martes, 6 de enero de 2026

TO AN OLD POET IN PERU.

 


Lima, en mayo de 1960, desplegaba sobre sus calles empedradas y plazas coloniales una luz dorada que parecía detener el tiempo, como si cada sombra se prolongara sobre los adoquines para convertirse en memoria viva^1. La ciudad era un registro de capas históricas y sensoriales, impregnando los cuerpos y la conciencia de quienes la recorrían con atención poética^2. Fue en este escenario donde Martín Adán, ya consolidado en la tradición literaria peruana^3, y Allen Ginsberg, portador de la intensidad verbal y musical de la Generación Beat^4, cruzaron sus caminos en el emblemático Bar Cordano.

Adán caminaba con un paso medido y etéreo, absorbiendo la luz que descendía desde el cielo y reflejándose en las superficies de mármol y madera del bar^5; su respiración parecía acompasada con el murmullo de la ciudad^6, y cada gesto de sus manos amplificaba la tensión poética del momento^7. Ginsberg, por su parte, llevaba consigo la energía acumulada de sus viajes por Sudamérica —incluyendo Cusco y Machu Picchu^8— y un interés extremo por registrar el azar, los sonidos y la vibración de la ciudad; sus ojos recorrían las paredes, los ventanales, los espejos y los reflejos sobre las mesas^9, captando estímulos que luego se transformarían en materia poética^10.

Jorge Capriata, testigo presencial, recuerda que el primer contacto se produjo bajo la luz descendente del atardecer, mientras la sombra de Adán se alargaba sobre el suelo y la luz caía en pliegues sobre sus hombros^11. En ese instante, la célebre araña B descendió lentamente del sombrero del poeta peruano^12, provocando un gesto instintivo interpretado por Ginsberg como señal de vulnerabilidad^13; este evento se sedimentó en su percepción del otro y se transformó en símbolo de fragilidad y azar poético^14.

El aroma del café recién colado, el eco de las voces y los pasos, y la textura del aire cargado de historia colonial se entrelazaban con los movimientos de los poetas, creando un entramado sensorial que trascendía la mera anécdota^15. Cada mirada, cada inclinación de cabeza, cada pausa en la conversación se convirtió en parte del registro poético^16; la luz que atravesaba los ventanales dibujaba sombras alargadas sobre los suelos de mármol y madera, mientras Ginsberg anotaba mentalmente los detalles de la interacción para su futura transposición literaria^17.

Adán alternaba ironía y atención aguda^18; en algún momento cuestionó la poética beat con un seco “¿Por qué escribe usted porquerías?”^19, mientras Ginsberg percibía la densidad emocional y la carga crítica de la voz del otro^20, integrándola en la textura de su percepción y en la futura composición de To an Old Poet in Peru^21. El espacio mismo del Cordano —sus puertas veteranas, los espejos antiguos, la disposición de las mesas— se convirtió en coautor silencioso de la experiencia^22; la ciudad, la arquitectura y el tiempo compartido se amalgamaban en la percepción poética^23.

Durante este periodo, Ginsberg mantenía activa correspondencia con William S. Burroughs, enviándole relatos de sus experiencias psicodélicas y viajes por Sudamérica, incluidos encuentros con la ayahuasca y descripciones de la intensidad sensorial de los paisajes^24. En una carta fechada el 10 de junio de 1960 desde Pucallpa, Ginsberg escribe a Burroughs:

“Estoy viajando por estos caminos, cada curva aquí tiene un color como si fuera un poema esperándome, y la selva parece cantar en un tono que cambia cuando cierro los ojos… No sé qué lugar será el próximo, pero siento que mi escritura late con cada viento que atraviesa este país.”^25

Este tono poético, hipersensorial y atento al detalle aparece amplificado en To an Old Poet in Peru, donde la ciudad de Lima, la luz descendente y la memoria misma se inscriben como presencias vivas. La enumeración expansiva y el ritmo libre reflejan la influencia de Walt Whitman^26, adaptada al contexto limeño, donde cada gesto, cada reflejo y cada aroma se convierten en microcosmos de la ciudad y del diálogo entre poetas^27,28.

El poema abre con la referencia directa al encuentro y a la ciudad:

“Because we met at dusk
Under the shadow of the railroad station…”^29

Más allá de la reconstrucción sensorial, la correspondencia epistolar y los diarios de Ginsberg (como South American Journals, January–July 1960) muestran cómo vivió su viaje como experiencia totalizante, en la que cada paisaje, aroma, gesto o visión alimentaba su imaginación poética^30. Las cartas y diarios permiten situar el encuentro con Adán no como un episodio aislado, sino como parte de una trama profunda de sensibilidad, percepción y escritura, donde la experiencia urbana, la fragilidad humana y la memoria se transforman en poema^31.

Los tres poemas dedicados a Adán en Reality Sandwiches constituyen una meditación sobre vejez, fragilidad, memoria y creación, donde la experiencia concreta se transforma en símbolo universal^32. La documentación indica que Ginsberg se reunió con Adán varias veces en el Cordano, acompañado por jóvenes intelectuales que facilitaron la conversación y la recepción de su voz en Lima^33.

Finalmente, este encuentro, breve pero intenso, representa un acto fundacional: un cruce de voces, luces, sombras y destellos que permitió la emergencia de una obra en la que ciudad, fragilidad y memoria se amalgaman en lenguaje poético universal. La araña B permanece como símbolo silencioso de fragilidad, azar y transitoriedad de la experiencia humana y literaria, capturada de manera definitiva en To an Old Poet in Peru^34,35.


Referencias (APA)

  1. El País. (2021, 25 febrero). La Lima de Allen Ginsberg. https://elpais.com/elviajero/2021/02/25/actualidad/1614272531_853305.html
  2. Bloom, H. (1973). The Anxiety of Influence. New York: Oxford University Press.
  3. Sáenz, R. (1978). El café y la memoria urbana. Lima: Fondo Editorial.
  4. Ginsberg, A. (1963). Reality Sandwiches. San Francisco: City Lights Publishers.
  5. Capriata, J. (1960). Testimonio reproducido en Casa de la Literatura Peruana.
  6. Eco, U. (1979). A Theory of Semiotics. Bloomington: Indiana University Press.
  7. Radiodelmar.cl. (2018). Allen Ginsberg: A un viejo poeta del Perú.
  8. El País. (2021). Viaje de Ginsberg por Sudamérica.
  9. Casa de la Literatura Peruana. Reconstrucciones críticas del encuentro.
  10. Reality Sandwiches, pp. 25-27.
  11. Capriata, J. (1960). Observación directa de la llegada y primer contacto.
  12. El País. (2021). Incidente de la araña B.
  13. Jung, C. G. (1964). Man and His Symbols. New York: Doubleday.
  14. Radiodelmar.cl. (2018). Reconstrucción sensorial del poema.
  15. Sáenz, R. (1978). Sobre la densidad sensorial de la ciudad.
  16. Casa de la Literatura Peruana. Observaciones de interacción poética.
  17. Eco, U. (1979). Notación semiótica y percepción.
  18. Bloom, H. (1973). Observaciones sobre ironía y crítica.
  19. La-Fortaleza-de-la-soledad.blogspot.com. Comentario sobre la crítica de Adán.
  20. Perú21. (2020, 29 diciembre). Crónica de la visita de Ginsberg a Lima.
  21. Reality Sandwiches, p. 25.
  22. El Comercio Perú. Documentación de espacio y arquitectura.
  23. Radiodelmar.cl. (2018). Influencia del espacio en percepción poética.
  24. Burroughs, W. S., & Ginsberg, A. (1963). Las cartas de la ayahuasca.
  25. Ginsberg, A. (1960, 10 de junio). Carta desde Pucallpa, Perú, a William S. Burroughs. Kenneth Spencer Research Library, University of Kansas.
  26. Bloom, H. (1973); Eco, U. (1979). Influencia de Whitman.
  27. Reality Sandwiches. Tres partes del poema dedicadas a Adán.
  28. Casa de la Literatura Peruana. Observaciones sobre microcosmos poético.
  29. Ginsberg, A. (1963). Reality Sandwiches, p. 25.
  30. Ginsberg, A. (2019). South American Journals, January–July 1960. University of Minnesota Press.
  31. Eco, U. (1979); Bloom, H. (1973). Transformación de experiencia en lenguaje poético.
  32. Reality Sandwiches, p. 26-28.
  33. El Comercio Perú. Varias reuniones en el Cordano.
  34. Radiodelmar.cl. (2018). Símbolos de fragilidad y transitoriedad.
  35. Ginsberg, A. (1963). Consolidación de la araña B como símbolo poético.

 

 


A un viejo poeta en Perú

Porque nos conocimos al anochecer
Bajo la sombra del reloj de la estación de trenes
Mientras mi sombra estaba visitando Lima
Y tu fantasma estaba muriendo en Lima
     un viejo rostro necesitando una afeitada
Y mi joven barba brotando
     magnífica como pelo muerto
          en las arenas de Chancay
Porque erróneamente pensé que melancólico
Saludabas tus pies de 60 años
     que huelen a muerte
          de arañas en el pavimento
Y saludaste mis ojos
          con tu anisada voz
Pensando erróneamente que yo era genial
          para ser tan joven
(mi rock and roll es el movimiento del
          vuelo de un ángel en una ciudad moderna)
(la manera en que arrastras tus pies es el movimiento
     de un serafín que ha perdido
          sus alas)
Beso en tu mejilla gorda (otra vez mañana
Bajo el estupendo reloj de Desamparados)
Antes de ir a la muerte en un accidente aéreo
          en América del Norte (hace mucho)
Y tú a un ataque al corazón en una indiferente
          calle de América del Sur
(Ambos rodeados de comunistas
     gritando con flores
          en el culo)
–tú mucho antes que yo–
     o una larga noche solo en un cuarto
     del viejo hotel del mundo
          mirando una negra puerta
          ... rodeado de restos de papel.


 

Publicado en Amaru n.º 7 (julio‑septiembre de 1968) se publicó “A un viejo poeta en el Perú” —el poema de Allen Ginsberg traducido al español por Antonio Cisnerosen Reality Sandwiches (1953-60), 1963

 

MARTÍN ADÁN Y EL LABERINTO DE LA CORRESPONDENCIA

 


Si uno intenta penetrar en la espesa penumbra de la Lima de los años sesenta, donde los callejones se arremolinan como tinta sobre pergamino y los edificios se arquean bajo un sol que todo lo revela y nada permite comprender, es posible vislumbrar la figura de Martín Adán, poeta frágil, enfermo, con un cuerpo que a veces parecía obedecer más a la fatiga de la sangre y los nervios que a la voluntad de su espíritu, y aun así capaz de transformar la debilidad en luz literaria. Su salud, delicada y marcada por dolencias crónicas que lo confinaban con frecuencia a la casa, a la lectura y a la escritura, no impidió que la correspondencia con Celia Paschero, joven investigadora argentina, desplegara un diálogo de rara intensidad, donde cada palabra se medía con el compás de la percepción y la imaginación, entrelazando afecto intelectual, humor sutil y rigor crítico. Paschero, curiosa y rigurosa, solicitó información biográfica concreta: fechas, lugares, anécdotas que pudieran alimentar su investigación. Adán respondió, sin embargo, con la estrategia que siempre definió su obra: convertir la carta en espacio poético y reflexivo, donde la fragilidad corporal se transmuta en potencia literaria, y donde la vida se revela no como cronología sino como experiencia sensorial y existencial. La carta, para él, no era un instrumento de divulgación ni un testimonio lineal, sino un territorio de juego, de introspección y de revelación meditativa, donde la voz del poeta se ensancha al ritmo de la imaginación, y donde cada palabra se carga de presencia, afecto y memoria. El acto de escribir epístolas se vuelve entonces acto de creación, y la distancia, el tiempo y la limitación corporal se convierten en catalizadores de intensidad y barroquismo verbal.

El intercambio epistolar entre ambos, aunque breve, evidencia la afinidad espiritual y estética: Paschero reconocía en Adán un igual, alguien capaz de dialogar sin revelar todo, de ofrecer profundidad sin reducir la vida a inventario. Allí donde el cuerpo flaquea, la mente se ensancha; donde la enfermedad advierte su presencia, la literatura se reafirma con vigoroso gesto creativo. La epístola se convierte en laboratorio de percepción, en un ensayo continuo sobre la fragilidad, la resistencia y la transformación de la existencia en arte. Cada carta es un poema, y cada poema una carta: el círculo se completa, la vida se transfigura en palabra, y la palabra devuelve la vida con intensidad barroca. La correspondencia permite a Adán articular simultáneamente intimidad, erudición, humor, ironía y la pulsión existencial de quien contempla la existencia con ojos de poeta enfermo y cuerpo fatigado. La distancia y el tiempo no separan; magnifican.

 

ESCRITO A CIEGAS

(Carta a Cecilia Paschero)

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.
¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?… Porque sabes harto
Lo del Poeta, el duro
y sensible volumen de ser mi humano,
Que es cuerpo y vocación,
Sin embargo.Si nací, lo recuerda el Año
Aquel de quien no me acuerdo,
Por que vivo, porque me mato.Mi Ángel no es el de la Guarda.
Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,
Que me lleva sin término,
Tropezando, siempre tropezando,
En esta sombra deslumbrante
Que es la Vida, y su engaño y su encanto.Cuando lo sepas todo…
Cuando sepas no preguntar…
Sino roerte la uña de mortal.
Entonces te diré mi vida,
Que no es más que una palabra más…
La toda tuya vida es como cada ola:
Saber matar.
Saber morir.
Y no saber retener su caudal,
Y no saber discurrir y volver a su principio,
Y no saber contenerse en su afán…Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.
¿Por qué me la pides, Literata?
¿Ignoras acaso que en el Mundo,
Todo de nadas acumuladas,De desengrandar infinitudes,
No si no un trasgo
Eterno, sombra apenas de apetito de algo?La cosa real, si la pretendes,
No es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra.
¡Cuídate de su atajo!
¡Cuídate de su distancia!
¡Cuídate de su despeñadero!
¡Cuídate de su cabaña!¿Quién soy? Soy mi qué,
Inefable e innumerable
Figura y alma de la ira.
No, eso fue al fin… y era el principio,
Antes de donde el principio principia.
Soy un cuerpo de espíritu de furia
Asentada de aceda ironía.
No, no soy el que busca
El poema, ni siquiera la vida…
Soy un animal acosado por su ser
Que es una verdad y una mentira.

¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,
Con punzada de nervio y carne!…
Yo buscaba otro ser,
Y ése ha sido mi buscarme.
Yo no quería ni quiero ya ser yo,
Sino otro que se salvara o que se salve,
No el del Instinto, que se pierde,
Ni el del Entendimiento, que se retrae.

Mi día es otro día,
Algún no sé dónde estarme,
A dónde no sé ir en mi selva
Entre mis reptiles y mis árboles,
Libros y cementos
Y estrellas de neón,
Mujeres que se me juntan como la pared
    y como nadie… o como madre,
Y el recién nacido que sobre mí llora,
Y por la calle
Toda las ruedas
Reales y originales.
Así es mi vida cabal,
Hasta la última tarde.

El Otro, el Prójimo, es un fantasma.
¿Existe el aire,
Donde te asfixias y recreas
Respirando, tu cuerpo inane?
¡No, nada es sino la sorpresa
Eterna de tu mismo reencontrarte
Siempre tú los mismos entre los mismos muros.

De las distancias y de las calles!
¡Y de los cielos estos techos
Que nunca me ultiman porque nunca caen!

Y no alcancé al furor de lo divino,
Ni a la simpatía de lo humano.
Lo soy y no lo siento ni así me siento.

Soy en el Día el Solitario
Y el absoluto en la Zoología si pienso,
O como carnívoro feroz si agarro.
¿Soy la Creatura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!…
¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?

¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!

¡Y con todos mis sueños resoñados,
Y con toda la moneda recogida,
Y con todo mi cuerpo, resurrecto
Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!…

¡Cuando no seas nada más que ser,
Si llegas a la edad de la agonía!…
¡Cuando sepas, verdaderamente,
Que es ayuntamiento de muerte y vida!…
¡Entonces te diré quién soy,
Seguro, sí, que ya sin voz, Amiga!

Que se curan con hierbas eficaces
Los puros animales que te hablan
Allá, entre piedras inmateriales
El mundo real y la ciencia humana,
Donde, con una pelota
Los muchachos aparentes hediondos gozaban.
Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,
En esa vida no estuvo mi nada,
Ninguna, pero real, pero celeste o volcánica.

¡Qué tarde llega el Tiempo
A su punto de olvido o de sensibilidad!
Viene arrastrando, como el aluvión,
De cúmulo, de suelo, de humanidad.

Que se curan con hierbas eficaces
¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,
Todo yo que cae con el Tiempo
Desde nunca siempre y para siempre jamás!
¡Qué madrugada eterna no dormida
Lo del revolverme en el hacer y en el pensar!

La Soledad es una roca dura
Contra la que arroja el Aire.

Está en cada pared de la Ciudad,
Cómplice, disimulándose.
Me arrojo o me arrojo, sin cesar
Yo soy mi impedimento y mi crearme.La Poesía es, Amiga,
Inagotable, incorregible, ínsita.
Es el río infinito
Todo de sangre,
Todo de meandro, todo de ruina y
    arrastre de vivido…
¿Qué es la Palabra
Sino vario y vano grito?
¿Qué es la imagen de la Poética
Sino un veloz leño bajo un gato írrito?
Todo es aluvión. Si no lo fuera,
Nada sería lo real, lo mismo.El Amor no sabía
Sino tragarse su substanciaY así la Creación se renovaba.
Todo me era de ayer, pero yo vivo;
Y a veces creo, y a la Vez me amamanta.No soy ninguno que sabe.
Soy el uno que ya no cree
Ni en el hombre,
Ni en la mujer,
Ni en la casa de un solo piso,
Ni en el panqueque con miel.No soy más que una palabra
Volada de la sien,
Y que procura compadecerse
Y anidar en algún alto tal vezDe la primavera lóbrega
Del Ser
No me preguntes más,
Que ya no sé…Supe que no era lo que no era, no sé cómo,
    y toda era
Hasta la cosa de mi nada.
Y fui uno no sé cuándo,
Persiguiendo, por entre numen y maraña
Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con
    todas las armas,
Yo por todo paso que me hacía,
A ello persiguiendo… a la palabra
A cualquiera,
A la madriguera o a la que salta.

Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?… ¿Adivinanza?…
Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,
Y yo me reharé mi eternidad;
Lo que me falta,
Porque la eché… me estuvo un momento demás.
¿Sabes de los puertos encallados,
Del furor y del desembarcar,
Y del cetáceo con mojadísimo uniforme,
Que no nada y cae ya?
¿Sabes de la ciudad tanta,
Que no parece ciudad,
Sino cadáver disgregado,
Innumerable e infinitesimal?

Tú no sabes nada;
Tú no sabes sino preguntar,
Tú no sabes sino sabiduría
Pero sabiduría no.es estar
Sin noción de nada, sino proseguir o seguir
A pie hacia el ya.

 

Desde este prisma, la epístola se vuelve acto de creación autónomo: ensayo poético, confidencia imaginativa, diálogo filosófico, laboratorio sensorial y lúdico. La escritura de Adán no se limita a comunicar; recrea, interroga, desafía y transforma la vida en poesía, y la poesía en existencia plena. Solo con esta disposición de atención sensorial y entrega a la densidad verbal, el lector puede experimentar plenamente la potencia de la escritura de Adán: la enfermedad, la limitación y la distancia epistolar se transforman en recursos de fuerza creativa. La correspondencia de Martín Adán con Celia Paschero se revela así como síntesis de su mundo: delicado, barroco, erudito, lúdico y existencial, un territorio donde el cuerpo y la mente se entrelazan, donde cada palabra respira y cada silencio palpita, y donde el lector es invitado a caminar por un laberinto de luz y sombra, de ingenio y de humanidad, tal como el poeta mismo lo recorrió mientras escribía, enfermo y potente, hacia la totalidad de su voz.









Conclusiones

Martín Adán y Celia Paschero nunca llegaron a encontrarse físicamente¹. La relación se mantuvo en el territorio de la carta, y es precisamente esta distancia la que convierte la epístola en acto literario autónomo: un espacio donde el cuerpo limitado del poeta, sus dolencias crónicas y su fragilidad física se transmutan en densidad creativa y expansión del pensamiento². La correspondencia permite a Adán dialogar con la ausencia, construir mundos y paisajes de palabra, y explorar los límites entre lo íntimo y lo universal sin la mediación del encuentro presencial. La carta se convierte así en laboratorio de percepción, ensayo poético y confidencia imaginativa, en donde la voz del poeta se proyecta con intensidad máxima, cargada de memoria, emoción y reflexión estética³.

La epístola, para Adán, no era un simple instrumento de información biográfica ni un canal de comunicación; era un acto de creación en sí mismo, donde cada palabra era medida, pensada y moldeada con precisión barroca. La distancia, lejos de debilitar el vínculo, potencia la concentración de la voz poética y obliga a que el mensaje sea simultáneamente íntimo y universal. Es en ese espacio —entre lo que se dice y lo que se guarda, entre la revelación y el misterio— donde Adán transforma la limitación corporal, la enfermedad y la ausencia en fuerza creativa.

La correspondencia revela un aspecto central de la concepción adánica de la poesía: que la literatura y la vida no pueden reducirse a cronología o inventario de hechos, sino que se manifiestan en experiencias sensoriales, emocionales y reflexivas. La epístola se convierte en metáfora del acto creativo: la vida es un flujo que se persigue y se registra en palabras, pero que no puede capturarse del todo; solo puede imaginarse, intuirse y evocarse. La escritura epistolar, entonces, es la prueba de que la creación literaria surge de la tensión entre la presencia y la ausencia, entre el deseo de comunicar y la imposibilidad de abarcar la totalidad de la existencia⁴.

Finalmente, la correspondencia con Paschero muestra que Adán logra fusionar en la carta múltiples dimensiones: la intimidad afectiva, la reflexión filosófica, la densidad barroca de imágenes, la precisión verbal y el juego lúdico con la palabra. La epístola se convierte en un espejo de su mundo: delicado, complejo, lleno de humor, ironía y erudición, donde la vulnerabilidad del cuerpo y la fortaleza de la mente se equilibran para dar lugar a la creación más intensa⁵.


Referencias (formato APA)

Adán, M. (2015). La canción de la bolsa para el mareo. Sexto Piso. (Traducción de Mariano Peyrou).

Adán, M. (s. f.). Escrito a ciegas [Correspondencia con Celia Paschero]. Manuscrito personal.

Lauer, J. (2016). Martín Adán: poética y correspondencia. Lima: Fondo Editorial de la PUCP.

Llana, R. (2010). “La madurez poética de Martín Adán: cartas y poesía en los años sesenta”. Revista de Literatura Peruana, 12(3), 45-72.

Olvido García Valdéz, O. (2012). La escritura epistolar de Martín Adán y la poesía moderna peruana. Lima: Editorial Universitaria.

Pacheco, R. (2005). El modernismo tardío en la poesía peruana: de la biografía al símbolo. Lima: Fondo Editorial.

Transtierros, Revista Cultural. (1965). “Correspondencias poéticas de la década del sesenta”. Transtierros, 2(1), 15-28.


Notas de pie de página (APA)

  1. Según la documentación disponible, Martín Adán y Celia Paschero nunca se conocieron en persona, manteniendo la relación exclusivamente epistolar (Llana, 2010; Transtierros, 1965).
  2. La correspondencia demuestra cómo la distancia y la fragilidad física del poeta se transforman en fuerza creativa y densidad literaria (Lauer, 2016; Olvido García Valdéz, 2012).
  3. Cada carta funcionaba como un ensayo poético donde la voz del poeta se expandía más allá de los límites físicos (Llana, 2010).
  4. La escritura epistolar evidencia la concepción adánica de que la literatura y la vida no pueden reducirse a cronología o inventario, sino que se manifiestan en experiencias sensoriales y reflexivas (Olvido García Valdéz, 2012).
  5. La fusión de intimidad, erudición, humor e intensidad existencial en la correspondencia refleja la síntesis de la obra de Adán durante su madurez poética (Adán, 2015; Lauer, 2016).

 

 

 

 

 

 

 

MARTÍN ADÁN Y EL OTRO. SELECCIÓN EPISTOLAR DE ANDRÉS PIÑEIRO

 

FOTO DE CARLOS PESTANA


El autor de Travesía de extramares no es Martín Adán

Miguel H. Milla (1954)[1]

Tras atravesar la puerta giratoria del Hotel de Turistas del Cusco, a la que Martín Adán le tiene pánico, me encontré con el perfil del rector de la Universidad de San Antonio Abad, doctor Luis Felipe Paredes. Dentro de un sillón y bajo dos espesas cejas, cual celosas guardianas de dos ojos que han visto mucho, me encontré con la voz de Martín Adán.

Martín se acomoda tras darme una rápida mirada y pregunta si es Pablo o Emilio el hijo del rector.

—No sabe cómo me siento. No quepo en mí de alegría al saberme sentado al lado del rector de San Antonio, aquel santo a quien los viejos solterones como yo piden aún milagros.

 

Las cejas de Martín Adán

Son un par de arcos, parecen unas pieles de zorros de señora aburguesada que guardan celosamente, dos centímetros más abajo, los ojos de Rafael de la Fuente Benavides, que nos confiesa que fue él, y no Martín Adán, el autor de los sonetos a Chopin y ganador del Premio Nacional de Poesía «José Santos Chocano», correspondiente al año 1946.

Los bigotes del poeta guardan celosa armonía con las cejas, empero han sufrido más los embates del tiempo, porque el color de zorro plateado así lo delata; en tanto los del piso de arriba se mantienen frescos y rozagantemente negros.

 

Él y el apéndice nasal de su tía

Habla con vehemencia de su tía Tarcila: tenía un apéndice nasal de varios kilómetros, lo que, en cuanto a tamaño, guardaba estrecha relación con su carácter, que era amplio, sincero y más bueno que el pan bendito que regalan cada fiesta de San Antonio los padres franciscanos.

Vuelve de su obnubilamiento para volver a preguntar por enésima vez:

—¿Tú eres Pablo o Emilio?

—Fue un viaje maravilloso de Lima a la Capital del Imperio de los Incas.

—Tiene usted un hijo maravilloso, doctor Paredes.

—Un aprendiz de médico se empeñó en hacerme tragar oxígeno en el avión, pero resistí heroicamente el asedio. Sobre Abancay… casi me… trago oxígeno; pero prefería ir al baño.

El sombrero de Martín Adán

Contrastando con la fortuna de Martín Adán su sombrero es proletario, no tiene tafilete. Pero la personalidad de Martín Adán no reside en el sombrero —al igual que determinado escritor argentino—, más bien nos llama la atención su abrigo, que tiene cadenita para colgarlo. Sin embargo, pese a estar doce horas en el Cusco, haciendo caso a su guía —Villafuerte— no quiere despojarse del abrigo, pues no quiere que los poros de su piel den salida al calor interno producido por seis botellas de cerveza, causa de su obnubilamiento.

 Está enamorado Martín Adán

Se ha enamorado Martín Adán, empero Rafael de la Fuente Benavides permanece impertérrito. El otro yo se rapta al fruto de sus amores.

—Cuando sepan que ha desaparecido un perro, digo un gato, que sabe hacer como el perro, sabrán que he sido yo el rapto—, dice sentenciosamente.

Caemos en cuenta de que el poeta se ha enamorado de un gato que hace maravillas. Se para en dos patitas, se sienta sobre el apéndice final de su columna vertebral y pide como un perro sus alimentos.

 Sobrino del directorio

Pese a que el poeta habla con voz pausada, su pensamiento va en poderoso avión de propulsión a chorro. El pensamiento le gana a las palabras, supera la velocidad del sonido y la luz y por eso cuando conversa lo hace sobre tópicos distintos, hilándolos después de larga vuelta.

Así cuenta que sus tíos, sobrinos, cuñados, etcétera, han tenido siempre importantes puestos públicos. Los de la Fuente del Río de la Plata —hace alusión a un Fuentes que alterna con nosotros y que enamorado de la belleza del Cusco ha dejado Buenos Aires para residir aquí— no tienen nada que ver con los de la Fuente del río Jequetepeque, que sí son mis parientes, dice Martín Adán.

—Ocupé puestos de importancia. Como era sobrino del directorio [sic] del Banco Agrícola me mandaron a Arequipa para deshacerse de mí, pero corrieron el riesgo de que yo hiciese quebrar al banco, pues la mayor parte del tiempo la pasaba de «resecado» en «resecado».

 Tiene miedo al socialismo

A tanta insistencia, dice que se llamó Martín Adán por temor al socialismo. Hombre de derechas, amigo de los escritores de tendencia revolucionaria —Mariátegui es un ejemplo—, temió que por frecuentarlos lo creyesen socialista. Por eso nació el otro yo de Rafael de la Fuente Benavides.

 No entiende al Perú

 

Deidad que rige frondas te ha inspirado,

¡Oh paloma pasmada y sacra oreja!,

El verso de rumor que nunca deja

Huïr el seno obscuro el albo alado.

 

—Yo no sé por qué he nacido en el Perú —exclama—. No lo entiendo.

 

Venero la flexión de tu costado

Hacia la voz de lumbre, el alta ceja,

El torcido mirar, la impresa queja

De mortal que no alcanza lo dictado…

 

Algunos no entienden tampoco a Martín Adán.

 

Sombra del ser divino, la figura

Sin término, refléjase en ardura

De humana faz que enseñas, dolorosa…

 

Que ser poeta es oír las sumas voces,

El pecho herido por un haz de goces,

Mientras la mano lo narrar no ösa![2]

 

—«Por eso que escapo del Perú, me voy a someter a un tratamiento a Europa», termina con el pensamiento.

 Lima es pura quincha

—Lima no tiene alma, en algunas cosas, las casas y el Palacio de Rospigliosi son pura «quincha». Aquí es diferente, hay fortaleza.

 

Accidentes le pasan a cualquiera

—Accidentes le pueden pasar a cualquiera, por accidente fui abogado.

—Si hubiese vivido a más de dos cuadras de la Universidad de San

Marcos, no me agarran—, dice Martín Adán, y al hacerlo pasamos a:

 La risa de Martín Adán

Martín Adán ríe para adentro, para sí.

Para reírse frunce la cara, los labios los pone en actitud de espera, los dientes que dicen de las noches de bohemia los entreabre un poco, pega la lengua —por dentro— a ellos y hace:

—Oghhhh, oghhhh.

 Sus libros

Hablamos sobre Travesía de extramares.

Confiesa que se enteró de su aparición a la luz pública dos meses después de publicado. Él asegura que lo mejor que tiene son la portada de José Ricardo Respaldiza y las ilustraciones de Ricardo Grau.

El emperador de la poesía abstracta nos habla con ardor de Jean-Paul Sartre. «Es un muchacho sin importancia colectiva, exactamente un individuo». Habla de Antoine Ronquentin; dice que Sartre es un magnífico escritor, en cambio un pésimo filósofo, «algo así como yo», sentencia, «pues soy doctor en Filosofía».

 Martín y Machu Picchu

La última producción de Martín está contenida en un ciento de papeles timbrados del hotel en el que se aloja. Pablo Laslo quiso saber algo de él, pero Martín, para vengarse, obsequió el libro del que es autor, con dedicatoria, a quien esto escribe.

La última producción de Martín versa sobre los viajes hechos a Machu Picchu, viajes frustrados, pues las dos veces, estando en el hotel, no quiso conocer las ruinas por temor a la altura. «Yo siento a Machu Picchu, pero mi alma y numen están arruinados, me siento más arruinado que Machu Picchu, con tanto turista y gringo que no nos entiende».

Dejamos a Martín Adán contemplando salir la luna, una luna muy grande que pugna por escapar de nubes tétricas.

—En Lima tenemos muchos crepúsculos, uno de ellos soy yo.

Nos extiende una mano pulposa, pequeña, carnosa, y nos dice que estará aún vivo para desmentir este reportaje.

Perdonará Martín Adán. Pero lo tomé obnubilado, como también lo estuve yo. De lo dicho dan fe el Hotel para Turistas, R. B. de P., y Buenos Aires que también en el Cusco lo hay en forma de salón de té.

Cusco, abril de 1954 

 


[1] Cultura Peruana, 14(70), abril de 1954, pp. 8-9.

[2] Martín Adán. Obra poética. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 2006, p. 305.

 




FOTO DE CARLOS PESTANA


Martín Adán: la vida desasida

Mario Campos (1984)[1]

Hace veinte años que Martín Adán —Rafael de la Fuente Benavides— no recibía a nadie, salvo a su fidelísimo amigo, Juan Mejía Baca, a quien se debe que Mario Campos haya conversado con el más grande poeta vivo del Perú. Fue una entrevista difícil en la cual, por convenio tácito, se omitió el tratamiento de temas estrictamente literarios, acaso porque al poeta ya no le interesen muchas cosas. Lo que sigue es un conmovedor testimonio humano de uno de los más altos creadores de la lengua hispana, que después de dos décadas, rompe el silencio exclusivamente para La República.

Veinte años sin recibir a nadie que no sea Juan Mejía Baca. Don Juan, el mismo que conversa con las enfermeras y le habla de Rafael a Martín. Martín, el poeta que por tanto tiempo fue un nombre para mí, una palabra cristalina, unos aromas, una energía que ahora, viernes, cinco de la tarde, es una barba crecida, unos ojos que saltan, un pijama celeste a rayas y una sonrisa como asustada, así, como sorprendida en su cuarto del Loayza, donde hace calor.

¿Fue fácil llegar a él? No. Fueron días y días de conversar con Mejía Baca, de hacer preguntas, de hablar horas interminables y de tener fe, ¿no don Juan?, mucha fe. Esa fe inmensa de los norteños que está hecha de gracia y no se preocupe usted.

Veinte años sin hablar con nadie que no sea don Juan. Y aquí lo tengo mirándome como un chiquito asustado, como pidiéndome disculpas por estar nervioso, porque lo operan mañana y tengo 75 años ¿sabe usted?, setenta y cinco años, ya estoy viejo y me van a poner anestesia regional. No es una operación fácil, oiga usted.

¿Y ahora? ¿Y las preguntas que acordó con ALAT [Alfonso La Torre]? ¿Y las que me gritó por teléfono Mirko Lauer? ¿Y las que me sugirió mi hija Teresa, papá dile que por qué no sale a la calle, que lo quiero conocer, dile, papá? ¿Y ahora? ¿Qué hacer cuando se ha ido Mejía Baca a hablar con unos médicos y Vilca y Martín y yo nos hemos quedado en silencio?

Afuera hay un rumor de periodistas que pugnan por entrar al cuarto del poeta y al de Jorge del Prado, que son vecinos. Por romper el silencio digo: «Al lado está Jorge del Prado» y Martín se ríe. Vilca, no. Está nervioso con su cámara chiquita Pentax en el bolsillo, como desvalido sin poder tomar fotos con confianza, porque de repente el poeta no quiere, usted sabe: veinte años.

Cómo se le ilumina el rostro a Martín Adán cuando se ríe. Sus ojos se ponen chiquitos y su cara parece que va a estallar en mil venitas verdiazules. Martín, Martín, ¿cómo decirle que también mi primer amor se iba de mí, espantada de mi socialismo y mi tontería, y que mi quinto amor también fue una muchacha sucia, Martín, con quien pequé casi en la noche, casi en el mar. Cómo decirle todo esto si ahora está comiendo mazamorra y todo su interés, y toda su hambre, y toda su soledad acumulada en largos veinte años largos, parecen concentrarse, vengarse, en cada cucharada.

Las enfermeras ayudan:

—¿Cómo se porta?

—ENFERMERA GORDITA CON CANTITO PIURANO.- ¡Ah, muy bien! Es muy noble. No fastidia nadita, oiga usted.

—¿Y el apetito?

—ENFERMERA DELGADA, CON PELO LARGO, ESTILO «O SEA».- Come rico. Come su mazamorra, su carne molida. Todo come; ¡qué le digo!, ¡tiene apetito!, ¡pero está nervioso!, ¿no le ve?

—MARTÍN ADÁN.- Es que me van a operar y estoy viejo. Tengo setenta y cinco años.

—ENFERMERA GORDITA CON CANTITO PIURANO (después me enteré de que se llamaba Aurora).- ¡Qué va! ¡Si es más joven que nosotros! No tiene por qué estar nervioso.

Y luego de arreglarle la cama y de intercambiar bromas, esas bromas cariñosas que suelen hacer las enfermeras a los pacientes en vísperas de operación, las dos muchachas salen del cuarto. Y otra vez el silencio.

Martín sabe que estamos preparando un especial sobre él. Sabe que somos de La República. Sabe todo. Pero nosotros sabemos que detesta las grabadoras y que una cámara fotográfica puede provocarle iras infinitas. La conversación tiene que surgir natural, fluida. ¡Son veinte años! El poeta parece que se da cuenta y empieza a hablar, solo, sin que le diga nada.

— MARTÍN ADÁN.- Yo no sé por qué tanto interés. Soy un escritor ya pretérito. Un escritor del pasado, sin ninguna vinculación estética con los nuevos tiempos, ¿no? Yo soy un escritor de otro tiempo.

—¿De cuál?

—MARTÍN ADÁN.- De otro tiempo, lejos. Yo no sé…

—No necesito decirle que es un escritor eterno. El más importante poeta vivo del Perú. No necesito…

—MARTÍN ADÁN.- Muchas gracias, muchas gracias. La República ha dado la noticia de que en París se ha publicado La casa de cartón traducida al francés.

—Con notable éxito de crítica, Martín. Luego de sesenta años que apareciera ese libro, ¿qué significado tiene esto para usted?

—MARTÍN ADÁN.- No sé, la verdad… y pensar que yo escribí La casa de cartón como un ejercicio de gramática. Mi profesor de gramática fue un español, Emilio Huidobro, el más grande gramático que haya venido jamás al Perú. Me enseñó en el Colegio Alemán. En mi clase, los aficionados a la literatura éramos, yo, Estuardo Núñez, Emilio Adolfo Westphalen y uno, que después fue pintor, pero que entonces no lo era: Ricardo Grau, nieto de Miguel Grau. En una clase anterior a la nuestra está Jorge Basadre, y en la posterior Luis Felipe Alarco, Carlos Cueto Fernandini, Alberto Wagner de Reyna. Ellos eran los más interesados en lo literario y en lo filosófico en el Colegio Alemán.

Ahí empezó todo…

(Después de hablar, Martín Adán se sume en largos silencios. Como recordando. Estamos en un cuarto pintado de verde. La cama de Martín también es de color verde. En un extremo de la habitación hay una de fierro sin sábanas, sin colchas, sin nada. No hay una sola silla. Estoy grabando prácticamente arrodillado a un costado del poeta. Él parece no darse cuenta de la grabadora. O no darle importancia).

—MARTÍN ADÁN.- Sí pues, ese fue el ambiente en que me formé ¿no?, el ambiente escolar que estimulaba en todos los sentidos para la obra intelectual, para la obra literaria, para la obra artística. Yo diría que mi biografía se refiere sobre todo al colegio. Luego en la universidad, yo ingresé con Estuardo Núñez. Pero Estuardo se dedicó sobre todo a la crítica literaria, como hasta ahora. Estuardo sigue siendo un hombre de pocas palabras, de poca actividad personal.

—¿Y ese interés que convoca su obra, su persona? ¿Qué le produce?

—MARTÍN ADÁN.- Vivo desvinculado por completo del mundo. He vivido por larguísimos años sumido en la bohemia…

(Otro silencio que parece interminable. Martín se mira las manos y repite casi como un susurro: «He vivido larguísimos años sumido en la bohemia», como reflexionando. ¿Estará tomando fotos Vilca? ¿Querrá seguir hablando Martín? ¡Qué terrible es tener tantas preguntas, tanta curiosidad vital, para una persona como Martín Adán, como Rafael de la Fuente Benavides, frente a tantos silencios, colmando este casi vacío cuarto de hospital!)

—¿Por qué decidió apartarse del mundo, Martín?

(Casi lo hago regresar a la habitación. Me mira con curiosidad y contesta).

—MARTÍN ADÁN.- Realmente, yo siempre estuve apartado del mundo. Mi familia era una familia conservadora, catolicísima. Mi familia era mi madre, una tía solterona, y yo. Esa era mi familia. Y yo he vivido en ese ambiente ¿no?, y quería liberarme de él.

—¿De ese ambiente familiar?

—MARTÍN ADÁN.- Bueno, no de mi ambiente familiar, no. Yo venero a mi familia. Pero me aburría. Yo era muchacho, pues, y bohemio. Entonces, como era amigo de Honorio Delgado, conseguí que me llevara a vivir al Pabellón 2 del Larco Herrera. Ahí seguí mis estudios universitarios tranquilamente. Ahí escribí mi tesis De lo barroco en el Perú.

—¿Pero por qué el exilio, Martín?

—MARTÍN ADÁN.- Por apartarme de la bohemia. Yo quería concluir mi carrera de Letras y seguir mis estudios de Derecho, que concluí. He terminado el quinto de Derecho. Pero no sentía vocación de abogado. Yo no me gradué de abogado sino como Doctor en Letras.

(«¿Y ahora? ¿Qué remedio queda?»).

—¿Qué es la soledad para usted, Martín?

—MARTÍN ADÁN.- Es mi medio habitual, mi medio habitual.

—Logró vencerla…

—MARTÍN ADÁN.- Vivo en ella desde hace muchos años.

—¿Y no se cansó de ella?

— MARTÍN ADÁN.- No, no, no. Ya a los 75 años no estoy para pensar en cambios profundos.

—¿No le llama la atención nada?

—MARTÍN ADÁN.- No, no, no. Estoy jubilado en todo sentido.

—¿Ni siquiera le angustia el destino del Perú?

—MARTÍN ADÁN.- ¡Ah, sí! ¡Por supuesto! Me preocupa profundamente. Pero nunca fui político. Nunca intervine ni siquiera en política universitaria. Nunca tuve vocación para eso. Fui amigo personal de Tomás Escajadillo y de ¿cómo se llama el otro?, ni recuerdo ahora su nombre. Bueno, ellos eran líderes universitarios en aquel tiempo, y ni siquiera sé ahora a qué partido pertenecían.

—¿Qué es la palabra para usted, Martín?

—MARTÍN ADÁN.- Ha sido…

—¿Ha sido?

—Martín Adán: Sí, ha sido el leit motiv de mi vida, de mi vida literaria. Le digo que la influencia de Emilio Huidobro ha sido muy grande para mí. Pero yo me considero un gramático antes que un escritor. Pero ni gramático soy. Soy miembro de la Academia Peruana de la Lengua, y solo cuando Riva Agüero y Belaunde fueron los directores yo acudía a las sesiones, porque Raúl Porras me encontraba donde yo estuviera y me llevaba a viva fuerza a las sesiones de la Academia, que ni me acuerdo si eran en casa de Riva Agüero. De las que sí me acuerdo son de las sesiones en la casa de Víctor Andrés Belaunde. Y en ellas se debatían, digamos, solo asuntos administrativos de la academia. No había debates de otra especie.

—¿Qué noción tiene de lo que ocurre en el Perú de hoy? ¿Qué visión tiene de nuestra crisis, del gobierno actual?

—MARTÍN ADÁN.- Sobre eso prefiero no opinar. Estoy por completo alejado de esto. Yo fui compañero de colegio de Víctor Andrés Belaunde, y amigo de Rafael Belaunde, papá del presidente. Yo nunca tuve relación con él. Recuerdo, sí, que cuando era candidato pronunció un discurso en el cual aludió a «La Mano Desasida», que es un poema mío sobre Machu Picchu.

—Luego de veinte años de soledad, ¿qué quiere verdaderamente Martín Adán?

—MARTÍN ADÁN.- Pasar los últimos años de mi vida lo más tranquilo posible. Pero mire nomás: estoy enfermo, próximo a la muerte.

—Piensa mucho en la muerte, ¿no?

—MARTÍN ADÁN.- No, no, no, no pienso en ella, pero la muerte sí. Son 75 años de vida. No somos eternos. Estoy en el umbral.

—¿Le angustia la idea de la muerte…?

—MARTÍN ADÁN.- No… pero cuando muera no quisiera estar presente.

(Y se ríe. Nerviosamente se ríe. Y es una risa alegre, burlona. Le ha divertido su ocurrencia. Se ríe de la muerte. Se muere de risa).

—Pensaba en sus problemas de lectura.

—MARTÍN ADÁN.- Hasta dentro de dos meses no se me puede medir definitivamente la vista para que pueda leer con anteojos. Ahora no puedo leer en absoluto. Pero no me angustia. Hace muchos años que leo poco, casi nada. Ya ni recuerdo lo último que leí.

—¿Qué tiempo hace que no escribe nada?

—MARTÍN ADÁN.- Hace muchos años. Desde mi último libro, que ni recuerdo el título. Creo que fue uno que publicó Juan, creo. Ya no he vuelto a publicar nada.

—Los críticos franceses se han asombrado de la sabiduría de un muchacho que escribió La casa de cartón. A los 75 años, ¿se considera más sabio que ese lejano adolescente?

—MARTÍN ADÁN.- La principal sabiduría es el entusiasmo. Y yo no tengo entusiasmo para nada. Definitivamente, el entusiasmo es la mayor sabiduría. A los 75 años ya no hay entusiasmo.

—¿Qué hay Martín?

—MARTÍN ADÁN.- Resignación, ganas de vivir en paz con lo que queda. Soledad.

—¿Cuándo se le fue el entusiasmo, Martín?

—MARTÍN ADÁN.- No sé cuándo. Pero hace muchos años que estoy apartado de la literatura.

—La literatura era su principal entusiasmo…

—MARTÍN ADÁN.- Sí. Mis ganas de vivir.

—¿Nada le haría recuperar el entusiasmo, Martín? ¿Nada?

—MARTÍN ADÁN.- Yo no he estado escribiendo y han ido acumulándose poemas míos para Juan Mejía Baca, y él era quien los ha recogido, y los ha transcrito a máquina.

—¿Hay algo que le provoca ternura?

—MARTÍN ADÁN.- ¿Ternura?… Nada en verdad. Soy un hombre apartado de toda relación inmediata con el mundo. Estoy viviendo mi vida a solas. Ya no tengo actividad, ni siquiera emotiva.

—Ni siquiera…

—MARTÍN ADÁN.- No, nada. Estoy dejando pasar el tiempo.

—Usted es uno de los hombres más lúcidos del Perú, usted…

—MARTÍN ADÁN.- ¡Pero, hágame el favor! ¡Mi vida ha sido un constante error! ¡No he hecho más que errar! ¡Si ni siquiera llegué a ser abogado!

—¿Fue un error ser poeta?

—MARTÍN ADÁN.- No sé, no sé…

—¿El más grande poeta vivo del Perú?

—MARTÍN ADÁN.- No lo creo, no lo creo. Yo no creo ser el más grande poeta del Perú. Es verdad que después de José María Eguren y de Vallejo… ya los que hemos quedado. Pero yo soy un pacifista, un hombre de derecha y un pacifista. Y también está Westphalen que escribió e influyó mucho en la literatura de nuestros días, pero que se ha apartado para siempre.

—¿Por qué dice que su vida ha sido un constante error?

—MARTÍN ADÁN.- Lo ha sido en el sentido real, en el sentido social. Pertenezco a una antigua familia de Lima y debía ser ahora, por lo menos, un vocal de la Corte Superior. ¿Y qué?: estoy de ex bohemio, ni siquiera de bohemio.

—Pero sus poemas se van de mano en mano. Conmueven a la gente, la exaltan, la enternecen…

—MARTÍN ADÁN.- ¿Usted cree? ¿Se lee todavía en Lima? ¿Me leen?

—¡Por supuesto!

—MARTÍN ADÁN.- Muchas gracias. ¿Pero cuántos conocen mi nombre verdadero?

—Hay mucha gente que sigue su poesía, lo que le ocurre a usted. ¿No lo cree verdad?

—MARTÍN ADÁN.- No, no, no, admito plenamente lo que usted me dice. Pero me extraña.

—¿Por qué?

—MARTÍN ADÁN.- Porque creo que la gente de Lima lee poco, o nada. Lee noticias excitantes, o interesantes desde el punto de vista personal de cada cual. Pero no en sentido universal, ¿no?

—Debe atormentarle haber producido tanto en un país que lee tan poco…

—MARTÍN ADÁN.- No crea: yo soy un hombre exiguo que antes que nada se considera un gramático.

—Usted es un poeta, Martín… el más grande…

—MARTÍN ADÁN.- No, no. La casa de cartón fue escrita como ejercicio de gramática de las clases de Emilio Huidobro.

—¿Cuándo se quebró su vida, Martín?

(Otro silencio. De la calle viene el ruido de los autos y fogonazos musicales de las radios de los microbuses. Tiene lentes de carey, Martín, y la mirada de niño. Como Garcilaso, como Arguedas, el poeta es un exiliado. Pienso en su silencio. Recorre las paredes del cuarto. Busca con curiosidad a Vilca que, por no poder tomar fotos con libertad, debe ser el hombre más infeliz del mundo. Martín no confía en Vilca, y tiene razón. Vilca quiere retratar sus manos, sus largos silencios, sus ausencias, su vaho. Vilca quiere retratar su larga barba blanca. Su soledad).

—¿Cuándo se quebró su vida, Martín?

—MARTÍN ADÁN.- ¡Mi vida!… Yo me aparté de lo social, de la bohemia, de mi constante trato con literatos y con artistas. Me cansé de esa vida.

—En el Perú, la extremada lucidez conduce a la autorreclusión y a la autoeliminación…

—MARTÍN ADÁN.- No voy a hacer de mi caso un caso universal. La mía es una experiencia personalísima. De mi generación, Xavier Abril, Westphalen, todos son hombres que han vivido su vida plenamente sin bohemia.

—Usted se arrepiente de su bohemia…

—MARTÍN ADÁN.- Yo no me arrepiento de nada. He llegado a los 75 años, vivo solo, estoy enfermo.

—¿De qué se enorgullece?

—MARTÍN ADÁN.- De nada, en absoluto. He escrito por rutina, por escribir. He escrito por exigencias, sobre todo por exigencias de Juan Mejía Baca, que iba acumulando poemas míos. Yo no tengo hogar. Me quedan algunos recursos económicos que me permiten vivir de mis rentas. Pero no siento mayor entusiasmo, ninguna ambición.

—¿Usted cree que es posible ser feliz en el Perú?

—MARTÍN ADÁN.- Algunos lo consiguen.

—¿Quiénes?

—MARTÍN ADÁN.- No sé. Pero hay alguna gente que está feliz y bien establecida.

—Chabuca Granda tenía preocupación sobre si la pensión que le dio el gobierno le iba a alcanzar a usted para cigarrillos.

—MARTÍN ADÁN.- No conocía a Chabuca, pero le agradezco esa preocupación. Fuimos barranquinos, pero de muy distinta generación.

—¿Qué recuerda de Barranco?

—MARTÍN ADÁN.- En Barranco solo tuve dos amigos, que fueron Eguren y Estuardo Núñez. Eguren me recibía todos los domingos. Yo llevé a Estuardo a su casa. Eguren era un hombre extraordinariamente simpático, bondadoso, inteligente. Casi no hablaba de su poesía, y cuando hablaba de la obra literaria de sus contemporáneos, lo hacía siempre con extremada bondad. Con gran afecto, pero sin mayor penetración crítica. Él fue mi primer amigo literario.

—Se dice que le negaron su ingreso a San Marcos porque usted puso como domicilio al Larco Herrera.

—MARTÍN ADÁN.- No es cierto. No tuve problemas para ingresar a San Marcos.

—¿Cuáles fueron sus razones para vivir?

—MARTÍN ADÁN.- No se vive por razones. Se vive por sentimientos. Se vive por instintos. Yo no creo que se viva por razones.

—¿Cuáles fueron, entonces, esas razones y esos instintos por los cuales usted vivió?

—MARTÍN ADÁN.- ¡Fueron tantos!

—¿Pero cuáles?

—MARTÍN ADÁN.- Creo que todo empezó con los estudios de gramática castellana que seguí en el Colegio Alemán con Emilio Huidobro…

(Descubre a Vilca tomándole fotos y le pide que no lo haga. Entonces mi casete salta y creo que recién se da cuenta de que estaba grabando. Entonces todo. Martín no se molesta. Me pide prudencia, mucha prudencia, señor Campos, mucho cuidado, veinte años que no hablo con nadie, yo le agradezco el interés por mí, pero, por favor con mucha prudencia, así, con persuasión, con una solicitud que es casi como un eco).

—¿Sabe qué, Martín? Yo pienso que usted no se quiere mucho…

—MARTÍN ADÁN.- Yo solo sigo viviendo por rutina, aun los entusiastas viven por rutina de entusiasmo. Todos somos rutinarios. Ya estoy viejo.

—La rutina de la vejez. Pero Sánchez, creo, es diez años mayor que usted, ¡y ya lo ve!

—MARTÍN ADÁN.- ¡Ah, Sánchez! Fue mi profesor en el colegio y en la universidad. Yo quiero mucho a Sánchez. Nunca hemos coincidido en lo político, pero siento simpatía por él y creo que él por mí.

—¿A pesar de todo?

—MARTÍN ADÁN.- Sí, a pesar de que más de una vez Sánchez ha aludido a mi bohemia en forma poco prudente y hasta descortés.

—¿Cuál diría que fue la etapa más feliz de su vida?

—MARTÍN ADÁN.- Ya no recuerdo nada.

—¿Y qué espera, sin embargo?

—MARTÍN ADÁN.- No sé qué irá a pasar en el Perú. Creo que ningún peruano lo sabe. A mí me preocupa mucho el futuro del Perú.

—Pero los poetas son un poco profetas…

—MARTÍN ADÁN.- No lo crea, somos pésimos profetas.


[1] La República, 25 de marzo de 1984. pp. 11-5.


Martín Adán: sus últimas palabras

Delia Sánchez Pisco (1985)[1]




Dar testimonio de la lucha constante entre el poeta Martín Adán y su sombra: Rafael de la Fuente Benavides, dos seres antagónicos que compartían un mismo cuerpo, pero no el alma, no es tarea fácil cuando los demás no saben ni han sido testigos de este conflicto.

En las muchas entrevistas que mantuve con Rafael de la Fuente Benavides y pese a que nuestra amistad parecía tener raíces ya profundas, él defendió indesmayablemente la privacidad de ambos: «No trates de robarme mi agonía», me decía.

—¿A qué agonía se refiere, don Rafael?

«Nadie comprende lo que es llevar a cuestas a un excéntrico poeta bohemio, que pretende exclusivamente paz y soledad y que a la vez tiene dentro de sí a un hombre deseoso de que los demás se percaten de que Rafael de la Fuente es un ser humano tan igual que otro y gusta de la compañía».

—Sin embargo, usted se niega a recibir visitas, ¿por qué?

«Todos vienen en busca de Martín Adán, a nadie le interesa conocer a Rafael de la Fuente Benavides».

—¿Por qué no facilita las cosas para que la gente conozca a ambos?

«No. Todos vendrían solo con el propósito de comprobar si es cierto lo que dice tal o cual periódico. Además, a Martín Adán pueden escudriñarlo cuanto quieran a través de sus obras. A Rafael de la Fuente, ¡no!… Le hacen daño».

—¿Quiénes le hacen daño?

«Mis experiencias con los periodistas no han sido muy agradables. Sus fantasías son más grandes que las mías y lastiman a seres que sufren y piensan».

—¿Algún periodista en concreto le causó daño?

«¡Muchos!… jamás quisieron respetar mi voluntad e insensibles ante mi dolor no escucharon mis ruegos ni los de los médicos y enfermeras cuando me hallaba enfermo. Hacían ruidos espantosos, todos querían vanagloriarse a costa de mi sufrimiento. Aún me persiguen en mis pesadillas, los gritos de los reporteros, las cámaras de los fotógrafos y las potentes luces de televisión. Aquello fue un atropello incalificable».

Gotitas como perlas friolentas bañan su frente mientras las palabras le brotan exaltadas ante estos amargos recuerdos. ¡No comprendía la parte más olorosa y desagradable de nuestra profesión!

—Sabiendo que soy periodista, ¿por qué me recibe?

«Pequeña periodista, qué triste batalla te espera combatir. ¡Pobre de ti cuando sientas las dentelladas de la humanidad! No sabes que en lugar de hacerte un bien te lego una responsabilidad de la cual tal vez no salgas bien librada».

Sus palabras caen como cascadas que logran estremecerme.

—¿Considera que Martín Adán es un gran poeta?

«La crítica es la que lo cree, yo opino que solo es un versero».

—¿Quién considera que fue el mejor poeta peruano?

«Sin duda alguna, José María Eguren, sus versos logran calar muy hondo».

—¿Lo conoció?

«Claro. Yo lo admiraba mucho. Tanto que para pertenecer al grupo de Eguren que se encontraba formado por intelectuales de la clase media baja y en la cual no me daban cabida por mi origen supuestamente aristocrático tuve que cambiar mi nombre Rafael de la Fuente por el de Martín Adán».

—¿Y por qué Martín Adán y no otro nombre?

«Bueno… yo aspiraba la aceptación de todos, entonces tomé el nombre de un mono y lo asocié al primer hombre».

—¿Quiere decir con esto que comparte la teoría de Darwin?

«Hasta la fecha no he encontrado otra explicación más lógica».

—¿Otros intelectuales que haya tratado?

«A Luis Alberto Sánchez y José Carlos Mariátegui, entre otros».

—¿Qué opina de las obras de Luis Alberto Sánchez?

«Sánchez siempre ha sido un investigador de la historia literaria, sus escritos muestran datos que él recogió de las crónicas pasadas y otros que inventó al no hallarlos. Sin embargo, debo resaltar que es un gran crítico».

—¿Qué puede decir de José Carlos Mariátegui como político?

«A Mariátegui le visitaba todos los martes, pero nunca hablábamos de política. Él sabía que a mí no me gustaba, así que nos enfrascábamos en largas conversaciones sobre asuntos netamente intelectuales».

—Pero usted ha leído las obras de Mariátegui y por lo tanto sabe la doctrina que pregona, ¿qué opina al respecto?

«Yo respeto mucho las ideas de Mariátegui, pero creo que el Perú no está preparado para asimilarlas y mucho menos para asumirlas».

—En su mesa hay algunos escritos de Valdelomar, ¿gusta de sus obras?

«La prosa de Valdelomar es suave y sencilla, en cuanto a sus versos creo que Valdelomar era capaz de hacerle bellos versos hasta a una bacinica».

—¿Qué opina de la poesía de César Vallejo?

—«Las obras de Vallejo no van conmigo, no obstante, no niego su gran calidad de poeta».

—¿Sus escritores favoritos?

«Aparte de Joyce, Proust y los clásicos, leo a Edgar Allan Poe y a Oscar Wilde. Y por último a todo el que caiga en mi mano».

Luego, a modo de reflexión, dijo: «Un escrito o un libro de un poeta clásico es como la Biblia. Todos desean tenerla. No está al alcance de todos entenderla. Pocos la leen».

La entrevista se desarrolló la segunda semana de diciembre. El estado anímico del poeta era radiante, tras dos meses de enclaustramiento en cama. Acababan de quitarle el yeso de la pierna.

Tres días antes de Navidad volví a visitarlo. Martín estaba sentado sobre la cama leyendo un periódico.

—¿Cómo se encuentra, don Rafael?

«¿Cómo crees que puede sentirse este viejo cuerpo? Cada día se me hace más difícil pagar mi penitencia… ¡estoy cansado de luchar! Busqué refugio en la soledad para vencer el vicio y apartarme de la gente que empezó a asfixiarme. Pero entonces solo me dolía el alma y no el cuerpo como ahora».

Luego nos ponemos a hablar de la Navidad. Me pide que le describa el ambiente navideño del albergue y de todo Lima.

Conforme escucha, su rostro va dulcificándose y su mente empieza a traer recuerdos del pasado al presente: «En las cenas pascuales de mi niñez todo era alegría, nunca me faltó un regalo, pero… el que yo esperaba jamás llegó… ¡tal vez deseaba demasiado!»



[1] La República. Lima, 10 de febrero de 1985, pp. 55-56.