FOTO DE CARLOS PESTANA
Martín
Adán: la vida desasida
Mario
Campos (1984)
Hace veinte años que Martín
Adán —Rafael de la Fuente Benavides— no recibía a nadie, salvo a su fidelísimo
amigo, Juan Mejía Baca, a quien se debe que Mario Campos haya conversado con el
más grande poeta vivo del Perú. Fue una entrevista difícil en la cual, por
convenio tácito, se omitió el tratamiento de temas estrictamente literarios,
acaso porque al poeta ya no le interesen muchas cosas. Lo que sigue es un
conmovedor testimonio humano de uno de los más altos creadores de la lengua
hispana, que después de dos décadas, rompe el silencio exclusivamente para La
República.
Veinte
años sin recibir a nadie que no sea Juan Mejía Baca. Don Juan, el mismo que
conversa con las enfermeras y le habla de Rafael a Martín. Martín, el poeta que
por tanto tiempo fue un nombre para mí, una palabra cristalina, unos aromas,
una energía que ahora, viernes, cinco de la tarde, es una barba crecida, unos
ojos que saltan, un pijama celeste a rayas y una sonrisa como asustada, así,
como sorprendida en su cuarto del Loayza, donde hace calor.
¿Fue
fácil llegar a él? No. Fueron días y días de conversar con Mejía Baca, de hacer
preguntas, de hablar horas interminables y de tener fe, ¿no don Juan?, mucha
fe. Esa fe inmensa de los norteños que está hecha de gracia y no se preocupe
usted.
Veinte años sin hablar con
nadie que no sea don Juan. Y aquí lo tengo mirándome como un chiquito asustado,
como pidiéndome disculpas por estar nervioso, porque lo operan mañana y tengo
75 años ¿sabe usted?, setenta y cinco años, ya estoy viejo y me van a poner
anestesia regional. No es una operación fácil, oiga usted.
¿Y
ahora? ¿Y las preguntas que acordó con ALAT [Alfonso La Torre]? ¿Y las que me
gritó por teléfono Mirko Lauer? ¿Y las que me sugirió mi hija Teresa, papá dile
que por qué no sale a la calle, que lo quiero conocer, dile, papá? ¿Y ahora?
¿Qué hacer cuando se ha ido Mejía Baca a hablar con unos médicos y Vilca y
Martín y yo nos hemos quedado en silencio?
Afuera
hay un rumor de periodistas que pugnan por entrar al cuarto del poeta y al de
Jorge del Prado, que son vecinos. Por romper el silencio digo: «Al lado está
Jorge del Prado» y Martín se ríe. Vilca, no. Está nervioso con su cámara
chiquita Pentax en el bolsillo, como desvalido sin poder tomar fotos con
confianza, porque de repente el poeta no quiere, usted sabe: veinte años.
Cómo
se le ilumina el rostro a Martín Adán cuando se ríe. Sus ojos se ponen
chiquitos y su cara parece que va a estallar en mil venitas verdiazules.
Martín, Martín, ¿cómo decirle que también mi primer amor se iba de mí,
espantada de mi socialismo y mi tontería, y que mi quinto amor también fue una
muchacha sucia, Martín, con quien pequé casi en la noche, casi en el mar. Cómo
decirle todo esto si ahora está comiendo mazamorra y todo su interés, y toda su
hambre, y toda su soledad acumulada en largos veinte años largos, parecen
concentrarse, vengarse, en cada cucharada.
Las enfermeras ayudan:
—¿Cómo se porta?
—ENFERMERA GORDITA CON CANTITO
PIURANO.- ¡Ah, muy bien! Es muy noble. No fastidia nadita, oiga usted.
—¿Y el apetito?
—ENFERMERA DELGADA, CON PELO
LARGO, ESTILO «O SEA».- Come rico. Come su mazamorra, su carne molida. Todo
come; ¡qué le digo!, ¡tiene apetito!, ¡pero está nervioso!, ¿no le ve?
—MARTÍN ADÁN.- Es que me van a
operar y estoy viejo. Tengo setenta y cinco años.
—ENFERMERA GORDITA CON CANTITO
PIURANO (después me enteré de que se llamaba Aurora).- ¡Qué va! ¡Si es más
joven que nosotros! No tiene por qué estar nervioso.
Y luego de arreglarle la cama
y de intercambiar bromas, esas bromas cariñosas que suelen hacer las enfermeras
a los pacientes en vísperas de operación, las dos muchachas salen del cuarto. Y
otra vez el silencio.
Martín sabe que estamos
preparando un especial sobre él. Sabe que somos de La República. Sabe
todo. Pero nosotros sabemos que detesta las grabadoras y que una cámara
fotográfica puede provocarle iras infinitas. La conversación tiene que surgir
natural, fluida. ¡Son veinte años! El poeta parece que se da cuenta y empieza a
hablar, solo, sin que le diga nada.
— MARTÍN ADÁN.- Yo no sé por
qué tanto interés. Soy un escritor ya pretérito. Un escritor del pasado, sin
ninguna vinculación estética con los nuevos tiempos, ¿no? Yo soy un escritor de
otro tiempo.
—¿De cuál?
—MARTÍN ADÁN.- De otro tiempo, lejos. Yo no sé…
—No necesito decirle que es un
escritor eterno. El más importante poeta vivo del Perú. No necesito…
—MARTÍN ADÁN.- Muchas gracias,
muchas gracias. La República ha dado la noticia de que en París se ha
publicado La casa de cartón traducida al francés.
—Con notable éxito de crítica,
Martín. Luego de sesenta años que apareciera ese libro, ¿qué significado tiene
esto para usted?
—MARTÍN ADÁN.- No sé, la
verdad… y pensar que yo escribí La casa de cartón como un ejercicio de
gramática. Mi profesor de gramática fue un español, Emilio Huidobro, el más
grande gramático que haya venido jamás al Perú. Me enseñó en el Colegio Alemán.
En mi clase, los aficionados a la literatura éramos, yo, Estuardo Núñez, Emilio
Adolfo Westphalen y uno, que después fue pintor, pero que entonces no lo era:
Ricardo Grau, nieto de Miguel Grau. En una clase anterior a la nuestra está
Jorge Basadre, y en la posterior Luis Felipe Alarco, Carlos Cueto Fernandini,
Alberto Wagner de Reyna. Ellos eran los más interesados en lo literario y en lo
filosófico en el Colegio Alemán.
Ahí empezó todo…
(Después de hablar, Martín
Adán se sume en largos silencios. Como recordando. Estamos en un cuarto pintado
de verde. La cama de Martín también es de color verde. En un extremo de la
habitación hay una de fierro sin sábanas, sin colchas, sin nada. No hay una
sola silla. Estoy grabando prácticamente arrodillado a un costado del poeta. Él
parece no darse cuenta de la grabadora. O no darle importancia).
—MARTÍN ADÁN.- Sí pues, ese
fue el ambiente en que me formé ¿no?, el ambiente escolar que estimulaba en
todos los sentidos para la obra intelectual, para la obra literaria, para la
obra artística. Yo diría que mi biografía se refiere sobre todo al colegio.
Luego en la universidad, yo ingresé con Estuardo Núñez. Pero Estuardo se dedicó
sobre todo a la crítica literaria, como hasta ahora. Estuardo sigue siendo un
hombre de pocas palabras, de poca actividad personal.
—¿Y ese interés que convoca su obra, su persona? ¿Qué le
produce?
—MARTÍN ADÁN.- Vivo
desvinculado por completo del mundo. He vivido por larguísimos años sumido en
la bohemia…
(Otro silencio que parece
interminable. Martín se mira las manos y repite casi como un susurro: «He
vivido larguísimos años sumido en la bohemia», como reflexionando. ¿Estará
tomando fotos Vilca? ¿Querrá seguir hablando Martín? ¡Qué terrible es tener tantas
preguntas, tanta curiosidad vital, para una persona como Martín Adán, como
Rafael de la Fuente Benavides, frente a tantos silencios, colmando este casi
vacío cuarto de hospital!)
—¿Por qué decidió apartarse del mundo, Martín?
(Casi lo hago regresar a la
habitación. Me mira con curiosidad y contesta).
—MARTÍN ADÁN.- Realmente, yo
siempre estuve apartado del mundo. Mi familia era una familia conservadora,
catolicísima. Mi familia era mi madre, una tía solterona, y yo. Esa era mi
familia. Y yo he vivido en ese ambiente ¿no?, y quería liberarme de él.
—¿De ese ambiente familiar?
—MARTÍN ADÁN.- Bueno, no de mi
ambiente familiar, no. Yo venero a mi familia. Pero me aburría. Yo era
muchacho, pues, y bohemio. Entonces, como era amigo de Honorio Delgado,
conseguí que me llevara a vivir al Pabellón 2 del Larco Herrera. Ahí seguí mis
estudios universitarios tranquilamente. Ahí escribí mi tesis De lo barroco
en el Perú.
—¿Pero por qué el exilio, Martín?
—MARTÍN ADÁN.- Por apartarme
de la bohemia. Yo quería concluir mi carrera de Letras y seguir mis estudios de
Derecho, que concluí. He terminado el quinto de Derecho. Pero no sentía
vocación de abogado. Yo no me gradué de abogado sino como Doctor en Letras.
(«¿Y ahora? ¿Qué remedio queda?»).
—¿Qué es la soledad para usted, Martín?
—MARTÍN ADÁN.- Es mi medio habitual, mi medio habitual.
—Logró vencerla…
—MARTÍN ADÁN.- Vivo en ella desde hace muchos años.
—¿Y no se cansó de ella?
— MARTÍN ADÁN.- No, no, no. Ya
a los 75 años no estoy para pensar en cambios profundos.
—¿No le llama la atención nada?
—MARTÍN ADÁN.- No, no, no. Estoy jubilado en todo sentido.
—¿Ni siquiera le angustia el destino del Perú?
—MARTÍN ADÁN.- ¡Ah, sí! ¡Por
supuesto! Me preocupa profundamente. Pero nunca fui político. Nunca intervine
ni siquiera en política universitaria. Nunca tuve vocación para eso. Fui amigo
personal de Tomás Escajadillo y de ¿cómo se llama el otro?, ni recuerdo ahora
su nombre. Bueno, ellos eran líderes universitarios en aquel tiempo, y ni
siquiera sé ahora a qué partido pertenecían.
—¿Qué es la palabra para usted, Martín?
—MARTÍN ADÁN.- Ha sido…
—¿Ha sido?
—Martín Adán: Sí, ha sido el leit
motiv de mi vida, de mi vida literaria. Le digo que la influencia de Emilio
Huidobro ha sido muy grande para mí. Pero yo me considero un gramático antes
que un escritor. Pero ni gramático soy. Soy miembro de la Academia Peruana de
la Lengua, y solo cuando Riva Agüero y Belaunde fueron los directores yo acudía
a las sesiones, porque Raúl Porras me encontraba donde yo estuviera y me
llevaba a viva fuerza a las sesiones de la Academia, que ni me acuerdo si eran
en casa de Riva Agüero. De las que sí me acuerdo son de las sesiones en la casa
de Víctor Andrés Belaunde. Y en ellas se debatían, digamos, solo asuntos
administrativos de la academia. No había debates de otra especie.
—¿Qué noción tiene de lo que
ocurre en el Perú de hoy? ¿Qué visión tiene de nuestra crisis, del gobierno
actual?
—MARTÍN ADÁN.- Sobre eso
prefiero no opinar. Estoy por completo alejado de esto. Yo fui compañero de
colegio de Víctor Andrés Belaunde, y amigo de Rafael Belaunde, papá del
presidente. Yo nunca tuve relación con él. Recuerdo, sí, que cuando era
candidato pronunció un discurso en el cual aludió a «La Mano Desasida», que es
un poema mío sobre Machu Picchu.
—Luego de veinte años de
soledad, ¿qué quiere verdaderamente Martín Adán?
—MARTÍN ADÁN.- Pasar los
últimos años de mi vida lo más tranquilo posible. Pero mire nomás: estoy
enfermo, próximo a la muerte.
—Piensa mucho en la muerte, ¿no?
—MARTÍN ADÁN.- No, no, no, no
pienso en ella, pero la muerte sí. Son 75 años de vida. No somos eternos. Estoy
en el umbral.
—¿Le angustia la idea de la muerte…?
—MARTÍN ADÁN.- No… pero cuando muera no quisiera estar
presente.
(Y se ríe. Nerviosamente se
ríe. Y es una risa alegre, burlona. Le ha divertido su ocurrencia. Se ríe de la
muerte. Se muere de risa).
—Pensaba en sus problemas de lectura.
—MARTÍN ADÁN.- Hasta dentro de
dos meses no se me puede medir definitivamente la vista para que pueda leer con
anteojos. Ahora no puedo leer en absoluto. Pero no me angustia. Hace muchos
años que leo poco, casi nada. Ya ni recuerdo lo último que leí.
—¿Qué tiempo hace que no escribe nada?
—MARTÍN ADÁN.- Hace muchos
años. Desde mi último libro, que ni recuerdo el título. Creo que fue uno que
publicó Juan, creo. Ya no he vuelto a publicar nada.
—Los críticos franceses se han
asombrado de la sabiduría de un muchacho que escribió La casa de cartón. A los
75 años, ¿se considera más sabio que ese lejano adolescente?
—MARTÍN ADÁN.- La principal
sabiduría es el entusiasmo. Y yo no tengo entusiasmo para nada.
Definitivamente, el entusiasmo es la mayor sabiduría. A los 75 años ya no hay
entusiasmo.
—¿Qué hay Martín?
—MARTÍN ADÁN.- Resignación,
ganas de vivir en paz con lo que queda. Soledad.
—¿Cuándo se le fue el entusiasmo, Martín?
—MARTÍN ADÁN.- No sé cuándo.
Pero hace muchos años que estoy apartado de la literatura.
—La literatura era su principal entusiasmo…
—MARTÍN ADÁN.- Sí. Mis ganas de vivir.
—¿Nada le haría recuperar el entusiasmo, Martín? ¿Nada?
—MARTÍN ADÁN.- Yo no he estado
escribiendo y han ido acumulándose poemas míos para Juan Mejía Baca, y él era
quien los ha recogido, y los ha transcrito a máquina.
—¿Hay algo que le provoca ternura?
—MARTÍN ADÁN.- ¿Ternura?… Nada
en verdad. Soy un hombre apartado de toda relación inmediata con el mundo.
Estoy viviendo mi vida a solas. Ya no tengo actividad, ni siquiera emotiva.
—Ni siquiera…
—MARTÍN ADÁN.- No, nada. Estoy dejando pasar el tiempo.
—Usted es uno de los hombres más lúcidos del Perú, usted…
—MARTÍN ADÁN.- ¡Pero, hágame
el favor! ¡Mi vida ha sido un constante error! ¡No he hecho más que errar! ¡Si
ni siquiera llegué a ser abogado!
—¿Fue un error ser poeta?
—MARTÍN ADÁN.- No sé, no sé…
—¿El más grande poeta vivo del Perú?
—MARTÍN ADÁN.- No lo creo, no
lo creo. Yo no creo ser el más grande poeta del Perú. Es verdad que después de
José María Eguren y de Vallejo… ya los que hemos quedado. Pero yo soy un
pacifista, un hombre de derecha y un pacifista. Y también está Westphalen que
escribió e influyó mucho en la literatura de nuestros días, pero que se ha
apartado para siempre.
—¿Por qué dice que su vida ha sido un constante error?
—MARTÍN ADÁN.- Lo ha sido en
el sentido real, en el sentido social. Pertenezco a una antigua familia de Lima
y debía ser ahora, por lo menos, un vocal de la Corte Superior. ¿Y qué?: estoy
de ex bohemio, ni siquiera de bohemio.
—Pero sus poemas se van de
mano en mano. Conmueven a la gente, la exaltan, la enternecen…
—MARTÍN ADÁN.- ¿Usted cree?
¿Se lee todavía en Lima? ¿Me leen?
—¡Por supuesto!
—MARTÍN ADÁN.- Muchas gracias.
¿Pero cuántos conocen mi nombre verdadero?
—Hay mucha gente que sigue su
poesía, lo que le ocurre a usted. ¿No lo cree verdad?
—MARTÍN ADÁN.- No, no, no,
admito plenamente lo que usted me dice. Pero me extraña.
—¿Por qué?
—MARTÍN ADÁN.- Porque creo que
la gente de Lima lee poco, o nada. Lee noticias excitantes, o interesantes
desde el punto de vista personal de cada cual. Pero no en sentido universal,
¿no?
—Debe atormentarle haber
producido tanto en un país que lee tan poco…
—MARTÍN ADÁN.- No crea: yo soy
un hombre exiguo que antes que nada se considera un gramático.
—Usted es un poeta, Martín… el más grande…
—MARTÍN ADÁN.- No, no. La casa
de cartón fue escrita como ejercicio de gramática de las clases de Emilio
Huidobro.
—¿Cuándo se quebró su vida, Martín?
(Otro silencio. De la calle
viene el ruido de los autos y fogonazos musicales de las radios de los
microbuses. Tiene lentes de carey, Martín, y la mirada de niño. Como Garcilaso,
como Arguedas, el poeta es un exiliado. Pienso en su silencio. Recorre las paredes
del cuarto. Busca con curiosidad a Vilca que, por no poder tomar fotos con
libertad, debe ser el hombre más infeliz del mundo. Martín no confía en Vilca,
y tiene razón. Vilca quiere retratar sus manos, sus largos silencios, sus
ausencias, su vaho. Vilca quiere retratar su larga barba blanca. Su soledad).
—¿Cuándo se quebró su vida, Martín?
—MARTÍN ADÁN.- ¡Mi vida!… Yo
me aparté de lo social, de la bohemia, de mi constante trato con literatos y
con artistas. Me cansé de esa vida.
—En el Perú, la extremada
lucidez conduce a la autorreclusión y a la autoeliminación…
—MARTÍN ADÁN.- No voy a hacer
de mi caso un caso universal. La mía es una experiencia personalísima. De mi
generación, Xavier Abril, Westphalen, todos son hombres que han vivido su vida
plenamente sin bohemia.
—Usted se arrepiente de su bohemia…
—MARTÍN ADÁN.- Yo no me
arrepiento de nada. He llegado a los 75 años, vivo solo, estoy enfermo.
—¿De qué se enorgullece?
—MARTÍN ADÁN.- De nada, en
absoluto. He escrito por rutina, por escribir. He escrito por exigencias, sobre
todo por exigencias de Juan Mejía Baca, que iba acumulando poemas míos. Yo no
tengo hogar. Me quedan algunos recursos económicos que me permiten vivir de mis
rentas. Pero no siento mayor entusiasmo, ninguna ambición.
—¿Usted cree que es posible ser feliz en el Perú?
—MARTÍN ADÁN.- Algunos lo consiguen.
—¿Quiénes?
—MARTÍN ADÁN.- No sé. Pero hay
alguna gente que está feliz y bien establecida.
—Chabuca Granda tenía
preocupación sobre si la pensión que le dio el gobierno le iba a alcanzar a
usted para cigarrillos.
—MARTÍN ADÁN.- No conocía a
Chabuca, pero le agradezco esa preocupación. Fuimos barranquinos, pero de muy
distinta generación.
—¿Qué recuerda de Barranco?
—MARTÍN ADÁN.- En Barranco
solo tuve dos amigos, que fueron Eguren y Estuardo Núñez. Eguren me recibía
todos los domingos. Yo llevé a Estuardo a su casa. Eguren era un hombre
extraordinariamente simpático, bondadoso, inteligente. Casi no hablaba de su
poesía, y cuando hablaba de la obra literaria de sus contemporáneos, lo hacía
siempre con extremada bondad. Con gran afecto, pero sin mayor penetración
crítica. Él fue mi primer amigo literario.
—Se dice que le negaron su
ingreso a San Marcos porque usted puso como domicilio al Larco Herrera.
—MARTÍN ADÁN.- No es cierto.
No tuve problemas para ingresar a San Marcos.
—¿Cuáles fueron sus razones para vivir?
—MARTÍN ADÁN.- No se vive por
razones. Se vive por sentimientos. Se vive por instintos. Yo no creo que se
viva por razones.
—¿Cuáles fueron, entonces,
esas razones y esos instintos por los cuales usted vivió?
—MARTÍN ADÁN.- ¡Fueron tantos!
—¿Pero cuáles?
—MARTÍN ADÁN.- Creo que todo
empezó con los estudios de gramática castellana que seguí en el Colegio Alemán
con Emilio Huidobro…
(Descubre a Vilca tomándole
fotos y le pide que no lo haga. Entonces mi casete salta y creo que recién se
da cuenta de que estaba grabando. Entonces todo. Martín no se molesta. Me pide
prudencia, mucha prudencia, señor Campos, mucho cuidado, veinte años que no
hablo con nadie, yo le agradezco el interés por mí, pero, por favor con mucha
prudencia, así, con persuasión, con una solicitud que es casi como un eco).
—¿Sabe qué, Martín? Yo pienso que usted no se quiere mucho…
—MARTÍN ADÁN.- Yo solo sigo
viviendo por rutina, aun los entusiastas viven por rutina de entusiasmo. Todos
somos rutinarios. Ya estoy viejo.
—La rutina de la vejez. Pero
Sánchez, creo, es diez años mayor que usted, ¡y ya lo ve!
—MARTÍN ADÁN.- ¡Ah, Sánchez!
Fue mi profesor en el colegio y en la universidad. Yo quiero mucho a Sánchez.
Nunca hemos coincidido en lo político, pero siento simpatía por él y creo que
él por mí.
—¿A pesar de todo?
—MARTÍN ADÁN.- Sí, a pesar de
que más de una vez Sánchez ha aludido a mi bohemia en forma poco prudente y
hasta descortés.
—¿Cuál diría que fue la etapa más feliz de su vida?
—MARTÍN ADÁN.- Ya no recuerdo nada.
—¿Y qué espera, sin embargo?
—MARTÍN ADÁN.- No sé qué irá a
pasar en el Perú. Creo que ningún peruano lo sabe. A mí me preocupa mucho el
futuro del Perú.
—Pero los poetas son un poco profetas…
—MARTÍN ADÁN.- No lo crea, somos pésimos profetas.
Martín
Adán: sus últimas palabras
Delia
Sánchez Pisco (1985)
Dar testimonio de la lucha
constante entre el poeta Martín Adán y su sombra: Rafael de la Fuente
Benavides, dos seres antagónicos que compartían un mismo cuerpo, pero no el
alma, no es tarea fácil cuando los demás no saben ni han sido testigos de este
conflicto.
En las
muchas entrevistas que mantuve con Rafael de la Fuente Benavides y pese a que
nuestra amistad parecía tener raíces ya profundas, él defendió
indesmayablemente la privacidad de ambos: «No trates de robarme mi agonía», me
decía.
—¿A qué agonía se refiere, don Rafael?
«Nadie comprende lo que es
llevar a cuestas a un excéntrico poeta bohemio, que pretende exclusivamente paz
y soledad y que a la vez tiene dentro de sí a un hombre deseoso de que los
demás se percaten de que Rafael de la Fuente es un ser humano tan igual que
otro y gusta de la compañía».
—Sin embargo, usted se niega a recibir visitas,
¿por qué?
«Todos vienen en busca de
Martín Adán, a nadie le interesa conocer a Rafael de la Fuente Benavides».
—¿Por qué no facilita las cosas para que la
gente conozca a ambos?
«No. Todos vendrían solo con
el propósito de comprobar si es cierto lo que dice tal o cual periódico.
Además, a Martín Adán pueden escudriñarlo cuanto quieran a través de sus obras.
A Rafael de la Fuente, ¡no!… Le hacen daño».
—¿Quiénes le hacen daño?
«Mis experiencias con los
periodistas no han sido muy agradables. Sus fantasías son más grandes que las
mías y lastiman a seres que sufren y piensan».
—¿Algún periodista en concreto le causó daño?
«¡Muchos!… jamás quisieron
respetar mi voluntad e insensibles ante mi dolor no escucharon mis ruegos ni
los de los médicos y enfermeras cuando me hallaba enfermo. Hacían ruidos
espantosos, todos querían vanagloriarse a costa de mi sufrimiento. Aún me persiguen
en mis pesadillas, los gritos de los reporteros, las cámaras de los fotógrafos
y las potentes luces de televisión. Aquello fue un atropello incalificable».
Gotitas como perlas friolentas
bañan su frente mientras las palabras le brotan exaltadas ante estos amargos
recuerdos. ¡No comprendía la parte más olorosa y desagradable de nuestra
profesión!
—Sabiendo que soy periodista, ¿por qué me
recibe?
«Pequeña periodista, qué
triste batalla te espera combatir. ¡Pobre de ti cuando sientas las dentelladas
de la humanidad! No sabes que en lugar de hacerte un bien te lego una
responsabilidad de la cual tal vez no salgas bien librada».
Sus palabras caen como cascadas que logran estremecerme.
—¿Considera que Martín Adán es un gran poeta?
«La crítica es la que lo cree, yo opino que solo es un
versero».
—¿Quién considera que fue el mejor poeta
peruano?
«Sin duda alguna, José María
Eguren, sus versos logran calar muy hondo».
—¿Lo conoció?
«Claro. Yo lo admiraba mucho.
Tanto que para pertenecer al grupo de Eguren que se encontraba formado por
intelectuales de la clase media baja y en la cual no me daban cabida por mi
origen supuestamente aristocrático tuve que cambiar mi nombre Rafael de la
Fuente por el de Martín Adán».
—¿Y por qué Martín Adán y no otro nombre?
«Bueno… yo aspiraba la
aceptación de todos, entonces tomé el nombre de un mono y lo asocié al primer
hombre».
—¿Quiere decir con esto que comparte la teoría
de Darwin?
«Hasta la fecha no he encontrado otra explicación más
lógica».
—¿Otros intelectuales que haya tratado?
«A Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui, entre
otros».
—¿Qué opina de las obras de Luis Alberto
Sánchez?
«Sánchez siempre ha sido un
investigador de la historia literaria, sus escritos muestran datos que él
recogió de las crónicas pasadas y otros que inventó al no hallarlos. Sin
embargo, debo resaltar que es un gran crítico».
—¿Qué puede decir de José Carlos Mariátegui
como político?
«A Mariátegui le visitaba
todos los martes, pero nunca hablábamos de política. Él sabía que a mí no me
gustaba, así que nos enfrascábamos en largas conversaciones sobre asuntos
netamente intelectuales».
—Pero usted ha leído las obras
de Mariátegui y por lo tanto sabe la doctrina que pregona, ¿qué opina al
respecto?
«Yo respeto mucho las ideas de
Mariátegui, pero creo que el Perú no está preparado para asimilarlas y mucho
menos para asumirlas».
—En su mesa hay algunos escritos de Valdelomar,
¿gusta de sus obras?
«La prosa de Valdelomar es
suave y sencilla, en cuanto a sus versos creo que Valdelomar era capaz de
hacerle bellos versos hasta a una bacinica».
—¿Qué opina de la poesía de César Vallejo?
—«Las obras de Vallejo no van
conmigo, no obstante, no niego su gran calidad de poeta».
—¿Sus escritores favoritos?
«Aparte de Joyce, Proust y los
clásicos, leo a Edgar Allan Poe y a Oscar Wilde. Y por último a todo el que
caiga en mi mano».
Luego, a modo de reflexión,
dijo: «Un escrito o un libro de un poeta clásico es como la Biblia. Todos
desean tenerla. No está al alcance de todos entenderla. Pocos la leen».
La entrevista se desarrolló la
segunda semana de diciembre. El estado anímico del poeta era radiante, tras dos
meses de enclaustramiento en cama. Acababan de quitarle el yeso de la pierna.
Tres
días antes de Navidad volví a visitarlo. Martín estaba sentado sobre la cama
leyendo un periódico.
—¿Cómo se encuentra, don Rafael?
«¿Cómo crees que puede
sentirse este viejo cuerpo? Cada día se me hace más difícil pagar mi
penitencia… ¡estoy cansado de luchar! Busqué refugio en la soledad para vencer
el vicio y apartarme de la gente que empezó a asfixiarme. Pero entonces solo me
dolía el alma y no el cuerpo como ahora».
Luego nos ponemos a hablar de
la Navidad. Me pide que le describa el ambiente navideño del albergue y de todo
Lima.
Conforme
escucha, su rostro va dulcificándose y su mente empieza a traer recuerdos del
pasado al presente: «En las cenas pascuales de mi niñez todo era alegría, nunca
me faltó un regalo, pero… el que yo esperaba jamás llegó… ¡tal vez deseaba
demasiado!»