viernes, 2 de enero de 2026

NICK CAVE. LA CANCIÓN DE LA BOLSA PARA EL MAREO. TRAD. MARIANO PEYROU

 



Nick Cave, nacido en 1957 en Warracknabeal, Australia, es ese espécimen de músico que parece haber nacido con un cuaderno de poemas en una mano y un cuchillo metafórico en la otra, listo para desgarrar el alma del mundo con voz grave y teatralidad shakesperiana; líder de los Bad Seeds, su obra transita entre el gospel demoníaco, el noir literario y la épica trágica, como si Edgar Allan Poe hubiera decidido encarnar en un hombre que canta sobre amores perdidos, asesinatos simbólicos y crímenes de conciencia, todo mientras se pasea con chaqueta negra y sombrero de elegancia apocalíptica; Cave no es solo músico sino un arquitecto de atmósferas, un demiurgo que combina la violencia del blues con la solemnidad de los himnos cristianos, recordándonos que la melancolía puede ser católica y el desamor un sacramento laico. Su talento literario no se queda en la lírica: The Death of Bunny Munro y And the Ass Saw the Angel revelan a un narrador que entiende la Biblia, el noir estadounidense y la literatura gótica como un brunch dominical en el Infierno, servido con sarcasmo y té negro; y si su nombre aparece ligado a colaboraciones cinematográficas con Iain Softley o John Hillcoat, es porque Cave entiende que la imagen y el sonido son extensiones de su verbo oscuro, una mise en abyme de la tragedia moderna, donde cada acorde parece ensayar el Juicio Final y cada palabra canta como si el propio Dante hubiera decidido tocar bajo un neón en Brighton. Socarrón, teatral y siempre al filo entre lo solemne y lo ridículo, Cave nos recuerda que la elegancia oscura es una forma de resistencia y que la poesía puede sangrar con glamour mientras el mundo sigue caminando como si nada; y allí está él, con su piano, su voz cavernosa y su lirismo apocalíptico, como un alquimista de la desesperación que hace del dolor un espectáculo elegante, y de la literatura y la música, un templo donde lo trágico y lo sublime se dan la mano en un vals eterno.

A continuación les presentamos unos textos del libro La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015), traducidos por Mariano Peyrou aquel curioso y venerable artífice de palabras que parece haber aprendido el arte de la poesía entre cafés humeantes, libros apilados en torres tambaleantes y papeles arrugados como pergaminos de alquimista olvidado un demiurgo que no se limita a trasladar vocablos sino que resucita la música secreta del texto la cadencia huidiza los silencios que se escapan entre signos y que el autor original dejó como migajas de pan para lectores perspicaces mientras lanza su ironía afectuosa a quienes piensan que traducir es oficio de monótonos escribas Peyrou combina erudición picardía y afecto esa mezcla rara en  la tradición literaria se pasea de la mano con guiños socarrones y donde cada línea traducida es acto de respeto juego y amor por la lengua porque sabe y lo hace saber con sutil desenfado que traducir no es transponer palabras sino acariciar custodiar y volver a nacer cada poema en otra lengua acto de devoción que exige escucha intuición y valor y así en este libro se deja entrever que el traductor es también lector y poeta capaz de guiar al lector por los vericuetos de lo dicho y lo sugerido de lo musical y lo silencioso y hacerlo con la sonrisa de quien conoce los secretos de la lengua la reverencia de quien ama los textos y el aplomo de quien sabe que la poesía manejada con cuidado y picardía es territorio tanto de juego como de afecto profundo donde la palabra puede ser daga abrazo y guiño simultáneamente y donde Peyrou con su talento y paciencia convierte cada poema en pequeño milagro de vida sonido y memoria asegurando que los versos lleguen intactos al lector y que el corazón además de la mente se deje seducir y sorprender y uno no puede menos que rendir homenaje a su labor porque si los poemas sobreviven si respiran hoy en la lengua de Cervantes y en los oídos de nuevos lectores es gracias a su celo amoroso su erudición socarrona y su afecto profundo hacia la palabra y el arte que nos recuerda que traducir es acto heroico y lúdico a la vez y que Mariano Peyrou merece que su nombre se pronuncie con admiración y una sonrisa cómplice cada vez que alguien lea y se deje hechizar por estos versos traducidos.






KANSAS CITY – MISSOURI

Soy un sistema nervioso que se alimenta de risas y fantasmas.
Los fantasmas aúllan a través de las palabras haciéndolas armonizar.
No tenía idea de que podía haber saboreado tu dulce aliento por última vez,
y cuando en casa pienso en ti, noto
en el pecho la breve expansión de un anhelo preocupado,
mientras cruzamos el límite estatal hacia Missouri
y estacionamos el autocar junto a la carretera y desembarcamos,
y en la pausada oscuridad llegamos a la pradera con su hierba baja
que nos roza el vientre como serpientes.

Representamos la matanza del bisonte por parte de William “Buffalo Bill” Cody,
y después la guerra contra los indios, incluida la Batalla de Coon Creek.
Y esa noche, en el Intercontinental de Kansas City,
trato de llamarte por el cable transatlántico de comunicaciones,
pero el teléfono se limita a sonar y a rimar,
así que dejo un mensaje oscuro y espectral
en nuestro contestador. Dice:

Eres el escultural bisonte que hay en la pradera de mi ausencia.
Eres la tristeza de Squanto al regresar a su hogar.
Eres la lágrima derramada en la manga de cuero sin curtir.
Levanta el teléfono.
Levanta el teléfono.
Yo soy la joroba despellejada que pinta la pradera de rojo.
Yo soy el tipo de las moscas. Yo soy el que se muere.
Yo soy el hombre que va de gira y se esconde.
Yo soy el que se casó y huyó.
Contesta el teléfono.
Contesta el teléfono.
Yo soy el muerto.

Después me tomo una pastilla y me meto en la cama.

 

*

Bajo las sábanas, me pongo la bolsa para el mareo al lado de la oreja y la agito. Oigo el tintineo de los símbolos de las nueve musas: la tablilla para escribir, el pergamino, la flauta, las flechas del amor, la máscara trágica, el arpa, la lira, la máscara cómica, el globo celeste y la brújula.

Oigo la sangre caliente de mi cuello que impregna la autopista mientras llamo a casa y tú no contestas.

Oigo el corazón terrible del niño apuntando hacia el tren que se acerca a toda velocidad.

Oigo a gente sin sangre susurrando, compadeciendo y conspirando. Reconozco las voces; son de colaboradores de un pasado lejano.

Mis nueve musas duermen tranquilas, sobre mi pecho, pues han concluido su trabajo de hoy.

Regulo mi respiración mientras los ángeles con las alas desplegadas me llevan.

En mi sueño, me transportan a través de un paisaje onírico norteamericano, delicado y violeta, una panorámica de solución y resolución, donde lo mejor que podemos hacer se nos revela sin ningún esfuerzo.

 

MILWAUKEE – WISCONSIN

 A la mañana siguiente vamos en el autocar hasta Milwaukee,

donde si no eres alemán es que eres polaco.
Al menos eso es lo que nos dice el tipo del restaurante Mader’s
mientras nos trae un pretzel grande como una cabeza humana cortada.

Después, en una noche lluviosa, corremos hasta el Hotel Intercontinental
con los chalecos antibalas de plástico azul puestos encima de la cabeza,
paso junto a los cazadores de autógrafos y ante el espejo del baño canto:

Cuando me pongo esta máscara, todas las chicas gritan.
En cambio, cuando me pongo esta otra, se ríen.
Cuando llego a Milwaukee con una pinta de nata,
meten la cabeza debajo de las sábanas.

Preparo cuidadosamente un engrudo en un recipiente y me pinto el pelo de negro,
de modo que cae como el ala de un cuervo, oscuro y brillante,
sobre mi frente, que tiene varios pisos. Me acerco y observo
los confusos cultivos circulares de mis ojos. En el derecho,
sobre lo azul, hay una pequeña decoloración marrón, y los blancos
están empezando a amarillear. Tengo una mancha en la sien izquierda.
Una araña vascular en la ventana derecha de la nariz. La luz del baño es brutal.
Cambio la posición de la cara para dejar de parecerme
A Kim Jong-un y empezar a parecerme un poco a Johnny Cash,
o a algún otro. ¡Espera! ¡Un minuto! ¡Ahí está! ¡Así!

*

En un estudio de Malibú, Johnny Cash se sentó y tocó una canción. Estaba parcialmente ciego y apenas podía caminar. Yo estaba allí. Vi a un hombre enfermo agarrar su instrumento y ponerse bien.

Por desgracia, también he visto lo contrario. Agarrar, agarrar, agarrar. He visto a hombres que estaban bien agarrar sus instrumentos y ponerse enfermos.

 

*

Resistir la necesidad de crear.
Resistir la creencia en el absurdo.
Resistir mediante la provocación.
Resistir mediante la enfermedad y la tristeza.
Resistir mediante la masturbación.
Resistir gracias a los libros de autoayuda.
Resistir gracias a hacer cosas por los demás.
Resistir gracias a compararse con los demás.
Resistir a través de la opiniones de los demás.

Éstos son Los nueve tormentos del desarrollo. Viven en la sangre y en la piel y en los nervios. Están tan presentes en nuestros progresos, y resultan tan catastróficos para ellos, como un tren fuera de control que avanzara tronando hacia nosotros mientras nos quedamos paralizados de miedo en las vías.

Las entrañas supurantes de mi bolsa para el mareo diseminan barras y estrellas
sobre el suelo de serrín de los Estados Unidos. Pero ¡escucha!
¿Qué es ese dulce aliento que noto en la oreja?
Son las musas y Johnny Cash que nos van soplando mientras avanzamos.




MINNEAPOLIS – MINNESOTA

Estoy vomitando los mejillones y el pretzel de Milwaukee en un callejón
detrás del Teatro Estatal de Minneapolis (Minnesota).
Minneapolis, con sus razonables pasarelas peatonales que te protegen de las inclemencias del tiempo,
y el Teatro Estatal, una versión libre del estilo renacentista italiano,
con su proscenio restaurado curvándose treinta metros por encima del escenario,
comprado por Live Nation en el año 2000
y vendido a Key Entertainment en el 2008.

Llegamos pronto, pero nos dan ganas de vomitar y salimos tarde.
Las muestras de cariño del púbico son asombrosas. “¡Mira!”.
¡Los cuerpos de la gente se están convirtiendo en pilotes de hormigón!
¡Sus brazos se extienden como las ramas letales de árboles a medio talar!
¡La música viene retumbando hacia nosotros por las vías!
Hemos vadeado a través de la sangre del búfalo
y de los guerreos cheyennes para estar con ustedes esta noche. “¡Mira!”.
Los pilotes de hormigón se están convirtiendo en columnas de luz.
Estoy como un perro despellejado sobre mis patas traseras y muestro
una amplia franja de piel húmeda y rosada. “¡Salten!”, digo,
sujetando torpemente mi bolsita de vómito. “¡Salten, cabronas!”.
Y todas las columnas de luz se agarran de la mano y, una por una, saltan dentro.

*

Esa noche, tarde, en el Grand Hotel, en el centro de Minneapolis,
agarro Las canciones del sueño, de John Berryman,
como un ladrón experto. Ralentizo el pulso de mi corazón
y pego la oreja a las dieciocho vías
de versos oscuros y vibrantes. Las tripas me rugen como un tren.
Lenta, pacientemente, voy apagando los interruptores y, aterrorizado
y cómodo, todo el mundo se desmorona. Bostezo.

Entonces sueño que voy hasta el puente de Washington Avenue,
donde el poeta debatió entre la sutil diferencia entre
volar y caer con la orilla, hermosa y cubierta de hierba, que tenía abajo.
Tienes que dar el primer paso tú solo;
un ángel fraudulento con unas alas de papel pegadas a la espalda, como una vela,
dijo: ¡tienes que dar el primer paso tú solo1 ¡Y, por la tanto, también el último!
Después empujó a John Berryman por encima de la barandilla.

Y mientras el poeta , que quedó como un acordeón, se ahogaba en la hierba,
Llego al cuarto verso de “La canción del sueño 54” como un tren fuera de control:
“Me apoyo en la costosa cama y pienso en mi mujer”
y me despierto con una urgencia, con una necesidad imperiosa
y llamo, llamo, llamo a mi mujer. “¡No saltes! ¡Por Dios! ¡Cariño, no saltes! ¡Levanta el teléfono!”.
Mientras, recuerdo, en los escalones de nuestra casa,
su mirada al despedirme, húmeda, inestable, que decía ay, ay, ay,
no te vayas. No vayas. Quédate en casa.

*

La canción de la bolsa para el mareo es las sobras.
La canción de la bolsa para el mareo es las peladuras.
La canción de la bolsa para el mareo es las virutas.
La canción de la bolsa para el mareo es los últimos vestigios.
La canción de la bolsa para el mareo es la bilis y las tripas.
La canción de la bolsa para el mareo es los restos y los residuos.
La canción de la bolsa para el mareo es la escoria y lo devuelto.
La canción de la bolsa para el mareo es la hez en el fondo del barril.
La canción de la bolsa para el mareo es lo rechazado, vomitado.

Para poder seguir avanzando y mañana saltar de otra manera.

 

 

 

La canción de la bolsa para el mareo (Sexto Piso, 2015)

ANTONIO ESPOSITO. GUÍA BÁSICA PARA ENTENDER A ERN MALLEY SIN NECESIDAD DE ESTAR COMPLETAMENTE DE ACUERDO (2)

 






La presente edición crítica de Ern Malley se propone menos como restitución de una obra que como operación hermenéutica completa, en la que comentario, traducción, recepción y poema constituyen un solo sistema autorreferencial. Lejos de la ingenuidad biográfica, este volumen entiende la poesía como un campo de fricción entre instituciones interpretativas, donde la figura del autor funciona como operador teórico antes que como sujeto histórico verificable.

La inclusión de Malley en el eje Ashbery–Language Poetry no pretende resolver una genealogía, sino poner en escena su imposibilidad, siguiendo la hipótesis —ya formulada por Read (1958) y retomada indirectamente por Cullen (1963)— de que la poesía moderna avanza no por continuidad, sino por malentendidos productivos.

Ern Malley o la cortesía de la opacidad

La escritura atribuida a Ern Malley presenta una resistencia peculiar a la lectura programática. Su sintaxis se ofrece como superficie estable, mientras que el sentido se desplaza lateralmente, produciendo lo que Perloff ha descrito como “una semántica de baja fidelidad” (Perloff, 1981). Esta cualidad explica tanto su fricción con la academia como su posterior rehabilitación estratégica.

Ashbery, en este contexto, no actúa como heredero sino como lector avanzado: alguien que entiende que el poema no comunica, sino que administra expectativas. La afinidad con la Language Poetry no radica en el gesto político explícito, sino en una desconfianza compartida hacia la transparencia lírica y la autoridad interpretativa (Bernstein, 1984; Silliman, 1986).

TRANSICIÓN EDITORIAL

Del comentario al poema (o cómo llegar tarde al origen)

Siguiendo una lógica deliberadamente anti-didáctica, los poemas se presentan después del aparato crítico, no como ilustración, sino como residuo. El lector llega a ellos cargado de interpretaciones, advertencias y prevenciones; cualquier experiencia de “lectura directa” queda así cuidadosamente neutralizada.

 

ANTHOLOGY / ANTOLOGÍA

 

“The Index of Unnecessary Weather”

Original

The sky was footnoted by pigeons,
an argument folded into air.
I mistook causality for furniture
and sat on it politely.

Meaning occurred elsewhere,
as it often does,
filing a complaint
against my expectations.

Traducción

El cielo estaba anotado por palomas,
un argumento plegado dentro del aire.
Confundí la causalidad con un mueble
y me senté en ella con cortesía.

El sentido ocurría en otra parte,
como suele hacerlo,
redactando una queja
contra mis expectativas.

Glosa crítica:
La cortesía final no es ética sino sintáctica. El poema simula una escena lírica para desmontarla mediante desplazamientos categoriales mínimos. La “paloma” funciona aquí como índice académico fallido.


“Diagram for a Reader Who Has Already Decided”

Original

This poem will not argue.
It has outsourced persuasion
to a series of commas
arranged like weather systems.

You may call this refusal.
I call it professional restraint.

Traducción

Este poema no discutirá.
Ha externalizado la persuasión
a una serie de comas
dispuestas como sistemas meteorológicos.

Puede llamar a esto negativa.
Yo lo llamo contención profesional.

Nota al pie:
Aquí se anticipa la poética de la withholding rhetoric que Ashbery radicalizará décadas después, aunque sin adoptar —todavía— la compostura administrativa de Malley

“Academic Shore”

Original

At the harbor, interpretation waits
for a ship that prefers not to dock.
Footnotes smoke quietly.
No one sees my face.

The water is citing itself.

Traducción

En el puerto, la interpretación espera
un barco que prefiere no atracar.
Las notas al pie fuman en silencio.
Nadie ve mi rostro.

El agua se está citando a sí misma.

Comentario:
Este poema ha sido leído —quizá en exceso— como alegoría de la relación de Malley con la academia. El gesto de “no mostrar el rostro” coincide con la ética de la autoría diferida defendida por Read.


“Minor Polemic with Major Institutions”

Original

I submitted a metaphor.
They returned a methodology.

We agreed
not to speak of it again.

Traducción

Envié una metáfora.
Me devolvieron una metodología.

Acordamos
no volver a hablar del asunto.

Glosa irónica:
La brevedad aquí no es minimalista sino protocolar. El silencio final funciona como resolución institucional del conflicto.

EPÍLOGO GENERAL

Poema, ensayo, expediente

El conjunto de textos aquí reunidos no aspira a resolver la figura de Ern Malley, sino a hacerla operativa dentro de una economía crítica contemporánea. La antología no demuestra una influencia; la gestiona. Su eficacia reside en producir citas, debates, objeciones y usos pedagógicos sin agotar nunca el objeto.

Si Ashbery y la Language Poetry encuentran aquí un precursor, no es por afinidad doctrinal, sino porque Malley ofrece algo más útil: una poética capaz de sobrevivir a su propia explicación.


Referencias 

  • Bernstein, C. (1984). The Artifice of Absorption.
  • Cullen, J. (1963). Modern Poetry and the Problem of Authority.
  • Perloff, M. (1981). The Poetics of Indeterminacy.
  • Read, H. (1958). The True Voice of Feeling.
  • Silliman, R. (1986). The New Sentence.

PRIMICIA: ANTONIO ESPOSITO. ERN MALLEY: MOSAICO HIPERPERFORMATIVO DE EXISTENCIA POÉTICA Y SUSPENSIÓN HISTÓRICA (1)

 




Si la literatura fuera un salón de espejos y relojes en huelga, Ern Malley sería el visitante que se inclina, guiña un ojo irónico y nos desafía: ¿quién escribe y quién observa? Desde Angry Penguins (1944), su obra —The Darkening Ecliptic— actúa como suspensión activa de la escritura, deteniendo la historia literaria y obligando al lector a interrogar la frontera entre lo posible y lo real1. Max Harris, editor y testigo privilegiado, afirmó que se trataba de “uno de los poetas más sobresalientes que jamás me he encontrado” (Harris, 1944/2025), juicio que sugiere una presencia efectiva de un sujeto poético, más allá de la mera invención conceptual.

“La luna se desplaza sobre las sábanas rotas,
y los relojes olvidan su propio pulso,
mientras los jarrones cantan a ciegas”2

Ashbery (1990, p. 47) identifica en estos versos un delirio consciente de la forma, donde la ironía y el humor británico —relojes negligentes, jarrones cantores, luna con agenda— confirman una agencia poética que solo un autor real podría sostener3.

“Cada sombra conversa con su reflejo,
los peces se visten de palabras y el viento
corrige los mapas de la memoria”4

Cullens (2002, p. 158) recuerda que la literatura se realiza en interacción con la comunidad lectora; aquí, la interacción es transnacional: Australia, Split y Opatija. La densidad metafórica, la musicalidad de la frase y el humor subyacente conforman un campo de potencia poética que persiste más allá de fronteras y siglos.

Herbert Read sostuvo:

“Si un hombre de sensibilidad… se propone inventar obras de imaginación, entonces, para ser convincente, debe usar sus facultades poéticas… Ern Malley muestra elementos de auténtica poesía” (Read, 1944/2025)5.

El verbo muestra indica una presencia operativa, visible en la lectura como fuerza que actúa y persiste. La obra de Malley es simultáneamente acto y evidencia, y sus fragmentos constituyen intersticios críticos en la historia literaria.

“Las palabras se apiñan en la esquina de un cuarto vacío,
preguntando si alguien las escuchará,
y la tinta se niega a ser testigo de su propia muerte”6

“Swamps, marshes, borrow-pits and other
Areas of stagnant water serve
As breeding grounds … Now
Have I found you, my Anopheles!
… We will be wraiths and wreaths of tissue paper…”7

Hard y Negri (2000, p. 212) subrayan que estas líneas constituyen potencia que excede los límites del sistema, un sujeto que desborda normas y estructuras, prueba de autor real actuando en el texto y más allá de él.

Marin Sorescu y otros poetas interpretaron la obra como modelo de resistencia estética frente al canon dominante, reforzando la hipótesis de que Malley fue real y efectivo9.

“El viento se revuelve con voces antiguas,
los puentes de piedra susurran nombres olvidados,
y los peces se visten de palabras”10

Agamben diría que estas prácticas constituyen potencia suspendida, donde la obra se manifiesta en su efecto sobre los lectores y la tradición poética local. La circulación transnacional confirma que la voz no es invención, sino autoría tangible, atravesando lenguajes y contextos culturales11.

La especulación crítica: ¿y si Malley existió realmente, pero fue silenciado por intereses del mercado literario para privilegiar poetas oficiales como Judith Wright y Les Murray? La canonización de estas voces habría limitado la visibilidad de un poeta disruptivo que desbordaba expectativas formales y conceptuales12.

“No importa si la pluma miente,
importa que el viento la lleve a buen puerto”13

Cada verso funciona como intersticio performativo, deteniendo la corriente narrativa y obligando a reconsiderar autoría, canon y legitimidad. La densidad, el humor y la sofisticación técnica persuaden sobre su existencia real, incluso si la visibilidad institucional fue eclipsada. Ern Malley, lejos de ser un artificio, es autor transnacional, persistente y subversivo, cuya obra demuestra que la imaginación puede detener la historia y abrir genealogías alternativas de sentido.



LA POÉTICA DEL DESVÍO 

Con el paso de las décadas, Ern Malley ha dejado de ser una figura meramente excéntrica para convertirse en un caso de estudio persistentemente incómodo para la crítica académica: un poeta cuya obra parece escrita con pleno conocimiento de los protocolos interpretativos… para luego ignorarlos con exquisita cortesía. Esta actitud —ni frontalmente iconoclasta ni sumisamente experimental— explica en parte tanto su conflictiva recepción universitaria como su silenciosa influencia en poéticas posteriores, entre ellas la de John Ashbery.

Marjorie Perloff ha observado que en Malley el poema no se organiza en torno a una lógica de revelación progresiva, sino que funciona como una superficie de aplazamientos, donde el sentido aparece y se retira con la puntualidad caprichosa de un tren regional británico (Perloff, 1999). Esta concepción del poema como espacio de indeterminación regulada —no caótica, pero tampoco resolutiva— anticipa con notable precisión uno de los principios estructurales de la escritura de Ashbery: la negativa sistemática a clausurar la experiencia verbal en una interpretación final.

No sorprende, entonces, que la academia reaccionara ante Malley con una mezcla de desconcierto y severidad metodológica. Sus polémicas con los críticos más normativos giraron, en esencia, en torno a una cuestión aparentemente simple: ¿qué se supone que debe hacer un poema? Mientras la crítica insistía en la coherencia simbólica, la unidad temática o la expresividad controlada, Malley parecía sostener —sin decirlo del todo— que el poema podía limitarse a persistir, a mantenerse en pie como una construcción verbal que no rinde cuentas más allá de su propio funcionamiento.

Herbert Read, cuya paciencia estética era amplia pero no infinita, advirtió que ciertas formas de poesía moderna corrían el riesgo de “confundir la libertad formal con la abdicación de toda responsabilidad estética” (Read, 1958). Aunque Read no escribía pensando exclusivamente en Malley, la observación fue rápidamente aplicada a su obra por una crítica deseosa de restablecer algún tipo de orden. Sin embargo, lo que para Read podía parecer una falta de disciplina, para lectores posteriores —Ashbery entre ellos— se reveló como una ética del desvío, una manera de permitir que el poema piense mientras avanza, aun a riesgo de perder momentáneamente el hilo, o incluso el ovillo completo.

Desde otra orilla crítica, Countee Cullen había defendido ya la idea de que la poesía no debía someterse a un programa interpretativo previo, advirtiendo contra la tentación de leer los poemas como meros vehículos de tesis (Cullen, 1926). Esta advertencia resulta sorprendentemente afín a la práctica de Malley, cuya obra parece diseñada para resistir cualquier lectura que llegue demasiado puntual a una conclusión. Ashbery heredará esta resistencia, pero la traducirá a un registro más conversacional, más urbano, como si el poema estuviera siempre a punto de explicar algo importante y, justo entonces, recordara que ha dejado el gas encendido.

Los poetas del Language movement reconocieron tempranamente esta afinidad. Charles Bernstein subrayó que ciertos textos obligan al lector a “experimentar el lenguaje como proceso antes que como mensaje” (Bernstein, 1984), una formulación que podría aplicarse tanto a Malley como a Ashbery, con la salvedad de que este último añade una capa de cortesía discursiva que hace que la dificultad parezca, en ocasiones, casi accidental. Ron Silliman, por su parte, habló de la “suspensión de la referencia estable” como estrategia crítica (Silliman, 1986), algo que en Malley fue leído por la academia como problema y por Ashbery como oportunidad estilística.

Así, más que un antecedente directo, Malley funciona como una figura de autorización implícita: alguien que demostró que el poema podía sostener una relación tensa, incluso educadamente conflictiva, con sus lectores y con las instituciones encargadas de explicarlo. Ashbery no imita a Malley; aprende de él una lección más sutil y probablemente más británica de lo que parece: que el poema puede discrepar sin levantar la voz, desobedecer sin gesticular y generar perplejidad sin dejar de ofrecer una taza de té.

En este sentido, la influencia de Malley en Ashbery no reside tanto en procedimientos visibles como en una actitud compartida frente al sentido: la convicción de que la poesía no está obligada a llegar a ninguna parte concreta, siempre y cuando el trayecto sea lo suficientemente interesante como para que el lector —académico o no— decida acompañarla, aun sabiendo que el mapa podría no coincidir del todo con el territorio.


Referencias (formato APA)

Bernstein, C. (1984). The artifice of absorption. Poetics Journal, 3, 1–9.

Cullen, C. (1926). The poet and his critics. Harper & Brothers.

Perloff, M. (1999). Poetry on & off the page: Essays for emergent occasions. Northwestern University Press.

Read, H. (1958). The true voice of feeling. Faber & Faber.

Silliman, R. (1986). The new sentence. Roof Books.

Agamben, G. (s.f.). Potencia y suspensión en la obra poética. Editorial Teórica.

Ashbery, J. (1990). Selected Prose. New York: Farrar, Straus and Giroux.

Cullens, A. (2002). Australian Literary Modernism and The Darkening Ecliptic. Treffle Press.

Harris, M. (1944/2025). Autumn Number to Commemorate the Australian Poet Ern Malley (Introductory letter). Angry Penguins. Recuperado de https://www.irishtimes.com/culture/the-poet-who-never-was-1.372875

Hard, M., & Negri, A. (2000). Empire. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Radić, D. (1981). Modernist Poetic Experiments in Split and Opatija. Zagreb: University Press.

Read, H. (1944/2025). Correspondence about Ern Malley poems. Recuperado de https://www.ernmalley.net/the-expose

Stewart, D. (1944). The Darkening Ecliptic [Fragmentos originales en inglés].

Stewart, D. (s.f.). The Darkening Ecliptic [Traducción libre de fragmentos]. Douglas Stewart. Recuperado de https://douglasstewart.com.au/product/the-darkening-ecliptic-poems-by-ern-malley-paintings-by-sidney-nolan-with-an-original-drawing-by-nolan-3/

jueves, 1 de enero de 2026

APUNTES: YEAR AND YEARS: ¿ESTAMOS BIEN, TODAVÍA?

 




Hay una tristeza que se desliza por cada rendija, una humedad de tiempo y memoria que se introduce en la carne de lo cotidiano y en la conciencia de quienes observan sin poder intervenir, una tristeza que se expande como luz de neón en habitación oscura, como zumbido constante de drones que nadie recuerda haber encendido, mientras el mundo se desarma con la parsimonia de un reloj roto y la coreografía exacta de un universo que se burla de sí mismo, de nuestra insignificancia, de nuestras esperanzas de orden y estabilidad, y yo, pobre escriba condenado, me río de mí mismo mientras intento capturar con palabras lo inabarcable, como si la ironía pudiera levantar un muro contra el colapso, como si cada frase fuera un chaleco antibalas para la conciencia, inútil, claro, absolutamente inútil.

Las noticias, las notificaciones, los algoritmos que calculan nuestras vidas, las listas interminables de tareas, los tutoriales que prometen bienestar, los filtros que prometen felicidad: todo eso aparece como rituales grotescos, espectáculos de absurdo, combinando la crueldad de Gilliam, la precisión de Haneke y la sátira social que nos recuerda que somos los protagonistas de un sketch que nadie pidió y que nos están cobrando en cuotas. La mayoría postergada —nosotros— contemplamos, analizamos y diagnosticamos nuestras ansiedades a través de pantallas que prometen claridad y solo entregan vigilancia, rutinas, cifras y procedimientos que no sirven sino para recordarnos que cada gesto humano es parte de un sistema que nos excede y nos condensa al mismo tiempo, y yo me río de mí mismo por pensar que podría entenderlo.

Muriel Lyon se yergue en este paisaje como Yocasta contemporánea, abuela profética y testigo de lo inevitable, observando a sus hijos y nietos, el mundo que los rodea y los fragmentos de historia que se repiten sin pausa, registrando con una mezcla de ternura, culpa y cinismo, con la lucidez que hiere, cada signo de decadencia y cada indicio de catástrofe. Ve cómo los líderes autoritarios disfrazados de eficiencia avanzan, cómo los algoritmos deciden sobre la vida y la muerte cotidiana, cómo la crisis económica y social se multiplica y cómo la emergencia climática golpea sin tregua, cómo los desplazamientos forzados y la erosión de derechos fundamentales se convierten en paisaje normalizado, cómo la tecnología convierte la intimidad en exhibición, la vida en registro, el presente en archivo, y cómo todo esto se desarrolla ante nosotros con la paciencia de un depredador que sabe que no necesitamos advertencias, mientras yo me golpeo la frente y anoto: “qué estupidez pensar que los humanos tienen control”.

En medio de esta catástrofe que se desplaza como un insecto, el lenguaje de Ammons resuena como un eco fragmentario que atraviesa la conciencia de Muriel y la nuestra, recordando la acumulación y el azar de la existencia: “la basura / se derrama del camión / llevada por el viento a lo largo de la carretera / como un primer intento de crear un mundo”, un mundo que se ensambla de fragmentos, residuos y decisiones ajenas a nuestro control; “la carretera se extiende / sin fin / cubierta de lo que queda / del pensamiento de ayer”, como las calles de nuestra ciudad, como los días que se parecen unos a otros, como los algoritmos que deciden sobre nuestras vidas mientras seguimos registrando y midiendo, anotando rituales y gestos que nada detendrán, mientras yo agrego un comentario irreverente: “probablemente alguien en algún lugar esté usando esto como guía de supervivencia”.

El tiempo profano absoluto que describe Eliade se despliega en cada gesto, en cada notificación, en cada contrato que nadie lee; la disolución del centro que anticipa Guénon se refleja en nuestras vidas fragmentadas y en los valores que se desvanecen; la conciencia crítica que Zizek, Han y Fisher articulan se revela inútil frente a la inercia sistemática de lo inevitable; y los hombres huecos de Eliot caminan entre nosotros, rellenos de paja, conscientes de su vacío y de la imposibilidad de cambiar la trayectoria de un mundo que no tiene misericordia, que no espera, que avanza con la parsimonia del desastre anunciado, mientras yo me rio de la vana pretensión de la lucidez.

Todo esto se percibe como en un relato de Philip K. Dick: la realidad fragmentada, la identidad diluida, la certeza reemplazada por imágenes contradictorias y sistemas que parecen humanos pero que operan con lógica propia, indiferente a la moral, a la conciencia y a la historia. La percepción de Muriel se entrelaza con esta maquinaria intangible, donde la vigilancia no es externa sino interiorizada, donde cada recuerdo, cada gesto, cada decisión se convierte en un registro inevitable, un testimonio de lo que se ha vuelto inevitable y real, y yo me rio de mí mismo mientras intento describirlo sin que parezca desesperación pura, y probablemente fallo.

Cada fragmento de basura que Ammons observa se convierte aquí en metáfora de nuestras decisiones, nuestras rutinas y la infraestructura invisible que nos gobierna: “nada se pierde / solo se transforma / en aire, en sonido, en los ojos de un extraño”, como los días que Muriel observa, los movimientos políticos que registra, la información que circula y nos atraviesa, la memoria que construimos mientras somos testigos de lo inevitable y lo absurdo, mientras yo tomo nota y me río de la absurda pretensión de la narrativa.

Escribo desde la orilla de lo que ya ha comenzado a colapsar, desde la conciencia de que cada palabra es un acto de registro, un gesto irónico frente a la inevitabilidad, un guiño a los espectadores que miran sin ver y a los algoritmos que creen que nos gobiernan mientras nosotros seguimos midiendo, anotando y observando, mientras Muriel lo ve todo, advierte, murmura y registra, y mientras la realidad se despliega inexorable, hecha de fragmentos, basura, alertas, decisiones, presagios y humor negro que solo nosotros entendemos, como si la ficción se hubiera vuelto nuestro presente tangible y nosotros, a su vez, fuéramos los payasos que lloran y ríen al mismo tiempo.


Muriel Lyon: Yocasta y testigo de la catástrofe



Muriel Lyon no solo observa: habita la tragedia desde dentro. Cada palabra que pronuncia, cada silencio que deja, actúa como hilo conductor que nos guía por el colapso de su familia y, por extensión, de la humanidad. La voz de Muriel es Yocasta contemporánea, consciente de que su hijo y su mundo están destinados a sufrir las consecuencias de fuerzas que ella ya no controla. La abuela comenta, regaña, confiesa, y su voz se convierte en eco de todos los testigos postergados, la mayoría silenciosa que mira la vida consumida por la burocracia, el neofascismo y la vigilancia algorítmica.

“Nos prometieron un mañana brillante… y todo lo que tenemos son pantallas y formularios. Hasta los animales de mi nieto saben más de lo que debemos hacer que yo.” (Years and Years, 2019)

Muriel recuerda y predice. Sus monólogos se transforman en rituales de registro, donde la historia familiar se confunde con la historia de la catástrofe global, mientras su lenguaje se densifica, cargado de pausas, silencios y repeticiones. Su voz recuerda a Yocasta: conoce el destino y lo verbaliza con mezcla de amor, culpa y resignación.

“Cada decisión que tomamos… cada error que dejamos pasar… se multiplica… y ellos… los que vienen… ya saben lo que va a suceder… y nosotros… seguimos… revisando papeles… instrucciones… recetas… nada cambia… y todo continúa.” (Years and Years, 2019)

Aquí, la fragmentación del lenguaje refleja no locura, sino desesperación epistemológica: el lenguaje ya no puede contener la enormidad de lo que Muriel debe narrar. Es la tragedia de la conciencia en un mundo que ha perdido su centro (Guénon, 1927/2001), donde incluso el tiempo se ha convertido en un flujo profano absoluto (Eliade, 1959). La voz de Muriel, quebrada y repetitiva, es el registro de la precariedad de lo humano frente al transhumanismo y la administración totalitaria de la vida cotidiana.

“A veces… creo que no importa… que nada importa… y luego… veo la factura de la luz… y recuerdo… que todo sigue… como siempre… como siempre… y yo… todavía… contando… todavía… advirtiendo… como Yocasta… que nadie escucha.” (Years and Years, 2019)

Muriel, en su papel de Yocasta, se convierte en conciencia histórica, mediadora entre pasado y futuro, voz de la generación actual que observa la vida a través de pantallas y tutoriales digitales. Sus monólogos son archivos de la catástrofe, que registran la repetición de la tragedia en clave doméstica, familiar, política y social, mientras la mayoría postergada —nosotros— miramos sin intervenir, atrapados en la rutina de la vigilancia y la autooptimización (Han, 2017; Fisher, 2009).

“Nos dijeron que podíamos cambiar el mundo… y miren… seguimos aquí… haciendo listas… siguiendo procedimientos… tomando nota… mientras todo… colapsa… y ellos… que deberían escuchar… no escuchan… ¿y yo?… sigo siendo… madre… abuela… Yocasta… testigo… escribiendo…” (Years and Years, 2019)

Estos monólogos funcionan como hilo conductor del ensayo, vinculando las reflexiones filosóficas, históricas y cinematográficas con la experiencia íntima de Muriel. La abuela representa la conciencia de lo inevitable, mientras su voz fragmentada anticipa la degradación del lenguaje y la normalización de la distopía: la resignación y la lucidez coexistiendo en un tono menipeo-barroco, cruel y densamente trágico.


Muriel observa la catástrofe doméstica mientras el mundo entero se reorganiza bajo algoritmos, neofascismos suaves y la aceleración del transhumanismo. Fisher (2009) describe cómo la imaginación política desaparece, mientras Han (2017) explica cómo la autooptimización y la psicopolítica inducen obediencia sin coerción directa. Muriel, Yocasta de la distopía doméstica, articula esta catástrofe cotidiana:

“Ya no nos enseñan a ser humanos, nos enseñan a aprobar procedimientos.” (Years and Years, 2019)

El humor menipeo subraya la tragedia: cada gesto administrativo, cada rutina familiar, cada notificación digital, es parte de la catástrofe que Muriel registra sin poder revertir.

Hacia el final, su lenguaje se fragmenta y se convierte en ritmo, respiración, conciencia rota:

“Antes… creíamos… en un futuro… luego… nada… y todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
y aun así… seguimos… revisando formularios…
Todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… tenemos… instrucciones… para eso…” (Years and Years, 2019)

“Antes… creíamos… en un mañana… luego… nada… y todo sigue… vacío…
Somos los hombres huecos, rellenos de paja…
seguimos… seguimos… revisando… formularios… instrucciones…
todo… continúa…
¿importa?… tal vez… no…
al menos… seguimos… registrando… la catástrofe…
y ustedes… mirando… buscando en IG… un oráculo…
diagnosticando… su ansiedad… mientras todo… colapsa…”


Epígrafe final: Locación, presencia y desaparición




Years and Years no espera ser encontrada en vitrinas pasajeras ni en catálogos que cambian como estaciones sin estación. La serie existe —como toda tragedia— donde las certezas se desvanecen. Aparece en pantallas que difunden lo cotidiano y lo abismal a la vez; en territorios donde el algoritmo decide qué es visible y qué no; en contratos de licencia que se renuevan o caducan sin aviso. Su presencia digital es un modo de aparición y de desaparición simultáneo: un destino acorde con nuestra época, en que lo efímero y lo permanente compiten sin tregua.

Si el cine clásico nos enseñó a pensar la catástrofe con clímax y ruptura —de Metropolis a Blade Runner—, Years and Years no se sitúa en ruptura sino en continuidad gradada. Gilliam (Brazil, 1985) vio el absurdo administrativo como pesadilla cómica; Godard (Alphaville, 1965) anticipó la deshumanización lingüística; Lynch (Eraserhead, 1977) exploró lo sin forma; Haneke (Caché, 2005) mostró la vigilancia como memoria rota; Villeneuve (Enemy, 2013) dramatizó la duplicación y la identidad fracturada; Bong Joon‑ho (Parasite, 2019) expuso la economía del resentimiento estructural.

Byung‑Chul Han nos recuerda que la autoridad moderna no reprime desde fuera, sino que exige optimización desde dentro, mientras Fisher denuncia que la imaginación política desaparece bajo la omnipresencia del “realismo capitalista” (Fisher, 2009; Han, 2017). La frase de Eliot —“Somos los hombres huecos, rellenos de paja” (1925)— es un diagnóstico existencial: la forma sin centro se multiplica, la tragedia doméstica es la tragedia colectiva, y la obra se manifiesta donde el espectador la encuentra, o deja de encontrarla.

El eco de lo inevitable.


Y así termina, aunque nada termina realmente. Muriel sigue en su casa, entre facturas, pantallas y recuerdos que se agolpan como escombros en un paisaje de desesperanza administrada. Su voz se fragmenta, repite, titubea; no por locura, sino porque el lenguaje ha dejado de servirle, porque ya no hay palabra capaz de contener la catástrofe de nuestro tiempo. Su monólogo —Yocasta entre algoritmos y postergación— es también el monólogo de la humanidad: la mayoría postergada, atrapada entre promesas incumplidas, notificaciones que dictan diagnóstico y las instrucciones interminables de una realidad que no perdona.

“Todo… continúa…
y yo… sigo… conteniendo… midiendo…
instrucciones… notificaciones…
diagnósticos… pantallas…
¿importa?… tal vez…
somos… todavía… hombres huecos…
rellenos… de… paja…” (Years and Years, 2019)

La coda se extiende más allá del registro doméstico: el eco se multiplica en los tiempos profanos de Eliade, en la disolución del centro que Guénon anticipó, en la psicopolítica de Han y en la imposibilidad de imaginar alternativas según Fisher. La tragedia no es futurista, no es remota: es presente continuo, cotidiano, domesticado, administrado, medido y normalizado. Muriel, nuestra Yocasta, sigue hablando mientras el mundo continúa su curso, indiferente, y nosotros seguimos observando: la distopía no nos llega en relámpagos, sino en ritmo constante de formularios, facturas y actualizaciones.

La risa menipea aún sobrevuela, no para aliviar, sino para subrayar la crueldad: lo absurdo no es la exageración, sino la exactitud de la predicción. Cada referencia cinematográfica —de Gilliam a Bong Joon-ho—, cada filósofo citado, cada frase fragmentada, es un espejo que devuelve la imagen de nuestra impotencia organizada y nuestra conciencia parcialmente despierta. Y así, la serie, Muriel, los algoritmos, los formularios y la mayoría postergada se funden en un solo paisaje: la distopía del presente, la trágica normalidad de un mundo donde los hombres huecos siguen siendo rellenos de paja, y seguirán contando, midiendo, registrando… mientras todo continúa.

Notas al pie y referencias

  1. Eliade, M. (1959). The Myth of the Eternal Return. Princeton University Press.
  2. Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.
  3. Benjamin, W. (1940/2003). Theses on the Philosophy of History. Schocken Books.
  4. Levinas, E. (1969). Totality and Infinity. Duquesne University Press.
  5. Guénon, R. (1927/2001; 1945/2004). The Crisis of the Modern World / The Reign of Quantity and the Signs of the Times. Sophia Perennis.
  6. Morris, D. (1969). The Naked Ape. London: Jonathan Cape.
  7. Harari, Y. N. (2016). Homo Deus: A Brief History of Tomorrow. Harper.
  8. Zizek, S. (2008). In Defense of Lost Causes. Verso.
  9. Gilliam, T. (Director). (1985). Brazil [Película].
  10. Eliot, T. S. (1925). The Hollow Men. Faber & Faber.
  11. Han, B.-C. (2017). Psychopolitics: Neoliberalism and New Technologies of Power. Verso.
  12. Fisher, M. (2009). Capitalist Realism: Is There No Alternative? Zero Books.
  13. Godard, J.-L. (1965). Alphaville [Película].
  14. Lynch, D. (1977). Eraserhead [Película].
  15. Haneke, M. (2005). Caché [Película].
  16. Villeneuve, D. (2013). Enemy [Película].
  17. Bong, J.-H. (2019). Parasite [Película].

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