. El escritor puede evocar a los personajes de vuelta cada vez que él o ella lo desean porque residen en su cerebro. Pero el lector puede desempeñar el papel del personaje. Puede intuir cómo se siente el personaje - un poco como la “actuación de método”. Por supuesto, con el fin de hacer eso en un poema, primero tienen que romper el código en que el guion ha sido escrito.

 

Y así entrar al reino de la alegoría.

 

Así es. La poesía lírica, como la ficción y el drama, es alegórica. Creo que nos equivocamos al tratarla como si fuera un libro de memorias. No se supone que leamos La metamorfosis como una descripción literal de algo que sucedió al autor Franz Kafka.

 

La historia de Kafka funciona porque todos entendemos lo que es sentirse marginado, lo que es ser tratado como si fuéramos menos que humanos. Gregorio Samsa es el equivalente metafórico perfecto para ese estado mental. Es a la vez aterrador y profundamente divertido que Kafka eligiera “encarnar” ese sentimiento en la despreciable cucaracha (o escarabajo pelotero, según Vladimir Nabokov). Del mismo modo, el poema de Sylvia Plath “Papá” no está destinado a ser leído como una carta privada a su difunto padre, Otto Plath.

 

Los nombres son solamente un registro simbólico…

 

Así es, el “papá” del poema y el padre de Plath no son el mismo. El primero está muerto y el otro es un personaje inventado cuya realidad se limita a las marcas sobre el papel.

Pero esas marcas en la página también tienen un cierto tanto de realidad. En cuanto a la posibilidad de si el narrador en los poemas es capaz de “escapar”, la respuesta es no.

El poeta tiene el control total sobre el narrador. El narrador es una marioneta. Sólo puede moverse cuando el poeta maneja los hilos.

 

¿Cómo está presente este proceso en Elegy si el “yo biográfico” se construye como una distracción?

 

Mientras que el narrador del poema no puede escapar a la poeta, la poeta puede distraerse momentáneamente del mundo material, y de sus preocupaciones, al centrarse en el acto de escribir un poema —esa idea freudiana de la escritura como una forma de soñar despierto. El escape es parcial en el mejor de los casos porque el cuerpo del poeta está enviando información constantemente sobre el mundo material. Y no importa cuánto trates de desviar tu atención de tus preocupaciones, ciertos pensamientos se inmiscuirán de vez en cuando.

 


Escribir los poemas en Elegy me permitió distraerme momentáneamente de un estado emocional. Para mí, escribir un poema es similar a jugar un juego de palabras, por lo que, mientras mi mente estaba ocupada considerando la posibilidad de romper un verso en un poema aquí, o aquí, mi dolor estaba menos presente. Una vez que me sentaba de nuevo, sin embargo, y leía lo que había escrito, el contenido me traía de vuelta a mi dolor. Y yo tenía un solo tema posible para los poemas, que era la pena. Ella me consumía. Cada vez que me detenía a leer lo que había escrito, me sentía devastada de nuevo. Entonces me obligaba de nuevo a trabajar las cuestiones formales, como una forma de distanciarme de esa devastación. Podía pensar algo así como: ¿Qué imagen visual podría representar un estado de ser que tanto cambia como no cambia, y que parece que va a durar para siempre (del poema “Elegía de enero”)? En ese caso, a fin de sugerir la inmovilidad en el centro del movimiento, me imaginaba a una chica en un acto de carnaval atada a una rueda giratoria. Mientras que el lanzador de cuchillos le está lanzando cuchillos, ella sostiene el aliento. Ese momento es todo lo que hay. Para ella, es como si el corazón se hubiera detenido. En realidad, no se ha detenido, o estaría muerta. Pero hablamos de “momentos a corazón detenido”. De hecho, ella se ha adormecido, ¿cómo si no podría realizar este acto? Al imaginar a esta chica y su experiencia, salí de mi propia vida por unos momentos, a pesar de que era mi propia vida la que me conducía a encontrar un equivalente metafórico de este estado de inercia en curso.

 

La poeta Emily Dickinson describió ese mismo estado mental en la primera línea de su poema #341: “Después de un gran dolor, uno se hace formal". En un intento de concretar el “sentimiento formal” abstracto, inventé un personaje y lo até a una rueda y traje a alguien al escenario a hacer de lanzador de cuchillos,  para que el lector pudiera ver lo que yo quería decir.

 

En algún momento, mencionaste una deuda que sentías con el Modernismo, ¿podría esta deuda significar una nueva manera de hacer que el Modernismo funcione? Es difícil imaginar a un poeta modernista alejándose de su biografía.

 

No creo que los poetas modernistas escaparan de sus datos biográficos.

 

¿Entonces?

 

Los transformaron poéticamente.

 

Una manera de leer La Tierra Baldía de Eliot es como si fuera una obra de títeres escrita para expresar la desesperación que el poeta estaba experimentando en un sanatorio en Lausana, Suiza. Es muy fácil ver a su muy nerviosa mujer, Vivian, en la sección llamada “Un juego del ajedrez”. Pero leer el poema como si se tratara del cri de coeur de un hombre no es necesariamente la forma más interesante de leerlo. La fuerza del poema radica en el hecho de que la desesperación en él se puede leer como personal, histórica, y sin tiempo existencial.

 

Tú sostienes que tu proceso de escritura culmina cuando sientes que ya no puedes cambiar nada en el poema. Pero ¿cambió este poema algo en Mary Jo Bang?

 

Creo que la escritura cambia a una persona. Con el tiempo, realmente cambia los patrones eléctricos del cerebro. Una de las manifestaciones de estos cambios es que el escritor se vuelve extremadamente sensible al lenguaje. No obstante, no creo que la escritura sea “terapéutica”. No cura las propias neurosis o disminuye la melancolía.

 

¿No crees que, muchas veces en tus poemas, el impacto de los elementos visuales es precisamente lo que te permite desvanecer al Yo biográfico?

 

Utilizo elementos visuales para hacer varias cosas, una es para dar al lector algo que ver mientras le estoy hablando. Siempre pienso en lo aburrido que sería si fuéramos a ver una película y no hubiera imágenes, sólo el sonido de la gente hablando. La mayoría de nosotros saldríamos del cine. También utilizo las imágenes como una forma de poner en escena lo que está en mi mente. Y sí, creo que se podría decir que me escondo detrás de esas imágenes visuales. Pero no estoy del todo oculta porque esas imágenes también me representan. Después de todo, elegí esas imágenes específicas para actuar como evidencia de mi particular (y a veces peculiar) sensibilidad.



Esta entrevista fue posible gracias a la mediación y traducción del editor Aníbal Cristobo.




 

EL CLAROSCURO DEL PINGÜINO

El acróbata dio tres vueltas a caballo
sobre la pista, después le tiró un beso.
Ella pudo ver cuánto había aprendido.

Todavía practicaba, dijo él,
para merecer un destino brillante.
¿Para qué parte del número

estás ensayando? preguntó ella. La casa de muñecas
resplandeció en la pequeña habitación hasta que apagaron las luces.
Después dulces dulces sueños y en la calle

un farol dejó entrever un carnaval más grande que la vida.
El carrusel tomó velocidad, y luego se detuvo.
Apagaron las luces. Alguien estaba empujando

los autitos chocadores hacia la fila,
ojos brillantes en sus caras con guardabarros.
Era un día seco. Los ojos seguían ocultos

en sus pequeños ataúdes. La mente aturdida
por la ducha. El frío de pronto (alguien estaba hablando).
¿Un cambio de topa? preguntó el dueño de los sueños.

Sí. Ella sería un nuevo azul, el terreno del ahora,
un bonito nunca esperar, uno destinado
al placer en ese espacio entre una pizca del crepúsculo

y el arrorró del amanecer.
El beso llegó en el momento justo.
Una brisa abrió la ventana en una tarde distante.


Mary Jo Bang, del libro Louise in love (2001),
incluido en El claroscuro del pingüino (kriller71, 2013)